Naturales del Alto Nervión fallecidos en la Guerra Civil

Para la elaboración de este listado, me he valido de la base de datos que Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, publicó hace pocos meses en su página web y que recoge fichas de fallecidos entre 1936 y 1945 tanto en el frente como en la retaguardia a consecuencia de la Guerra Civil, en uno y otro bando. Por mi parte, además de recopilar estos datos, he efectuado correcciones en la onomástica y en otros datos, además de incluir algunos individuos que, sorprendentemente por ser sus muertes bien conocidas, no aparecen en esta base de datos.

Hay que señalar también que se incluyen tanto vecinos de los municipios de la comarca como personas nacidas aquí pero residentes en otros lugares en el momento de comenzar la Guerra. Por el contrario, NO se han incluido los fallecimientos que tuvieron lugar en combate en esta comarca de personas de fuera.

Son un total de 214 personas, a las que cabría añadir otros once nombres que Gogora recoge aunque no sabemos muy bien por qué, ya que las circunstancias de la muerte de estas personas no se terminan de aclarar. A tenor de lo mucho que se suele inflar cualquier tipo de cifra, sobre todo cuando hay cuestiones políticas de por medio y posibilidades de sacar réditos, pueden no parecer muchas, aunque nadie podría decir que 214 fallecimientos son pocos. Siempre son muchos. Pero sí es cierto que la nuestra parece haber sido una comarca que no resultó especialmente castigada en este sentido, sobre si tenemos en cuenta que el total de nombres de la base de datos empleada supera los 20.000. Respecto a la incidencia sobre la población total de la comarca, téngase en cuenta que era de 14.855 en el censo de población de 1930, probablemente mayor en 1936.

No entraremos en más consideraciones y que cada cual extraiga las conclusiones que considere pertinentes. Cualquier aportación y comentario siempre bienvenido como siempre.

MUERTOS EN COMBATE CON LOS SUBLEVADOS (45)

1. Acha Aspe, Jesús: natural de Baranbio. Fallecido el 23 de enero de 1939 en Monterrubio de la Serena (Badajoz)

2. Acha Gabiña, Maximino: natural de Amurrio. Fallecido el 26 de enero de 1938 en Pamplona tras ser herido en el Ebro luchando en el Tercio de la Virgen de Begoña. Anteriormente, había sido gudari en el Batallón Araba desde octubre de 1936 hasta el final de la guerra en Euskadi (en la base de datos de Gogora aparece erróneamente como Ochoa)

3. Acha Zubiaur, Eduardo: natural de Llodio, falleció luchando en un tercio de requetés (no aparece en la base de datos de Gogora)

4. Ais Gallastegui, Juan: natural de Luyando, fallecido en el frente el 22 de enero de 1938. Anteriormente, había sido gudari del batallón nacionalista Irrintzi.

5. Alday Solloa, Ismael: natural de Ayala, muerto en combate el 30 de diciembre de 1936

6. Arberas Ugarte, Eugenio: natural de Delika, fallecido en combate el 10 de noviembre de 1938 en Gandesa (Tarragona)

7. Barcina Jocano, Saturnino: natural de Orduña, fallecido en el transcurso de la batalla de Villarreal el 3 de diciembre de 1936

8. Bardeci Herrán, Pedro Antonio: natural de Arrastaria, fallecido en el frente de Lleida el 30 de diciembre de 1938

9. Campo Orue, Julián: natural de Ayala, fallecido en el monte Isuskiza el 19 de octubre de 1936

10. Cámara Sologuren, Joaquín Andrés: natural de Orduña, vecino de Abadiño, fallecido en el frente de Teruel el 4 de enero de 1938

11. Cuadra Otaola, Félix: natural de Mendeika, falleció en acción con los sublevados (no aparece en la base de datos de Gogora)

12. Escudero Montoya, José Antonio: natural de Orduña, fallecido el 9 de agosto de 1938 en Castuera, era médico

13. Garay Ruiz, Fernando: natural de Orduña, muerto en el frente de Lleida el 7 de enero de 1939

14. Gastaca Michelena, José Luis: natural y vecino de Okondo, fallecido en el frente catalán el 11 de enero de 1939

15. Goicoechea Malcuartu, Antonio: natural de Ayala, muerto en el frente de Madrid el 26 de julio de 1937

16. Ibáñez Quintana, Perfecto: natural de Orduña (sin más datos)

17. Ibáñez Quintana, Víctor: natural de Orduña, muerto en el Frente de León el 18 de septiembre de 1937

18. Iturbe Aldama, Juan José: natural de Amurrio (barrio Onsoño), fallecido en el frente de Gandesa (Tarragona) el 6 de septiembre de 1938

19. Izarza Manterola, Máximo: vecino de Llodio, muerto en el frente de Lleida el 2 de enero de 1939

20. Leal de Ibarra Murga, Felipe: natural de Ayala, fallecido el 19 de mayo de 1938 en Pamplona

21. Llarena Cuadra, Valero: natural de Orduña, vecino de Tertanga, fallecido en Alén el 23 de junio de 1937

22. Menoyo Aldaiturriaga, Vicente: natural de Respaldiza, muerto en el frente sublevado el 19 de octubre de 1936 en Las Navas del Marqués (Ávila)

23. Menoyo Ibarra, Félix: natural de Ayala, vecino de Belandia, muerto en el frente de Tella (Huesca) el 14 de junio de 1938

24. Menoyo Mezcorta, Luis: natural de Orduña, fallecido en el frente de Santa Eulalia (Teruel) el 10 de enero de 1938

25. Muéllades Uriarte, Jesús: natural de Orduña, fallecido en el frente de Zaragoza

26. Olabarrieta Lataburu, José María: natural de Amurrio, muerto en Irún el 19 de octubre de 1938

27. Orive Álava, Juan: vecino de Ayala, fallecido en el frente de Cogolludo (Guadalajara)

28. Ortiz Menoyo, Agustín: natural de Izoria, fallecido en el frente en Caspe el 16 de abril de 1938 en un batallón de legionarios. Había sido gudari del Batallón Araba desde octubre de 1936 hasta el final de la guerra en Euskadi

29. Otaolaurruchi Ugarte, Tomás: natural de Ayala, muerto en el frente de Alcora el 8 de julio de 1938

30. Perea Rojo, Félix: natural de Orduña, muerto en el frente del Ebro el 11 de agosto de 1938

31. Pérez Saracho, Miguel: natural de Artziniega, muerto en el frente catalán el 3 de abril de 1938

32. Porres Respaldiza, Venancio: vecino de Delika, muerto en el Gorbea el 7 de abril de 1937

33. Salas Larrazabal, Ignacio: vecino de Orduña, fallecido el 2 de septiembre de 1938

34. Salazar Larrazabal, Francisco Félix: natural de Llodio, abogado, fallecido en el frente de Castellón el 10 de mayo de 1938

35. San Martín Aguirre, Narciso: natural de Belandia, muerto en el frente de Teruel el 30 de diciembre de 1937

36. Soldevilla Soldevilla, Pablo: natural de Sojo, muerto en el frente de Zaragoza el 18 de abril de 1937

37. Solloa Solloa, Eduardo: natural de Menagarai, falleció en el frente de Aragón el 4 de marzo de 1938. Había sido gudari del Batallón Araba desde octubre de 1936 hasta el final de la guerra en Euskadi

38. Tellaeche Ugarte, Miguel: natural de Arrastaria, muerto en el frente de Extremadura el 12 de enero de 1939

39. Urquijo Muñuzuri, Cándido: natural de Llodio, muerto en el frente de Teruel el 9 de febrero de 1938

40. Urquijo Muñuzuri, José María: natural de Llodio, muerto en el frente de Tarragona el 19 de enero de 1939

41. Uzquiano Gutiérrez, Domingo: natural de Lejarzo, fallecido en el frente de Royuela (Teruel) el 22 de junio de 1938

42. Vergara Echeguren, Alberto: natural de Respaldiza, muerto en el frente de Castellón el 13 de septiembre de 1938

43. Viguri Alonso, Oswaldo: natural de Orduña, muerto en el frente de Castellón el 19 de mayo de 1937

44. Villate Ugarte, Jesús Victorino: natural de Delika, muerto en el frente de Extremadura el 9 de enero de 1939

45. Zulueta Olabarrieta, Urbano: natural de Delika, fallecido en el monte San Pedro en 1937

MUERTOS EN COMBATE CON LOS REPUBLICANOS (55)

46. Aguirre Menoyo, Epifanio: natural de Orduña, muerto en este lugar el 14 de enero de 1937

47. Aldaiturriaga Sagarduy, Juan: natural de Luyando, fallecido en el frente de Orduña el 11 de diciembre de 1936

48. Alday Olamendi, Nicolás: natural de Baranbio, fallecido en Ontón el 4 de julio de 1937. Gudari del Batallón Araba

49. Arandia Gastaca, Nemesio: natural de Llodio, vecino de Basauri, fallecido el 27 de julio de 1937 en la ermita de San Roque de Bilbao

50. Arberas Ugarte, Olegario: natural de Saratxo, fallecido el 18 de junio de 1937 en el monte Arraiz. Gudari del Batallón Araba

51. Arregui San Juan, Froilán Enrique: natural de Artziniega, vecino de Sestao, fallecido en Dima el 18 de mayo de 1937

52. Arza Larrinaga, Lucio: natural de Llodio, fallecido en Bilbao el 9 de abril de 1937. Miliciano del Meabe-2

53. Arzuaga Sagarduy, Antonio: natural de Luyando, vecino de Barakaldo, fallecido en Dima el 22 de mayo de 1937

54. Arnaiz Arteche, Santiago: natural de Llodio, vecino de Basauri, fallecido en Otxandio en un bombardeo el 22 de julio de 1936

55. Axpe Zabaleta, Prudencio: natural de Baranbio, vecino de Ugao, fallecido el 25 de enero de 1937 en Arrasate

56. Bardeci Angulo, Zacarías: natural de Arrastaria, fallecido en Otxandio el 1 de abril de 1937

57. Castaños Ribacoba, Francisco: natural del valle de Mena, vecino de Llodio, fallecido el 2 de enero de 1937 en Basurto

58. Fernández Isusquiza, Juan: natural de Artziniega, vecino de Bilbao, fallecido en Amorebieta el 15 de mayo de 1937

59. Galán Hernández, Juan: vecino de Llodio, muerto en Artea el 23 de mayo de 1937

60. Gochi Tercilla, Rufino: natural de Salmanton, gudari del Batallón Aralar

61. Goitia Solaun, Francisco: natural de Llodio, fallecido el 4 de abril de 1937 en Legutiano

62. Gorbea Aldama, Victoriano: natural de Añes, fallecido el 2 de diciembre de 1936 en el frente de Txabalopea

63. Guinea Albizuri, Estanislao: natural de Delika, fallecido en Balmaseda el 26 de julio de 1937. Miliciano del UGT-9

64. Guinea Crespo, Cipriano: natural de Orduña, vecino de Bilbao, fallecido en Eibar el 27 de abril de 1937

65. Hernando Salaberria, Saturnino: natural de Izoria, cartero, muerto en un bombardeo en Otxandio el 22 de julio de 1936

66. Ibarlucea Guisasola, Cándido: natural de Llodio, vecino de Mungia, fallecido durante la batalla de Villarreal el 6 de diciembre de 1936

67. Ibarra Larrazabal, Crescencio: natural de Llodio, muerto en el sector de Fruiz el 15 de mayo de 1937

68. Jauregui Larrazabal, Crescencio: natural de Murga, muerto en Mungia el 19 de mayo de 1937. Gudari del Batallón Araba

69. Iñiguez Otegui, José María; natural de Baranbio, fallecido en Limpias el 5 de julio de 1937. Gudari del Batallón Araba

70. Lacuesta Isasmendi, Modesto: natural de Artziniega, vecino de Bilbao, muerto el 31 de marzo de 1937

71. Larrazabal San Martín, Pedro: natural de Ayala, vecino de Sestao, fallecido el 24 de mayo de 1937 en Lemoa

72. Lemoniz Leguina, Juan: natural de Gorliz y vecino de Amurrio, fallecido en la batalla de Villarreal el 1 de diciembre de 1936. Gudari del Batallón Araba

73. Loizaga San Román, Calixto: natural de Zalla y vecino de Llodio, fallecido el 15 de junio de 1937. Gudari del Batallón Araba

74. López Ibáñez, Eugenio: natural de Kuartango y vecino de Amurrio, fallecido el 27 de junio de 1937 en Muskiz. Miliciano del Batallón Bakunin

75. López Rico, José: natural de Orduña, fallecido el 20 de abril de 1937 en Amurrio al gangrenársele una herida de bala. Gudari del Batallón Araba

76. Madariaga, Alberto: natural de Orduña, fallecido el 19 de junio de 1937 en Bilbao

77. Martínez, Saturnino: vecino de Orduña, falelcido en Mungia el 14 de mayo de 1937

78. Martínez Iglesias, Jacinto: natural de Llodio y vecino de Arrigorriaga, fallecido en el frente guipuzcoano el 24 de septiembre de 1936

79. Menoyo Gochi, Zacarías: natural de Orduña y vecino de Amurrio, fallecido en la batalla de Villarreal el 30 de noviembre de 1936. Gudari del Batallón Araba

80. Nalda Angulo, Luis: riojano y vecino de Llodio, fallecido en Lemoa el 13 de junio de 1937

81. Olivares Oseguera, Fermín: natural de Ayala, fallecido el 13 de mayo de 1937

82. Oqueranza Landaluze, Andrés: natural de Llodio, fallecido en el monte Arraiz el 18 de junio de 1937 (no aparece en la base de datos de Gogora). Gudari del Batallón Araba

83. Orue Otaola, Eugenio: natural de Larrinbe y vecino de Etxebarri, fallecido en Otxandio el 7 de abril de 1937

84. Orue Otaola, Ángel: natural de Larrinbe, fallecido en el hospital de Areta el 9 de diciembre de 1936

85. Oseguera Amirola, Florencio: natural de Ayala, fallecido el 6 de junio de 1937 en Gatika. Gudari del Batallón Araba

86. Otaola Aranzadi, Alejandro: natural de Okondo, fallecido en el monte Sollube. Gudari del Batallón Araba

87. Regúlez Plágaro, Manuel: natural de Okondo y vecino de Gordexola, fallecido en Amorebieta el 22 de mayo de 1937

88. Ribacoba Ureta, Domingo Valentín: natural de Artziniega, fallecido el 2 de enero de 1937 en el hospital de Orduña

89. Sagarminaga Linaza, Pedro: natural de Lezama, fallecido el 18 de junio de 1937, seguramente en Arraiz

90. Santa Coloma Velasco, Felipe: natural de Ayala y vecino de Artziniega, fallecido el 17 de enero de 1937 en el frente de Orduña. Gudari del Batallón Araba

91. Solachi Zaldegui, Miguel: natural de Lezama, fallecido el 18 de junio de 1937 en Arraiz. Gudari del Batallón Araba

92. Tellaeche Iturralde, Victorino: natural de Artomaña yvecino de Orduña, militar de profesión, fallecido el 25 de septiembre de 1936 en Arrasate

93. Totoricagüena Porres, Teodoro: natural de Tertanga, fallecido el 3 de marzo de 1937 en Baranbio

94. Unanue Eguren, José Luis: natural de Olabezar, fallecido el 19 de junio de 1937 en Mungia. Gudari del Batallón Araba

95. Unzaga Rotaeche, Juan Luis: natural de Llodio, fallecido en Cantabria

96. Urruela Urrutia, Vicente: natural de Ayala, fallecido el 21 de junio de 1937 en Zalla

97. Urrutia Aldama, José María: natural de Amurrio, fallecido el 30 de noviembre de 1936 en la batalla de Villarreal. Gudari del Batallón Araba

98. Urrutia Urrutia, Francisco: natural de Ayala y vecino de Ugao, fallecido el 1 de abril de 1937 en el monte Kalamua

99. Zabalgoitia Alejandre, Pedro Javier: natural de Artziniega, fallecido el 7 de julio de 1937 en Villanueva de la Cañada

100. Zaldegui Ibarrola, Aniceto: natural de Lezama, fallecido en agosto de 1936 en Txibiarte (no aparece en la base de datos de Gogora)

REPRESIÓN REPUBLICANA (52)

101. Aguirre Respaldiza, Andrés: natural de Lezama, sacerdote, ejecutado el 2 de octubre de 1936 en la prisión del barco Cabo Quilates

102. Aguirre Menoyo, Marcelino: natural de Ayala y vecino de Arrigorriaga, ejecutado el 2 de octubre de 1936 en el Cabo Quilates

103. Apodaca Viguri, Santos: natural de Arrastaria y vecino de Orduña, asesinado el 19 de junio de 1937 en Retes de Llanteno

104. Aspiazu Aburuza, Víctor: natural de Astobiza, asesinado en el asalto a las cárceles del 4 de enero de 1937, en La Galera

105. Balza Velasco, Félix: natural de Lezama, asesinado en el asalto a las cárceles del 4 de enero de 1937, en La Galera

106. Cámara Barredo, Víctor: natural de Erbi, asesinado el 14 de octubre de 1936

107. Chaves Aguirregoitia, Ángel: natural de Artziniega y vecino de Muskiz, asesinado en el asalto a las cárceles del 4 de enero de 1937, en los Ángeles Custodios

108. Díaz de Acebedo Larrazabal, Ramón: natural de Orduña, ejecutado el 25 de septiembre de 1936 en la prisión del barco Cabo Quilates

109. Díez Moral, Benito: natural de Orduña y vecino de Bilbao, ejecutado el 4 de julio de 1937 en Ampuero

110. Esnarriaga Angulo, Leandro: vecino de Izoria, asesinado en el monte Babio el 25 de septiembre de 1936

111. Fernández Martín, Julia: natural de Baiona y vecina de Ayala, asesinada el 20 de septiembre de 1936

112. Huerta Lara, Luis: vecino de Artziniega, ejecutado el 25 de septiembre de 1936 en el Cabo Quilates

113. Ibarrola Zubiaur, Ricardo: natural de Llodio y vecino de Getxo, sacerdote, ejecutado el 17 de junio de 1937

114. Idoquilis Ugarte, Francisco: natural de Orduña, asesinado el 1 de septiembre de 1936

115. Imaz Usategui, Víctor: vecino de Amurrio (barrio Berganza), asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

116. Isasi Aldama, José Ramón: natural de Baranbio, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

117. Isasi Gorbea, Faustino: natural de Quejana, asesinado el 25 de septiembre de 1936

118. Iturbe Aldama, Víctor: natural de Amurrio (barrio Onsoño), asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

119. Iturrino Amoroto, José María: vecino de Orduña, asesinado el 12 de agosto de 1936

120. Izaguirre Aldaiturriaga, José: vecino de Ayala, asesinado el 25 de septiembre de 1936

121. Jauregui Zurimendi, Benito: natural de Ayala, asesinado el 7 de octubre de 1936

122. Landa San Pelayo, Benito: natural de Ayala, secretario del ayuntamiento, asesinado el 4 de enero en el asalto a las cárceles

123. Landaluce Olabuenaga, Martín: natural de Lezama y vecino de Orduña, asesinado el 27 de septiembre de 1936

124. Larrazabal Paul, Víctor: natural de Lezama, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

125. Mendia Menoyo, José María: natural de Menoio, asesinado el 19 de febrero de 1937

126. Menoyo Robina, Maximino: natural de Ayala, asesinado el 30 de agosto de 1936

127. Molinuevo Eizaguirre, Pedro: natural de Llodio, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

129. Nafarrate Díaz de Mendivil, Nicasio: natural de Areatza y sacerdote en Ayala, asesinado el 17 de septiembre de 1936

130. Orbea Gorostiaga, Águeda: natural de Zeanuri y vecina de Llodio, asesinada en Lamindano el 1 de agosto de 1936

131. Orbea Gorostiaga, Luis: natural de Zeanuri y vecino de Llodio, sacerdote, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles, en los Ángeles Custodios

132. Otaola Ibarrola, Bruno: vecino de Amurrio, asesinado el 27 de septiembre de 1936

133. Padura Aldama, Francisco: natural de Amurrio, asesinado el 25 de septiembre de 1936

134. Palacios Echevarria, Leonardo: natural de Bóveda y vecino de Izoria, asesinado el 22 de agosto de 1936

135. Perea Solaun, Victoriano: natural de Llodio, asesinado el 6 de septiembre de 1936

136. Plágaro Guinea, Juan: vecino de Larrinbe, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

137. Ramírez Murguía, Gregorio: sacerdote de Luyando, asesinado el 27 de septiembre de 1936

138. Román Gil, Juan: vecino de Baranbio, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

139. La Torre Goiri, Victoriano: vecino de Belandia, asesinado el 9 de agosto de 1936

140. Ugarte Arberas, Francisco: natural de Beluntza y cura en Ayala, ejecutado el 2 de octubre de 1936 en el Cabo Quilates

141. Urquijo Olano, Manuel Gregorio: natural de Larrinbe y vecino de Berriz, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

142. Urquiza Bea, Pablo: vecino de Llodio, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

143. Viguri Berganza, José María: vecino de Amurrio, asesinado el 26 de septiembre de 1936

144. Viguri Meaza, Guadalupe: vecina de Amurrio, asesinada junto a su padre el 26 de septiembre de 1936

145. Viguri Narbona, Máxima: vecina de Artomaña, asesinada el 4 de agosto de 1936 en Orduña

146. Villanueva Arbide, Luis: natural de Lezama, asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

148. Zuloaga Iturbe, Evaristo: nacido en Orozko y vecino de Amurrio (barrio Onsoño), asesinado el 4 de enero de 1937 en el asalto a las cárceles

149. Zulueta Olabarrieta, Narciso: natural de Delika, asesinado el 1 de octubre de 1936

150. Zuricalday Otaola, Francisco: natural de Okondo, asesinado el 25 de septiembre de 1936 en el barco Altuna Mendi

212. Legorburu Axpe, Fabián: sacerdote de Llodio, ejecutado el 24 de julio de 1936

213. Murga Álava, Víctor: vecino de Ayala, ejecutado el 24 de mayo de 1937

214. Pereda Trasviña, Jorge: vecino de Retes de Tudela, asesinado el 27 de junio de 1937 (en Gogora pone el 18 de diciembre de 1936)

REPRESIÓN SUBLEVADA (50)

151. Abasolo Oribe, Benito: natural de Ayala, ejecutado en Donostia el 13 de agosto de 1938

152. Acha Aldaiturriaga, Mateo: natural de Llodio, fallecido en cautividad en el Fuerte San Cristóbal el 16 de abril de 1944.

153. Aguirre Olamendi, Antonio: natural de Baranbio, falleció preso en el hospital militar de Gernika el 19 de diciembre de 1938

154. Albizua Albizua, Pedro: natural de Lejarzo, falleció en la cárcel de El Carmelo (Vitoria) el 13 de abril de 1939

155. Aldaiturriaga Guinea, Juana: natural de Orduña y vecina de Llodio, fue ejecutada por los sublevados el 21 de junio de 1937

156. Aldama Ugarte, Raimundo: natural de Larrinbe, falleció en el hospital de Santiago en Vitoria el 22 de agosto de 1941

157. Arandia Gastaca, Eduardo: natural de Llodio, vecino de Castrillón (Asturias), donde fue ejecutado por los sublevados el 1 de febrero de 1938

158. Arnaiz Arteche, Lorenzo: natural de Ayala, falleció el 22 de marzo de 1940 en el campo de concentración de Miranda de Ebro

159. Barañano Abendaño, Francisco: vecino de Amurrio, falleció el 12 de julio de 1937 en Laredo

160. Díaz Guinea, David: natural de Orduña y vecino de Alfoz de Bricia (Burgos), murió preso en Valdenoceda el 7 de agosto de 1942

161. Elorza Ormaechea, Daniel: natural de Ayala, ejecutado por Consejo de Guerra el 8 de agosto de 1938 en Pamplona

162. Gamboa Echaniz, Rodrigo: vecino de Orduña, ejecutado el 4 de agosto de 1936 en la plaza de este lugar

163. Garay Allende, José: vecino de Orduña, ejecutado por Consejo de Guerra el 22 de julio de 1937

164. García Díaz, Celestino: natural y vecino de Orduña, ejecutado por Consejo de Guerra el 15 de junio de 1939 en Burgos

165. Garín Díaz, Agustín: vecino de Tertanga, asesinado por los sublevados el 4 de agosto de 1936

166. Gochi Aspuru, Víctor: vecino de Maroño, asesinado el 23 de diciembre de 1937 en Belandia

167. González Redondo, Patricio: natural de Llodio y vecino de Santander, carabinero, ejecutado por Consejo de Guerra el 5 de octubre de 1938

168. Guinea Gochicoa, Conrado: natural de Lezama, muerto en prisión el 28 de enero de 1938

169. Huete Campos, Esteban: vecino de Orduña, ejecutado por Consejo de Guerra el 15 de diciembre de 1937 en Bilbao

170. Laña Elorza, Joaquín: natural de Lekamaña, fallecido en cautividad el 20 de noviembre de 1937 en Alanís (Sevilla)

171. Lecanda Lucandiz, Francisco: vecino de Llodio, ejecutado por Consejo de Guerra el 13 de marzo de 1938 en Bilbao

172. Llano Gutiérrez, Tomás: natural de Artziniega, fallecido en Alcañiz, cautivo

173. López de Añua, Justo: natural de Llodio, muerto en la prisión de El Dueso el 2 de diciembre de 1941

174. Montiel Pinedo, Antonio: natural de Orduña y vecino de Bilbao, ejecutado por Consejo de Guerra el 23 de noviembre de 1939 en Cantabria

175. Murga Larracoechea, Gerardo: vecino de Artomaña, asesinado el 13 de septiembre de 1936

128. Murias Díaz de Cerio, Manuel: natural de Getxo y vecino de Orduña, ejecutado tras Consejo de Guerra en septiembre de 1937 en Bilbao. Había sido alcalde de Orduña

176. Olabarria Arechaga, José: natural de Llodio, ejecutado por Consejo de Guerra el 25 de junio de 1938 en Vitoria

177. Ortiz Gurbista, Lucio: natural de Tertanga, asesinado el 4 de agosto de 1936

178. Orueta Olabarria, Marcos: natural de Llodio, ejecutado el 24 de octubre de 1938 en Bilbao

179. Padura Velasco, Saturnino: natural de Quejana, muerto en prisión el 12 de mayo de 1939 en Vitoria

180. Pagadizabal Bravo, Antonio: natural de Llodio, ejecutado por Consejo de Guerra el 24 de julio de 1939 en Madrid

181. Pérez de Nanclares Martínez, Benigno: natural de Orduña y vecino de Villava, ejecutado el 23 de noviembre de 1936 en esta localidad

182. Pinedo Arberas, Luis: vecino de Artomaña, asesinado el 13 de septiembre de 1936

183. Pinedo Braceras, Gregorio: vecino de Artomaña, asesinado el 13 de septiembre de 1936

184. Pinedo Arce, Rafael: natural de Orduña, muerto en la prisión de Santoña el 3 de abril de 1938

185. Pinedo Laburu, Fermín: natural de Orduña, muerto en cautividad en Alanís (Sevilla) el 23 de noviembre de 1937

186. Respaldiza Urquijo, Santos: natural de Okondo, ejecutado por Consejo de Guerra en Donostia el 17 de agosto de 1938

187. Sáinz Plaza, Máximo: vecino de Ayala, ejecutado el 22 de mayo de 1938 en el Fuerte San Cristóbal el día del famoso intento de fuga

188. Totoricagüena Porres, José: vecino de Tertanga, asesinado el 4 de agosto de 1936

189. Ugarte Ugarte, Jesús: natural de Arrastaria, falleció cautivo en Alanís (Sevilla) el 20 de noviembre de 1937

190. Uriarte Presillas, Alberto: natural de Llodio, ejecutado por Consejo de Guerra el 27 de abril de 1940 en Madrid

191. Uriondo Mimenza, José: natural de Amurrio (barrio Onsoño), ejecutado en Consejo de Guerra el 15 de febrero de 1941 en Vitoria

192. Usategui González, Casimiro: natural de Llodio y vecino de Basauri, maestro, falleció en un campo de concentración en Llanes el 6 de enero de 1938

193. Vacas Borde, Antonio: natural de Llodio, fallecido en la prisión de El Carmelo el 19 de diciembre de 1938

194. Vázquez Irazabal, Antonio: vecino de Amurrio, ejecutado por Consejo de Guerra el 17 de agosto de 1938 en Donostia

195: Velasco Castresana, Pablo: natural de Artziniega, fallecido en la prisión de Puerto de Santa María el 2 de marzo de 1942

196. Villamor Rodríguez, Domingo: natural de Molledo y vecino de Orduña, ejecutado por Consejo de Guerra el 4 de agosto de 1939 en Burgos

197. Zaldibar Fernández, Buenaventura: vecino de Artziniega, ejecutado por Consejo de Guerra el 6 de septiembre de 1937 en Bilbao

198. Zulueta Gabiña, Santos: natural de Lekamaña y vecino en un pueblo de Cuenca, falleció preso en Uclés el 3 de agosto de 1942

199. Zulueta Mendia, Saturnino: vecino de Aloria, muerto preso en Vitoria el 24 de febrero de 1938

FALLECIDOS EN BOMBARDEOS SUBLEVADOS (12)

200. Bea Balza, Ángel: natural de Lezama, fallecido en bombardeo en Durango el 31 de marzo de 1937

201: Larrazabal Viguri, Cristina: natural de Orduña y vecina de Sestao, fallecida en un bombardeo el 23 de mayo de 1937 en el mismo Sestao

202. Martín Carrión, Encarnación: natural y vecina de Llodio, 15 años, fallecida en un bombardeo el 21 de junio de 1937

203. Martín Carrión, Josefina: natural y vecina de Llodio, 3 años, fallecida en un bombardeo el 21 de junio de 1937

204. Moya Basauri, Ramón: vecino de Areta fallecido en un bombardeo el 14 de junio de 1937 en Areta

205. Oqueranza Landaluze, Josefa: natural de Llodio, fallecida en Sant Quirze de Besora en un bombardeo el 23 de enero de 1939

206. Picaza Sarachaga, Pedro: natural de Amurrio, fallecido en un bombardeo en Llodio el 14 de junio de 1937

207. Santamarina Cuadra, Francisca: natural de Amurrio, fallecida en un bombardeo el 6 de junio de 1937

208. Sarachaga Landazuri, Demetria: natural de Saratxo, fallecida en un bombardeo sublevado el 26 de mayo de 1937

209. Sauto Angulo, Jesús: natural de Orduña y vecino de Getxo, fallecido el 21 de octubre de 1936 en un bombardeo en el mismo Getxo

210. Ugarte Landazuri, Mónica: natural de Larrinbe, fallecida en un bombardeo el 11 de junio de 1937

211. Viana Lecanda, Pedro: natural de Llodio, 5 años, fallecido en bombardeo el 21 de junio de 1937

OTROS (11)

María Cruz Añibarro Perea: nacida en Lezama, vecina de Orduña, casada y con tres hijos, fallecida en Orduña el 31 de diciembre de 1936

Marina Apodaca Santamarina: nacida y vecina de Orduña, fallecida el 30 de diciembre de 1936

Rosario Garriga Landaluce: natural de Orduña, vecina de Amurrio, muerta el 11 de junio de 1937

Félix Hernando Aldaiturriaga: natural de Ayala, muerto en agosto de 1939 en Irún

Manuel Isasi Ugarriza: Baranbio, 52 años, muerto en la carretera el 14 de febrero de 1942

Juan Iturribarria Elejalde: de Orduña, 11 años, muerto en el hospital de Basurto el 26 de julio de 1937

José María Llano Yarritu: muerto en Amurrio a los 6 años, 22 de junio de 1937

Pascual Menoyo Aspiazu: de Ayala, murió en Llanteno el 29 de junio de 1937

Emeterio Pinedo Parraza: natural de Amurrio (Delika), 76 años, muerto en Orduña el 9 de noviembre de 1936

Felix Ussia Iturrondobeitia: de Laudio, muerto en Cantabria, sin más datos

Julia Villate Gauna: nacida en Artziniega, 14 años, muerta en Beotegi el 15 de julio de 1937

ETA llega a la comarca (1965)

Euzkadi Ta Azkatasuna (ETA) celebró su IV Asamblea en una borda de pastores de la zona de Arantzazu-Urbia a principios de julio de 1965. Su nombre se había dado a conocer el 31 de julio de 1959 en una carta escrita al lehendakari Agirre pero eso no significa que ETA naciera ese día, como tantas veces se ha dicho. Tampoco nació en un seminario ni fue estrictamente una escisión del PNV, otros dos asertos tan habituales como inexactos. En realidad, ETA era el nombre que había adoptado un grupo de jóvenes nacionalistas cuya actividad se había iniciado en 1952 y que fueron conocidos como ‘Ekin’. Ciertamente, después se acercaron a las juventudes del PNV y llegó a producirse una unión entre éstos y Euzko Gaztedi (EGI), pero por diversas razones que no vienen al caso se produjo una ruptura, siendo el grupo Ekin mayoritario respecto a los que permanecieron fieles al PNV. En un momento entre diciembre de 1958 y julio de 1959, se adoptó un nombre para marcar distancias e individualizarse como grupo, y ese nombre fue ETA, aunque casi nada cambió respecto a la fase anterior. No por el momento.

A la altura de 1965 las influencias izquierdistas eran ya potentes en ETA, puesto que la reactivación del movimiento obrero en 1962 no dejó a nadie indiferente. Pero la organización estaba muy lejos de ser lo que llegaría a ser, en todos los sentidos. Por poner un ejemplo ilustrativo, los militantes destacados de este momento (Zalbide, Iturrioz, Zumalde, Eskubi, Madariaga, J. F. Azurmendi, Aspuru, etc.) poco o nada pintaban ya en la organización en 1970 (Juan José Etxabe sería más bien la excepción a la regla), y muchos de ellos ni siquiera militaban ya en ella.

Por aquel entonces, en ETA se hablaba y discutía mucho más de lo que realmente se hacía. Habían teorizado sobre la puesta en marcha de una sublevación revolucionaria de corte guerrillero a la usanza de la argelina o la cubana, pero la realidad era tozuda y ni siquiera tenían armas más allá de alguna que otra maltrecha y vieja pistola, casi sin munición. En una ocasión habían logrado robar cierta cantidad de dinamita que fueron gastando en volar monumentos de exaltación a los ‘Caídos por Dios y por España’ del bando franquista. En realidad, la actividad principal de ETA era la propagandística: colocación de ikurriñas, pintadas a troche y moche, reparto de panfletos, octavillas y revistas clandestinas, etc. Poco más. La represión del régimen no era ninguna tontería y para aquellas alturas muchos de sus militantes ya habían pasado por la cárcel, donde las torturas eran habituales. De hecho, casi todos los fundadores y militantes de primera hora estaban ya exiliados o desvinculados.

A grandes rasgos, en la IV Asamblea, a la que asistieron una treintena de militantes, se aprobó la ponencia ‘Bases teóricas de la guerra revolucionaria’, escrita por José Luis Zalbide, el hombre fuerte de la organización en este momento, que trataba de adaptar la estrategia guerrillera a las condiciones vascas y al grado real de desarrollo organizativo de ETA. Además, ideológicamente se aprobó de manera definitiva el socialismo como futuro de la sociedad vasca, abriendo así la veda para posteriores aportaciones marxistas y revolucionarias. Eso significa que fue en esta asamblea cuando se decidió que la liberación nacional y la lucha de clases no eran más que dos caras de la misma moneda, pero al no definir una estrategia que concretara todo ello en el futuro unos primaron una de las caras y otros otra, lo que habría ser fuente de escisiones, la primera de ellas al cabo de año y medio. Pero esa es otra historia.

Lo cierto es que ETA no tenía dinero, pues hasta entonces se había financiado con las cuotas de sus militantes y alguna que otra aportación voluntaria de abertzales, no pocos de ellos residentes en América. De este modo, se decidió comenzar a robar, “requisar” según decían, a los grupos capitalistas. No lo hicieron sin más, sino que lo anunciaron en su revista oficial, Zutik!, y se justificaron ante sus parroquianos, lo que es muy significativo sobre los tabúes y recelos que la militancia y la sociedad en general tenían acerca del uso de la violencia por limitada que ésta fuera por el momento. A finales de septiembre, la dirección de ETA decidió asaltar a un cobrador de banco; la acción fue un fracaso, Zalbide terminó accidentado, herido, detenido, encarcelado y condenado a 20 años, y el resto de participantes puso pies en polvorosa a Francia (dos de ellos terminaron en Venezuela).

La cuestión es que, poco antes de esta intentona, ETA había anunciado en su revista que el paso a las requisas no era ninguna fantasmada, puesto que ya estaban llevando a cabo algunas. Y aquí es cuando entra en escena nuestra comarca. En un Zutik! publicado en dicho mes de septiembre se aseguraba que a primeros de mes la policía había descubierto en Amurrio uno de los puestos operacionales de la organización con una serie de vehículos “requisados”, matrículas y documentaciones falsas, etc. En realidad, parece que trataban hacer de la necesidad virtud al presentar esta caída como un triunfo, pues en su boletín de noticias, llamado Zutik Berriak, afrimaban que dos miembros de ETA habían sido detenidos en Amurrio por la Guardia Civil de tráfico pero lograron zafarse mientras verificaban su identidad y huir bajo un intenso tiroteo. Según este documento, los activistas habrían conseguido cambiarse de ropa y pasar así inadvertidos por delante de los guardias.

Comentaban que, días después, la versión oficial aseguró que eran ladrones de coches que vendían de contrabando vehículos traídos del extranjero, que es precisamente la versión que apareció en la prensa. El 12 de septiembre de 1965 La Gaceta del Norte publicaba una noticia titulada ‘Dos «veraneantes» huyen de la Guarcia Civil abandonando su coche en el pueblo’, debajo de un encabezado que reza ‘Película de misterio, en Amurrio’. He aquí su contenido a grandes rasgos.

Hacía mes y medio (justo inmediatamente después de la IV Asamblea) un par de jóvenes situados entre los 20 y los 25 años llegaron a Larrinbe diciendo ser estudiantes de Deusto con intención de alquilar un caserío. “Eran dos chicos bien presentados, simpáticos, que no infundían ninguna desconfianza”. Se instalaron en la casa (el caserío Kortina, según hemos sabido), que estaba vacía y sin amueblar, y comenzaron a vivir allí un poco precariamente, ayudando a los vecinos a trillar y otras labores. Tenían, eso sí, dos coches, un 203 y un 600, y una moto, y a veces dos, porque lo cierto es que recibían bastantes visitas, incluidas las de unos señores mayores que dijeron ser sus padres. A pesar de las idas y venidas tanto de ellos como de otra gente, los vecinos no sospecharon nada raro. Hay que tener en cuenta que esta era una zona muy tranquila en general, y políticamente sobre todo. De hecho, probablemente muy pocos habrían oído hablar alguna vez de ETA, quizá nadie si no fuera por el inusitado bombo que un artículo del periódico franquista El Español había dado a una organización por aquel entonces muy débil. En la documentación interna de la organización, no figura hasta entonces ningún tipo de acción (pintadas, siembra de octavillas, etc.) en la zona, ni militantes de este lugar, nada de nada. De ahí lo relevante de este caso.

El día 10 de septiembre por la mañana bajaron a Amurrio y, cuando enfilaban la carretera a Balmaseda, vieron tras ellos dos guardia civiles de tráfico. Uno de ellos rebasó el coche sin hacer señal alguna de que se detuvieran, momento en que los dos ocupantes del vehículo abrieron las puertas y salieron corriendo. Los guardias dispararon tres tiros al aire. Uno de los fugitivos iba vestido con una camisa roja y tras pasar por la plaza y saltar alguna valla llegó a la trasera de una casa donde un zapatero remendaba sus zapatos, llamó, atravesó la estancia y salió por el otro lado. En el portal adyacente se quitó la camisa y se puso un impermeable de plástico y una gorra del mismo tipo y subió por las escaleras. Allí se encontró con un joven sacerdote que bajaba a la calle con el monaguillo. Con ellos salió de la casa y logró marchar llegando hasta el caserío de Larrinbe, cogiendo un coche, pero trató de salir por un camino distinto de la carretera y se quedó atrapado, de modo que pidió ayuda “del casero de Marigorta, al lado de la ermita de San Mamés, con toda naturalidad”. El casero con sus bueyes sacó el coche a la carretera y parece que luego recogió al otro individuo, que también había logrado escapar y esperaba a pie de carretera. La Guardia Civil registró el caserío y encontró una moto matrícula San Sebastián, matrículas de coche, algunas herramientas y libros. Se dice que la teoría que manejaban es que se dedicaban a transformar las matrículas y pintura y números de motor de los coches que traían del extranjero para venderlos en España. Hasta aquí la versión aportada por la prensa

Lo cierto es que, independientemente de las versiones expuestas tanto por la prensa como por ETA en sus propios documentos, de alguna manera que desconocemos al final se supo en la zona que aquellos muchachos eran miembros de ETA. Por aquel entonces, la organización contaba con muy pocos liberados (personas con dedicación exclusiva), prácticamente contados, pues no tenían dinero, y el propio Zalbide contaría posteriormente que la necesidad de medios era perentoria (consta un escrito suyo diciendo que un día había comido solo dos croquetas). Aquellos primeros liberados pasaban hambre literalmente. Al ser verano, puede que nuestros protagonistas fueran realmente estudiantes (gran parte de los militantes de entonces lo eran). Lo que no cabe duda es que debieron acudir a nuestra comarca en busca de un refugio seguro, pues no habían tenido ninguna incidencia en esta zona y no levantarían sospechas. No consta que su objetivo fuera realizar propaganda y captar militantes en esta zona.

Sea como fuere, la acción fue bastante nombrada en los documentos de ETA de la época. No era la primera vez que algunos activistas huían entre tiros y la organización insistía -con fines propagandísticos, lo cual no quita que las fuerzas de seguridad no se anduvieran con medias tintas- en la consigna que tendria la Guardia Civil de disparar a los separatistas, que en este caso parece claro que no iban armados. Tampoco podemos asegurar que los acontecimientos ocurrieran tal y como se contaron en la prensa pero sí de forma aproximada. Pero, por desgracia, nunca se aclaró quiénes fueron estos dos activistas, y probablemente nunca lo sabremos.

El mayorazgo de Ugarte en Amurrio

Como todos sabemos, Ugarte es uno de los barrios que conforman la localidad de Amurrio “desde siempre”. Allí se encuentra, junto a la carretera, un edificio que en el momento de escribir estas letras apenas es visible porque la vegetación se ha adueñado por completo de sus muros, aunque no hace tanto, aún abandonado, podía apreciarse su factura, más bien moderna, la más reciente encarnación de una casa antigua, la principal del barrio y una de las más importantes del pueblo y la comarca. Sobre ella y los que fueron sus dueños trataremos en este artículo.

En el expediente de hidalguía del Capitán Juan de Ugarte, del año 1638 y sobre el que tratamos en números anteriores de esta revista, se decía que las casas de Ugarte en Astobiza, Ziorraga, Berganza, Lezama y Amurrio eran todas dependientes de la originaria casa torre de los Ugarte, en el valle de Laudio/Llodio. Esto es cierto para los tres primeros lugares citados, ya que sabemos que uno de los señores de Ugarte de Llodio fue al mismo tiempo señor de la casa torre de Astobiza, cuyos descendientes radicaron en la casa torre de Ziorraga y en la de Jauregia en Berganza. El parentesco entre todos ellos se manifiesta en su apellido, Fernández de Ugarte. Sin embargo, no conocemos ningún documento que nos aclare el origen de los Ugarte de Amurrio, ni de la familia de la que vamos a hablar ni de otras que también lucieron este apellido, que no fueron pocas.

Así, los Ugarte en Amurrio son muy abundantes desde los primeros registros parroquiales, de mediados del siglo XVI, y es imposible que todos desciendan de un tronco común. Por entonces, había familias importantes de este apellido en el mismo barrio de Ugarte, en Armuru y en Urieta, sin parentesco próximo que nosotros sepamos, además de otras familias de menos enjundia que llevaban el mismo apelativo.Por ello, creemos que el solar de Ugarte, que da nombre a todo un barrio, habría sido realmente ajeno al de Llodio. Muestra de esta ausencia de vínculos con aquel sería el hecho de que en Amurrio no lucen el patronímico Fernández, sino otros como Martínez de Ugarte o Sáez de Ugarte.

Pero los dueños de la casa más principal de Ugarte usaron otro patronímico distinto, Ortiz. Y de ellos hablaremos a continuación.

HERNANDO ORTIZ DE UGARTE

Sobre 1534 los señores de la casa torre de Astobiza, el Caballero de Santiago Cristóbal de Mújica y Ana Hurtado de Mendoza, fallecieron prematuramente lejos de Ayala en menos de un mes. Para disponer de sus cosas, tanto en lo espiritual como en lo terrenal, habían dado facultad al padre de ella, Lope Hurtado de Mendoza, que en enero de 1535 dispuso todo lo concerniente a las honras por sus almas y la gestión de sus bienes. Una de las cláusulas decía: “que se cumplan los contratos de casamientos que mandaron los dhos don xpoual e dona ana a preseual de muxica e a dona ynes de muxica muger de hernando de ugarte yjos del dho don xpoual”[1]. Aunque Inés de Mújica figura aquí como mujer de Hernando de Ugarte, a continuación se expresa que aquella debía recibir 10.000 maravedís cuando se casara, por lo que probablemente habían hecho esponsales y vivían juntos pero sin haber formalizado el matrimonio propiamente dicho. Como se dice en la cita anterior, Inés -que en otras ocasiones aparece con el nombre de Leonor- y Presebal fueron hijos de Cristóbal…pero no de Ana. Sabemos que Presebal nació hacia 1512 y suponemos que Inés lo debió hacer un par de años antes o después pero Cristóbal y Ana no se casaron hasta 1526[2]. Por lo tanto, fueron hijos de Cristóbal en su soltería aunque no sabemos quién fue la madre.

Ser un hijo ilegítimo por aquel entonces no era un obstáculo para quienes tenían poder y recursos económicos, de manera que nadie fue capaz de hacer sombra en Ayala a Presebal de Mújica, que vivió en Luiaondo. Y su cuñado Hernando Ortiz de Ugarte no le fue a la zaga. Lo lógica sería pensar que Hernando fue natural y heredero del solar de Ugarte en Amurrio, en el que vivió, pero lo cierto es que la documentación histórica no arroja sombra alguna sobre su origen: fue natural de Saratxo, hijo de Juan Sánchez de Derendano y Marina de Echeguren. Siendo así, Hernando debió tomar el apellido Ugarte al pasar a residir a esta casa; el problema es que nada indica que ésta hubiera sido de Inés de Mújica. Entonces, ¿estuvo Hernando casado en primeras nupcias con una presunta heredera de la casa solar de Ugarte y de ahí que adoptara el apellido? Por el momento, no lo sabemos, de modo que el origen de esta casa continúa siendo una incógnita para nosotros.

Lo que podemos afirmar es que Hernando de Ugarte ya era un personaje importante en la comarca en 1533, ya que aparece junto a otros muchos ayaleses aceptando la sentencia del Consejo Real que obligó a la Tierra de Ayala a regresar al seno de la Hermandad de Álava, en la que fue procurador -representante de Ayala- en 1535, 1536, 1538, 1552, 1556, 1557 y 1559. En 1558 incluso fue nombrado capitán de las tropas provinciales en la guerra con Francia. Pertenecía, por tanto, a la élite social ayalesa.

Como casi todos los notables de la zona en aquellos siglos, desempeñó el oficio de escribano. Por ello, y por su categoría y ascendencia social, en 1541 estuvo en Valladolid siguiendo los pleitos que Ayala mantenía en la Audiencia de la Chancillería.

Por otro lado, y aunque éstas no fueron tan estáticas como en muchas ocasiones se han querido presentar, Ugarte parece adscribirse al bando oñacino, pues como tal aparece definido cuando, junto a otros de esta parcialidad, quitó un alfanje y un letrero que los Murga habían colocado en la tumba del recién difunto Lope García de Murga hacia 1550 en la parroquia de Santa María. Poco después de este incidente, el Licenciado Menchaca fue nombrado patrón de la parroquia por merced real, con derecho a llevar la mitad de los diezmos de la misma, pero al ser foráneo fue precisamente Hernando, y después su hijo, quienes percibieron esos diezmos. Su poder en el pueblo fue, en conclusión, muy elevado.

Los Derendano siempre aparecen en los pocos documentos ayaleses anteriores que conocemos, indudablemente su posición social venía de familia, aunque la rama fue cercenada cuando su hermano Juan de Derendano fue asesinado el día de Jueves Santo de 1539 en la iglesia de San Nicolás de Saratxo a causa de un saetazo propinado por Martín de Oquendo, que huyó a Panamá. Juan dejó una sola hija de corta edad y nombró heredero a Hernando en caso de que ella falleciera antes de la edad de testar o sin herederos legítimos, como efectivamente ocurrió[3].

Hernando Ortiz de Ugarte habría fallecido entre 1571 y 1573 con unos ochenta años de edad. Esto se dice en declaraciones de testigos posteriores, por lo que es posible que exageraran la edad, puesto que algunos afirman incluso que murió centenario. Si nació en la última década del siglo XV, es muy posible que hubiera tenido un primer matrimonio, ya que Inés debió ser bastante más joven. Por último, no conocemos cuántos hijos tuvieron pero tenemos noticias de cuatro: Casilda, que se casó con el escribano Juan de Velasco en Larrinbe; Francisca, que se casó con Francisco Fernández de Ugarte, señor de Ziorraga; Diego y Cristóbal, que es el siguiente protagonista de esta historia. 

CRISTÓBAL ORTIZ DE UGARTE

Desconocemos su fecha de nacimiento pero debió hacerlo pocos años después del matrimonio de sus padres puesto que se casó en 1561 o 1562 con Francisca de Orueta, natural de Luiaondo. Al igual que su padre, fue escribano y desarrolló una intensa carrera en las instituciones locales y alavesas. En la Tierra de Ayala, fue alcalde ordinario por primera vez en el curso 1565-1566 y lo sería de nuevo en 1569-1570 y 1573-1574, fue síndico procurador general en 1576-1577 y diputado regidor en 1600-1601. Acudió como procurador de Ayala a las Juntas Generales de Álava desde noviembre de 1576 hasta mayo de 1578, en mayo de 1581, en 1586-1587 y en 1594-1595. Y si su presencia en estas instituciones no fue mayor es debido a la incompatibilidad de estas representaciones con el oficio que ocupó durante muchos años, el de teniente de Alcalde Mayor, actuando en ocasiones incluso como titular, a pesar de que el Alcalde Mayor o Gobernador no podía ser natural de la Tierra ni de una distancia menor a las cinco leguas de ella. Allá por 1584 y 1585 se unió al ínclito Juan de Urrutia a la hora de reivindicar las preeminencias que como tal Alcalde Mayor creía -erróneamente- que le correspondían en la parroquia de Amurrio. En 1595 aún figura como Alcalde Mayor y en agosto de 1600 presentó título de teniente de Gobernador, por lo que su vinculación al cargo fue muy duradera.

Su testamento nos servirá para acercarnos mejor a su figura[4]. El “dueño y señor de la casa de Ugarte del lugar de amurrio”, ya viudo, testó el 4 de abril de 1606 estando “enfermo de mi cuerpo y en mi buen juicio y entendimiento”, por lo que probablemente falleció poco después. En primer lugar, dispuso que su cuerpo fuese sepultado “dentro en el cuerpo de la yglesia de santa mª del lugar de amurrio en la sepultura donde yaçe sepultada doña francisca de urueta mi muger o donde fuere la voluntad de lope garcia de murga aguirre mi señor primo”. En realidad, eran primos segundos, puesto que sus respectivos padres Hernando Ortiz de Ugarte y Juan Martínez de Aguirre eran primos, al ser sus madres Marina y Constanza de Echeguren respectivamente. Lo que ocurre es que Lope era el patrón de la iglesia y el único, junto a la casa de Saerin, que tenía derecho al notable honor de tener sepultura en el interior de la iglesia. Es por ello que Juan de Urrutia y Cristóbal, las personas más poderosas de Amurrio por aquel entonces, trataron sin éxito de adquirir ese mismo derecho por todos los medios legales e ilegales. Esa es la razón por la que Cristóbal se encomendaba a la voluntad de Lope García de Murga, quien ya habría condescendido con su mujer, para obtener tal privilegio digno de su status social.

Por otra parte, Cristóbal ordenó que se hicieran las funciones de entierro, novenario y cabo de año por “Diego de Ugarte mi hermano difunto”, lo que nos lleva a pensar que falleció fuera de la localidad y/o en circunstancias que impidieron realizar los actos religiosos pertinentes.

Por aquel entonces, tenía tres hijos y cuatro hijas. En vida de su esposa, habían casado a Mencía -con Francisco de Arechederra-, a Leonor –con Hernando de Ayo, vecinos de Luiaondo como los anteriores- y a Hernando (1563), seguramente los tres mayores. Tenían también a Juan (1568), Francisca (1575), Casilda (1576) y Cristóbal (1579). Casilda se había casado con Ventura de Zaballa tras la muerte de su madre. Por lo tanto, tenía en casa a Francisca, a quien encargó la misión de llevar oblada y candela a su sepultura y a quien presta especial atención en el testamento legándole hasta 1.000 ducados.

El hijo menor, Cristóbal, se encontraba por entonces en Sicilia (“que si lo quiere Dios no permita muriere cristoual de ugarte mi hijo antes que a esta tierra benga de las partes de cicilia donde al presente está”) y tenía una hija llamada Leonor, a todas luces  ilegítima.

El testador nombró heredero universal de todos los bienes muebles y raíces, derechos y acciones, que quedaron de el y de su mujer, a su hijo Juan “que al presente reside según publico y notorio en la ciudad de potosi que es en el reino del peru” con la condición de que, si no regresaba a Amurrio a vivir en el plazo de cuatro años, los heredase Cristóbal con la misma condición. Además, ninguno de los hijos de éstos podrían heredar si no eran fruto de legítimo matrimonio. Si ninguno de los dos hijos regresaba en el plazo señalado, quedarían apartados de la herencia y todos los bienes pasarían a su hijo mayor, Hernando de Ugarte, o al heredero de éste en caso de haber fallecido. Y lo mismo ocurriría si Juan o Cristóbal regresaban pero no tenían hijos legítimos o los tenían y fallecían antes de poder testar.

HERNANDO DE UGARTE ORUETA

Hernando, que solo algunas veces aparece con el patronímico Ortiz, fue bautizado en la parroquia de Amurrio el 25 de noviembre de 1563. Siguió con el oficio de escribano de sus antecesores y se casó en 1583 con Casilda de Ulibarri Onsoño, de Lezama. Fue un matrimonio joven, con veinte y dieciocho años respectivamente, posiblemente porque Casilda había quedado huérfana y heredera de la hacienda familiar del barrio Ulibarri de Lezama, donde vivieron el resto de sus días.

A diferencia de su padre y abuelo, Hernando nunca fue procurador en las Juntas Generales de Álava ni nos consta que desempeñase el cargo de síndico en Ayala. Sin embargo, fue alcalde ordinario en al menos ocho ocasiones con una impecable irregularidad: una vez cada cuatro años (1582-1583, 1586-1587, 1590-1591, 1594-1595, 1598-1599, 1602-1603, 1606-1607 y 1610-1611). Sin embargo, sí que se ocupó como teniente de Gobernador al igual que su padre.

Desde luego, sus recursos se vieron notablemente incrementados cuando, ante la ausencia de sus hermanos, pasó a heredar el grueso de los bienes que habían dejado sus padres, que no era poca cosa. Ello se puede ver en el testamento que Hernando Ortiz de Ugarte y doña Casilda de Ulibarri, que así figuran en el documento, otorgaron el 27 de abril de 1638, con setenta y cinco y setenta y tres años respectivamente (“por ser como somos personas de mucha edad biejos ancianos en la dha nra cassa de ulibarri”) después de cincuenta y cinco años de matrimonio. Un dato curioso: aquellos mismos días se estaba produciendo la investigación para la concesión del hábito de Santiago al Capitán Juan de Ugarte, proceso en el que Hernando y sus hijos, sobre todo uno de ellos, fueron parte importante, tal y como se dijo en artículos anteriores en esta misma revista.

Fue un testamento conjunto (“Porque entre nosotros de muchos años y tiempos a esta parte esta tratado y comunicado de q aiamos de hacer testamento y disposicion conjunta”) en el que establecieron que ninguno de los dos pudiera por su cuenta cambiar nada de lo dispuesto“para onrra y seruicio de Dios Nro S y de nra buena fama y de nra prosperidad”. En primer lugar, mandaron que sus cuerpos fueran sepultados en la iglesia parroquial de San Martín de Lezama “en la sepultura que nra cassa de ulibarri tiene en la dha Yglesia y en ella esta sepultado Sancho Abad de Ulibarri”. Aquí es preciso realizar varias puntualizaciones. En primer lugar, Sancho era tío de Casilda y parece haber sido propietario de la hacienda, o de parte de ella. En segundo lugar, ya se habrían introducido las sepulturas desde el exterior de la iglesia, donde estaban a finales del XVI. En tercer lugar, y a pesar de que ellos digan ser propietarios de una sepultura, sabemos que en la iglesia de Lezama éstas fueron comunes y nadie gozó nunca de privilegio alguno sobre sus convecinos, por ser la parroquia propia del concejo.

Hernando y Casilda tenían por aquel entonces cuatro hijos vivos, además de otros que habían fallecido. El mayor de todos era el bachiller Gregorio de Ugarte (1586), cura y beneficiado de la parroquia de Lezama. En el testamento se dice que habían gastado “mucha suma y cantidad de dinero” en sus escuelas, estudios, ordenaciones y demás necesidades, por lo que le apartaron con doce ducados anuales de por vida desde el año posterior a la muerte de ambos. Podemos añadir que siendo muy joven tuvo al menos dos hijos varones con María Isabel de Estranzu, los cuales dejaron una muy nutrida descendencia. 

Gabriel (1594) era escribano y vecino de Baranbio, y cuando se casó con Ana Maria de Ugarte Teza, natural de la casa de Ziorraga, le mandaron “muchos bienes de casas rruedas y ganados y otros bienes y dineros”, de manera que le apartaron con solamente cuatrocientos reales. No sabemos cuáles fueron esos bienes ni su procedencia. 

María (1599) se había casado con Lope de Mújica Hurtado de Mendoza, señor de Astobiza y Caballero de Santiago, y fue generosamente dotada por sus padres, ya que le mandaron más de cuatro mil ducados con ocasión de su boda y fue apartada con otros cien. Además, a su nieto Cristóbal de Mújica “para aiuda de sus estudios y necesidades” le mandaron cien ducados a pagar según los fuera necesitando antes de que cumpliera los veinticinco años.

No se olvidaron de Juan (1588), que había fallecido en las Indias, pero “antes q alla fuesse tubo y dejo en el dho lugar de lezama un hijo también llamado Juan de ugarte que al presente es edad de diez y siete años” y a quien habían criado en su casa los testadores, enseñándole a leer y escribir. En ese momento, estaba en Gordejuela en “cassa del maestre esquela” y, aunque manifestaban haber gastado mucho en el, por ser su nieto le mandaron otros ciento cincuenta ducados. Este muchacho se casó en Lezama unos quince años después y fue propietario en el barrio San Millán, de donde había sido su madre, a pesar de haberse criado con su familia paterna.

Por último, el hijo más joven, Cristóbal (1603), era escribano y vivía en su compañía. Tenía treinta y cinco años ya y por aquellos días tenía puesto todo su empeño, junto a su cuñado Lope, en impedir que el Capitán recibiera el hábito de Santiago. Los testimonios acerca de la implicación de Hernando en esta confabulación son contradictorios, si bien ya vimos que tanto Hernando como sus hijos Gregorio y Gabriel no respaldaron las acusaciones del benjamín de la familia.

Hernando y Casilda fundaron mayorazgo en este testamento y llamaron a el en primer lugar a Cristóbal de Ugarte “mozo libre de por casar”. Por entender que “asi es mas combeniente al seruicio de Dios nro S. y de los Sres Reyes de la corona de castilla y de estos Reynos y al bien y buena memoria nra y de nras casas y pª q nros sucesores vivan mejor y se empleen y ocupen en seruicio de la dibina Magd (…) y sustentar mejor sus personas honrras y familias” fundaron mayorazgo para que los bienes “perpetuamente y en todo tiempo del mundo sean indibisibles e impartibles y anden siempre en un dueño” y no se pudieran enajenar, trocar ni cambiar, y en virtud del fuero “que permite q los testadores puedan disponer de sus bienes en fabor de q quiera de sus hijos y descendiente y apartar a los demas”, así hicieron con el resto de sus hijos “con sendos arboles con su tierra y rraiz en lo ultimo de nras tierras y eredamientos q nros sucessor quisiere señalarles y con sendas texas y un cada seis maravedis”.

El mayorazgo de Ugarte fue fruto de la unión de los bienes que habían heredado y acumulado a lo largo de su vida Hernando por una parte y Casilda por el otro. Es decir, se produjo la suma de ambos patrimonios. Así, formaron parte del mayorazgo “nra cassa y solar principal de ugarte sita en el dho lugar de amurrio en el barrio q se llama de ugarte q esta sobre el camino Real q ban de la ciudad de vitoria para la de balmaseda” con sus cabañas de horno y era que estaban enfrente, con sus lagares, bodega y huerta cerrada de paredes, manzanales, heredades, quintanales, antuzanos delante y alrededor de ella y más de la mitad del molino de “Boriaur” con todas sus heredades; también la parte del patronazgo que le correspondía en la parroquia de Murga; y “las sepulturas q tenemos compradas y nos pertenecen a nos y a la dha cassa en la dha yglesia de amurrio”. Por tanto, los Murga habrían perdido la exclusividad de tener tumba en la iglesia de Amurrio.

Hernando también tenía una serie de bienes en Saratxo, los que sin duda heredó su abuelo después del asesinato de Juan de Derendano y la prematura muerte de la única hija que dejó. Así, se menciona “otra cassa principal q tenemos y nos pertenece a nos y a la dha nra casa de ugarte en el lugar derendano q se llama la cassa derendano” con su huerta y diversas heredades que tenía detrás y a los lados, con una parte en el molino llamado de Ugarte, sepulturas en la parroquia de San Nicolás, y dos molinos en el río con sus correspondientes casas, además de otra que estaba “un poco mas abaxo del molino bagero q es para el servicio de dhos molinos”. Por último, tenía también unas casas en Urduña/Orduña.

En cuanto a los bienes inmuebles que había aportado Casilda, eran una “casa principal q se llama de ulibarri q al presente uiuimos que esta sita en el dho lugar de lezama en el barrio de ulibarri” con dos cabañas enfrente de ella, la una de era y la otra de horno, con “otra cassa que esta cerca de la dha cassa en el dho barrio q solia ser del dho abad de ulibarri difunto” con su cabaña de era, con sus heredades manzanales y huertas cercanas, que se van detallando, así como un robledal grande llamado Lexadui que estaba delante de la casa. Tenían también un molino en el río que baja de Olamendi y montes “mui muchos y en muchas partes y lugares” como en Lezama, Larrinbe, Amurrio y Saratxo así como el “usso y aprouechamiento q las dhas dos casas tienen en las sepulturas propias” que tenían en la iglesia. Las cuentas y créditos no se expresaban pero sí se dice que tenían diez mil ducados de censos sobre diversos vecinos de Ayala y de fuera.

Por último, establecieron que el mayorazgo fuera electivo entre todos los hijos varones que Cristóbal pudiera tener, a no ser que solo tuviera un varón. Si no llegase a hacer elección, heredaría el hijo mayor; y, a falta de varón, la hija mayor. En caso de que Cristóbal no llegase a tener hijos legítimos, el mayorazgo quedaría para María, mujer de Lope de Mújica, y sino para Gabriel.

CRISTÓBAL DE UGARTE ULIBARRI

Cristóbal fue bautizado el 12 de enero de 1603 y su fuerte personalidad ya quedó esbozada en precedentes artículos. Sabemos que fue alcalde ordinario al menos en tres ocasiones (1623-1624, 1632-1633 y 1654-1655), que probablemente fueron más porque no disponemos de los libros de actas de los años intermedios. Fue escribano como su padre, abuelo y bisabuelo, y aunque no acudió nunca a Juntas alavesas ni parece que ocupara otros cargos de gran responsabilidad, fue una persona muy influyente. Al fin y al cabo, tenía todo lo que había que tener para imponer su voluntad: casas, tierras, dinero, prestigio, etc. Por ejemplo, a finales de 1624 se trasladó a Valladolid donde fue agente de los intereses de la Tierra de Ayala por espacio de 542 días con un salario diario de 400 maravedís, unos 11 reales. En el tribunal vallisoletano se dirimían pleitos que Ayala tenía con Mena, Zuya o Villalba de Losa. En 1626 Cristóbal ganó una Real Provisión que ordenaba que Ayala le pagase los 228.902 maravedís que le adeudaban por estos trabajos. 

Cristóbal probablemente sabía de las intenciones de sus padres de nombrarle heredero y trató de apuntalar su posición casándose con Francisca de Sojo Urrutia, nieta de Juan de Urrutia, de Amurrio, cuyo mayorazgo no tenía muchos bienes muebles pero sí muchas rentas fuera de Ayala. Sin embargo, la aparición del Capitán dio al traste con estos planes, aunque finalmente Francisca no se casó con ninguno de los dos.

Cristóbal hizo testamento en su casa de Ulibarri el 21 de noviembre de 1657 y falleció ese día o, en todo caso, antes del 27, con cincuenta y cuatro años. Pidió ser enterrado “en la sepultura donde están enterrados los señores hernando ortiz de ugarte y Dª Casilda de ulibarri mis padres”. Es curioso que nunca llegara a casarse, quizá después del fiasco con Francisca no encontró mujer cuya dote considerase digna del suyo, pero en su testamento reconoció la existencia de tres hijos habido con dos mujeres distintas. Las relaciones extramatrimoniales no son nada raro en esta familia, puesto que no lo fueron entre las élites de la época y a veces tampoco entre los simples labradores.

En cuanto a estos hijos naturales, primero tenía a Hernando “que le huue de maria cruz de gamarra que al pressente esta estudiando artes en la universidad de alcala de henares”; le donó tres mil ducados en escrituras de censos con sus réditos para que prosiguiera sus estudios o lo que necesitase, así como los bienes muebles que tenía en la casa de Ugarte (arcas, trojes, cajas, mesas, bufetes, escabeles, sillas, etc.) y veintidós sillas y taburetes nuevos con “que están en esta casa de ulibarri”. Hernando fue bautizado en 1640 y seguramente es el mismo que figura como testigo en el testamento de su tía María en 1661, pero nada más sabemos de él.

Segundo, a Casilda de Ugarte “mi hija y de la dha maria cruz de gamarra que la tengo en mi casa” le mandó dos mil ducados en escrituras de censos y todos los bienes muebles que había en la casa de Ulibarri por los buenos servicios que le había hecho. Según parece, nació en 1645 pero, a diferencia del caso anterior en que ambos figuran como padres en la partida de bautismo, en esta ocasión figura como hija natural de ella sin mención alguna al padre. Cristóbal los reconoció como hijos “y como a tales los he tenido y criado en mi casa desde su niñez en esta dha mi casa de ulibarri”. Casilda se casó en 1662 con Domingo de Zulueta Vidaur, quienes fueron a vivir a las ventas de Ilunbe en Arrigorriaga.

Tercero, a Mari Sánz de Ugarte “mi hija q la huue de mª de landaburu de lastrasco” legó un censo de ciento ocho ducados de principal contra los bienes y hacienda de Juan de Ugarte, vecino de Saratxo, y la reconoció como hija, aunque no sabemos nada más sobre ella. 

Al no tener herederos legítimos, nombró heredero del vínculo y mayorazgo a su sobrino Cristóbal de Mújica. En todo caso, fue su hermana María de Ugarte quien tomó posesión del mismo el 27 de noviembre de 1657 en cumplimiento de las normas sucesorias dispuestas por Hernando en su testamento.

EPÍLOGO

María de Ugarte, viuda de Lope de Mújica, testó el mismo día de su muerte, el 18 de mayo de 1661. Lo otorgó “en esta mi casa de ulibarri”, por lo que se habría trasladado allí tras el fallecimiento de su hermano. Quedó como heredero universal de todos sus bienes su único hijo Cristóbal de Mújica (1628), que ya estaba casado para entonces. Éste tomó posesión de la casa de Ulibarri y de la de Ugarte el 26 de mayo.

Por otro lado, el 20 de mayo de 1662 Gabriel de Ugarte fue enterrado en Baranbio. Había dejado como heredero a su hijo mayor, Juan Bautista, que por entonces era menor de veinticinco años. Por ello, nombró curador a su tío Miguel, dueño del vínculo y mayorazgo de Ziorraga. Aunque éste intentó excusarse por tener ya varios hijos bajo su tutela y por sus muchas ocupaciones administrando sus ferrerías, molinos y hacienda, con frecuentes viajes a Vitoria, Bilbao, Orozko y otros lugares, fue obligado a aceptar so pena de prisión.

El 16 de diciembre ambos presentaron una demanda en la Audiencia de Valladolid contra Cristóbal de Mújica para que “restituyera” los bienes del mayorazgo de Ugarte a Juan Bautista pretextando que Cristóbal de Ugarte su bisabuelo lo había fundado para que los bienes “andubiesen de rodilla en rodilla”, es decir, de primogénito en primogénito, a pesar de lo cual Hernando había nombrado heredero a su hijo menor en detrimento de Gabriel y, por tanto, de su hijo Juan Bautista, a quien según ellos corresponderían como bisnieto mayor de varón en varón.

La demanda no tenía mayor recorrido, ya que los testamentos que hemos expuesto son muy claros al respecto. No fue Cristóbal quien fundó mayorazgo sobre la casa de Ugarte, sino su hijo Hernando. Por lo tanto, Juan Bautista carecía de derecho alguno al vínculo. Pero tan sustanciosa herencia bien merecía el intento.

Por lo tanto, el mayorazgo de los Ugarte de Amurrio pasó a los señores de Astobiza, que fueron los Mújica y luego, por matrimonio, los Salazar. Estas casas mencionadas empezaron a ser habitadas por colonos y arrendatarios que se limitaban a trabajar las tierras, de manera que su simbolismo social como lugares desde los que se detentaba el poder se evaporó por completo y pasaron a ser casas de labranza como las demás. No obstante, las ramas secundarias de estos Ugarte dejaron una nutrida descendencia que ha perdurado hasta nuestros días. En todo caso, bien merece resaltar la trascendencia que casas como la de Ugarte tuvo en el pasado, por mucho que la desidia la aboque a la desaparición. ¿No daríamos un gran paso adelante en la conservación de nuestro patrimonio si los elementos arquitectónicos se valorasen no solo por su valor intrínseco como elemento material sino también por las vivencias que encierran sus paredes y lo que han significado a lo largo de la historia?


[1] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1507, 21

[2] Archivo Histórico de la Nobleza, BAENA,C.442,D.50

[3] Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja  1072, 61

[4] La mayor parte de la información que configura el resto del artículo ha sido obtenida de: Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2893, 61

El Capitán Juan de Ugarte Larrea: familia, tiempo y legado (II)

Como vimos en el primer capítulo, cuando en 1638 dos receptores de la Orden de Santiago se desplazaron a Lezama para investigar la condición de hidalgo del Capitán Juan de Ugarte, Lope Hurtado de Mújica salió al paso para acusarle de judío, basándose sobre todo en sendos pleitos mantenidos por su padre Martín de Ugarte y por un pariente de Inoso sobre haber sido tildados de judíos. Pues bien; al día siguiente de la explosiva manifestación realizada por Lope, se tomó declaración a las personas que presentó como sus fuentes de información. Los ancianos Marcos de Urrutia y Francisco de Bidaur negaron haber dicho nada a Lope, ni siquiera habían tratado del tema. Al contrario, declararon a favor del Capitán manifestando que Martín y su padre habían desempeñado oficios públicos en la Tierra de Ayala, los cuales no habían obtenido mediante sobornos sino por ser considerados como gente de la más principal de la Tierra.

La acusación de Cristóbal

El 7 de abril el escribano Cristóbal de Ugarte Ulibarri no solo respaldó la versión de su cuñado Lope sino que agregó toda una serie de detalles, empezando por un presunto encuentro que nueve años atrás habría tenido en Santa Gadea con un anciano que le contó que había conocido a una Ugarte de Lezama que quedó preñada de su amo, un boticario de quien se decía que era judío. Además, Cristóbal puso especial cuidado en relatar una serie de recientes incidentes que verificarían la reputación judía de la familia Ugarte. Los iremos comentando a continuación con la correspondiente respuesta de los aludidos.

En primer lugar, Cristóbal afirmó que el ya difunto Simón de Landazuri había llamado judío a Juan de Ugarte de Urtaran, primo segundo del Capitán. Los receptores no investigaron este suceso. Segundo, hizo alusión a una riña sobre la entrada de ganado en una heredad en la cual Pedro de Unzueta de Zubinto llamó judía y bellaca a Águeda de Urtaran, prima del Capitán. El aludido, que era arriero, afirmó tajantemente que mal rayo le partiera si alguna vez le había dicho algo así a Águeda porque la tenía por noble y jamás le había dado ocasión para reñir con ella “y que quien la a lebantado este tº tanbien le podia lebantar que avia hurtado las sabanas de la yglesia”.

En tercer lugar, Cristóbal declaró que Martín de Alpichu le había contado que Francisca de Elexaga había llamado judía a María de Onsoño, sobrina del Capitán, y, aunque la quisieron denunciar por ello, no lo hicieron precisamente por no llamar la atención mientras los receptores estuvieran haciendo su trabajo. Pero Alpichu no había visto que tal cosa sucediera y dijo que, aunque le llevasen a ajusticiar, no podía decir una cosa así. Aquí lo más curioso de todo es que Elexaga, natural de Amurrio y vecina de Larrinbe, “no nos entendia lo que la hablabamos y preguntabamos por no saber hablar mas que bascuence” y por ello nombraron por intérprete a Antonio de Murga, señor de la casa de su apellido. Sobre éste y otros datos lingüísticos de mucho interés que contiene el expediente del Capitán ya hemos tratado en otro lugar (“Nuevos datos para la historia lingüística del Alto Nervión”, en el blog Crónicas del Alto Nervión).

Cuarto, el escribano afirmó que su abuelo Cristóbal, persona muy principal y con mucha mano en la Tierra, había ayudado mucho a Martín de Ugarte y solo por su influencia y la de su padre Hernando le dieron los oficios que tanto anhelaba porque el resto no se los querían dar y con régalos y dádivas los consiguieron (nótese cómo se manifiesta, sin pudor alguno, la manipulación de los oficios de la Tierra de Ayala). Bastantes testigos lo negaron, aunque nosotros pensamos que seguramente es cierto que Martín obtuvo sus cargos por influencia de estos individuos, pero porque éste era el modus operandi habitual, no específicamente por no ser hidalgo. 

Por último, Cristóbal, como ya había hecho Lope anteriormente, indicó que Martín había sido arriero e incluso el Capitán habría andado de joven con sus machos. Algunos testigos declararon que Martín nunca trajinó personalmente sino por medio de criados, otros dijeron que los machos los tenía solo para la labranza, pero en todo caso la arriería no menoscababa en absoluto la hidalguía de quienes la ejercían.

Podemos avanzar que Lope y Cristóbal, por muy pesos pesados que fueran en la escala social de la época, fueron absolutamente los únicos en defender los orígenes judíos del Capitán y, por extensión, de sus antepasados y parientes, parte de los cuales ya han ido desfilando por estas páginas. Este hecho es muy revelador, y lo es todavía más si tenemos en cuenta que ni siquiera los hermanos y el padre de Cristóbal ratificaron su declaración.

El escribano ya retirado Hernando de Ugarte Orueta no solo era el padre y suegro de Cristóbal y Lope respectivamente, sino que era por entonces familiar del Santo Oficio y un hombre de edad avanzada que durante toda su vida adulta había gozado de un prestigio enorme en Ayala y había desempeñado todos los cargos habidos y por haber, por lo que gozaba de la mayor estima y prestigio en el seno de la comunidad. Por otro lado, su esposa era prima segunda de Catalina de Larrea, la madre del Capitán. Sin medias tintas, Hernando afirmó que tenía a la familia del Capitán por hidalga y cristiana vieja y negó su influjo a la hora de que Martín obtuviera oficios en la Tierra de Ayala. Gran parte de su declaración se centró en relatar el encontronazo entre Martín y las hermanas Balza y el pleito subsiguiente, en el que, como ya vimos, actuó como escribano acompañante.

También fue Hernando el primero en decir que, en su tiempo, Juan Balza había manifestado que trataría sacar a su hija a salvo del pleito interpuesto por Martín de Ugarte, y para ello habría inventado la historia de la bisabuela venida de Santa Gadea, ya que si fuera cierto la mujer nunca habría sido admitida en la Tierra. Y tenía toda la razón. Las brumas de esa historia se disolvieron con la declaración de Juan Balza de Berganzagoitia, que tenía unos 68 años y era el único hijo superviviente de Juan Balza y hermano de las ya difuntas Ana y Magdalena. Según nos aclara este hombre, después del incidente de la romería en Urkillatu su padre trató de convencer a Ugarte para que dejase estar el tema, pero ante la negativa de Martín, Juan decidió defender a su hija a toda costa y para ello habló con muchas personas para persuardirlas de que declarasen que la bisabuela de Martín había venido de Castilla -de Paul, Miranda o Santa Gadea- preñada de un judío. Al final, el pleito le costó más de 600 ducados, una pena de destierro y otras molestias. Juan declaró que su padre pasó el resto de su vida diciendo que lo que más sentía era haber levantado aquel testimonio contra Martín “y esto dice el declarante por si pudiesse en parte descargar la conciencia de su padre por ser el hijo solo que le a quedado aunque no es nada afecto a las cossas del Pretendiente por los daños que le hiço el pleyto que hubo con su padre”. Por lo tanto, todo fue orquestado e inventado por Juan Balza para tratar de salvar a su hija del pleito mantenido con Martín de Ugarte, y por ello las personas que se hicieron eco de este rumor habrían sido convencidas de alguna manera para declarar tal cosa, lo que algunos hicieron con notable ambigüedad.

Como revelaban aquellas palabras dichas por Ana en Mendixur, y posteriormente refrendadas por el mucho más culto Martín Ortiz de Aldama, cada día en la Tierra se llamaban judíos unos a otros sin saber lo que decían; puede que en otras ocasiones algunos familiares o antepasados del Capitán fuesen llamados judíos, pero ello no significaba nada puesto que era empleado como un insulto más y no de forma literal. Muy ofensivo para quien lo recibía, eso sí, en unos tiempos en los que el honor personal y familiar era lo más importante. 

Los orígenes familiares del Capitán y la casa Ugarte de Lezama

Si la historia de la mujer que regresó de Santa Gadea embarazada de un judío no es cierta, ¿qué sabemos de los orígenes del Capitán Juan de Ugarte? Esta mujer, que fue su tatarabuela, se llamó María de Ugarte, natural de Lezama y descendiente de la casa-torre de Ugarte en Laudio. Según dice un Licenciado en el transcurso del pleito, las casas de Ugarte de Berganza, Astobiza, Ziorraga, Amurrio y Lezama dependían todas de la originaria de Laudio.

María de Ugarte no fue nunca a Santa Gadea ni a ninguna localidad castellana, sino que se casó con un hombre llamado Juan de Ugarte, hijo segundón de la “casa solariega que llaman de Lodio (sic) que es del apellido de Ugarte”. Ambos tuvieron, tal y como se decía, un hijo llamado Juan, que se casó con María Ortiz de Elgueta. Pero no fue hijo único y pensamos que tuvo como mínimo un hermano, afincado en Inoso y abuelo del Diego de Ugarte mencionado en el capítulo anterior. Por su parte, Juan y María Ortiz fueron los padres de quien aparece documentado en numerosas ocasiones, en estos y otros documentos, como Juan de Ugarte de Sagarzaguren, casado con Mari Hernández de Gorostiza Sagarzaguren. Todos los indicios sugieren que ella fue la heredera del caserío Sagarzaguren, a donde casó Juan y donde nació Martín. Juan habría tenido un hermano llamado Pedro que se habría quedado con la casa familiar y posiblemente otro  casado en Urtaran, padre y abuelo de los Ugarte de Urtaran.

Señalábamos que Lope Hurtado de Mújica afirmó que María de Ugarte había sido natural de una casilla pequeña que ya habían deshecho y estuvo enfrente de la de Pedro de Ugarte, también llamado “Pedro de Ugarte de Orue”. Los receptores fueron al lugar y hallaron señales no de una casilla sino de una casa grande, pero el terreno ya estaba labrado y plantado de árboles. Pedro dijo que, según había oído de su padre Juan de Oribe de Ugarte, hubo allí una casa muy grande en la que vivió el antepasado del Capitán que vino desde Laudio. Es decir, Juan de Ugarte, consorte de María. Aunque hubiera sido lógico que éstos hubieran construido también la casa de Pedro de Ugarte, ni éste ni su padre Juan figuran como familiares ni siquiera lejanos del Capitán, si bien es plausible que fuesen parientes de Pedro, el hermano de Juan de Ugarte de Sagarzaguren.

¿Dónde se encontraba, pues, la casa de los antepasados del Capitán? La cuestión es que tampoco tenemos muchos más datos sobre la casa del mencionado Pedro de Ugarte. En el expediente se dice que estaba a unos doscientos pasos de un cruce en el que se separaban dos caminos. Según se iba desde la parroquia, el camino de la izquierda iba a Vitoria y el de la derecha a La Rioja, y el caserío quedaba entre ambos. Imaginamos que el camino de Vitoria remontaba los montes de Altube mientras que el de La Rioja era el camino del puerto de Dardoza, por Txibiarte. Es el emplazamiento más lógico en función de las indicaciones geográficas anteriores pero existen más datos que nos confirman que, efectivamente, este cruce debía encontrarse en el triángulo existente entre San Millán, Gurbista y Andikoetxealde, término que precisamente recibe el nombre de Ugarte. Y sabemos que por allí existió una casa. En primer lugar, en la fogueración de 1562, entre los vecinos de Gurbista y los de Unzueta, figura un tal Juan Pérez de Ugarte que pudo ser el abuelo de Martín. En todo caso, poco después, cuando fallecieron Juan Martínez de Landa y su hijo Juan, éstos dejaron “la mitad de la casa y casería de Ugarte”[i]. Cuando se describen los bienes de Pedro Martínez de Landa en 1580, se mencionan la barrera de Ugarte, la cerrada de Ugarte, el camino de Ugarte al “cadalso de Eguiluz” –se refiere a la Torre Cadalso que estuvo frente a la casa de Isasi, no a la casa de Egiluz-, río que viene de Ugarte al molino de Landa y, finalmente, la propia casa de Ugarte[ii]. En 1631, el manzanal de la casa encimera de Landa estaba “pegante con las heredades que de la dicha acera estan a la propia acera hasta la casa de Ugarte”[iii]. Por lo tanto, la ubicamos no lejos de Landako, posiblemente cerca del caserío Andikoetxealde. La última referencia que hemos hallado es de 1656, cuando se cita la “casa cayda de ugarte sita en este dicho lugar”, que era o había sido de Pedro de Ugarte y su madre María de Urrujola. Puede ser el mismo Pedro que aparece en 1638.

Una maniobra política

Ya llegamos a la cuestión principal. ¿Por qué Lope y Cristóbal recurrieron a viejos pleitos, antiguas habladurías sin fundamento, y prácticamente sin apoyo alguno, para difamar al Capitán? ¿Cuál es la razón por la que querían perjudicarle? Testigos del máximo renombre y reputación como fray Juan de Ugarte, que era lector de teología jubilado, o Martín Ortiz de Aldama, familiar y alguacil mayor del Santo Oficio del Reino de Navarra y Partido de Calahorra, Gobernador de Ayala y vecino de Okondo, nos aclaran que los cuñados temían perder su poder e influencia en esa parte de la Tierra de Ayala y habían asumido que el Capitán se casaría con Francisca de Sojo Urrutia, heredera del mayorazgo de los Urrutia de Amurrio. El problema es que Lope había proyectado el matrimonio de Cristóbal con dicha Francisca, de modo que sus planes amenazaban con irse al traste. Se contaba que Cristóbal bramaba “este indiano me ha de quitar este casamiento” mientras trataba de convencer a los ancianos para que declarasen en contra del Capitán. Varios testigos contaron un pasaje ocurrido en la taberna de Etxazar de Larrinbe: Cristóbal estaba jugando vino a los naipes con Diego de Landaburu y Pedro de Ugarte de Bidea, vecinos de Amurrio, cuando les dijo, tirándose de las barbas, que aunque gastasen el y su cuñado todas sus haciendas y aunque se lo llevara el diablo no se habría de poner el hábito el Capitán.

Lo curioso es que varios testigos, como los recién nombrados sin ir más lejos, consideraban que Hernando también estaba confabulado con ellos y enemistado con el Capitán, a pesar de que declaró a su favor y en contra de su propio hijo. Alguno señaló que su hijo y yerno lo “habían reducido”. También hubo quien consideró que otro de sus hijos, el escribano Gabriel de Ugarte Ulibarri, estaba en el ajo, pero éste, al igual que su otro hermano, el Bachiller Gregorio de Ugarte, declararon a favor del Capitán y en contra de su hermano Cristóbal.

Si algo caracteriza la vida política de la Tierra de Ayala a lo largo de toda la Edad Moderna, es la formación de lo que llamaban bandos o parcialidades, la unión de diversos personajes poderosos, habitualmente familiares entre sí y casi siempre escribanos de oficio, para monopolizar y controlar el desempeño de cargos públicos, enriquecerse y ejercer un control total sobre el resto de la población, parte de los cuales actuarían como fieles sirvientes. Es la adaptación moderna y desprovista de violencia de las luchas de bandos bajomedievales y, en algunos rasgos, un precedente del caciquismo contemporáneo. El manejo de los asuntos públicos por parte de los poderosos y su dominio sobre el resto es una historia bien antigua, adopte la forma que adopte.

Sin ninguna duda, Cristóbal y Lope aspiraban a hacer su voluntad en Lezama y alrededores. No les faltaban competidores, ya que, sin ir más lejos, el escribano local Juan Ortiz de Padura y Domingo Fernández de Ugarte, señor de Ziorraga, formaban parte de la parcialidad comandada por los Uriarte de Amurrio, muy activa en los primeros treinta años del siglo XVII. Cristóbal y sus antepasados siempre fueron enemigos de los Uriarte. Pero su matrimonio con la heredera del mayorazgo de Urrutia habría conformado un patrimonio y una capacidad económica de enorme calado, de manera que se habría convertido en todo un potentado comarcal.

Y he aquí que, de un día para otro, el hijo del difunto Martín de Ugarte regresa de las Indias con el título de Capitán, el hábito de la Orden de Santiago al caer, soltero y con impresionantes riquezas acumuladas, de las que empezó a hacer ostentación al comenzar la construcción de “una cassa subida” junto al caserío de sus padres, la que habría de ser torre o palacio de Larrako, que toma su nombre del caserío Larrea que allí estaba. El caserío no estaba caído, como recordamos haber leído en alguna publicación, ya que la casa caída a la que hace referencia el expediente es la de Ugarte de sus antepasados y no su casa nativa.

La aparición del Capitán fue toda una amenaza para las aspiraciones de los cuñados, ya que, debido a sus capacidades, se dio por hecho que matrimoniaría con la heredera del mayorazgo Urrutia. No sabemos si el Capitán albergó esta esperanza alguna vez o el temor de Lope y Cristóbal fue del todo infundado, pero lo cierto es que la “doncella” y su madre no admitieron volver a tratar la cuestión del matrimonio con los cuñados. El solo hecho de que el Capitán se estableciera en Lezama ya lo convertía en un grandísimo rival en potencia. Y es por eso por lo que ambos mostraron públicamente una gran enemistad hacia el Capitán, hostilidad que era pública y notoria como declararon algunos de los mayores prohombres de la comarca.

Decenas de vecinos de Lezama y alrededores, desde simples labradores hasta los personajes más poderosos de Ayala, declararon en aquellas semanas del mes de mayo de 1638 y todos ratificaron, de una manera u otra, más o menos explícitamente, lo que hasta aquí hemos narrado. El Licenciado Francisco López de Echabarri contó que, aunque en lo público Cristóbal se había mostrado amigo del Capitán, en secreto había procurado hacerle malas obras como fue el caso de un pleito sobre la casa de Larrea. Y, por ejemplo, Cristóbal le hizo contradicción en secreto cuando el Capitán quiso comprar una casa cerca de su caserío natal, de modo que el precio de la misma subió 150 ducados. El escribano hablaba mal y con envidia de la casa que el Capitán estaba levantando, y lo mismo se decía de Lope, de quien se comenta que estaba rendido a la voluntad de su cuñado, que debía tener un carácter muy fuerte.

Al final, la pretensión de los cuñados solo provocó mayores molestias a los receptores de la Orden de Santiago, pues tomaron declaración a una cantidad inusitada de testigos, amén de realizar ciertas diligencias infructuosas por Santa Gadea, Paul y Miranda de Ebro en busca de noticias de alguna mujer de Lezama que hubiera ido a servir, así como el paso por Valladolid a compulsar los dos pleitos ya mencionados.

Así que finalmente, en dicho año 1638, el Capitán Juan de Ugarte fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago. Para tranquilidad de los cuñados, el Capitán se casó, en una fecha que no conocemos pero que no debe ir más allá de mediados del año siguiente, con una dama de la Corte, Antonia de Ipeñarrieta, y pasó a residir en Madrid, al menos la mayor parte de su tiempo, donde adquirió muchas propiedades y rentas.

El legado del Capitán Juan de Ugarte

El 9 de octubre de 1640 el Capitán realizó testamento en Madrid por medio del cual fundó vínculo y mayorazgo. En esta extensa escritura, estableció una serie de memorias y fundaciones en su localidad natal, de modo que se convirtió en un importante benefactor de la misma. Entre ellas, se encuentra una memoria para pobres, un estipendio anual para el maestro de Lezama y una memoria perpetua de cien ducados de renta anuales para el casamiento de doncellas huérfanas de Lezama, o de Ayala si no las hubiera, siempre con preferencia a sus parientes, a nombramiento del poseedor que fuera del mayorazgo que fundó en este mismo testamento. Cada huérfana tendría la obligación, en compensación, de decir una misa cantada por su alma. Por entonces, solo tenía una hija de ocho meses, Maria Micaela (que murió poco después), pero esperaba tener más y que le sucediera su hijo varón mayor. Después de establecer el modo en que debía realizarse la sucesión en el vínculo, estableció que no pudieran heredarlo religiosos, locos, sordos, mudos o “ermafroditas”.

El Capitán vivió otros cuarenta años más después de testar, hasta su fallecimiento en 1680 a los 79 años de edad. De todo este largo intervalo de tiempo, solamente podemos mencionar la muy citada participación en la guerra de Cataluña en 1642 con un regimiento mantenido a su costa y su participación también en la campaña de Hondarribia. En 1649 el rey Felipe IV le hizo merced de las alcabalas del valle de Zuia, derecho que conservaron sus descendientes. A su muerte, dejó dos hijos: José, que también fue nombrado Caballero de Santiago pero murió prematuramente dos años después, y Teresa, Condesa de Peñaflorida.

Como dijimos en el capítulo anterior, su hermano Martín, posiblemente heredero del caserío familiar, murió prematuramente dejando solo dos hijos de su matrimonio: Martín, que salió a servir al rey y falleció joven, y Francisca. Ésta se casó en 1652 con Francisco de Arechederra, que hubo de cambiar su apellido al de Mariaca como condición para heredar de una tía soltera el mayorazgo del mismo nombre. El Capitán estaba afincado en Madrid, por lo que ofreció a su sobrina la posibilidad de pasar a vivir a sus casas de Lezama y así lo hicieron, ya que allí nacieron sus hijos. Posiblemente, el Capitán nunca habitó, al menos de manera continuada, el palacio de Larrako, aunque su hijo José sí fue bautizado en la parroquia.

A la muerte del Capitán en 1680, sus bienes en Lezama fueron tasados en 810.144 reales y eran los siguientes: la torre o palacio de Larrako, la ermita de San Juan, una casilla de horno, una casa antigua -posiblemente el caserío original- y una casa accesoria, todo ello valorado en 550.500 reales; la torre junto a la iglesia con su cercado y casa de horno, por valor de 212.300 reales, la cual había sido construida hacia 1665; y otras casas que había comprado como las de Zaballa, valorada en 6.050 reales; la casa de Errekalde y lo que se había agregado de otra que se deshizo, valían 11.220 reales; la casa de Lezameta valorada en 4.950 reales, y la de Bengoetxea en 2.970 reales.

Evidentemente, debido a sus fundaciones y sus propiedades, la influencia social del Capitán en Lezama fue considerable. ¿Qué fue de sus oponentes? Aunque el Capitán finalmente no se estableció de manera continua en Lezama, el proyecto de matrimonio entre Cristóbal de Ugarte y Francisca de Sojo tampoco se llevó a cabo. Ella se casó bastantes años más tarde, en 1647, con Juan Rodríguez de Salamanca Cerecedo. En adelante, el mayorazgo de Urrutia siempre estuvo en manos foráneas y sus propietarios no volvieron a residir en Amurrio ni en Ayala.

Por su parte, Cristóbal tuvo tres hijos bastardos con dos mujeres distintas. Uno de ellos estudió para ser escribano pero pronto se le pierde la pista, probablemente por haber fallecido. A pesar de todo su poder, Cristóbal nunca llegó a casarse. Por ello, cuando falleció en 1661, no tenía herederos legítimos y su mayorazgo, que no era poca cosa, pasó a su hermana María y después a su hijo Cristóbal de Mújica Ugarte, señor de Astobiza. Y he aquí la paradoja: después de tantos esfuerzos por parte de Lope para defenestrar al Capitán y casar a su cuñado con la heredera del mayorazgo de Urrutia, fue precisamente la soltería de Cristóbal lo que propició que sus propiedades pasasen a manos de su mujer, con lo que su hijo, que se llamó precisamente Cristóbal, heredó tanto los bienes de Lope como los de su tocayo tío.

Por su parte, tras la muerte prematura de su hermano José, Teresa de Ugarte Ipeñarrieta, Condesa de Peñaflorida, testó en 1690 y optó por dejar el mayorazgo fundado por su padre en Lezama a su prima Francisca de Ugarte. Ella y su marido incrementaron el vínculo de Larrako al agregarle dos casas más en 1700: una en Padura comprada en concurso de acreedores en 1686 y otra junto a ésta que les fue donada en 1691. Su marido falleció al año siguiente después de haber sido alcalde ordinario en la Tiera de Ayala en numerosas ocasiones, síndico en otra, y alcanzó a actuar como teniente de Gobernador.

Su hijo mayor, Juan Antonio de Mariaca, nacido en 1653, fue también Caballero de Santiago y heredero de los mayorazgos de Mariaka y Larrako. Durante algunos tramos de su vida, residió en otros lugares como Bilbao, pero falleció en Lezama en 1712. De modo que el mayorazgo recayó en su hermano José, casado en 1696 con Juana Maria de Mújica Mascarua, que era precisamente hija de Cristóbal de Mújica, de la torre de Astobiza. Así se unieron en matrimonio las dos familias más poderosas de la zona, antaño enfrentadas, si bien el mayorazgo de Astobiza –que ahora incluía los de Ugarte y Ulibarri que fueron de Cristóbal- quedó para Ambrosio de Mújica, por lo que el matrimonio no significó la unión de ambos patrimonios.

José de Mariaca no desempeñó los cargos públicos habituales en la Tierra de Ayala, al menos que tengamos constancia, pero en 1701 era mayordomo y administrador de las rentas del Estado de Ayala e hizo numerosas comisiones en beneficio de la Tierra. Su hijo Lope se casó en 1723 con María Josefa de Salazar Allende y Labarrieta, heredera del mayorazgo de Salazar Allende en Gordexola. Así aumentaron mucho sus propiedades y tuvo también muchas casas y caserías en Bilbao, Begoña y Abando. Pasó a vivir a Gordexola pero aún así tuvo tiempo de ser alcalde ordinario y procurador en Juntas incluso antes de casarse.

Fue sucesor su hijo José Dámaso, bautizado en Gordexola en 1734 y casado en Markina-Xemein con Maria Antonia de Ansotegui y Berastegui en 1771. A estos sucedió su hijo Bernabé, nacido en Iratzagorria en 1776 y casado con Regina Oraá en 1809. Como curiosidad, Regina trató de fugarse con su amante, un médico de familia de origen toscano. Bernabé era de ideas liberales y por ello fue encarcelado en 1816. También fue Contador de la Aduana de Bilbao pero llegado el Trienio Liberal fue comprendido en la conspiración de Mariano Renovales. Según el decreto de 25 de abril de 1823 contra los que habían servido militarmente, obtenido el empleo del sistema constitucional o por opiniones políticas y que aún no se hubiera restituido a sus casas en los términos señalados en el decreto, se le embargaron sus bienes. Hubo de exiliarse en Pau. En dicho año 1823 Larrako estaba habitado por el sacerdote y administrador del mayorazgo Manuel Bautista de la Fuente; por aquel entonces había dos cabañas deshabitadas junto al palacio y, también inmediata, una casa en la que habitaba Isidoro de Viguri Salazar[iv].

Bernabé murió en 1832 y fue sucedido por su única hija, Luisa, casada con José de Ordovas y fallecida en 1840. Una crónica periodística de 1843 señala la existencia del Palacio de Larrako en el barrio de Padura de Lezama, a cuyo lado se conservaba el antiguo solar, las ruinas de la ermita, vestigios de la casa-tahona, etc. todo lo que pertenecía a Elisa de Ordovas y Mariaca[v]. Posteriormente, en 1880, apareció en El Anunciador Vitoriano un artículo escrito por Ricardo Becerro de Bengoa dedicado al palacio en su primera página casi en su totalidad. Ricardo traduce Larrako a su compañero de viajes como “de la dehesa” o del campo acotado; y lo sitúa en el barrio Padura. A un lado, les enseñaron los restos de una antigua ermita, y comenta el cronista que el interior del palacio había sido modernamente reformado. Señala que ya no albergaba elemento artístico de mención pero que, hasta principios de siglo, si guardó objetos de valor pertenecientes al Capitán así como armas de la campaña de Hondarribia, que glosa con fervor.

A finales de 1901, la prensa anunciaba que “el palacio titulado Larraco” iba a ser ocupado en breve por una comunidad de religiosos cartujos, lo que nunca ocurrió[vi]. El 29 de septiembre de 1920 la compró Anselmo San Ildefonso Acedo, sastre de profesión, que tenía su taller en Bilbao. Sin embargo, en 1926 Valeriano Colón pagaba contribución por lo que el palacio que Anselmo habitaba, y de las caserías de Errekalde, Bengoetxea y La Txara, ésta en Lezameta.



[i] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1572, 49

[ii] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[iii] Ibidem

[iv] Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Civil, JCR3410/005

[v] Semanario Pintoresco Español, 2 de julio de 1843, p. 4-5

[vi] El Eco de Navarra, Año XXVII, nº 7439, 14-12-1901, p. 2

El segundo mayorazgo de los Lezama (1755)

Como decíamos en la entrada anterior, Bartolomé de Lezama Eguiluz no tuvo una vida larga, ya que la muerte le alcanzó en 1706 a los cuarenta y ocho años. No disponemos, al menos de momento, de su testamento ni el de su cónyuge Josefa del Campo, que había muerto aún antes, en 1697. En cuanto a sus hijos, la mayor se casó con Francisco de Retes Campo; José Francisco fue sacerdote y falleció en 1761; y Diego Felipe murió en 1750 con cincuenta y cuatro años sin que tengamos ni un solo dato más sobre su vida.

A quien conocemos mucho mejor es a su primer hijo varón, Felipe de Lezama Eguiluz, nacido el 21 de mayo de 1690 y a la postre heredero del mayorazgo que había fundado su abuelo del mismo nombre. Felipe no tardó en ponerse al frente de la familia tras el fallecimiento de su padre, de manera que fue elegido alcalde ordinario por primera vez en septiembre de 1709, con solamente diecinueve años y, por supuesto, aún soltero (las ordenanzas prohibían ocupar cargos públicos a los solteros, aunque esta disposición no siempre fue cumplida). De hecho, no se casó hasta 1723, momento para el cual ya había sido alcalde ordinario en otra ocasión y síndico procurador general en dos ocasiones. Para manifestar el relevante papel que tuvo en la vida comunitaria ayalesa de la época baste decir que fue teniente del Gobernador durante bastantes años y hasta el momento de su muerte. Lo fue, además, de varios gobernadores distintos, que por estar ausentes la mayor parte del año el ejercicio del cargo recayó de facto en Felipe, y lo desempeñó suficientemente, logrando la aprobación de la gran mayoría del vecindario. Su ocupación como teniente de gobernador impidió que ocupara cargos públicos en Ayala con mayor frecuencia, pero a pesar de ello acudió como procurador de la Tierra a las Juntas Generales alavesas en los cursos 1715-1716, 1716-1717, 1721-1722, mayo de 1723, noviembre de 1727, entre 1735 y 1738 y en 1739-1740.

El 14 de junio de 1723 Felipe contrajo matrimonio con María Francisca de Aldama Sobrado, natural de Okondo y último eslabón de una de las familias más importantes de Ayala desde el siglo XV, sobre la que aún está todo por escribir. Por otro lado, la brillante carrera de Felipe de Lezama quedó truncada con su fallecimiento a las diez de la mañana del día de Santo Tomás del año 1740 a los cincuenta años de edad. Puede que llevara un tiempo enfermo, ya que formalizó su testamento el 27 de septiembre estando ya enfermo en cama.

A pesar de la importancia y categoría del personaje, su testamento es simple y no muy distinto en la forma al de cualquier labrador acomodado. También es cierto que era ya común en su tiempo que los testamentos fuesen más escuetos y menos complejos que en siglos anteriores. Un aspecto en el que se puede apreciar esto son las disposiciones por su alma, pues ya no era tan habitual encargar ingentes cantidades de misas en decenas de templos distintos ni programar complejos rituales de misas y aniversarios. En este sentido, Felipe ordenó que su cuerpo fuera enterrado con el habitual hábito de San Francisco en la iglesia de Santa María y en la sepultura que dispusiera su mujer de entre todas las que poseía. En cuanto al sufragio de su alma, mandó que durante un año se ofreciera la consabida “oblada y candela” con las funciones de entierro, novenario y cabo de año con asistencia de los sacerdotes del Cabildo y todos aquellos que quisiera convocar su mujer. Encargó misas de novena, Apóstoles y San Gregorio, una vez o cuantas quisiera su esposa; doce misas en la ermita de San Silvestre -actual San Roque-, y otras doce en el santuario de Arantzazu; cien misas rezadas en la parroquia y otras cien en el convento de San Francisco de Orduña. Por último, dispuso que durante el año de su fallecimiento se dijeran sendas misas rezadas los lunes y sábados en la parroquia, los lunes en el altar de Nuestra Señora de la Piedad y el sábado en el del Rosario. Son unas disposiciones importantes, dignas de su categoría, pero no tan complejas ni tan cerradas como solía ser frecuente anteriormente, ya que concedió amplio margen a su esposa para cumplir estas funciones, y para otras cosas como veremos.

Por aquel entonces, Felipe y María Francisca tenían por hijos a Manuel Antonio (1729), Juan José (1734), José Ramón (1735), Francisco Gerardo (1738), Pedro Narciso (1739), María Francisca (1726) y Juana Josefa. Sabemos que tuvieron otros dos varones que ya habían fallecido para entonces. Todos los hijos eran menores, muy jóvenes aún, y Felipe solamente les mandó cien reales a cada uno de ellos. Sin embargo, a las dos chicas les dejó la muy apreciable cantidad de quinientos ducados a cada una, los cuales se les entregarían cuando tomasen estado de matrimonio o religioso, o cuando alcanzasen la mayoría de edad.

Por otra parte, Felipe se declaró poseedor del mayorazgo que habían fundado sus abuelos Felipe y Casilda así como de los bienes que agregó su padre Bartolomé por sí y en nombre de Josefa su mujer; en virtud de aquella cláusula del vínculo por la cual el titular podía elegir sucesor entre sus hijos varones, Felipe no se complicó la vida y nombró a su hijo varón mayor, Manuel.

Por lo demás, hay dos aspectos a los que Felipe dedicó especial atención en su testamento, dos temas que sin duda quería dejar atados antes de fallecer. En primer lugar, declaró que había dado permiso a Sebastián de Isasi -esposo de una prima suya- para que construyera una casa nueva en una heredad perteneciente a su Casa de Ugartebechi y junto a ésta. Recordemos que esta casa la había dejado su abuelo a un hijo ilegítimo con la condición de que, en caso de fallecer o de no dejar herederos legítimos, pasara a manos de Bartolomé. Y así debió suceder. Como veremos, por entonces era un bien no vinculado, de libre disposición. Sebastián debía pagarle el valor de la heredad a tasación de Tomás de Garbiras, pero éste había fallecido y, aunque nombraron otros dos tasadores, aún no se había efectuado. Por lo tanto, Felipe dispuso que Sebastián le pagase el importe a su mujer o, en caso contrario, ésta se quedaría con la propiedad. Además, Sebastián le debía otras cantidades de dinero.

Segundo, la cuestión de la dote de su esposa aún no estaba resuelta del todo. Bernabé Antonio de Aldama había prometido donar 3.000 ducados de vellón a su hija María Francisca pero aquel falleció habiendo satisfecho 2.500. Por razón de la herencia materna, Felipe había iniciado un pleito contra su cuñado Juan José de Aldama pero la cosa no llegó a mayores y alcanzaron un acuerdo por el cual Lezama recibió arcas, hierros, escrituras de admunerías de ganados, heredades y montes, que junto a los mencionados 2.500 ducados ascendían a 8.000 o 9.000, una cantidad muy importante. En su testamento, Felipe quería que este tema quedase zanjado.

A pesar de estas diferencias con su familia política, Felipe nombró albacea a su cuñado Juan José junto a su hermano el sacerdote José Francisco de Lezama y el resto de curas de la parroquia. Finalmente, dio poder a su esposa para que, por medio de testamento u otra cualesquiera vía, distribuyera sus bienes entre los hijos según fuese su voluntad y nombrase heredero entre ellos. Era un poder sin limitación “atendiendo a su mucha Cristiandad y confiando cuidara de la heducazion y crianza” de los hijos y la nombró tutora y curadora de todos ellos y administradora y usufructuaria de todos los bienes.

Felipe abandonó este mundo de manera prematura nombrando sucesor del mayorazgo que había gozado y dando plenos poderes a su esposa para que administrase todos sus bienes hasta que llegase la hora de legarlos a la siguiente generación, de la manera que quisiera -a excepción de los bienes vinculados, que serían para Manuel, claro está-. No disponemos del testamento de María Francisca de Aldama Sobrado y, de hecho, no sabemos cuándo falleció. Pero lo relativo al legado de su difunto marido, o la mayor parte de él, lo dispuso mediante una escritura de fundación de mayorazgo que otorgó ante el escribano Domingo Martín de Oribe el 20 de diciembre de 1755. Por aquel entonces, era vecina de su localidad natal, el Valle de Oquendo, probablemente porque su hermano Francisco Antonio, heredero del mayorazgo de Izaga en aquel lugar, se había ido a América y a ella le había correspondido vía judicial la administración de ese patrimonio. María Francisca era la heredera de Francisco Antonio, de manera que dispuso que, si recaía en ella dicho mayorazgo, éste fuese para su hijo Manuel de Lezama. Y así ocurrió.

Para entonces, sus hijos José Ramón y Francisco Gerardo habían fallecido, de manera que le quedaban cinco vástagos. María Francisca había entrado como religiosa en el convento de Santa Clara de Orduña y ya le había pagado lo que Felipe había dispuesto. Además, Aldama estableció el pago anual de cien reales por el día de Todos los Santos de forma vitalicia. Por su parte, Juana Josefa se había casado con Francisco Antonio de Murga Arza y ya le había pagado toda la dote; Murga, perteneciente a una importante familia de Respaldiza, falleció tempranamente, de manera que Juana se casó en 1757 con José Ventura de Villodas Ibarrola, un personaje descollante en su época, como no podía ser menos dado el status socioeconómico de los Lezama.

El segundo hijo varón, Juan José, de veintiún años por entonces, “camina[ba] en los estudios a fin de lograr el estado sacerdotal a que se inclina” de manera que su madre dispuso que se le asistiera en todos los gastos necesarios hasta que se ordenara sacerdote. Pero, por si acaso cambiaba de voluntad y decidía no ordenarse, solo le pagarían ciento cincuenta pesos, que podían dárselos “si quisiera ir a yndias”. Sabemos que Juan José falleció en Okondo en 1791.

Lo curioso es que al tercer varón, Pedro Narciso, María Francisca le apartó con los escasos cien reales que le había legado su padre y con la simbólica cantidad de diez maravedís, una teja y un árbol. Por lo tanto, puede decirse que Pedro fue prácticamente desheredado por su madre. Sin embargo, no tenía más que dieciséis años, por lo que  quizá su madre previera darle mayores medios para su sustento más adelante. En cualquier caso, desconocemos qué fue de esta persona.

Pues bien, como decíamos, María Francisca fundó un nuevo mayorazgo en el que se incluyeron los siguientes bienes:

  • Unos molinos con sus pertenecidos en jurisdicción de Larrinbe que habían comprado a Antonio de Salazar y sus acreedores y que fabricaron “e hicieron fabricas de su planta” abriendo los calces y haciendo presa nueva, junto a una casa que tenían los molinos también de nueva planta. Los pertenecidos los habían comprado. Se trata de los molinos de Borinobarria, que aparecen con este nombre más adelante en la misma escritura.
  • Una casa en Larrinbe con todos sus pertenecidos “que está entre otras de Gregorio de Ugarte y Joseph de Orue pegante al camino real que se ba del campo de launco a el de la ermita de san mames”. Sería la casa de Izadar que se mencionaba en el testamento de Felipe y Casilda.
  • Unos molinos en Saratxo con su casa nueva, heredades, montes y demás, que había llevado como dote al matrimonio Josefa del Campo. Ésta, en su testamento, dejó poder a su marido para que dispusiera de sus bienes entre sus hijos, y Bartolomé en el suyo dio poder a su hermano Francisco de Lezama Eguiluz, Vicario de Ayala. Fue éste quien añadió estas propiedades al vínculo fundado por Felipe y Casilda. Por lo tanto, la agregación de estos bienes al mayorazgo que estaba fundando María Francisca era únicamente condicional: “si por no haber dejado dha Dª Josepha del Campo orden espresa de que se iziese dha agregacion y por esta razon faltase la fuerza de ella”. Es decir, por si la vinculación realizada por Francisco era impugnada por no haber sido expresamente dispuesta por Josefa; en ese caso, se añadirían estos molinos al nuevo vínculo. Estaban en el término de Abendui.
  • Unos molinos nuevos en Amurrio “llamados de querejeta que también fabricamos de nueba planta” durante su matrimonio, con las heredades de pan sembrar que habían comprado. De hecho, también compraron los sitios de dichos molinos, aunque no sabemos a quién. Tampoco queda claro si los nuevos molinos sustituyeron a otros viejos o fueron construidos totalmente de nueva planta. Lo que sí sabemos es que se trata de la casa de Querejeta, también conocida como molino Campo, que además aún luce el escudo de los Lezama en una de sus fachadas.
  • Una casa con sus pertenecidos “en donde llaman orbezar” (Oruezar) en Amurrio. Se dice que estaba cerca de la casa nueva de Cristóbal de Garbiras, marido de Asensia de Isasi, hija del ya mencionado Sebastián. “Por ser dha casa de orbezar antiquisima”, le correspondían los árboles antiguos y modernos sitos en el campo llamado Orbezar y el mismo campo, de manera que la casa nueva solo tendría su propio sitio. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que se habla de la misma casa sobre la que se trataba en el testamento de Felipe, parece que esta casa ahora llamada de Oruezar es la misma que entonces figuraba como Ugartebechi.
  • La casa de Ugartebechi sita en el barrio de Ugarte con todos sus pertenecidos. No se dice más. Creemos que puede tratarse de la casa de Ugarte que Felipe y Casilda reservaron en su testamento para su hijo Domingo, sacerdote, que no fue vinculada. De esta manera, tendríamos dos casas nombradas Ugartebechi: una en Ugarte y otra en Orue.
  • La casería de Zaballa y su accesoria que habían comprado al convento de San Francisco de Orduña, y media casa aneja a la accesoria que la “ube comprado de rosa de lezama hija y heredera de D. Andres de Lezama”. Sabemos que, el año siguiente, Manuel y su esposa hipotecaron una “casa titulada de Zaualla”, lo cual no habrían podido hacer de haber estado vinculada. En la escritura de fundación, Aldama se reservó 3.000 ducados en dinero a recibir en el plazo de dos años, y en caso contrario se quedaría con la casería de Zaballa, su accesoria y pertenecidos por la cantidad en que se compró, y la parte que faltase a su elección. Pasado el plazo, María Francisca, que era vecina de Respaldiza -con su hija, a buen seguro-, demandó a su hijo por no haberle dado los 3.000 ducados.
  • Una sepultura en la primera hilera de la iglesia, al lado del evangelio, confinante con la de la casa de Intxaurdui y la de “la casa de sarin”.
  • Otra serie de bienes como unas heredades en Belandia, una heredad en Luyando cerca de la ferrería, diversos montes y muchos bienes muebles que se describen
  • Un número importante de censos, que son los siguientes: contra un vecino de Larrinbe, tres contra la casa de Urrutiko que estaba concursada, otros contra la casa de Latatu en Amurrio que era propia de Martín de Otaola, otro de la casa de Aldaiturriaga propia de Francisco de Aguirre, otro de la casería de José de Beraza, los de la “caseria de querejeta” propia de Matías de Orue, otro de las caserías de Oribay propias de Francisco de Sagarribay, otro de una casa de Manuel de Acha en Luyando, otro de la casa de José de Otaola en Olabezar, otro de la casería de Fabián de Mugaburu y otro que debía la casería de Intxaurdui que era propia de María de Sarachaga, vecina de Luyando

María Francisca llamó en primer lugar al mayorazgo a su hijo Manuel de Lezama, de manera que gozaría no solo del mayorazgo fundado por Felipe y Casilda sino también de este nuevo creado por su madre. Y, con el tiempo, recibiría también el mayorazgo de Izaga en Okondo, lo cual nos da idea de la magnitud de los bienes que quedaron bajo su poder. Manuel contrajo matrimonio solo ocho días después de que su madre otorgase la mencionada escritura, en la que aquel figura como capitán de las milicias de Cantabria. Su cónyuge fue Francisca Antonia de Amechazurra Berrio, al parecer nacida en la burgalesa localidad de Arza, si bien parece que sus padres, Domingo de Amechazurra Velasco y Francisca Antonia de Berrio Quincoces, se asentaron pronto en Orduña, de donde fue natural ella. De hecho, sabemos que Francisca Antonia fue tutoreada por su tío José Jorge de Berrio.

Manuel tenía veintiséis años por entonces, ya que había nacido en mayo de 1729. A diferencia de su padre, apenas tuvo protagonismo alguno en el desempeño de cargos públicos de Ayala, ya que solo nos consta que fue síndico procurador general en 1762, año en que acudió como tal a las Juntas alavesas, y también lo hizo en mayo de 1763. No ocupó más cargos en su vida (en Ayala, sí lo haría en Amurrio seguramente). Ingresó en 1769 en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País como socio de mérito y, al parecer, trató de establecer en Amurrio una fábrica de carruajes, lo que no se habría llegado a efectuar.

Es en un informe de la Bascongada donde encontramos una curiosa información remitida por Manuel, la cual merece la pena reproducir en estos tiempos actuales marcados por una pandemia. Corría el año 1771 y comentaba Manuel que se estaba ganando al cirujano local “leyendole sucesivamente quantos avisos en el asunto daban las Gacetas” y le tenía dispuesto a hacer experimentos relativos a la inoculación cuando se presentase la viruela. Y así ocurrió que un niño de diez años llamado Domingo Galindez presentó síntomas. El propio Lezama dice que “repetidas veces había yo alentado a mi muger (sin fruto) sobre que hiciesemos inocular los hijos” y uno de ellos, Joaquín, de diez años, “hallandose un día holgando con otros niños y niñas de su edad”, los animó a que subieran a ver al enfermo y hablando allí mismo de la inoculación dispuso el ánimo de una niña de nueve años a ser inoculada. Se trataba de Manuelita de Solar, que por lo que sabemos fue hija precisamente de un cirujano, ya fallecido para entonces.

Joaquín soltó una pequeña postilla que la niña tenía en la mano “y asomó alguna corta humedad de sangre aguada”, tomó materia de una viruela y la depositó bajo la postilla cerrándola con ella. A los siete días la muchacha ya tenía la enfermedad “pero con tal felicidad, que depuesta su malicia las experimentó de la mejor calidad que pueden desearse”. El propio Joaquín se inoculó a sí mismo después de herirse con una navaja en el índice de la mano siniestra. Y a partir de entonces la viruela no tuvo la virulencia que sufrió Galindez sino “una tan benigna como la que tuvieron los inoculados”, de manera que habiéndose contagiado gentes de todas las edades, solo murieron una niña de pecho y una chica de 18 años muy gruesa, que se sofocó. Dice Lezama que todos se fiaron de la benignidad de la epidemia y trataban de contagiarse comunicándose con los enfermos. Así lo habían hecho los seis hermanos de Joaquín que iban y venían a su cuarto para jugar con el, contrayendo el mal y pasándolo los seis juntos. Galindez heredaría en el futuro su caserío natal en el barrio Elexondo mientras que Solar falleció en 1782.

Manuel falleció el 18 de diciembre de 1777 con tan solo cuarenta y ocho años al igual que su abuelo. Esta tendencia a la muerte prematura se mantendrá en los siguientes poseedores de los mayorazgos de los Lezama. Su esposa es posible que falleciera en Gordejuela, quizá en 1794. Lo que sabemos es que, en los años ochenta, Francisca Antonia era vecina de Okondo cuando, como curadora de su hijo Serafín, residente en Madrid, pleiteó con su hijo mayor José María sobre la posesión del mayorazgo de Izaga. El heredero de los dos mayorazgos de Amurrio y alrededores fue dicho José María, que a diferencia de su padre fue escribano como sus ancestros y falleció en 1795 con tan solo treinta y siete años. No parece que las relaciones con su madre fueran buenas, ya que también pleiteó con ella en 1784-85 cuando exigió a José María el cumplimiento de dos escrituras que le obligaban al pago de 300 ducados anuales por alimentos. Éste alegaba que era una cantidad desproporcionada habida cuenta sus rentas y que había firmado las escrituras siendo menor de edad.

El testamento de Felipe de Lezama y Casilda de Sagarribay (1681): fundación de mayorazgo e ilegitimidad

 

 

 

Felipe de Lezama Eguiluz y Casilda de Sagarribay formaron uno de los matrimonios más pudientes y, podríamos decir, provechosos de la historia de Amurrio. Al fin y al cabo, fueron quienes pusieron los cimientos del mayorazgo de la familia Lezama, una de las más importantes de la localidad. Desde el siglo XVI hasta los últimos años del XIX, los Lezama fueron protagonistas de la vida pública amurrioarra y los mayores propietarios, además de desempeñar el oficio de escribanos durante generaciones. Su influjo sobre la localidad, así como su patrimonio, fue mucho mayor que el que tuvieron los propietarios del palacio Urrutia o la torre de Landako, quienes además no residieron en Amurrio. Por el contrario, los Lezama contaron con un extenso patrimonio y siempre vivieron en la localidad.

A pesar de todo, su historia ha sido siempre ignorada. Desgraciadamente, no solo no se conoce el paradero de la documentación interna de la familia, sino que tampoco disponemos de los protocolos notariales generados por ninguno de ellos, lo que es sin duda una verdadera lástima y una pérdida irreparable para el conocimiento de la historia de Amurrio y toda Ayala. Vaya desde aquí un llamamiento a la preservación, conservación y difusión de todo documento histórico que haya permanecido acumulando polvo en armarios y desvanes.

Por todo ello, no se ha hablado lo suficiente sobre esta familia y el conocimiento sobre ella es insuficiente. Por fortuna, una copia de este testamento se ha preservado en el expediente de acceso a la Orden de Santiago de Felipe de Isasi Lezama.

La importancia de este testamento, que en muchos aspectos es completamente rutinario, radica en que consiste en el documento fundacional del mayorazgo de los Lezama. O, al menos, uno de ellos, porque ocasión habrá de hablar de otros mayorazgos que también fundaron. Pero sí recoge aspectos curiosos a los que haremos mención, referentes a las relaciones extramatrimoniales.

 

Sobre el origen de la familia Lezama de Amurrio ya tratamos en esta entrada. No vamos a repetir lo allí dicho, si bien merece la pena recordar que llevaron el apellido compuesto “Lezama Eguiluz” porque descendían de la casa de Egiluz.

Bartolomé de Lezama fue el primer escribano de la familia y, fruto de su matrimonio con Marina de Ugarte Mariaca, el 4 de mayo de 1614 fue bautizado en la parroquia de Amurrio su hijo Felipe de Lezama Eguiluz. Éste se casó el 17 de junio de 1640 con Casilda de Sagarribay Arechederra, que era cuatro años mayor que su marido, ya que fue bautizada el 19 de septiembre de 1610. Como ya vimos en aquel artículo, en 1662 Felipe tuvo un conflicto con Diego de Sarachaga, que, entre otras cosas, le acusó de construir torrejones y casas nuevas con lo que robaba. Felipe era escribano, ocupó diversos cargos públicos en la Tierra de Ayala, incluido el de síndico procurador general, y fue representante de ella en las Juntas alavesas en un par de ocasiones. Era, sin duda, uno de los vecinos más importantes de Amurrio y de toda Ayala.

Procedentes ambos de familias notables en la sociedad local, formaron un matrimonio duradero que terminó por unir los bienes que Felipe había heredado de sus padres con los de la familia Sagarribay, ya que Casilda quedó como heredera tras la muerte sin hijos de su hermana mayor. Además, sus recursos económicos les permitió construir y adquirir nuevas propiedades. Si estos recursos tenían una procedencia ilícita, tal y como denunciaba Diego de Sarachaga, es algo que no podemos afirmar. Aunque sí es cierto que, en 1643, Felipe fue acusado de tener mesón y taberna pública en su casa a pesar de que su condición de escribano lo impedía, así como de vender productos a precios excesivos y obligar a comprar en su local a los que pleiteaban ante él. No era una actitud exclusiva suya, ya que otros muchos escribanos de la zona fueron acusados de cometer estos y otros excesos, incluido su padre Bartolomé. Fue condenado a pagar ocho mil maravedís y desterrado a cinco leguas de Valladolid y de la Tierra de Ayala, aunque no sabemos si cumplió. Por otro lado, posteriormente se diría que Felipe fue persona de mucha inteligencia -entendida como conocimiento- y aficionado a las cosas antiguas. En definitiva, es uno de los representantes de las nuevas élites ayalesas de la segunda mitad del siglo XVII, que desplazan a las familias que habían “manejado el cotarro” durante el XVI y parte del XVII.

 

Felipe y Casilda formalizaron su testamento el 13 de diciembre de 1681 “estando como estamos ancianos y viejos en nra entera salud de nros juicios cuerpos y entendimientos” y es que tenían sesenta y siete y setenta y un años respectivamente. Llevaban cuarenta y un años casados. Como se señala en las primeras líneas del documento, otorgaron su testamento “por quanto entre nosotros de mucho tiempo a esta parte esta tratado y comunicado de que haiamos de hacer y otorgar nro testamento y dispusicion conjunta y en uno, y conforme a nra voluntad que la tenemos concorde”. Todo lo que dispusieran no podría ser revocado, alterado ni cambiado por ninguno de ellos de forma individual, solo por su voluntad conjunta. En aquel entonces, Felipe y Casilda tenían seis hijos vivos, entre otros que habían fallecido. Eran Francisco (1642), María Jacinta (1644), Felipe (1648), Domingo (1649), Ana María (1650) y Bartolomé (1658).

 

Como es habitual, el testamento se ocupa en primer lugar de las voluntades y disposiciones de los testadores en lo que respecta a sus funerales y honras por su alma. Felipe y Casilda dispusieron que sus cadáveres fueran enterrados con el hábito de San Francisco en la parroquia de Amurrio y en las sepulturas “que tenemos en la primera y segunda Ylera donde nros herederos y cabezaleros quisieren”. El día de sus entierros debían celebrarse las correspondientes misas de réquiem cantadas y posteriormente las funciones de novena, novenario y cabo de año con los sacerdotes que reunieran los cabezaleros o testamentarios -albaceas-, sin olvidar la “oblada y candela” por un año entero. Durante este periodo, debían hacerse también, para cada uno de ellos, tres misas de los doce apóstoles y cien misas rezadas, para las cuales suplicaban al Cabildo Eclesiástico que fueran a la mayor brevedad posible, con posibilidad de que se dijeran en los conventos de San Francisco de Orduña o Bilbao si estaban muy ocupados. El testamento deja muy claro que las honras deben ser en igual grado y coste para cada uno de los cónyuges.

Por otra parte, mandaron sendas arrobas de aceite a la lumbraria del Santísimo Sacramento y sendas libras de aceite a las ermitas sufraganas, y otras sendas libras para San Pedro de Mariaca, San Miguel de Echagoian y Santa Cruz de Gurubio [sic]. Para finalizar con las funciones religiosas, dispusieron que se dijeran otras cien misas rezadas, por el Cabildo o en cualquiera de los dos conventos mencionados, por las ánimas del Purgatorio “por ciertos cargos que tenemos”. No sabemos cuáles podrían ser estos cargos.

El pago de las limosnas, misas y funciones correría de sus propios bienes con una salvedad: el cumplimiento de las funciones del primero de los cónyuges en morir sería sufragado por su hijo Felipe de Lezama Eguiluz “porque assi lo reservamos al tpo y quando caso con dª Maria Asencia de Villachica y Allende su mujer y nra nuera, que le elijimos y nombramos por sucesor deel Vinculo y maiorazgo de las Casas de Sagarribay y ruedas de rotabarria”. Efectivamente, y como hemos dicho, Casilda había quedado como heredera de su casa natal de Sagarribai y del molino de Errotabarria tras la muerte de su hermana mayor sin dejar descendencia. Con estos bienes, formaron un mayorazgo que legaron a su hijo Felipe cuando, en 1678, se casó con María Asensia de Villachica Allende, que a su vez heredó la casa y ferrería de Zabalibar. Felipe, que había estado en Sevilla de joven, era escribano y para entonces ya había sido alcalde ordinario y síndico procurador, pero no pudo gozar mucho tiempo de este sustancioso patrimonio porque falleció prematuramente en 1691. Con el tiempo, su mayorazgo paró en manos de su nieto Diego de Landa. Tiempo habrá en otra ocasión de hablar de los Landa, la otra gran familia amurrioarra durante el Antiguo Régimen, tan olvidada o incluso más que ésta de los Lezama.

Como decíamos, los testadores se remitieron a lo ya dispuesto en la escritura matrimonial realizada para el enlace entre Felipe y María Asensia porque “tenemos mucha confianza en el dho nro hijo que cumplirá en todo y por todo”. Ya de paso, legaron a Felipe una cama nueva dos veces vestida con lienzo de la tierra y una cuja –armadura de la cama- de madera que “trajimos de Cassa de fernando de Velazco después de su muerte” y un bufete –escritorio- torneado con sus hierros. En realidad, estos bienes ya se los habían entregado cuando fueron a vivir “a sus Cassas de Zabalibar”. Con esto, y con la bendición de Dios y la suya propia, le apartaron de todo derecho a sus bienes “conforme a los asientos y ordenanzas que esta dha tra tiene usados y guardados”.

 

Continuamos con las mandas realizadas por el matrimonio al resto de sus hijos. Su hija Ana María, a pesar de contar apenas treinta y un años, ya había enviudado del escribano Antonio de Uriarte Echeguren, con quien se había casado con tan solo dieciocho. Por supuesto, en su momento le habían dado dinero, ropa y otros efectos como dote, de manera que le mandaron 200 reales de vellón para que rogase a Dios por sus almas, y con eso, con sus bendiciones y con una teja y un ciruelo, la apartaron a todos sus bienes.

Exactamente la misma cantidad legaron a su otra hija, María Jacinta, que se había casado en 1673 con José de Gorbea Orueta, uno de las personalidades más importantes de la Tierra de Ayala en su época. Como se puede ver, Felipe y Casilda se aseguraron de casar muy bien a sus hijas.

De otro montante fueron las disposiciones relativas a su hijo mayor, el Licenciado Francisco de Lezama Eguiluz, cura y beneficiado de las iglesias unidas de Amurrio y Larrinbe, que había estudiado en Valladolid. Para empezar, Francisco recibió una cantidad de dinero muy superior a sus hermanas, 100 ducados, que equivalían a 1.100 reales. Sin embargo, no los recibiría hasta que uno de ellos falleciera, y en el plazo de dos años. Además, le legaron una cama de pluma vestida cuatro veces de lienzo de la tierra (undra, undrilla y sábana), la cual, de hecho, ya le habían dado cuando se independizó. Y es que Francisco vivía en una casa que había sido de Martín de Arana y Mari Cruz de Uriarte, que él mismo había comprado en público remate y después vendió a sus propios padres. Éstos se la cedieron para que viviera en ella durante el resto de su vida sin pagar renta alguna al que designarían como heredero, con la condición de que si pasaba a vivir a otra casa sería éste último quien la arrendaría y cobraría la renta, y no el dicho Francisco.

Clérigo era también Domingo de Lezama Eguiluz, presbítero beneficiado en las iglesias unidas de Amurrio y Larrinbe, a quien dejaron 100 ducados y una cama exactamente igual que a su hermano mayor. Y, como éste, el también gozaría de una casa para su habitación –pero solo una vez que murieran los padres-, concretamente la vivienda de la casa de Ugarte, que quizá fue de su abuela materna, de este apellido. Estaba sujeto a las mismas condiciones que Francisco, y posteriormente la casa sería para el heredero nombrado.

Nada se dice aún del benjamín de la familia, Bartolomé, mozo soltero de veintitrés años por aquel entonces. No es difícil deducir que habría de ser nombrado heredero del mayorazgo que iban a constituir Felipe y Casilda.

 

Pero ahora llegamos a la parte más pintoresca del testamento. Y es que uno tras otro se nombran nada menos que tres hijos que Felipe había tenido con otras mujeres…..¡en un testamento conjunto! Todo lo visto hasta ahora en el documento da la sensación de encontrarnos ante una familia bien avenida en la que existe una total confianza no solo entre cónyuges sino también con sus hijos. Aunque no es raro que personas de la talla social de Felipe tuvieran hijos ilegítimos, o hijos naturales (antes del matrimonio), sí nos llama la atención la aparente permisividad de Casilda ante las aventuras procreadoras de su marido. Incluso nos planteamos la hipótesis de que estas relaciones se hubieran producido solo una vez que Casilda dejó de ser fértil, ya que tuvo a su último hijo a los cuarenta y ocho años. Al fin y al cabo, el incremento de la prole y la extensión del linaje eran unos valores profundamente arraigados en la sociedad de la época y más aún en las élites. Sin embargo, una de las hijas naturales de Felipe nació apenas dos meses antes que Bartolomé, y puede que no fuese la primera.

Veamos hasta qué punto los hijos ilegítimos, pero reconocidos, de Felipe eran importantes para éste. Se comenta en el testamento que concurso de acreedores a las casas de Ugartebechi en Amurrio e Yçadar en Larrinbe, que fueron de Casilda de Uriarte, viuda de Martín López de Inoso. Felipe de Orue las compró en público remate y éste las vendió a Felipe de Lezama por la misma cantidad. Pues bien, era su voluntad que la casa de Ugartebechi fuese para Juan Félix de Lezama Eguiluz, “hijo de mi el dho Phelipe de Lezama y de la dha Casilda de Uriarte” y residente por entonces en Toledo, cuando alcanzase los veinticinco años de edad. Se dice expresamente que a Juan Félix  “le hemos criado en nra Cassa y enseñado ler y escribir”; parece que fue criado en casa como un hijo más del matrimonio. Al parecer, falleció en agosto de 1682 en Amurrio. El testamento disponía que si Juan Félix fallecía sin dejar hijos legítimos, la casa sería para el heredero del mayorazgo, es decir, para Bartolomé. Por otra parte, no hemos encontrado su partida de nacimiento pero si hemos localizado a dos hijos de Casilda de Uriarte cuyo padre no consta, llamados Diego y Ventura, y bautizados en Lezama y Larrinbe en 1667 y 1670 respectivamente.

Pero hay dos hijos más. A Isidora de Lezama Eguiluz, hija de Felipe y Magdalena de Zarate “viuda en el Varrio de Onsoño”, por los servicios que “nos ha hecho en nra cassa”, le mandaron cincuenta ducados de vellón a entregar cuando tuviera veinticinco años o antes si tomase estado de matrimonio. Isidora nació, como hemos dicho, dos meses antes que Bartolomé, y en su partida de bautismo figura como padre el propio Felipe, como hija reconocida que fue. Puede que no fuese criada en casa del padre pero sí parece que fue tomada como sirvienta tal y como solían ser acogidos, por ejemplo, los sobrinos y sobrinas. Sabemos que falleció en 1698. Por último, menos datos tenemos del tercer hijo, Juan Antonio de Lezama Eguiluz, a quien tuvo con Casilda de Respaldiza, vecina de Olabezar, y a quien legaron 30 ducados.

Hay que señalar que uno de los hijos de Felipe continuó por esta misma senda de promiscuidad. No fue otro sino Domingo, cuya condición de sacerdote y beneficiado de la parroquia no fue obstáculo para que engendrara, al menos que nosotros sepamos, cinco hijos con cuatro mujeres distintas, todos ellos reconocidos en el momento del bautismo. Y parecido camino tomó un nieto de Felipe, Andrés de Lezama Villachica, un problemático y díscolo personaje vinculado al mundo ferrón que tuvo varios hijos sin que nunca llegara a casarse. Y todo ello a vista de sus convecinos, que quizá por su categoría social no parece que se escandalizaran en demasía por este heterodoxo comportamiento sexual. No es este el momento para analizar el comportamiento sexual de las sociedades del Antiguo Régimen pero habría que decir que lo comentado tampoco es excepcional, ya que las relaciones extramatrimoniales así como el amancebamiento de sacerdotes se toleraba siempre y cuando no causasen escándalo en la comunidad local.

 

Y llegamos ya a la fundación del mayorazgo, la disposición más importante del testamento: “por quanto nra intención ha sido y es por entender que assi es mas conveniente al serbicio de Dios nro Señor y de los Señores Reyes de la Corona de Castilla y de estos reynos y al Vien y buena memoria nra y de nras Casas y para q nuestros sucesores vivan mejor y se empleen y occupen en serbir a la divina Magestad y a la humana y sustenten con toda decencia sus personas, onras y familias, hacer vinculo y maiorazgo” de una serie de bienes de su propiedad para que en todo tiempo del mundo fuesen indivisibles y estuvieran siempre en las manos de un mismo y único dueño, sin que se pudieran vender, trocar, enajenar, cambiar, censuar, obligar ni sujetarlos a cosa por contrato ni por delito. No es casualidad el orden en que se nombran las diversas instancias: Dios, los Reyes, las Casas y sucesores. En esto subyace todo un sistema ideológico vigente a lo largo del Antiguo Régimen que merece la pena ser destacado, aunque no es esta ocasión para entrar en ello.

Ya hemos visto antes que Felipe heredó un mayorazgo, pero éste, que sería para su hermano menor Bartolomé, contaba con mayor número de propiedades y conformaría la parte principal de las posesiones de las siguientes generaciones de los Lezama de Amurrio. ¿Cuáles son estos bienes?

  • La torre y casas de Uriarte. Se trata de un conjunto de tres unidades domésticas que se encontrarían, según deducimos de otros documentos, en el emplazamiento del actual Palacio de Justicia. Primero, estaba “la Torre y cassa q esta en este Varrio de Uriarte que durante nro matrimonio la hicimos nueba”, lo que explicaría la acusación de Sarachaga en 1662 de que Felipe construía torrejones. Segundo, “la Cassa donde al presente vivimos q esta pegante a la dha torre y de la casa de Ynchaurdui”, la más septentrional y junto a la dicha casa de Intxaurdui. Tercero, “otra casa que esta pegante assi vien al otro lado de la dha torre que solia ser de Martin de Arana y Mari Cruz de Uriarte su mujer que la compramos”, de la cual ya hemos hablado. Por lo tanto, la torre se levantaba entre las dos casas, todo ello unido o casi unido. Se incluían todas las heredades, manzanales, viñas, parrales, huertas, cabaña, quintanales con sus cercados de paredes enfrente, al lado y alrededor y demás heredades, manzanales, robledales, etc. Desconocemos el origen de la segunda casa de Uriarte, pero nuestra hipótesis por el momento es que la heredase Casilda de algún familiar, ya que en 1614 era de un tal Francisco de Sagarribay.

 

Lezama
Mapa del entorno de la iglesia de Amurrio (Itinerario topográfico de Pancorbo a Bilbao por Orduña. Año 1852) Por el centro, atraviesa la carretera. A su izquierda, puede observarse el palacio Urrutia y la plazoleta frente a él; al norte se alinean tres edificios, que serían las casas de Uriarte y la de Intxaurdui. 

 

 

  • Una casa en Elejondo que habían comprado a Domingo de Isasi de Pardio, “que esta en la ondonada de el cercado de la Viña que esta enfrente de las dhas nras torre y casas” con sus pertenecidos. Por lo tanto, estaba cerca de Uriarte pero no sabemos más.
  • Dos casas con una cabaña en medio en el barrio Landaburu con sus huertas, manzanales y heredades detrás y al lado, y robledales, castañales y quintanales. Desconocemos su ubicación más allá de la genérica situación en el citado barrio y tampoco sabemos cómo accedieron a su propiedad.
  • La casa de Menditu con todos sus pertenecidos. Se encontraba próxima a la actual intersección de calle Iturralde con la Avenida Ayala, desaparecida en el siglo XX. El abuelo de Felipe la compró hacia 1592 y parece que su padre Bartolomé vivió en ella, por lo que es posible que nuestro Felipe naciera en esa misma casa. Sabemos que, en la siguiente centuria, era mesón y taberna, como lo sería cuando Felipe fue acusado en 1643, como ya hemos visto.

 

Amurrio
Mapa de Amurrio (IGN, año 1928). Como se puede ver, se daba el nombre de “Calle de Menduto” a la que iba más o menos por el actual paseo del parque

 

  • Dos sepulturas dentro de la iglesia. Una estaba en la segunda hilera al lado de la epístola, pegante a la de Domingo de Arana de Pardio por un lado y por el otro con el andén y paso por el que se va por medio de la iglesia. La otra estaba al lado del evangelio, en la segunda hilera, pegante a la de Gabriel de Orue y por el otro lado con el dicho andén. Puede que sea un error porque ya hemos visto que el matrimonio decía tener dos sepulturas, una en la primera hilera y otra en la segunda.
  • Una “porcion y pico” en el molino de Orue que está en el arroyo que baja de Mariaka y más arriba de la casa de Ugartebechi (que era un caserío del barrio Orue, a pesar de su nombre)

 

Como decíamos, Bartolomé de Lezama Eguiluz fue llamado al mayorazgo en primer lugar para que fuese suyo, de su futura mujer legítima y luego de sus hijos y descendientes legítimos siendo siempre uno o una el sucesor o sucesora. El matrimonio se ocupó de fijar los mecanismos sucesorios por los que habrían de regirse el mayorazgo. De esta manera, sería un mayorazgo electivo, es decir, el poseedor tenía potestad para elegir a su heredero entre todos sus hijos varones legítimos; solo a falta de varones podría hacer elección entre sus hijas hembras. Así, si solo tuviera un hijo varón, este sería nombrado sucesor automáticamente. Pero había que prever todas las eventualidades: si el poseedor no hacía la elección, el hijo mayor sería el sucesor, o la hija mayor si no hubiera varón. En caso de no haber herederos legítimos, el poseedor debería elegir entre los transversales más cercanos de un grado. Pero, para el caso concreto de Bartolomé, los testadores ya preveían cualquier eventualidad y se guardaron el derecho de hacer un nuevo nombramiento si Bartolomé fallecía o por alguna circunstancia mudaban de opinión. En caso de que Bartolomé falleciera sin hijos legítimos, el mayorazgo pasaría a su hermano Felipe y sus hijos, y a falta de éstos, a María Jacinta y, en último lugar, a Ana María.

 

Felipe y Casilda, además de los bienes ya mencionados, tenían “otros como son caserías y muebles q hai en ellas” así como los bienes muebles de las casas vinculadas (cajas, arcas, trojes, cubas, escabeles, escritorios, camas, escrituras, etc), todo lo cual se reservaron para su libre disposición el resto de sus vidas. Se dieron libertad mutua para elegir heredero y excluir a quien quisieran, pero en caso de no redactar otro testamento, todos estos bienes serían también para Bartolomé. Entre esas caserías no vinculadas, deben encontrarse las de Ugartebechi e Izadar ya citadas, la de Ugarte que aprovecharía su hijo Domingo, pero quizá también aquellas casas de Landa y Susoco que se mencionaban en 1662.

Finalmente, nombraron por testamentarios y cabezaleros a sus hijos Francisco y Domingo y al cura que fuese de la iglesia. El testamento lo redactó Francisco y se firmó en “esta nra cassa de Uriarte en q al presente vivimos” antes de sellarlo e insertarlo en un sobre para entregarlo al escribano Diego de Landa Ugarte ante siete testigos. La orden era no abrirlo hasta el fallecimiento de uno de los cónyuges. Ambos abandonaron este mundo poco más de un año después: Felipe murió el 14 de enero de 1683 y Casilda el 27 de marzo.

Es de suponer por tanto que el mayorazgo no se materializó en la persona de Bartolomé hasta el fallecimiento de sus padres, de manera que se casó el 10 de abril de 1684 con Josefa de Campo Uriondo, natural de Maroño. Bartolomé fue escribano, ocupó cargos públicos en Ayala en muchas ocasiones, sobre todo el de alcalde ordinario, oficio que de hecho desempeñaba el 21 de enero 1706 cuando le sobrevino la muerte a los cuarenta y siete años de edad.

 

Pero sobre Bartolomé y sus descendientes, y sobre el futuro del mayorazgo de los de Lezama, hablaremos en una próxima entrada.

Lezama en la II República: política y elecciones

 

 

El Ayuntamiento de Lezama (integrado por Astobiza, Baranbio, Larrinbe, Lezama, Lekamaña y Saratxo) tenía 1444 habitantes de hecho y 1564 de derecho según el censo de 1930. Era por entonces un municipio fundamentalmente rural donde la mayoría de la población se dedicaba a la agricultura, que combinaban con el mantenimiento de una pequeña cabaña ganadera. Así, aproximadamente la mitad de los cabezas de familia eran labradores propietarios. La actividad minera en el coto de San Antón se mantenía a duras penas, y había un número importante de personas que trabajaban en actividades vinculadas al ferrocarril. Para los jóvenes, la apertura de algunas fábricas en Amurrio representó una nueva oportunidad, pero la mayoría de la población se dedicaba al sector primario como hemos dicho.

El 29 de octubre de 1841 el regente Espartero promulgó un decreto por el cual los ayuntamientos de las provincias vascas debían organizarse con arreglo a las leyes constitucionales. Como consecuencia, la Tierra de Ayala se descompuso en varios ayuntamientos. La cuadrilla de Lezama emprendió el camino hacia su municipalización, si bien finalmente Etxegoien e Izoria se desgajaron de ella para pasar al municipio de Ayala, de manera que el Ayuntamiento de Lezama fue constituido por las seis localidades mencionadas. El primer Ayuntamiento Constitucional se constituyó el 19 de diciembre: Dámaso de Arana alcalde, José Balza de Berganza primer regidor, Vicente de Aldama segundo regidor, Benito de Ibarra tercer regidor, Julián Díaz de Olarte cuarto regidor y José de Oquendo síndico procurador general.

A lo largo de la Restauración, Lezama estuvo políticamente controlada por la Casa Urquijo, que se definía como independiente, aunque casi siempre en posiciones liberales y en franca oposición al carlismo. Por aquel entonces, Amurrio fue un distrito electoral en el que se elegía un diputado a Cortes; a lo largo de todo el periodo, resultó elegido el candidato urquijista, habitualmente sin competencia. Una excepción puede ser la elección de 1916, cuando Luis Urquijo superó en Lezama al carlista Antonio Garay por solo doce votos. En las elecciones a Cortes de 1919 Urquijo, en unión con los conservadores y tradicionalistas, ganó ampliamente al otro candidato, el nacionalista Esteban Isusi. Pero es significativo que, en una fecha tan temprana, el candidato del PNV recibiera 59 votos en este municipio, teniendo en cuenta que la implantación del nacionalismo en Álava no conoció avances destacables hasta los años treinta.

El golpe de estado de Primo de Rivera en 1923 dio la puntilla al sistema de la Restauración. En este periodo, los alcaldes de Lezama fueron Jacinto Ugarte (1923, en sustitución del anterior, Casimiro Arbaizagoitia), José María Aguirre (1923-1928) e Isidoro Gutiérrez (1928-1930), que fue sustituido por Alejandro Aldama en el periodo transicional que siguió. Por otro lado, tras la caída del gobierno de Dámaso Berenguer el 12 de febrero de 1931, el rey Alfonso XIII ofreció el gobierno al almirante Aznar y se convocaron elecciones municipales para el 12 de abril, unas elecciones que fueron planeadas como un plebiscito: monarquía o república.

Sin embargo, en Álava aproximadamente la mitad de los concejales fueron elegidos por el artículo 29, sin lucha electoral por no presentarse un número de candidatos superior al de concejales a elegir. Además, la mayoría de las candidaturas fueron apolíticas. El 5 de abril la Junta Municipal del Censo Electoral aprobó cuatro candidaturas propuestas por exconcejales para el Distrito de Baranbio (en el que votaban Baranbio, Astobiza y Larrinbe): las de José Isasi Esnal, Hilario Aldecoa Lejarza, Manuel Guinea Uzabal y Víctor Aldama Ugarte. Los cuatro fueron proclamados concejales en función del artículo 29, de manera que no hubo elecciones en esta sección el 12 de abril. El día 10 el periódico Heraldo Alavés se congratulaba por la elección de cuatro monárquicos aunque realmente Isasi y Aldama eran nacionalistas, o al menos así se significaron posteriormente.

El 12 sí hubo elecciones en la Sección de Lezama, donde votaban los de este pueblo, Lekamaña y Saratxo, y eran elegidos cinco concejales. Pero el interés no fue muy grande: solo 58 de 175 electores ejerció su derecho al voto. En general, en toda la provincia hubo un escaso interés por estas elecciones. Los resultados fueron los siguientes:

            -Nicanor Guinea Uzabal: 26 votos

-Elías Gutiérrez Arechavala: 25

-Isidoro Gutiérrez Martín: 25

-Silvestre Bordagaray Goicolea: 23

-Julián Aguirre Respaldiza: 18

-Alvaro Solachi Amirola: 15

-Cosme Ibarrola Padilla: 13

-Miguel Pinedo Urrutia: 3

-Benigno Menoyo Obaldia: 1

-Francisco Abasolo Aguirre: 1

-Francisco Mendivil Alava: 1

 

 

El día 21 se procedió a la constitución del nuevo ayuntamiento. Tomaron posesión los cuatro nombrados por artículo 29 en la Sección de Baranbio y los cinco más votados en Lezama. Sin embargo, Isidoro Gutiérrez renunció a su puesto y lo cedió al siguiente más votado de la lista, Álvaro Solachi. El libro de actas no cita sus filiaciones políticas, pero sabemos que solo uno de los cinco elegidos en Lezama fue nacionalista, Bordagaray. El resto figuran como tradicionalistas. Posteriormente, se procedió a la elección de alcalde “metiendo cada concejal un papel en una urna”. El elegido fue Julián Aguirre, que era el más joven de todos, con cinco votos. El siguiente fue Silvestre Bordagaray con tres votos seguido de Nicanor Guinea con uno, a pesar de lo cual éste fue nombrado primer teniente y aquel segundo teniente.

Hay que tener en cuenta que la población no tenía una cultura democrática ni política por aquel momento. El carlismo, más que un partido, había sido un movimiento no muy organizado ni estructurado, mientras que el urquijismo imperante durante la larga Restauración tampoco contó con ningún tipo de organización ni rasgo propio de la política de masas. Nos faltan estudios que ayuden a comprender las redes del urquijismo; por ejemplo, una identificación de sus agentes e interventores en tiempo de elecciones que contribuya a definir la evolución política e ideológica de los hombres de este tiempo. Tampoco podemos decir gran cosa sobre los inicios del nacionalismo en esta comarca. Existe en esta cuestión un vacío historiográfico que llenar.

En cuanto a los concejales elegidos en 1931, Bordagaray y Azcaray, así como Isidoro Gutiérrez y el padre de Aldama, figuran como afiliados a la Unión Patriótica en 1924, pero hay que tener en cuenta que ello fue obligatorio para desempeñar cargos públicos durante la dictadura de Primo de Rivera. Siendo Gutiérrez alcalde, observamos que junto a el se encontraba un futuro nacionalista como Juan Isasi Esnal, Manuel Sojo (varios de cuyos hijos fueron milicianos) y tradicionalistas como José María Aramendi y José Aspiazu Guaresti.

 

El 8 de mayo de 1931 se promulgó un decreto que reformó la Ley Electoral de 1907, bajando la edad mínima para votar a los 23 años, suprimiendo el artículo 29 y posibilitando la elección de las mujeres, aunque aún no podían votar, ya que esa reforma se dejó pendiente para las Cortes que saldrían de las elecciones del 28 de junio.

En Vasconia, los comicios se plantearon como una lucha entre los defensores del Estatuto de Estella y el bloque republicano-socialista. Pero Álava fue una excepción, ya que los nacionalistas y los tradicionalistas fueron por separado tras una campaña en la que se dieron mucha cera. El 7 de junio se celebró un mitin nacionalista en Baranbio en el que hablaron Jesús María Leizaola y Esteban Isusi entre otros.

El día 21 la Junta Municipal del Censo nombró apoderados, que fueron José María Urquijo por José Luis Oriol (CT) en las dos secciones y Cosme Ibarrola por Félix Susaeta (Partido Republicano Radical Socialista, apoyado por PSOE, UGT y ANV). Llama la atención que los nacionalistas no presentaran ningún apoderado en un municipio donde, como veremos, resultaron ser la fuerza principal.

Las elecciones transcurrieron con normalidad y con una elevada participación, ya que no votar estaba castigado con un recargo del 2% en la contribución y la publicación del nombre en el Boletín Oficial de Álava, como efectivamente se hizo. La mesa de la Sección Primera estuvo en la escuela de ambos sexos de Lezama y hubo tres interventores: Felipe Guinea por la CT, Eusebio Ugarte por el PNV y Antonio Muguruza por el bloque republicano-socialista. Con una participación del 88,27% los resultados fueron los siguientes:

            -José Luis Oriol (CT): 71 (41%)

-Pantaleón Ramírez de Olano (PNV): 57 (32,95%)

-Félix Susaeta (PRRS): 42 (24,28%)

-Blanco: 3

 

La Sección Segunda estuvo constituida en la escuela de niños de Baranbio y figuran otros tres interventores: Víctor Usategui, Eugenio Garay y Samuel López, seguramente por el PNV, la CT y el bloque republicano-socialista respectivamente. Con una participación del 89,2% los resultados fueron los siguientes:

            -José Luis Oriol (CT): 52 (31,5%)

-Pantaleón Ramírez de Olano (PNV): 95 (57,58%)

-Félix Susaeta (PRRS): 16 (9,7%)

-Blanco: 2

 

Por lo tanto, con una participación del 88,7% en el total del municipio, el resultado global sería así:

            -José Luis Oriol (CT): 123 (36,39%)

-Pantaleón Ramírez de Olano (PNV): 152 (44,97%)

-Félix Susaeta (PRRS): 58 (17,16%)

-Blanco: 5

 

El PNV se alzó con la victoria en estas elecciones, como haría en todas las celebradas a lo largo de la II República. La hegemonía del PNV se sustentó en la Sección de Baranbio, mientras que las izquierdas tenían cierto peso en la Sección de Lezama, posiblemente por la mayor presencia de trabajadores del ferrocarril. Como veremos, la participación siempre fue más alta en Baranbio, que parece ser el lugar más politizado a lo largo de la República tanto en uno como en otro sentido. Así, Baranbio contó con un batzoki, presidido por Prudencio Aramendi, y un grupo de hilanderas. En 1933 había más de 50 afiliados al Partido en el municipio y ese mismo año se constituyó la Junta Municipal del PNV, de la que fue presidente el concejal Isasi, y cuyos promotores parecen haber sido los jóvenes de Lezama Juan Amirola y Juan José Aguirre, a la sazón hijo del mencionado José María y hermanastro del alcalde.

Por su parte, en estas elecciones de 1931 el voto tradicionalista no alcanzó el 40%. La Comunión Tradicionalista no estuvo organizada en Lezama ni tuvo un centro social oficial, tampoco tuvo muchos afiliados. Pero, con el tiempo, surgiría un grupo fuerte en torno a los Isasi de Baranbio: Juan José y, ya en 1936, su joven hijo José Ramón, que se hizo falangista. Debido al apoliticismo característico de las pasadas elecciones municipales, Lezama contó con un ayuntamiento de mayoría tradicionalista -no necesariamente carlista pero sí monárquico- aún siendo de mayoría nacionalista en términos de voto, lo que habría de generar contradicciones en su actuación durante la República sobre todo en lo que respecta a la cuestión del Estatuto.

No podemos pasar por alto a las izquierdas, que no tuvieron representación alguna en el consistorio a pesar de lograr casi el 25% de los sufragios en la Sección Primera. En las elecciones legislativas de 1933, Isidoro Gutiérrez fue apoderado del candidato del PRRS (que no recibió ningún voto, por cierto), por lo que quizá no sea erróneo pensar que, de no haber renunciado a su puesto, al menos habría habido un concejal afín al bloque republicano.

 

Paralelamente, el 31 de mayo el ayuntamiento en pleno decidió que el alcalde acudiera a la asamblea convocada para el 14 de junio en Pamplona para aprobar el Estatuto realizado por la Sociedad de Estudios Vascos, convocatoria apoyada por los ayuntamientos nacionalistas y derechistas. La asamblea finalmente se celebró en Estella y en ella 56 ayuntamientos alaveses, como Lezama, apoyaron el Estatuto. El 19 de julio el ayuntamiento se mostró conforme con el Estatuto de Estella “por encontrar en el condiciones más adecuadas al régimen que por tradición se observaba antiguamente en el País Vasco, dejando pendiente el alavés hasta ver lo que acuerda el Gobierno sobre el vasco”. Se refiere al Estatuto promovido por la Comisión Gestora de Álava -sustituta de la Diputación- para este territorio, que fue aprobado cuatro días después por 21 ayuntamientos alaveses, casi todos de mayoría republicana. En todo caso, la iniciativa no fue lejos ante la oposición de todos los ayuntamientos de mayoría tradicionalista y nacionalista.

Posteriormente, la iniciativa pasó a las Gestoras. El 31 de enero de 1932 se celebraron asambleas provinciales de ayuntamientos en las cuatro capitales y todas se mostraron a favor de un estatuto único para todo el país, y no uno por provincia. Lezama no acudió a esta asamblea, por motivos que desconocemos. El 19 de junio, en una asamblea celebrada en Pamplona, Lezama mostró su apoyo al Estatuto elaborado por el movimiento de alcaldes y las Comisiones Gestoras, al igual que hicieron todos los municipios de la Cuenca Cantábrica. Pero solo 109 de los 267 ayuntamientos navarros lo apoyaron, lo que paralizó el proyecto. En adelante, la CT se opondrá a un estatuto que integrara a las tres provincias vascas al considerar que Álava quedaría muy perjudicada frente a las dos provincias costeras y la conflictividad con el PNV fue in crescendo.

 

El 30 de diciembre de 1932 el Gobierno ordenó el cese de todos los concejales elegidos en abril de 1931 mediante el artículo 29. Así, el 29 de enero de 1933 los concejales Aldama, Isasi, Manuel Guinea y Aldecoa cesaron de su cargo. Las elecciones no se celebraron hasta el 23 de abril y solo tuvieron lugar en la Sección Segunda. Fueron las primeras elecciones en las que pudieron votar las mujeres y lo hicieron con una alta participación, ya que el 84,9% de los electores acudieron a las urnas en la escuela de niños de Baranbio. Los resultados fueron los siguientes:

            -Víctor Aldama Ugarte: 181 votos

-Ramón Azcaray Olabarria: 167

-José Isasi Esnal: 167

-Eustasio Abechuco Garro: 130

-Juan Román Gil: 130

-Manuel Guinea Uzabal: 116

-Miguel Abin Isasi: 1

 

Estas elecciones se caracterizaron por el mayor grado de politización de las candidaturas, como se puede observar en el hecho de que Azcaray e Isasi, del PNV, obtuvieron el mismo número de votos, como ocurrió con los tradicionalistas Abechuco y Román. Hay que notar que los votos que le faltaron a Guinea para igualar a los tradicionalistas son los mismos que destacan a Aldama de sus compañeros nacionalistas. En el acta de escrutinio no se indican las filiaciones de cada uno y no disponemos del acta de proclamación de candidatos. Manuel Guinea seguramente era monárquico indeterminado en 1931 pero no sabemos si después se acercó más al nacionalismo o al tradicionalismo. Puede que hubiera electores indecisos, situados en un punto entre el PNV y CT, que prefirieron dar su voto a Aldama teniendo en cuenta que, aunque afiliado al Partido, quizá era más moderado que los otros dos, ya que Isasi y Azcaray dimitieron tras el conflicto de los ayuntamientos de 1934, como veremos, y el no lo hizo.

El nuevo ayuntamiento se constituyó el 10 de mayo. Román y Abechuco lograron el mismo número de votos pero solo había lugar para uno, de manera que el primero cedió el puesto al segundo. Compuesto el ayuntamiento por los nacionalistas Silvestre Bordagaray (Lezama), José Isasi y Ramón Azcaray (Baranbio) y Víctor Aldama (Larrinbe) así como por los tradicionalistas Elías Gutiérrez (Saratxo), Eustasio Abechuco (Baranbio), Nicanor Guinea, Álvaro Solachi y Julián Aguirre (Lezama), resultó elegido alcalde éste último de nuevo. A pesar de que el PNV había logrado ganar un concejal en la Sección en la que era hegemónico, el consistorio continuó con mayoría tradicionalista.

En lo que respecta al Estatuto, se convocó una asamblea de ayuntamientos para el 6 de agosto en Vitoria para tratar sobre el que estaban elaborado los miembros de las Comisiones Gestoras. El 30 de julio el ayuntamiento de Lezama acordó no acudir a la asamblea, seguramente debido a la campaña que los tradicionalistas realizaron en su contra. En esta asamblea, se propuso la formación de una Comisión para llevar adelante la gestión del referéndum estatutario. El 26 de octubre la Junta Permanente de la Comunidad de Ayuntamientos Alaveses (CAA) envió un telegrama al presidente del gobierno pidiendo que hubiera interventores en nombre de los 57 ayuntamientos que la integraban. Sin embargo, siete alcaldes y todos los concejales nacionalistas, republicanos y católicos independientes de 21 ayuntamientos miembros de CAA transmitieron al gobierno que el telegrama era apócrifo. Aparecen concejales de Lezama entre los firmantes de este manifiesto, aunque aún no eran miembros de la CAA. Finalmente, los tradicionalistas pidieron el voto en contra o la abstención, mientras que el resto de formaciones pidieron el voto afirmativo.

El referéndum se celebró el día 5 de noviembre. En Lezama hubo una participación del 76,9%, apenas punto y medio por debajo de la que habría días después en las elecciones legislativas. De un total de 751 electores, votaron 577 y solo 8 lo hicieron en contra. Por lo tanto, en Lezama el estatuto recibió 569 votos positivos. Por comparar, en las legislativas posteriores la suma de votos nacionalistas e izquierdistas fue de 345, y la de tradicionalistas y nacionalistas de 534. Por lo tanto, en Lezama, y en toda la Cuenca Cantábrica, es obvio que la mayor parte de los tradicionalistas votaron en sentido afirmativo a pesar de la posición oficial de CT. Pocos días después, el 11 de noviembre –día de San Martín, patrón de Lezama- se celebró una Sesión Municipal Extraordinaria con la presencia de solo cuatro concejales (todos de fuera de Lezama, los nacionalistas Aldama, Isasi y Azcaray y el tradicionalista Abechuco) para nombrar un representante que acudiera a Gernika el día siguiente a entregar las actas del plebiscito, para lo que nombraron a Isasi.

No habían pasado ni dos meses desde que el municipio dio un sí rotundo a la aprobación del Estatuto cuando, en enero de 1934, los de Lezama formaron parte de los 42 alcaldes y 180 concejales –los tradicionalistas, claro está- que enviaron un escrito al Presidente de las Cortes declarando que se adherían al documento presentado por la Junta Permanente de la CAA oponiéndose al Estatuto. Claramente, la corporación no estaba acordando de acuerdo al sentir mayoritario de la población en este asunto.

 

Por su parte, las nuevas elecciones legislativas tuvieron lugar el 19 de noviembre de 1933. El día 12 fueron nombrados apoderados Juan José Isasi por Oriol, Isidoro Gutiérrez por el republicano Castresana (PRRS) y Jesús Echevarría por el nacionalista Francisco Javier de Landaburu. En la Sección Primera hubo nada menos que cinco interventores: el concejal Solachi y Pedro Alday lo fueron de Oriol, Eusebio Ugarte y Pantaleón Quintana lo fueron de Landaburu, y el obrero ferroviario Santiago Ibargüengoitia lo fue de Susaeta. En esta ocasión, la participación descendió al 71,36% y el PNV logró una gran victoria:

            -Landaburu: 149 (52,46%)

-Oriol: 96 (33,8%)

-Susaeta: 30 (10,56%)

-Amorós (PRR): 3

-Quintana (PCE): 2

-Nulos: 3

-Blanco: 1

 

La mesa de la Sección Segunda estuvo presidida por la maestra Julia Martínez Ormazabal y contó también con cinco interventores, aunque no se indica por quién lo fueron. Eran Juan Landaluce Cortazar, José María Aramendi, Pedro Aspe Echenagorria, José Isasi Esnal y José Luis Ugarte Ugarte. Podemos adivinar que Isasi lo fue del PNV, ya que era concejal por este partido, y Aspe lo sería de CT, pues consta que fue un destacado tradicionalista de la localidad. También Aramendi, que fue detenido por los republicanos por su filiación política. La participación fue notablemente más alta que en la otra sección, alcanzando el 86,12% del censo

            -Landaburu: 153 (50,33%)

-Oriol: 136 (44,74%)

-Susaeta: 13 (4,28%)

-Amorós: 1

-Blancos: 1

 

Por lo tanto, los resultados a nivel de municipio fueron los siguientes:

-Landaburu (PNV): 302 (51,36%)

-Oriol (CT): 232 (39,46%)

-Susaeta (Conjunción Republicano Socialista): 43 (7,3%)

 

El PNV logró un importante ascenso en la Sección de Lezama, de manera que reforzó su posición como fuerza hegemónica de la localidad a pesar de que en la Sección de Baranbio el tradicionalismo recortó distancias. Las izquierdas experimentaron un retroceso importante respecto a las elecciones de 1931, sumando menos sufragios que entonces a pesar de la duplicación del censo electoral con la obtención del derecho a voto por parte de las mujeres. En la Cuenca Cantábrica, CT superó por un centenar de votos al PNV. En el conjunto de Álava, los nacionalistas obtuvieron los mejores resultados de su historia hasta el momento, y a ello habría contribuído el resultado del referéndum celebrado unos pocos días antes, atrayendo a muchos no nacionalistas partidarios de la autonomía.

 

A raíz de la aprobación de un polémico Estatuto del Vino, en el verano de 1934 se activaron movimientos para la defensa del Concierto Económico. A pesar de que dos días antes el Gobierno declaró que el Estatuto no se aplicaría en las provincias vascas, el 5 de julio se celebró una asamblea de ayuntamientos en Bilbao a la que acudieron diecisiete consistorios alaveses, incluido Lezama. Se acordó crear una comisión que convocara la elección de la definitiva comisión de defensa del Concierto por los ayuntamientos. El alcalde de Vitoria invitó a todos los ayuntamientos alaveses a acudir a una reunión el 19 de julio para elegir la comisión, pero la CAA -controlada por Oriol, en la que Lezama había ingresado en marzo a pesar de la protesta de la minoría nacionalista del consistorio- instó a no acudir y solo lo hicieron catorce ayuntamientos, Lezama entre ellos, junto a Artziniega, Ayala o Laudio. Es decir, Lezama obedeció a la CAA en enero para mostrarse contrario al Estatuto pero no siguió sus dictados en esta ocasión. En esta reunión se decidió convocar para el 12 de agosto la elección en cada ayuntamiento, por parte de los concejales, de la Comisión definitiva. Pero los gobernadores civiles, con apoyo del ministro de la Gobernación, prohibieron las votaciones y anunciaron medidas represivas para quienes participaran en ellas. A pesar de ello, se celebró en bastantes municipios de Bizkaia y Gipuzkoa, no así en Álava, donde no se había convocado la elección. Aún así, en ocho ayuntamientos (Aramaio, Artziniega, Ayala, Laudio, Okondo, Oteo, Salvatierra y Zuya) votaron un total de 37 concejales, todos nacionalistas excepto uno. Como resultado, fueron detenidos todos los alcaldes que participaron en ella.

Las comisiones defensoras del Concierto Económico convocaron una asamblea de parlamentarios y representantes de los alcaldes en Zumarraga para el 2 de agosto. Fue prohibida por el gobierno y la policía trató de impedir sin éxito su celebración, aunque hubo detenciones y solo asistieron dos representantes alaveses, los de Salvatierra y Llodio. Como protesta, acordaron la dimisión de todos los ayuntamientos vascos: el 8 de septiembre el PSOE, PNV e Izquierda Republicana dieron orden de dimitir inmediatamente a sus concejales. En Álava, solo 63 concejales de 13 ayuntamientos lo hicieron. En Lezama, el 23 de septiembre José Isasi y Ramón Azcaray presentaron su dimisión. No sabemos por qué Aldama y Bordagaray no lo hicieron, si bien es cierto que el segundo apenas fue a las sesiones en adelante. Puede que fuera una decisión tomada en el seno de la Junta Municipal del PNV quizá con vistas a no dejar el ayuntamiento sin representación nacionalista. Isasi no fue readmitido hasta el 17 de mayo de 1936 tras solicitarlo varias veces, y también reaparece Azcaray, aunque no consta que pidiera su regresa ni su readmisión.

En julio de 1935 falleció el concejal Elías Gutiérrez. Esto habría igualado las fuerzas en el seno del ayuntamiento, pero la renuncia de dos concejales nacionalistas les seguía dejando en clara inferioridad. El 14 de noviembre de 1935 se celebró una asamblea de ayuntamientos alaveses al que acudieron 48 ayuntamientos con 2 adheridos con el objeto de realizar una Carta Foral de Álava. Lezama no envió representación.

 

Las elecciones legislativas del 16 de febrero de 1936 fueron una lucha cuadrangular en Álava entre CT, PNV, el Frente Popular y la CEDA, encabezados respectivamente por Oriol, Landaburu, Ramón Viguri y Luis Pérez Flórez-Estrada. La campaña electoral fue la más intensa de todas las celebradas anteriormente. La politización era elevada. El PNV fue prácticamente el único grupo político que presentó un programa con objetivos concretos y realizó una campaña moderada para atraer el voto de los católicos independientes, frente a una CT muy radicalizada y especialmente virulenta con el PNV. Ambos realizaron actos de campaña en Lezama. Por ejemplo, la CT realizó uno en la cabeza del municipio el 1 de febrero y otro el día 9 en Lezama y Baranbio.

El mismo día 9 se nombraron apoderados, que fueron José María Urquijo, alcalde de Llodio, por Oriol en las dos mesas, Miguel Aburuza Urruticoechea en Lezama y Ricardo Ugarte Lili en Baranbio por Landaburu, y Modesto Manuel Arana por Viguri solamente en la primera mesa. Por lo demás, la única documentación que disponemos son los resultados de la misma. En la primera mesa, con una participación del 73,06%, los resultados fueron:

            -Oriol: 120 (39,87%)

-Landaburu: 101 (33,55%)

-Viguri: 66 (21,93%)

-Pérez: 11 (3,65%)

-Blanco: 3

 

En la segunda Sección, con una participación nuevamente más elevada que en la anterior, del 82,5%, los resultados fueron:

            -Oriol: 125 (39,55%)

-Landaburu: 151 (47,78%)

-Viguri: 31 (9,8%)

-Pérez: 6

-Blancos: 3

 

Por lo tanto, los resultados globales quedaron de la siguiente manera:

-Oriol: 245 (39,7%)

-Landaburu: 252 (40,84%)

-Viguri: 97 (15,72%)

 

 

La participación fue similar a la de 1933 pero los resultados cambiaron sensiblemente. El candidato nacionalista perdió medio centenar de votos, casi todos en el distrito de Lezama, donde CT volvió a resultar vencedora. El Frente Popular obtuvo unos resultados que se acercaban a los que Susaeta logró en 1931 y la diferencia entre nacionalistas y tradicionalistas era mínima. En el conjunto de Álava, el PNV quedó muy por debajo de CT y con poca diferencia sobre la CEDA. Seguramente, los católicos independientes que habían votado al PNV en 1933 les retiraron el voto ahora ante la campaña derechista y la aparición de la CEDA, pero hay que advertir que en Lezama parte de esos votos perdidos también fueron para el FP.

Hubo una segunda vuelta de las elecciones que se celebraron el 1 de marzo. Por no reincidir demasiado en las mismas cuestiones, en Lezama la participación fue casi idéntica y la mayoría de la gente tendió a votar lo mismo. En la sección de Lezama bajó el voto tradicionalista y ascendió el izquierdista, mientras que en Baranbio Landaburu amplió su ventaja sobre Oriol. De esta manera, en el conjunto del municipio el PNV reforzó su primacía con un ligero ascenso de las izquierdas.

Finalmente, el 12 de mayo de 1936 se dio por válido el referéndum de 1933 y Álava quedó incluida dentro del Estatuto. A finales de junio, comenzó una campaña a nivel municipal por medio de telegramas que los ayuntamientos enviaron a las Cortes. Lezama fue uno de los quince ayuntamientos alaveses que también lo hicieron. Tras la vuelta de Isasi y Azcaray, ahora sí había igualdad en el ayuntamiento. Incluso podemos trazar la hipótesis de que alguno de ellos se hubiera acercado a posiciones nacionalistas, como es el caso de Nicanor Guinea, ya que sabemos que su establecimiento fue lugar de reunión de los nacionalistas y que fue multado con 100 pesetas por su actuación durante el “dominio rojo-separatista”.

 

La sublevación de 1936 supuso la interrupción de la política municipal. El alcalde Julián Aguirre Respaldiza fue detenido el 29 de agosto en Baranbio por tres jóvenes que, según su posterior declaración, se habían identificado como nacionalistas de Begoña. Fue trasladado en un coche al Cuartelillo de Bilbao y al día siguiente lo encarcelaron. Permaneció en el Altuna Mendi hasta que los sublevados entraron en Bilbao “padeciendo muchos sufrimientos y torturas”, en sus propias palabras.

Por el momento, el poder quedó en estos lugares en las Juntas de Defensa que se fueron formando tanto en Lezama como en Baranbio. Sabemos que los concejales Abechuco y Solachi fueron objeto de investigación por éstas pero no tenemos constancia de que fueran apresados. El exconcejal Aldecoa se integró muy pronto, ya en septiembre, en la columna Orozko-Baranbio, donde era acemilero en noviembre. Azcaray quedó como alcalde en funciones y, en diciembre de 1936, presidió como tal la constitución del nuevo ayuntamiento. El Director General de la Administración Local de Euzkadi nombró concejales a Félix Zulueta, Tomás Cuadra, Pedro Aldama, José Ortiz de Pinedo, Julián Echevarria, Benigno Menoyo y Miguel Aburuza, que fue elegido alcalde.

José Isasi Esnal fue condenado a reclusión perpetua como autor de un delito de auxilio a la rebelión por sentencia de 8 de septiembre de 1937 dictada en Santoña por el Consejo de Guerra Permanente nº 2 dándose como hechos probados que se enroló voluntariamente en las “milicias rojo-separatistas” actuando primero como Cabo y luego como Teniente, además de haber sido presidente de la Junta Municipal del PNV en su localidad. Fue condenado al pago de 5000 pesetas en Burgos el 22 de agosto de 1940. Había estado preso en El Dueso.

Ramón Azcaray fue sentenciado por la Autoridad Militar de Álava al pago de cinco mil pesetas y pena de destierro, que cumplió en Valladolid, y fue absuelto en Burgos el 27 de junio de 1940.

Víctor Aldama Ugarte estuvo preso en Carmona (Sevilla)

 

 

 

 

 

 

 

 

Guerra Civil

 

 

 

 

Ochenta años después, la Guerra Civil continúa siendo un tema de rabiosa actualidad, no ya porque suscita un gran interés en el público sino sobre todo por su presencia en la agenda política. A juzgar por las enconadas defensas y airadas reacciones de unos y otros ante determinadas manifestaciones y declaraciones, el tema no está en absoluto cerrado, al menos desde el punto de vista de la identificación personal con los implicados. Aún hoy los que se niegan a la apertura de fosas comunes para no “abrir heridas” son los mismos que al clamar contra la exhumación de Franco dejaron bien claro que la herida no está cerrada ni cicatrizada, ni mucho menos, y que de aquellos barros vienen estos lodos. No es desconocimiento y desinformación lo que alienta a aquellos sujetos que de tarde en tarde reciclan una vez más el argumentario completo que desplegó el franquismo para legitimarse responsabilizando así al socialismo, de entonces y de ahora, de haber provocado una Guerra (¡¡¡).

El franquismo se levantó sobre la derrota total y absoluta de la II República y la represión, defenestración, silenciamiento, satanización, criminalización, exilio y muerte de combatientes, políticos, funcionarios y simpatizantes de aquella. La II República fue el primer régimen plenamente democrático de la historia de España. En primer lugar, porque es imposible considerar plenamente democrático cualquier sistema que deje fuera a la mitad de la población: la República reconoció, por primera vez en la historia de España, el derecho a voto de las mujeres. Pero hay otros motivos, como la libre concurrencia política. Hay que tener en cuenta los precedentes: se venía de ese largo periodo conocido como la Restauración en el que dos grandes partidos de notables se alternaban en el poder de forma pactada mediante mecanismos como el caciquismo, el clientelismo y el fraude electoral, elementos que tan bien caracterizan el urquijismo imperante en el Alto Nervión en dicho periodo. El sistema de la Restauración apenas daba margen a los partidos políticos modernos de masas, de modo que la mayor parte de la población no tenía participación alguna en política. ¿En qué lugar deja a ciertos partidos políticos actuales que se dicen demócratas el hecho de que sistemáticamente ningunean y vilipendian el régimen republicano, a pesar de logros históricos tan importantes como éstos?

La democracia republicana fue vista por sus defensores como el medio para poner en marcha una serie de profundas reformas que llevarían a España a la modernidad de una vez por todas. Efectivamente, los primeros gobiernos de la República trataron de poner remedio a los grandes problemas del país, como el agrario, el militar o el analfabetismo. Su programa de modernización política, social, institucional y cultural, toda su actividad legislativa, tuvo sus aciertos y sus deficiencias, como se puede decir de cualquier otro gobierno. Sin embargo, la mayor parte de la derecha fue hostil a la República desde el principio. Sus reformas sociales, económicas, políticas, agrarias y militares suscitaron miedo en la aristocracia y la burguesía porque veían sus privilegios y su preminencia en riesgo. Por supuesto, la Iglesia también estaba en cuestión y se constituyó como el baluarte del tradicionalismo, el conservadurismo y de los enemigos de la República. Al final, la derecha terminó considerando el régimen como la antesala de una revolución de inspiración soviética, a pesar de que no existía –ni existe a día de hoy- ni el más leve indicio de que esto fuera posible ni viable.

La II República era un régimen legal e internacionalmente reconocido, de carácter progresista por el impulso de sus gobiernos de tendencia izquierdista (pero no conviene olvidar que, durante un periodo de dos años, fueron las derechas quienes gobernaron la República) pero ni mucho menos revolucionario. Es cierto que hubo un cierto grado de conflictividad pero tampoco se puede desligar a España de la inestabilidad europea de entreguerras y la crisis económica generalizada mientras ascendía el totalitarismo en gran parte del continente.

 

En las elecciones de febrero de 1936, la coalición de izquierdas llamada Frente Popular logró una amplia victoria sobre las derechas. Aunque la diferencia de votos fue ajustada, la desunión de las derechas favoreció al FP. Pero las elecciones dejaron patente la gran polarización política en un clima de tensión y violencia creciente por ambas partes, ya que la formación de milicias fue un fenómeno transversal.

Con demasiada (pero no casual) frecuencia, aún tenemos que leer en diferentes medios el argumento de que la sublevación militar del 18 de julio se produjo a raíz de esta victoria electoral del FP, que según esta versión de los hechos anunciaba la proximidad de la revolución marxista, de manera que los “españoles de bien” se vieron obligados a levantarse en armas para salvar al país de la interferencia de la garra soviética en suelo español. Ochenta años después, aún no hay evidencia empírica que demuestre de manera fehaciente que la URSS interviniera en absoluto en la política española antes de iniciarse la Guerra. Además, el comunista era un partido político minoritario y fue precisamente la situación de guerra la que alentó la revolución social y creó comunistas donde antes no los había. Por cierto, es lo mismo que ocurrió con Falange pero en el lado contrario: un partido minoritario, residual, que terminó por convertirse en el partido único del régimen en el contexto de la guerra.

Pero lo que sí sabemos y está documentalmente probado es que algunos monárquicos ya estaban conspirando contra la República el mismo día de su proclamación el 14 de abril de 1931, y no dejaron de hacerlo durante los siguientes cinco años. Monárquicos y carlistas, tanto civiles como militares, no dejaron nunca de maquinar en contra del régimen establecido tanto en el interior como en el exterior, estableciendo contactos con la Italia fascista, los cuales fraguaron en un pacto en 1935. De hecho, se contempló la posibilidad de poner en marcha la sublevación ya antes de las elecciones de 1936, si bien la gran mayoría de los conspiradores consideró que la situación, aún, no estaba madura.

Desde el mismo día en que fue proclamada la II República, uno de los principales activos de la conspiración fue José Calvo Sotelo, quien buscaba imponer un programa monárquico, de momento con un general al frente –consideraba que el exrey Alfonso XIII ya estaba suficientemente desacreditado y amortizado-. El líder de Renovación Española no se cortaba en sus intervenciones en el Congreso y en prensa con discursos realmente virulentos. La hemeroteca, así como muchos de los documentos privados de los conspiradores, demuestran que Calvo y los suyos querían abolir las elecciones, ilegalizar los partidos republicanos, obreros y “antinacionales”, y prohibir el socialismo por ley. Eran antidemocráticos, antiliberales, católicos a ultranza, enemigos acérrimos de la modernidad política.

Al final, en la sublevación de julio de 1936 confluyeron varias tramas conspirativas, ya que por ejemplo los carlistas y tradicionalistas habían maquinado en contra de la República también desde sus primeros días pero por su cuenta. Por su parte, los falangistas habían sido empleados más bien como pistoleros en los últimos meses. En definitiva, el golpe de Estado fue protagonizado por aquellos que, desde el principio, habían visto a la República como una amenaza para el catolicismo y para sus intereses económicos, sociales y políticos. Los monárquicos fueron los principales conspiradores, pero en la sublevación confluyeron también carlistas, falangistas, católicos y otros derechistas, por lo que ni mucho menos los sublevados conformaron un grupo homogéneo con la misma ideología e intereses. Exactamente igual que tampoco lo era el bando leal al gobierno republicano. Las etiquetas de “rojos” y “fascistas” se van generalizando con el curso de la guerra y responden a intereses presentistas de demonización y despersonalización del enemigo, pero no tiene ningún sentido emplearlas, ni siquiera en un ámbito divulgativo como éste, porque no reflejan ni de lejos la complejidad de la realidad.

 

El golpe de estado militar del 18 de julio de 1936 no fue secundado por la totalidad del ejército ni las autoridades civiles acataron sus disposiciones por doquier, de modo que no logró imponerse en todo el país, en gran medida gracias a la oposición activa de los partidos políticos y civiles adictos a la izquierda. Como el golpe no logró imponerse y el gobierno no tenía la fuerza suficiente para atajarlo por completo, la situación derivó en una guerra.

Hasta el 1 de abril de 1939 en España convivieron dos gobiernos: el republicano, que era el legítimamente elegido en las urnas, y el de los sublevados, con la única “legitimidad” de las armas. Por ello, hubieron de activar un discurso que les legitimase. Con este objetivo, echaron mano de una serie de argumentos, algunos de los cuales ya estaban en circulación desde años antes para crear un “estado de necesidad”, y que terminaron por convertirse en dogma durante el franquismo y, a día de hoy, son muchos los que, con plena intención o por total desconocimiento, aún los mantienen contra toda evidencia histórica. Estos mitos son los siguientes:

  • La II República como régimen ilegítimo y revolucionario
  • Proximidad de una inminente revolución en España auspiciada por la URSS
  • El régimen constituía una agresión a la Iglesia, el ejército y la clase propietaria
  • Política tendente a la destrucción de la unidad de la patria y encarnación de la República como la “Anti-España”
  • Incapacidad total del gobierno para mantener el orden público, por lo que España degeneraba en una total anarquía

 

En Álava, la sublevación triunfó sin mayores problemas debido al apoyo de las guarniciones militares al golpe, sí, pero indudablemente también por la adhesión de buena parte de la sociedad alavesa, de origen rural, conservadora y católica, de filiación carlista o cuanto menos tradicionalista. Así, la Comunión Tradicionalista era la principal fuerza política de la provincia y su máximo líder, José Luis Oriol, había estado decididamente comprometido con la sublevación hasta el punto de implicar su fortuna personal. En todo caso, Álava era un territorio donde la tranquilidad había sido la nota dominante, pero las noticias que llegaban de fuera –no siempre ciertas- así como las deficiencias de los gobiernos republicanos alimentaron los temores de los ciudadanos alaveses.

En el mundo rural alavés caló de manera especial el discurso tradicionalista que anunciaba la llegada de la revolución con el gobierno frentepopulista, y ello resultó fundamental a la hora de decantar las simpatías de sus habitantes. De hecho, requetés y otros voluntarios formaron milicias que apoyaron de manera importante la sublevación en Álava. Según destacan varios autores, las relaciones clientelares resultaron fundamentales a la hora de confeccionar estas milicias. Muchas personas se vieron arrastradas a la guerra simplemente por cuestiones geográficas, obligación o por lealtad personal hacia un líder, más que por activismo político o cuestiones ideológicas.

 

A pesar de la facilidad con la que el golpe de estado triunfó en la capital alavesa y, por extensión, en el resto de la provincia, en la Cuenca Cantábrica, sin embargo, el golpe de estado fracasó. Su situación geográfica, vinculada a Bilbao y su entorno más que a Vitoria y el resto de Álava, así como la actitud de las guarniciones de la Guardia Civil y la rápida respuesta de algunas autoridades y civiles son los factores fundamentales que explican el fracaso del golpe en esta comarca. Y probablemente también las debilidades del plan por medio del cual se debía consumar la sublevación.

Antes del fallido golpe de estado, la Comunión Tradicionalista era la principal fuerza política en el Alto Nervión. En las elecciones de febrero de 1936, CT obtuvo unos notables resultados, siendo la fuerza más votada en todos los municipios excepto en Amurrio y Lezama. Obtuvo más de la mitad de los sufragios en Laudio, Okondo, Ayala y Arrastaria, y poco le faltó en Artziniega. Orduña siempre fue un importante bastión carlista. Y su presencia era igualmente importante en los dos municipios que se erigen en excepción: en Lezama, la candidatura tradicionalista solo fue superada por el PNV, y lo mismo ocurrió en Amurrio, en este caso debido sobre todo al fraccionamiento del voto derechista entre CT y el católico Acción Popular, que sorprendentemente fue más votado que aquella a pesar de que en el resto de municipios apenas tuvo relevancia alguna.

La izquierda no tenía una presencia abrumadora en la comarca. La candidatura del Frente Popular obtuvo sus mejores resultados en Amurrio y Artziniega, con el 18% de los votos. Por lo tanto, la adscripción política de la comarca era mayoritariamente conservadora, si bien con un peso importante del nacionalismo vasco, que terminó por mantenerse leal a la República. El peso del tradicionalismo en el Alto Nervión era tal que, en 1935, el Requeté de Laudio, con 45 miembros, era el más numeroso de la provincia. El cabecilla carlista local era el profesor mercantil Eugenio Perea Urquijo. Se dice que, después del golpe, en el palacio del Marqués se encontró un listado con el nombre de doscientos requetés de la zona. El jefe de CT, José Luis Oriol, que tenía un chalet en el lugar en el que posteriormente se construiría el colegio de Izarra, compró un alijo de armas en Bélgica con el fin de armar a los requetés alaveses, que estuvieron entrenando en los meses previos a la sublevación. Para que quede claro, hablamos de personas comprometidas con una sublevación armada y violenta contra el gobierno legalmente constituido de la II República.

En cuanto se tuvo noticia de la ya esperada sublevación, los requetés fueron confluyendo en Vitoria, lugar desde el que partieron las órdenes a sus enlaces en otros puntos de la provincia para que hicieran lo mismo. Generalmente, estas personas fueron hijos de familias de clase media y alta que tenían relaciones clienterales y de patronazgo en sus lugares de origen. Este perfil se corresponde a la perfección con la del joven José Ramón Isasi Aldama, natural de Baranbio, cuyo padre Juan José, antiguo cabeza de Unión Patriótica y propagandista carlista, había fallecido en enero. Isasi, que era uno de los pocos individuos de la comarca y de toda la provincia que estaba afiliado a Falange, un partido muy pequeño antes de la guerra, tenía solamente 19 años, pero aún así logró organizar un grupo armado de unas treinta personas comprometidas con la sublevación. De hecho, las autoridades militares de Vitoria dejaron a Isasi como encargado de la sublevación en toda la Cuenca Cantábrica alavesa.

 

El día clave para la fallida sublevación en el Alto Nervión fue el domingo 19 de julio de 1936. Si hacemos caso a una denuncia posterior, que fue juzgada por el Tribunal Popular de Euzkadi, varios vecinos de la zona de Baranbio se reunieron en casa de Isasi donde Beatriz y Mercedes, hermanas de José Ramón, les habrían facilitado armas “con objeto de hacer frente a las milicias leales en el caso de que estos intentaran penetrar en dicha casa y poder participar en el alzamiento militar”. Se involucró a un tal Pepe, Severino Jauregui Larrazabal, Juan Mendieta Abin, Emilio Fernández Torre y Jesús y Dolores Iturbe Múgica, algunos de los cuales fueron acusados de esconder y transportar armas y defender la casa de Isasi a mano armada.

Como es lógico, existen dos versiones enfrentadas de lo que realmente ocurrió aquel fin de semana en Baranbio, la de los acusados y la de los acusadores. Los autos del Tribunal Popular de Euzkadi manifiestan que las dos hermanas Isasi, junto a otra hermana y un hermano, y sus dos sirvientes, Pepe y Severino, lograron pasarse al campo contrario. Sin embargo, otras personas, como la mujer de Severino, Dolores Iturbe, manifestaron que todos aquellos fueron detenidos al cabo de dos o tres días de “estallar el movimiento” para ser puestos en libertad tres o cuatro días después y huir a campo contrario. Según parece, realmente las hermanas Isasi fueron canjeadas por los dirigentes del PNV alavés Abaitua, Aguirre y Landaburu.

Según el testimonio del presidente de la Junta de Defensa de Baranbio, Julián Echevarria Larrazabal, el 19 de julio llegaron al pueblo procedentes de Vitoria varias parejas de la Guardia Civil y un oficial junto a varios falangistas, todos uniformados y armados, que se reunieron en casa de Isasi. Allí habrían estado Jesús Iturbe y Juan Mendieta, a quien habrían hallado oculto en la dicha casa al día siguiente. “De todo lo que hicieron, nada pudo ser por defender a la casa de Ysasi por que por entonces nada ocurría y los unicos que se movían en el pueblo heran ellos y lo hacían con total libertad”.

Los acusados negaron los hechos que se les imputaban. Por ejemplo, Jesús Iturbe declaró en primera instancia que aquel domingo por la tarde las hermanas Isasi le instaron a ir a su casa, donde se encontró a José Cerrillo, Evaristo Zuloaga, Juan José Iturbe y un tal Pepe, todos los cuales recibieron escopetas de las hermanas. Luego, se habría ido a su casa a altas horas de madrugada. Sin embargo, tiempo después alegó haber realizado estas declaraciones por miedo a ser asesinado, pues le amenazaban con ello. En todo caso, Emilio Fernández admitió haber sido objeto de ciertas proposiciones al respecto de la necesidad de defender la patria el sábado 18 por parte de María Luisa Isasi, y situó a Zuloaga en el lugar de los hechos.

Sea como fuere, lo cierto es que el joven líder de la sublevación en la comarca se dirigió a Amurrio aquel 19 de julio, a donde llegó a media tarde, a mitad del baile, en un coche decorado con banderas de Falange y la bicolor monárquica, pegando gritos y con alguna que otra exhibición de armas según parece. Pero el objetivo era alentar la sublevación de la unidad de la Guardia Civil destinada en esta localidad, por lo que Isasi y sus acompañantes se dirigieron al cuartel. El jefe del puesto, el brigada Plácido Aguado, sí era favorable a la sublevación pero los guardias Joaquín San Vicente, Sergio Mata, Pablo Ochoa, Benito Estíbalez y Raimundo Hierro se negaron a alzarse y advirtieron a su superior que acatarían las órdenes del gobierno republicano y ayudarían al pueblo a reprimir la sublevación. Fue San Vicente quien tomó la iniciativa e impidió a Isasi acceder al cuartel -situado en la desaparecida casona de los Lezama-, además de avisar al ayuntamiento de Laudio de la próxima llegada de Isasi. Por lo tanto, la figura del guardia Joaquín San Vicente se antoja clave para el fracaso de la sublevación en la comarca; a pesar de ello, en diciembre decidió ocultarse junto a su compañero Estíbalez y permanecieron escondidos hasta la entrada de los sublevados en junio, momento en que se presentaron ante sus tropas; eso no evitó que fueran juzgados.

Por su parte, el jefe del puesto de Laudio, el cabo Dionisio Ecenarro, dudaba sobre qué posición tomar ante la presión de Isasi y los requetés locales por un lado y la del Gobierno Civil de Vizcaya por otro para que se mantuviera leal al gobierno. En este momento, resultó decisiva la intervención del alcalde nacionalista Florencio Iñarritu, que ordenó a la Guardia Civil que detuviera a los requetés y protegiera el ayuntamiento. Finalmente, el cabo Ecenarro optó por obedecer a este último y detuvo a Isasi, si bien como contrapartida permitió que el caudillo requeté Eugenio Perea huyera a Vitoria. El cabo pasó a formar parte del Comité de Defensa laudioarra pero, dados sus antecedentes, no confiaban en el y en noviembre fue arrestado. Sin embargo, los sublevados no estaban dispuestos a perdonar “traidores” y, en su momento, ellos también lo detuvieron y encarcelaron por la denuncia que le puso la hermana de Isasi. El 20 de julio el capitán Juan Ibarrola Orueta se trasladó a Laudio desde Bilbao para hacerse cargo del puesto y restablecer el orden en la localidad. Los miembros del grupo de Isasi y los requetés locales tuvieron variados destinos: algunos fueron detenidos, otros lograron huir a Vitoria y alistarse en el Requeté y otros se alistaron en las filas republicanas para evitar represalias.

Mientras, en Artziniega los guardias civiles preguntaron al alcalde, el nacionalista Juan Zabalgoitia, por la posición que adoptaría el PNV ante la sublevación. Zabalgoitia respondió que tenía órdenes de mantenerse leal a la República, por lo que los guardias huyeron sin más por el puerto de Angulo.

Y en la vizcaína ciudad de Orduña, los requetés, que en los meses anteriores habían realizado ejercicios en Sierra Sálvada, estaban a la espera de instrucciones desde Laudio y Vitoria. El día 19 se reunieron en la taberna de Iza; algunos se mostraron partidarios de levantarse con las pocas armas que tenían pero había muchas dudas sobre a quiénes apoyaría la Guardia Civil y los forales de la ciudad. Al día siguiente, la Guardia Civil y algunos miembros de la Agrupación Republicana requisaron dinamita de la cantera de yeso, por lo que fue manifiesto que aquí tampoco iban a ser los guardias proclives al levantamiento. A lo largo de esta misma jornada, comenzaron a aparecer en la comarca patrullas de milicianos procedentes de la margen izquierda, forales y guardias vizcaínos. Y ya el día 22 llegó desde Bilbao una columna compuesta por guardias de asalto, guardias civiles y milicianos, al mando del comandante Aizpuru y el teniente Noguerol, y que se asentó en la comarca ocupando edificios en Amurrio y Orduña. Fue el germen de la que sería conocida como “Columna Aizpuru”.

Aquella misma jornada, un grupo de carlistas se desplazó hasta Vitoria para entrevistarse con Eugenio Perea, que ordenó que todos los requetés de Ayala se desplazaran hasta la capital. Los carlistas orduñeses lograron comunicar la orden y llegar a la ciudad a pesar de que, a su regreso, ya estaban siendo buscados por los leales al gobierno republicano. Tras estos hechos, hasta 67 requetés orduñeses se pasaron a campo sublevado.

Por lo tanto, el golpe de estado fracasó en el Alto Nervión, que quedó en territorio leal a la República. Años después, por junio de 1946, con ocasión de la formación de la interesada y parcial Causa General, se preguntó a municipios y Guardia Civil de la zona por las razones que habían motivado el fracaso de la sublevación en esta comarca. En términos generales, se apuntó a la falta de preparación y/o apoyo a los derechistas locales por parte de las autoridades provinciales, la falta de armas, así como la aparición de milicianos procedentes de Bizkaia para hacerse con el control de la situación. El ayuntamiento de Amurrio también señaló el hecho de que la topografía no reunía las condiciones para establecer un frente de guerra. Resultan de especial interés algunas de las apreciaciones de la Guardia Civil; el comandante del puesto de Amurrio consideraba también como factores del fracaso la falta de decisión de los derechistas y “tal vez por ser por estas regiones de ideas separatistas-vascos y no creyesen que con el triunfo de los rojos tendrian las consecuencias que tuvieron”. La Guardia Civil de Artziniega exageró considerablemente al afirmar que el golpe fracasó en aquella villa porque el 80 o 90% de la gente era separatista o de izquierdas. Lo cual ni muchísimo menos era cierto. Es significativo que no dijesen nada sobre la actitud favorable a la República que tuvieron los guardias civiles de la zona.

 

El componente ideológico solo fue uno de los factores que confluyeron a la hora de inclinar la balanza de la sublevación en la comarca hacia un lado u otro, y probablemente no el principal. El tradicionalismo era mayoritario en el Alto Nervión. Aunque algunos aún lo crean, ésta no fue una guerra contra los vascos. Fue una guerra civil en la plena extensión y literalidad del término en la que unos españoles lucharon contra otros españoles, unos vascos lucharon contra otros vascos, unos alaveses lucharon contra otros alaveses y, por supuesto, lo mismo ocurrió con los naturales de nuestra comarca. Muchos lucharon voluntariamente en el bando sublevado, no siempre por las mismas razones, y por supuesto sin saber, como nadie lo sabía, lo que ocurriría en el futuro. Muchos lucharon en el bando sublevado de forma obligada. Muchos lucharon voluntariamente en el bando republicano, no siempre por las mismas razones. Muchos lucharon en el bando republicano a regañadientes, para evitar represalias por su condición de derechistas. Y muchos lucharon primero en uno y luego en otro, por diversas razones.

Como resultado de todo ello, hubo más naturales del Alto Nervión en las filas sublevadas o franquistas que en el ejército republicano. Según los datos aportados por G. Ruiz Llano en su tesis doctoral, datos que no hemos logrado detallar ni localizar en su fuente original, unos 124 jóvenes, y otros tantos de más edad, escaparon de la Cuenca Cantábrica y se alistaron en Vitoria en el ejército sublevado a lo largo de la guerra. De hecho, cifra en 239 personas las nativas de los municipios alaveses del Alto Nervión –excluyendo, por tanto, la ciudad de Orduña, que aportó un número importante de combatientes a las filas requetés- que se alistaron voluntariamente en las filas sublevadas. De éstas, 210 lo hicieron en batallones requetés, 14 en falangistas, 8 en la Legión y 7 se enrolaron en unidades regulares del ejército.

Pero fueron muchas más las personas que combatieron forzosamente en las filas sublevadas: nada menos que 720. De éstos, 704 combatieron en unidades del ejército y 16 estaban realizando el servicio militar. A ellos habría que sumar otros 270 individuos que estuvieron encuadrados en batallones de trabajadores, prisioneros de guerra empleados como mano de obra forzosa. Por lo tanto, y según los cálculos del autor, el 4% de la población masculina de la comarca luchó voluntariamente en el ejército sublevado o franquista y el 16,8% lo hizo forzosamente. Esto nos lleva a concluir que uno de cada cinco hombres formaron parte de las filas militares sublevadas.

Pero esta afirmación requiere de una matización muy importante: cuando el Alto Nervión cayó en manos sublevadas en junio de 1937, aún restaban casi dos años de guerra, con movilizaciones de reemplazos, reclutamientos, etc. Además, parte importante de los reclutados forzosamente habían luchado anteriormente en el ejército republicano; así habría ocurrido con los encuadrados en batallones de trabajadores y con otros que optaron por unirse a alguna unidad sublevada antes de penar en prisiones y campos de concentración. Algunos, incluso, fallecieron combatiendo en el ejército al que previamente se habían enfrentado. Aún así, el número de voluntarios fue importante, y eso sin tener en cuenta a los orduñeses, muy numerosos en las filas requetés.

Veamos los datos municipio por municipio, confrontándolos con los que Ruiz Llano aporta para el ejército republicano, menos completos y exactos, menos detallados, pero orientativos en todo caso. Hay que tener en cuenta, como hemos dicho, que muchos hombres estuvieron primero en un bando y luego en otro.

Laudio aportó al menos 142 combatientes al ejército republicano. Los datos no están, como decimos, muy detallados y, de hecho, la vía por la que muchos de ellos accedieron al mismo no pudo ser determinada. También hay voluntarios y generalmente un mayor número de forzosos, que deben corresponder a aquellos reemplazos que fueron llamados a filas. Sin embargo, fueron nada menos que 257 los vecinos de este municipio que lucharon en el bando sublevado: 78 fueron voluntarios -73 de ellos como requetés, ya que en Laudio existió un Requeté bien organizado y preparado- y 179 fueron integrados forzosamente. Además, hubo 48 hombres que fueron destinados a batallones de trabajadores.

El municipio de Ayala aportó 219 combatientes al ejército republicano, de los cuales al menos 52 fueron voluntarios. Por el contrario, 267 formaron parte del ejército sublevado: 63 voluntarios -55 de ellos requetés- y 204 fueron reclutados a la fuerza. A ellos hay que sumar los 61 destinados a batallones de trabajadores.

En Amurrio, fueron al menos 152 las personas integradas en el ejército leal a la República, 52 de ellas voluntariamente. Por el contrario, 128 formaron parte de las fuerzas sublevadas: solamente 13 lo hicieron de forma voluntaria y 115 fueron movilizados forzosamente. Otros 53 terminaron encuadrados en batallones de trabajadores. En Amurrio, el PNV era fuerte, y también había una presencia relativamente importante de las izquierdas debido a sus recientes primeros pasos en la senda de la industrialización.

En el municipio de Artziniega, 69 hombres lucharon por el bando republicano y 56 lo hicieron en las filas rebeldes: 12 voluntarios y 44 forzosos, además de otros 25 en batallones de trabajadores.

En Lezama, fueron 102 los hombres que formaron parte del ejército republicano, justamente el mismo número de los que lo hicieron en el bando sublevado, de los cuales solo 17 fueron voluntarios y los 85 restantes se encuadraron de manera forzosa. Eso sí, hubo otros 48 hombres destinados a batallones de trabajadores.

Finalmente, en Okondo solamente 29 personas formaron parte del ejército republicano, mientras que 44 fueron reclutadas forzosamente por los sublevados, además de 13 voluntarios. Solamente 17 de sus vecinos pasaron por batallones de trabajadores.

No disponemos de datos al respecto de los movilizados en el ejército republicano en el ayuntamiento de Arrastaria. Sí sabemos que aportó la nada desdeñable cifra de 43 voluntarios a las fuerzas sublevadas, casi todos requetés, y otros 32 se incorporaron forzosamente. 19 hombres fueron enviados a batallones de trabajadores. Habría que señalar que, en Arrastaria, a principios de septiembre de 1936 sus vecinos decidieron evacuar el municipio con libertad para elegir entre desplazarse a Urkabustaiz, y por lo tanto a territorio controlado por los sublevados, o a Orduña u otras localidades aún leales a la República. Según se dice en otros lugares, al parecer en estos movimientos influyeron más las relaciones familiares que las estrictamente ideológicas.

El Capitán Juan de Ugarte Larrea: familia, tiempo y legado (I)

 

 

 

Numerosas publicaciones y folletos informativos recogen fotografías y algunos datos básicos sobre el Palacio de Larrako, en la localidad de Lezama, que es así una de las construcciones civiles más espléndidas y vistosas del actual municipio de Amurrio. Como bien suelen señalar, ya que casi siempre emplean el mismo texto reelaborado una y otra vez, fue un Capitán del ejército llamado Juan de Ugarte la acaudalada persona que financió su construcción, motivo por el cual podemos considerarlo el más famoso y conocido de todos los ilustres hijos del pueblo de Lezama. Sin embargo, muy poco más se ha contado sobre este personaje.

Nuestro objetivo no es reconstruir la vida completa del Capitán, ya que las fuentes documentales que conocemos no nos aportan demasiados datos, al menos no los suficientes para rastrear toda su vida. Pero lo que sí nos permiten las fuentes es conocer sus orígenes familiares, las circunstancias y complicaciones de su ascenso en la escala social ayalesa, las luchas de poder en las que se vio envuelto, y el alcance de su legado. Para ello, nos basamos sobre todo en un documento fundamental que es el expediente realizado con ocasión de su ingreso en la Orden de Santiago. Se trata del más especial y sorprendente de cuantos ha tenido ocasión de consultar el autor, y no han sido pocos. De todos modos, es tal el volumen de información que contiene, que hemos tenido que limitarnos a los datos más importantes y los más curiosos para componer un artículo que resulte legible. Eso sí, por cuestiones de espacio nos vemos obligados a publicarlo en dos partes. He aquí la primera.

 

 

Primeros años de vida

 

El 9 de febrero del año 1601 el sacerdote Juanes de Uscategui bautizó en la parroquia de San Martín de Lezama a un niño que fue apadrinado por Gregorio de Aguirre y su tía Marina de Ugarte Bechia, vecina de Amurrio. Fue llamado como sus dos abuelos: Juan. El mismo nombre, por cierto, que sus padres Martín de Ugarte y Catalina de Larrea habían escogido para su primer hijo varón, nacido en 1592, de efímera existencia.

Los primeros años de la vida de Juan transcurrieron en su casa natal, el caserío Larrea. De hecho, el chico fue bautizado como “Ugarte de Larrea” y algunos de sus hermanos simplemente como Larrea. De este solar podemos decir que, posiblemente, la referencia más antigua data de 1508, cuando el sacerdote Fernando Martínez de Larrea denunció a Sancho Fernández de Ugarte por haber matado a su hermano Iñigo Martínez de Larrea, que bien pudo ser el propietario de la casa y que ya tenía hijos crecidos[i]. Evidentemente, el Palacio de Larrako toma su nombre del caserío preexistente en el paraje.

Catalina de Larrea debió ser la heredera de este caserío. Nació en 1568 y fue bautizada como “Verganza de Larrea”, ya que su padre Juan, que era zapatero, fue hijo de Juan de Berganza y Mariana de Larrea. Éste Juan fue natural de la casa de Berganzagoitia en jurisdicción de Larrinbe y era descendiente de la casa de Mariaka. Por otro lado, la madre de Catalina se llamó Catalina de Goicoechea, era natural de Baranbio y a veces figura con el apellido Rotabarria, por lo que no nos cuenta mucho trabajo relacionarla con el ya desaparecido caserío Goikoetxea en Baranbio. Pero esta es otra historia.

Cuando Catalina se casó con Martín de Ugarte, constituyeron una familia con ciertas capacidades y reconocimiento social, no obstante Martín desempeñó cargos en la Tierra de Ayala con relativa frecuencia, al igual que lo habían hecho su padre y su suegro. Pero seguramente no dejaban de ser labradores con un cierto desahogo económico, no más.

Martín depositó grandes esperanzas en su hijo Juan. Cuando tenía unos trece o catorce años, lo envió a Bilbao a casa de su amigo Domingo de Urrutia con el fin de “perfeccionarle en el leer, escribir y contar”, ya que en su tierra no había quien le enseñara a hacerlo. Martín no sabía firmar, por lo que era analfabeto, y esto es realmente llamativo porque era hijo del escribano Juan de Ugarte de Sagarzaguren. No solo eso, sino que, según testimonio de Martín de Urquijo, su padre hacía “mucha merced” al pueblo al enseñar las oraciones, a leer y a escribir a los mozos del lugar. Pero curiosamente parece que no enseñó a su propio hijo. Como muestran los documentos de la época, al menos en esta localidad eran bastantes los que, como mínimo, sabían firmar. Pero una cosa es saber leer y garabatear algunas letras y otra muy distinta perfeccionar estas capacidades. Como no había ningún lugar en Ayala donde recibir una educación de mayor calado, y quizá a falta de los recursos necesarios para enviar al muchacho a Castilla a formarse en las letras como hicieron otros ayaleses, lo envió a Bilbao a estudiar y, en el ínterin, se alojaría en casa de una persona de confianza. Era habitual en estos casos que fuese el propio padre quien corriese con los gastos de la manutención del joven, pero no sabemos cuál fue la formula empleada por Martín.

Juan estuvo en Bilbao poco más de dos años antes de regresar a su hogar. Después, fue enviado a Italia y a continuación a América a prestar servicio al rey en el ejército. Esta no deja de ser una biografía de trazo grueso que no aclara gran cosa. Lo que sí sabemos es que Martín realizó las gestiones pertinentes para que su hijo pasase a las Indias en el año 1624. Nuestro protagonista contaba 23 años y era “alto de cuerpo, comenzado a barbar, espigado, seco de rostro”. El 11 de febrero de dicho año, Martín presentó seis testigos en Lezama para certificar la hidalguía de su hijo: fueron Domingo de San Millán, Pedro de Oquendo de Eranegui, Gregorio de Ocaranduy, Martín de Uscategui Urtaran, Domingo de Urtaran de Aspilaga y Domingo Balza de Aguirre, todos ellos entre los 60 y los 80 años de edad. El trámite fue realizado ante los hermanos Cristóbal y Gabriel de Ugarte Ulibarri, que actuaron como alcalde ordinario y escribano respectivamente, aunque el primero también era escribano de oficio y uno de los personajes más poderosos de Ayala. Varios de estos nombres aparecerán más adelante.

No conocemos detalles sobre la carrera militar de Juan de Ugarte en las Indias. Pero sus logros debieron ser muy importantes porque, trece años después, en 1637, regresó del Nuevo Continente a Sevilla y desde aquí a su localidad natal. El muchacho ya era todo un hombre de 36 años que se presentó en Lezama con el grado de capitán, la merced del rey para ser obsequiado con el hábito de la Orden de Santiago y dinero, mucho dinero. Y, sin embargo, seguía soltero.

En Lezama le esperaba su madre, ya viuda y con 70 años; Juan tenía varias hermanas, dos mayores y dos menores, que estaban casadas en la misma localidad, en Larrinbe y en Amurrio. Aunque no disponemos de datos directos que lo confirmen, todo apunta a que el caserío Larrea quedó para su hermano Martín, cinco años menor que Juan, quien en 1625, y con solo 19 años –edad que por aquí entonces y siempre ha sido poco habitual para contraer matrimonio-, se casó con María Ortiz de Zulueta. Sabemos que Martín murió joven, pero no es mencionado en ningún momento en la documentación referente a su hermano, por lo que creemos que a su regreso el Capitán halló en su casa natal a su madre, su cuñada ya viuda y dos sobrinos de corta edad.

 

 

 

El hábito de Santiago

 

La de Santiago era una orden religiosa y militar fundada en el siglo XII, muy vinculada a la protección de peregrinos y a la Reconquista, pero para el momento que nos ocupa estas funciones se habían diluido y la Orden se había convertido en un grupo elitista que otorgaba reconocimiento y prestigio social, con especial querencia por los nuevos ricos, como precisamente era el caso del Capitán. Por supuesto, ser hidalgo era condición indispensable para lograr acceder a cualquier orden militar, por lo que previamente a la obtención del hábito un par de miembros de la misma, a los que suelen llamar receptores, solían investigar al candidato en su localidad natal compulsando documentos y tomando declaración a testigos con el fin de certificar la nobleza del sujeto y, en consecuencia, su limpieza de sangre y condición de cristianos viejos.

El Capitán ya llevaba unos cuantos meses en Lezama, había adquirido alguna que otra propiedad y las obras de construcción de su palacio ya estaban en marcha cuando en el mes de abril de 1638 llegaron dos receptores de la Orden para proceder a la pertinente investigación, que siempre eran exhaustivas pero en cierto modo rutinarias. En esta ocasión, el proceso no iba a ser sencillo.

Después de la convencional declaración del primer testigo, que fue el sacerdote Gregorio Abad de Aguirre, se presentó Lope Hurtado de Mújica, señor de la casa torre de Astobiza y Caballero de Santiago a sus 33 años. La casa de Astobiza es una de las más antiguas y prestigiosas de Ayala pero hasta el momento no descollaban por sus bienes inmuebles –tenían los suficientes pero no demasiados- ni se inmiscuyeron demasiado en la política local, si bien no dejaron de ejercer influencia sobre sus convecinos; su poderío procedía de las recompensas recibidas gracias a los servicios prestados a la Corona. Por ejemplo, Lope Hurtado de Mendoza había sido embajador de Carlos I en Portugal; su yerno Cristóbal de Mújica Butrón fue Caballero de Santiago y fundador del mayorazgo de su casa. De este modo, nuestro Lope había obtenido el hábito de Santiago más por su sangre y ascendencia que por méritos propios, como sí era el caso del Capitán. Lope fue el primero de la saga familiar en contraer matrimonio con una mujer local, concretamente con María de Ugarte Ulibarri, natural de Lezama (hermana de Cristóbal y Gabriel), y parece que también fue quien intensificó la intervención de la familia en los asuntos locales.

Ante los receptores, y sin ser convocado por ellos, Lope presentó un memorial en el que negaba la hidalguía del Capitán con el pretexto de que una tatarabuela suya que emigró a servir a Santa Gadea por su extrema pobreza había regresado con el hijo de un boticario judío en el vientre, un niño que se llamaría Juan de Ugarte, igual que su bisnieto el Capitán. Lope dijo no recordar el nombre de la susodicha pero había sido natural de una casilla pequeña que se deshizo y estaba frente a la que en el día poseía un tal Pedro de Ugarte. ¿Por qué tenía Lope conocimiento de esta historia? En primera instancia, declaró que lo había oído decir a personas como Francisco de Bidaur, Gregorio de Ocaranduy y Marcos de Urrutia, “hombres desapasionados y sin enemistad con el pretendiente”. Recordemos, sin embargo, que Ocaranduy había declarado positivamente a favor de la hidalguía de Juan de Ugarte antes de su marcha a América, pero ya era difunto y no era posible que respondiera a las alusiones y aclarara esta aparente contradicción en sus testimonios.

Tener ascendencia judía era una mácula que le convertía a uno en judío automáticamente y acusar de ello a un hidalgo constituía el más grave de los atentados contra su honor. En aquellos tiempos, se concedía un gran valor al testimonio de personajes tan prestigiosos como Lope, que además era caballero de la misma Orden, pero los receptores no se dejaban convencer con tamaña facilidad. La acusación requería una base consistente y creíble, sustentada en hechos demostrables. Por eso, Lope declaró que a Martín de Ugarte le habían llamado judío diversas veces en público y que se comentaba que en su casa no comían tocino; que el mismo epíteto había recibido Diego de Ugarte, natural y vecino de Inoso, pariente del pretendiente al hábito; y que Martín desempeñó cargos en la Tierra únicamente por “regalar” al ya difunto Juan Fernández de Ugarte, señor que fue de la casa de Ziorraga, y a Hernando Ortiz de Ugarte, señor de la casa de su apellido en Amurrio y de la de Ulibarri en Lezama, y a la sazón suegro del declarante.

Como se puede ver, la mayor parte de los argumentos para negar la hidalguía del Capitán tenían que ver en realidad con su difunto padre. Esto nada tiene de casual ni gratuito, pues Lope debía saber que, cuando aún era un joven por casar, Martín de Ugarte hubo de afrontar también la misma acusación de judío que su hijo. El pleito resultante fue compulsado por completo y se adjuntó al expediente del Capitán. Además del papel trascendental que desempeñó en las acusaciones vertidas sobre el Capitán, contiene datos inéditos y de gran interés, por lo que vamos a dedicarle casi todo lo que resta de esta entrada para abordar, en otra posterior, los sucesos de 1638, los orígenes de su familia y las luchas de poder entre diversas familias en aquella época, y finalmente su legado.

 

 

Martín de Ugarte, acusado de judío

 

 

Junto o próximo a la casa de Juan de Recalde, muy cerca también del caserío Larrea, se encontraba el término “do dizen Urquillatu”, donde posteriormente hubo una tejera. En este punto, la tarde del martes 7 de junio de 1587, el día después de la Pascua del Espíritu Santo o Pentecostés, muchos “mancebos y donzellas” de Lezama y algunos de Larrinbe se juntaron allí a “bailar y tomar plaçer (…) al son de un tanborin baylando”. Como un gran número de testigos declararon posteriormente –no todos coincidieron en la exactitud de las palabras, pero sí en lo esencial del relato-, en un momento dado de la romería se habían formado dos “regocijos” o corros en un baile “que llaman en lengua bascongada a tabolin bolinete”. En uno de ellos se encontraban Magdalena Balza de Berganzagoitia y Martín de Ugarte y sucedió que, sin motivo ni provocación aparente, la joven le propinó un bofetón o puñada en el rostro, encima del ojo, y se fue corriendo al otro corro, donde estaba su hermana Ana, perseguida por Martín. Ugarte, que tenía 24 años por entonces, se tapaba un ojo con la mano y protestaba por el golpe y le dijo a Magdalena “balgate del diablo yegua cornuda” mientras le daba una patada o rodillazo “en el pecho del coño” [sic].

Entonces, Ana le habría contestado “eso Martin para hombre mancebo ruin criança traigas para mançebo que no os tenia yo meresçido”. Es dificil interpretar el significado de estas y otras palabras que se reproducen en pleitos antiguos, pero al menos la segunda parte de la frase parece señalar que Ana expresó que Martín no se la merecía, y es que, como veremos, ambos parecían estar llamados a contraer matrimonio. Martín contestó “pues tomalda a cuestas”, en referencia a su hermana, y Ana dijo “mal biaje hagais judio biejo”, pero aparentemente estas palabras no fueron escuchadas por Martín y solo después se habría enterado de ello.

Fueron numerosos los muchachos y muchachas que observaron el lance y prestaron declaración pero solo uno, un testigo presentado por la parte defensora de Balza, aportó el detalle de que, tras el intercambio de impresiones con Ana, y estando Magdalena sentada, Ugarte se puso un dedo en la frente y les amenazó “esta que me lo abeis de pagar”. Añade también que fue un hijo de Juan de Landazuri, posiblemente un tal Martín que declaró en el juicio pero nada dijo al respecto de este pasaje, quien agarró a Martín y lo llevó de vuelta a su corrillo.

Como consecuencia de este enfrentamiento, Martín de Ugarte se querelló contra Ana Balza de Berganzagoitia por haberle llamado judío, y también contra su padre Juan Balza de Berganzagoitia y su tío Domingo de Berganzagoitia, ambos herreros. Éste figura posteriormente varias veces con el apellido Aguirre, e incluso como Domingo de Aguirre “dicho balça”. Lo curioso es que es el mismo que en 1624 declaró como testigo en el expediente de hidalguía del Capitán previo a su paso a las Américas.

El domingo de la misma semana, que se contaban 12 del mes de junio, Martín de Ugarte se encontraba en la portalada de la casa de Martín de Padura pasando el rato junto a la señora de la casa María Sáez de Jauregui, su criado Juan de Zaballa, Pedro de Unzueta de Urtaran y María Ortiz de Mendieta y su hija María de Zaballa, mujer de Diego Ortiz de Urrutia, todos ellos vecinos cercanos y de muy diversas edades. Según declaró esta última, allí se presentó Juan Balza en compañía de otras personas y comenzó a increpar a Ugarte diciéndole que si hubiera estado presente en la riña le habría cortado las piernas. Martin le contestó que “por ser buestras hijas muchas veces les he hecho honra” y Balza replicó: “no quiero ni buestra honra ni deshonra”. Según testimonio de Pedro de Unzueta, antes de este cruce dialéctico Balza pidió a Ugarte que desistiera del pleito pero el joven contestó “yo no puedo dejar de hacer mi probanza de bondad y genealogia q yo jamas trate contra vos”. Entonces Balza le amenazó con abrirle de arriba a abajo y le dijo que “si nadie es suçio yo no le puedo limpiar”. Martin contestó “dios perdone a los que vos habeis muerto”, como si diera a entender que Balza tenía algún que otro cadáver en el armario.

Juan Balza y su hermano Domingo también fueron aquel día “en acabando de comer” a casa de otra María de Zaballa, de 48 años, para persuadirla, bajo amenazas, de que declarase contra ellos. La mujer respondió que, en caso de ser llamada a declarar, diría la verdad. Por el contrario, María relató un episodio que ocurrió cuando regresaba de misa junto a Juan Balza, su tocaya la mujer de Diego Ortiz de Urrutia, María Sáez de Jauregui y Catalina de Padura. Balza dijo que era malo que una hija de Juan de Ugarte, hermano de Martin, hubiese entrado en la iglesia con tanta “fantassia y gravedad” y otro tipo de acusaciones y ella le dijo “Juan Balça no teneis razón dezir tales cosas por ella porque si ha errado ella se emendara”. Este suceso parece revelar una animosidad previa de Balza contra los Ugarte.

De modo que el pleito siguió su curso. El día 17 Balza recusó al escribano Cristóbal de Ugarte, vecino de Amurrio, por considerarlo próximo a Martín, y también pidió la recusación de la casa de Juan de Velasco en Larrinbe como lugar de audiencia, suponemos que por ser su esposa Casilda hermana del escribano. Ambas recusaciones fueron aceptadas y Balza nombró un “escribano acompañado”, que paradójicamente fue el hijo de Cristóbal, Hernando (Ortiz) de Ugarte Orueta, vecino de Lezama, ya mencionado.

 

 

El pleito

 

El 20 de junio el Alcalde Mayor de Ayala ordenó encarcelar a Ana, su padre Juan y su tío Domingo. La joven alegó que la cárcel de Mendixur no era lugar seguro para su honor de doncella y, tal y como se hacía en ocasiones, se optó por encarcelarla en una casa particular. Lo curioso es que este papel le correspondió a la casa de otro tío suyo, Pedro de Berganzagoitia, herrero y vecino de Amurrio. A pesar de que se le impuso una pena de 200 ducados en caso de huida, Ana no tardó en dejar la casa de su tío, de modo que solo tres días después Martín de Ugarte acudió ante el Alcalde Mayor a protestar no solo por esta fuga, si no por el hecho de que su padre aún no había sido capturado.

Para el día de San Juan, 24 de junio, padre e hija ya estaban presos en Mendixur. La mujer se presentó por la mañana por iniciativa propia para hablar con su padre; ambos estuvieron presos hasta el 4 de julio, si bien en algunas ocasiones el alcaide permitió salir a Juan para que hiciera las gestiones necesarias para su defensa en el pleito. Eso es precisamente lo que había hecho el alcaide Martín de Lezama el día 26 por la mañana cuando Ugarte se presentó en la fortaleza para comprobar si Balza estaba en ella; debía saber que había salido, ya que, aunque Lezama le mintió y le dijo que sí estaba en ella, Ugarte no le creyó y subió a la estancia en la que se encontraba Ana. Allí tendría lugar una significativa conversación entre ellos, de la que fueron testigos el alcaide, su mujer Juana de Berganzagoitia –que no era pariente de los acusados- y Martín de Landaburu, pariente de Balza dentro del cuarto grado y que se encontraba allí cosiendo ropas y vestidos del alcaide. Pues bien, Ana dijo: “Martin me tienen presso y por bos estoy aquí bos y yo mas nos queriamos”. Lezama intervino: “por cassarse con bos viene Martin aca, casaros los dos y todos estos pleitos (…) en bien”. El texto no es del todo legible, pero parece ser que Lezama instaba a concertar el matrimonio para poner fin a la disputa que enfrentaba a ambas familias. Martín contestó que “Ana no se casaría conmigo abiendome llamado y tratado de judio pero creo q debia de ser por dichos de su padre” y Ana le replicó,“Martin estais engañado que a mi padre no he oydo tal cosa pero ha otras personas los an llamado y tratado de judio y anssi os lo llame yo”. Esta afirmación no deja de ser una confesión por parte de Ana de que le llamó judío con ligereza, porque era un insulto que se empleaba con profusión sin reparar en su verdadero significado, pero los ánimos de Martín no quedaron aplacados sino que, al contrario, se sintió aún más agraviado.

Ana negó que todo esto hubiera ocurrido. Tenía 19 años y solo admitió haber dicho a Martín que “para mancebo tenía ruin crianza” por los malos tratamientos que le hizo a su hermana Magdalena. Afirmó que le tenía por buen cristiano pero, cuestionada al respecto de su hidalguía, contestó con evasivas. Lo mismo hizo su padre, ya que aunque negó haber propagado que Martín y sus antepasados eran judíos, cuando le preguntaron acerca de la condición de hidalgo del aludido contestó que no sabía “si en el cabía alguna de las razas o no”.

El caso es que ambos denunciaron a Martín por golpear a Magdalena y el joven fue detenido y encarcelado. Los Balza alegaron que, a consecuencia del golpe propinado por Ugarte, la muchacha se hallaba en cama gravemente herida y con su vida en riesgo, si bien no sabemos mucho más al respecto. El 6 de julio Martín ofreció su primera declaración completa, en la que negó la agresión. Afirmó que, a pesar de “haber tenido ocasión” de haber hecho alguna pesadumbre a Magdalena por haberle dado una puñada en el ojo, no le dijo palabra injuriosa ni de consideración y las que le dijo fue en placer y pasatiempo yendo tras ella muy contento para “bolberla a la dança y conbersacion” y, cuando no quiso volver, regresó a la danza sin ningún enojo ni disgusto. Como podemos ver, este testimonio no es del todo coincidente con lo manifestado por diversos testigos que se encontraban en aquella romería pero a Martín le interesaba rebajar la gravedad de sus acciones para no ser condenado por agresión.

Decenas de personas fueron llamadas a declarar, por una u otra de las partes. Sería interesante observar sus nombres, edades y declaraciones, pero narrar todos los detalles del pleito exigiría un espacio desmesurado del que no disponemos y el resultado sería un tanto confuso y dificil de asimilar. Así que nos limitaremos en las próximas líneas a reflejar las acusaciones vertidas en la figura de Martín de Ugarte por los testigos presentados por Balza.

Ya hemos visto previamente algunos indicios que nos hacen sospechar que la animadversión de Juan Balza por la familia de Martín era previa al incidente de la romería. Pedro de Berganzagoitia, no el tío de Ana sino otro del mismo nombre que era pariente de Balza dentro del cuarto grado, contó que, un par de años antes, iba con Juan hacia su casa después de oír misa cuando le dijo que Martín había pedido la mano de su hija y repetía: “blanca y media de coño y que hijo de un judio se auia de pedir a su hija Blanca y media de coño”. No sabemos muy bien si este testimonio trata de hacer ver que la condición judía de Ugarte era vox populi aún antes del incidente, y que esa era la razón por la que se oponía a que desposase a su hija, o fue en realidad un ataque a la personalidad aparentemente colérica y fogosa de Balza, ya que otros testigos, como Diego de Padura de Olagorta, declararon que tenía mala fama y reputación, que era un hombre inquieto, revoltoso y “de mala lengua”. Ya había estado en Mendixur varias veces y una de ellas acusado de injurias por su propia madre Elvira de Berganza.

Además, un hombre de reputación como Martín de Urquijo, vecino de Lezama pero natural de la torre de los Ospín de Urquijo en Okondo, que se había criado con uno de los mayordomos del señor Atanasio de Ayala, afirmó que unos dos meses antes Balza había intentado que los vecinos de Lezama expulsasen de la iglesia a Juan de Ugarte, padre de Martín, por “no saber si era moro o cristiano”.

¿Qué dijeron los testigos al respecto del origen judío de Martín? María de Zaballa, aquella que habría asegurado a los Balza que diría la verdad, declaró que había oído, aunque no recordaba a quién, que no se sabía de dónde descendía Ugarte. Su madre Maria Ortiz de Mendieta algo había oído de la bisabuela de Martín pero los tenía por buenos cristianos y gente honrada. Pero Juan de Larrea, vecino de Astobiza y pariente de Balza en cuarto grado -y que lo era más próximo aún ade Catalina de Larrea-, dijo haber oído estos cuentos de boca de Mendieta, y también sabía que ésta en cierta ocasión le había dirigido palabras deshonrosas a Juan de Ugarte. De ello se hace eco de Pedro de Latatu, pues al respecto de la riña entre ambos Pedro Abad de Urtaran le comentó que pudiera ser “que tuviera alguna raza”.

María de Arriaga se hizo eco de ciertas sospechas sobre la procedencia de Juan de Ugarte, abuelo de Martin e hijo de la mujer presuntamente llegada de Santa Gadea. Catalina de Lezameta declaró que había oído de su madre que la bisabuela de Martin vino preñada de Castilla y la susodicha comentó que esa historia la tenía oída a María Hernández de Gujuli pero en cincuenta años no había vuelto a oír murmurar nada y ella los tenía por hijosdalgo limpios de toda raza. Juan de Landa de Basabe y Juan Díez de Basabe reprodujeron también la historia de la bisabuela que regresó embarazada de Santa Gadea, y no fueron los únicos. Claro que también hubo quien dijo no saber nada al respecto, a pesar de ser testigos presentados por los Balza.

Uno de los hechos cotidianos que delataban la condición judía de un individuo era su rechazo a comer tocino, alimento fundamental en la dieta de estas personas. Fueron varias las personas que declararon que Pedro de Ugarte, que era tío de Martín, no comía tocino. Por ejemplo, Juan Ibáñez de Murga relató que la mujer de Pedro solía decir que su marido más quería comer tocino que perdiz y, sin embargo, lo que producían lo vendían en Orduña. Pero incluso algunos de los testigos presentados por el propio Balza desmintieron este extremo. Juan de Unzueta declaró que había estado muchas veces con Martín y sus primos carnales y nunca había visto que tuvieran escrúpulo alguno en comer tocino sino que lo ingerían con el mismo buen apetito que él. Pedro de Eguiluz, si bien dijo haber escuchado la historia de la bisabuela, no pudo dejar de confesar que era vecino de Pedro de Ugarte y, por haber trabajado y comido juntos muchas veces, sabía que no hacía ningún asco al tocino.

Otro de los hechos probatorios de la condición judía, y por tanto no hidalga, de los Ugarte lo era el que, presuntamente, no habían sido admitidos en los oficios del concejo de Lezama. Alonso de Yarritu, que era pariente dentro del cuarto grado de las hijas de Balza, declaró que, desde que pusieron un capítulo en las ordenanzas para que no fuese admitido ni como regidor ni como fiel ningún vecino que no fuese hidalgo, ni Martín ni su padre ni sus primos habían sido regidores. Algún que otro testigo se hizo eco de este hecho como algo que se comentaba o que habían escuchado por ahí. Por el contrario, Pedro de Latatu dio fe de que en diversas ocasiones se había propuesto para el oficio de regidor a los primos y tíos de Martín, y si no habían salido fue por persuasión de su padre Juan de Ugarte, aunque no queda claro por qué no quería que salieran elegidos. Más concluyente fue el testimonio del anciano Juan López de Aranguren cuando afirmó que Juan había sido regidor junto a el.

Por último, el alguacil Martín de Gallartu, vecino de Amurrio, relató que poco tiempo antes un hermano de Martín, llamado Francisco y casado en aquella localidad, tuvo una riña con Martín de Pardío de Ugartebechi tras perder una hoz cuando segaban una heredad del escribano Domingo de Uriarte, discusión en la que, al parecer, Pardío llamó judío a Francisco.

Finalmente, el 20 de octubre de 1588, y por testimonio de Cristóbal de Ugarte, el Alcalde Mayor declaró a Martin de Ugarte por hijodalgo y condenó a Juan y Ana en medio año de destierro y 2.000 maravedis mas el pago de los costes procesales. A Martin se le condenó en 300 maravedis por la agresión. La Chancillería de Valladolid confirmó la sentencia.

 

 

Los Ugarte de Inoso

 

A pesar de que Martín de Ugarte fue declarado hijodalgo y los Balza sancionados por haberle injuriado, cuarenta años después Lope Hurtado de Mújica resucitó estas viejas habladurías cuando incluso no pocos vecinos de avanzada edad ya ni recordaban este pleito. Más fresca en la memoria estaba la querella que Diego de Ugarte, vecino de Inoso, había puesto a Pedro de Guinea en 1633 por haberle llamado judío. Fue en casa de Francisco de Inoso, delante de muchas personas, donde Guinea, que era vecino de Lezama en el barrio Zulueta, le amenazó con sacarle los ojos y le llamó repetidas veces judío marrano, jurafalso y otras injurias. En opinión de Ugarte, Guinea “hera de diferente calidad que la suya” por ser descendiente de labradores pecheros y hombre inquieto y revoltoso, pendenciero, malhablado, que tenía muchos conflictos en las tabernas y con sacerdotes. Guinea fue severamente castigado y desterrado, y murió no mucho después en Subijana de Álava. Lo relevante del caso es que Diego aparece como primo o primo segundo de Martín de Ugarte. Por lo que alcanzamos a saber, el padre de ambos se llamaba Juan, por lo que solo podían ser primos como mucho, de modo que ellos serían, efectivamente, primos segundos.

 

En el proximo capítulo, analizaremos cómo Lope se basó en estos dos pleitos para tratar de desacreditar al Capitán Juan de Ugarte tachándolo de judío y, por lo tanto, incapaz de acceder a la Orden de Santiago. Hasta aquí hemos sabido que Martín fue hijo de un escribano llamado Juan de Ugarte, nieto de otro Juan de Ugarte, quien se decía que fue hijo de María de Ugarte y un boticario judío. Pero, ¿es esto cierto? ¿Cuáles eran los orígenes del Capitán y sus antecesores? ¿Por qué Lope presentó esta acusación y qué buscaba al obstaculizar el ascenso del Capitán? ¿Actuó solo o tenía aliados?

 

 

[i] Archivo Histórico Diocesano de Zaragoza: Fondo de Apelaciones, Bizkaia, Caja 203-6, 2057

Noche de ronda con consecuencias inesperadas. Orduña, 1824.

 

 

 

 

Año Nuevo del año 1824.

Los vecinos de la ciudad de Orduña disfrutaban del día festivo como mejor podían, acudiendo a los actos religiosos, reuniéndose con la familia y amigos, y no pocos optaron por pasar la tarde-noche de taberna en taberna. Nada nuevo bajo el sol, pues. Concretamente, la taberna que el zapatero Manuel de Larrondo tenía en su casa, situada en la parte baja de la calle Francos, fue el punto en el que coincidieron cinco individuos, cuatro de los cuales darían con sus huesos en la cárcel antes de que terminara la noche.

Algunos de ellos habían estado rezando el rosario en la parroquia de San Juan. Es el caso de Francisco de Marfagón Ortega, que era natural de Bueña “en el partido de Teruel del Reyno de Aragon” y estaba casado con María de la Torre Orruño. Era un joven esquilador de unos veinticinco años que vivía con su familia política y poco más tenía que lo que llevaba puesto. También estuvo Juan de Picaza Echevarria, natural de Orozko, casado en la ciudad con Ramona de Ulibarri Coloma, maestro cubero de treinta y nueve años de edad y vecino al final de la calle Orruño.

Debían ser amigos a pesar de la diferencia de edad entre ambos, ya que, tras el acto religioso, estuvieron sentados cerca de la casa del cirujano Eugenio Torrecilla, en la bocacalle de la dicha calle Orruño. Los dos amigos decidieron dar un paseo a caballo, de manera que Picaza en su propia cabalgadura y Marfagón en la de su cuñado pusieron rumbo a la “venta titulada de Mendichueta” en Saratxo. A medio camino adelantaron a un hombre que iba caminando. Era Gerónimo de Garay Aranburu, labrador de cuarenta y cuatro años, casado con Estéfana de Gabiña, nacida en Saratxo, y vecino en la calle Francos. Los tres se juntaron ya en la cocina de la venta y “tomaron una refaccion de vino y un poco de carne q habia llevado dicho Geronimo”. Al anochecer, sobre las seis de la tarde, Garay y Picaza volvieron juntos en el mismo caballo, y Marfagón lo hizo algo más tarde en el de su cuñado, llegando a la ciudad después de anochecido. Garay se apeó en su casa y Picaza fue a dejar el caballo en su establo. Pero Garay debía tener ganas de más porque seguidamente fue a casa de Picaza y le propuso ir a tomar media azumbre –un litro- de chacolí a la casa taberna de Larrondo que, como hemos dicho, estaba en la misma calle en la que Picaza tenía su domicilio.

Aunque de manera independiente a los anteriores, similar recorrido realizó Domingo de Aguirre Ahedo, labrador de treinta y cuatro años natural de Gordejuela, casado en la ciudad con Brígida de Secada Revilla y vecino también de la calle Francos. Domingo había rezado el rosario en la iglesia de San Juan pero después pasó por su casa para coger un mendrugo de pan. Aguirre salió de la ciudad por el Camino Real en dirección al “puente titulado nuevo que esta en el prado llamado de San Bartolome”. Resulta que, en un agujero de una pared próxima al puente, había escondido una bayoneta inglesa en julio de 1822 y quería recogerla para dársela a José de Marubay, que hacía tiempo se la había pedido porque le venía bien para el fusil inglés que tenía para su oficio de la Guardia de la ciudad. A pesar del año y medio que había transcurrido, la bayoneta aún estaba allí y Domingo la introdujo en la manga suelta del lado izquierdo del capote de paño pardo que llevaba puesto.

El puente pillaba de paso para la venta de Menditxueta, a donde fue, pero no estuvo con los anteriormente mencionados sino con otros orduñeses, concretamente con Manuel de Ugarte, Agustín Fernández y Luis de Izarra “por mote pelandina”. Ellos mismos aseguran que la venta estaba muy concurrida aquella tarde. La costumbre de los orduñeses de ir a beber o comprar vino en Menditxueta, donde era más barato, era ya secular y fuente de conflictos entre Ayala y Orduña. Pero esa es otra historia. Por el momento, Aguirre y sus compadres estuvieron dándole al clarete aquella tarde y, al toque de oración, salieron de vuelta para Orduña, si bien parece que Ugarte regresó un poco antes. Sobre las seis y media de la tarde, Aguirre llegó a su casa, cenó con su mujer y su familia y bajó a la cercana taberna de Larrondo para echar un trago de chacolí. Allí se juntó a Andrés de Vadillo, a quien llamaban “Medina”, Pedro de Iturricha y Pedro de Ogazon.

Por su parte, Manuel de Aldama Olabarrieta, albañil de cuarenta y un años natural de Menagarai, estaba casado con su paisana Juana de Echavarri La Cuadra y vivía en la calle Orruño. Por cierto, que Juana moriría en el transcurso de ese año, ya que Manuel se casó en diciembre con María de Oquendo, con quien vivía en la calle Cantarranas al año siguiente. Pero lo que ahora nos importa es que, sobre las tres de la tarde de aquel 1 de enero de 1824, Manuel fue “para la venta que de nueba planta esta construiendo en el lugar de tertanga (…) Thomas de Murga” para ajustar con el la obra de albañilería de la cocina y otro agregado a ella; y luego fue allí también otro maestro albañil, Pedro de La Encina. Después de ajustarse y de “echar un trago amigablemente en dicha casa de Murga, en la que se bende bino clarete de la Rioxa”, sobre las cinco de la tarde marcharon los dos a casa de La Encina “que la tiene en la Calle titulada de cantarranas” y no fue hasta las ocho y media aproximadamente que salió de casa de su colega para dirigirse a la suya. Este fue su trayecto: “por bajo de los Astiales de entre cantarranas, Calle nueba, Calle Burgos y por el arqueado de la Parroquia de San Juan el Real siguiendo por los Astiales del peso real, los de entre calle medio y Calle Yerro”. Algo que queda bastante claro en la documentación del caso es que la gente no cruzaba la plaza de noche, sino que iban por los hastiales aunque para ello tuvieran que rodearla por completo.

Aproximadamente bajo el portegado de la Casa Consistorial, Aldama se encontró con el regidor Jose de Pereda, vigilante nocturno por encargo del alcalde, quien le dijo que ya era hora de que se retirase a su casa. Le respondió que así lo haría. Pero nada más lejos de la realidad. En la bocacalle de Francos, se encontró a Marfagón y ambos fueron a echar un cuartillo –medio litro- de chacolí a la casa de Larrondo. En la portalada estaban Picaza y Garay “echando un trago” y los dos hombres se unieron a ellos con su propia consumición.

¿Qué había sido de Marfagón en el rato transcurrido entre su regreso de Menditxueta y su encuentro con Aldama? Primero, fue a su domicilio a dejar el caballo y cenar con su familia. A continuación, salió hacia la casa mesón de Manuela de Jocano en la calle Nueva. Era viuda de Ciriaco de Izarra y la casualidad es que, al igual que Aldama, se casó en segundas nupcias en diciembre de 1824, en su caso con Valerio de Samaniego. Marfagón dirá en el futuro que fue a este lugar buscando alguna caballería que esquilar y así ganar jornal. Lo cierto es que entabló conversación con el criado Vicente de Izarra, a quien pidió una bayoneta que días antes le había ofrecido. Vicente había encontrado la bayoneta tiempo atrás entre la paja de la casa y, al parecer, Marfagón la quería por no tener otra para el fusil que le habían entregado como individuo de la Guardia. Es curioso –o no- que tanto el como Aguirre se hicieran con una bayoneta ese mismo día y por idéntico motivo.

Aquí se produce una divergencia respecto a la declaración de Aldama. Éste dijo que se encontró a Marfagón en la bocacalle de Francos y bajaron a la taberna de Larrondo. Sin embargo, el aragonés declaró que fueron a la casa de Rafael de Aldama en la entrada de la calle Medio a echar un trago de aguardiente. Y lo cierto es que Juana de Polanco, la mujer de Rafael, ratificó que ambos estuvieron en la portalada interior de su casa y que Aldama bebió cuatro cuartos de aguardiente y Marfagón como un vaso de vino rancio. Este pasaje le viene ni que pintado a Marfagón porque afirmó que se encontraron con Picaza, Aguirre y Garay en la bocacalle de Francos y que nunca llegó a estar en la taberna de Larrondo. A pesar de tener numerosos testimonios en contra, Marfagón se ratificó en esta sucesión de los hechos hasta en cuatro ocasiones. ¿Por qué Marfagón insistió tanto en negar su presencia en la taberna de Larrondo si nada malo ocurrió allí? ¿Por qué Aldama omitió haber pasado por la taberna de Polanco? ¿Hay algún motivo para que Juana mintiera y encubriera a Marfagón? Ninguna respuesta podemos dar a estas preguntas a partir de la documentación producida en el caso. Pero lo que está bastante claro es que Marfagón mintió.

 

Sabemos también sin ninguna duda que, a eso de las nueve de la noche, el regidor Pereda se presentó en la taberna de Larrondo para despachar al personal a sus respectivas casas. Poco después llegó el alguacil José de Marubay con el mismo fin. Recordemos que éste es quien había pedido a Aguirre la bayoneta que tenía escondida. El caso es que las autoridades cerraron el chiringuito y Marfagón, Aldama, Garay, Picaza y Aguirre, que no habían estado juntos, se encontraron en la calle. Resistiéndose a la idea de dar por finiquitada la jornada, alguno tuvo la sempiterna clarividencia de buscar un garito donde poder echar la espuela, pues “no hera tan tarde para aquel fin”, de manera que pusieron rumbo a la casa del cirujano Genaro Gutiérrez, ayalés natural de Lujo, que traía y vendía aguardiente en su domicilio situado al final de la calle Burgos. A pesar de que, como hemos visto, los susodichos vivían en esa misma calle o en la de Orruño, las ganas de seguir pimplando superaban con mucho las de acostarse y allí que se fueron.

Siguiendo con la que parece ser arraigada costumbre de no cruzar la plaza de noche, los cinco individuos fueron por detrás de la Aduana y por la calle Cantarranas hasta la casa del cirujano, que estaba cerrada. Los abastecedores de vino y aguardiente no solo hacían que su casa funcionase a modo de tasca mientras durase su obligación contractual sino que vendían el morapio a los vecinos en diversas cantidades para que lo llevaran a su casa. Y, en ocasiones, esto podía ocurrir a cualquier hora, por mucho que habitualmente las ordenanzas locales lo prohibieran. Es así que se entiende que nuestros protagonistas llamasen a la puerta y la sirvienta Ramona de Oquendo les atendiera. Según su testimonio, reconoció las voces de Marfagón y Aldama, les entregó el aguardiente por un postigo de la puerta principal sin abrirla, lo bebieron y ambos pagaron. No vio en ningún momento a los otros tres, pero por allí debían de estar. No descartamos que Oquendo dijera esto para evitar algún tipo de reprimenda por atender a esas horas, ya que de los testimonios de los hombres se puede concluir que estuvieron dentro de la casa. Por otro lado, Marfagón aseguraría que no bebió nada porque ya había tomado en la casa de Rafael de Aldama. Otra mentira.

A partir de aquí, bien sea porque el alcohol hizo mella en sus recuerdos, bien por limpiarse las manos del suceso que estaba próximo a ocurrir, las versiones de los cinco hombres comienzan a diferir cada vez más. Dentro o fuera, el paso por la casa de Gutiérrez fue rápido, lo justo para echar el último pelotazo. Quizá no eran más de las nueve y media de la noche cuando marcharon de allí. Subiendo por la calle Burgos hacia la plaza, se produjo un rifirrafe típico de ebrios cuando Aldama resbaló y cayó al suelo, culpando a Picaza de haberle empujado. Que si te has caído tu solo, que si me has empujado, los otros tres iban por delante y Marfagón se dio la vuelta para regañarles y decirles que no metieran bulla. Picaza contestó que no lo hacían y que para aquella disputa no necesitaban quien la decidiese y que así podía llevar su camino. Según éstos, este suceso ocurrió en los soportales de la iglesia de San Juan. Según Marfagón y Garay, en las últimas casas de la calle Burgos, a la altura de la casa del maestro de obra prima Fernando de Gardeazabal.

 

Precisamente allí se encontraban amigablemente reunidas algunas personas unidas por lazos familiares y de amistad. Ventura de Marubay Quintana era natural de la misma ciudad, tenía cincuenta y tres años, estaba casado y vivía en esa misma calle. Era hermano del alguacil ya mencionado, con quien además compartía casa. Sobre las ocho de la noche había ido a casa de su vecino y amigo “con el fin de pasar un tanto de combersacion amigable según en otras ocasiones lo habia echo”. Allí estaban Gardeazabal, su mujer, su hermana María Antonia, Antonio de Salaberri y algunos criados de la casa.

Era ya bastante tarde, sobre las once u once y media, cuando María Antonia decidió regresar a su casa, situada en la parte baja de la calle Vieja. Ventura y Salaberri también salieron para sus respectivos domicilios no sin antes ofrecerse a acompañar a la mujer, como también lo hizo su hermano. Fueron por los arcos de la iglesia, el Peso Real, los portales de calle Medio y Yerro hasta la entrada de Calle Vieja. Salaberri portaba un farol con dos luces. En ese punto, fueron recibidos con una lluvia de piedras. Pero existen contradicciones en torno a este suceso. El propio Ventura narra los hechos tal y como lo hemos hecho nosotros: salieron de casa, fueron por los hastiales y al llegar al portegado de la casa consistorial comenzaron a recibir pedradas. Pero no es cierto, ya que esto ocurrió después de dejar a María Antonia en su casa y volver a subir por calle Vieja. Así lo afirma directamente Salaberri y así se explica que la mujer ni siquiera fuese llamada a declarar: no presenció los hechos.

Entonces, ¿qué hicieron los otros cinco en ese lapso de tiempo de una hora u hora y media que debió transcurrir desde que marcharon de casa de Gutiérrez hasta que ocurrió la agresión? Según Garay, cuyo testimonio fue considerado como fidedigno por los tribunales, fueron todos juntos desde la dicha casa hasta la casa consistorial, donde estuvieron de palique durante bastante rato sin que pudiera precisar si fue media o una hora. Cuando vio que por los hastiales venían tres o cuatro personas, una de ellas con un farol “bastante crecido con luz encendida dentro”, les dijo a los cuatro “muchachos vamos a casa q ya es hora” y habiéndole contestado que aguardase, marchó “sin mas detencion” para su casa. Este relato es el único plausible desde el punto de vista temporal, ya que todos los demás no solo contaron cosas diferentes sino que narran el apedreamiento como un suceso que ocurrió de manera inmediata a su llegada al entorno de la plaza.

Según Picaza y Aldama, después de su rifirrafe, seguramente con ánimo de atajar por haberse quedado rezagados respecto a los otros tres, cruzaron por el medio de la plaza hasta la casa en que habitaba Pablo Ximénez, y que era propiedad de Cayetano de Palacio, entre las calles Francos y Orruño. Sin embargo, Marfagón declaró que fueron Aldama y el quienes hicieron dicho recorrido. Picaza aseguró haber visto una luz que subía por la calle Vieja cuando iba con Aldama hacia la casa de Ximénez cruzando la plaza; es decir, al de nada de salir de la casa de Gutiérrez.

Ventura de Marubay declaró que al pasar por la bocacalle de Vieja advirtieron que algunas personas les estaban lanzando piedras desde los hastiales de la calle Francos. Creyendo que presentándose como oficial de la Guardia cesarían el ataque, se dirigió hacia ellos y debajo de la casa que habitaba Ximénez se encontró con los cuatro hombres que ya conocemos y les dijo “modosamente” que no tenían motivo para tirar piedras y que se comportasen, pero le contestaron con desprecio y amenazas. Acto seguido uno de los hombres –creía que fue Marfagón pero no lo aseguró- le agredió con una bayoneta en el costado derecho. Pensó que era una herida mortal y así lo dijo, y al ver que se desmayaba pidió a Picaza que le acompañase a casa. Y éste así lo hizo. Ni siquiera la urgencia de las circunstancias le hicieron cruzar por la plaza, sino que fueron bajo los hastiales hasta la iglesia de San Juan, donde el hombre se excusó por temor de que le encontraran los otros tres. Entonces apareció la mujer de Gardeazabal y Ventura fue socorrido en sus metros finales por Salaberri y por Pedro de Gabiña.

¿Qué fue de los acompañantes de Marubay? Cuando éste se adelantó para reconvenir a los agresores, Antonio de Salaberri Iradier, gasteiztarra de veintiún años, le siguió a escasos metros. Pero su testimonio no es del todo coincidente con el del herido, ya que aseguró haber encontrado a Picaza, sin capote ni arma alguna, en uno de los pilares bajo la casa mesón de Ignacia de Urruela, viuda de Manuel de Ballejuelo, que se corresponde con la casa de los Díaz Pimienta. Cruzaron algunas palabras entre ellos, pero al de poco oyó que Ventura caía a tierra suspirando y “diciendo herido soy de una puñalada”. Salaberri no pudo decir quién fue el autor de la agresión, ya que la noche era bastante oscura y el farol se lo había quedado Gardeazabal. La reacción del mozo fue un poco extraña, ya que en vez de ayudar al hombre fue a toda prisa a casa de Gardeazabal para “proporcionar medio” de recogerle a Ventura y ver qué había que hacer. Pero resulta que Gardeazabal no estaba en su casa. Así que Salaberri halló a Ventura ya cerca de la casa de éste y pidió ayuda a Gabiña para llevarlo a casa y dejarlo en la cama. Gabiña regresaba de pasar un “rato de conversación amigable” en casa de Clemente Sancho hacia el final de la calle Burgos, y era empleado de la Aduana.

¿Dónde estaba, pues, Fernando de Gardeazabal? En el mismo momento en que comenzaban a caerles piedras de buen tamaño, se había encontrado con Baldomero de Galíndez en el portegado de la casa consistorial. Ambos se refugiaron dentro de la casa mesón de Ignacia de Urruela. Esto no tiene sentido alguno, ya que si estaban bajo la casa consistorial habría bastado con huir en cualquier otra dirección excepto en la que tomaron. Creemos que, en realidad, debieron encontrarse en la bocacalle o en los mismos hastiales de la casa mesón, y por ello optaron por entrar en este lugar, que era a donde se dirigía Galíndez para cumplir un encargo del Comandante de la Guardia.

Se comenta que alguna piedra impactó contra la puerta principal de la casa, que cerraron tras entrar. Allí estaban Juana de Urruela, Eusebio de Laiseca y María Ortiz de Salazar. Juana subió a los dos hombres al entresuelo, que tenía una ventana que daba al hastial, y la mujer vio a Marubay ir de pilar en pilar diciendo “hixos mios no tireis pedradas”. Gardeazabal no mencionó nada de esto, solo que oyó decir “darles que son negros y matarlos”. Sabemos que “negros” era como llamaban los tradicionalistas -posteriormente los carlistas- a los liberales, bajo el supuesto de que tenían el alma negra. Según Juana, sobrina de la dueña del mesón, habría reconocido las voces de Marfagón y Picaza pronunciando expresiones ofensivas, y después oyó a Marubay llamar a Fernando con voz bastante lastimosa. Según Salazar, decía “Fernando ven acá”. Entonces, Gardeazabal y Galindez, con cuidado y temor, partieron con el farol a buscarle por los hastiales entre las calles Francos y Orruño. A la altura de la casa de Juan Francisco de Bárcena, encontraron a Marfagón, al que preguntaron por el paradero de Marubay, y les respondió con desprecio. Al ver que tras los pilares de la casa había varios bultos de personas que no pudo distinguir, temiendo que aquello terminase mal se fueron a su casa, a donde llegaron a tiempo para ver en la puerta principal a Marubay con la mujer de Gardeazabal.

 

Ahora es momento de ver los argumentos esgrimidos por los acusados. Según Picaza, cuando llegó con Aldama bajo la casa que habitaba Ximénez oyó una voz procedente de los hastiales bajo la casa mesón que dijo “joder a un negro”, y creía que había sido Marfagón. Poco después escuchó otra voz que procedía más o menos de la bocacalle de Francos, y creía que era Ventura “que dijo claramente que mal e echo a Vms”. Picaza habría ido en su busca y lo halló de pie, hacia mitad de los hastiales bajo el mesón, y le dijo que le habían herido y le pidió por Dios que le acompañase a su casa. Como sabemos, así lo hizo. Según sus propias palabras, no lo acompañó más porque creyó que si lo encontraba la Guardia de Honor lo apresarían juzgándole autor de la herida y porque no quería encontrarse con los verdaderos autores. Recordemos, sin embargo, que Salaberri aseguró haberlo visto en uno de los pilares del mesón. Picaza lo negó, así como negó haber dicho las expresiones ofensivas que se le atribuían.

Aldama, que al parecer iba bastante perjudicado, dijo que se recostó pegante a la casa contigua que habitaba Ximénez y al de poco tiempo “al parecer del declarante porque se hallaba turbado de sentido a causa de haberle ofendido un cigarro que acababa de fumar”, como entresueño (sic) oyó voces y un ruido y una persona que “en alta boz y mui clara dijo joderle a un negro”. Creía que fue Marfagón. Presa de este presunto blancón, Aldama se largó hacia su domicilio de la calle Orruño y se durmió hasta que, “siendo hora de la repetida noche que no pudo adbertir por la turbacion de su cabeza qual fuese”, su mujer le despertó porque se lo iban a llevar detenido.

Nada en particular se ha dicho de Aguirre hasta ahora. Su declaración no tiene desperdicio. Aseguraba el encartado que, después de echar la última en casa de Gutiérrez, fue por los hastiales hasta llegar a la entrada de calle Francos, yéndose derechito a su casa. Pero al de un rato notó que le faltaba el ceñidor que había vestido ese día y pensó que se le había caído detrás de la Aduana “en sazón de haber soltado los calzones para hacer una necesidad maior”, de modo que fue para allí y “bolbiendo al parage donde habia echo su necesidad hallo alli dicho ceñidor”. De regreso para su casa, se encontró con Marfagón junto a la casa del cirujano Torrecilla, que estaba pegante a la bocacalle de Orruño. Éste le propuso ir a ver quién o quiénes iban con un farol por los hastiales entre las calles Medio y Yerro y convino en hacerlo por mera curiosidad, de manera que al llegar se encontraron no con los agredidos……sino con el Comandante de la Guardia. A este encuentro regresaremos en breve. Baste señalar por el momento que Aguirre aprovechó este escatológico pasaje para negar su presencia en el lugar de los hechos ni siquiera de manera circunstancial.

Por su parte, Marfagón había suplantado a Picaza en su papel de acompañante de Aldama hasta la bocacalle de Orruño. Situado en ese lugar, afirmaba haber oído ruido de pedradas y haber distinguido bultos de personas en los hastiales entre Orruño y Francos, unos arrimados a los pilares y otros junto a las tiendas. Marfagón siempre dio a entender que allí había habido muchas personas. Avanzó hacia la casa de Torrecilla y allí se habría encontrado con Salaberri, quien le preguntó qué hacía allí y quiénes eran aquellas personas. Le respondió que no sabía, que solo veía uno de sombrero blanco que podía ser el Comandante de la Guardia, y Salaberri fue a donde el. Recordemos que Salaberri solo dijo haberse encontrado con Picaza, en ningún momento con Marfagón. Nadie aludió a persona alguna con sombrero blanco. En su línea.

El declarante aseguró que, después de esta conversación, regresó a donde estaba Aldama, llegando después Aguirre y posteriormente Picaza. Éste y Aldama se fueron a sus casas. No había visto a Garay desde que se desviara al salir de la calle Burgos, de modo que aquí contradijo nuevamente las declaraciones de sus compañeros. Además, Garay vivía en la calle Francos, de modo que no tenía ningún motivo para haber tomado un rumbo diferente cuando regresaban de la casa de Gutiérrez. Sin embargo, y tras mucho insistir los interrogadores en sus contradicciones, terminó por señalar que sí, que habían estado los cinco cerca de la bocacalle de Orruño: Aldama y él en este mismo lugar, Picaza y Aguirre hacia medio hastial y Garay cerca de la tienda de Agustín de Aranguren; y que entonces llegó Marubay y les dijo que se fueran a sus casas, a ellos y a esas otras personas misterioras que estaban detrás de los pilares y de las que nada se supo –probablemente porque no existieron-.

 

Las pesquisas para tratar de arrojar un poco de luz sobre el incidente no resultaron muy fructíferas. Algunos de los vecinos más cercanos al lugar de los hechos oyeron ruido pero, al ser día festivo, pensaron que era gente divirtiéndose –a pesar de las horas que eran ya-. Otros, como Matías Juan de Angulo, no se enteraron de nada, en su caso por haber regresado de viaje y estar agotado. El testimonio más interesante puede ser el de Ramón de Madariaga, que vivía en la segunda puerta de la calle Vieja. Ramón se asomó a la ventana hacia las nueve y media o diez de la noche y oyó voces en la plaza, entre ellas alguna que dijo tres veces en voz muy alta “biba la constitucion”. Con el Trienio Liberal recientemente abortado por la restauración absolutista de Fernando VII, en la que tomó parte de manera muy activa el vecindario orduñés, la perspectiva de hallarnos en este caso con un trasfondo político nos resultaba sumamente atractiva. Sin embargo, nada más se supo de esto. Nadie más pareció oírlo.

Digno de mención fue también la declaración de Martín de Mendieta, natural de Lezama y criado en la citada casa mesón. Según sus palabras, sobre las siete y media de la tarde, en medio de la escalera principal de la casa, Francisco de Marfagón expresó que llevaba una bayoneta francesa, la enseñó y dijo que buscaba “algun negro” para matarle pero no lo había encontrado. Juan de Arenas habría sido testigo de la conversación y, en efecto, ratificó que el encuentro se había producido, pero no recordaba qué dijo exactamente Marfagón de la bayoneta.

 

Después de dejar a Ventura en su casa, Gardeazabal y Galíndez fueron a dar aviso al Comandante de la Guardia de la ciudad, como subalternos suyos que eran, ya que también eran miembros de ella. Juan Antonio de Goiri Olabarrieta había nacido en Laudio/Llodio en 1792. Con veinte años, se alistó en el ejército en Potes para luchar contra los franceses, y a buen seguro debió destacarse en la sublevación realista del Trienio Liberal, ya que en octubre de 1823 figuraba ya como Comandante en Orduña en una carta enviada al rey vanagloriándose de su desafección hacia el régimen liberal y su masivo apoyo a Fernando VII. Todavía faltaba una década para la sublevación carlista de la que Goiri sería uno de los cabecillas comarcales hasta que se acogió al Convenio de Bergara del 31 de agosto de 1839, de manera que en enero de 1840 fue nombrado administrador de la Real Aduana de la ciudad vizcaína. En los inicios del año 1824 gozaba del importante cargo de Comandante de la Guardia de la ciudad, que no era más que la institucionalización como fuerza policial legal de las partidas realistas antiliberales que se habían formado en los años anteriores. Como la participación de orduñeses en estas partidas fue muy alta, parece que “todo quisqui” era miembro de esta Guardia.

Goiri estaba en la casa de su suegro Rafael de Aldama, por donde parece que habían pasado Marfagón y Manuel de Aldama unas horas antes. Recibido el aviso de la agresión, el Comandante ordenó a Gardeazabal y Galindez que fuesen a sus casas a por sus correspondientes fusiles, bayonetas y cananas y que acto seguido se dirigieran al portegado de la casa consistorial. Goiri acudiría al mismo sitio en compañía del sirviente de su suegro, Tomás de Acha, al mismo tiempo que envió a su propio sirviente, Santiago de Larrea, a avisar a su ayudante Ildefonso de Echevarria para que acudiera al dicho lugar armado con su espada. Ambos criados eran naturales de Orozko.

Goiri y Acha, armados con sable y carabina respectivamente, fueron los primeros en llegar. No portaban luz alguna, al contrario de lo que afirmó Aguirre. Y seguramente por eso sorprendió al susodicho y a Marfagón viniendo desde la bocacalle de Vieja. Dijeron que estaban paseando pero, sin mayores rodeos, Goiri preguntó a ver si portaban armas, y Marfagón respondió que había portado una bayoneta pero ya la había dejado en su casa. Entonces llegaron Gardeazabal y su sirviente, el laudioarra Pedro de Aldaiturriaga, con un farol, y al momento apareció también Galindez. Gardeazabal se colocó a la espalda de Marfagón y gracias a la luz de su sirviente pudo ver que el hombre tenía una bayoneta escondida debajo del capote y su brazo izquierdo. Goiri se la quitó y dispuso que los dos hombres subieran a la cárcel, que se encontraba en la misma casa consistorial. En ese momento llegaron Larrea, Echevarria e Ildefonso de Galatas, éste con su fusil y bayoneta como miembro que también era de la Guardia. Vivía cerca y había acudido al escuchar ruido y voces, especialmente las de Gardeazabal y Goiri. También Salaberri llegó en algún momento de éstos.

Como niños atrapados en alguna travesura, Marfagón y Aguirre se resistieron a subir a la cárcel y no tardaron mucho en protestar que no eran los únicos que habían andado por ahí aquella noche, delatando prontamente a Juan de Picaza y Manuel de Aldama, que también eran miembros de la Guardia. Fue Galatas quien agarró a Aguirre y le encontró otra bayoneta debajo de su brazo izquierdo. No sin resistencia, lograron subir a los dos hombres a la cárcel. Aguirre rasgó la camisa del alcaide Pedro de Iturricha, que estaba en su cama cuando su hija le avisó de que Goiri estaba llamando. Recordemos que Iturricha también había estado en la taberna de Larrondo, de donde se había marchado cuando llegó el regidor Pereda. Marfagón fue introducido en la jaula y Aguirre en el calabozo.

La comitiva encabezada por el Comandante se dirigió a casa del aludido Picaza, a quien llevaron a la cárcel; y después hicieron lo mismo con el resacoso Manuel de Aldama. Parece que en algún momento posterior Goiri fue informado de que el cirujano Gutiérrez había sido llamado de parte de la casa de Ventura de Marubay para que éste fuera asistido.

Y, con esta información, Goiri acudió a casa del alcalde y juez ordinario Juan Bautista de Basabilbaso, que estaba acostado en su cama. Enterado de todo lo ocurrido, el alcalde ordenó que los reos permanecieran detenidos bajo la custodia del alcaide y sin comunicación de ninguna clase entre ellos. Posteriormente, fue a la casa de Marubay, hacia la mitad de la calle Burgos, junto al cirujano Mariano de Barriocanal y otras personas. El herido estaba en cama en un cuarto inmediato a la sala de la casa y fue examinado de nuevo, ahora en presencia de las autoridades. Ventura estaba “adornado con camisa limpia de lienzo regular de la tierra y de un chaleco de triple fondo pajizo con solapas y seis botones en cada una, bolsillos con forro por de fuera la espalda y en las delanteros” y en la solapa derecha tenía un “ahugerito triangular de estension al parecer como de quatro linias escasas” advirtiéndose una manchita de sangre en la parte superior del agujero y otra un poco más abajo. Y tenía en sus ropas otras manchitas de sangre del tamaño de una mosca o una lenteja. El escribano recogió el chaleco para custodiarlo como prueba. Su mujer Ramona de Mendibil dijo que era el mismo chaleco que llevaba su marido al llegar a casa. Y aunque examinaron el resto de ropas que había llevado no observaron más manchas de sangre, si bien dos de las prendas estaban recién levadas para que no se estropearan con las manchas de sangre. En ellas sí localizaron algunos agujeros y más restos de sangre, de modo que el escribano también se las quedó.

En su costado derecho y próximo a la “costilla primera verdadera”, Ventura tenía una herida que, según el cirujano Barriocanal, había sido provocada con un instrumento punzante cortante de figura triangular sin que se le advierta a Ventura en su cuerpo otra alguna herida ni señal de contusión. Era una herida realizada con una bayoneta, en su opinión. Esa mañana del día 2 de enero también el cirujano Gutiérrez fue con Barriocanal a atender a Ventura, a quien hallaron con bastante opresión al pecho; le aplicaron los medicamentos que juzgaron convenirle y le hicieron una evacuación con previsión de realizar otra por la tarde.

En los días siguientes, se examinaron las ropas del herido así como las armas incautadas a los reos. Uno de los dos sastre que examinó las ropas fue otro viejo conocido, Pablo Ximénez. Por su parte, Goiri señaló que las bayonetas incautadas no eran las que se habían entregado para el servicio de la Guardia, sino que estaban más sucias y roñosas. Los maestros herreros y armeros de la ciudad, Pedro de Izaguirre y José de Unzueta, reconocieron las bayonetas, que estaban bastante usadas. No hallaron rastros de sangre en ellas pero reconocieron las ropas y constataron que los agujeritos bien correspondían con las puntas de las bayonetas.

 

La tarde del día 6 los dos cirujanos afirmaban que Ventura estaba con alguna alteración en su pulso y bastante desazonado por lo que habían dispuesto que se confesase y recibiese el Viático. El alcalde mandó que un tercer cirujano, Eugenio de Torrecilla, fuese al día siguiente a las ocho de la mañana en compañía del médico José de Gorria a reconocer al herido. Sin embargo, Gorría estaba en cama bastante indispuesto debido a una especie de flujo de sangre. A pesar de ello, al día siguiente Gorría hizo el esfuerzo de ir a examinar a Ventura; afirmó que el herido estaba padeciendo una pulmonía espuria, enfermedad peligrosa que podría haber sido causada por el invierno o por un derrame de líquidos de los pulmones por algún golpe contuso en las partes continentes de la cavidad vital, aunque de esta segunda causa no tenía nociones suficientes para afirmar que había causado la pulmonía.

El día 8 los tres cirujanos observaron que la herida no tenía rubicundez, inflamación, ni edema, manteniéndose en su color natural si bien expelía una leve serosidad y se hallaba con alguna calentura echando algunas gotas de sangre en el esputo.

Sobre la medianoche del 9 al 10 de enero, Barriocanal estaba acostado en la cama de su casa, situada en la plaza, cuando fue llamado por Benita de Marubay y María Jesús de Urdanpilleta, hija y cuñada de Ventura, para que fuera a visitarle. A pesar de la urgencia, le encontró con buen pulso y en su sano juicio. Permaneció con el varias horas, hasta las cinco o cinco y media de la madrugada, cuando regresó a su casa. Pero entre las seis y media y las siete un “sobrinito” y un nieto de Ventura le avisaron para que fuera de nuevo a verle. Sin embargo, cuando llegó a calle Burgos, le dijeron que el hombre acababa de expirar, de manera que fue a buscar a su colega Gutiérrez para examinarle juntos y lo encontraron efectivamente muerto en su cama.

Al día siguiente, 11 de enero, a las ocho de la mañana, fue examinado el cadáver en su propia casa por los tres cirujanos ya mencionados. Estaba expuesto en dos mesas, custodiado por dos personas. El examen certificó que la herida era mayor en el interior de lo que parecía en el exterior, la pleura había sido dañada y hallaron un derrame de sangre que circundaba los pulmones pero sin herida, por lo que dedujeron que habría sido causado por alguna erupción de vasos en las partes afectadas por el golpe. Su dictamen fue la herida fue peligrosa y no mortal de necesidad, pero habría causado el derrame que resultó fatal. Su cadáver fue sepultado en el cementario al norte de la iglesia.

Los interrogatorios a los reos comenzaron el 19 de enero. Por entonces, Domingo de Aguirre no estaba en muy buenas condiciones. El médico seguía indispuesto con sus achaques, de modo que fue el cirujano Torrecilla quien lo examinó y lo encontró sin habla y en precarias condiciones debido sobre todo al tiempo frío que hacía. Dispuso como remedio que le dieran vino rancio, recomendando su traslado a un habitáculo más abrigado, con una cama y lumbre bien encendida sin tufo ni peligro de incendio. Si empeoraba su estado, habrían de llamar al párroco para que le diera la Extremaunción. Todas aquellas medidas se cumplieron, por cierto.

Después de sus declaraciones, fue nombrado promotor fiscal Manuel López Borricón, un tejedor que, para variar, también era vecino de la calle Orruño. Los reos nombraron a sus defensores y comenzó el juicio del caso propiamente dicho. No nos interesa hacer un seguimiento del mismo así que nos limitamos a lo fundamental: el promotor pidió para Marfagón la pena de diez años de presidio con retención en Puerto Rico y la pena de ocho años para Aguirre. Lo más curioso de todo es una afirmación del defensor de Marfagón: que el hombre había salido para “distraerse del aburrimiento q naturalmente causa el frecuente trato y vista de su familia”.

En junio aún seguían presos y la causa había pasado al tribunal del Corregidor y Diputados Generales del Señorío, por lo que los cuatro nombraron procuradores. Este tribunal dio por buenas las conclusiones del fiscal y condenó a Francisco de Marfagón a diez años de presidio en Puerto Rico y a Domingo de Aguirre a cuatro en el castillo de San Sebastián. Picaza y Aldama tuvieron por pena la prisión que ya habían sufrido, y los cuatro fueron condenados mancomunadamente en costas. Era el 18 de noviembre de 1824. El 16 de diciembre el alcalde Basabilbaso entregó al miquelete Marcos de Barañano a los presos Marfagon y Aguirre para ser conducidos a la cárcel de Bilbao.