El testamento de Felipe de Lezama y Casilda de Sagarribay (1681): fundación de mayorazgo e ilegitimidad

 

 

 

Felipe de Lezama Eguiluz y Casilda de Sagarribay formaron uno de los matrimonios más pudientes y, podríamos decir, provechosos de la historia de Amurrio. Al fin y al cabo, fueron quienes pusieron los cimientos del mayorazgo de la familia Lezama, una de las más importantes de la localidad. Desde el siglo XVI hasta los últimos años del XIX, los Lezama fueron protagonistas de la vida pública amurrioarra y los mayores propietarios, además de desempeñar el oficio de escribanos durante generaciones. Su influjo sobre la localidad, así como su patrimonio, fue mucho mayor que el que tuvieron los propietarios del palacio Urrutia o la torre de Landako, quienes además no residieron en Amurrio. Por el contrario, los Lezama contaron con un extenso patrimonio y siempre vivieron en la localidad.

A pesar de todo, su historia ha sido siempre ignorada. Desgraciadamente, no solo no se conoce el paradero de la documentación interna de la familia, sino que tampoco disponemos de los protocolos notariales generados por ninguno de ellos, lo que es sin duda una verdadera lástima y una pérdida irreparable para el conocimiento de la historia de Amurrio y toda Ayala. Vaya desde aquí un llamamiento a la preservación, conservación y difusión de todo documento histórico que haya permanecido acumulando polvo en armarios y desvanes.

Por todo ello, no se ha hablado lo suficiente sobre esta familia y el conocimiento sobre ella es insuficiente. Por fortuna, una copia de este testamento se ha preservado en el expediente de acceso a la Orden de Santiago de Felipe de Isasi Lezama.

La importancia de este testamento, que en muchos aspectos es completamente rutinario, radica en que consiste en el documento fundacional del mayorazgo de los Lezama. O, al menos, uno de ellos, porque ocasión habrá de hablar de otros mayorazgos que también fundaron. Pero sí recoge aspectos curiosos a los que haremos mención, referentes a las relaciones extramatrimoniales.

 

Sobre el origen de la familia Lezama de Amurrio ya tratamos en esta entrada. No vamos a repetir lo allí dicho, si bien merece la pena recordar que llevaron el apellido compuesto “Lezama Eguiluz” porque descendían de la casa de Egiluz.

Bartolomé de Lezama fue el primer escribano de la familia y, fruto de su matrimonio con Marina de Ugarte Mariaca, el 4 de mayo de 1614 fue bautizado en la parroquia de Amurrio su hijo Felipe de Lezama Eguiluz. Éste se casó el 17 de junio de 1640 con Casilda de Sagarribay Arechederra, que era cuatro años mayor que su marido, ya que fue bautizada el 19 de septiembre de 1610. Como ya vimos en aquel artículo, en 1662 Felipe tuvo un conflicto con Diego de Sarachaga, que, entre otras cosas, le acusó de construir torrejones y casas nuevas con lo que robaba. Felipe era escribano, ocupó diversos cargos públicos en la Tierra de Ayala, incluido el de síndico procurador general, y fue representante de ella en las Juntas alavesas en un par de ocasiones. Era, sin duda, uno de los vecinos más importantes de Amurrio y de toda Ayala.

Procedentes ambos de familias notables en la sociedad local, formaron un matrimonio duradero que terminó por unir los bienes que Felipe había heredado de sus padres con los de la familia Sagarribay, ya que Casilda quedó como heredera tras la muerte sin hijos de su hermana mayor. Además, sus recursos económicos les permitió construir y adquirir nuevas propiedades. Si estos recursos tenían una procedencia ilícita, tal y como denunciaba Diego de Sarachaga, es algo que no podemos afirmar. Aunque sí es cierto que, en 1643, Felipe fue acusado de tener mesón y taberna pública en su casa a pesar de que su condición de escribano lo impedía, así como de vender productos a precios excesivos y obligar a comprar en su local a los que pleiteaban ante él. No era una actitud exclusiva suya, ya que otros muchos escribanos de la zona fueron acusados de cometer estos y otros excesos, incluido su padre Bartolomé. Fue condenado a pagar ocho mil maravedís y desterrado a cinco leguas de Valladolid y de la Tierra de Ayala, aunque no sabemos si cumplió. Por otro lado, posteriormente se diría que Felipe fue persona de mucha inteligencia -entendida como conocimiento- y aficionado a las cosas antiguas. En definitiva, es uno de los representantes de las nuevas élites ayalesas de la segunda mitad del siglo XVII, que desplazan a las familias que habían “manejado el cotarro” durante el XVI y parte del XVII.

 

Felipe y Casilda formalizaron su testamento el 13 de diciembre de 1681 “estando como estamos ancianos y viejos en nra entera salud de nros juicios cuerpos y entendimientos” y es que tenían sesenta y siete y setenta y un años respectivamente. Llevaban cuarenta y un años casados. Como se señala en las primeras líneas del documento, otorgaron su testamento “por quanto entre nosotros de mucho tiempo a esta parte esta tratado y comunicado de que haiamos de hacer y otorgar nro testamento y dispusicion conjunta y en uno, y conforme a nra voluntad que la tenemos concorde”. Todo lo que dispusieran no podría ser revocado, alterado ni cambiado por ninguno de ellos de forma individual, solo por su voluntad conjunta. En aquel entonces, Felipe y Casilda tenían seis hijos vivos, entre otros que habían fallecido. Eran Francisco (1642), María Jacinta (1644), Felipe (1648), Domingo (1649), Ana María (1650) y Bartolomé (1658).

 

Como es habitual, el testamento se ocupa en primer lugar de las voluntades y disposiciones de los testadores en lo que respecta a sus funerales y honras por su alma. Felipe y Casilda dispusieron que sus cadáveres fueran enterrados con el hábito de San Francisco en la parroquia de Amurrio y en las sepulturas “que tenemos en la primera y segunda Ylera donde nros herederos y cabezaleros quisieren”. El día de sus entierros debían celebrarse las correspondientes misas de réquiem cantadas y posteriormente las funciones de novena, novenario y cabo de año con los sacerdotes que reunieran los cabezaleros o testamentarios -albaceas-, sin olvidar la “oblada y candela” por un año entero. Durante este periodo, debían hacerse también, para cada uno de ellos, tres misas de los doce apóstoles y cien misas rezadas, para las cuales suplicaban al Cabildo Eclesiástico que fueran a la mayor brevedad posible, con posibilidad de que se dijeran en los conventos de San Francisco de Orduña o Bilbao si estaban muy ocupados. El testamento deja muy claro que las honras deben ser en igual grado y coste para cada uno de los cónyuges.

Por otra parte, mandaron sendas arrobas de aceite a la lumbraria del Santísimo Sacramento y sendas libras de aceite a las ermitas sufraganas, y otras sendas libras para San Pedro de Mariaca, San Miguel de Echagoian y Santa Cruz de Gurubio [sic]. Para finalizar con las funciones religiosas, dispusieron que se dijeran otras cien misas rezadas, por el Cabildo o en cualquiera de los dos conventos mencionados, por las ánimas del Purgatorio “por ciertos cargos que tenemos”. No sabemos cuáles podrían ser estos cargos.

El pago de las limosnas, misas y funciones correría de sus propios bienes con una salvedad: el cumplimiento de las funciones del primero de los cónyuges en morir sería sufragado por su hijo Felipe de Lezama Eguiluz “porque assi lo reservamos al tpo y quando caso con dª Maria Asencia de Villachica y Allende su mujer y nra nuera, que le elijimos y nombramos por sucesor deel Vinculo y maiorazgo de las Casas de Sagarribay y ruedas de rotabarria”. Efectivamente, y como hemos dicho, Casilda había quedado como heredera de su casa natal de Sagarribai y del molino de Errotabarria tras la muerte de su hermana mayor sin dejar descendencia. Con estos bienes, formaron un mayorazgo que legaron a su hijo Felipe cuando, en 1678, se casó con María Asensia de Villachica Allende, que a su vez heredó la casa y ferrería de Zabalibar. Felipe, que había estado en Sevilla de joven, era escribano y para entonces ya había sido alcalde ordinario y síndico procurador, pero no pudo gozar mucho tiempo de este sustancioso patrimonio porque falleció prematuramente en 1691. Con el tiempo, su mayorazgo paró en manos de su nieto Diego de Landa. Tiempo habrá en otra ocasión de hablar de los Landa, la otra gran familia amurrioarra durante el Antiguo Régimen, tan olvidada o incluso más que ésta de los Lezama.

Como decíamos, los testadores se remitieron a lo ya dispuesto en la escritura matrimonial realizada para el enlace entre Felipe y María Asensia porque “tenemos mucha confianza en el dho nro hijo que cumplirá en todo y por todo”. Ya de paso, legaron a Felipe una cama nueva dos veces vestida con lienzo de la tierra y una cuja –armadura de la cama- de madera que “trajimos de Cassa de fernando de Velazco después de su muerte” y un bufete –escritorio- torneado con sus hierros. En realidad, estos bienes ya se los habían entregado cuando fueron a vivir “a sus Cassas de Zabalibar”. Con esto, y con la bendición de Dios y la suya propia, le apartaron de todo derecho a sus bienes “conforme a los asientos y ordenanzas que esta dha tra tiene usados y guardados”.

 

Continuamos con las mandas realizadas por el matrimonio al resto de sus hijos. Su hija Ana María, a pesar de contar apenas treinta y un años, ya había enviudado del escribano Antonio de Uriarte Echeguren, con quien se había casado con tan solo dieciocho. Por supuesto, en su momento le habían dado dinero, ropa y otros efectos como dote, de manera que le mandaron 200 reales de vellón para que rogase a Dios por sus almas, y con eso, con sus bendiciones y con una teja y un ciruelo, la apartaron a todos sus bienes.

Exactamente la misma cantidad legaron a su otra hija, María Jacinta, que se había casado en 1673 con José de Gorbea Orueta, uno de las personalidades más importantes de la Tierra de Ayala en su época. Como se puede ver, Felipe y Casilda se aseguraron de casar muy bien a sus hijas.

De otro montante fueron las disposiciones relativas a su hijo mayor, el Licenciado Francisco de Lezama Eguiluz, cura y beneficiado de las iglesias unidas de Amurrio y Larrinbe, que había estudiado en Valladolid. Para empezar, Francisco recibió una cantidad de dinero muy superior a sus hermanas, 100 ducados, que equivalían a 1.100 reales. Sin embargo, no los recibiría hasta que uno de ellos falleciera, y en el plazo de dos años. Además, le legaron una cama de pluma vestida cuatro veces de lienzo de la tierra (undra, undrilla y sábana), la cual, de hecho, ya le habían dado cuando se independizó. Y es que Francisco vivía en una casa que había sido de Martín de Arana y Mari Cruz de Uriarte, que él mismo había comprado en público remate y después vendió a sus propios padres. Éstos se la cedieron para que viviera en ella durante el resto de su vida sin pagar renta alguna al que designarían como heredero, con la condición de que si pasaba a vivir a otra casa sería éste último quien la arrendaría y cobraría la renta, y no el dicho Francisco.

Clérigo era también Domingo de Lezama Eguiluz, presbítero beneficiado en las iglesias unidas de Amurrio y Larrinbe, a quien dejaron 100 ducados y una cama exactamente igual que a su hermano mayor. Y, como éste, el también gozaría de una casa para su habitación –pero solo una vez que murieran los padres-, concretamente la vivienda de la casa de Ugarte, que quizá fue de su abuela materna, de este apellido. Estaba sujeto a las mismas condiciones que Francisco, y posteriormente la casa sería para el heredero nombrado.

Nada se dice aún del benjamín de la familia, Bartolomé, mozo soltero de veintitrés años por aquel entonces. No es difícil deducir que habría de ser nombrado heredero del mayorazgo que iban a constituir Felipe y Casilda.

 

Pero ahora llegamos a la parte más pintoresca del testamento. Y es que uno tras otro se nombran nada menos que tres hijos que Felipe había tenido con otras mujeres…..¡en un testamento conjunto! Todo lo visto hasta ahora en el documento da la sensación de encontrarnos ante una familia bien avenida en la que existe una total confianza no solo entre cónyuges sino también con sus hijos. Aunque no es raro que personas de la talla social de Felipe tuvieran hijos ilegítimos, o hijos naturales (antes del matrimonio), sí nos llama la atención la aparente permisividad de Casilda ante las aventuras procreadoras de su marido. Incluso nos planteamos la hipótesis de que estas relaciones se hubieran producido solo una vez que Casilda dejó de ser fértil, ya que tuvo a su último hijo a los cuarenta y ocho años. Al fin y al cabo, el incremento de la prole y la extensión del linaje eran unos valores profundamente arraigados en la sociedad de la época y más aún en las élites. Sin embargo, una de las hijas naturales de Felipe nació apenas dos meses antes que Bartolomé, y puede que no fuese la primera.

Veamos hasta qué punto los hijos ilegítimos, pero reconocidos, de Felipe eran importantes para éste. Se comenta en el testamento que concurso de acreedores a las casas de Ugartebechi en Amurrio e Yçadar en Larrinbe, que fueron de Casilda de Uriarte, viuda de Martín López de Inoso. Felipe de Orue las compró en público remate y éste las vendió a Felipe de Lezama por la misma cantidad. Pues bien, era su voluntad que la casa de Ugartebechi fuese para Juan Félix de Lezama Eguiluz, “hijo de mi el dho Phelipe de Lezama y de la dha Casilda de Uriarte” y residente por entonces en Toledo, cuando alcanzase los veinticinco años de edad. Se dice expresamente que a Juan Félix  “le hemos criado en nra Cassa y enseñado ler y escribir”; parece que fue criado en casa como un hijo más del matrimonio. Al parecer, falleció en agosto de 1682 en Amurrio. El testamento disponía que si Juan Félix fallecía sin dejar hijos legítimos, la casa sería para el heredero del mayorazgo, es decir, para Bartolomé. Por otra parte, no hemos encontrado su partida de nacimiento pero si hemos localizado a dos hijos de Casilda de Uriarte cuyo padre no consta, llamados Diego y Ventura, y bautizados en Lezama y Larrinbe en 1667 y 1670 respectivamente.

Pero hay dos hijos más. A Isidora de Lezama Eguiluz, hija de Felipe y Magdalena de Zarate “viuda en el Varrio de Onsoño”, por los servicios que “nos ha hecho en nra cassa”, le mandaron cincuenta ducados de vellón a entregar cuando tuviera veinticinco años o antes si tomase estado de matrimonio. Isidora nació, como hemos dicho, dos meses antes que Bartolomé, y en su partida de bautismo figura como padre el propio Felipe, como hija reconocida que fue. Puede que no fuese criada en casa del padre pero sí parece que fue tomada como sirvienta tal y como solían ser acogidos, por ejemplo, los sobrinos y sobrinas. Sabemos que falleció en 1698. Por último, menos datos tenemos del tercer hijo, Juan Antonio de Lezama Eguiluz, a quien tuvo con Casilda de Respaldiza, vecina de Olabezar, y a quien legaron 30 ducados.

Hay que señalar que uno de los hijos de Felipe continuó por esta misma senda de promiscuidad. No fue otro sino Domingo, cuya condición de sacerdote y beneficiado de la parroquia no fue obstáculo para que engendrara, al menos que nosotros sepamos, cinco hijos con cuatro mujeres distintas, todos ellos reconocidos en el momento del bautismo. Y parecido camino tomó un nieto de Felipe, Andrés de Lezama Villachica, un problemático y díscolo personaje vinculado al mundo ferrón que tuvo varios hijos sin que nunca llegara a casarse. Y todo ello a vista de sus convecinos, que quizá por su categoría social no parece que se escandalizaran en demasía por este heterodoxo comportamiento sexual. No es este el momento para analizar el comportamiento sexual de las sociedades del Antiguo Régimen pero habría que decir que lo comentado tampoco es excepcional, ya que las relaciones extramatrimoniales así como el amancebamiento de sacerdotes se toleraba siempre y cuando no causasen escándalo en la comunidad local.

 

Y llegamos ya a la fundación del mayorazgo, la disposición más importante del testamento: “por quanto nra intención ha sido y es por entender que assi es mas conveniente al serbicio de Dios nro Señor y de los Señores Reyes de la Corona de Castilla y de estos reynos y al Vien y buena memoria nra y de nras Casas y para q nuestros sucesores vivan mejor y se empleen y occupen en serbir a la divina Magestad y a la humana y sustenten con toda decencia sus personas, onras y familias, hacer vinculo y maiorazgo” de una serie de bienes de su propiedad para que en todo tiempo del mundo fuesen indivisibles y estuvieran siempre en las manos de un mismo y único dueño, sin que se pudieran vender, trocar, enajenar, cambiar, censuar, obligar ni sujetarlos a cosa por contrato ni por delito. No es casualidad el orden en que se nombran las diversas instancias: Dios, los Reyes, las Casas y sucesores. En esto subyace todo un sistema ideológico vigente a lo largo del Antiguo Régimen que merece la pena ser destacado, aunque no es esta ocasión para entrar en ello.

Ya hemos visto antes que Felipe heredó un mayorazgo, pero éste, que sería para su hermano menor Bartolomé, contaba con mayor número de propiedades y conformaría la parte principal de las posesiones de las siguientes generaciones de los Lezama de Amurrio. ¿Cuáles son estos bienes?

  • La torre y casas de Uriarte. Se trata de un conjunto de tres unidades domésticas que se encontrarían, según deducimos de otros documentos, en el emplazamiento del actual Palacio de Justicia. Primero, estaba “la Torre y cassa q esta en este Varrio de Uriarte que durante nro matrimonio la hicimos nueba”, lo que explicaría la acusación de Sarachaga en 1662 de que Felipe construía torrejones. Segundo, “la Cassa donde al presente vivimos q esta pegante a la dha torre y de la casa de Ynchaurdui”, la más septentrional y junto a la dicha casa de Intxaurdui. Tercero, “otra casa que esta pegante assi vien al otro lado de la dha torre que solia ser de Martin de Arana y Mari Cruz de Uriarte su mujer que la compramos”, de la cual ya hemos hablado. Por lo tanto, la torre se levantaba entre las dos casas, todo ello unido o casi unido. Se incluían todas las heredades, manzanales, viñas, parrales, huertas, cabaña, quintanales con sus cercados de paredes enfrente, al lado y alrededor y demás heredades, manzanales, robledales, etc. Desconocemos el origen de la segunda casa de Uriarte, pero nuestra hipótesis por el momento es que la heredase Casilda de algún familiar, ya que en 1614 era de un tal Francisco de Sagarribay.

 

Lezama
Mapa del entorno de la iglesia de Amurrio (Itinerario topográfico de Pancorbo a Bilbao por Orduña. Año 1852) Por el centro, atraviesa la carretera. A su izquierda, puede observarse el palacio Urrutia y la plazoleta frente a él; al norte se alinean tres edificios, que serían las casas de Uriarte y la de Intxaurdui. 

 

 

  • Una casa en Elejondo que habían comprado a Domingo de Isasi de Pardio, “que esta en la ondonada de el cercado de la Viña que esta enfrente de las dhas nras torre y casas” con sus pertenecidos. Por lo tanto, estaba cerca de Uriarte pero no sabemos más.
  • Dos casas con una cabaña en medio en el barrio Landaburu con sus huertas, manzanales y heredades detrás y al lado, y robledales, castañales y quintanales. Desconocemos su ubicación más allá de la genérica situación en el citado barrio y tampoco sabemos cómo accedieron a su propiedad.
  • La casa de Menditu con todos sus pertenecidos. Se encontraba próxima a la actual intersección de calle Iturralde con la Avenida Ayala, desaparecida en el siglo XX. El abuelo de Felipe la compró hacia 1592 y parece que su padre Bartolomé vivió en ella, por lo que es posible que nuestro Felipe naciera en esa misma casa. Sabemos que, en la siguiente centuria, era mesón y taberna, como lo sería cuando Felipe fue acusado en 1643, como ya hemos visto.

 

Amurrio
Mapa de Amurrio (IGN, año 1928). Como se puede ver, se daba el nombre de “Calle de Menduto” a la que iba más o menos por el actual paseo del parque

 

  • Dos sepulturas dentro de la iglesia. Una estaba en la segunda hilera al lado de la epístola, pegante a la de Domingo de Arana de Pardio por un lado y por el otro con el andén y paso por el que se va por medio de la iglesia. La otra estaba al lado del evangelio, en la segunda hilera, pegante a la de Gabriel de Orue y por el otro lado con el dicho andén. Puede que sea un error porque ya hemos visto que el matrimonio decía tener dos sepulturas, una en la primera hilera y otra en la segunda.
  • Una “porcion y pico” en el molino de Orue que está en el arroyo que baja de Mariaka y más arriba de la casa de Ugartebechi (que era un caserío del barrio Orue, a pesar de su nombre)

 

Como decíamos, Bartolomé de Lezama Eguiluz fue llamado al mayorazgo en primer lugar para que fuese suyo, de su futura mujer legítima y luego de sus hijos y descendientes legítimos siendo siempre uno o una el sucesor o sucesora. El matrimonio se ocupó de fijar los mecanismos sucesorios por los que habrían de regirse el mayorazgo. De esta manera, sería un mayorazgo electivo, es decir, el poseedor tenía potestad para elegir a su heredero entre todos sus hijos varones legítimos; solo a falta de varones podría hacer elección entre sus hijas hembras. Así, si solo tuviera un hijo varón, este sería nombrado sucesor automáticamente. Pero había que prever todas las eventualidades: si el poseedor no hacía la elección, el hijo mayor sería el sucesor, o la hija mayor si no hubiera varón. En caso de no haber herederos legítimos, el poseedor debería elegir entre los transversales más cercanos de un grado. Pero, para el caso concreto de Bartolomé, los testadores ya preveían cualquier eventualidad y se guardaron el derecho de hacer un nuevo nombramiento si Bartolomé fallecía o por alguna circunstancia mudaban de opinión. En caso de que Bartolomé falleciera sin hijos legítimos, el mayorazgo pasaría a su hermano Felipe y sus hijos, y a falta de éstos, a María Jacinta y, en último lugar, a Ana María.

 

Felipe y Casilda, además de los bienes ya mencionados, tenían “otros como son caserías y muebles q hai en ellas” así como los bienes muebles de las casas vinculadas (cajas, arcas, trojes, cubas, escabeles, escritorios, camas, escrituras, etc), todo lo cual se reservaron para su libre disposición el resto de sus vidas. Se dieron libertad mutua para elegir heredero y excluir a quien quisieran, pero en caso de no redactar otro testamento, todos estos bienes serían también para Bartolomé. Entre esas caserías no vinculadas, deben encontrarse las de Ugartebechi e Izadar ya citadas, la de Ugarte que aprovecharía su hijo Domingo, pero quizá también aquellas casas de Landa y Susoco que se mencionaban en 1662.

Finalmente, nombraron por testamentarios y cabezaleros a sus hijos Francisco y Domingo y al cura que fuese de la iglesia. El testamento lo redactó Francisco y se firmó en “esta nra cassa de Uriarte en q al presente vivimos” antes de sellarlo e insertarlo en un sobre para entregarlo al escribano Diego de Landa Ugarte ante siete testigos. La orden era no abrirlo hasta el fallecimiento de uno de los cónyuges. Ambos abandonaron este mundo poco más de un año después: Felipe murió el 14 de enero de 1683 y Casilda el 27 de marzo.

Es de suponer por tanto que el mayorazgo no se materializó en la persona de Bartolomé hasta el fallecimiento de sus padres, de manera que se casó el 10 de abril de 1684 con Josefa de Campo Uriondo, natural de Maroño. Bartolomé fue escribano, ocupó cargos públicos en Ayala en muchas ocasiones, sobre todo el de alcalde ordinario, oficio que de hecho desempeñaba el 21 de enero 1706 cuando le sobrevino la muerte a los cuarenta y siete años de edad.

 

Pero sobre Bartolomé y sus descendientes, y sobre el futuro del mayorazgo de los de Lezama, hablaremos en una próxima entrada.

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