Noche de ronda con consecuencias inesperadas. Orduña, 1824.

 

 

 

 

Año Nuevo del año 1824.

Los vecinos de la ciudad de Orduña disfrutaban del día festivo como mejor podían, acudiendo a los actos religiosos, reuniéndose con la familia y amigos, y no pocos optaron por pasar la tarde-noche de taberna en taberna. Nada nuevo bajo el sol, pues. Concretamente, la taberna que el zapatero Manuel de Larrondo tenía en su casa, situada en la parte baja de la calle Francos, fue el punto en el que coincidieron cinco individuos, cuatro de los cuales darían con sus huesos en la cárcel antes de que terminara la noche.

Algunos de ellos habían estado rezando el rosario en la parroquia de San Juan. Es el caso de Francisco de Marfagón Ortega, que era natural de Bueña “en el partido de Teruel del Reyno de Aragon” y estaba casado con María de la Torre Orruño. Era un joven esquilador de unos veinticinco años que vivía con su familia política y poco más tenía que lo que llevaba puesto. También estuvo Juan de Picaza Echevarria, natural de Orozko, casado en la ciudad con Ramona de Ulibarri Coloma, maestro cubero de treinta y nueve años de edad y vecino al final de la calle Orruño.

Debían ser amigos a pesar de la diferencia de edad entre ambos, ya que, tras el acto religioso, estuvieron sentados cerca de la casa del cirujano Eugenio Torrecilla, en la bocacalle de la dicha calle Orruño. Los dos amigos decidieron dar un paseo a caballo, de manera que Picaza en su propia cabalgadura y Marfagón en la de su cuñado pusieron rumbo a la “venta titulada de Mendichueta” en Saratxo. A medio camino adelantaron a un hombre que iba caminando. Era Gerónimo de Garay Aranburu, labrador de cuarenta y cuatro años, casado con Estéfana de Gabiña, nacida en Saratxo, y vecino en la calle Francos. Los tres se juntaron ya en la cocina de la venta y “tomaron una refaccion de vino y un poco de carne q habia llevado dicho Geronimo”. Al anochecer, sobre las seis de la tarde, Garay y Picaza volvieron juntos en el mismo caballo, y Marfagón lo hizo algo más tarde en el de su cuñado, llegando a la ciudad después de anochecido. Garay se apeó en su casa y Picaza fue a dejar el caballo en su establo. Pero Garay debía tener ganas de más porque seguidamente fue a casa de Picaza y le propuso ir a tomar media azumbre –un litro- de chacolí a la casa taberna de Larrondo que, como hemos dicho, estaba en la misma calle en la que Picaza tenía su domicilio.

Aunque de manera independiente a los anteriores, similar recorrido realizó Domingo de Aguirre Ahedo, labrador de treinta y cuatro años natural de Gordejuela, casado en la ciudad con Brígida de Secada Revilla y vecino también de la calle Francos. Domingo había rezado el rosario en la iglesia de San Juan pero después pasó por su casa para coger un mendrugo de pan. Aguirre salió de la ciudad por el Camino Real en dirección al “puente titulado nuevo que esta en el prado llamado de San Bartolome”. Resulta que, en un agujero de una pared próxima al puente, había escondido una bayoneta inglesa en julio de 1822 y quería recogerla para dársela a José de Marubay, que hacía tiempo se la había pedido porque le venía bien para el fusil inglés que tenía para su oficio de la Guardia de la ciudad. A pesar del año y medio que había transcurrido, la bayoneta aún estaba allí y Domingo la introdujo en la manga suelta del lado izquierdo del capote de paño pardo que llevaba puesto.

El puente pillaba de paso para la venta de Menditxueta, a donde fue, pero no estuvo con los anteriormente mencionados sino con otros orduñeses, concretamente con Manuel de Ugarte, Agustín Fernández y Luis de Izarra “por mote pelandina”. Ellos mismos aseguran que la venta estaba muy concurrida aquella tarde. La costumbre de los orduñeses de ir a beber o comprar vino en Menditxueta, donde era más barato, era ya secular y fuente de conflictos entre Ayala y Orduña. Pero esa es otra historia. Por el momento, Aguirre y sus compadres estuvieron dándole al clarete aquella tarde y, al toque de oración, salieron de vuelta para Orduña, si bien parece que Ugarte regresó un poco antes. Sobre las seis y media de la tarde, Aguirre llegó a su casa, cenó con su mujer y su familia y bajó a la cercana taberna de Larrondo para echar un trago de chacolí. Allí se juntó a Andrés de Vadillo, a quien llamaban “Medina”, Pedro de Iturricha y Pedro de Ogazon.

Por su parte, Manuel de Aldama Olabarrieta, albañil de cuarenta y un años natural de Menagarai, estaba casado con su paisana Juana de Echavarri La Cuadra y vivía en la calle Orruño. Por cierto, que Juana moriría en el transcurso de ese año, ya que Manuel se casó en diciembre con María de Oquendo, con quien vivía en la calle Cantarranas al año siguiente. Pero lo que ahora nos importa es que, sobre las tres de la tarde de aquel 1 de enero de 1824, Manuel fue “para la venta que de nueba planta esta construiendo en el lugar de tertanga (…) Thomas de Murga” para ajustar con el la obra de albañilería de la cocina y otro agregado a ella; y luego fue allí también otro maestro albañil, Pedro de La Encina. Después de ajustarse y de “echar un trago amigablemente en dicha casa de Murga, en la que se bende bino clarete de la Rioxa”, sobre las cinco de la tarde marcharon los dos a casa de La Encina “que la tiene en la Calle titulada de cantarranas” y no fue hasta las ocho y media aproximadamente que salió de casa de su colega para dirigirse a la suya. Este fue su trayecto: “por bajo de los Astiales de entre cantarranas, Calle nueba, Calle Burgos y por el arqueado de la Parroquia de San Juan el Real siguiendo por los Astiales del peso real, los de entre calle medio y Calle Yerro”. Algo que queda bastante claro en la documentación del caso es que la gente no cruzaba la plaza de noche, sino que iban por los hastiales aunque para ello tuvieran que rodearla por completo.

Aproximadamente bajo el portegado de la Casa Consistorial, Aldama se encontró con el regidor Jose de Pereda, vigilante nocturno por encargo del alcalde, quien le dijo que ya era hora de que se retirase a su casa. Le respondió que así lo haría. Pero nada más lejos de la realidad. En la bocacalle de Francos, se encontró a Marfagón y ambos fueron a echar un cuartillo –medio litro- de chacolí a la casa de Larrondo. En la portalada estaban Picaza y Garay “echando un trago” y los dos hombres se unieron a ellos con su propia consumición.

¿Qué había sido de Marfagón en el rato transcurrido entre su regreso de Menditxueta y su encuentro con Aldama? Primero, fue a su domicilio a dejar el caballo y cenar con su familia. A continuación, salió hacia la casa mesón de Manuela de Jocano en la calle Nueva. Era viuda de Ciriaco de Izarra y la casualidad es que, al igual que Aldama, se casó en segundas nupcias en diciembre de 1824, en su caso con Valerio de Samaniego. Marfagón dirá en el futuro que fue a este lugar buscando alguna caballería que esquilar y así ganar jornal. Lo cierto es que entabló conversación con el criado Vicente de Izarra, a quien pidió una bayoneta que días antes le había ofrecido. Vicente había encontrado la bayoneta tiempo atrás entre la paja de la casa y, al parecer, Marfagón la quería por no tener otra para el fusil que le habían entregado como individuo de la Guardia. Es curioso –o no- que tanto el como Aguirre se hicieran con una bayoneta ese mismo día y por idéntico motivo.

Aquí se produce una divergencia respecto a la declaración de Aldama. Éste dijo que se encontró a Marfagón en la bocacalle de Francos y bajaron a la taberna de Larrondo. Sin embargo, el aragonés declaró que fueron a la casa de Rafael de Aldama en la entrada de la calle Medio a echar un trago de aguardiente. Y lo cierto es que Juana de Polanco, la mujer de Rafael, ratificó que ambos estuvieron en la portalada interior de su casa y que Aldama bebió cuatro cuartos de aguardiente y Marfagón como un vaso de vino rancio. Este pasaje le viene ni que pintado a Marfagón porque afirmó que se encontraron con Picaza, Aguirre y Garay en la bocacalle de Francos y que nunca llegó a estar en la taberna de Larrondo. A pesar de tener numerosos testimonios en contra, Marfagón se ratificó en esta sucesión de los hechos hasta en cuatro ocasiones. ¿Por qué Marfagón insistió tanto en negar su presencia en la taberna de Larrondo si nada malo ocurrió allí? ¿Por qué Aldama omitió haber pasado por la taberna de Polanco? ¿Hay algún motivo para que Juana mintiera y encubriera a Marfagón? Ninguna respuesta podemos dar a estas preguntas a partir de la documentación producida en el caso. Pero lo que está bastante claro es que Marfagón mintió.

 

Sabemos también sin ninguna duda que, a eso de las nueve de la noche, el regidor Pereda se presentó en la taberna de Larrondo para despachar al personal a sus respectivas casas. Poco después llegó el alguacil José de Marubay con el mismo fin. Recordemos que éste es quien había pedido a Aguirre la bayoneta que tenía escondida. El caso es que las autoridades cerraron el chiringuito y Marfagón, Aldama, Garay, Picaza y Aguirre, que no habían estado juntos, se encontraron en la calle. Resistiéndose a la idea de dar por finiquitada la jornada, alguno tuvo la sempiterna clarividencia de buscar un garito donde poder echar la espuela, pues “no hera tan tarde para aquel fin”, de manera que pusieron rumbo a la casa del cirujano Genaro Gutiérrez, ayalés natural de Lujo, que traía y vendía aguardiente en su domicilio situado al final de la calle Burgos. A pesar de que, como hemos visto, los susodichos vivían en esa misma calle o en la de Orruño, las ganas de seguir pimplando superaban con mucho las de acostarse y allí que se fueron.

Siguiendo con la que parece ser arraigada costumbre de no cruzar la plaza de noche, los cinco individuos fueron por detrás de la Aduana y por la calle Cantarranas hasta la casa del cirujano, que estaba cerrada. Los abastecedores de vino y aguardiente no solo hacían que su casa funcionase a modo de tasca mientras durase su obligación contractual sino que vendían el morapio a los vecinos en diversas cantidades para que lo llevaran a su casa. Y, en ocasiones, esto podía ocurrir a cualquier hora, por mucho que habitualmente las ordenanzas locales lo prohibieran. Es así que se entiende que nuestros protagonistas llamasen a la puerta y la sirvienta Ramona de Oquendo les atendiera. Según su testimonio, reconoció las voces de Marfagón y Aldama, les entregó el aguardiente por un postigo de la puerta principal sin abrirla, lo bebieron y ambos pagaron. No vio en ningún momento a los otros tres, pero por allí debían de estar. No descartamos que Oquendo dijera esto para evitar algún tipo de reprimenda por atender a esas horas, ya que de los testimonios de los hombres se puede concluir que estuvieron dentro de la casa. Por otro lado, Marfagón aseguraría que no bebió nada porque ya había tomado en la casa de Rafael de Aldama. Otra mentira.

A partir de aquí, bien sea porque el alcohol hizo mella en sus recuerdos, bien por limpiarse las manos del suceso que estaba próximo a ocurrir, las versiones de los cinco hombres comienzan a diferir cada vez más. Dentro o fuera, el paso por la casa de Gutiérrez fue rápido, lo justo para echar el último pelotazo. Quizá no eran más de las nueve y media de la noche cuando marcharon de allí. Subiendo por la calle Burgos hacia la plaza, se produjo un rifirrafe típico de ebrios cuando Aldama resbaló y cayó al suelo, culpando a Picaza de haberle empujado. Que si te has caído tu solo, que si me has empujado, los otros tres iban por delante y Marfagón se dio la vuelta para regañarles y decirles que no metieran bulla. Picaza contestó que no lo hacían y que para aquella disputa no necesitaban quien la decidiese y que así podía llevar su camino. Según éstos, este suceso ocurrió en los soportales de la iglesia de San Juan. Según Marfagón y Garay, en las últimas casas de la calle Burgos, a la altura de la casa del maestro de obra prima Fernando de Gardeazabal.

 

Precisamente allí se encontraban amigablemente reunidas algunas personas unidas por lazos familiares y de amistad. Ventura de Marubay Quintana era natural de la misma ciudad, tenía cincuenta y tres años, estaba casado y vivía en esa misma calle. Era hermano del alguacil ya mencionado, con quien además compartía casa. Sobre las ocho de la noche había ido a casa de su vecino y amigo “con el fin de pasar un tanto de combersacion amigable según en otras ocasiones lo habia echo”. Allí estaban Gardeazabal, su mujer, su hermana María Antonia, Antonio de Salaberri y algunos criados de la casa.

Era ya bastante tarde, sobre las once u once y media, cuando María Antonia decidió regresar a su casa, situada en la parte baja de la calle Vieja. Ventura y Salaberri también salieron para sus respectivos domicilios no sin antes ofrecerse a acompañar a la mujer, como también lo hizo su hermano. Fueron por los arcos de la iglesia, el Peso Real, los portales de calle Medio y Yerro hasta la entrada de Calle Vieja. Salaberri portaba un farol con dos luces. En ese punto, fueron recibidos con una lluvia de piedras. Pero existen contradicciones en torno a este suceso. El propio Ventura narra los hechos tal y como lo hemos hecho nosotros: salieron de casa, fueron por los hastiales y al llegar al portegado de la casa consistorial comenzaron a recibir pedradas. Pero no es cierto, ya que esto ocurrió después de dejar a María Antonia en su casa y volver a subir por calle Vieja. Así lo afirma directamente Salaberri y así se explica que la mujer ni siquiera fuese llamada a declarar: no presenció los hechos.

Entonces, ¿qué hicieron los otros cinco en ese lapso de tiempo de una hora u hora y media que debió transcurrir desde que marcharon de casa de Gutiérrez hasta que ocurrió la agresión? Según Garay, cuyo testimonio fue considerado como fidedigno por los tribunales, fueron todos juntos desde la dicha casa hasta la casa consistorial, donde estuvieron de palique durante bastante rato sin que pudiera precisar si fue media o una hora. Cuando vio que por los hastiales venían tres o cuatro personas, una de ellas con un farol “bastante crecido con luz encendida dentro”, les dijo a los cuatro “muchachos vamos a casa q ya es hora” y habiéndole contestado que aguardase, marchó “sin mas detencion” para su casa. Este relato es el único plausible desde el punto de vista temporal, ya que todos los demás no solo contaron cosas diferentes sino que narran el apedreamiento como un suceso que ocurrió de manera inmediata a su llegada al entorno de la plaza.

Según Picaza y Aldama, después de su rifirrafe, seguramente con ánimo de atajar por haberse quedado rezagados respecto a los otros tres, cruzaron por el medio de la plaza hasta la casa en que habitaba Pablo Ximénez, y que era propiedad de Cayetano de Palacio, entre las calles Francos y Orruño. Sin embargo, Marfagón declaró que fueron Aldama y el quienes hicieron dicho recorrido. Picaza aseguró haber visto una luz que subía por la calle Vieja cuando iba con Aldama hacia la casa de Ximénez cruzando la plaza; es decir, al de nada de salir de la casa de Gutiérrez.

Ventura de Marubay declaró que al pasar por la bocacalle de Vieja advirtieron que algunas personas les estaban lanzando piedras desde los hastiales de la calle Francos. Creyendo que presentándose como oficial de la Guardia cesarían el ataque, se dirigió hacia ellos y debajo de la casa que habitaba Ximénez se encontró con los cuatro hombres que ya conocemos y les dijo “modosamente” que no tenían motivo para tirar piedras y que se comportasen, pero le contestaron con desprecio y amenazas. Acto seguido uno de los hombres –creía que fue Marfagón pero no lo aseguró- le agredió con una bayoneta en el costado derecho. Pensó que era una herida mortal y así lo dijo, y al ver que se desmayaba pidió a Picaza que le acompañase a casa. Y éste así lo hizo. Ni siquiera la urgencia de las circunstancias le hicieron cruzar por la plaza, sino que fueron bajo los hastiales hasta la iglesia de San Juan, donde el hombre se excusó por temor de que le encontraran los otros tres. Entonces apareció la mujer de Gardeazabal y Ventura fue socorrido en sus metros finales por Salaberri y por Pedro de Gabiña.

¿Qué fue de los acompañantes de Marubay? Cuando éste se adelantó para reconvenir a los agresores, Antonio de Salaberri Iradier, gasteiztarra de veintiún años, le siguió a escasos metros. Pero su testimonio no es del todo coincidente con el del herido, ya que aseguró haber encontrado a Picaza, sin capote ni arma alguna, en uno de los pilares bajo la casa mesón de Ignacia de Urruela, viuda de Manuel de Ballejuelo, que se corresponde con la casa de los Díaz Pimienta. Cruzaron algunas palabras entre ellos, pero al de poco oyó que Ventura caía a tierra suspirando y “diciendo herido soy de una puñalada”. Salaberri no pudo decir quién fue el autor de la agresión, ya que la noche era bastante oscura y el farol se lo había quedado Gardeazabal. La reacción del mozo fue un poco extraña, ya que en vez de ayudar al hombre fue a toda prisa a casa de Gardeazabal para “proporcionar medio” de recogerle a Ventura y ver qué había que hacer. Pero resulta que Gardeazabal no estaba en su casa. Así que Salaberri halló a Ventura ya cerca de la casa de éste y pidió ayuda a Gabiña para llevarlo a casa y dejarlo en la cama. Gabiña regresaba de pasar un “rato de conversación amigable” en casa de Clemente Sancho hacia el final de la calle Burgos, y era empleado de la Aduana.

¿Dónde estaba, pues, Fernando de Gardeazabal? En el mismo momento en que comenzaban a caerles piedras de buen tamaño, se había encontrado con Baldomero de Galíndez en el portegado de la casa consistorial. Ambos se refugiaron dentro de la casa mesón de Ignacia de Urruela. Esto no tiene sentido alguno, ya que si estaban bajo la casa consistorial habría bastado con huir en cualquier otra dirección excepto en la que tomaron. Creemos que, en realidad, debieron encontrarse en la bocacalle o en los mismos hastiales de la casa mesón, y por ello optaron por entrar en este lugar, que era a donde se dirigía Galíndez para cumplir un encargo del Comandante de la Guardia.

Se comenta que alguna piedra impactó contra la puerta principal de la casa, que cerraron tras entrar. Allí estaban Juana de Urruela, Eusebio de Laiseca y María Ortiz de Salazar. Juana subió a los dos hombres al entresuelo, que tenía una ventana que daba al hastial, y la mujer vio a Marubay ir de pilar en pilar diciendo “hixos mios no tireis pedradas”. Gardeazabal no mencionó nada de esto, solo que oyó decir “darles que son negros y matarlos”. Sabemos que “negros” era como llamaban los tradicionalistas -posteriormente los carlistas- a los liberales, bajo el supuesto de que tenían el alma negra. Según Juana, sobrina de la dueña del mesón, habría reconocido las voces de Marfagón y Picaza pronunciando expresiones ofensivas, y después oyó a Marubay llamar a Fernando con voz bastante lastimosa. Según Salazar, decía “Fernando ven acá”. Entonces, Gardeazabal y Galindez, con cuidado y temor, partieron con el farol a buscarle por los hastiales entre las calles Francos y Orruño. A la altura de la casa de Juan Francisco de Bárcena, encontraron a Marfagón, al que preguntaron por el paradero de Marubay, y les respondió con desprecio. Al ver que tras los pilares de la casa había varios bultos de personas que no pudo distinguir, temiendo que aquello terminase mal se fueron a su casa, a donde llegaron a tiempo para ver en la puerta principal a Marubay con la mujer de Gardeazabal.

 

Ahora es momento de ver los argumentos esgrimidos por los acusados. Según Picaza, cuando llegó con Aldama bajo la casa que habitaba Ximénez oyó una voz procedente de los hastiales bajo la casa mesón que dijo “joder a un negro”, y creía que había sido Marfagón. Poco después escuchó otra voz que procedía más o menos de la bocacalle de Francos, y creía que era Ventura “que dijo claramente que mal e echo a Vms”. Picaza habría ido en su busca y lo halló de pie, hacia mitad de los hastiales bajo el mesón, y le dijo que le habían herido y le pidió por Dios que le acompañase a su casa. Como sabemos, así lo hizo. Según sus propias palabras, no lo acompañó más porque creyó que si lo encontraba la Guardia de Honor lo apresarían juzgándole autor de la herida y porque no quería encontrarse con los verdaderos autores. Recordemos, sin embargo, que Salaberri aseguró haberlo visto en uno de los pilares del mesón. Picaza lo negó, así como negó haber dicho las expresiones ofensivas que se le atribuían.

Aldama, que al parecer iba bastante perjudicado, dijo que se recostó pegante a la casa contigua que habitaba Ximénez y al de poco tiempo “al parecer del declarante porque se hallaba turbado de sentido a causa de haberle ofendido un cigarro que acababa de fumar”, como entresueño (sic) oyó voces y un ruido y una persona que “en alta boz y mui clara dijo joderle a un negro”. Creía que fue Marfagón. Presa de este presunto blancón, Aldama se largó hacia su domicilio de la calle Orruño y se durmió hasta que, “siendo hora de la repetida noche que no pudo adbertir por la turbacion de su cabeza qual fuese”, su mujer le despertó porque se lo iban a llevar detenido.

Nada en particular se ha dicho de Aguirre hasta ahora. Su declaración no tiene desperdicio. Aseguraba el encartado que, después de echar la última en casa de Gutiérrez, fue por los hastiales hasta llegar a la entrada de calle Francos, yéndose derechito a su casa. Pero al de un rato notó que le faltaba el ceñidor que había vestido ese día y pensó que se le había caído detrás de la Aduana “en sazón de haber soltado los calzones para hacer una necesidad maior”, de modo que fue para allí y “bolbiendo al parage donde habia echo su necesidad hallo alli dicho ceñidor”. De regreso para su casa, se encontró con Marfagón junto a la casa del cirujano Torrecilla, que estaba pegante a la bocacalle de Orruño. Éste le propuso ir a ver quién o quiénes iban con un farol por los hastiales entre las calles Medio y Yerro y convino en hacerlo por mera curiosidad, de manera que al llegar se encontraron no con los agredidos……sino con el Comandante de la Guardia. A este encuentro regresaremos en breve. Baste señalar por el momento que Aguirre aprovechó este escatológico pasaje para negar su presencia en el lugar de los hechos ni siquiera de manera circunstancial.

Por su parte, Marfagón había suplantado a Picaza en su papel de acompañante de Aldama hasta la bocacalle de Orruño. Situado en ese lugar, afirmaba haber oído ruido de pedradas y haber distinguido bultos de personas en los hastiales entre Orruño y Francos, unos arrimados a los pilares y otros junto a las tiendas. Marfagón siempre dio a entender que allí había habido muchas personas. Avanzó hacia la casa de Torrecilla y allí se habría encontrado con Salaberri, quien le preguntó qué hacía allí y quiénes eran aquellas personas. Le respondió que no sabía, que solo veía uno de sombrero blanco que podía ser el Comandante de la Guardia, y Salaberri fue a donde el. Recordemos que Salaberri solo dijo haberse encontrado con Picaza, en ningún momento con Marfagón. Nadie aludió a persona alguna con sombrero blanco. En su línea.

El declarante aseguró que, después de esta conversación, regresó a donde estaba Aldama, llegando después Aguirre y posteriormente Picaza. Éste y Aldama se fueron a sus casas. No había visto a Garay desde que se desviara al salir de la calle Burgos, de modo que aquí contradijo nuevamente las declaraciones de sus compañeros. Además, Garay vivía en la calle Francos, de modo que no tenía ningún motivo para haber tomado un rumbo diferente cuando regresaban de la casa de Gutiérrez. Sin embargo, y tras mucho insistir los interrogadores en sus contradicciones, terminó por señalar que sí, que habían estado los cinco cerca de la bocacalle de Orruño: Aldama y él en este mismo lugar, Picaza y Aguirre hacia medio hastial y Garay cerca de la tienda de Agustín de Aranguren; y que entonces llegó Marubay y les dijo que se fueran a sus casas, a ellos y a esas otras personas misterioras que estaban detrás de los pilares y de las que nada se supo –probablemente porque no existieron-.

 

Las pesquisas para tratar de arrojar un poco de luz sobre el incidente no resultaron muy fructíferas. Algunos de los vecinos más cercanos al lugar de los hechos oyeron ruido pero, al ser día festivo, pensaron que era gente divirtiéndose –a pesar de las horas que eran ya-. Otros, como Matías Juan de Angulo, no se enteraron de nada, en su caso por haber regresado de viaje y estar agotado. El testimonio más interesante puede ser el de Ramón de Madariaga, que vivía en la segunda puerta de la calle Vieja. Ramón se asomó a la ventana hacia las nueve y media o diez de la noche y oyó voces en la plaza, entre ellas alguna que dijo tres veces en voz muy alta “biba la constitucion”. Con el Trienio Liberal recientemente abortado por la restauración absolutista de Fernando VII, en la que tomó parte de manera muy activa el vecindario orduñés, la perspectiva de hallarnos en este caso con un trasfondo político nos resultaba sumamente atractiva. Sin embargo, nada más se supo de esto. Nadie más pareció oírlo.

Digno de mención fue también la declaración de Martín de Mendieta, natural de Lezama y criado en la citada casa mesón. Según sus palabras, sobre las siete y media de la tarde, en medio de la escalera principal de la casa, Francisco de Marfagón expresó que llevaba una bayoneta francesa, la enseñó y dijo que buscaba “algun negro” para matarle pero no lo había encontrado. Juan de Arenas habría sido testigo de la conversación y, en efecto, ratificó que el encuentro se había producido, pero no recordaba qué dijo exactamente Marfagón de la bayoneta.

 

Después de dejar a Ventura en su casa, Gardeazabal y Galíndez fueron a dar aviso al Comandante de la Guardia de la ciudad, como subalternos suyos que eran, ya que también eran miembros de ella. Juan Antonio de Goiri Olabarrieta había nacido en Laudio/Llodio en 1792. Con veinte años, se alistó en el ejército en Potes para luchar contra los franceses, y a buen seguro debió destacarse en la sublevación realista del Trienio Liberal, ya que en octubre de 1823 figuraba ya como Comandante en Orduña en una carta enviada al rey vanagloriándose de su desafección hacia el régimen liberal y su masivo apoyo a Fernando VII. Todavía faltaba una década para la sublevación carlista de la que Goiri sería uno de los cabecillas comarcales hasta que se acogió al Convenio de Bergara del 31 de agosto de 1839, de manera que en enero de 1840 fue nombrado administrador de la Real Aduana de la ciudad vizcaína. En los inicios del año 1824 gozaba del importante cargo de Comandante de la Guardia de la ciudad, que no era más que la institucionalización como fuerza policial legal de las partidas realistas antiliberales que se habían formado en los años anteriores. Como la participación de orduñeses en estas partidas fue muy alta, parece que “todo quisqui” era miembro de esta Guardia.

Goiri estaba en la casa de su suegro Rafael de Aldama, por donde parece que habían pasado Marfagón y Manuel de Aldama unas horas antes. Recibido el aviso de la agresión, el Comandante ordenó a Gardeazabal y Galindez que fuesen a sus casas a por sus correspondientes fusiles, bayonetas y cananas y que acto seguido se dirigieran al portegado de la casa consistorial. Goiri acudiría al mismo sitio en compañía del sirviente de su suegro, Tomás de Acha, al mismo tiempo que envió a su propio sirviente, Santiago de Larrea, a avisar a su ayudante Ildefonso de Echevarria para que acudiera al dicho lugar armado con su espada. Ambos criados eran naturales de Orozko.

Goiri y Acha, armados con sable y carabina respectivamente, fueron los primeros en llegar. No portaban luz alguna, al contrario de lo que afirmó Aguirre. Y seguramente por eso sorprendió al susodicho y a Marfagón viniendo desde la bocacalle de Vieja. Dijeron que estaban paseando pero, sin mayores rodeos, Goiri preguntó a ver si portaban armas, y Marfagón respondió que había portado una bayoneta pero ya la había dejado en su casa. Entonces llegaron Gardeazabal y su sirviente, el laudioarra Pedro de Aldaiturriaga, con un farol, y al momento apareció también Galindez. Gardeazabal se colocó a la espalda de Marfagón y gracias a la luz de su sirviente pudo ver que el hombre tenía una bayoneta escondida debajo del capote y su brazo izquierdo. Goiri se la quitó y dispuso que los dos hombres subieran a la cárcel, que se encontraba en la misma casa consistorial. En ese momento llegaron Larrea, Echevarria e Ildefonso de Galatas, éste con su fusil y bayoneta como miembro que también era de la Guardia. Vivía cerca y había acudido al escuchar ruido y voces, especialmente las de Gardeazabal y Goiri. También Salaberri llegó en algún momento de éstos.

Como niños atrapados en alguna travesura, Marfagón y Aguirre se resistieron a subir a la cárcel y no tardaron mucho en protestar que no eran los únicos que habían andado por ahí aquella noche, delatando prontamente a Juan de Picaza y Manuel de Aldama, que también eran miembros de la Guardia. Fue Galatas quien agarró a Aguirre y le encontró otra bayoneta debajo de su brazo izquierdo. No sin resistencia, lograron subir a los dos hombres a la cárcel. Aguirre rasgó la camisa del alcaide Pedro de Iturricha, que estaba en su cama cuando su hija le avisó de que Goiri estaba llamando. Recordemos que Iturricha también había estado en la taberna de Larrondo, de donde se había marchado cuando llegó el regidor Pereda. Marfagón fue introducido en la jaula y Aguirre en el calabozo.

La comitiva encabezada por el Comandante se dirigió a casa del aludido Picaza, a quien llevaron a la cárcel; y después hicieron lo mismo con el resacoso Manuel de Aldama. Parece que en algún momento posterior Goiri fue informado de que el cirujano Gutiérrez había sido llamado de parte de la casa de Ventura de Marubay para que éste fuera asistido.

Y, con esta información, Goiri acudió a casa del alcalde y juez ordinario Juan Bautista de Basabilbaso, que estaba acostado en su cama. Enterado de todo lo ocurrido, el alcalde ordenó que los reos permanecieran detenidos bajo la custodia del alcaide y sin comunicación de ninguna clase entre ellos. Posteriormente, fue a la casa de Marubay, hacia la mitad de la calle Burgos, junto al cirujano Mariano de Barriocanal y otras personas. El herido estaba en cama en un cuarto inmediato a la sala de la casa y fue examinado de nuevo, ahora en presencia de las autoridades. Ventura estaba “adornado con camisa limpia de lienzo regular de la tierra y de un chaleco de triple fondo pajizo con solapas y seis botones en cada una, bolsillos con forro por de fuera la espalda y en las delanteros” y en la solapa derecha tenía un “ahugerito triangular de estension al parecer como de quatro linias escasas” advirtiéndose una manchita de sangre en la parte superior del agujero y otra un poco más abajo. Y tenía en sus ropas otras manchitas de sangre del tamaño de una mosca o una lenteja. El escribano recogió el chaleco para custodiarlo como prueba. Su mujer Ramona de Mendibil dijo que era el mismo chaleco que llevaba su marido al llegar a casa. Y aunque examinaron el resto de ropas que había llevado no observaron más manchas de sangre, si bien dos de las prendas estaban recién levadas para que no se estropearan con las manchas de sangre. En ellas sí localizaron algunos agujeros y más restos de sangre, de modo que el escribano también se las quedó.

En su costado derecho y próximo a la “costilla primera verdadera”, Ventura tenía una herida que, según el cirujano Barriocanal, había sido provocada con un instrumento punzante cortante de figura triangular sin que se le advierta a Ventura en su cuerpo otra alguna herida ni señal de contusión. Era una herida realizada con una bayoneta, en su opinión. Esa mañana del día 2 de enero también el cirujano Gutiérrez fue con Barriocanal a atender a Ventura, a quien hallaron con bastante opresión al pecho; le aplicaron los medicamentos que juzgaron convenirle y le hicieron una evacuación con previsión de realizar otra por la tarde.

En los días siguientes, se examinaron las ropas del herido así como las armas incautadas a los reos. Uno de los dos sastre que examinó las ropas fue otro viejo conocido, Pablo Ximénez. Por su parte, Goiri señaló que las bayonetas incautadas no eran las que se habían entregado para el servicio de la Guardia, sino que estaban más sucias y roñosas. Los maestros herreros y armeros de la ciudad, Pedro de Izaguirre y José de Unzueta, reconocieron las bayonetas, que estaban bastante usadas. No hallaron rastros de sangre en ellas pero reconocieron las ropas y constataron que los agujeritos bien correspondían con las puntas de las bayonetas.

 

La tarde del día 6 los dos cirujanos afirmaban que Ventura estaba con alguna alteración en su pulso y bastante desazonado por lo que habían dispuesto que se confesase y recibiese el Viático. El alcalde mandó que un tercer cirujano, Eugenio de Torrecilla, fuese al día siguiente a las ocho de la mañana en compañía del médico José de Gorria a reconocer al herido. Sin embargo, Gorría estaba en cama bastante indispuesto debido a una especie de flujo de sangre. A pesar de ello, al día siguiente Gorría hizo el esfuerzo de ir a examinar a Ventura; afirmó que el herido estaba padeciendo una pulmonía espuria, enfermedad peligrosa que podría haber sido causada por el invierno o por un derrame de líquidos de los pulmones por algún golpe contuso en las partes continentes de la cavidad vital, aunque de esta segunda causa no tenía nociones suficientes para afirmar que había causado la pulmonía.

El día 8 los tres cirujanos observaron que la herida no tenía rubicundez, inflamación, ni edema, manteniéndose en su color natural si bien expelía una leve serosidad y se hallaba con alguna calentura echando algunas gotas de sangre en el esputo.

Sobre la medianoche del 9 al 10 de enero, Barriocanal estaba acostado en la cama de su casa, situada en la plaza, cuando fue llamado por Benita de Marubay y María Jesús de Urdanpilleta, hija y cuñada de Ventura, para que fuera a visitarle. A pesar de la urgencia, le encontró con buen pulso y en su sano juicio. Permaneció con el varias horas, hasta las cinco o cinco y media de la madrugada, cuando regresó a su casa. Pero entre las seis y media y las siete un “sobrinito” y un nieto de Ventura le avisaron para que fuera de nuevo a verle. Sin embargo, cuando llegó a calle Burgos, le dijeron que el hombre acababa de expirar, de manera que fue a buscar a su colega Gutiérrez para examinarle juntos y lo encontraron efectivamente muerto en su cama.

Al día siguiente, 11 de enero, a las ocho de la mañana, fue examinado el cadáver en su propia casa por los tres cirujanos ya mencionados. Estaba expuesto en dos mesas, custodiado por dos personas. El examen certificó que la herida era mayor en el interior de lo que parecía en el exterior, la pleura había sido dañada y hallaron un derrame de sangre que circundaba los pulmones pero sin herida, por lo que dedujeron que habría sido causado por alguna erupción de vasos en las partes afectadas por el golpe. Su dictamen fue la herida fue peligrosa y no mortal de necesidad, pero habría causado el derrame que resultó fatal. Su cadáver fue sepultado en el cementario al norte de la iglesia.

Los interrogatorios a los reos comenzaron el 19 de enero. Por entonces, Domingo de Aguirre no estaba en muy buenas condiciones. El médico seguía indispuesto con sus achaques, de modo que fue el cirujano Torrecilla quien lo examinó y lo encontró sin habla y en precarias condiciones debido sobre todo al tiempo frío que hacía. Dispuso como remedio que le dieran vino rancio, recomendando su traslado a un habitáculo más abrigado, con una cama y lumbre bien encendida sin tufo ni peligro de incendio. Si empeoraba su estado, habrían de llamar al párroco para que le diera la Extremaunción. Todas aquellas medidas se cumplieron, por cierto.

Después de sus declaraciones, fue nombrado promotor fiscal Manuel López Borricón, un tejedor que, para variar, también era vecino de la calle Orruño. Los reos nombraron a sus defensores y comenzó el juicio del caso propiamente dicho. No nos interesa hacer un seguimiento del mismo así que nos limitamos a lo fundamental: el promotor pidió para Marfagón la pena de diez años de presidio con retención en Puerto Rico y la pena de ocho años para Aguirre. Lo más curioso de todo es una afirmación del defensor de Marfagón: que el hombre había salido para “distraerse del aburrimiento q naturalmente causa el frecuente trato y vista de su familia”.

En junio aún seguían presos y la causa había pasado al tribunal del Corregidor y Diputados Generales del Señorío, por lo que los cuatro nombraron procuradores. Este tribunal dio por buenas las conclusiones del fiscal y condenó a Francisco de Marfagón a diez años de presidio en Puerto Rico y a Domingo de Aguirre a cuatro en el castillo de San Sebastián. Picaza y Aldama tuvieron por pena la prisión que ya habían sufrido, y los cuatro fueron condenados mancomunadamente en costas. Era el 18 de noviembre de 1824. El 16 de diciembre el alcalde Basabilbaso entregó al miquelete Marcos de Barañano a los presos Marfagon y Aguirre para ser conducidos a la cárcel de Bilbao.

¿Un caso de prostitución en Santa Coloma?

 

 

El pueblo madrileño se había alzado contra el ejército francés que en los meses precedentes había ocupado el país como presuntos aliados. La familia real ponía pies en polvorosa y la guerra estaba a punto de estallar por doquier. Nuestra comarca no iba a ser una excepción pero las correrías de los guerrilleros y el ejército francés, y sus correspondientes desmanes y exigencias para con los paisanos, no impidieron que la vida comunitaria diaria siguiera su curso, con todos sus dimes y diretes.

Y así, meses antes de que las tropas francesas acamparan en las inmediaciones de Santa Coloma destruyendo su ermita de San Pablo, los vecinos de esta localidad ayalesa andaban enfrascados en otro tipo de preocupaciones más banales.

A finales de mayo de 1808, el párroco y beneficiado de la iglesia de Santa Coloma, Isidro de las Fuentes, presentó una petición ante el alcalde ordinario de la Tierra de Ayala, Manuel de Largacha, para que mandase desterrar a “bastante distancia” a la viuda María de la Torre y su hija Feliciana de Chávarri debido a su disoluto comportamiento. Según el sacerdote, que se presentó a sí mismo como celoso guardián de la rectitud moral y buenas costumbres de sus feligreses, “todos los deberes y oficios debidos no han bastado para desterrar el escandalo que estan ocasionando y ocasionan” las dos mujeres, quienes “han tenido y tienen a todo el pueblo en una continua inquietud ocasionada por sus continuas borracheras y demasiado consumo q hacen de vino, pues se esceden y gastan ellas dos mas q todo el pueblo” y no habían tenido fondos para el pan necesario, “siendo ademas su modo de vibir tan libertino y escandaloso q escede con mucho del trato y buen arreglo q deben tener como personas constituidas en la clase del christianismo q profesamos”. El alcalde Largacha aceptó hacer examen de testigos en la casa de José de la Vía en horario de nueve a doce y de dos a cinco desde aquel día hasta que fuesen presentados todos los testigos necesarios. Nótese el extraño proceder que aquí se observa: el cura formula la petición, el alcalde se la acepta al instante y abre su audiencia ipso facto a primera hora de la mañana. ¿Y quién fue la primer testigo? Pues Luisa de Bringas Arnaiz, precisamente la mujer de José de la Vía Salmanton.

Las declaraciones de testigos eran imprescindibles en todo proceso probatorio que tuviera lugar en la Edad Moderna, bien fuera para demostrar la hidalguía de un sujeto, o para cualquier tipo de hecho del que se tuviera que dar fe, no únicamente en los procesos judiciales. Cuanta mayor fuera la categoría social de los testigos (sacerdotes, escribanos, caballeros de órdenes, etc.), cuanta más edad y reputación tuvieran, mejor. De esta manera, cuando se presentaba una denuncia ante el tribunal pertinente lo primero que hacía éste era recabar información sobre el hecho denunciado y eso pasaba inevitablemente por la declaración de testigos. Cada una de las partes litigantes presentaba sus propios testigos, de manera que uno de los modos de defensa más recurrentes fue la de desprestigiar y restar credibilidad a los testigos de la parte contraria, habitualmente socavando su reputación. En este sentido, los cruces de acusaciones son muy frecuentes y, en ocasiones, se menciona que tal o cual implicado andaba convenciendo, comprando o coaccionando testigos.

Lo habitual en la toma de declaraciones es que el primer testigo marque la pauta general del argumentario de su parte y el resto repita lo mismo con leves variaciones y algunos añadidos personales a partir de su propia experiencia. Esto es así incluso en los casos en los que los testigos no debían responder a un interrogatorio ordenado y predefinido, lo que era muy habitual también.

Por lo tanto, la declaración de Luisa de Bringas contiene la parte sustancial de los puntos que quería demostrar la acusación presentada por el sacerdote Isidro de las Fuentes. En primer lugar, ella y el resto de testigos glosaron las virtudes del párroco como un hombre recto de piadoso comportamiento, amén de su papel como mediador de conflictos y salvaguarda de la paz comunitaria. En lo que respecta a las personas denunciadas, se dice que el “excesivo consumo que diariamente hacen de vino admiran sobre manera” porque eran unas “miseras labradoras de el campo sin propios ni arbitrios para su precisa manutencion y mas al ver q sus agostos son cortisimos q no llegan para cubrir sus deudas”, y que para el laboreo se valían de algunos operarios que de alguna manera tenían que pagar. En otras palabras: madre e hija le daban al frasco en abundancia diariamente a pesar de que no tenían recursos conocidos para poder permitírselo. Sus deudas eran tales que unos días atrás les habían embargado algunos bienes en concepto del aguardiente que debía a Santiago de Retes, abacero de Artziniega, y ese mismo día les fueron embargados más bienes por petición del tabernero local Antonio de la Torre. Santiago y su mujer fueron presentados como testigos por la parte defensora y negaron que la deuda fuera por aguardiente sino por lino, blanquetas y alimentos.

Pero la presunta afición por el alcohol de María y Feliciana queda minimizada por la que, al fin y al cabo, será la verdadera acusación, un detalle apenas insinuado en la petición de Isidro de las Fuentes pero que se irá haciendo más explícito y manifiesto con cada testigo presentado, a buen seguro de manera premeditada, pues la acusación tendría más peso si la formulan los testigos por su cuenta. A saber: el comercio de Feliciana con su cuerpo a instancias de su madre o, como dirá más adelante el Fiscal, su respectiva condición de puta y alcahueta.

En palabras de Luisa, madre e hija tenían “tratos indecentes con varias personas forasteras q con mucha frecuencia entran y salen en su casa, la qual se halla solitaria” y se tenía por público que Feliciana tenía “tratos, tocamientos impuros y acciones desonestas” con esas personas. Ambas mujeres vivían en una casa un poco apartada de las demás y próxima al Camino Real que llevaba a Balmaseda, motivo por el cual era con ocasión de la feria de La Encina a principios de septiembre cuando aquello se convertía, presuntamente, en una bacanal. La madre salía al camino con alegría para captar clientes e insinuaba a los forasteros que hiciesen mansión en la casa porque no les faltaría bien de comer, buena cama y “moza de buen gusto”, de manera que muchos se detenían allí y, en vez de ir a la feria, pasaban el tiempo “en el floreo de una vida libertina y escandalosa pasando las noches en entretenimientos lascivos”.

La prueba irrefutable del libertinaje de Feliciana era su presente preñez, la cual decían que era la tercera, pues ya había parido en sendas ocasiones de un hombre casado de fuera del pueblo y de un viudo con el que tenía trato frecuente, respectivamente.

Y claro, cada testigo aporta su granito de arena, su experiencia personal que da verosimilitud al conjunto del relato. Muchas, por no decir casi todas, de las mujeres que declararon en contra de madre e hija habían estado en su casa alguna que otra vez ayudándolas en tiempos de feria. Y por eso Luisa aseguraba haber visto a forasteros proferir palabras obscenas que incitaban a madre e hija, así como fue testigo de cómo María cogió de la mano a un pasiego al que condujo “con acciones mui indecentes” al primer suelo de la casa, “y viendo esto la declarante con asombro se retiro a otra parte presumiendo lo q de ello con precision habia de sobrevenir”. Por eso María de la Sobera Orrantia dijo haber visto a Feliciana abrazada a un hombre de noche en casa, lo mismo que dijo Eugenio de Santa Coloma, quien además añadió que en la feria de 1807 había visto a un tejero y otro hombre hacer mansión por cinco y seis días sin justificación alguna. También contó que en tiempo de feria María había salido al encuentro de un caballero forastero que pasaba por el camino y ella le dijo que “donde no habia una o mas putas el forastero no debia hacer noche”, y el caballero presumiendo “q en la casa de mencionada acusada las abria, mediante la relacion, al punto suspendio el camino y se detubo alli el tiempo necesario”, cual antiguos griegos sucumbiendo irremediablemente a los cantos de las sirenas. En esta dirección iba también el suceso relatado por María de la Sobera al respecto de que, durante la feria de 1806, estuvo trabajando en casa de Josefa de Mezcorta en el barrio de Los Heros de Mendieta, donde por entonces también se daba de comer a los que concurrían a la feria; entonces, llegó un forastero a pernoctar, quien no habría tenido idea más inverosímil que comentarles que la noche anterior había estado en casa de las acusadas “y q le habían dado de zenar bien, ademas de haber gozado a la Feliciana todas quantas veces habia querido”.

Tampoco tiene desperdicio la declaración de Antonia de las Fuentes Abasolo, moza soltera de unos treinta años que negó tener parentesco alguno con el cura Isidro, aunque posteriormente otros dirán que eran primos carnales. Su principal aportación, aunque la haga en último lugar y casi de pasada, consistió en señalar que Feliciana salía con frecuencia “a los Montes tal vez con citas y designios depravados”. Por supuesto, testigos posteriores ampliarán información al respecto. Por lo demás, Antonia abundó en detalles en la línea de los ya comentados, como que seis años antes había estado ayudándolas a cocinar y, con esa ocasión, vio que pasaban todas las noches entretenidas con los huéspedes, abrazándolos y “haciendo se hechasen en la cama juntos, lo que verificaban y por repetidas veces observó tactos impuros y consumados actos carnales”; también seis años antes acompañó a madre e hija a la feria de Medina de Pomar a poner “choza comestible” y las vio con el mismo proceder; que en la feria de 1806 un forastero la dijo que por una peseta “tenia a su disposición las personas de dhas acusadas”; y que en enero del presente año Feliciana hizo noche fuera del pueblo en casa de un hombre de conducta desarreglada que se dedicaba en iguales fines. No solo muestran reiteración en el acto, sino que presuntamente venía de muy lejos.

Según avanzan las declaraciones, observamos que se apunta la presencia de “clientes fijos”, como el tejero anteriormente mencionado (de quien un testigo dice que tenía una “amistad sin igual” con Feliciana) o un carranzano que presuntamente había permanecido despreocupadamente en la casa durante las dos últimas ferias.

Pocos argumentos de autoridad más importantes puede haber que la declaración de familiares directos, como Manuela de la Torre Orue, sobrina de María y prima de Feliciana. La principal aportación de Manuela fue su declaración en el sentido de que, a pesar de que su prima no tenía ganado, salía mucho al monte y, prueba irrefutable, en una ocasión la encontró en “sitio despoblado” y, con total confianza, le insinuó que era para mantener citas. Como familiar suya que era, le había reconvenido por su libertino comportamiento pero ella no le hizo caso. Por último, declaró que un día al anochecer tras la última feria la vio con un viudo en el camino de Artziniega y trató de esconderse para que no la reconociera; y, no podía ser menos, también fue testigo de las impropias acciones que cometió en la cama con un viudo en la feria seis años atrás.

Familia también era Francisca de la Torre Ulibarri, cuya original aportación fue la de que las criaturas que Feliciana había parido habían sido dejadas expuestas en las iglesias de Berrándulez y Santecilla respectivamente.

Los declarantes se afanaron en retratar a María de la Torre como una consumada alcohólica. Manuela García, residente en Artziniega, declaró haberla visto un mes antes totalmente borracha por la calle un miércoles por la tarde. No dejó pasar la ocasión para señalar que a veces Feliciana bajaba a la villa y “ha provocado o convidado a algunos sugetos para q dispusiesen de su cuerpo arbitrariamente”. Según el tabernero Antonio de la Torre, en el presente las mujeres estaban vendiendo sus ropas de uso diario y del lecho cotidiano para poder emborracharse “sin duda por que han suspendido las personas q entran y salen”. En otros términos, que ya no tenían negocios carnales y estaban en la completa miseria. Preguntémonos entonces: ¿por qué fueron denunciadas en el preciso momento en que detuvieron unas actividades que supuestamente se remontaban tanto tiempo atrás?

Vicente de Amirola, que era vecino en el barrio de Los Heros, relató el siguiente indicente. María salía totalmente embriagada de Artziniega y, nada más atravesar la “Puerta de Villa”, se levantó la saya y se la puso en la cabeza quedándose en camisa, y entonces empezó a cantar mientras caminaba haciendo eses. Unos carboneros que allí estaban la llamaron “puerca cochina”, la levantaron la camisa y empezaron a azotarla. Ante semejante espectáculo, Vicente acudió a “la casa que llaman de Ayala” (que es la casa que la Tierra de Ayala había construido a mediados del XVIII en frente de La Encina pero en jurisdicción de Mendieta) a dar aviso para que la recogieran.

 

El 11 de junio comenzó una nueva ronda de declaraciones con testigos nuevos y otros viejos, cuyo objetivo se desprende claramente de las respuestas de todos ellos: apoyar la petición de destierro formulada por el sacerdote, lo cual dirán todos de forma explícita. ¿Por qué este nuevo interrogatorio separado y en cierto modo diferente del anterior? Al parecer, recientemente habían ocurrido algunos incidentes reseñables en Santa Coloma que, en opinión del sacerdote, requerían la expulsión inmediata de las dos mujeres. Numerosos testigos, mujeres sobre todo, declararon que María de la Torre andaba amenazando a Isidro de manera pública y repetida. La primera en hablar fue Manuela de Ceballos, que ya había declarado anteriormente, a pesar de lo cual el 10 de junio había estado en conversación con María en la localidad de San Pelayo. Que hubiera declarado en su contra no fue impedimento para que entablaran conversación, cosa que fue muy frecuente, pues por mucho que las tildaran de borrachas, putas, blasfemas y malas influencias no dejaban de afirmar que habían vuelto a conversar con ellas con total normalidad. El relato alcanza cotas tragicómicas cuando la declarante contó el hecho de que unos veinte años antes en casa de María de la Torre ésta y un hombre casado que ya había fallecido “ataron las partes de otro”, el difunto Pedro de la Azuela, vecino que fue del barrio de Tramarría, de manera que casi lo mataron y a saber qué fue de sus partes nobles. Sabemos que ocurrió realmente porque se siguió un proceso ante las justicias ayalesas en el que Ceballos se vio implicada porque, por entonces, vivía en una bodega de la misma casa. María resultó culpada, pero como no tenía bienes propios con los que responder, fue el hombre quien lo perdió todo. Su identidad no es revelada.

Como resultado de todas las declaraciones, que hemos filtrado para no redundar en las mismas cuestiones, Feliciana de Chávarri quedó prisionera en casa de José de la Vía por su estado de buena esperanza, mientras que su madre fue recluída en la prisión de la casa consistorial de Respaldiza. No fueron interrogadas hasta un mes después, y ambas negaron las acusaciones vertidas en su contra. Sí, puede que bebieran un poco más de la cuenta pero no era para tanto, porque Feliciana nunca se había emborrachado y la madre solo ocasionalmente. Sí, tenían deudas, porque gastaban mucho aguardiente, no solo en tiempo de feria, sino también para darlo a todas aquellas personas a las que la madre pedía el trigo y el maíz con el que subsistían. Por lo demás, se mantenían “del sudor de su rostro en el trabajo de su casa y a jornales”, y no gastaban por encima de sus posibilidades, ya que si algunas personas les suministraban era “a calidad de reintegro” (eso sí, no se aclara qué les tenían que reintegrar). Sí, trataban de captar clientes en tiempo de feria pero su conducta siempre fue normal y decente. Sí, habían amenazado con abrir de arriba abajo al cura. Pero no hubo salidas al monte, ni libertinaje, ni prostitución. Y, además, solo había tenido un hijo previamente y no dos.

 

En este estado de cosas, se procedió al nombramiento de Promotor Fiscal y de procurador defensor de las acusadas. María de la Torre nombró a tres vecinos del pueblo pero solo uno de ellos aparece, y muy involucrado, desempeñado ese papel: Francisco de Amirola.

El Promotor, Juan Francisco de Palacio, también vecino de Santa Coloma, dio por probados los hechos manifestados por los testigos y pidio pena de reclusión de ocho años para ambas. Por lo tanto, se puede decir que, en este punto, se acepta que María y Feliciana venían manteniendo una conducta fuera de la norma, con abuso del alcohol y libertinaje sexual con fundadas sospechas de que era mediante servicios carnales como obtenían los medios suficientes no solo para vivir sino para poder permitirse el abusivo consumo alcohólico que hacían a diario. Especialmente con ocasión de la feria de La Encina, su casa, que hacía las veces de mesón y fonda, se convertía en una especie de casa del placer en el que los viajeros detenían su camino para gozar de los placeres de la carne.

Podríamos dar por buena esta versión y dejar que María de la Torre y Feliciana de Chávarri pasen al acervo popular como las prostitutas de Santa Coloma. Pero el historiador debe ser responsable y honesto con su labor para no ceder a la tentación de publicar una buena historia morbosa aún a costa de traicionar los principios que deben regir su labor. Esta es la diferencia entre historia y ficción.

No podemos dar por buena sin más la versión de los hechos que Isidro de las Fuentes y los testigos presentados por su propia voluntad, no olvidemos, nos han dibujado hasta el momento. Las hemos leído y examinado con espíritu crítico y es momento de permitir a las acusadas que defiendan su versión. Al fin y al cabo, gran parte de los procesos judiciales de la Edad Moderna consistían en la confrontación de dos versiones de unos hechos sin que hubiera manera de determinar cuál era la verdadera, mientras se desplegaban toda una serie de recursos estratégicos por los cuales los procesos se alargaban y los gastos se multiplicaban.

 

Pues bien, el apoderado de las acusadas, Francisco de Amirola, pidió la absolución para ambas al negar la veracidad de las acusaciones en base a las confesiones que habían realizado. Es decir, admitió que quizá María hubiera cedido en alguna que otra ocasión al vicio de la borrachera pero, si así había sido, se debería a la falta de alimento y debilidad, lo que ocurría “aún a los hombres más robustos”. Creemos que, con buen tino, se preguntaba a ver por qué aquellos testigos que decían haberse escandalizado tanto en la casa de las acusadas continuaban regresando a la misma.

Sin embargo, el alegato de Amirola no fue mucho más allá y el alcalde ordinario Benito de Mezcorta sentenció a las dos mujeres en dos años de destierro del lugar de Santa Coloma el 21 de enero de 1809. María fue notificada en la cárcel de Respaldiza tres días después y pidió cumplir su pena en el distrito de la ciudad de Valladolid. Sin embargo, al Promotor Palacio le pareció escasa pena para una “muger borracha y prostituta y una madre rufiana y alcahueta”, de manera que así solo continuarían con sus hábitos libertinos en otro lugar distinto.

La cuestión es que Amirola recurrió la sentencia y, ahora sí, se empezó a vislumbrar una versión alternativa de los hechos. Primero, denunció unos cuantos errores de forma, como que el cura Las Fuentes acusara sin ser parte en el caso (lo que al parecer tenían prohibido los clérigos) o que se hubiera elegido asesor de la sentencia a un cuñado del abogado del Promotor. Efectivamente, el asesor Pedro Victoriano de Mendieta era cuñado del abogado Juan Francisco de Zabalburu. La denuncia de errores de forma en el procedimiento fue un recurso bastante frecuente a lo largo de toda la Edad Moderna.

Pero vayamos a lo más interesante. Aunque no se hace de forma directa y textual y más bien se infiere de lo que van dejando caer algunos testigos, lo que se viene a decir es que Isidro era el autor de la preñez de Feliciana, y como ambos no llegaron a un entendimiento, o más bien Isidro no quiso conceder a la mujer la cantidad de dinero que le solicitaba, se anticipó movilizando a parientes, socios, criados, deudores y dependientes suyos como persona opulenta y poderosa que era para denunciar a la susodicha y su madre. Amirola insinuó incluso que se habían movido sobornos para que algunos de los declarantes faltasen al sagrado juramento de decir la verdad.

Entonces, ¿había sido organizado todo por el sacerdote para evitar ser responsabilizado de haber dejado embarazada a Feliciana de Chávarri? ¿Qué alegó el Promotor Palacio ante semejante acusación? Pues en realidad restó toda importancia y se limitó a decir que no por ello dejarían ambas de ser unas delincuentes, una puta y una alcahueta “para hablar claro”. Que era notorio que había parido al menos dos veces y que si se había prostituido en una aldea miserable como Santa Coloma (ya que Amirola había argumentado que “allí las mugeres, aunque quieran, no pueden prostituirse, ser rameras y mantenerse de este infame exercicio. No señor, no lo permiten las circunstancias del Pueblo. Es una Aldea mui pequeña, una Aldea compuesta solo de labradores de cortisima facultades (…) una Aldea de tan poco transito que pasan a veces semanas enteras sin llegar a ella ningun forastero”) aventajarían a cuantas se han conocido “de este egercicio viviendo en población crecida”. También se mencionan unos autos en los cuales Feliciana habría confesado bajo juramente ser “puta reputa y siete veces puta”.

Las sentencias de los alcaldes ordinarios se apelaban ante el Gobernador y Alcalde Mayor de la Tierra, de manera que era éste quien estaba entendiendo en el caso ahora. Amirola quería presentar sus propios testigos  algunos de ellos residentes en Gordejuela y Mena, y llevó bastante tiempo conseguir los permisos necesarios entre jurisdicciones para que fueran a Ayala a declarar. Lo lograron por fin el 14 de junio de 1808, en Respaldiza y casa habitación el Gobernador, Antonio de Entrecanales.

La situación que nos describen los testigos de la parte acusada es, obviamente, muy distinta, y en consonancia con lo que acabamos de comentar. Si hemos de hacerles caso a pies juntillas, tendríamos la impresión de que María y Feliciana eran unas buenas cristianas que aprovechaban la localización de su casa para ganar unos reales durante la feria de La Encina sin caer en lujuria ni comportamientos indecorosos, aunque bebían un poco. Pero la cuestión es que, y este dato no será desmentido por la parte contraria, que lo había ocultado hasta el momento, Feliciana había estado sirviendo en casa de Isidro hasta unos tres o cuatro años atrás, cuando fue despedida por orden de la hermana del cura. O eso se comentaba. Pero, aún así, habían continuado viéndose, y de manera especial en la casa que el sacerdote tenía en San Pelayo. No fueron pocos los vecinos de este lugar que declararon en el proceso.

Los testigos presentados por el defensor consideraban que los testigos de la parte contraria eran paniaguados y afines al sacerdote, gente pobre a excepción de Antonio de la Torre, “que lo pasa con menos estrechez”.

Pero quizá el testimonio más importante de todos es el del matrimonio formado por Francisca Antonia de Gabiña y José de Menoyo, que tenían taberna en su casa. Su declaración no fue del todo coincidente, no en los detalles pero sí en lo esencial. Básicamente, lo que ocurrió fue que el 20 de abril de este año 1809, dos meses antes de la presente declaración, el Promotor Fiscal Juan Francisco de Palacio se encontró en su taberna con Feliciana de Chávarri, que por entonces ya estaba en libertad y precisamente trabajando en la taberna. Gabiña dice que fue a comer con Feliciana, José afirma que fue a pagar una cuartilla de vino y se encontró fortuitamente con ella. El caso es que se produjo una conversación entre ambos en la que Feliciana reprochó a Palacio que fuese a la taberna después de haberlas retratado como borrachas. Palacio replicó que él alegaba “lo peor” que podía y que si no hubiera pedido “tan desarregladamente” se hubiera excusado del pleito. Feliciana respondió que a ver si se refería a la pretensión “de los quinientos”, Palacio dijo que no lo había olvidado y ella replicó que ni aunque la diesen mil se compondrían. De todo ello hubo un tercer testigo, José de Abasolo, vecino de Sojoguti.

Para ahorrar mayores requiebros al lector: Feliciana habría solicitado una compensación económica (“quinientos”) a Isidro como autor de su preñez; el cura no había querido acceder, ya que negaba ser el causante, y por eso había iniciado el proceso. Palacio se disculpaba de que, como Promotor Fiscal que había sido nombrado, tenía que decir lo peor de ellas. Un argumento muy potente a favor de la parte acusada.

Por último, se alude varias veces a una carta que, por cierto, aparece original en el expediente consultado. Está fechada en Santander el 16 de mayo de 1808, muy poco antes de la denuncia de Isidro; en ella, el obispo de dicha ciudad escribía a Tomás de Cereceda, cura de San Pelayo. El obispo afirmaba haber recibido una carta anónima contra Isidro, a quien dice haber investigado sin hallar nada criminal. Pero, de alguna manera, había descubierto que la letra era de un feligrés de Tomás, llamado Manuel de San Pelayo, a quien había ayudado un hermano. Y pedía al sacerdote que les dijera que se guardasen de decir mal del prójimo y más aún de otro sacerdote. Esta carta, por cierto, le fue leída a Feliciana por Palacio, ocasión en la que la mujer le afirmó que Isidro era el responsable de su embarazo. ¿Por qué habría San Pelayo de acusar a Isidro de las Fuentes antes incluso de que éste interpusiera denuncia alguna?

Según el Promotor, por envidia. Se argumenta que la presencia de la familia San Pelayo y varios criados suyos declarando a instancias del defensor Amirola respondía únicamente a envidia de su riqueza y poder y rencor por ciertas quejas que había dado por supuestos excesos de los primeros en leña, árboles, hierbas y paredes. Y, por supuesto, alegó que sus testigos eran buenos cristianos, labradores propietarios varios de ellos, y en absoluto criados y paniaguados del sacerdote.

 

Ambas partes podrían haber continuado así ad infinitum y quizá lo hicieron, porque la documentación disponible finaliza aquí y no sabemos qué ocurrió ni cuál fue la sentencia definitiva. Podemos decir que negociar un acuerdo fue siempre una forma de evitar una condena y ahorrarse muchos gastos judiciales, los cuales en ocasiones llegaban a arruinar a los participantes. Si Isidro era el padre de la criatura, ¿no habría sido más conveniente para ambos arreglar el asunto bajo cuerda sin que saliera a la luz? Y si no lo era, ¿no habría sido más inteligente por parte de las acusadas otro tipo de estrategia que no pasara por responsabilizar a un personaje poderoso?

En las líneas precedentes, hemos tratado de exponer sintéticamente este proceso que aborda unos hechos que no eran excepcionales pero tampoco cotidianos, al mismo tiempo que se intenta explicar los comportamientos de las partes implicadas en los procesos judiciales durante la Edad Moderna, algo imprescindible si queremos comprender la sociedad de la época.

¿Fue Feliciana una prostituta? ¿Lo fue María también? ¿Fueron mujeres fuera de su tiempo que vivieron su sexualidad de forma libre y sin ataduras hasta topar con el clero? O, ¿fueron mujeres normales con una vida ordenada hasta que Feliciana se vio con el hijo de un poderoso sacerdote en el vientre? Cada cual escogerá la opción que más le guste, en función de los hechos relatados y/o de su ideología, prejuicios e ideas preconcebidas.

Pero, realmente, no tiene ninguna importancia. Lo más importante y lo más valioso del proceso desde el punto de vista histórico es centrar la atención en la mentalidad de la época, en los mecanismos desplegados en el curso del proceso judicial, en la cotidianeidad de ciertos hechos y la excepcionalidad de otros. Los procesos, el contexto, los cambios, las continuidades, son los elementos que constituyen la Historia, mucho más allá de las individualidades.

 

 

 

 

 

 

Fuente: Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Criminal, JTB2014/006 y JTB1022/001

 

Venturas y desventuras de unos guipuzcoanos

 

 

A las cuatro de la tarde del día 4 de diciembre de 1779 tres hombres fueron detenidos en la taberna de Bengoetxea de Abajo del valle de Orozko. El alcalde y juez ordinario Melchor Antonio de Cerrajería había pasado a realizar la detención con su ministro de vara y otros guardas tras haber sido informado de que en dicho lugar se encontraban unos forasteros, “parece son guipuzcoanos”, que llevaban varias jornadas haciendo mansión a puerta cerrada y sin trabajar, de modo que se sospechaba que eran personas de mal vivir. Si a ello sumamos que en fechas recientes se habían producido algunos robos en Baranbio, atribuidos por las habladurías locales a unos forasteros que allí se encontraban trabajando, el alcalde no necesitó mucho más para llevarlos a la cárcel pública de Orozko, alojarlos en celdas separadas y proceder a su interrogatorio.

Se llamaban Ignacio y Alejandro de Alcain y Juan Pérez de Zubiaurre; su compañero Joaquín de Olarriaga se había librado de la detención porque esa jornada había ido a Bilbao a recoger unos calzones que le había hecho Antonio de Ugarriza, de modo que al regresar se encontró con que sus compañeros habían sido detenidos. Suponemos que debió ser el miedo y/o la cautela lo que le llevó a dejar Orozko y buscar cobijo en Laudio, en la casa de una viuda llamada Josefa, que llamaban Alzarrate (suponemos que se refiere a la casa, pero es posible que a ella también).

Joaquín no se presentó ante las autoridades hasta el 18, catorce días después de la detención. ¿Acaso estuvo atando cabos y preparando una declaración que vino a ser coincidente prácticamente en todo con la de sus compañeros? Bueno, no consideramos que esto sea lo más importante. Vaya por delante que la falta de pruebas tangibles, la presentación de unos testimonios coherentes o al menos coincidentes entre sí, la demostración de su hidalguía y la ratificación de su nobleza y buena conducta por algunos paisanos guipuzcoanos fueron suficientes para resultar absueltos tanto por la justicia ordinaria del valle de Orozko como por la Audiencia de la Chancillería de Valladolid, que era el tribunal superior de justicia de la época.

Lo que más nos interesa es presentar un ejemplo de la cotidianidad, sobre todo de una forma de vida sobre la que no se ha hablado demasiado. Porque el campo, lejos de ser un remanso de paz y un acogedor y bucólico entorno en el que el casero de turno labraba sus tierras con esfuerzo pero con independencia y suficiencia, sin duda fue tremendamente hostil con los menos favorecidos, y obligó a miles de personas, cuando no a emigrar de manera definitiva, sí a pasar largas temporadas trabajando fuera de casa en una vida nómada y sin domicilio fijo. Es el caso de nuestros protagonistas que, como tantos y tantos guipuzcoanos, llegaron al valle del Nervión y zona de Altube para ganar un jornal con su trabajo diario y así poder subsistir.

 

El primero en recalar en nuestra zona en aquel año de 1779 fue Ignacio de Alcain Olarriaga, nacido en Larraul en 1752 pero criado en Zizurkil, y vecino por entonces de Azkoitia. Debía tener bastante experiencia y llevar años frecuentando estos lares; no obstante, en 1774 bautizaron un hijo en Bilbao. Su mujer Ignacia de Echezarreta Mugarbe, de hecho, ya tenía familia en Altube y sus proximidades: su hermano Ignacio fue merino de la Tierra de Ayala en 1773 como vecino que era de Lezama en el caserío Amezketa. Fue carbonero y murió despeñado en Gujuli en el verano de 1781. Otro hermano suyo, Manuel, vivió también en las inmediaciones, ambos desde la década de los cincuenta, y casados con dos hermanas de ascendencia guipuzcoana. Las redes familiares fueron muy importantes, trascendentales, en estos desplazamientos desde Gipuzkoa hasta el Alto Nervión y otros lugares del occidente vasco. Sin ir más lejos, sus primos los Mugarbe también se instalaron en Astobiza y adyacentes.

Pues bien, Ignacio se despidió de su mujer en febrero de 1779 para ir a Laudio, donde le esperaban dos primos suyos, Miguel Ignacio de Amuchategui (que no era su primo carnal, dos años después se casó en el mismo Laudio) y Antonio de Larrañaga Alcain, trabajando para una viuda llamada Ana María en la casa llamada “Ybagozaoga”. Ignacio pasó la primera noche en la casa de Iturralde, propia de un hombre llamado Francisco, para quien trabajaron unos cuantos días.

El modus operandi de estos individuos era emplearse allí donde se les requiriera acordando previamente el trabajo a realizar y el salario que iban a percibir bien fuera por jornada trabajada o, más habitualmente, en función del trabajo realizado. En el ínterin, solían habitar en la casa de la persona que les contrataba, que en muchos casos eran personas muy pudientes en el contexto local. Alcain y sus primos, por ejemplo, siguieron trabajando por unos días en Aretxaltuaga; veinte días en la casa de Izagirre en Gardea, que era de Ignacio de Olabarrieta y luego en Atxeta. De aquí pasaron a Okondo para emplearse cuatro días en la casa de Urteaga, de Francisco de Artecona, en la casa de Izaga, de Juan José de Lezama, y en la del alcalde ordinario del valle aquel año.

Entonces, regresaron a Laudio para trabajar en casa de Bartolomé de Ibarrola por cuenta de su padre José. Fue entonces cuando llegó su hermano Alejandro, 6 años menor que Ignacio, nacido ya en Zizurkil. Era joven, tan solo 21 años, pero había pasado los dos años anteriores formándose en el oficio en Donostia con un maestro constructor de navíos, y sabía escribir, a diferencia de su hermano. Alejandro no hizo el desplazamiento a solas sino que salió de Zizurkil en compañía de Martín de Alcorta sobre el 17 o 18 de abril rumbo a Ugao-Miraballes, probablemente a casa de Juan Antonio de Hernani, que había escrito para que le sirviera de contramaestre en la carpintería del maderamen que cortaba para construcción de navíos. No parece que finalmente llegaran a un acuerdo de modo que fue reclamado por su hermano Ignacio para que le ayudase en las obras que manejaba en los valles de Okondo y Laudio, a donde pasaron el día 25 o 26 de abril para trabajar en casa del dicho alcalde ordinario de la cuadrilla de Okondo mientras sus primos fueron a trabajar a casa de un vecino de la plaza de Laudio y les perdemos la pista en esta historia.

Pero, ¿por qué? ¿Cuál es la razón por la que los guipuzcoanos encontraban un sustento en la zona del Nervión-Altube y no en sus localidades natales? El propio Alejandro nos explica sus motivos personales: “en dha villa de Zizurquil no hallaua jornal tan superior como el que se consigue por estas circunferencias pues le dan ocho reales diarios y en aquella villa no llegan más de cinco”. Oferta y demanda. En el Alto Nervión, los salarios eran mayores, probablemente por ser la mano de obra más escasa para estas labores de carpintería, leñador y carbonero que mayoritariamente desempeñaron guipuzcoanos y, en menor medida, navarros, vascofranceses, bearneses y vizcaínos. Por el contrario, los naturales del Alto Nervión practicaron con enorme frecuencia la arriería.

La emigración guipuzcoana a esta zona la conocemos de manera especial por aquellos que se casaron y se establecieron, como fue su caso, ya que Alejandro se casó en Orozko en diciembre de 1782 y murió en este lugar en 1833. Pero hubo muchos que simplemente vinieron a trabajar una o varias temporadas y regresaron sin más contratiempos a su lugar natal. Es lo que parece que ocurrió con su hermano Ignacio.

 

Retomamos el periplo de nuestros protagonistas con los hermanos dejando Okondo para regresar a casa de Bartolomé de Ibarrola, momento en que se unieron a ellos su primo Joaquín de Olarriaga Zialceta y Juan Pérez de Zubiaurre Ansa. Joaquín había nacido en Asteasu en 1748 pero se trasladó a vivir a Zizurkil a corta edad, pueblo del que procedía Zubiaurre. Ambos eran solteros y carpinteros. La víspera de San Pedro, salieron con destino a la casa de Hernani en Ugao para que les proporcionase en qué emplearse como había hecho el año anterior, pero como no tenía obra en qué ocuparlos y Joaquín había recibido una carta de su primo Alejandro, fueron al valle de Laudio y se reunieron el sábado 3 de julio.

Los cuatro juntos trabajaron diecisiete días para Ibarrola. Después, Olarriaga se fue por su cuenta para emplearse por espacio de unos dos meses haciendo carbón para un vecino del mismo Laudio que se llamaba Bautista. Por esa época también regresó brevemente a su casa de Zizurkil antes de regresar y continuar el trabajo donde lo había dejado. Los otros tres trabajaron catorce días para Pedro Antonio de Ugarte, que por aquel entonces ya residía en Katuja, seis días para un tal Simón residente en la plaza de Laudio, catorce para José Iñigo de Aldama, tres para el vicario Manuel Fernando de Orue y otros tres para Ignacio de Olabarrieta, justo cuando regresó Olarriaga, poco antes de la festividad de San Miguel, el 29 de septiembre.

 

Tras pasar dos días en la citada casa de la viuda de Alzarrate, un tal Manuel, que era oficial tirador de la ferrería de Jauregia, en Berganza, los contrató para serrar “coloma” y tabla para el propietario de dichas instalaciones, que era Domingo Santiago de Arriaga. Los cuatro dijeron que era menester saber de fijo el jornal diario que les habría de pagar por cada día que estuvieran en Altube así como por lo que serraran, pero Arriaga les tranquilizó diciendo que no les quitaría nada y que el precio lo regularía una persona “inteligente” en la materia nombrado para ello de conformidad entre ambas partes.

Este trabajo les llevó unos cuarenta días y lo desarrollaron tanto en los montes de Altube como en el mismo Berganza. Estuvieron alojados por orden de Arriaga en la casa-posada y taberna de Pedro de Salcedo y Tomasa de Aldama, que debía estar en el mismo barrio. En todo ese periodo, solamente Ignacio de Alcain faltó algunas jornadas por haber ido a Azkoitia a llevarle a su mujer unos reales que había cobrado de Pedro Antonio de Ugarte por la venta de una vaca con su cría y por jornales de los días que había estado trabajando para él.

Parece que fue el día 13 de noviembre cuando quedaron para liquidar los jornales con Arriaga y se recurrió como tasador al maestro ensamblador y perito agrimensor Pedro de Orue, vecino de Orozko. Sin embargo, una vez que realizó su tasación, Arriaga le arrebató el papel de las manos y le dijo que no era válido ni podía darle estimación por los precios tan elevados en que había regulado la cantidad de tabla y coloma cortada. Lógicamente, los carpinteros se enfadaron y protestaron. Finalmente, y a pesar de que Arriaga consiguió rebajar el precio final, el lunes día 15 acordaron concluir el trabajo a cambio de ciertas cantidades que Arriaga, de quien dice que hablaba con mucha “fogosidad”, parece que tampoco satisfizo, de modo que se despidieron muy disgustados con él por su mal comportamiento.

El domingo 28 de noviembre, tras asistir a misa en Baranbio, los cuatro guipuzcoanos salieron para Orozko portando sus herramientas de trabajo (dos sierras mayores y sus hachas) ya que sus ropas y efectos personales quedaron en casa de Salcedo con orden expresa de que su mujer Tomasa las remitiera a la taberna de Bengoetxea, lo cual cumplió por medio de Domingo de Adaro de Aspe el 1 de diciembre.

Olarriaga y Zubiaurre pasaron esa noche en la casa-mesón de Gabriel de Mendiolabeitia en Zubiaur. Habían ido allí con intención de encontrarse con Francisco de Mújica y con Martín, un primo de Zubiaurre, que estaban trabajando para Sebastián de Rotaeche, del caserío Gorostiza, pero no los encontraron. Durmieron junto a dos hombres, uno de ellos de Baranbio. Este detalle aparentemente sin trascendencia alguna revela que fueron preguntados por la compañía que tuvieron en dicho mesón con el fin de averiguar su coartada, por motivos que más adelante comentaremos.

El día siguiente, lunes, lo pasaron entero en la posada de Bengoetxea y parece que esa noche se corrieron una pequeña juerga. Según las propias palabras de Olarriaga, cenaron los cuatro con Josefa la tabernera, Ana María mujer de un herrero y una muchacha que llamaban Catalina, que al parecer venía de la ferrería de Torrezar, y se acostaron sobre la medianoche porque se habían divertido bastante con dicha moza y la tabernera cantando y danzando al son de una “trompa”.

La tabernera, que en el momento de la detención también fue llevada a prisión para que prestase declaración, se llamaba Josefa de Jauregui Aguirre. Según parece, fue bautizada en la localidad alavesa de Luko en 1754, quizá por haberse hallado allí sus padres de manera accidental. Era hija de María de Aguirre Berganza, natural de Astobiza, y de Francisco de Jauregui Barrones, que por aquel entonces estaba encamado  como consecuencia de unos golpes que le habían dado en la cara. Olarriaga no sabía ni su nombre ni su apellido porque solían llamarle “Laudio”, de donde era natural. Lo curioso de todo el caso es que la dicha Josefa se casó el 1 de febrero de 1781 precisamente con Juan Pérez de Zubiaurre. En el momento de los hechos, Josefa tenía un hijo natural -en caso de que hubiera sobrevivido, que no lo sabemos- de un año de edad cuyo padre fue Joaquín de Isasi Hierro-Olabarria.

 

Bien, pues al día siguiente los cuatro pasaron a la feria de San Andrés en Gordejuela, donde estuvieron tres días con sus noches en una casa que Maria, la madre de la tabernera, tenía alquilada para tal menester, no sabemos con qué fin concreto. En este intervalo se dedicaron a charlar con la gente y especialmente con los muchos conocidos que Ignacio de Alcain tenía en la zona por el largo tiempo que había estado trabajando, sobre todo en Laudio. De hecho, estuvo tratando con un vecino de dicho valle sobre un posible trabajo. En efecto, Ignacio quedó con Francisco el de Rementeria, vecino de Laudio, que el día 5 (el siguiente a su detención) iría a su casa, que estaba cerca de la que había construido nuevamente Juan de Barrones, a ver y reconocer unas maderas que tenía para serrar tabla. Incluso había apalabrado un trabajo para la primavera próxima en la casa de uno de los dos regidores de Orozko, cuyo nombre y apellido desconocía, pero, dijo, “era el más alto”.

Regresaron a Orozko, no sin haber tenido un encuentro al anochecer en la zona de Burullaga, que se achacó como un fallido intento de robo, del que nada se llegó a esclarecer pues las pruebas en este sentido no tenían ninguna claridad. El día siguiente a su regreso, que a su vez fue el anterior a la detención, lo pasaron entero en Bengoetxea sin salir, lo que generó las sospechas definitivas que llevaron a su detención por esta actitud poco habitual en una sociedad en la que un exceso de privacidad era conceptuado como sospechoso. Los guipuzcoanos explicaron que permanecieron todo el día en su habitación sin bajar al espacio común por el cansancio del viaje y por hacer compañía a Zubiaurre, que estaba delicado y no se habría levantado de la cama. Argumentaban que, siendo día laborable, si les veían en la taberna podrían conceptuarles de personas ociosas, por lo que comieron y bebieron en su habitación sin dejarse ver.

Los robos que se les imputaba fueron dos. El primero tuvo lugar la noche del 10 de noviembre, cuando cuatro hombres, dos armados con escopetas y otros dos con palos, entraron en el caserío Presabarri de Astobiza a cometer un robo. Pronto se dijo en Baranbio que ellos eran los responsables, y al parecer incluso el mismo Arriaga lo declaró. El otro ocurrió muy cerca de allí, en la casa de la viuda de Mateo de Zulueta en Ziorraga (Ziorragagoiko, concretamente), la noche del 29 de noviembre. Se supone que ocurrió la noche del 28 al 29 y por eso tanta pregunta y sospecha por el hecho de que Olarriaga y Zubiaurre no durmieran en Bengoetxea aquella noche.

Indagaron sobre todo en el primer incidente, en el que se involucró también a un tejero francés, llamado Carlos, que trabajaba para el potentado de Orozko Manuel Tomás de Epalza. Aquella noche el tejero durmió con los guipuzcoanos en la posada de Salcedo,  en la misma cama con Zubiaurre y Olarriaga según declararon. Dijeron que estuvieron charlando por el “mucho conocimiento que tenían con él”, especialmente Zubiaurre, que le prestó un jubón blanco de lienzo fino. En ese rato, llegó Arriaga y, sentándose en una porción de tabla, se jugaron “con naipes al q llaman del mus” dos azumbres de vino clarete y un pan, de modo que llegó la noche y persuadieron al francés para que durmiera con ellos y regresara a su tejera al día siguiente. Por cierto, que el pobre tejero perdió y tuvo que pagar las viandas al mucho más pudiente Arriaga, que sin embargo racaneó sin pudor a la hora de desembolsar los salarios de sus obreros.

Ignacio declaró que aquel día 10 de noviembre Zubiaurre y el francés habían ido a su morada hablando en secreto, pero nada malo había conceptuado de ello por la mucha amistad que tenían. Alejandro declaró que al día siguiente había llovido mucho y no salieron de la casa.

Por otro lado, era cierto que tenían dos escopetas: una era suya y la había armado en Eibar el diciembre anterior habiendo comprado el cañón a José de Galíndez, el cirujano de Laudio, y la llave a Javier de Muñuzuri. La otra escopeta se la había prestado el citado Arriaga para que durante su estancia en Berganza salieran a cazar perdices y liebres con el perro perdiguero de Arriaga y dos sabuesos que habían traído ellos, uno de ellos al parecer robado en Asteasu. De hecho, habían salido a cazar con Arriaga en dos días que no eran “feriados” o festivos.

Zubiaurre y el tejero se habían conocido, según dijo el primero, en la romería de Santa Ana en el barrio de Acheta (y no Areta, según la fuente) en Laudio por el mes de julio, no hacía tanto tiempo, pero habían coincidido en otras fechas señaladas como las novilladas de San Antolín, en la de San Miguel en Baranbio y el 28 de octubre en que por la noche llegó Carlos con un criado suyo a la posada de Salcedo junto a Olarriaga y Alejandro diciendo que venían todos de la romería de la ermita de San Simón y Judas “que tiene entendido de ellos mismos es sita entre los lugares de dho Barambio y el de Lezama”, día que Zubiaurre invirtió en la caza de perdices con la escopeta que le prestó Arriaga. Se trata, por cierto, de una de las más antiguas menciones que tenemos de la ermita de Aldama y seguramente la primera que hace referencia a una romería.

Por cierto, que Zubiaurre también fue preguntado si había tomado parte en un gran robo de caudales entre Bilbao y San Sebastián junto a un hombre llamado Perico el Gordo, que estaba preso en la cárcel donostiarra.

 

Como hemos dicho, nada se pudo probar y los acusados fueron absueltos. Cada uno de ellos siguió con su vida, Alejandro de Alcain y Zubiaurre establecidos en Baranbio, Ignacio seguramente continuó viviendo en Gipuzkoa, Joaquín se casó en 1783 con una hermana de Zubiaurre en Zizurkil, donde murió en 1810. Los años pasaron y durante aproximadamente otro siglo muchos guipuzcoanos continuaron viniendo a Orozko, Laudio, Altube y el Alto Nervión en general, por una temporada o para toda la vida, a trabajar en el monte y en las ferrerías. Continuó habiendo ocasionales robos, algunos se esclarecían y otros no; algunos no dejaron de fundir en el juego y la taberna lo ganado con tanto esfuerzo o simplemente lo robado a algún arriero o caminante; y el común de los hombres y mujeres de esta tierra continuaron tratando de salir adelante en un mundo, el rural, en el que no ha lugar a idealizaciones.

 

 

FUENTE:Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3480, 11

Oraa, Cortina y la anciana asesinada

 

 

A finales del mes de enero de 1716, el regidor de Saratxo Juan de Elejalde acudió a Urduña/Orduña en busca de Pedro de Fontecha, Gobernador y Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala, para informarle del horrible crimen que había tenido lugar en su pueblo. El Alcalde Mayor de Ayala, un cargo trienal que debía ser desempeñado obligatoriamente por un abogado y por una persona residente a más de cinco leguas del lugar -lo que evidentemente no se cumplía con Fontecha-, tenía capacidad para entender en primera instancia al igual que los cinco alcaldes ordinarios. Así que Elejalde acudió a el en vez de a cualquier alcalde ordinario, a buen seguro por ser el que estaba más cerca.

 

Aquella mañana, Maria Sáenz de Orue Aguirre había aparecido muerta en su cama, desnuda y atada de pies y manos, con una herida en la mejilla de la que había sangrado y algunas señales en la garganta que, según los cirujanos que la examinaron, indicaban que había sido sofocada y ahogada. Nombrada como anciana, tenía 65 años y era viuda de Diego de Viguri Ugarte. Su caserío tenía dos viviendas: en una habitaba ella con su hija y heredera, Maria Sáenz, casada con Francisco de Unzueta Berganza, que era natural del caserío Bideko de Lezama; en la otra residían Miguel de Revilla Ribacoba y Maria Andresa de Viguri Aquejolo en calidad de arrendatarios.

 

No cabía duda de que Orue había sido asesinada en su propia casa, en la misma cama en la que dormía. Y nadie pareció enterarse. Solo los arrendatarios vieron a unos intrusos sin que quede claro si llegaron a reconocerlos o no. Fue la hija quien notó la falta de lomos y longanizas de un cerdo que había matado su madre, así como algunas ropas pero ni mucho menos todas, ya que ciertas prendas e incluso porciones de trigo habían sido extraídas de un arca y esparcidas por la alcoba.

 

El Alcalde Mayor Fontecha recibió informes extrajudiciales que culpaban del robo y muerte de la anciana a Matías de Iturricha Ugarte y Antonio de Aldaiturriaga Bañueta, vecinos del mismo Saratxo, Tomás de Larrea, Francisco de Herrán Viergol y Joseph de Oraa, residentes en la ciudad de Urduña/Orduña. Se consideró probado que los cinco, “por comunicación precedente que habian tenido”, quedaron para robar a Orue, de modo que penetraron en su casa, la ataron de pies y manos y le cubrieron la cara con la ropa de cama antes de proceder al robo propiamente dicho. El homicidio fue involuntario: transcurrido un rato, se percataron de que la anciana había muerto, seguramente asfixiada.

 

Los ladrones debieron poner pies en polvorosa tras semejante desmán ya que los tres habitantes de Urduña/Orduña fueron apresados en Haro el 4 de febrero, al quinto día del sepelio de la anciana. En las alforjas de Oraa se encontraron lomos y longanizas que no dejaron lugar a dudas de su culpabilidad pero, por si fuera poco, también portaba una escopeta que resultó haber pertenecido a Domingo de Basabe, sacerdote de Oiardo asesinado el diciembre anterior y a quien días antes de su muerte habían robado un puñal, diferentes escopetas y pistolas. Tras su retención en Haro, los reos fueron trasladados e internados en la prisión de la Chancillería de Valladolid.

 

Exactamente dos años después, empezó a correr por la ciudad vizcaína el rumor de que Oraa había hecho fuga de la prisión vallisoletana y que estaba en las inmediaciones. A mediados de mes, se dijo que había sido visto en Lezama y Lekamaña. El día 8 había aparecido sacada la piedra que hacía de umbral en la puerta de la iglesia de Belandia, por donde se habían colado unos ladrones que se llevaron tres cálices y una cruz de plata, una banda de tafetán encarnado y unos manteles de altar. Luego desaparecieron los cálices de la iglesia de Tertanga. Y una semana más tarde se supo que también habían robado en la iglesia de Fresneda tras abrir un boquete en una pared lateral. Fontecha sospechó de la autoría de Oraa en todos estos delitos pero no hemos hallado certeza alguna sobre ello.

 

El mediodía del 27 de febrero un hombre que dijo llamarse Joseph Pablo de Oraa, de unos 34 años y natural de Bergara, albañil y cantero de oficio, fue arrestado por orden del Corregidor de Bizkaia en la casa de Agustín de Inchaurbe en la bilbaína calle “Velaosticalle”. Portaba encima un puñal con su cuchillo y vaina con mango de madera, unas tijeras pequeñas con vaina dorada, un pañuelo blanco, un birrete de lienzo blanco, un pedazo de estopa, dos cabos de cera amarilla, un eslabón para encender lumbre, un par de hebillas de metal, un pedernal, dos cordeles y diez monedas.

 

Declaró que, en el transcurso del último mes, había transportado 14 o 15 arrobas de tabaco, unos 170 kilos, desde Vitoria-Gasteiz a Sunbilla en Navarra en compañía de un tal Pedro, del Reino de Aragón, y un tal Juan, del reino de Valencia. Finalizado este trabajo, y tras hacer escala en Urduña/Orduña, Oraa se trasladó a Portugalete y se alojó en casa de un herrero llamado Juan a quien encargó que le hiciera unas cuantas herramientas propias de su oficio. Luego fue a Bilbao con el objeto de que Agustín de Inchaurbe le hiciera una capa y unos calzones rojos. En el momento de ser detenido en su misma casa, llevaba alojado allí cuatro días. Según dijo, le había conocido 3 o 4 años antes cuando estuvo de cantero en la villa y alojado en casa de Martín de Zaldua.

 

Finalmente, no ocultó que había estado encarcelado por su presunta implicación en la muerte de “una vieja” en Saratxo que tuvo lugar en el transcurso de un robo que habría ejecutado con una docena de individuos naturales de Saratxo y Urduña/Orduña. Sin embargo, contó que había sido puesto en libertad por resultar inocente, en compañía de un tal Ignacio de Mugaburu, natural de “Sarachu”.

 

Inchaurbe, que no tenía nada que ocultar, por lo que suponemos que habría contado la verdad, contó que estaba en la plaza de la villa bilbaína cuando Oraa se le acercó y le saludó por el apellido antes de decirle que un par de años antes le había cosido una valenciana y echaron un trago juntos, pero no se acordaba de el. De hecho, en los cuatro días y medio que estuvo en su casa mientras cumplía el encargo de hacerle unos calzones, no llegó a conocer su apellido y únicamente sabía que se llamaba Joseph Pablo. Le expresó que su intención era ir a Santander para trabajar en una obra de cantería bajo las órdenes del expresado Zaldua.

 

Y no sabemos más. La documentación conservada acerca de este proceso no va más allá.

 

¿Quién era este Oraa? Lo cierto es que no hemos hallado a nadie que responda a su nombre y apellido en los registros parroquiales de Bergara. Fontecha sospechaba que Joseph Pablo de Oraa no era su verdadero nombre y puede que tuviera razón. En su declaración, el detenido afirmó que estaba casado con Maria de Arechavala, natural de un pueblo alavés cuyo nombre ignoraba, con quien tenía dos hijas llamadas Antonia y Josepha. Ignoraba su paradero porque no había tenido comunicación con su familia desde que las dejó en Urduña/Orduña dos años antes, al huir tras el robo, aunque esto evidentemente no lo expresó. A Inchaurbe le contó que tenía mujer y tres hijas en Valladolid, si bien luego dijo que en Urduña/Orduña.

Pero no hemos encontrado ni rastro ni de su mujer ni de sus hijas. Solo cabe la posibilidad de que ella fuese natural de Tertanga, donde efectivamente residieron unos Arechavala, y cuyos registros parroquiales de la época no se han conservado. Sin embargo, no podemos dejar de advertir que en 1715 fue bautizada en Urduña/Orduña una niña llamada Maria Asensia, hija de Joseph de Oraa Izaguirre y Maria López de Arroa. Tampoco hemos encontrado a este individuo pero sí a un tal Joseph Antonio de Oraa Aguirre, nacido en Bergara en 1675, por lo que su edad coincidiría plenamente con la expresada por el protagonista de esta historia. Bien pudo ser el.

 

Nos falta hablar de un personaje: el mismo que avisó al Corregidor de la presencia de Oraa en la casa de Inchaurbe, el mismo que ejecutó la detención por haberse fugado de la prisión de la Chancillería de Valladolid, donde estaba a causa de haber ejecutado robos y muertes. Se llamaba “Antonio de Suloeta” pero Oraa solo le conocía por el nombre de Cortina y creía que era de Amurrio. Su nombre completo era Antonio de Zulueta Larrea, tenía 39 años, era natural y vecino de Larrinbe y estaba casado con Maria de Sautu Bengoa. Cortina es el nombre de un caserío de dicho pueblo, el mismo en el que vivió el sujeto, pero por aquel entonces la casa mantenía su nombre original, Larra, con el que aún se documentaba en 1815. ¿Era Cortina el apodo personal de Antonio? Desde luego, era conocido con este sobrenombre, pero se trata de un apodo familiar con el que documentamos también a su nieto Manuel (“Manuel de Zulueta Cortina” en 1778, cuando fue elegido alcalde ordinario) y en su bisabuelo Juan de Larrea, que en septiembre de 1613 fue nombrado alcalde de hermandad como “Juan de Cortina”.

El Choricero

 

 

A principios del mes de noviembre de 1903 se produjeron robos en las casas del Marqués de Urquijo en Laudio/Llodio y en otra casa del valle de Okondo. El día 10, sobre las 16.00 horas, alguien entró en la casa de Manuel Quintana La Cámara en Lejarzo y, después de descerrajar muebles y desbaratar cuanto halló a su paso, se llevó 1.365 pesetas en billetes del Banco de España y en plata.

Estos hechos motivaron que el teniente de la Guardia Civil de Amurrio, Gabriel García, comenzase a practicar las diligencias necesarias para dar con el responsable del robo. Así, se descubrió que un sujeto al que llamaban el “Choricero” había sido visto en la zona, de modo que, sospechando de el, se puso vigilancia en montes, encrucijadas y en los parajes más abruptos.

Las indagaciones les terminaron por llevar a Bilbao, donde pidieron auxilio al Jefe de la Guardia Municipal, que prestó a García a tres de sus agentes.

El día 13, hacia las 12 de la noche, el teniente García se hallaba en el puente de Isabel II -actual puente del Arenal- cuando se acercó uno de los agentes y le comunicó que en un café de la calle Barrencalle-Barrena se hallaba un sujeto cuyas señas coincidían con las del hombre que estaban buscando. Y, en efecto, allí fue atrapado. Se le incautaron 1.200 pesetas en billetes, un portamonedas con otras 20 pesetas en plata, y una navaja.

Aunque negó haber tomado parte en los citados robos, la cartera que portaba era indudablemente la de Quintana, por lo que fue detenido y trasladado a la cárcel de Amurrio. El Choricero resultó ser Emeterio Iñiguez de Onsoño Aldecoa, tenía 32 años, era soltero y natural de Amurrio, más concretamente del barrio de Berganza.

La reyerta de los gitanos

 

Antaño las ferias constituían el punto de encuentro de gentes procedentes de muy diversos lugares, algunos muy próximos, otros lejanos, y si bien podía haber ocasión para el reencuentro con viejos amigos, para el intercambio de noticias y opiniones, también había lugar para el desenfreno y las pendencias. Incluso hubo un tiempo en que eran los propios alcaldes los que metían cizaña entre los asistentes para tener ocasión de mediar y dictar justicia y así regresar a casa con la bolsa un poco más llena de monedas.

Entre nosotros, la feria más famosa fue la de Quejana. Y en ella hubo una monumental trifulca entre dos bandas de gitanos el 23 de julio de 1931 a resultas de la cual murieron 3 personas, 2 de ellas simplemente molidas a palos. En un principio, la prensa afirmó que estaban borrachos y apostaron entre dos burros a ver cuál corría más, de modo que los perdedores se negaron a pagar la apuesta y se armó el follón.

Sin embargo, la Guardia Civil dijo posteriormente que los dos grupos ya estaban enemistados con anterioridad debido a un enfrentamiento que tuvo lugar en Medina de Pomar tres años antes y en la que había muerto una mujer.

La tangana de Quejana tuvo lugar a las 18.00 horas del mencionado día de la manera más salvaje atacándoses con simples piedras, palos o tijeras, aunque también había una pistola de la que se contaron 5 disparos. En uno de los bandos murieron León Pérez Jiménez, de 61 años y natural de San Millán de la Cogolla, y Emilio Jiménez Pérez, de 43 años y natural de Alcalá. Tuvieron también 5 heridos, incluidas dos mujeres.

En el otro bando falleció Antonio Jiménez Pérez, cántabro de 28 años, y tuvieron un herido grave por disparo en el pene y el escroto. Fueron éstos los que se hicieron con el control de la situación antes de huir y encontrarse con una pareja de la Guardia Civil del puesto de Artziniega, que consiguió detener a 6 personas, incluidos dos niños. Todos los detenidos se apellidaban Jiménez.

Internados en la cárcel de Vitoria, el 3 de febrero de 1932 celebraron una doble boda en la prisión que fue agasajada con un “excelente desayuno” y una comida. El párroco de San Vicente casó a Cesáreo Jiménez Pérez y Pascuala Jiménez Bagarri, de 22 y 17 años; y a Paulino Jiménez Bagarri y Natalia Jiménez Pérez, de 18 y 20 años.

 

 

 

(El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 10043, 25-7-1931)

(La Libertad, Año XIV, nº 3706, 4-2-1932)

El asesinato de Margarita Basaldua (y V)

 

LA SENTENCIA

 

Tras la presentación de todos los testigos y todas las pruebas recopiladas en el sumario del caso, el Fiscal elevó a definitivas sus conclusiones provisionales, que constituyen el relato de los hechos que presentamos en la primera entrada de este serial. El Fiscal Sánz Gomendio elaboró un discurso con una elaborada retórica, muy al uso de la época, en el que aludía al supuesto carácter belicoso de los vascos al final de la Edad Media y afirmaba que ese carácter afloraba de vez en cuando de forma abrupta y repentina en una sociedad por otra parte muy pacífica. Es lo que habría ocurrido con los Manterola (“este drama se ha desarrollado entre aldeanos vascongados, gente pacífica, muy honrada, muy trabajadora”).

En lo que respecta a las pruebas periciales, no se pudo obtener nada concluyente. El joven Achurra había señalado un lugar en la huerta de Larrabe donde presuntamente se había enterrado el arma homicida pero no lo encontraron. Por su parte, el Instituto Central de Higiene halló sangre en una camisa requisada en Larrabe pero no lograron precisar si era de origen humano.

El testimonio de Achurra fue considerado como clave en la resolución del caso y también se concedió verosimilitud a lo declarado por Maria Ayesta. Pero el Fiscal se centró además en una cuestión que pasó algo más desapercibida en el juicio, a pesar de su trascendencia: la presencia de Juan Manterola en las proximidades del lugar de los hechos en vez de en Gorostiza, como el afirmaba. En ello el testigo clave fue Manuel Ibarrola. La noche de autos se encontró a un hombre unos 200 metros antes del lugar en que fue asesinada Margarita, en el punto en que varios atajos salían hacia Gorostiza. Este hombre no respondió al saludo de Manuel y se arrimó a la sombra de un espino para fundirse en la oscuridad del anochecer y no ser reconocido. Al parecer, Manuel habría dicho a unos amigos de manera informal que el hombre misterioso era Manterola pero en un principio se negó a confesarlo ante las autoridades por miedo a represalias. De hecho, el Fiscal consideró probado que Juan Francisco Escauriaza había tratado de disuadirle de contar la verdad. En todo caso, Tiburcio Acha, que venía por detrás de Margarita por la carretera aunque a bastante distancia, no se encontró a nadie; esto fue interpretado por el Fiscal como prueba de que el hombre misterioso no era un viandante que bajaba por la carretera sino que era el mismo Manterola al acecho de su víctima.

 

La acusación, ejercida por Gabriel Martínez de Aragón, también incidió en el testimonio de Manuel Ibarrola, argumentando que había confesado de manera particular a una hermana suya que aquella noche había reconocido a Manterola y que solo cuando la Guardia Civil le amenazó con encarcelarle como sospechoso se atrevió a revelar la verdad. Por otra parte, en cuanto a las pruebas realizadas, argumentó que en el lugar de los hechos, al haber llovido aquella noche, pudieron ver huellas de alpargata y pasos largos que corresponderían a un “hombrachón” como Manterola.

De todos modos, la acusación se centró sobre todo en el papel desempeñado en Achurra en todo ello, como testigo directo que habría sido de los hechos. El abogado coincidía con el sargento de la Guardia Civil en que Achurra había sido coaccionado en un momento dado para que cambiase su testimonio. En una visita ocular al lugar de los hechos que tuvo lugar el 11 de mayo de 1927 ante el juez Arrontes, el niñó describió los sitios y circunstancias en que tuvo lugar el crimen y lo hizo con exactitud, de acuerdo a los informes periciales. Sin embargo, un mes después, el 17 de junio, lo negó todo ante el juez y a partir de ahí afirmaría siempre que se lo había inventado todo. ¿Por qué? Porque el abogado defensor le visitó a espaldas de la autoridad judicial en el Asilo de Nanclares de la Oca. En el juicio, Achurra afirmó que nunca había visto al abogado de la acusación pero sí al defensor, a quien vio en “Cercagua”. Aragón descubrió que éste era el lugar en el que los niños asilados jugaban bajo la vigilancia del Hermando Adolfo Uriarte, que fue testigo en el juicio. Y allí habló con el niño antes de que fuera a declarar ante el Juez.

Gabriel Martínez de Aragón destacó también las coincidencias entre el testimonio inicial de Achurra y lo resultante del sumario. Por ejemplo, los peritos médicos concluyeron que la víctima recibió el primer golpe desde arriba y por la izquierda. Achurra, en la inspección ocular del 11 de mayo, señaló la pared a la que subió Josefa para dar el golpe, a la izquierda de la marcha que llevaba Margarita. El instrumento habría sido un martillo o picachón de cantero y Achurra dijo que vio a su abuela con un picachón.

Según la autopsia, la víctima tenía en la muñeca una impresión como producida por una uña, y Achurra dijo que Josefa, después de darle el golpe y como no caía de la burra, la agarró de las muñecas y la tiró al suelo.

El abogado acusador señaló también una contradicción que se hizo patente en el juicio: si Achurra, como dijo, solo pasó por la estrada donde Margarita fue asesinada cuando la Guardia Civil lo llevó al juzgado de Amurrio a declarar, ¿cómo fue capaz de señalar el sitio preciso donde apareció su cadáver en la vista ocular de mayo?

A pesar de todo ello, no se logró determinar de manera concluyente quién golpeó a la mujer ni quiénes habían participado directamente en el crimen. El sargento Carrión manejaba dos hipótesis: que Juan la golpeó primero y luego entre el y su madre la remataron en el suelo mientras Leandra se hacía cargo del burro; o que fueran las dos mujeres las agresoras mientras Juan se limitaba a vigilar y estar de refuerzo por si llegaba gente, dejándose ver por la carretera como coartada. El abogado dio por buenas estas conclusiones y finalizó su alegato con las siguientes palabras: “Es más noble que os lleve el recuerdo de la pobre Margarita, la honrada lechera de Goyénuri (sic), siempre trabajadora, siempre modesta, siempre sencilla y siempre asustada de algo que en un instante terrible cobró para ella espantosa realidad. ¡Con cuánta angustia saldrían de sus labios, hechos para besar a sus hijos con ternura, aquellos sollozos que desde las alturas de Elexagoiti escuchó su compañera Dolores Zaballa!”

 

Lamentablemente, la prensa no reprodujo el alegato de la defensa y se limitó a dibujar cuatro pinceladas de lo expuesto, ya que para cuando El Heraldo Alavés tuvo ocasión de publicarlo el tribunal ya había pronunciado su sentencia y carecía de interés.

En efecto, el 20 de diciembre a última hora de la tarde el tribunal condenó a Josefa Magrach y Juan Manterola, como autores de un delito de homicidio, a 15 años de reclusión y al pago de la mitad de los costes procesales, además de otras 20.000 pesetas en concepto de indemnización a los herederos de la víctima. Leandra Manterola fue absuelta, desconocemos por qué, y Juan Francisco Escauriaza también, como ya se sabía.

El 13 de enero de 1928 Josefa Magrach fue conducida a la Central de Mujeres de Alcalá de Henares y Juan Manterola al penal de El Dueso.

 

¿Hemos de dar por buena la versión aquí contada? ¿Fue así como sucedió? Al no haber confesión de ninguna clase ni testigos directos del crimen, siempre queda la duda de si la reconstrucción de los hechos realizada por aquellos hombres se ajustó totalmente a la verdad.

No cabe duda que hicieron lo que pudieron con los recursos a su alcance y desde luego el abogado acusador hiló muy fino a la hora de unir las coincidencias entre los informes periciales y las declaraciones de José Maria Achurra. Quizá de no haber sido por este niño el crimen hubiera quedado sin resolver, ya que por mucho que algunos sospecharan de los de Larrabe el crimen fue ejecutado de tal manera que dificilmente podrían haber encontrado las pruebas necesarias para imputarles. Quizá nunca se hubiera roto el miedo a hablar del crimen, el miedo a señalar a aquellos de quienes muchos sospechaban aunque las pesquisas fueran dirigidas hacia otro lugar, quizá deliberadamente.

El asesinato de Margarita Basaldua (IV)

 

 

La tercera jornada del juicio, el día 14, comenzó con el testimonio de Fabián Luis Vidal, habitante en “Ollacuri”, que se encontró a Manuel Ibarrola en la carretera la noche de autos, si bien protegido por un paraguas y con un cesto, lo que unido a la oscuridad del anochecer hizo que no lo reconociera.

A continuación compareció Dionisio Urquijo Garmendia que, recordemos, estaba casado con una hermana de la víctima aunque la relación del matrimonio fue descrita como “más bien fría”. En Laudio/Llodio se le tenía como el hombre mejor informado de los pormenores del crimen, aunque el no era de la misma opinión. En todo caso, en el juicio quedó patente que tenía conocimiento de todas las relaciones amorosas mencionadas así como del temor que sentía su cuñada. Sin embargo, es de reseñar que, a pesar de esa reputación como conocedor de los hechos, fue quien informó a la Guardia Civil de varios individuos que resultaron ser pistas equivocadas. Si lo hizo intencionadamente por su amistad con Juan Manterola o simplemente se equivocó es algo que no llegaremos a saber. En todo caso, no deja de ser llamativo que, tras el crimen, Dionisio prohibiera a su mujer ir de visita a Goiri. Dolores Basaldua por su parte declaró que su hermana se hacía acompañar por miedo a Josefa la de Larrabe; y que éstos se rieron de ella después del crimen.

 

Pero sin duda la declaración estrella, y punto de vital importancia para el juicio, fue la ofrecida por el problemático y analfabeto José Maria Achurra, que ofreció un testimonio altamente contradictorio y confuso. Achurra era un hijo natural de una mujer que contrajo matrimonio con Felipe Urquijo y luego murió. Felipe se casó en segundas nupcias con Timotea Manterola y residían en Anuncibay. Al parecer fue el poco cariño que la mujer tenía hacia el chico lo que los llevó a enviarlo como criado con los padres de ella en Larrabe.

Dado que su declaración fue una constante contradicción y una sucesión de imprecisiones, hasta el punto de interrumpirse el juicio por sus lloros, es necesario señalar aquí las peripecias del muchacho de 13 años, testigo directo de los hechos, los días siguientes al crimen y el por qué de los tumbos y bandazos de su declaración el día del juicio.

Ocurrió que unos días después del crimen apareció una cerda herida en Goiri y la Guardia Civil se puso manos a la obra para averiguar al responsable. En el transcurso de la investigación los guardias interrogaron a Juan Manterola y a Achurra. Lo que declaró ante el teniente no debió ser del gusto de sus amos, ya que Toribia le pegó y el niño, por miedo, huyó al monte. Allí se encontró con “Polido”, pastor como el, a quien contó su historia. Luego hizo lo propio con Alfredo Hermosilla. El niño fue interrogado después hasta una decena de veces, y siempre mantuvo la misma versión hasta que en el juicio contó una historia bien diferente, pero con muchos agujeros que no supo completar.

De este modo, Jesús Carrión, sargento de la Guardia Civil del puesto de Laudio/Llodio, llevó a Achurra en tren a Amurrio después de su declaración y le creyó: consideraba que un crío tan voluble y travieso no pudo haberse inventado semejante historia y ratificarla tan determinantemente, y si había cambiado su testimonio en el juicio seguramente sería por coacciones.

El día 14 en el juicio contó que huyó de casa porque había mentido al teniente y que la historia que luego contó a Polido y Hermosilla era una mentira que se había inventado aunque más tarde afirmó que acusó a sus amos por presiones de los guardias y del juez municipal. Afirmaba haber mentido porque desconocía que había un Dios y un cielo para los buenos y un infierno para los malos, pero ya lo había aprendido ya que recientemente le habían enseñado Doctrina. Según esta nueva versión que declaró entre continuas inconsistencias, no se enteró del crimen hasta el día siguiente a las 7 de la mañana cuando Juana la de Gorostiza se lo contó a Josefa, lo cual contradice lo que ésta declaró al respecto. Hubo muchas preguntas que no supo contestar ni logró precisar algunas cuestiones. Por ejemplo, preguntado si sabía euskera, dijo “no se. Poco”, aunque Josefa había declarado que sí sabía. Tampoco contestó claramente sobre si había oido a Juan relatar el crimen a su madre.

 

Alfredo Hermosilla, a quien Achurra nombra como “Morcilla”, era un hospiciano de 16 años acogido en Gorostiza que ratificó la versión de la defensa, lo cual lo llevó a incurrir en contradicción: dijo que vio a Manterola llegar a la casa pero en su primera declaración afirmó que estaba en el monte, y no supo aclarar este extremo. Afirmó que no tuvo noticia del crimen hasta el día siguiente a las 8.30 o 9 de la mañana por medio del hijo de Arbide. Días después, se encontró con Achurra en “Las tres cruces” pero no recordaba de qué hablaron y le instó a volver a casa porque sabía que estaba escapado. No sin incoherencias, afirmó que su primera declaración fue hecha bajo presiones de la Guardia Civil, cuyo sargento le golpeó. Esto lo negó Martín Bengoa, de 26 años y también vecino de Goienuri, que asistió al interrogatorio.

Según Hermosilla, Román Larrinaga “Polido” era un tonto y un borracho y nunca había estado con el. La acusación de borracho no era gratuita, ya que en el juicio los médicos de la localidad lo definieron como un “degenerado hereditario alcohólico” y “anormal parcial”, pero capaz de “coordinar bastante bien” cuando no estaba bajo los efectos del alcohol. Descrito como un personaje pintoresco y con una pronunciación dificultosa que complicaba el entenderle, ratificó su versión de que Achurra le dio noticia del asesinato.

 

Después fue el turno de los Urquijo de Goiri-beitia. El padre, Bernabé Urquijo Garrastachu, afirmó que hacía unos 20 años que había enfriado sus relaciones con los de Larrabe, con quienes había trabajado un calero, por creer que le habían matado un carnero. Recientemente había abandonado su casa al quedarse solo –tras la marcha de su hijo- y, según el, por querer evitar compromisos con los Manterola, a quienes tenía por gente fuerte y de valor, tanto los hombres como las mujeres, a quienes consideraba varoniles y más temibles. En su opinión, Josefa era una mujer fuerte “para agarrarle a el y llevarle debajo del sobaco”.

Por su parte, Eustaquio contó que veía a Toribia 4 o 5 veces al día para luego estar una semana sin verse. Afirmaba que fue el quien rompió la relación pero ya anteriormente había pedido a Manuel Larrazabal ver a Prudencia, por lo que confirmó lo dicho por varios testigos en el sentido de que comenzó una relación antes de finalizar la anterior. También contó que Dolores Basaldua –que, recordemos, estaba casada con Dionisio Urquijo, en buenas relaciones con los acusados- le había acontado que los de Larrabe estaban enterados de la reunión que iba a tener lugar el día de San Antonio para concertar su boda.

Finalmente, también declaró su hermano Fernando (1882), que fue avisado por Juan Zaballa Fica la misma noche del suceso, pero dijo desconocer las relaciones en que estaba inmerso su hermano, en otra muestra más de la desestructuración de la familia de Goiri-beitia.

Finalmente, el “investigador” Ordeñana afirmó que había una “losa sepulcral” que impedía conocer a los autores y, según la prensa, “todas sus antiguas energías por aclarar el asunto parecen haberse acabado”.

 

La sesión del día 15 de diciembre se inició con la declaración de Gregorio Zaballa, hermano de Dolores, que se encontraba en Barcelona el día de autos pero que fue testigo de los palos de ciego de Ordeñana con el chico de Lezama. Además contó que había escuchado a Josefa comentar, al respecto de Manuel, que a hombres como ese había que pasar a cuchillo.

Por su parte, Saturnino Urquijo, de tan solo 18 años, tuvo un careo con Juan Francisco Escauriaza porque declaró que éste le había asegurado que Manterola se fue de su casa a las 9.30 de la noche el día de autos, en vez de a las 11 como declaraban los acusados y sus cómplices. Cuando Escauriaza le recriminó haber mentido, el joven Saturnino le dijo: “Yo digo la verdad en todas partes”.

A continuación, el sargento Carrión ofreció una declaración larga, detallada y mesurada en la que trató sobre todo de los pormenores de la investigación, ya relatados, y de sus impresiones sobre Achurra. Consideraba que la opinión pública de la localidad señalaba como culpables a los procesados pero los testigos no se mojaban más por miedo, vistos los antecedentes.

En esta sesión se introdujo una de las supuestas pruebas de la culpabilidad de los acusados, a saber: dos conversaciones distintas en las que Toribia y Timotea Manterola habrían revelado la implicación de su familia en el crimen. La primera de ellas habría tenido lugar el 31 de julio, dos días después de la declaración de Polido y Achurra, cuando Toribia fue a casa de su hermana Timotea en Anuncibay. Resulta que su vivienda estaba separada de la contigua únicamente por un tabique, presuntamente roto, motivo por el cual la adolescente Maria Ayesta habría escuchado a Toribia decir lo siguiente: “Estamos perdidos, el chico ha declarado todo”. En cualquier caso, la pared fue arreglada antes de la visita ocular realizada por las autoridades que investigaban el crimen, como dijo la propia niña.

Más tarde, y cuando ya Felipe Urquijo, marido de Timotea, había sido puesto en libertad, aquella se encontró con Juana Madariaga Ugarte, molinera de 27 años, a quien la prensa definió como una persona “muy suelta”. Juana aseguró ante el tribunal que Timotea le había dicho llorosa “más valía comer pan de maíz con la familia y en paz” y “¡Cómo habrá hecho eso mi madre! Si yo hubiese sido mi hermana, la hubiese aconsejado de otra manera, viendo lo que podía venir detrás”. Su marido Juan José Orue presenció la conversación y afirmaba haberle oído decir también “eso de matar….¡cómo se le habrá hecho mi madre eso!”. Sin embargo, su esposa negaba que Timotea dijera tal cosa sino que fue ella misma la que dijo que “eso de matar es muy duro”.

Felipe Urquijo, padre adoptivo de Achurra, aseguraba que no se podía escuchar en la casa contigua lo que decían en la suya, y en términos generales trató de exculpar a su mujer de todo detalle que la pudiera comprometer en el caso.

Toribia Manterola, sin embargo, no hizo alusiones a estas conversaciones en su declaración. Al igual que su madre y su hermano, trató de relativizar la enemistad con los de Goiri diciendo que no era cosa grave, que hablaban si era necesario, y aportando el detalle de que Margarita en una ocasión montó en su burra a una hija de Leandra. Toribia negó que la difunta, a quien consideraba buena persona, hubiera intervenido para nada en sus relaciones con Eustaquio Urquijo, a quien ella había dejado –como hemos dicho, el interesado mantenía la postura contraria-. Añadió que, en el momento del crimen, ya tenía otro novio, según ella, para su desgracia. Pero negó que Eustaquio tuviera relación alguna con Prudencia, negando así la evidencia. En todo caso, Toribia afirmó que el día de autos estuvo en Miraballes y solo se enteró del suceso al volver al día siguiente, lo cual fue comprobado y confirmado por la Guardia Civil. Además, dijo que fue acompañada por José Zaballa Fica porque tenía miedo y éste le habría pedido que no lo contase. Sin embargo, el día anterior José había declarado que, efectivamente, “una noche” había acompañado a Leandra porque dijo tener miedo, pero lo creía fingido –aunque se contradice, porque después comenta que sí tenía miedo de pasar por el lugar del crimen- y que fue ella quien le pidió que no contara nada.

Esta sesión finalizó con la declaración de otros testigos que no aportaron demasiados datos. Aurelio Hernando dijo que fue el quien envió a su mujer Leandra a Larrabe y que solo tuvo noticia del crimen por la prensa; Miguel Manterola, hermano de Juan y preso por hurto, estaba en la mili cuando ocurrió pero afirmaba que Manuel Ibarrola le había asegurado que no reconoció al hombre que se cruzó en la carretera aquella noche.

 

La última sesión del juicio tuvo lugar por la mañana del día 16, en la que continuó el desfile de testigos. El testimonio más interesante fue el de Teodoro Ayesta, vecino de Anuncibay. Al igual que su convecino Felipe, mantuvo que no se podía escuchar en una casa lo que se hablaba en la otra, a pesar de lo cual su hija ratificó haber escuchado esa conversación. Por otra parte, afirmó que Manuel Larrazabal le había hecho ciertos ofrecimientos para que contase la dicha conversación, pero no se ahondó más en esta cuestión.

Dorotea Yarritu Uretabuena (Lekamaña, 1891) frecuentaba Larrabe y los tenía en buen concepto, por lo que no es de extrañar que tratase de culpar a Eustaquio Zaballa y afirmó incluso que Margarita les tenía miedo; sobra decir que esto contradecía todos los testimonios anteriores y carecía de sentido alguno.

Florentina Uribarri Ureta, madre de la difunta, que necesito intérprete por desconocer el castellano, negó que Manuel le hubiera escrito una carta pidiendo dinero tras el crimen, bulo al que habían aludido ya algunos testigos. Y finalmente Luis Orue y Francisco Murga hablaron de un mendigo que vieron aquel día por la carretera y del que también se sospechó pero del que nada se logró saber en las horas siguientes al crimen.

 

Quinta Parte

El asesinato de Margarita Basaldua (III)

EL JUICIO

 

El juicio por el asesinato de Margarita Basaldua no se celebró hasta diciembre de 1927, año y medio después del suceso. Comenzó el día 12 en Vitoria-Gasteiz en medio de una enorme expectación que llevó el caso a las páginas de la prensa y en especial a las de El Heraldo Alavés, que hizo un seguimiento exhaustivo de todas y cada una de las sesiones del juicio.

El tribunal estaba presidido por Rafael Rubio, con los magistrados Alvarez Taladriz, Pascual, Martínez Villar y Usera, estos dos últimos de las Audiencias de Burgos y Logroño respectivamente. Representaba al Ministerio Público el fiscal Sánz Gomendio, la acusación privada la ejercía el letrado vitoriano Gabriel Martínez de Aragón y el abogado defensor era el bilbaíno Rafael Goldaracena.

En primer lugar, Juan Francisco Escauriaza fue absuelto de todos los cargos, ya que de las diligencias practicadas en el sumario no se probó ninguna participación en los hechos.

Por otra parte, el fiscal consideraba que los otros tres acusados eran autores, por su participación directa, material y voluntaria en su ejecución, de un delito de asesinato con premeditación conocida, prevista en el art. 148 nº 4 del Cógido Penal. En virtud de ello, se pedía cadena perpetua para Juan Manterola y reclusión perpetua para las dos mujeres, con accesorias y costas por igual, además del pago de 20.000 pesetas a los herederos de la difunta en concepto de indemnización. La acusación privada se mostró de acuerdo con el fiscal.

Por el contrario, la coartada de los acusados se basó en que las dos mujeres permanecieron todo el día de autos en su casa y que Juan estuvo “haciendo tertulia” en el caserío Gorostiza de 8 a 11 de la noche, como tenía por costumbre ya que era el caserío más cercano al suyo y además eran parientes.

 

Así pues, entre el 12 y el 16 de diciembre desfilaron ante el tribunal los acusados, familiares de la difunta, testigos y numerosos vecinos de Laudio/Llodio. La primera fue Leandra Manterola, a quien se describe como una mujer gruesa de 34 años, vestida de azul “al uso corriente de su clase”, y casada con un trabajador de la Compañía de Tranvías, residentes según testimonios en Bilbao o en El Desierto (Erandio). Leandra explicó que habían sido once hermanos y, aunque cuatro de ellos aún estaban solteros, todos “tenían colocación” y nadie podía socorrer a los padres, motivo por el cual ella se hallaba en Larrabe el día de autos. Fue fiel a lo expuesto por su abogado defensor y negó que tuviera malas relaciones con los de Goiri, aunque hubo de reconocer que habían tenido algún incidente por cuestiones de ganado. De los amoríos de Eustaquio dijo no saber nada y negó las habladurías en torno a la presunta costumbre de su madre de vestir de hombre. En cualquier caso, Leandra no evitó contradecirse al afirmar que se enteró del crimen el día siguiente al salir de misa cuando en una declaración anterior había dicho que no tuvo noticia hasta la siguiente noche. En el juicio se ratificó en que se enteró del crimen al salir de misa.

Juan Manterola se presentó ataviado con una blusa negra y el redactor de la crónica de El Heraldo Alavés dijo que tenía “menos serenidad que la anterior”. Al igual que su hermana, afirmó que sus relaciones con los de Goiri eran buenas. Al respecto relató su versión de un incidente que seguramente ya había sido recogido en el sumario. Y es que una vez en que el acusado estaba en el garaje del Marqués junto a un amigo, al pasar Manuel Larrazabal le tiraron un palo, al parecer sin que éste supiera su procedencia. Juan afirmaba que, días después, Manuel pasó por el mismo lugar y les oyó hablar, pero al reconocerles se acercó y luego regresaron juntos a casa. Así quería demostrar que sus relaciones no eran malas tal y como se decía.

Sin embargo, Juan negó repetidas veces y contra toda evidencia que alguna vez hubiera pretendido a Margarita y solo admitió haber acompañado a alguna amiga suya antes de que se casara. Otro dato de intéres es que el fiscal le preguntó si en casa hablaban euskera, a lo que respondió que “solo con el padre”. Por ello afirmaba que en la cárcel había hablado siempre en castellano y se dirigía a su hermana ante testigos para que vieran que no tenían nada que ocultar.

A instancias de la acusación, respondió que la noche de autos –recordemos que fue un día de lluvia y mal tiempo- vistió un elástico negro, tapabocas y, creía, alpargatas. También dijo que al llegar a Gorostiza Alfredo Hermosilla ya estaba allí, aunque éste aportó datos contradictorios. Finalmente, Juan Manterola contó que volvió de Gorostiza a Larrabe entre piezas y sin pasar por el lugar del crimen ni sus proximidades, negando así la posibilidad de que hubiera sido visto, como posteriormente afirmaría algún testigo. Del crimen dijo que se enteró al día siguiente junto a “las casas de Ugarte” de boca de Antonio Bengoa cuando iban a misa. Con su madre y hermana no lo habló hasta esa noche o al día siguiente.

 

A continuación, llegó el turno para la declaración de Josefa Magrach[1], “figura típica de una vieja cashera” de 68 años, vestida al uso del país. En lo que a ella respecta, negó haber vestido nunca pantalones a pesar de las habladurías en ese sentido y definió sus relaciones con los de Goiri como “cordiales”. Josefa oyó de las relaciones de su hija Toribia con Urquijo, pero cuando le preguntó por ello le contestó “usted, madre, calle, yo ya me acordaré”. No estaba de acuerdo con la relación porque consideraba que él era demasiado “alto” y ella no podía dar a su hija la suficiente dote para ese matrimonio. Por abril se enteró de que habían roto la relación y no sabía por qué, aunque anteriormente había declarado significativamente que fue porque Eustaquio era un atrevido que “se propuso adelantar acontecimientos”. De la reunión que iba a tener lugar para el casamiento entre Urquijo y Prudencia Basaldua dijo no saber nada.

Sin embargo, las preguntas de Martínez de Aragón hicieron aflorar ciertas contradicciones en su declaración. Por ejemplo, afirmó haberse retirado a su casa antes de las 8, aunque anteriormente había dicho que a las 9 o incluso que no llegó a salir –lo cual había sostenido el abogado defensor esa misma mañana-. No supo resolver esta contradicción. En segundo lugar, la Guardia Civil, cuando registró su casa, se llevó una camisa –que decía ser de su ya difunto marido- con unas manchas que no sabía si eran de sangre, comida o quemadura de tabaco; también un pantalón de Juan, un pañuelo, un martillo para la cantera y unos trozos de hierro. Al respecto, Josefa dijo que podía ser sangre que su marido echaba por la nariz aunque éste había negado que ello le ocurriera desde hacía dos años. En tercer lugar, aunque sabía que a Margarita le salían a buscar los de su casa, negó que fuera por miedo a pesar de que poco antes había declarado que eso era algo sabido por todos.

La primera jornada del juicio finalizó con la declaración de Juan Francisco Escauriaza, propietario de Gorostiza, que vestía de americana. Básicamente, respaldó la versión de los procesados y afirmó que Juan Manterola estuvo en su casa hasta las 11 y que vestía con boina azul y alpargatas. No habría tenido noticia del crimen, ya que no fueron avisados, hasta el día siguiente que se lo contó Venancio Larrinaga Escauriaza (1892).

 

La segunda jornada del juicio, el 13 de diciembre, comenzó con la declaración del viudo Manuel Larrazabal. En primer lugar, afirmó que no se trataba con los de Larrabe “por su mala lengua” aunque no les deseaba ningún mal; ello no resta para que acto seguido los describiera como “malas personas”. Para apoyar esta afirmación contó diversos incidentes con los Manterola, afirmó que había oido que Josefa vestía pantalones y salía a los caminos de noche, que Juan también le salió una noche al camino y que una vez robó 25 pesetas en sellos en el estanco de la Plaza Nueva de Vitoria-Gasteiz. Creía que junto a los de Gorostiza, a quienes tampoco trataba, eran capaces de cualquier cosa.

Según su declaración, Juan había pretendido a Margarita en el tiempo en que el estaba en el servicio militar. Ya de casados, ambos apoyaron las relaciones de Prudencia Basaldua con Eustaquio Urquijo, con quien Manuel tenía amistad. Opinaba que los Manterola se enteraron de sus planes de boda y resolvieron matar a su mujer como venganza por no haber correspondido a Juan y por haber roto Urquijo con Toribia para irse con Prudencia.

En todo caso, también Larrazabal cayó en alguna contradicción, ya que no supo precisar en qué momento los culpó por primera vez ni lo dicho en sus primeras declaraciones. El se defendía diciendo que había declarado en la cama sin darse demasiada cuenta, probablemente en lo que hoy llamamos estado de shock.

A continuación tuvo lugar la prueba pericial de los médicos Acero y Gorostiaga de Laudio/Llodio y Garro de Amurrio. Determinaron que las heridas fueron causadas con un martillo o picachón, algo con mango largo, y describieron la posición probable de los agresores. Aunque su declaración pasó un poco desapercibida en un juicio al que el público acudía para saciar su sed de morbo, a la postre sus conclusiones fueron muy tenidas en cuenta por la acusación.

Micaela Expósito, de 16 años y natural de Orozko, criada en Goiri-goitia, fue quien encontró el cadáver de su ama, a quien salían a buscar por expresa petición suya. Relató que Manuel gritó al encontrar el cadaver de su esposa, antes de su colapso nervioso, y desconocía si tenía malas relaciones con los de Larrabe aunque sí sabía que tras el hallazgo del cadáver no mandaron ningún recado a ellos ni a los de Gorostiza, como ya se dijo.

Por su parte, Dolores Zaballa fue la última persona en ver a Margarita con vida, excepto sus agresores. La joven aportó un detalle muy importante, ya que días antes del crimen fue testigo de cómo la difunta y Josefa Magrach iban juntas hacia el pueblo, hablando en euskera y aparentemente de forma amistosa. Sin embargo, posteriormente Margarita le confesó que Josefa la había amenazado, lo cual explicaría ciertas comentarios que su hermana Prudencia le escuchó decir.

Su padre Eustaquio Zaballa es descrito como un “cashero socarrón” que con sus manifestaciones causaba la risa del público. Afirmó que tenía “malos informes” de los de Larrabe desde pequeño, a quienes consideraba capaces de semejante crimen, aunque su hija Dolores había dicho que las relaciones con ellos eran buenas y nunca habían tenido problema alguno. Eustaquio dijo haber sospechado de ellos desde el principio, conocedor de la enemistad entre Larrabe y Goiri. Al parecer, asistió junto a Martín Bengoa al interrogatorio efectuado al menor Alfredo Hermosilla, hospiciano acogido en Gorostiza que también fue objeto de las revelaciones de Achurra, y recordaba haberle oido decir que la abuela había salido vestida con ropas de hombre junto a Leandra y que luego las había quemado. Señaló que las relaciones de Eustaquio con Toribia eran “ilícitas”, que no eran honradas, utilizando sus propias palabras.

Tras la declaración de Francisco Antonio Larrazabal, que no tuvo demasiado interés y señaló los antecedentes penales del padre y el abuelo de los Manterola, fue el turno de Prudencia Basaldua, que a pesar de ser objeto de las pretensiones de varios individuos ya nombrados en el momento del juicio continuaba soltera y residía con sus padres en Orozko, aunque iba a Goiri con relativa frecuencia. Contradijo a Juan Manterola y ratificó que sí había pretendido a su hermana, quien le había confesado que tenía miedo aunque nunca le dijo de quién ni por qué. Al parecer, el día de autos estaba en Goiri y se cruzó con Toribia, que no la saludó. Dijo que sus relaciones con Luciano Aldaiturriaga terminaron después de Santa Lucía por consejo de sus padres, aunque le dijeron que era buen chico y habló con el alguna vez. Antes de eso, Urquijo ya la había pretendido pero no le contestó debido a su fama de mujeriego. El asesinato de su hermana echó al traste los planes de boda, ya que desde entonces no le había contestado. De Manterola dijo que era un vago, lo que contradijeron bastantes de los testigos del juicio.

La sesión del día 13 finalizó con el testimonio de dos hombres que vieron a Margarita momentos antes de su asesinato. Tiburcio Acha Larrondo (1899), que era un vecino próximo, la vio en Laudio/Llodio y estuvo fumando un rato con Agustín Ainz pero no pudo decir nada más. Aunque confirmó la enemistad entre las dos familias, creía que ello no era bastante para determinar la autoría del crimen.

De mayor trascendencia fue la declaración de Manuel Ibarrola Rotaeche (1879), habitante en Eizaguirre-menor, en Goienuri. El también vio a Margarita sobre las 9 o las 9.30; se encontró en el camino con Luis Garay y luego, a la altura de Ibarra, encontró a un individuo al que dio las buenas noches. Creía que era Juan Manterola, aunque en sus primeras declaraciones no lo dijo, según afirmaba, por miedo. Se hizo un careo entre ambos sin que se narren sus conclusiones, y así terminó la segunda jornada del mediático juicio.

 

Cuarta parte

 

 

[1] En la prensa consultada, el apellido de la acusada figura casi siempre como Magarache, Margareche y formas similares

El asesinato de Margarita Basaldua (II)

LA INVESTIGACIÓN

 

 

Francisco Antonio Larrazabal Rotaeche (1853) salió de la casa y encontró a su hijo desmayado junto al cadaver de su nuera. Al mismo tiempo, en Elexagoiti, Patricia Fica Abasolo había escuchado los lamentos y gritos de dolor de Manuel, de modo que avisó a su marido Eustaquio Zaballa Urquijo (Orozko, 1869), quien despertó a sus hijos y junto a uno de ellos salió de casa corriendo en dirección al lugar de los hechos. Tras los momentos de sorpresa, terror y confusión iniciales, fueron enviados a dar aviso de lo ocurrido a los vecinos más cercanos y a las autoridades. Nadie avisó a los de Larrabe y a sus parientes y vecinos más próximos, la familia Escauriaza del caserío Gorostiza, enemistados también con los de Goiri por cierta disputa mantenida unos años atrás –en el juicio no quedaron claras, o no quisieron aclarar, los motivos de esta enemistad-.

A pesar de que todos los hechos anteriormente narrados eran conocidos en el pueblo, si no por todos al menos sí por los vecinos de Goienuri, y a pesar de que esta enemistad era vox populi, la investigación del crimen tomó, en un principio, otros derroteros muy distintos, lo cual no deja de llamar la atención.

La Guardia Civil de la localidad y los miembros del juzgado municipal no tardaron en llegar al lugar de los hechos y comenzaron a practicar las diligencias necesarias para averiguar lo sucedido.

Uno de los primeros en llegar al lugar había sido Dionisio Urquijo Garmendia (1887), que tuvo un papel importante en el transcurso de la investigación. Dionisio era cuñado de la víctima, ya que estaba casado con Dolores Basaldua Uribarri (Orozko, 1892). Sin embargo, las relaciones entre ambos eran más bien frías y, además, Dionisio estaba en buenos términos con los Manterola. Y esa debió ser la razón por la cual puso a los agentes sobre la pista de un antiguo pretendiente de Margarita que era vecino de Orozko. Así, el día 15 se informaba desde Bilbao de la detención de un tal Domingo Ugarriza, que pocas horas más tarde fue puesto en libertad al comprobarse su inocencia. Dionisio también señaló a Antonio Larrazabal, hermano de Manuel, conocedor de la ruptura de relaciones entre ambos. ¿Desvió Dionisio la atención de forma deliberada para que las diligencias no se centraran en sus amigos los Manterola? ¿O actuó con buena intención pero equivocadamente?

Equivocado sin duda estaba José Ordeñana Isasi (Arrigorriaga, 1876), pariente de los de Gorostiza, de voz apocada y “gesto filosófico”, una especie de detective local que estuvo investigando el crimen por su cuenta y a quien el juez animó a seguir con sus pesquisas porque “parecía un perfecto policía”. Desde luego que, al menos en esta ocasión, Ordeñana no destacó precisamente por su perspicacia y capacidad investigadora, ya que sospechó en primer lugar de un muchacho de Lezama llamado Luciano Aldaiturriaga Ugarte (1899), que en tiempos pasados estableció tratos con la familia de Prudencia con el objeto de casarse con ella, a lo cual puso punto y final su padre Justo Basaldua al remitir una carta al padre de Luciano en la que decía “que nada había de lo dicho”. Fue una pista sin fundamento ninguno ya que Aldaiturriaga demostró que había estado en Lezama todo el día.

La prensa ya hablaba de “un crimen misterioso” carente de explicación y cuya autoría estaría envuelta en la más absoluta de las incertidumbres. Y quizá todo hubiera quedado así de no ser por las revelaciones que un díscolo muchacho realizó a un alcohólico que decidió dar parte ante las autoridades. Del encuentro de estos dos personajes marginales o inadptados en un lugar apartado y marginal habría de venir la resolución del caso.

 

El 29 de junio Román Larrinaga, más conocido como “Polido”, de 26 años, acudió al puesto de la Guardia Civil de Laudio/Llodio para poner en su conocimiento las importantes revelaciones que el niño José Maria Achurra, criado en el caserío Larrabe, le había realizado tras encontrarse ambos en el monte. Era tal la melopea que calzaba Polido que apenas se tenía en pie y los guardias no le creyeron y le despacharon con viento fresco; pero ni corto ni perezoso tomó el tren y se personó en el despacho del juez del distrito de Amurrio, el señor Federico López Costa, que era quien estaba a cargo de la instrucción del caso.

Tras el testimonio del ebrio individuo, el juez se trasladó en coche a Laudio/Llodio junto al actuario, el alguacil y el mismo denunciante, rumbo a Larrabe para ver al joven Achurra, que ratificó lo que previamente había contado: que Josefa Magrach y su hija Leandra Manterola (1893) habían asesinado a Margarita Basaldua. El había sido testigo de cómo ambas salieron de casa por la noche y regresaron al de poco rato, con Josefa vistiendo una camisa de hombre manchada de sangre que posteriormente Juan habría llevado a quemar al horno de Gorostiza. Posteriormente, les habría escuchado hablar en euskera entre ellas del crimen.

En consecuencia, el juez ordenó la detención de ambas, así como de Juan y Toribia Manterola, Felipe Urquijo, y todos los habitantes del caserío Gorostiza (Juan Francisco Escauriaza, Maria Juana Isusi, Lázaro Escauriaza, Luisa Encarnación Escauriaza y Alfredo Hermosilla) como autores, cómplices y encubridores del crimen.

Tras los interrogatorios pertinentes, el día 31 el juez López Costa ordenó la prisión sin fianza para Josefa y sus hijos Juan y Leandra como presuntos autores del asesinato de Margarita Basaldua, éstos inducidos por aquella, acusación que todos ellos negaban. Se creía que el arma homicida había sido un martillo picacho o instrumento similar con el que la víctima recibió tres golpes fatales en la cabeza. ¿El móvil? Simple venganza por la negativa de Margarita a casarse con Juan, con el agravante de la ruptura de Eustaquio Urquijo con Toribia Manterola para inicar relaciones con la hermana de la víctima, las cuales iban a concretarse el día después del crimen en una comida en la fiesta de San Antonio.

También permaneció en la cárcel Juan Francisco Escauriaza Urquijo (1871). Los cuatro presos coincidieron en la cárcel de Amurrio con otros 5 reclusos internados como presuntos autores de un crimen cometido en Izarra a mediados de octubre. A finales de noviembre ya estaba terminado el sumario correspondiente pero el Juzgado de Amurrio fue suprimido el 1 de enero de 1927. De este modo, el juez fue trasladado a Saldaña (Palencia) y los presos de Amurrio, 5 hombres y 2 mujeres, fueron trasladados a Vitoria-Gasteiz hasta la fecha del juicio. Un juicio que levantó mucha expectación y tuvo plena cobertura por parte del principal medio de comunicación escrito de Álava: El Heraldo Alavés.

 

Tercera Parte