Prisioneros en fuga: la cárcel de Amurrio

Numerosas obras literarias y cinematográficas han versado, total o parcialmente, sobre heroicas y épicas fugas desde su lugar de confinamiento, desde “El Conde de Montecristo” de Dumas hasta “Cadena Perpetua” pasando por clásicos cinematográficos como “La gran evasión”, fenómenos mediáticos recientes como la serie “Prison break” o films basados en hechos reales como “Fuga de Alcatraz” y “La fuga de Segovia”. Y es que la realidad no pocas veces supera la ficción, como es el caso de la legendaria fuga de Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea, inmortalizada en la canción “Sarri Sarri” pero también imitada en una escena de “Muertos de Risa”.

La historia de la Tierra de Ayala también tiene su propio episodio de evasión carcelera. Solo que, al menos los casos aquí documentados, carecen de la épica de las anteriores y constituyeron episodios casi cómicos y próximos a lo patético. Porque la prisión de Amurrio estaba lejos de ser un fortín, más bien parecía una invitación a largarse cuanto antes a juzgar por la cantidad de presos que lograron abandonar sus muros.

Tras la supresión de las entidades tradicionales de gobierno y administración como la Tierra de Ayala en 1841, se procedió a la formación de ayuntamientos constitucionales. En Álava, los partidos judiciales quedaron definidos en 1845. Uno de ellos tenía su sede en Amurrio y sus límites eran casi idénticos al actual Partido Judicial de Amurrio, esto es, los municipios del Alto Nervión, Urkabustaiz y Valdegovía. En aquel momento, también se incluía Bergüenda, hoy incluso en el municipio de Lantarón, Partido Judicial de Vitoria-Gasteiz.

 

Posiblemente, la cárcel de Amurrio estuvo situada desde el primer momento en la actual Casa de Cultura, pero no podemos afirmarlo. En realidad, es muy poco lo que sabemos de uno de los edificios más insignes de la localidad. Sirvan estas líneas para reivindicar la necesidad de ahondar en el patrimonio inmueble del municipio, lo cual es perfectamente factible y promete buenos resultados, con el debido apoyo de las instituciones pertinentes.

Pero vayamos ahora al 23 de noviembre de 1878. El año anterior tres hombres habían sido alojados en la cárcel y ejecutados a garrote civil en el Monte de los Ahorcados. No sabemos si ya ocupaba su cargo entonces pero en noviembre de 1878 era alcaide de la cárcel un tal Joaquín Fernández que a las 2.30 de la madrugada del mencionado día se presentó ante el juez asegurando que los presos Raimundo Terán e Ignacio Martínez le habrían agredido con el objeto de fugarse: Raimundo logró su propósito pero retuvo a Ignacio, al que había dejado atado en la celda que compartía con Manuel Ibáñez.

El juez y sus acompañantes se desplazaron a la cárcel y hallaron una escena distinta: mientras Ibáñez estaba atado en una celda, en la otra estaba el cadáver de Ignacio Martínez. A pesar de ello, la versión del alcaide fue dada por buena hasta que el día 28 Raimundo Terán fue detenido en Santoña. Su declaración fue sensiblemente diferente.

En primer lugar, Terán declaró que su fuga tuvo lugar la noche del 19 al 20 de noviembre, tres días antes de lo declarado por el alcaide. La del 23 la pasó en Bilbao tras haber pernoctado en diferentes pueblos las noches anteriores. Este extremo fue confirmado por diversos testigos.

En segundo lugar, Terán afirmó que el alcaide toleraba con frecuencia que fuese llevado de su celda a sus habitaciones, por lo que aprovechó este exceso de confianza del incompetente alcaide para fugarse la noche del día 19. Entonces, el alcaide puso a los otros dos presos en la misma celda y ocultó que se había producido una fuga.

La investigación reveló nuevos detalles, que contradijeron la versión del alcaide Joaquín Fernández. La noche del 22 éste conversó con Martínez en su calabozo en un momento de ausencia de Ibáñez, quien le había dicho que quería fugarse. Así que Joaquín le ató sobre su cama y le dijo que, en caso de que tuviera que declarar, dijera que había sido Terán. Luego Martínez le dijo que se marchaba y el alcaide repuso: “¿Tu? ¿Quieres hacer lo que el otro pillo? De aquí no se marcha nadie”.

Como Martínez hizo ademán de proseguir en su intento, Joaquín le golpeó con un palo de punta herrada que llevaba como arma. Según la declaración de Ibáñez, Martínez cayó sobre su cama y se levantó rogando por una hija que tenía, ante lo cual Joaquín sacó un revolver y le pegó tres tiros. Le hirió en una mano pero no cayó al suelo, por lo que le golpeó dos veces más con su palo en la cabeza destrozándole el cráneo y dejándolo cadáver sobre el suelo del calabozo. Ignacio Martínez Fernández fue enterrado en Amurrio el 1 de diciembre.

En 1880 Joaquín Fernández estaba recluído en la cárcel de Vitoria-Gasteiz, más dura que la de Amurrio. Se le describía entonces como un hombre próximo a los 45 años, bajo, de medianas carnes y semblante vulgar. Fue juzgado en febrero de ese año y condenado a 20 años de cárcel. Por cierto que, mientras Fernández aguardaba en la celda F de la cárcel vitoriana, en la celda B se alojaba Juan Díaz de Garayo “el Zurrumbón”, más conocido para la posteridad como el Sacamantecas. En otra celda se alojaba el septuagenario Venancio Sáez de Araya, condenado a pena de muerte por violar a una niña de 10 o 12 años a la que apuñaló varias veces y que falleció 58 horas después del ataque tras una larga agonía. Unas joyas, vaya.

 

Era la cuarta vez que se producía una fuga en la cárcel de Amurrio en los escasos cuarenta años que llevaba en funcionamiento, “y sucederá siempre que haya reos de delitos graves”, decía un crítico con la situación. Un cronista describía Amurrio como una aldea de 138 caseríos disperos en una legua y media y se mostraba muy crítico con el hecho de que la localidad fuese cabeza de juzgado, ya que por no haber no había ni una sola calle digna de tal nombre ni ofrecía ninguna seguridad: “los perniciosos efectos de la traslación a una triste aldea, que en su afán de figurar algo, se lanzó a pedir a don Carlos el titulo de Villa, que no le fue concedido por no llegar a ser lugar”. Es por ello que, cuando estuvieron encarcelados los pasiegos autores del “crimen del Yermo”, se pidieron refuerzos para custodiar el lugar.

 

Una de esas fugas anteriores a la recién narrada tuvo lugar en la madrugada del 10 de octubre de 1859. Fueron nada menos que ocho los presos fugados, cinco de ellos juzgados por “ladrones en cuadrilla” y el resto por robo en Artziniega y Okondo. Conocemos el nombre de todos menos uno de ellos: Pedro de Segura “Molinero”, Cornelio de Zornoza “El Vuldero”[1], Francisco de Baranda “Tartuga”, Francisco Sañudo, José de Lejarza “El Carbonero”, Martin de Azcarraga y Francisco de Zabala.

Los presos estaban con grilletes y alojados en calabozos separados. Pero recibieron ayuda externa, ya que alguien escaló desde el exterior y abrió un agujero en el muro por debajo de una ventana. Como las separaciones eran de tabique sencillo, los tiraron abajo fácilmente.

En Urduña/Orduña se movilizaron guardias civiles y nueve paisanos armados para ir en su búsqueda por el monte Santiago y zonas colindantes, por haber tenido noticias de haber estado al amanecer en “la Venta fría y el pueblo de Inza”[2]. Sin embargo, parece que dos de los huidos emprendieron el camino a Artziniega: uno de ellos fue apresado por la pareja de la guardia civil de Amurrio en la “venta de Pajaritos”. Fue antes del amanecer y el otro huido pudo escapar cuando les dieron la voz de alto. Por desgracia, no sabemos cómo finalizó esta historia.

 

Los problemas de la cárcel de Amurrio con la seguridad fueron constantes y se alargaron en el tiempo hasta el mismo siglo XX. En 1892 se fugaron Mariano Macial, de Huesca, y Marcos Ruiz Caballero, de Espinosa de los Monteros. El 2 de diciembre de 1902 se produjo otra fuga cuya imagen no puede ser más tópica y clásica: dos reclusos extrajeron una de las tablas de la cama, que emplearon para doblar las rejas de la ventana de su celda; luego ataron cuatro sábanas una tras otra por las cuales se descolgaron hasta el suelo.

Poco después de las 8 de la noche el alcaide de la cárcel se percató de la fuga de José Martín Arcocha Echebarria, de 30 años, casado y natural de Urigoiti (Orozko), de barba cerrada y ojos azules y vestía pantalón y blusa clara de algodón, alpargatas blancas y elástico y boina azul. El segundo era un francés llamado Anatole Estol, de 27 años, estatura regular, bigote negro y barba cerrada, vestido de forma muy similar al anterior. En cuanto a la trayectoria posterior de los dos individuos, el francés fue capturado al día siguiente cerca de Ugao-Miraballes por una pareja de la Guardia Civil del puesto de Arrigorriaga.

Todavía en 1935 se producían fugas de esta cárcel. La noche del 26 de abril se fugaron de la cárcel de Amurrio Felipe Rubio Sánchez, de 22 años, y Manuel Cabero, de 20. Parece que la fuga la efectuaron rompiendo el cielo raso de la celda y pasando de este lugar al Juzgado de Instrucción, situado en el mismo edificio, desde donde lograron descolgarse mediante una cuerda por una ventana a la calle. Ambos estaban detenidos por el robo en el chalet de Narciso Pinedo Sopelana escasos días antes, cuyos objetos fueron hallados cuatro días después en posesión del dueño de un bar de Bilbao La Vieja.

 

[1] Probablemente se trate de Cornelio de Zornoza Campo, nacido en el pueblo alavés de Baroja en 1818

[2] Parece que se refiere a Unzá

 

FUENTES:

Archivo Foral de Bizkaia: AQ00072/246

El clamor público (4-11-1859)

Boletín Oficial de la provincia de Santander, nº 123, 14-10-1859

El liberal, 27-2-1880, p. 2

El liberal, 5-3-1880, pp. 2-3

El Heraldo Alavés, Año II, nº 563, 4-12-1902

Pensamiento Alavés, Año IV, nº 715, 22-4-1935

Pensamiento Alavés, Año IV, nº 720, 27-4-1935

 

 

 

 

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