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15 Años

Acabo de publicar un libro titulado 15 AÑOS. LAS GUERRAS DEL SIGLO XIX EN EL ALTO NERVIÓN.

En los dos primeros tercios del siglo XIX, el País Vasco y el Alto Nervión tuvieron que hacer frente a tres grandes guerras así como a ciertos conflictos menores que hacen de aquella centuria un periodo histórico muy turbulento con trascendentales consecuencias tanto para la política del país como para un pueblo cuya implicación en las guerras fue, de una manera u otra, muy alta.

15 Años aborda ese periodo histórico con el fin de divulgar y narrar cómo transcurrieron y qué significaron los conflictos al mismo tiempo que trata de explicar de modo sencillo y comprensible la naturaleza y alcance de los cambios políticos, sociales y culturales que se produjeron en un momento clave para el devenir de nuestra historia.

Es, por tanto, una narración de los avatares de la guerra en la comarca, con especial atención a las penalidades que sufrió la población, así como un intento por explicar fenómenos como el carlismo, el ascenso del liberalismo, las guerrillas antifrancesas, etc.

Son 258 páginas y estará disponible a la venta en varios puntos de la zona al precio de 15 € aunque los interesados pueden ponerse en contacto directamente conmigo.

 

Mila esker / Muchas gracias.

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Larrinbe (1727)

Continuamos con el padrón de la Tierra de Ayala del año 1727. Hay que señalar que la clasificación no es idéntica para todos los pueblos. En algunos, se señala la presencia de padres, madres o parientes corresidentes en el mismo momento en que se nombra al propietario, mientras que en otras localidades todos estos aparecen en una categoría propia denominada “Tienen donados sus bienes”. Como apuntábamos en la entrada anterior, lo que aquí se presenta es una mezcla entre los datos propios del padrón y añadidos por mi.

En 1727, Larrinbe contaba con

25 vecinos propietarios, 13 moradores, 10 viudos propietarios, 3 jornaleros y 5 pobres

 

Propietarios:

Diego de Aldama Estranzu, casado con Maria Andrés de Olamendi Berganza, de Lezama, en Berganzagoitia

Francisco de Salazar San Juan, casado en segundas nupcias con Antonia de Solar Oquendo, en el caserío Berganzena

Fernando de Ugarte Berganza, casado con Ángela de Unzueta Ugarte, ambos de Larrinbe. Vivía con su madre Maria en el barrio Ulibarri

Joseph Garcia de Urietagoicoa Ulibarri, natural de Amurrio, casado con Lorenza de Unzueta Ugarte, de Larrinbe. Tenía en su compañía a su suegra Marina. En Ugartena

Joseph de Sagun Padura, casado con Maria Asensia de Arana Urrutia, ambos de Larrinbe, probablemente en el barrio Landako

Gabriel de Sagarribay Salazar, natural de Amurrio, casado con Maria Cruz de Zulueta Sautu, de Larrinbe. En el caserío Etxazar

Juan de Mariaca Goiri, natural de Amurrio, casado con Antonia de Ugarte La Villa, de Larrinbe. Vivía con su suegro Gregorio

Juan de Berganza de Uriarte Aldama, casado con Casilda Díaz de Olarte Goiri, ambos de Larrinbe. Vivía con su suegra Maria Cruz en el caserío Uriarte

Francisco de Orue Bañueta, natural de Amurrio, casado con Mari Pascuala de Munibe Padura, de Larrinbe. Tenía en su compañía a sus suegros, quizá en el caserío Munibe

Juan de Orue Goiri, natural de Laudio, casado con Maria de Berganza Orue, de Larrinbe, en Launko

Juan de Padura Urrarria, nacido en Okondo, casado con Catalina de Landa Olamendi, de Lezama

Silbestro de Padura Aguinaga, casado con Lucía de Orue Olarieta, natural de Amurrio. Vivía con sus padres en el caserío Aspuru

Pedro de Aldama Aguirre, casado con Ana Maria de Berganza Arana, en el caserío Isasi

Joseph de Orue-Zanqueta Sautu, casado en segundas nupcias con Leonor de Zulueta Sarachaga, ambos de la localidad, en Zankueta

Asenzio de Landaburu Arana, de Larrinbe, casado en segundas nupcias con Maria de Pardio Pardio, natural de Belandia, en Zankueta

Francisco de Goiri Gabiña, natural de Larrinbe, casado con Maria de Elejalde Murga

Domingo de Izarra Amirola, de Larrinbe, casado con Maria de Ugarte Amirola, de Amurrio. Vivía con su padre Pedro

Joseph de Berganza tiene en su compañía a Casilda de Izarra

Juan de Berganza-Mendibil Armona, casado con Adriana de Sautu Solar, que tenía donados sus bienes a su hijo Silbestro. En el barrio Mendibil

Domingo de Goia Landa, de Lezama, casado con Lucía de Ugarte Urrutia, quizá en  el caserío Irazaga

Diego de Ugarte

Marcos de Solar Oquendo, natural de Larrinbe, casado con Casilda de Lecanda Urrutia, de Amurrio. Tenía a su hermana Maria, viuda, en el barrio Udoi

Juan de Zulueta Sarachaga, casado con Rosa de Zulueta Zulueta, de Lezama, en el barrio Udoi

Antonio de Zulueta Larrea, casado con Maria de Sautu Bengoa, ambos de Larrinbe, en el caserío Larra

Joseph de Olarieta Bañueta, de Larrinbe, casado con Antonia de Odiaga Aranguren, de Lezama, en Elgeta

 

Moradores:

Domingo de Berganza

Francisco de Ugarte Urrutia, casado con Francisca de Berganza Aldama, ambos naturales de Larrinbe

Juan de Salazar Goiri, de Larrinbe, casado con Maria Cruz de Zulueta Orueta

Silvestre de Berganza Sautu, casado con Antonia de Sagun Unzueta, tenía en su compañía a su suegro Francisco

Martin de Gorbea Aldaiturriaga, viudo de Francisca de Antoñano Urietagoicoa, de Amurrio, vivía en bienes de su hija menor

Antonio de Orue Bañueta, natural de Amurrio, casado con Casilda de Munibe Padura

Agustin de Orue Padura, casado con Lucía de Gabiña Sauto, de Lekamaña, vivía con sus padres

Domingo de Jauregui Sautu, casado con Francisca de Aldama Urruchi, ambos de Larrinbe

Antonio de Arana Berganza, casado con Maria de Izarra Amirola, ambos de la localidad

Bartholome de Villacian Uria, casado con Maria Domeca de Gabiña Bañueta, de Amurrio

Francisco de Lecanda Urrutia, casado con Marina de Latatu Orue, ambos de Amurrio

Juan de Villacian Uria, de Amurrio, casado con Casilda de Amirola Artegui. Vivía con sus padres

Thomas de Ugarte Urrutia, casado con Adriana de Jauregui Sauto, ambos de la misma localidad

 

Viudos y viudas:

Beatriz de Aldama Urruchi, viuda de Marcos de Ugarte Olamendi, en bienes de sus hijos menores. En Estranzu

Manuela de Lezameta Ugarte, viuda de Juan de Olarieta Arana, en bienes de sus hijos menores. En el caserío Etxebarria

Casilda de Berganza Arana, de Larrinbe, viuda de Francisco de Olarieta Olamendi, de Lezama

Maria Cruz de Olarte Goiri, viuda de Diego de Sautu Bengoa, ambos de Larrinbe, en bienes de su hijo menor. En Mendibil

Maria de Urrutia Orue, viuda de Domingo de Ugarte Ibarguen, natural de Amurrio. Seguramente en Urrutiko

Maria Cruz de Urruchi Otaola, natural de Okondo, viuda de Martin de Aldama Echeguren, de Larrinbe. En el caserío Izadar

Juan de Sauto Landa, viudo de Maria Cruz de Basarrate Berganza, de Amurrio. Vivía con su madre Isabel

Antonio de Berganza Arana, viudo de Francisca de Aldama Zuzalaga, ambos de Larrinbe. Seguramente en Orue

Manuel de Arana Urrutia, de Larrinbe, viudo de Catalina de Basarrate Landaburu, de Amurrio. En Araneko

Francisco de Echavarria Albia, de Lezama, viudo de Maria de Gorbea Solar, de Larrinbe. En Garautxi

 

Jornaleros:

Carlos de Arana Urrutia, casado con Geronima de Ugarte Aldama, de la misma localidad

Francisco de Respaldiza Lezama, casada con Maria de Villacián Uria

Juan de Jauregui, natural de Gamiz, casado con Angela de Sautu Solar, de Larrinbe

 

Pobres:

-Maria de Verganza viuda dementada

-Maria Thomasa de Urrieta viuda

-Martin de Echavarria Aldama, casado con Antonia de Orue Berganza

-Francisco de Odiaga

-Diego de Gabiña Onsoño cirujano, de Amurrio, casado con Casilda de Sautu Zulueta

La delgada línea entre la guerrilla y el bandidaje: el cura Izarra, Ochoa y Mataculebras

Mediante el tratado de Fontainebleau, en octubre de 1807, España y Francia acordaron la invasión y el reparto de Portugal, por lo que el primero permitió el paso de tropas francesas por su territorio. Sin embargo, el ejército francés se fue acantonando en diversos lugares, en grandes y pequeñas ciudades, en una situación que derivó en una ocupación de facto del territorio, todo ello a costa de los recursos públicos y privados de la población.

En marzo de 1808 el ejército francés entró en Madrid aún como aliado, pero el mes siguiente Napoleón consiguió reunir a la familia real española en Baiona y obtuvo la abdicación en favor de su hermano José Bonaparte. Pero un par de días antes, el 2 de mayo, se produjo un levantamiento popular en Madrid contra la ocupación francesa, que fue el detonante de la que sería conocida como la Guerra de Independencia. En un principio, la oposición se materializó en la formación de partidas guerrilleras de extracción popular, fuera de toda norma militar, que contaron con la complicidad –expresada en logística, refugio e información por medio de espías- de una población hostil al dominio francés. Pero las actividades de estas partidas guerrilleras no siempre fueron respetuosas con la población, llegando en ocasiones a degenerar en una abierta actitud de pillaje y bandidaje. Eso parece que fue lo que ocurrió con la partida guerrillera que operó en nuestra comarca.

 

En el Alto Nervión, en los primeros momentos del conflicto se formó una partida encabezada por Domingo Thomas de Izarra Urrutia, nacido en Izoria en 1778, que fue conocido como “el cura Izarra” por su condición de sacerdote. Era hijo del escribano Bartolomé de Izarra, natural de Bergüenda, tenía un hermano en México y su cuñado Manuel Sáenz de Cuezba era también escribano en Amurrio e Izoria.

El Cura Izarra reunió a unos 40 hombres a caballo y armados con fusiles, carabinas o escopetas, naturales de Amurrio, Larrinbe, Laudio/Llodio, Arrankudiaga, Gordexola y otros lugares. Su acción más conocida tuvo lugar en septiembre de 1808 cuando atacaron a una partida de soldados franceses en la venta llamada de “Los Nogales” en el barrio Zuloaga, junto a Areta, matando a dos y apresando a los demás. Esta acción provocó duras represalias por el ejército francés en Laudio/Llodio y Luiaondo, donde quemaron casas y ejecutaron a unos cuantos vecinos.

Izarra falleció en septiembre de 1809, siendo enterrado en su Izoria natal el día 26. Al frente de la partida guerrillera le sustituyó Francisco Ortiz, natural del valle de Mena, que pronto fue sustituido por Francisco de Ugalde, de Luiaondo. Ambos abandonaron pronto la partida por lo que finalmente se hizo cargo de la misma Josef Asencio de Ochoa Garayo, nacido en Luiaondo en 1779, labrador y arriero, y de estado casado. Ochoa, junto a su lugarteniente Francisco de Larracoechea, “el tuerto de Areta”, había participado en la acción de Zuloaga un año atrás. Con ellos estaba también Antonio María de Barbara Lezama, hijo de un escribano de Laudio/Llodio, de 20 años.

Tiempo después, las autoridades que juzgaron a miembros de su partida afirmaron que Ochoa, al suceder a Izarra, había multiplicado “los excesos por instantes, en tanto grado que llegó a horrorizar aun a aquellos mismos que alimentaban sentimientos iguales a los suyos”. El de Luiaondo no perdió el tiempo tras la muerte de Izarra. Y ya el 2 de octubre su partida secuestró a Pedro de Ibarrola –en Zuaza o en Arespalditza/Respaldiza, las fuentes son contradictorias- y ejecutó robos en casas de notables vecinos de la zona como Ramón Eugenio de Acha, Francisco Pablo de Iturribarria, Matías de Echeguren, etc. A finales de octubre, trató de quemar la casa del dicho Ibarrola, de modo “que fue necesario todo el esfuerzo de una alma bien formada para disuadirle”.

A principios de noviembre, Ochoa y su gente saquearon algunas casas en la ciudad de Urduña/Orduña, como la tienda de Diego de Salazar de donde se llevaron paños y otros bienes, parte de los cuales le fueron devueltos tras muchos ruegos.

Lo ocurrido a continuación no está del todo claro. Probablemente debido a estos excesos cometidos contra la población, al margen del ejército insurgente, una partida de la división mandada por Juan Díaz Porlier, “el Marquesillo”, persiguió a la partida de Ochoa, la desarmó y la condujo presa a Nájera. Sin embargo, al menos una parte de los mismos, quizá todos, lograron huir y Ochoa facilitó “nuevas reuniones de bandidos”, exigiendo violentamente raciones a los pueblos, apoderándose de cajas comunes y caballos, robando a particulares, etc.

En todo caso, no tenemos claro que Ochoa llegara a ser detenido por Porlier, ya que, cuando fue detenido el día 5 de diciembre, al parecer sí estaba integrado en el ejército. Aquel día fue apresado por un sargento de miqueletes frente a la iglesia de Areta junto a Larracoechea, Martín de Ibarrondo, labrador de Zeberio de 26 años, José de Arana, labrador de 21 años de Ugao, y José de Beobide, carbonero y curandero natural de Asteasu. Los detenidos permanecieron 46 días en la Cárcel Provisional de Bilbao antes de que Ochoa y Larracoechea fueran sentenciados a muerte y ejecutados a garrote vil el 19 de enero de 1810 en la plaza pública de Bilbao. Los otros tres fueron sentenciados a largas condenas a prisión.

 

Una sentencia de la Junta Criminal Extraordinaria de Vizcaya afirmó que Dionisio Ignacio de Larrea Ibarrola, nacido en Zalla en 1778 y conocido como “Mataculebras”, junto a algunos compañeros “que contemplaba más entregados al desorden”, se segregó de la partida de Ochoa y formó una pequeña cuadrilla que, al parecer, se dedicó a saquear a sus convecinos en vez de luchar contra los franceses. Así, dicha Junta definió a Larrea como un “monstruo de la naturaleza humana”, cuya cuadrilla se había agavillado “para afligir a la sociedad, separados de toda relación con sus semejantes, ha horrorizado a la humanidad con atrocidades que hacen estremecer al menos sensible”.

En todo caso, a pesar de esta afirmación, es posible que los seguidores de Mataculebras nunca se desligaran del todo de la partida de Ochoa, ya que algunos de ellos participaron en el saqueo de Urduña/Orduña y fueron apresados por el Marquesillo.

Ya en octubre de 1809 Larrea y sus seguidores asaltaron con armas de fuego la casa de Manuel de Otaola Beraza en Zuaza. Los atacantes ataron a Manuel junto a su mujer Benita de Obaldia Latatu y sus tres hijos, fueron golpeados y maltratados, y a su anciana madre la arrastraron por toda la sala. Se hicieron con 2.000 reales, varios efectos y alhajas de importancia, y por último sacudieron a Manuel, que se desmayó, le arrastraron y tiraron a un rincón de la chimenea y le dieron falsamente por muerto.

Después, Mataculebras pasó a Castillo-Elexabeitia junto a cinco compañeros para sorprender a la Justicia y obligar a los colectores de la limosna de la bula a entregarle 921 reales. También se apoderó de fondos del valle de Okondo y junto a otro hombre entró en casa de Francisco de Castresana Arechavala en Zuaza, donde robó cuanto pudo y destrozó cuanto no le servía.

Alguno de sus hombres, como Domingo de Allende, natural de Gordexola, participó en el saqueo de Urduña/Orduña en noviembre y fue apresado por el Marquesillo, logrando huir después.

En diciembre, Mataculebras acometió en tres ocasiones a la casa de Joseph de Zulueta Larrea en Zuaza y, aunque en las dos primeras solo pudo robar algunos carneros, en la tercera derribaron la puerta con un hacha, amarraron y maltrataron a sus habitantes, les robaron todo el dinero y las alhajas, se empeñaron en que el propio Zulueta debía pegar fuego a su propia casa y, por haberlo rehusado, “volvieron a golpear en términos que le dejaron privado del uso de sus sentidos”.

La escalada violenta se incrementó en el mes de diciembre. El día 8 trataron de asaltar la casa de Josef de Ibarrola a medianoche, pero aunque trató de forzar la puerta no consiguió abrirla ni derribarla, por lo que se marcharon amenazando con regresar y matarle.

El 14 acudió junto a 8 compañeros a la casa de Eusebio de Otaolaurruchi Retes en Menagarai. Derribaron la puerta a la fuerza, se introdujeron armados, mientras Eusebio trataba infructuosamente de refugiarse en el tejado, donde fue hallado por Antonio Gorri, vecino de Zuaza, y en cuya casa al parecer se preparaban estos ataques. Luego, todos los miembros de la familia fueron atados, golpeados y maltratados “hasta el extremo”, robaron cuanto dinero, efectos y alhajas había, y se empeñaron en que les entregaran el importe de una pareja de bueyes, pero como Otaolaurruchi no tenía ese dinero, lo desnudaron, obligaron a su mujer Maria de Ibarrola Aldama a encender un fuego y, levantándole la camisa hasta los hombros, Mataculebras le hizo “sentar a carnes descubiertas sobre las llamas” mientras Allende le aplicaba tizones ardiendo en distintas partes del cuerpo. Su esposa, escuchando sus lamentos, corrió a poner las manos sobre las llamas “para evitar el último punto de dolor” pero Domingo de Allende le sacudió un fuerte porrazo y la amenazó con matarla si se acercaba; continuó el “sacrificio” de Eusebio hasta que lo dejaron malherido.

No sabemos exactamente cuándo fue apresada la partida de Larrea, pero debió ocurrir en la segunda mitad de enero o la primera de febrero de 1810. Larrea fue detenido junto a Antonio Gorri y Domingo de Allende, que fueron ejecutados por garrote vil el 5 de marzo en la plaza pública de Urduña/Orduña a las 12.30. A Larrea le separaron la cabeza del cuerpo y al día siguiente la colocaron en el Camino Real, en el sitio llamado “Puente de Sa­racho”, aunque en jurisdicción de Urduña/Orduña, y en medio de las casas de Francisco Riberas y Pedro de Ugarte, a pesar de que se había ordenado colocar a la orilla del camino real para “las Castillas” en el punto más inmediato a los lugares de Zuaza y Menagarai.

Otros tres hombres fueron detenidos con ellos, los cuales fueron condenados a diversas penas de prisión. Josef de Otaola Retes, de Zuaza, fue acusado de haber socorrido con pan, vino, aguardiente, carne y otros víveres a Larrea, los cuales había exigido a otros vecinos por su condición de regidor del pueblo. También estuvo en casa de Ibarrola y en la de Eusebio tras apropiarse de un fusil de la casa del montanero de la localidad, pero teniendo en cuenta que le llevaron atado a esta última acción “solo” fue condenado a 8 años de presidio.

Por su parte, Ramón de Olabarrieta y Félix de Montalban Acha, vecinos de Okondo, habían pertenecido a la partida de Ochoa y participaron en varias de las acciones mencionadas. Además, Olabarrieta fue acusado de robo por haber robado por la fuerza, en octubre de 1809, una mula y 1.500 reales en dinero y efectos a Maria Santa de Montalban; y también del robo de un baul que permanecía oculto en Gordexola desde que las tropas españolas habían evacuado Bizkaia. Ambos fueron condenados a 10 años de presidio.

 

Según parece, en el robo de dicho baul también participó otro individuo, ya veterano en estas actividades, que había sido detenido el 8 de enero de 1810 por una partida de policía del Señorío. Miembro de las partidas de Izarra y Ochoa, con quien participó en el saqueo a varios vecinos de Ayala en octubre y luego en el de Urduña/Orduña, apresado por el Marquesillo, Hilario de Gochi Zabalbechi, alias “Chanfandín”, natural de Madaria, fue ejecutado en la plaza pública de Bilbao el 23 de febrero a las 11 de la mañana. Las autoridades afirmaban de el que había sido “criado desde la niñez en la vagancia”.

Quizá también fueron miembros de la partida de Ochoa otros dos hombres que el 13 de agosto fueron sentenciados a muerte en Bilbao por la Comisión Militar francesa del general Avril por haber sido capturados con armas en la mano, es decir, por guerrilleros. Se trataba de Felipe Santiago de Garavilla, natural de Salmantón de 25 años, castaño, de ojos pardos, chato, barba redonda y sobre 1,56 de altura; y de Miguel de Allende, natural de Gordexola de 30 años, moreno, de ojos azules, nariz pequeña y puntiaguda, boca pequeña, barba redonda y 1,67 de estatura.

Por el contrario, otros individuos obtuvieron el indulto al deponer las armas de forma de voluntaria. Por ejemplo, el 24 de mayo de 1810 se presentó ante la corporación municipal orduñesa Antonio de Cuadra Ulizar, mozo soltero natural de Mendeika, para prestar juramento de fidelidad ante ella “por hallarse arrepentido de haber andado entre gente armada”.

 

 

 

Archivo Foral de Bizkaia: Instituciones, Consulado de Bilbao, 0594/040/019

Archivo Foral de Bizkaia: Administración de Bizkaia, Gobierno y Asuntos Eclesiásticos, AJ01611/055

Archivo Municipal de Bilbao: Bilbao Antigua 0333/001/009/005

 

 

Bronca en el bar

Durante toda la Edad Moderna y prácticamente hasta la segunda mitad del siglo XIX, la existencia de “tabernas públicas” estaba regulada y sujeta a ciertas normas. Cada localidad establecía el número de tabernas que habría –por ejemplo, en Amurrio y Lezama eran dos- las cuales se sacaban a pública subasta y el rematante ponía el local en su propia casa. En todo caso, también hubo locales específicamente destinados a la venta de vino de Rioja o de txakolí local, de aguardiente y licores, etc., que eran regulados por el concejo, que a veces eran los propietarios de los mismos. Además, existían posadas y mesones donde también era posible echar unos tragos.

La preocupación de las autoridades por lo que ocurría en las tabernas viene de lejos. Pero el principal motivo de desvelos no era el consumo de alcohol sino el juego: ya las Ordenanzas de la Tierra de Ayala, aprobadas en el año 1510, afirmaban que los juegos en las tabernas públicas causaban un gran daño en la Tierra, por lo que se prohibía jugar a los dados en las tabernas y otras partes bajo pena de 600 maravedís la primera vez, 1.200 la segunda y destierro de tres meses la tercera, tanto para los jugadores como para los taberneros y aquellos que permitieran los juegos. Si los acusados no tenían bienes, serían desterrados 6 meses la primera vez y un año la segunda. Para hacerse una idea de la seriedad de las penas, los dos alcaldes de hermandad de la Tierra cobraban 500 maravedís por el año de su ejercicio.

En realidad, el problema no era que se jugara a los dados o los naipes sino las apuestas que se hacían en estos juegos. Un ejemplo concreto: en 1615 el alguacil de la Tierra, Juan de Otazu, acusó a una serie de vecinos de Lezama y Berganza de jugar noche y día a los naipes en las tabernas, así como en los días de fiesta antes de misa, lo cual estaba prohibido por las ordenanzas locales. Otazu afirmaba que para pagar lo que se jugaban vendían bueyes, novillos y lechones, como algunos vecinos que habían llegado a jugarse 30 ducados –alrededor de 11.000 maravedís, nada menos- en la casa del escribano y alcalde ordinario Juan Ortiz de Padura, que tenía taberna –a pesar de que estaba prohibido que un escribano llevase una taberna pública-. La justicia condenó a estos vecinos en primera instancia en diversas cantidades que iban desde los 600 hasta los 100 maravedís. Los reos, entre los que se contaban tanto labradores propietarios relativamente pudientes como simples criados y mozos solteros, argumentaban que estaban siendo injuriados, ya que nunca les habían atrapado jugando. De este modo, la Chancillería finalmente les dio la razón[1].

 

No parece que sirvieran de mucho las continuas advertencias que las autoridades realizaban acerca del horario de cierre de las tabernas. Si en las primitivas ordenanzas solo había un capítulo relativo a las tabernas, en las nuevas ordenanzas de 1750 aparecen varios con el objeto de atajar ciertos problemas que debían ser muy frecuentes. De este modo, se establece que las tabernas debían permanecer cerradas mientras durase cualquier oficio divino; no podían dar naipes y vino en los días de labor por los grandes perjuicios que se seguían; y no debían dejar jugar a los naipes ni a otro juego, así como servir vino, después del toque de Ave María, que marcaba el ocaso y el momento de recogerse a casa. Al parecer, no era infrecuente que se jugara en las tabernas a deshoras de la noche e incluso hasta el día siguiente. También había quien se mostraba reacio a abandonar el local, gente a quien los taberneros no podían echar “sin exponerse a pendencia”, para lo que se estableció un modus operandi consistente en dar aviso a los regidores o sus tenientes o, de no poder hacerlo ellos, a los alcaldes ordinarios. Por último, no se admitían personas sospechosas, contrabandistas o que portasen armas prohibidas en los mesones y posadas. Estas ordenanzas relativas a las tabernas debían ser expuestas anualmente en lugar visible. En relación con todo esto, también se prohibió que los alcaldes ordinarios hicieran audiencia cerca de lugares donde se vendiera pan y vino, ya que al parecer la gente aprovechaba esta circunstancia para dejar sus labranzas y oficios para ir a la taberna con el pretexto de acudir a las audiencias.

Esta problemática en torno a la taberna no ha cesado nunca y no son precisamente escasas las noticias relativas a peleas y reyertas en bares en el primer tercio del siglo XX, en el contexto de proliferación de conflictos violentos a la que aludimos en otra entrada anterior. De hecho, algunos de los asesinatos reseñados en aquella también tenían relación con la taberna.

Veamos algunos ejemplos.

 

En primer lugar, la mayoría de reyertas y conflictos que documentamos no ocurrieron en el mismo local sino que se gestaron en el y se consumaron en el exterior, en las inmediaciones del mismo o incluso bien lejos del mismo. Por ejemplo, el 1 de agosto de 1902, sobre las 21.30, Esteban Álvarez Marqués, soltero de 29 años y celador de consumos en Luiaondo, y a Ángel Gochi Loizaga, recaudador de arbitrios de 24 años y vecino de Izoria, dieron una paliza a Marcos Gabiña Yarritu en la “Mesa de Sarauve” cuando se dirigía a su casa de Olabezar. Al parecer, la animadversión y los conflictos que existían entre Gochi y Gabiña, ambos relacionados con la recaudación de arbitrios, habrían sido la causa de la agresión, aunque ambos afirmaron en el juicio que sus viejas rencillas ya estaban olvidadas. Los acusados alegaron la atenuante de embriaguez, ya que ambos fueron vistos el día de autos en el café de Felipe Jauregui Esnarriaga en Amurrio, y fueron condenados a 4 años y 2 meses de prisión e indemnización de 200 pesetas al lesionado.

En el exterior del establecimiento de Lorenzo Aldama Arberas en Amurrio –el Torrejón- dirimieron sus diferencias su hermano Alejandro, de 25 años, e Isidro Aspiunza, de 52, el 23 de febrero de 1904, que habría resultado en dos pedradas que el primero propinó al segundo, aunque alguno de los testigos lo desmintió. El motivo del conflicto fue las proclamas de Aspiunza contra el clero y los Aldamas, por lo que le reconvino y entonces Isidro se abalanzó sobre el. Un testigo dijo que la conversación giraba en torno a las dotes de frailes y monjas y que Aldama se incomodó cuando Aspiunza nombró a Aldama con el apodo del “Paulero”. Isidro era hombre de mal carácter, presto a sacar la navaja y tenía prohibida la entrada a varios locales del pueblo.

Por cierto, en la festividad de San Roque del mismo año unos sujetos desconocidos agredieron brutalmente a Hermógenes Bartolomé, un soriano de 57 años que dormía en la puerta de la casa que habitaba Eduardo Aguirre. Además de causarle varias heridas, le robaron 37 reales que llevaba guardados en una faja: todo el caudal que llevaba encima. Ese mismo día, en la feria de ganado de San Roque, la Guardia Civil registró a unos jóvenes que habían tenido una reyerta, incautándoles varias armas prohibidas.

 

A veces, los conflictos suscitados en el interior de la taberna derivaban en algo más serio, con víctimas mortales. Recogemos dos ejemplos de ello.

El primero ocurrió en Amurrio el 6 de febrero de 1910, domingo de Carnaval, en plena celebración de los kintos que, claro está, entonces era muy diferente a la actual. Los mozos sorteados para el servicio militar simplemente se reunieron para comer lo que el vecindario les había dado la noche de Santa Águeda. El lugar elegido fue la taberna llamada “del Patrón”, que a la sazón era de Ignacio Landazuri Arberas. Su hijo Segundo Ramón, de 21 años, estuvo allí mismo “cantando y bailando” con algunos kintos como el y otros jóvenes de la localidad.

Seguramente con los ánimos en plena ebullición tras una generosa ingesta de líquidos, Segundo Ramón cogió en brazos a Jacinto Muguruza, que también se encontraba allí a pesar de haber sido excluido del sorteo por ser corto de talla. Segundo perdió el equilibrio yendo a tropezar con Ruperto Castresana, de lo cual se promovió una disputa que no pasó a mayores.

Pero ya fuera del local de su padre, Castresana y sus acompañantes Pedro López Tellería y Juan Elorza Ugarte –Castresana y Elorza tenían 19 años y no eran parte del reemplazo- golpearon a Segundo con unas estacas, causándole una serie de heridas que, según el fiscal, no le impidieron ir a su casa, tomar un cuchillo y atacar a los tres, hiriendo mortalmente a Elorza en la región torácica.

El juicio tuvo lugar a principios de noviembre del mismo año y por allí desfilaron como testigos algunos kintos y otros jóvenes del pueblo. El fiscal pidió 14 años de cárcel por homicidio para Segundo Ramón Landazuri pero su abogado defensor, Enrique Ocio, consiguió la absolución.

 

El segundo caso saldado con un asesinato ocurrió el 12 de noviembre de 1929 en la taberna de Eugenio Arratia en Llanteno –seguramente se encontraba en realidad en Costera, en el barrio Ibaizabal-. Eugenio tenía dos criados llamados Pedro Aldama y Aniceto Alejandre, que habían declarado en el juicio seguido a Saturnino Vivanco, vecino de Menagarai, por poseer una escopeta sin licencia.

El día de autos Saturnino acudió a la taberna, que estaba bastante concurrida, y molestó de palabra a los criados, enganchándose con Aniceto, a lo que intervinieron los demás concurrentes. Por orden de Eugenio, Aldama echó a la calle a Vivanco en compañía de su tío Víctor Echave. Entre los tres debió haber “palabras y forcejeos” porque entraron a la taberna tío y sobrino y detrás entró Vivanco con un rasguño en la cara, diciendo que les iba a denunciar a la Guardia Civil. Echave le dijo que se dejase de tonterías porque el era el culpable de lo sucedido y todos los presentes testificarían en ese sentido. Vivanco pareció calmarse y siguieron todos tomando unas copas hasta las 9 de la noche, momento en que emprendieron el camino a sus casas. Vivanco fue el último en salir y en la taberna solo quedaron el propietario y los dos criados.

Mientras, en el exterior, Echave salió en compañía de Valentín Astobiza. Cuando habían andado unos 200 metros, Vivanco se acercó a Echave y, poniéndole una mano en el hombro, le dijo: “¿Tú qué tienes conmigo?”. El interpelado trató de zafarse y responder con un bofetón, per Vivanco apuñaló a Echave en el corazón de manera rápida, causándole una muerte instantánea. Astobiza apenas se dio cuenta de lo ocurrido y para cuando oyó caer a Echave y fue en su auxilio ya estaba muerto, mientras el agresor caminaba con toda tranquilidad hacia su domicilio. A la 1 de la mañana fue detenido en su domicilio sin oponer resistencia.

 

Algunos de los nombrados en el caso del asesinato de Amurrio estuvieron implicados en otros conflictos posteriormente. Así, el 19 de noviembre de 1923 Pedro López Telleria hirió con una navaja a Maximino Yarritu Cuadra produciéndole una herida de pronóstico reservado en la región intercostal izquierda.

Pero, sobre todo, son frecuentes las noticias sobre reyertas en el establecimiento de Ruperto Castresana, el bar El Bolinche. En marzo de 1923 a Pablo Urieta se le cayó una pistola al suelo mientras bromeaba con un amigo, de modo que se disparó e hirió a Santiago Mendieta en el parietal derecho. A finales de noviembre de 1926 Emilio Preciado e Ignacio Carmendi se desafiaron en la taberna y salieron a la calle. Emilio, con una navaja barbera “de las llamadas de Albacete”, causó a Ignacio tres pequeñas heridas de pronóstico leve. El agresor, que era celador de la Compañía Nacional de Teléfonos, fue detenido y puesto a disposición judicial.

El propio Castresana se había visto envuelto en algún que otro conflicto, incluso antes del que tuvo lugar en la taberna del Patrón. El 29 de junio de 1907, con tan solo 16 años, estaba en la taberna de Francisco Ochoa en Olabezar celebrando la fiesta de La Cadena -se celebraba San Pedro- cuando comenzó a cantar unas coplas con Marcos Montejo y Rafael Pinedo Echeguren. Estas coplas molestaron a Emilio García y Alejandro Aldama y como resultado disputaron, saliendo estos dos heridos de escasa consideración. Sin embargo, la cosa no acabó ahí y Marcos y Rafael salieron a la calle desafiados con Alejandro, que fue herido de una pedrada.

Alejandro, como hemos visto, era hermano de Lorenzo Aldama, cuyos hijos hirieron de un garrotazo en la plaza de lpueblo a Joaquín Garayo, de Luiaondo, en las fiestas patronales de 1928. Ya el año anterior, Antonio Aldama había sido detenido por haber causado daños en una riña con Guillermo Isasi. Y poco antes de la navidad de 1929, discutió en el bar de Castresana con Bruno Otaola Ibarrola, de modo que el segundo golpeó al primero con un paraguas causándole varias heridas. Por cierto, Bruno fue asesinado durante la Guerra Civil y también había sido detenido anteriormente, en junio de 1925 por haber maltratado a su vecina Marcela Ugarte Respaldiza.

A finales de agosto de 1935, Antonio Aldama fue detenido de nuevo tras haber agredido al zapatero Perfecto Olarte junto a la casa y bar de Castresana cuando Olarte le reclamó una deuda por unos zapatos que le hizo. La agresión se produjo con una navaja de la que luego se deshizo. Perfecto tenía una herida inciso punzante en el costado izquierda, de carácter grave, por lo que fue trasladado a hospital de Basurto.

 

A veces, los conflictos se dirimían en caliente en el interior del local, como ocurrió el 1 de octubre de 1911 en Arespalditza/Respaldiza. Entre las 20 y las 20.30, Luis Lejarza Camino entró en compañía de dos hombres a tomar un cuartillo de vino en el establecimiento de Francisco Esnarriaga. Para acompañar, pidieron tres cigarros puros a Fidela Esnarriaga, que atendía el negocio, los cuales no quisieron aceptar por considerarlos de mala calidad. Como consecuencia, hubo algunas palabras entre Fidela y Luis y, al oírlas su padre Francisco, que estaba en una habitación frente a la puerta del establecimiento, intervino y discutió con Lejarza. Le mandó salir de la casa pero se negó porque aún le quedaba vino por beber y porque seguía habiendo clientes en el local.

Entonces, Francisco tomó una navaja y Luis trató de arrebatársela, de modo que resultó herido en la palma de la mano de derecha con un corte de 13 centrímetros de longitud y 1,5 de profundidad. Aunque Luis afirmaba que durante 16 días estuvo impedido para dedicarse a sus ocupaciones habituales, quedándole como defecto permanente la inutilidad de la mano derecha, el médico dijo que su herida no había cicatrizado mejor porque estuvo bailando el 8 y el 15 de octubre en contra de sus consejos.

Los testigos declararon que Luis había insultado a Fidela y que trató de sacar a la calle a Francisco para pegarle, quien echó mano de una navaja que siempre tenía abierta encima de la mesa para diversos menesteres profesionales y para picar tabaco.

Pocos meses después, el 3 de septiembre, Luis Lejarza se presentó en el puesto de la Guardia Civil de Amurrio manifestando que por resentimientos antiguos con Luis Álava, Juan y Toribio Urruela había tenido el día 1 una reyerta en la taberna del pueblo, y que al retirarse a su casa le salieron los tres por el camino y le tiraron al suelo dándole puñetazos hasta que se cansaron.

 

No fue la única que vez que unos pitillos provocaron un altercado. A mediados de octubre de 1911, dos amigos llamados Basilio Aldama y Modesto Llano merendaron “en una venta próxima a La Muera” –seguramente la de Menditxueta- tras lo cual el primero pidió un cigarro al segundo, que rehusó darle uno, por lo que se separaron. Pero Basilio esperó en un camino solitario a Bengoa y a su paso le propinó 12 cuchilladas en la cabeza y 2 en la cara con un cuchillo de mesa. Al parecer, el vecindario casi lincha a Aldama y los guardias forales tuvieron que hacer grandes esfuerzos para impedirlo, llevándoselo detenido. La víctima fue trasladada en situación grave al hospital de Urdula/Orduña.

 

Por supuesto, en las tabernas se seguía jugando a las cartas y eso siempre ha llevado, tarde o temprano, a disputas entre los contrincantes, no siempre con pacífico final. El 1 de marzo de 1905 dos hermanos de Artomaña fueron puestos a disposición del juzgado de Amurrio como presuntos autores de la herida causada a un obrero de la vía el domingo anterior. La disputa se produjo en la taberna de Donato Pinedo jugando al mus y giró en torno a si el obrero, Donato Mendia, debía contar un “amarreco” o no. La revancha se dejó para más adelante. Los hermanos Francisco y Eugenio Orue fueron después a su caseta junto a la vía férrea, donde le esperaron y le propinaron un garrotazo en la cabeza, causándole heridas que tardaron 14 días en sanar. El juicio se celebró en agosto y los hermanos admitieron los hechos imputados. En esta localidad, en enero de 1922, José Mendieta y Felipe Zubiaga, de 46 y 38 años respectivamente, se pegaron en el exterior de la taberna de Faustino Tellaeche, donde habían tenido ciertas palabras. Zubiaga fue herido en el labio superior por un mordisco de Mendieta.

 

Según avanzaba el siglo XX, las cuestiones políticas comenzaron a ser una frecuente fuente de conflictos en una sociedad crecientemente politizada. Por mencionar dos ejemplos, en junio de 1919 jóvenes de Amurrio y de Urduña/Orduña se enfrentaron en una taberna del barrio San Miguel, en la ciudad vizcaína, porque los primeros gritaban ¡Viva España! y los segundos ¡Gora Euzkadi!. Resultaron heridos los amurrioarras Félix Sologuren, de 20 años, con una herida de carácter reservado en la cabeza, y Faustino Aldama, de 21, herido en la pierna. Éste llegó a realizar dos disparos con arma de fuego para defenderse, de modo que fueron perseguidos por los de Urduña/Orduña cuando trataban de huir. Fueron detenidos por ello Luis Salazar y Gerardo Lambarri, de 34 y 16 años respectivamente. Hay que decir que Solorzano fue detenido por la Guardia Civil a finales de abril de 1922 por haber herido de gravedad en un muslo de un navajazo a su convecino Olegario Escubi.

En segundo lugar, a finales de noviembre de 1931 los hermanos Ricardo y José San Pedro Otaola, un tanto bebidos, fueron al establecimiento de Ciriaca Barandalla en Laudio/Llodio profiriendo insultos y frases groseras y señalando ideas comunistas. Por ello, los que estaban en la taberna los tuvieron que sacar y al salir alguno les propinó varias bofetadas.

 

Finalmente, a veces las visitas a la taberna tenían funestas consecuencias no por los roces y conflictos con otros parroquianos sino por el exceso de consumo alcohólico. Es lo que ocurrió el 11 de enero de 1904 en la ya mencionada taberna de Ibaizabal en Costera. A las 4 de la tarde, un carpintero llamado Cesáreo Salavarria Gorbea, de 51 años y vecino de Retes de Llanteno, abandonó la taberna con destino a su casa en evidente estado de embriaguez. Nunca llegó a ella. Al día siguiente, su cadaver fue hallado en la acequia del molino de Costera.

 

En fin, la taberna ocupaba un lugar central en la conflictividad entre vecinos. Por un lado, el consumo de alcohol, muchas veces en cantidades abusivas, llevaba a roces y discusiones por cuestiones sin importancia, pero en otras ocasiones no hacía más sacar a la superficie conflictos latentes en el día a día. Por otro lado, como punto de reunión de los vecinos, a veces era en la taberna donde se dirimían diferencias que nada tenían que ver con el local en sí.

Digamos que, en este sentido, las cosas no han cambiado tanto como podría pensarse. Las discusiones y peleas no debieron ser infrecuentes y solo aquellos casos con ciertas repercusiones, como heridas graves y detenciones, aparecen en la documentación escrita. Son simples referencias escritas, sin interés particular por separado, pero que en su conjunto forman un mosaico de sucesos que nos muestran una cara distinta de la sociedad de la época.

 

 

(El Heraldo Alavés, Año III, nº 718, 19-6-1903)

(El Heraldo Alavés, Año II, nº 568, 11-12-1902)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 940, 14-1-1904)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 1071, 22-6-1904)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 1115, 18-8-1904)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1279, 4-3-1905)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1376, 6-7-1905)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1413, 21-8-1905)

(El Heraldo Alavés, Año VII, nº 2106, 10-12-1907)

(El Heraldo Alavés, Año X, nº 2824, 9-2-1910)

(El Heraldo Alavés, Año X, 5-11-1910)

(El Liberal, 8-11-1910)

(El Heraldo Alavés, Año XI, nº 4324, 17-10-1911)

(El avisador numantino, Epoca 2ª, Año XXXIII, nº 3113, 18-10-1911)

(El Heraldo Alavés, Año XII, nº 4430, 26-2-1912)

(El Heraldo Alavés, Año XII, nº 4587, 4-9-1912)

(La Libertad, Año XXX, nº 9358, 4-6-1919)

(El Heraldo Alavés, Año XXII, nº 8374, 1-2-1922)

(El Heraldo Alavés, Año XXII, nº 8867, 2-5-1922)

(El Heraldo Alavés, Año XXIII, nº 9345, 20-11-1923)

(El Heraldo Alavés, Año XXIII, nº 9124, 24-2-1923)

(El Heraldo Alavés, Año XXIV, nº 1443, 9-4-1924)

(El Heraldo Alavés, Año XXV, nº 10821, 15-7-1925)

(El Heraldo Alavés, Año XXVI, nº 11221, 30-11-1926)

(El Heraldo Alavés, Año XXVII, nº 11502, 9-12-1927)

(El Heraldo Alavés, Año XXVIII, nº 8286, 17-8-1928)

(El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8663, 14-11-1929)

(El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8697, 24-12-1929)

(El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 10177, 1-12-1931)

(Pensamiento Alavés, Año IV, nº 818, 27-8-1935)

[1] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2217, 22

Tiempos de sangre: noticia de seis asesinatos

Hoy os traemos seis -siete, en realidad- casos de asesinato ocurridos en el Alto Nervión en los primeros años del siglo XX. Un índice de criminalidad impensable hoy en día. Sobre lo que de verdad ocurrió y las sentencias del jurado…..que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

 

BARANBIO

 

18 de septiembre de 1904. Domingo.

Daniel Buruchaga Garay era un joven soltero de 25 años que trabajaba como zapatero en su misma casa, en el barrio Rotabarria de Baranbio. Y, además, sabía tocar la guitarra. Aquella tarde de domingo la pasó en el baile en compañía de varios amigos y de su hermano Eusebio, un año menor, junto a quienes fue a una fuente situada junto a la carretera -seguramente La Fuente Apestada-.

Entre las siete y las siete y media de la tarde, mientras templaba su instrumento, apareció Miguel Aguirre Zulueta, de 28 años y vecino del caserío Pagazondo. Tras dirigirle alguna palabra, Miguel golpeó varias veces a Daniel, quien trató en vano de protegerse con la guitarra, que terminó rota. En un momento, Daniel sacó una navaja e hirió a Miguel en el hipocondrio derecho, a resultas de lo cual falleció al día siguiente.

El juicio se celebró a mediados de 1905. Según la defensa, Aguirre tenía una conducta pésima y ya había amenazado de muerte a Daniel, a quien tenía amedrentado. La disputa se habría originado por ciertas palabras que Miguel habría considerado ofensivas, aunque Daniel no las consideraba como tales, a pesar de lo cual ya le había pedido perdón días antes por medio de Juan José Isasi Aldama, de 25 años.

Testigos como Jesús Echevarria Isusi, Ignacio Cerrillo Padilla, Juan Landaluce, Hilario Aldecoa e incluso Antonio Aguirre, hermano del fallecido, todos ellos jóvenes veinteañeros, coincidieron con la opinión del acusado, excepto en lo referente a si Miguel golpeó o no primero a Daniel con un palo.

Muchos hombres de la localidad fueron interrogados, como Tomás Acha Arteta (un joven de 20 años que apenas un año después salió de su casa en dirección a Bilbao y del que no se supo más), Romualdo Balza, Santiago Buruchaga, José Isasi, Juan Tomás Rementeria, Francisco Zabaleta, Hermógenes Echevarria, el guardia Ricardo Fernández y otros muchos. Todos dijeron que el acusado era de excelente conducta y el muerto de mediana, citando algún caso que lo probaba. Todos afirmaron ser cierto que Daniel fue golpeado con un palo, algunos oyeron las amenazas de muerte y otros incluso decían haber sido amenazados ellos también.

La versión del fiscal no fue del todo coincidente. Afirmaba que el baile había tenido lugar en el Balneario y que al acabar antes de lo que le habría gustado, Miguel dijo que “ojalá se hunda”. Daniel lo contó por el pueblo y Miguel se irritó. El fiscal presentaba a Miguel como una persona de buena conducta, que solo habría tenido una leve riña con un Daniel que le habría atacado con saña. Además, afirmaba que solo su hermano había sido testigo de los hechos, que el resto no pudo ver nada y que, al no haber declarado inmediatamente después de la muerte, habían tenido tiempo para prepararlo todo y exculpar a Daniel.

La acusación lanzó un encendido discurso que El Heraldo Alavés reprodujo íntegramente. Afirmaba que el juzgado de Amurrio acababa de fallar tres causas en las que los muertos fueron presentados como pendencieros y los procesados “unos santos varones”. Llamaba la atención sobre la proliferación de este tipo de sucesos en Amurrio: “los extragos de la impropia navaja cunden por vuestros pueblos”.

Finalmente, el jurado dio el veredicto de inculpabilidad, ante lo cual el teniente fiscal pidió la revisión del sumario por otro jurado. El 19 de mayo se revisó la causa contra Daniel Buruchaga pero, tras una nueva y encendida discusión entre la defensa y la acusación, el jurado popular absolvió a Daniel[1].

 

 

EL MUERTO DE LA VENTA DE LOS TRIGUEROS

 

Juan Villamaderne Expósito era un hospiciano nacido en Vitoria-Gasteiz, que fue entregado a un vecino de Aberasturi al que pasado un tiempo abandonó, aparentemente, sin causa justificada. Al parecer, por recomendación de un vecino de Bilbao, Juan pasó a servir al colono de la Venta de los Trigueros en Amurrio.

El 4 de noviembre de 1906 el criado se quedó solo en el caserío hacia las 16.00 horas. Al cabo de un rato, la señora de la casa regresó con una de sus hijas y notó la falta del criado. Después de llamarle a voces sin éxito, ambas salieron “con luces” a buscarle. Lo encontraron a unos 40 metros de la casa, bajo un nogal. El joven de tan solo 14 años tenía una herida en el lado derecho del pecho, causada, se creía, por arma de fuego o por un arma punzante cilíndrica. No se sabía si había sido un asesinato o un suicidio, pero la noticia causó mucho revuelo en la localidad de Amurrio.

Unos días después se hizo oficial que la muerte había sido causada con un instrumento punzo cilíndrico que le pasó entre el esternón y el arranque de una de las costillas, de modo que le alcanzó uno de los ventrículos del corazón. Este hecho, junto a la evidencia de que no había ni rastro del arma homicida, reveló que no había sido un suicidio.

Al día siguiente de ser hallado el cadáver, dos jóvenes de un barrio cercano fueron detenidos pero las sospechas eran infundadas por lo que fueron liberados. Nadie se explicaba el motivo del asesinato ni tenían indicios sobre la autoría. Y así el crimen quedó sin resolver[2].

 

MENAGARAI

 

Gumersinda Respaldiza Negrete nació en Zuaza en 1869. Viuda y con hijos, se casó en segundas nupcias con Valentín Rotaeche Luengas, nacido en Zuaza en 1854, viudo y también con hijos. Era vecino del barrio Jauregi de Menagarai, donde vivieron tras la boda.

Según parece, Gumersinda inspiró a su hijastro Julián Rotaeche Arechavala, nacido en 1898, “un miedo cerval, por causas que no se han podido descubrir”. Un día, un hijo de Gumersinda cayó enfermo en cama y ella pidió dinero a su marido para comprar medicamentos. Valentín se negó y entre ambos surgió una disputa tras la cual Gumersinda llegó a pedir la cuenta de sus bienes dotales. No habría sido la primera disputa entre ellos.

El 19 de marzo de 1908 Valentín salió de su casa a las 3 de la mañana para ir a la feria de Güeñes, dejando solo a su hijo con la madrastra. Según su propio testimonio, a la una de la tarde un tal Ramón le comunicó que su hijo había muerto abrasado en su casa, por lo que tomó el camino de regreso. Gumersinda fue acusada de haber arrojado petróleo sobre su hijastro y, obligándole a ponerse de rodillas, le prendió fuego, de modo que el niño se abrasó de rodillas a cabeza.

A mediados de noviembre se celebró el juicio contra Gumersinda. La prensa la describe como una mujer de regular estatura, color cetrino y facciones duras y angulosas. Se presentó en el juicio vestida de negro, con un pañuelo del mismo color en la cabeza y un niño de corta edad en brazos. Según su versión, Julián se quemó por accidente cuando llevaba una candileja y algo de paja para encender la lumbre, tarea que solía realizar habitualmente. Además, afirmaba que el niño tenía miedo a su padre, no a ella.

Por su parte, Valentín declaró que Julián tenía respeto a su madrastra, que no miedo, y negó la existencia de cualquier conflicto en su casa, así como haberse negado a facilitar medicinas alguna vez. El día de autos, al regresar a casa, Gumersinda le contó la misma versión de los hechos que manifestó en el juicio pero el no la creyó. Además, afirmó que su mujer confesó haberse delatado al intentar deshacerse de las ropas, que fueron encontradas a medio quemar.

Uno de los testigos de los hechos fue Esteban Iriarte Robina, vecino de los protagonistas. Esteban, que aseguró que el matrimonio sí tenía conflictos, subió a la casa momentos después de los hechos y ordenó llevar al niño a la cama. A diferencia de otros declarantes, Esteban no notó que oliese a petróleo en la casa. Y es que los testimonios son bastante contradictorios. Por ejemplo, Miguel Murua, que era cuñado de Gumersinda, decía que el matrimonio se llevaba bien. Además, algunos afirmaban que Julián tuvo tiempo de hablar y acusar a su madrastra antes de morir, mientras otros declaraban que no le oyeron decir nada.

Tampoco los cuatro médicos que comparecieron en el juicio, incluidos los dos que realizaron la autopsia, se pusieron de acuerdo. Dos de ellos declararon que sospechaban que el niño fue sujetado por más de una persona en posición arrodillada cuando se quemó, ya que no tenía quemaduras en las rodillas, alrededor de la boca y en ciertas partes del hombro. En cambio, los otros dos médicos creían que el niño pudo haberse tapado la boca con la mano mientras que era posible que unas telas más fuertes sobre los hombros hubieran impedido que se quemase. De hecho, citaron un caso real en el que sucedió algo así.

Finalmente, el fiscal retiró la acusación y Gumersinda quedó en libertad. Sin embargo, la prensa de la época no dudó en presentar a la mujer como una malvada perturbada, siguiendo lo que la fiscalía decía al respecto[3].

 

 

BERGANZA

 

El 12 de enero de 1909 al mediodía el Juez de instrucción de Amurrio acudió al barrio de Berganza, en jurisdicción del mismo ayuntamiento, ante el rumor de que un vecino del barrio había sido herido, o muerto, por arma de fuego.

Las primeras informaciones señalaban que Manuel Barrio, de oficio cestero y paragüero, fue disparado “en la misma entrada o camino de Berganza” según iba para su casa. El disparo le causó una lesión en la región hepigástrica penetrando en la cabidad abdominal, a causa de la cual falleció momentos después de entrar en su casa, sobre las 19.30 o 20.00 del domingo día 10. Como principal sospechoso fue detenido José Valdés, así mismo cestero y paragüero, yerno del asesinado.

El juicio por asesinato se celebró el 1 de junio. Como ocurría en aquel entonces con todos los casos de homicidio, el juicio había generado mucha expectación, de modo que la sala estaba llena. Parece que los asistentes gozaron de un buen espectáculo ya que, como dice la prensa, “la vista es pródiga en incidentes, provocados por el procesado y testigos que, con su fantasía meridional, dan ocasión a que el público ría sus donaires y el argost [sic] en que se explican”.

Los protagonistas eran todos miembros de una familia gitana que residían en el barrio de Berganza, en jurisdicción de Amurrio. José Valdés estaba casado con Dominga, hija de Manuel Barrio y Francisca Giménez. Antes habían residido en Donostia pero se trasladaron a Amurrio para vivir con Manuel. Sin embargo, la convivencia fue dificil porque José maltrataba a su esposa, lo que provocaba enfrentamientos con su suegro.

Según el fiscal, el 10 de enero de 1909 ambos tuvieron una acalorada reyerta por la mañana en la calle y, al regresar a casa, en la cocina de sobremesa, riñeron de nuevo. Manuel agarró por el cuello a José y éste sacó un revolver y disparó a su suegro, que cayó muerto. Según otras fuentes, esto ocurrió, como se decía antes, delante de la propia casa.

Las declaraciones de los implicados fue lo que mayor hilaridad provocó en el público. En primer lugar, José Valdés negaba estar casado con Dominga y que éste fuera hija de Manuel, sino que lo sería de un tal León Pérez. Decía que desconocía quién disparó a Manuel y que la noche de autos estaba bebido. Luego afirmó que murió por disparo de su “amiga” (no mujer) Francisca. Pero su testimonio estaba repleto de contradicciones. Del mismo modo, Francisca Giménez no se declaraba mujer de Manuel Barrio, sino solo “amiga”, por lo que se decía soltera y afirmaba haber asegurado estar casada a la hora de elaborar el sumario por vergüenza.

Dominga Barrio, o Pérez, “que ni ella sabe cómo se apellida”, tenía solo 18 años y negaba tanto estar casada como que Manuel fuera su padre. Llegó a confesar que ella le dio el revolver a José para que matara a Manuel, que esgrimía un cuchillo. Esta versión fue confirmada luego por Francisca.

Finalmente, el jurado declaró culpable al procesado y la sentencia fue de conformidad con la petición fiscal: 17 años, 4 meses y 1 día de prisión[4].

 

 

LAUDIO/LLODIO

 

El 4 de junio de 1910 tuvo lugar en el juzgado de Amurrio el juicio por homicidio contra Ignacio Gabancho, de unos 54 años, vecino de Laudio/Llodio, que se presentó con blusa negra y pantalón mahón. Los hechos imputados habían tenido lugar el 23 de noviembre de 1909. Aquel día, Ignacio se encontraba en la taberna de Vicente Urquijo y tuvo un enfrentamiento con otro parroquiano, José Maria Otaola Urquijo. “La conversación era incisiva, mordaz, provocadora” sobre todo por parte de Otaola, que dirigió palabras hirientes contra Ignacio. Este se abalanzó y le abofeteó, pero el resto de la gente que estaba en la taberna intervino para que la cosa no fuera a mayores.

Después, Ignacio se marchó a la taberna de José Arbaizagoitia, donde jugó al mus con unos amigos, y allí se encontraba cuando a las 16.30 se presentó Otaola, con aspecto amenazador. “Sal de aquí, cochino” le dijo amenazándole con una vara. Entonces Ignacio le propinó una paliza “de órdago”. “En el paroxismo de su desesperación” le propinó una patada en sitio delicado y Otaola cayó al suelo falleciendo poco después.

En el juicio, Ignacio afirmaba que Otaola le culpaba de la encarcelación de un hijo suyo. Esa sería la causa de tanto resentimiento. Afirmaba que no le pegó ninguna patada, sino que intentó protegerse con el pie y Otaola tropezó con el, cayendo de mala manera. Arbaizagoitia certificó que Otaola, que era pendenciero y seguramente iba bebido, estuvo molestando a Gabancho con una vara y amenazando con matarle, y que Otaola cayó al ser retirado con cierta brusquedad por aquel. Finalmente, el jurado dictó sentencia de inculpabilidad.

Una de las curiosidades del juicio es que algunos de los testigos hablaban castellano con dificultad. De Felipe Urquijo Azcueta, hijo de Vicente el tabernero, se decía: “se expresa con marcado acento guipuzcoano. Habla en castellano, pero sus concordancias son vizcaínas”. Afirmaba que oyó decir a Otaola: “mi hijo está en la Cársel por ti”. José Arbaizagoitia también declaró con marcado acento euskaldun[5].

Por otra parte, en el mismo valle, el 1 de enero de 1908, a las 9 de la mañana, se supo que en el punto denominado Iturrutxo se había encontrado el cadaver de un hombre: el muerto era Félix Orueta Larrazabal, viudo de 72 años y vecino en el caserío Lusurbeilanda (Subilanda en el original). Tenía dos cuchilladas en el cuello y cuatro heridas graves en la cabeza producidas por golpes. Fueron detenidos su hijo José Maria, de 39 años, y su nuera Luisa Ibarrola, que vivían con el. Y aunque la fantasía popular ya estaba lanzando sus hipótesis, nada cierto se sabía[6].

 

LAS VENTILLAS

 

La prensa tituló este caso como “el crimen de Inoso” y tuvo lugar el 28 de julio de 1913. La víctima, Lorenzo Olaizola Arregui, aserrador de 30 años, salió aquella mañana de casa junto a su hermano Alejo para vender una vaca en la feria de Amurrio, lo que no consiguieron efectuar. Residían en un caserío del barrio de Las Ventillas de Ugazi, en jurisdicción de Oiardo. La familia era conocida como “La Cueva” y “no estaba bien conceptuada”.

A la vuelta, se detuvieron en la “Venta de la Choza”, donde se encontraron a otro hermano llamado Martín (al que, sin embargo, no hemos hallado en los registros parroquiales). Las primeras informaciones publicadas por la prensa afirmaban que Lorenzo había salido de la Venta hacia su casa y que fue su hermano Martín quien le encontró al día siguiente tirado en la cuneta.

Sin embargo, posteriores versiones apuntaban que fue una hermana quien se lo encontró en la cuneta de la carretera, herido y borracho, en plena noche, ya que salió en su busca al no haber regresado a casa a las 3 de la mañana. A pesar de la situación, la familia Olaizola no buscó apoyo médico, la ayuda de los vecinos ni servicio espiritual alguno hasta las 11 de la mañana del día siguiente, lo cual causó una mala impresión (y seguro que no pocas habladurías) en la comarca.

A dicha hora de la mañana, llamaron al sacerdote de Astobiza, quien le administró la extremaunción a pesar de que parecía haber fallecido ya. Después llamaron también al médico, de quien se dijo, sin embargo, que había pasado dos veces cerca de la casa sin que hubiese sido llamado a entrar en la misma. El médico constató que el difunto presentaba una gran herida en la cabeza, producto de un fuerte golpe propinado por alguna persona. Posteriores pesquisas descubrieron que no había rastro de sangre alguno entre la Venta y el lugar en el que apareció. Y la autopsia reveló que no había ingerido alimento ni líquido alguno desde bastante tiempo antes de su muerte.

En primera instancia, su hermano Martín fue detenido como sospechoso pero, finalmente, la acusación recayó sobre su convecino Hermenegildo Urruticoechea, con quien tenían resentimientos previos. La familia de la víctima comentaba que el procesado había amenazado a su familia por cierta cuestión acerca de la posesión de una cabra. Tenía un hermano llamado Santiago, procesado por homicidio en Bilbao.

El juicio se celebró en junio de 1914. El fiscal sostenía que Hermenegildo y Lorenzo habían tenido una disputa verbal a resultas del cual el primero golpeó al segundo con una guadaña, dejándole malherido, de modo que solo pudo llevarle a casa con ayuda de Martín Olaizola. No era lo que éste afirmaba: en el juicio, declaró haber encontrado a su hermano acostado en la carretera y, creyendo que estaba borracho, lo llevó a casa, solo y con cierta dificultad. La madre, Dolores Arregui Tierra, le dejó dormir también en la creencia de que estaba borracho. Sin embargo, al percatarse de que no se movía por la mañana, lo desnudó y vio que estaba lleno de golpes. Solo entonces habría llamado al médico.

El padre, llamado Gregorio y sordo, cayó en numerosas contradicciones y no fue el único: tampoco el acusado consiguió aclarar convincentemente lo que hizo el día de autos, y lo mismo ocurrió con otro testigo, Ciriaco Bilbao. Además, Eladia Bilbao dijo que había oído al finado decir que Hermenegildo le había pegado, pero los forenses afirmaron que no era muy probable que Lorenzo hubiera podido hablar con aquella contusión, por lo que su testimonio no fue muy tenido en cuenta. Otros testigos de la causa fueron Francisca Guaresti Tellaeche, Martín Arregui Tierra, Mauricio Guinea y Maria Echeguren, que no aportaron nada de interés.

Por todo ello, tanto por las contradicciones de los testigos como por la ausencia de pruebas condenatorias, el jurado dictó sentencia de inculpabilidad absolviendo al procesado[7].

 

 

 

[1] El Heraldo Alavés, Año V, nº 1269, 21-2-1905; El Heraldo Alavés, Año V, nº 1270, 22-2-1905; El Heraldo Alavés, Año V, nº 1340, 19-5-1905

[2] El Heraldo Alavés, Año VI, nº 1775, 8-11-1906; El Heraldo Alavés, Año VI, nº 1780, 14-11-1906

[3] El Heraldo Alavés, Año VIII, nº 2382, 16-11-1908

[4] El Heraldo Alavés, Año IX, nº 2428, 13-1-1909; El Heraldo Alavés, Año IX, nº 2539, 1-6-1909

[5] El Heraldo Alavés, Año X, nº 2914, 3-6-1910; El Heraldo Alavés, Año X, nº 2915, 4-6-1910

[6] El Heraldo Alavés, Año VIII, nº 2125, 3-1-1908

[7] El Heraldo Alavés, Año XIII, nº 4863, 5-8-1913; El Heraldo Alavés, Año XIV, nº 6017, 9-6-1914

[8] El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8575, 1-8-1929; El Heraldo Alavés, Año XXX, nº 8907, 6-9-1930

[9] El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 9023, 28-1-1931

El mundo perdido

El caserío es el edificio por antonomasia del mundo rural de la vertiente cantábrica, incluido el Alto Nervión. Hay diferentes tipos de caserío en función de sus características arquitectónicas pero, independientemente de ello, se caracteriza por reunir vivienda, cuadra y pajar bajo un mismo techo. El caserío como elemento arquitectónico tal y como lo hemos conocido nació tras el final de la lucha de bandos en los primeros años del XVI o, quizá, ya en los últimos de la centuria anterior, cuando sustituyeron a las mucho más modestas casas de madera en las que habitaron previamente los labradores vascos.

La sustitución del hábitat característico de la Edad Media por el mundo de los caseríos fue todo un cambio en el paradigma habitacional aunque muy probablemente por lo general los segundos se superpusieron a las primitivas casas de madera. En todo caso, creemos que en este proceso de cambio hubo una serie de barrios y casas que no experimentaron esa transformación, o la experimentaron sin éxito, para desaparecer de la historia. Diversas referencias documentales que reseñamos a continuación nos impulsan a desarrollar la citada idea.

 

En primer lugar, las fogueraciones de Urduña/Orduña de los años 1511 y 1514 constituyen una fuente de enorme valor para acercarnos al hábitat y a la gente que habitaba la ciudad por aquel entonces. Nosotros nos fijamos en la de 1514 y en la Junta de Ruzabal; suponemos que en este momento se debía estar produciendo el cambio de un modelo constructivo a otro. Por ejemplo, en Lendoñogoiti existían 9 fuegos o casas –la cantidad más elevada de toda su historia conocida- además de otras 6 casas vacías sin habitar. No es esta localidad la única que presentaba entonces un censo edificatorio notablemente superior al que tendría en momentos posteriores. Así, Belandia estaba muy poblada en 1514: había 11 casas en el barrio de Ugarte, 9 en Arbe, 19 en Belandiabizkaiar (y varias de ellas con 2 fuegos) y 5 en Urrutxi, cantidades ellas muy superiores a las que mostrarán en siglos sucesivos. Existían, además, dos casas vacías.

En Belandia en concreto nos llama la atención un vecino que aparece en el barrio Bizkar: Pedro de Gabiña “dicho de Ynsuardi”. En 1511 figuraba Juan de Gabiña y ambos son citados en una escritura de 1491[1]. Pensamos que estos hombres procedían de la casa y solar de Gabiña: en 1654 se sitúa el solar de este apellido en Belandia, en una casa ya inhabitable y demolida[2]. Suponemos que estuvo en el término de Gabiña, alejado del barrio Bizkar, más próximo al Camino Real de la Sopeña y muy posiblemente donde se localizó la “villa de Gavinea” que Alfonso VII de Castilla donó en el siglo XII al abad de San Clemente de Obaldia.

Al igual que la casa de Gabiña terminó por desaparecer seguramente a lo largo del XVI, tampoco sobrevivieron las “caserías de Garay” que aparecen en un apeo de 1454, cuestión tratada por S. Velilla en la revista Aztarna. Ambos términos ocupan una posición más elevada y próxima al Camino Real de la Sopeña que el resto de barrios de Belandia; creemos que la pérdida de importancia de este camino sin duda hubo de influir en la despoblación no solo de los citados barrios sino también de Lendoñogoiti y otros lugares que citamos a continuación.

Es el caso de la casa de Garboaran, en jurisdicción de Madaria, que se menciona como “solar” en documentación del convento de San Juan de Quejana y que en 1562 estaba habitada por Juan Martínez de La Llosa. En la fogueración de 1590 posiblemente ya no aparece. Y antes aún debió desaparecer el solar de Menerdo, entre Agiñaga y Madaria, de donde habría procedido Bela Álvarez de Menerdo, documentado en 1114; y quizá el de Munika Arriaga en Salmanton, ya que el mismo año se citaba a Álvaro Muñoz de Munica Arriaga.

Otros solares desaparecidos, estos de manera más inmediata al momento de la transición habitacional, son los de Utiligaña en Beotegi y el de Iturriotz, al parecer también en esta misma localidad, que para 1521 estaban caídos según se refleja en documentación conservada en el archivo del convento de San Juan. Por último, desconocida nos es también la ubicación de la torre de Ugando, propia de Juan Fernández de Torre, que Pedro López de Ayala quemó a mediados del siglo XV junto a la de Diego de Balza y otras.

 

Otro ejemplo lo tenemos en Saratxo. Disponemos de una lista de casa diezmeras de la parroquia de San Nicolás, también procedente del archivo del convento de San Juan, posiblemente del año 1552, en la que el número de casas es indudablemente superior a las que aparecen en las fogueraciones de 1562 y sobre todo 1590. Es decir, se redujo el censo habitacional. Además, aparecen topónimos como las casas de Senasur, Mendigar o el molino de Lesasu, del todo desconocidos hasta el momento. Y es necesario destacar también los cinco vecinos que tenía en el barrio de Akexolo, que pronto se redujeron a una o dos.

Quizá lo mismo que en Belandia ocurrió en Lezama, si bien la referencia documental es muy posterior. En un apeo de 1736 entre Lezama y Aloria se citan las “casas viejas de Gurbista”, de las cuales no tenemos ningún tipo de noticia previa, ya que en las fogueraciones del XVI ya aparecen las mismas casas de Gurbista que existieron en los siglos siguientes. Puede que haga referencia a la existencia pretérita de otras casas en una situación más elevada a la que luego ocupó el barrio de Gurbista.

 

Tenemos noticias de una serie de casas que desaparecieron a lo largo del XVI y primeros años del XVII sin que podamos precisar si fueron casas que desaparecieron por incendios u otros motivos o caseríos de muy corta vida, etc. Una de ellas estuvo en Lezama, muy próxima al barrio Unzueta. En 1580, cuando se describen los bienes de Pedro Martínez de Landa, el topónimo de Ugarte se repite varias veces: la barrera de Ugarte, la cerrada de Ugarte, el camino de Ugarte, río que viene de Ugarte al molino de Landa y, finalmente, la propia casa de Ugarte[3], cuya mitad había sido de los difuntos Juan Martínez de Landa y su hijo Juan. En 1562 estaría habitada por Juan Pérez de Ugarte pero ya no aparece en 1590. En 1631, el manzanal de la casa encimera de Landa estaba “pegante con las heredades que de la dicha acera estan a la propia acera hasta la casa de Ugarte”[4]. En 1656, finalmente, se citaba la “casa cayda de ugarte sita en este dicho lugar”, que era o había sido de Pedro de Ugarte y su madre Maria de Urrujola, personas que no hemos podido localizar en registros parroquiales.

No muy lejos de allí se encuentra el coto redondo de la casa de Egiluz, dentro del cual se encontraba el solar de Alpitxu. Aquí debieron habitar Martín López de Alpichu y Maria de Oyardo Aramburu en el siglo XVI. En 1663 estaba caída, quedando solo unas ruinas, e incluso testigos de mucha edad afirmaban no haberla visto nunca en pie[5].

En Amurrio, los enviados a certificar la hidalguía de Francisco de Murga Orue, de Artomaña, no encontraron más que un trozo de pared vieja de lo que había sido el solar de Orue, propiedad en 1629 de Antonio de Orue, hijo de Diego. Poco antes, en 1626, Diego de Uriarte el mayor recibió posesión de la casa demolida de Latatu, en una zona entre la iglesia y Zabalibar, que había sido de Francisco de Larrazabal López de Ugarte. También en esta localidad, en 1663-64, en el expediente de hidalguía de Domingo de Lasarte Larrarte se cita la casa solar de Larrarte “la antigua”, que se deshizo.

Finalmente, en 1674 los testigos del expediente de hidalguía del vecino de Bilbao Juan Bautista de Barambio Olarte dijeron que la casa de Barambio estaba en el lugar del mismo nombre, que era muy vieja y estaba caída y prácticamente inhabitable pero hecha en forma de palacio y sus ruinas daban grandes indicios y demostraban mucha antigüedad y nobleza. Era propiedad de Martín de Barambio pero no tenemos ninguna otra noticia ni sobre la casa ni sobre esa familia, a pesar de que los registros parroquiales y notariales sobre esa época no son pocos.

 

Son noticias dispersas encontradas al azar, unidas solo por una teoría que fácilmente puede estar errada, pero que invitan a profundizar en el conocimiento de una cuestión, el paso del hábitat medieval al moderno (entendido como propio de la Edad Moderna, siglos XVI-XVIII), apenas estudiada. Unas noticias que nos ponen también en contacto con un pasado ya desaparecido, con una realidad que se agota, como tarde o temprano les ha ocurrido a todas las sociedades históricas. No es una reflexión estéril a la luz del gran cambio que ha experimentado el paisaje de nuestra comarca sobre todo en el último medio siglo y ante la incertidumbre qué nos depara el futuro que estamos construyendo.

 

 

[1] Salazar Arechalde, J.I.: La Comunidad de Aldeas de Orduña. La Junta de Ruzábal (Siglos XV-XIX). Orduña, 1989. pp. 152-154.

[2] Archivo Foral de Bizkaia: Administración de Bizkaia, Gobierno y Asuntos Eclesiásticos AJ03213/011

[3] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[4] Ibidem

[5]Archivo Foral de Bizkaia: Administración de Bizkaia, Gobierno y Asuntos Eclesiásticos, AJ03216/019

 

Ancianas asesinadas en Amurrio

Cuando la prensa informó de la ejecución en Amurrio de tres reos el 11 de septiembre de 1877 y comentaban los motivos de su enjuiciamiento, afirmaban que eran del todo extraños ese tipo de crímenes en las provincias vascas. Nada más lejos de la realidad.

Se documentan hechos violentos (desde robos y asaltos hasta asesinatos pasando por agresiones) a lo largo de toda la historia. Y particularmente entre finales del siglo XIX y principios del XX. Es cierto, en todo caso, que es posible que este periodo no asistiera realmente a un incremento del número de delitos sino que tengamos una visión distorsionada de la realidad por la disponibilidad de una mayor documentación para esta época. Sea como fuere, de lo que no cabe ninguna duda es de que eran tiempos más violentos que los actuales: a pesar de que hoy la población es mucho más abundante que entonces, las agresiones graves y, sobre todo, los asesinatos son, afortunadamente, muy poco frecuentes.

Pero en tiempos pasados nadie estaba a salvo de la violencia. Por ejemplo, solo en el intervalo de los 6 meses que van desde abril hasta octubre de 1894, dos ancianas fueron asesinadas en Amurrio.

Hacia el 15 de abril de 1894, Gregoria Orive Gorbea, natural de Menagarai y de 76 años, viuda de Francisco Gabiña Aldama, fue asesinada en el caserío Mingotxu. No debió tener un final agradable, ya que al parecer murió de varios hachazos en la cabeza. Lo peor de este suceso es que la autora fue su propia nieta, Valentina Guinea, “agraciada pero no en posesión de sus facultades mentales”, sin que mediara motivo ni causa alguna para ello. Simplemente por enajenación mental. Valentina fue detenida y trasladada a la cárcel de Vitoria-Gasteiz, ya que por entonces el juzgado de Amurrio había sido suprimido.

Por cierto, el mismo día un guardia civil del puesto de Amurrio asesinó de un disparo al sargento del cuerpo, por resentimientos previos, y acto seguido se suicidó. Desconocemos los detalles, circunstancias e identidad de ambos.

Seis meses después, el día 17 o 18 de octubre de 1894, se produjo el presunto asesinato de otra anciana del lugar. Medios como El Imparcial afirmaban que su nombre era Juliana Barrenechea, pero en realidad se llamaba Juliana Barrenengoa Gabiña, tenía 84 años y había enviudado dos veces: primero de Joaquín Lezama Vitorica y después de Juan Ugarte Orue. No tuvo hijos con ninguno de los dos, por lo que su única heredera legítima era una sobrina que vivía “a una legua de distancia”.

Juliana era apodada “La Indiana” porque, al parecer, habia estado un tiempo en América, donde habría hecho cierta fortuna. Se decía en el pueblo que escondía una cantidad de onzas de oro en su casa. Lo cierto es que, según la Declaración de Fincas Rústicas de 1894, Juliana poseía tres casas en el barrio Landaburu, señaladas con los números 108, 110 y 112. El corresponsal del diario El Imparcial que se trasladó desde Bilbao a Amurrio para conocer los hechos de primera mano, afirmaba que Juliana vivía en una casa de pobre aspecto en el barrio Elexondo. Pensamos que bien pudiera ser una de las tres casas que poseía, que luego pertenecieron a la Fundación Alday, y cuya casa matriz habría sido el caserío Etxabe, en el que nació su segundo marido.

La anciana Barrenengoa vivía en compañía de una familia que la cuidaba y suponemos que también trabajaban su hacienda y tierras. Eran conocidos como los Pintos (Pintados, según el periódico El Día) pero su apellido real era Olartecoechea, que no era más que una corrupción del apellido original: Olartegochia. Según el corresponsal anteriormente mencionado, la familia de los Pintos estaba compuesta por Eugenio Olartecoechea, de 70 años (que eran 73 en realidad), sus hijos Pedro, Gregorio y Julián, la esposa de éste, Maria Echaurren, y los hijos de estos dos, llamados Pedro y Felisa. Sin embargo, los registros parroquiales no concuerdan con estos datos.

Eugenio, que había estado casado con Buenaventura Galíndez Zulueta, acudió el citado día de octubre de 1894 al juzgado de Amurrio sobre las 7 de la tarde con el objeto de declarar lo que había ocurrido por la mañana. Según su versión, sobre las 9.00, al entrar en la habitación de la anciana para recoger “el servicio de chocolate” que aquella había tomado, la encontró muerta, por lo cual solicitaba la orden para poder enterrar el cadaver. Algo extraño y poco habitual tuvieron que ver los responsables del juzgado en la forma en que se formuló la petición, por lo que ordenaron que el médico la examinara para saber con exactitud lo que había ocurrido. Así lo hizo y dictaminó que Juliana había muerto estrangulada, por lo que se ordenó la detención e incomunicación de la familia de los Pintos. Además, el examen del estómago de Juliana reveló que no había tomado el chocolate antes de morir, sino garbanzos, tal y como declararon los niños Pedro y Felisa: dijeron que su padre y su abuelo habían entrado a darle garbanzos a la anciana mientras la madre esperaba en la puerta.

Según la prensa, la familia Olartecoechea tenía muy malos antecedentes en la localidad, de manera que la Guardia Civil siempre la vigilaba cuando se producía algún robo. El día 19 fueron conducidos a Vitoria-Gasteiz y puestos a disposición del juez. La versión recogida por los medios de comunicación sostenía que el motivo de su muerte fue uno de los más habituales en los casos de asesinato que documentamos: la codicia.

Como causa última del asesinato, se decía que los Pintos habían aprovechado un momento de enajenación mental de la anciana para forzarla a cambiar su testamento en su favor. La gente del pueblo barruntaba, acertadamente, si esto sería cierto, ya que constituía un delito por si mismo. En cualquier caso, el día de la muerte de Juliana, Pedro Olartecoechea se trasladó a Laudio/Llodio para apoderarse del testamento de la anciana y hacerlo desaparecer. Y es que ni el testamento ni el dinero que la anciana supuestamente guardaba en la casa aparecieron.

No sabemos qué ocurrió a continuación, ya que no disponemos del dictamen del juicio. Por otra parte, el mismo día un joven del pueblo atacó por la noche a otro con el que estaba enemistado, asestándole varias puñaladas que le hirieron gravemente. El agresor, creyéndole muerto, huyó pero fue detenido.

Otro caso en el que una anciana fue (presuntamente) asesinada por personas cercanas para apoderarse de su herencia tuvo lugar el 31 de enero de 1903 en Delika. Aquel día, entre la 1 y las 2 de la tarde, una anciana soltera vecina de dicho lugar llamada Concepción Uzquiano salió de su casa para asistir a unas misiones en Urduña/Orduña. Concepción vivía en la casa de su sobrino Lorenzo Uzquiano Lambarri, al que comunicó que si tardaba en llegar que no la buscasen porque en ese caso se habría quedado en casa de unos primos en la misma ciudad.

Pero la señora tampoco volvió al día siguiente. Ni al otro. Ni al tercero. Entonces, Lorenzo acudió a casa de sus familiares en Urduña/Orduña, que le dijeron que Concepción había partido hacia Delika el 1 de febrero después de haber pasado la noche allí. Según contó Lorenzo a las autoridades, sabiendo esto regresó hacia Delika por otro camino distinto, por el que llamaban de Oribe, junto al río Nervión. Al aproximarse al puente de Zalduendo, encontró en el suelo un mantón que reconoció como propiedad de su tía, hallando el cadáver de la misma en el río apenas 50 metros más adelante.

Avisado el Juzgado de Amurrio, en el examen del cadáver que llevaron a cabo se descubrió una herida en la frente. Posteriormente, la autopsia reveló que la anciana había muerto a consecuencia de conmoción y congestión cerebral producida por la herida en la frente.

La Guardia Civil de Amurrio interrogó a Lorenzo, que se contradijo varias veces y a quien, además, encontraron unas alpargatas manchadas de sangre. Luego, un hijo suyo manifestó que su padre no había pasado en casa la noche del 1 de febrero, por lo que se procedió a su detención como sospechoso del asesinato de su tía.

Estos hechos debieron ser la comidilla de la comarca durante las siguientes semanas. La gente decía que Concepción tenía una fortunita y que frecuentemente cambiaba de opinión respecto a su testamento…..parece ser que los rumores apuntaban hacia el robo como móvil del asesinato. Sin embargo, la última información del caso de que disponemos es que Lorenzo había sido puesto en libertad, seguramente por falta de pruebas.

 

FUENTES:

El día, 18-10-1894; 18-4-1894

El Heraldo de Madrid, 17-4-1894, p. 3

La Iberia, 17-4-1894, p. 3

El Imparcial, 19-10-1894, p. 2; 21-10-1894, p. 3

La Correspondencia de España, nº 13346, 20-10-1894, p. 3

El Heraldo Alavés, Año III, nº 615, 10-2-1903