El Trienio Liberal en el Alto Nervión (1820-1823)

 

Al regreso de Fernando VII al trono en 1814 una vez finalizada la Guerra contra los franceses, siguieron seis años de restauración absolutista en los que se trató de hacer como si los acontecimientos políticos de la Guerra de Independencia no hubieran sido más que una tormenta pasajera, persiguiendo y eliminando todo elemento liberal. Fue en vano, ya que el conflicto entre liberalismo y tradición, entre lo nuevo y lo viejo,  acabaría por estallar de nuevo.

como-era-fernando-vii-rey_62_733x491
El borbónico rostro de Fernando VII, conocido por sus proboscídicos genitales y considerado por muchos como el peor rey de España, que no es decir poco.

 

En los primeros meses de 1820, una serie de sublevaciones militares obligaron al rey a jurar la Constitución de Cádiz de 1812 inaugurándose así el periodo histórico conocido como el Trienio Liberal (1820-1823). Debido al golpe militar de julio de 1936, y también al mucho más reciente intento de asonada del 23-F, es frecuente que asociemos los golpes de estado militares con giros políticos hacia la derecha, el autoritarismo y la dictadura. No siempre fue así. Desde este preciso momento, la intervención del ejército en política por medio de pronunciamientos fue un hecho recurrente en la historia decimonónica española. Pero ello no significa que necesariamente fueran asonadas dictatoriales, absolutistas o conservadoras. En esto, como en tantas cosas, tendemos a proyectar equivocadamente nuestra visión del presente hacia el pasado.

Por lo tanto, el Trienio Liberal fue un giro hacia el liberalismo motivado por las presiones de sectores progresistas del ejército y, de este modo, significó el desarrollo en toda su integridad del proyecto liberal de Cádiz. En consecuencia, de acuerdo al texto constitucional, las aduanas interiores (como la de Urduña/Orduña) se trasladaron a la costa para crear un mercado unificado; se instauró el servicio militar obligatorio; y, en 1822, se generalizó un sistema fiscal nacional, idéntico en todo el territorio. Además, las formas de gobierno local tradicionales dejaron paso a ayuntamientos constitucionales y diputaciones provinciales de acuerdo con los preceptos de la Constitución. Por su parte, el proyecto de unir las tres provincias vascas en una única demarcación (si bien con ciertos cambios territoriales respecto a la configuración actual) no llegó a realizarse.

Rafael_Riego
El teniente coronel Rafael de Riego encabezó la insurrección contra Fernando VII el 1 de enero de 1820. El Himno de Riego, nombrado así en su honor, fue el himno de España durante el Trienio liberal; y el himno no oficial durante la Segunda República

Es de esperar que estos cambios hubieran generado una gran oposición en el País Vasco. Y en parte así fue, pero ni mucho menos provocó una reacción unánime. Por ejemplo, en Álava, y especialmente en su capital, no fueron pocos los que dieron la bienvenida al nuevo régimen con gran alborozo. Y es que sobre todo la burguesía mercantil y otros grupos con intereses comerciales consideraban necesario la apertura al mercado español mediante el traslado de las aduanas a la costa. Es por ello que consideraban el régimen constitucional como una forma de desarrollo superior al orden foral tradicional, que no rechazaban sino que consideraban complementario. A partir de este momento, se forjó el carácter liberal característico de la Vitoria-Gasteiz del siglo XIX, la que fue llamada “Atenas del Norte” antes de convertirse en una conservadora ciudad de “curas y militares”, como se decía en el primer tercio del siglo XX.

Por el contrario, el resto de la provincia, como todo el ámbito  rural vasco, se mostró hostil al régimen constitucional, posiblemente más por integrismo religioso que por una defensa foral acérrima. Sea como fuere, consideraron ilegítimo y pernicioso el nuevo gobierno y la oposición al mismo se expresó mediante la formación de partidas armadas absolutistas (“realistas” en terminología de la época). O, por decirlo de otro modo, guerrillas.

Pocos detalles conocemos de este conflicto armado que no se inició inmediatamente después de que el rey jurase la Constitución, sino que no comenzó hasta la primavera de 1822. En nuestra comarca, a finales de abril apareció una “faccióncilla” de 60 a 70 mozos entre Laudio/Llodio y “la Peña de Orduña”. En su captura salió una tropa militar y 50 voluntarios desde Bilbao, así como 40 granaderos desde Vitoria-Gasteiz. Pero no tenemos más datos al respecto.

Posteriormente, en noviembre, el mismo grupo u otra fuerza de “facciosos” había ocupado Urduña/Orduña y desde allí pasaron a Artziniega para atacar la guarnición de Villasana de Mena. En su persecución iban las fuerzas militares de Antonio Seoane, comandante militar interino de Bizkaia. Su avanzadilla derrotó a la “gavilla” de Fernández en las inmediaciones de Amurrio, causándoles 3 muertos y 10 prisioneros. Ante esta situación, los realistas abandonaron Urduña/Orduña para refugiarse en Unza y Murgia.

Los acontecimientos del Trienio Liberal cobran especial relevancia de cara al futuro debido a que estas partidas realistas constituyen el origen de las futuras partidas carlistas, no solo por emplear el mismo recurso estratégico y táctico y beber de los mismos planteamientos ideológicos, sino porque las primeras quedaron institucionalizadas en el régimen posterior, de modo que los individuos, y sobre todo los caudillos, que lideraron partidas armadas en 1833 formaron parte de este movimiento insurreccional en 1822 y 1823.

Uno de ellos fue Juan Felipe de Ibarrola Mendibil, natural de Urduña/Orduña, capitán del tercer batallón de Álava y uno de los personajes más olvidados de nuestra historia reciente[1]. Según su biografía contenida en la página de la Real Academia de la Historia, se habría alzado en armas ya en enero de 1822. El 21 de enero de 1823, y tras haberse distinguido en varias acciones militares fuera de nuestra comarca, Ibarrola se encontraba en El Berrón con 80 infantes y 50 caballos cuando fue atacado por fuerzas constitucionales muy superiores en número, por lo que realizó una larga retirada hasta Espinosa de los Monteros para, al día siguiente, y rompiendo la nieve del camino, llegar a Urduña/Orduña y batir a la guarnición de esta ciudad. El 20 de febrero atacó nuevamente la localidad con 40 hombres y, a pesar de que la guarnición estaba compuesta de 160, consiguió  derrotarlos y encerrarlos en la Aduana.

Dos días después, dirigió un nuevo ataque: viéndose perseguido por 1.500 hombres, y estando fatigados y escasos de municiones, llegaron al puente de Menditxueta a las 7.30 de la mañana, estando las fuerzas constitucionales de Alejandro O’Donnell ya en Amurrio. Ibarrola dejó fuerzas en el puente y se fue a caballo hacia Urduña/Orduña con seis hombres, cuatro de los cuales quedaron en el puente de El Prado y el quinto fue situado en la “puerta de Bilbao”, que estaba desprotegida.

Aduana de Orduña

Ibarrola entró solo en la ciudad por la Calle Vieja, llegó hasta la plaza y encaró la Aduana con su trabuco. Un centinela llamado Manuel Ramírez, en lugar de hacer fuego, levantó el puente levadizo que habían instalado y se cerraron dentro del edificio. Al parecer, Ibarrola estuvo disparando al fuerte por espacio de dos horas, y era contestado desde dentro. No era más que una maniobra de despiste.

Mientras tanto, las fuerzas de O’Donnell se dirigieron a Saratxo y, persuadido por el tiroteo (que al parecer escuchaba, o del cual fue informado) de que la guarnición estaba siendo atacada, se dirigió hacia la ciudad. Entonces le llegó el aviso a Ibarrola de que los constitucionales iban hacia allí, por lo que fue en busca de su partida; sin embargo, como inmediatamente después entró un capitán del ejército en la plaza, los de la guarnición creyeron que se trataba de la partida realista y la emprendieron a tiros contra ellos.

Por su parte, Ibarrola se había reunido con sus fuerzas y marchó por los montes de Lezama, Astobiza y Baranbio para regresar a Amurrio sin ser detectados por la retaguardia del ejército, y continuar después hacia Balmaseda.

Un par de días después, la guarnición de Urduña/Orduña se retiró a Vitoria-Gasteiz e Ibarrola se hizo con el control de la ciudad: allí pudo armar, equipar y restaurar su batallón, así como al 2º de Álava, otro batallón vizcaíno y dos nuevos que se formaron en Balmaseda. Dos armeros de la ciudad repararon las armas y los “muchos herreros” que en ella había hicieron infinidad de lanzas.

45032801
Prudencio de Sopelana Lecanda nació en Tertanga en 1800. Había estudiado Derecho en Valladolid cuando en 1822 se unió a las partidas realistas. Fue en la Primera Guerra Carlista cuando alcanzó su cénit como uno de los principales militares carlistas. Construyó el edificio que actualmente alberga la Biblioteca en Amurrio. Habrá ocasión de hablar más extensamente sobre el.

 

Poco después, en abril de 1823, se restauró la monarquía absolutista de Fernando VII con la intervención del ejército francés, país que volvía a ser una monarquía, fuerza que fue conocida como “Cien mil hijos de San Luis”. Aguardaban otros diez años de gobierno absolutista en la llamada “década ominosa”.

Pero en el Alto Nervión debieron ser muy pocos los descontentos con esta perspectiva. El 20 de octubre de 1823, destacados vecinos de la ciudad de Urduña/Orduña como el comandante Juan Antonio de Goiri[2], su segundo Manuel de Yarritu Izarra, su ayudante Ildefonso de Echevarria Pinedo, junto a José de Pereda Aguirre, José de Salazar, Román Ángel de Beraza Urruela, Pedro Nolasco de Anda Jugo y Félix Hilario de Echevarria Pinedo, escribían una carta al rey en la que se congratulaban por su retorno y por el fin de la “espantosa esclavitud en que ha gemido por espacio de tres años y medio”. Afirmaban que los enemigos del rey, en el Trienio Liberal, no habían conseguido sumar ni un solo voluntario en la ciudad: intentan forzarnos con el fuego y el cuchillo; una vanda [sic] de asesinos se presenta a obligarnos con las bayonetas; pero decididos a morir antes de permitir que nuestros nombres sean escritos ni aun por la fuerza en el libro de los que debían defender la impiedad y la traición, empuñamos denodados el cuchillo y gritando muera la Constitución, formamos el primer ejército de los defensores de la Religión y del Rey”. Decían que a pesar de no pasar su población de 500 vecinos (es decir, familias), formaron cinco compañías de Voluntarios Realistas. Finalizaban la misiva solicitando duros castigos y la total eliminación de la vida pública de los defensores de la Constitución.

En definitiva, la experiencia del Trienio Liberal constituyó un símbolo y una referencia para los liberales que deseaban la aplicación de un régimen constitucional, que tenía en el texto de 1812 su principal hito, cada vez más mitificado. Por el contrario, la conclusión que amplios sectores de la población de nuestra comarca extrajeron de esta experiencia fue que el proyecto constitucional liberal difícilmente iba a ser compatible con la “constitución provincial”, al haber alterado sus formas de gobierno tradicionales, sus usos y costumbres. Del alcance de los cambios experimentados en las instituciones de gobierno durante estos tres años en nuestra Tierra, no sabemos casi nada.

Finalmente, tras la restauración absolutista, Fernando VII gobernó de nuevo sin constitución y sin Cortes hasta su muerte en 1833. En este periodo, en las provincias vascas se produjo el reforzamiento de las instituciones provinciales de gobierno y especialmente de las diputaciones, que eran las que administraban de manera efectiva el territorio por encima de la Junta General. Todo ello en un marco de entendimiento entre la corona y las diputaciones, que actuaban como agentes de la misma en las provincias.

 

[1] Juan Felipe de Ibarrola Mendivil nació en Urduña/Orduña en 1798, fue coronel graduado de infantería y pertenecía a una familia destacada en la comarca. Así, su padre fue  Juan Enrique de Ibarrola Mugaburu, natural de Etxegoien, administrador de la Real Renta de Correos y de la Renta del tabaco en Urduña/Orduña. Su hermano Rafael, nacido en 1807, mandó el 5º Batallón Alavés y fue conocido como “Ibarrolilla”. Juan Felipe fue uno de los primeros en proclamar a Carlos V como rey en octubre de 1833, lo que hizo en su ciudad natal; sin embargo, fue apresado y trasladado a Santander tras el fracaso carlista en la Acción de Vargas apenas un mes después, el 3 de noviembre. Según cuenta en una nota a pie de página William Walton en el segundo volumen de “The Revolutions of Spain”, su mujer se postró ante la reina pidiendo clemencia para su marido, de modo que se le perdonó la vida y fue deportado a Puerto Rico, donde falleció al de poco tiempo. Debido a su indulto, la viuda pudo gozar de una cómoda pensión por el grado de coronel de Juan Felipe.

[2] Juan Antonio de Goiri Olabarrieta nació en Laudio/Llodio en 1792. En 1812 se alistó en el ejército en Potes para luchar contra los franceses y el 4 de agosto de ese mismo año participó en una acción en Urduña/Orduña. En 1833 se dedicaba al comercio y fue nombrado Primer Comandante en la sublevación carlista.

Anuncios

Venturas y desventuras de unos guipuzcoanos

 

 

A las cuatro de la tarde del día 4 de diciembre de 1779 tres hombres fueron detenidos en la taberna de Bengoetxea de Abajo del valle de Orozko. El alcalde y juez ordinario Melchor Antonio de Cerrajería había pasado a realizar la detención con su ministro de vara y otros guardas tras haber sido informado de que en dicho lugar se encontraban unos forasteros, “parece son guipuzcoanos”, que llevaban varias jornadas haciendo mansión a puerta cerrada y sin trabajar, de modo que se sospechaba que eran personas de mal vivir. Si a ello sumamos que en fechas recientes se habían producido algunos robos en Baranbio, atribuidos por las habladurías locales a unos forasteros que allí se encontraban trabajando, el alcalde no necesitó mucho más para llevarlos a la cárcel pública de Orozko, alojarlos en celdas separadas y proceder a su interrogatorio.

Se llamaban Ignacio y Alejandro de Alcain y Juan Pérez de Zubiaurre; su compañero Joaquín de Olarriaga se había librado de la detención porque esa jornada había ido a Bilbao a recoger unos calzones que le había hecho Antonio de Ugarriza, de modo que al regresar se encontró con que sus compañeros habían sido detenidos. Suponemos que debió ser el miedo y/o la cautela lo que le llevó a dejar Orozko y buscar cobijo en Laudio, en la casa de una viuda llamada Josefa, que llamaban Alzarrate (suponemos que se refiere a la casa, pero es posible que a ella también).

Joaquín no se presentó ante las autoridades hasta el 18, catorce días después de la detención. ¿Acaso estuvo atando cabos y preparando una declaración que vino a ser coincidente prácticamente en todo con la de sus compañeros? Bueno, no consideramos que esto sea lo más importante. Vaya por delante que la falta de pruebas tangibles, la presentación de unos testimonios coherentes o al menos coincidentes entre sí, la demostración de su hidalguía y la ratificación de su nobleza y buena conducta por algunos paisanos guipuzcoanos fueron suficientes para resultar absueltos tanto por la justicia ordinaria del valle de Orozko como por la Audiencia de la Chancillería de Valladolid, que era el tribunal superior de justicia de la época.

Lo que más nos interesa es presentar un ejemplo de la cotidianidad, sobre todo de una forma de vida sobre la que no se ha hablado demasiado. Porque el campo, lejos de ser un remanso de paz y un acogedor y bucólico entorno en el que el casero de turno labraba sus tierras con esfuerzo pero con independencia y suficiencia, sin duda fue tremendamente hostil con los menos favorecidos, y obligó a miles de personas, cuando no a emigrar de manera definitiva, sí a pasar largas temporadas trabajando fuera de casa en una vida nómada y sin domicilio fijo. Es el caso de nuestros protagonistas que, como tantos y tantos guipuzcoanos, llegaron al valle del Nervión y zona de Altube para ganar un jornal con su trabajo diario y así poder subsistir.

 

El primero en recalar en nuestra zona en aquel año de 1779 fue Ignacio de Alcain Olarriaga, nacido en Larraul en 1752 pero criado en Zizurkil, y vecino por entonces de Azkoitia. Debía tener bastante experiencia y llevar años frecuentando estos lares; no obstante, en 1774 bautizaron un hijo en Bilbao. Su mujer Ignacia de Echezarreta Mugarbe, de hecho, ya tenía familia en Altube y sus proximidades: su hermano Ignacio fue merino de la Tierra de Ayala en 1773 como vecino que era de Lezama en el caserío Amezketa. Fue carbonero y murió despeñado en Gujuli en el verano de 1781. Otro hermano suyo, Manuel, vivió también en las inmediaciones, ambos desde la década de los cincuenta, y casados con dos hermanas de ascendencia guipuzcoana. Las redes familiares fueron muy importantes, trascendentales, en estos desplazamientos desde Gipuzkoa hasta el Alto Nervión y otros lugares del occidente vasco. Sin ir más lejos, sus primos los Mugarbe también se instalaron en Astobiza y adyacentes.

Pues bien, Ignacio se despidió de su mujer en febrero de 1779 para ir a Laudio, donde le esperaban dos primos suyos, Miguel Ignacio de Amuchategui (que no era su primo carnal, dos años después se casó en el mismo Laudio) y Antonio de Larrañaga Alcain, trabajando para una viuda llamada Ana María en la casa llamada “Ybagozaoga”. Ignacio pasó la primera noche en la casa de Iturralde, propia de un hombre llamado Francisco, para quien trabajaron unos cuantos días.

El modus operandi de estos individuos era emplearse allí donde se les requiriera acordando previamente el trabajo a realizar y el salario que iban a percibir bien fuera por jornada trabajada o, más habitualmente, en función del trabajo realizado. En el ínterin, solían habitar en la casa de la persona que les contrataba, que en muchos casos eran personas muy pudientes en el contexto local. Alcain y sus primos, por ejemplo, siguieron trabajando por unos días en Aretxaltuaga; veinte días en la casa de Izagirre en Gardea, que era de Ignacio de Olabarrieta y luego en Atxeta. De aquí pasaron a Okondo para emplearse cuatro días en la casa de Urteaga, de Francisco de Artecona, en la casa de Izaga, de Juan José de Lezama, y en la del alcalde ordinario del valle aquel año.

Entonces, regresaron a Laudio para trabajar en casa de Bartolomé de Ibarrola por cuenta de su padre José. Fue entonces cuando llegó su hermano Alejandro, 6 años menor que Ignacio, nacido ya en Zizurkil. Era joven, tan solo 21 años, pero había pasado los dos años anteriores formándose en el oficio en Donostia con un maestro constructor de navíos, y sabía escribir, a diferencia de su hermano. Alejandro no hizo el desplazamiento a solas sino que salió de Zizurkil en compañía de Martín de Alcorta sobre el 17 o 18 de abril rumbo a Ugao-Miraballes, probablemente a casa de Juan Antonio de Hernani, que había escrito para que le sirviera de contramaestre en la carpintería del maderamen que cortaba para construcción de navíos. No parece que finalmente llegaran a un acuerdo de modo que fue reclamado por su hermano Ignacio para que le ayudase en las obras que manejaba en los valles de Okondo y Laudio, a donde pasaron el día 25 o 26 de abril para trabajar en casa del dicho alcalde ordinario de la cuadrilla de Okondo mientras sus primos fueron a trabajar a casa de un vecino de la plaza de Laudio y les perdemos la pista en esta historia.

Pero, ¿por qué? ¿Cuál es la razón por la que los guipuzcoanos encontraban un sustento en la zona del Nervión-Altube y no en sus localidades natales? El propio Alejandro nos explica sus motivos personales: “en dha villa de Zizurquil no hallaua jornal tan superior como el que se consigue por estas circunferencias pues le dan ocho reales diarios y en aquella villa no llegan más de cinco”. Oferta y demanda. En el Alto Nervión, los salarios eran mayores, probablemente por ser la mano de obra más escasa para estas labores de carpintería, leñador y carbonero que mayoritariamente desempeñaron guipuzcoanos y, en menor medida, navarros, vascofranceses, bearneses y vizcaínos. Por el contrario, los naturales del Alto Nervión practicaron con enorme frecuencia la arriería.

La emigración guipuzcoana a esta zona la conocemos de manera especial por aquellos que se casaron y se establecieron, como fue su caso, ya que Alejandro se casó en Orozko en diciembre de 1782 y murió en este lugar en 1833. Pero hubo muchos que simplemente vinieron a trabajar una o varias temporadas y regresaron sin más contratiempos a su lugar natal. Es lo que parece que ocurrió con su hermano Ignacio.

 

Retomamos el periplo de nuestros protagonistas con los hermanos dejando Okondo para regresar a casa de Bartolomé de Ibarrola, momento en que se unieron a ellos su primo Joaquín de Olarriaga Zialceta y Juan Pérez de Zubiaurre Ansa. Joaquín había nacido en Asteasu en 1748 pero se trasladó a vivir a Zizurkil a corta edad, pueblo del que procedía Zubiaurre. Ambos eran solteros y carpinteros. La víspera de San Pedro, salieron con destino a la casa de Hernani en Ugao para que les proporcionase en qué emplearse como había hecho el año anterior, pero como no tenía obra en qué ocuparlos y Joaquín había recibido una carta de su primo Alejandro, fueron al valle de Laudio y se reunieron el sábado 3 de julio.

Los cuatro juntos trabajaron diecisiete días para Ibarrola. Después, Olarriaga se fue por su cuenta para emplearse por espacio de unos dos meses haciendo carbón para un vecino del mismo Laudio que se llamaba Bautista. Por esa época también regresó brevemente a su casa de Zizurkil antes de regresar y continuar el trabajo donde lo había dejado. Los otros tres trabajaron catorce días para Pedro Antonio de Ugarte, que por aquel entonces ya residía en Katuja, seis días para un tal Simón residente en la plaza de Laudio, catorce para José Iñigo de Aldama, tres para el vicario Manuel Fernando de Orue y otros tres para Ignacio de Olabarrieta, justo cuando regresó Olarriaga, poco antes de la festividad de San Miguel, el 29 de septiembre.

 

Tras pasar dos días en la citada casa de la viuda de Alzarrate, un tal Manuel, que era oficial tirador de la ferrería de Jauregia, en Berganza, los contrató para serrar “coloma” y tabla para el propietario de dichas instalaciones, que era Domingo Santiago de Arriaga. Los cuatro dijeron que era menester saber de fijo el jornal diario que les habría de pagar por cada día que estuvieran en Altube así como por lo que serraran, pero Arriaga les tranquilizó diciendo que no les quitaría nada y que el precio lo regularía una persona “inteligente” en la materia nombrado para ello de conformidad entre ambas partes.

Este trabajo les llevó unos cuarenta días y lo desarrollaron tanto en los montes de Altube como en el mismo Berganza. Estuvieron alojados por orden de Arriaga en la casa-posada y taberna de Pedro de Salcedo y Tomasa de Aldama, que debía estar en el mismo barrio. En todo ese periodo, solamente Ignacio de Alcain faltó algunas jornadas por haber ido a Azkoitia a llevarle a su mujer unos reales que había cobrado de Pedro Antonio de Ugarte por la venta de una vaca con su cría y por jornales de los días que había estado trabajando para él.

Parece que fue el día 13 de noviembre cuando quedaron para liquidar los jornales con Arriaga y se recurrió como tasador al maestro ensamblador y perito agrimensor Pedro de Orue, vecino de Orozko. Sin embargo, una vez que realizó su tasación, Arriaga le arrebató el papel de las manos y le dijo que no era válido ni podía darle estimación por los precios tan elevados en que había regulado la cantidad de tabla y coloma cortada. Lógicamente, los carpinteros se enfadaron y protestaron. Finalmente, y a pesar de que Arriaga consiguió rebajar el precio final, el lunes día 15 acordaron concluir el trabajo a cambio de ciertas cantidades que Arriaga, de quien dice que hablaba con mucha “fogosidad”, parece que tampoco satisfizo, de modo que se despidieron muy disgustados con él por su mal comportamiento.

El domingo 28 de noviembre, tras asistir a misa en Baranbio, los cuatro guipuzcoanos salieron para Orozko portando sus herramientas de trabajo (dos sierras mayores y sus hachas) ya que sus ropas y efectos personales quedaron en casa de Salcedo con orden expresa de que su mujer Tomasa las remitiera a la taberna de Bengoetxea, lo cual cumplió por medio de Domingo de Adaro de Aspe el 1 de diciembre.

Olarriaga y Zubiaurre pasaron esa noche en la casa-mesón de Gabriel de Mendiolabeitia en Zubiaur. Habían ido allí con intención de encontrarse con Francisco de Mújica y con Martín, un primo de Zubiaurre, que estaban trabajando para Sebastián de Rotaeche, del caserío Gorostiza, pero no los encontraron. Durmieron junto a dos hombres, uno de ellos de Baranbio. Este detalle aparentemente sin trascendencia alguna revela que fueron preguntados por la compañía que tuvieron en dicho mesón con el fin de averiguar su coartada, por motivos que más adelante comentaremos.

El día siguiente, lunes, lo pasaron entero en la posada de Bengoetxea y parece que esa noche se corrieron una pequeña juerga. Según las propias palabras de Olarriaga, cenaron los cuatro con Josefa la tabernera, Ana María mujer de un herrero y una muchacha que llamaban Catalina, que al parecer venía de la ferrería de Torrezar, y se acostaron sobre la medianoche porque se habían divertido bastante con dicha moza y la tabernera cantando y danzando al son de una “trompa”.

La tabernera, que en el momento de la detención también fue llevada a prisión para que prestase declaración, se llamaba Josefa de Jauregui Aguirre. Según parece, fue bautizada en la localidad alavesa de Luko en 1754, quizá por haberse hallado allí sus padres de manera accidental. Era hija de María de Aguirre Berganza, natural de Astobiza, y de Francisco de Jauregui Barrones, que por aquel entonces estaba encamado  como consecuencia de unos golpes que le habían dado en la cara. Olarriaga no sabía ni su nombre ni su apellido porque solían llamarle “Laudio”, de donde era natural. Lo curioso de todo el caso es que la dicha Josefa se casó el 1 de febrero de 1781 precisamente con Juan Pérez de Zubiaurre. En el momento de los hechos, Josefa tenía un hijo natural -en caso de que hubiera sobrevivido, que no lo sabemos- de un año de edad cuyo padre fue Joaquín de Isasi Hierro-Olabarria.

 

Bien, pues al día siguiente los cuatro pasaron a la feria de San Andrés en Gordejuela, donde estuvieron tres días con sus noches en una casa que Maria, la madre de la tabernera, tenía alquilada para tal menester, no sabemos con qué fin concreto. En este intervalo se dedicaron a charlar con la gente y especialmente con los muchos conocidos que Ignacio de Alcain tenía en la zona por el largo tiempo que había estado trabajando, sobre todo en Laudio. De hecho, estuvo tratando con un vecino de dicho valle sobre un posible trabajo. En efecto, Ignacio quedó con Francisco el de Rementeria, vecino de Laudio, que el día 5 (el siguiente a su detención) iría a su casa, que estaba cerca de la que había construido nuevamente Juan de Barrones, a ver y reconocer unas maderas que tenía para serrar tabla. Incluso había apalabrado un trabajo para la primavera próxima en la casa de uno de los dos regidores de Orozko, cuyo nombre y apellido desconocía, pero, dijo, “era el más alto”.

Regresaron a Orozko, no sin haber tenido un encuentro al anochecer en la zona de Burullaga, que se achacó como un fallido intento de robo, del que nada se llegó a esclarecer pues las pruebas en este sentido no tenían ninguna claridad. El día siguiente a su regreso, que a su vez fue el anterior a la detención, lo pasaron entero en Bengoetxea sin salir, lo que generó las sospechas definitivas que llevaron a su detención por esta actitud poco habitual en una sociedad en la que un exceso de privacidad era conceptuado como sospechoso. Los guipuzcoanos explicaron que permanecieron todo el día en su habitación sin bajar al espacio común por el cansancio del viaje y por hacer compañía a Zubiaurre, que estaba delicado y no se habría levantado de la cama. Argumentaban que, siendo día laborable, si les veían en la taberna podrían conceptuarles de personas ociosas, por lo que comieron y bebieron en su habitación sin dejarse ver.

Los robos que se les imputaba fueron dos. El primero tuvo lugar la noche del 10 de noviembre, cuando cuatro hombres, dos armados con escopetas y otros dos con palos, entraron en el caserío Presabarri de Astobiza a cometer un robo. Pronto se dijo en Baranbio que ellos eran los responsables, y al parecer incluso el mismo Arriaga lo declaró. El otro ocurrió muy cerca de allí, en la casa de la viuda de Mateo de Zulueta en Ziorraga (Ziorragagoiko, concretamente), la noche del 29 de noviembre. Se supone que ocurrió la noche del 28 al 29 y por eso tanta pregunta y sospecha por el hecho de que Olarriaga y Zubiaurre no durmieran en Bengoetxea aquella noche.

Indagaron sobre todo en el primer incidente, en el que se involucró también a un tejero francés, llamado Carlos, que trabajaba para el potentado de Orozko Manuel Tomás de Epalza. Aquella noche el tejero durmió con los guipuzcoanos en la posada de Salcedo,  en la misma cama con Zubiaurre y Olarriaga según declararon. Dijeron que estuvieron charlando por el “mucho conocimiento que tenían con él”, especialmente Zubiaurre, que le prestó un jubón blanco de lienzo fino. En ese rato, llegó Arriaga y, sentándose en una porción de tabla, se jugaron “con naipes al q llaman del mus” dos azumbres de vino clarete y un pan, de modo que llegó la noche y persuadieron al francés para que durmiera con ellos y regresara a su tejera al día siguiente. Por cierto, que el pobre tejero perdió y tuvo que pagar las viandas al mucho más pudiente Arriaga, que sin embargo racaneó sin pudor a la hora de desembolsar los salarios de sus obreros.

Ignacio declaró que aquel día 10 de noviembre Zubiaurre y el francés habían ido a su morada hablando en secreto, pero nada malo había conceptuado de ello por la mucha amistad que tenían. Alejandro declaró que al día siguiente había llovido mucho y no salieron de la casa.

Por otro lado, era cierto que tenían dos escopetas: una era suya y la había armado en Eibar el diciembre anterior habiendo comprado el cañón a José de Galíndez, el cirujano de Laudio, y la llave a Javier de Muñuzuri. La otra escopeta se la había prestado el citado Arriaga para que durante su estancia en Berganza salieran a cazar perdices y liebres con el perro perdiguero de Arriaga y dos sabuesos que habían traído ellos, uno de ellos al parecer robado en Asteasu. De hecho, habían salido a cazar con Arriaga en dos días que no eran “feriados” o festivos.

Zubiaurre y el tejero se habían conocido, según dijo el primero, en la romería de Santa Ana en el barrio de Acheta (y no Areta, según la fuente) en Laudio por el mes de julio, no hacía tanto tiempo, pero habían coincidido en otras fechas señaladas como las novilladas de San Antolín, en la de San Miguel en Baranbio y el 28 de octubre en que por la noche llegó Carlos con un criado suyo a la posada de Salcedo junto a Olarriaga y Alejandro diciendo que venían todos de la romería de la ermita de San Simón y Judas “que tiene entendido de ellos mismos es sita entre los lugares de dho Barambio y el de Lezama”, día que Zubiaurre invirtió en la caza de perdices con la escopeta que le prestó Arriaga. Se trata, por cierto, de una de las más antiguas menciones que tenemos de la ermita de Aldama y seguramente la primera que hace referencia a una romería.

Por cierto, que Zubiaurre también fue preguntado si había tomado parte en un gran robo de caudales entre Bilbao y San Sebastián junto a un hombre llamado Perico el Gordo, que estaba preso en la cárcel donostiarra.

 

Como hemos dicho, nada se pudo probar y los acusados fueron absueltos. Cada uno de ellos siguió con su vida, Alejandro de Alcain y Zubiaurre establecidos en Baranbio, Ignacio seguramente continuó viviendo en Gipuzkoa, Joaquín se casó en 1783 con una hermana de Zubiaurre en Zizurkil, donde murió en 1810. Los años pasaron y durante aproximadamente otro siglo muchos guipuzcoanos continuaron viniendo a Orozko, Laudio, Altube y el Alto Nervión en general, por una temporada o para toda la vida, a trabajar en el monte y en las ferrerías. Continuó habiendo ocasionales robos, algunos se esclarecían y otros no; algunos no dejaron de fundir en el juego y la taberna lo ganado con tanto esfuerzo o simplemente lo robado a algún arriero o caminante; y el común de los hombres y mujeres de esta tierra continuaron tratando de salir adelante en un mundo, el rural, en el que no ha lugar a idealizaciones.

 

 

FUENTE:Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3480, 11

El Alto Nervión en la era de la primera industrialización vasca

Con un carácter más científico y mayor atención a las formas que en este blog, recientemente he publicado este artículo en la Revista Sancho el Sabio en el que abordó los retos a los que el Alto Nervión hubo de hacer frente cuando la Ría de Bilbao comenzó a desarrollarse e industrializarse en la segunda mitad del siglo XIX. Es una época de gran crisis económica para nuestra comarca, de emigración y cambios, como podéis leer en el artículo que aquí enlazo

Nuevos datos para la historia lingüística del Alto Nervión

 

 

De vez en cuando la gente me pregunta por el momento en que el euskera nativo se perdió en la comarca. Algunos esperan obtener una respuesta concreta y sencilla, que evita entrar en mayores consideraciones sobre nuestro pasado al mismo tiempo que encuentra un factor externo que explique la razón por la que el euskera autóctono es una lengua desaparecida. Hablamos, claro está, de Franco.

Pero la realidad nunca es tan simple: el panorama lingüístico de los últimos siglos de nuestra historia es mucho más complejo de lo que hemos creído, pero las fuentes de información disponibles son limitadas y pocas respuestas categóricas podemos aportar. La recopilación de datos sobre la presencia pasada del euskera en el Alto Nervión más completa en lo que respecta a la elaboración de una cronología que estudie el proceso de desaparición de la lengua vasca en este lugar lo constituye el  artículo que publiqué en agosto en la revista Kondaira.

A pesar de que su publicación es reciente, por fortuna continúan apareciendo datos que nos ayudan a presentar un panorama cada vez más definido al respecto, si bien aún insuficiente. Vamos con ello.

 

El expediente para la concesión del hábito de la Orden de Santiago al Capitán Juan de Ugarte Berganza, natural de Lezama, en el año 1638, es un documento de gran valor por muchas razones, entre ellas por los poco habituales datos lingüísticos que contiene. Para ponernos en contexto, la obtención de este hábito conllevaba una investigación previa en la que dos caballeros de la Orden se desplazaban a la localidad natal del sujeto para investigar su nobleza, lo que hacían interrogando a testigos, visitando el solar del que procedía, compulsando partidas sacramentales, testamentos, etc. Y así se efectuó también en el caso del Capitán Ugarte.

Es relativamente frecuente que estos, llamémosle investigadores, hubieran de recurrir a intérpretes locales para entenderse con unos lugareños que hablaban exclusivamente euskera. O al menos eso nos consta en ciertos casos paralelos, incluso en la provincia de Álava. Pero nunca había visto tal cosa en los expedientes de acceso a esta y otras órdenes por parte de naturales de nuestra comarca. Ello puede deberse a dos motivos principales: que no necesitasen intérprete alguno o que, aún necesitándolo, no se hubiera reflejado así en la documentación. Consideramos que esta segunda opción solo se habría producido en el caso de que uno de los receptores supiera euskera y hubiera ejercido directamente como intérprete, papel que frecuentemente solían desempeñar los mismos escribanos que generaban los documentos escritos.

Debido a que por parte de dos de los hombres más poderosos de la zona se trató de obstaculizar el ascenso de Juan de Ugarte mediante la falsa acusación de ser descendiente de judíos, se tomó declaración a una inusual cantidad de testigos. Solo en Lezama se examinó a unos cuarenta hombres, la mayoría de esta localidad pero también los hubo de Amurrio, Larrinbe e Inoso. Pues bien: ni uno solo necesitó intérprete, todos sabían castellano. Es cierto que entre los testigos hubo sacerdotes y escribanos. Es cierto que bastantes testigos firmaron sus declaraciones de su puño y letra, lo que significa una mínima capacidad de lectura y escritura (en castellano, por supuesto).

Pero el dato más significativo de todos es que también hubo bastantes testigos que no sabían firmar, que serían por lo tanto analfabetos, que no habían acudido a ninguna escuela, por rudimentaria que fuera (en Lezama consta que precisamente el abuelo del Capitán enseñó a muchos jóvenes) ni recibido ningún tipo de formación más o menos básica, y aún así conocían el suficiente castellano como para entender y comunicarse correctamente con los dos receptores. Recordemos que estamos en 1638, y que la mayoría de los testigos eran personas de cierta edad, nacidas en la segunda mitad del siglo XVI.

También fueron examinadas dos mujeres. Una de ellas, vecina de Lezama y de edad aproximada a los 90 años, también sabía castellano. Pero la otra no. Se llamaba Francisca de Elexaga, era natural de Amurrio y vecina de Larrinbe, en el barrio Mendibil, donde estaba casada con Diego de Sautu (“no nos entendia lo que la hablabamos y preguntabamos por no saber hablar mas que bascuence”). Por este motivo, nombraron por intérprete nada menos que a Antonio de Murga Esquibel, señor de la casa de Murga.

Por lo tanto, lo que podemos decir es que ya para entonces el castellano era lengua extendida entre Lezama y alrededores. Pero tenemos también a una mujer que podía hacer vida sabiendo solo euskera. Y tenemos también a uno de los personajes más importantes del Alto Nervión, el señor de Murga, conocedor de esta lengua, lo que significaría que el euskera se hablaba también en el seno de las familias más adineradas y que era lengua habitual en la comarca. Hay que pensar que el bilingüismo fue un fenómeno mucho más habitual de lo que pensamos.

A continuación, los receptores pasaron a los lugares de Baranbio y Laudio, los cuales, como es sabido, fueron los últimos en perder el euskera prácticamente en los inicios del siglo XX. Pues bien: en Baranbio, tres de los nueve testigos (Martín de Aranguren, Martín de Onsoño y Sebastián de Isasi) examinados necesitaron intérprete, que fue Pedro de Berganza; y varios de los que no lo necesitaron no sabían firmar.

Por el contrario, en Laudio todos los testigos menos dos necesitaron intérprete.

 

Otras probanzas para la obtención del hábito fueron realizadas en Lezama antes y después. En 1625, cuando se concedió el hábito de Santiago a Hortuño de Ugarte Iturriaga, descendiente de la torre de Jauregia en Berganza, al menos uno de los testigos necesitó de intérprete, que fue a la sazón un vecino de Lemoa. El testigo euskaldun era un anciano apellidado Sagun, vecino de Baranbio, cuyo nombre no se ve con claridad en el documento. Sin embargo, no parece que lo necesitaran otros vecinos de la zona como Juan de Larrea de Vidaur, Juan de Arrategui, Pero Verde, Pedro Ortiz de Berganza, Pedro Hernando de Berganza y Juan de Berganza, por no hablar de otros mucho más cualificados y pertenecientes a la “jet set” local del momento.

En 1636 llegaron dos receptores que examinaron a nueve vecinos de Lezama para la concesión de la Orden de Santiago a Juan de Urbina Eguiluz, descendiente de la casa-torre de Egiluz; y en 1639 se tomó declaración a otros vecinos como parte de la investigación del abuelo materno de Antonio de Isasi Eguiluz, descendiente de la misma casa. Recordemos que fue en 1638 cuando se investigó al Capitán. Por lo tanto, tenemos tres casos en fechas muy cercanas. No hemos dejado de advertir el detalle de que los declarantes en los tres casos fueron prácticamente los mismos. ¿Cabe la posibilidad de que fueran presentados como testigos precisamente por su conocimiento del castellano? Es una opción.

Por último, ninguna referencia lingüística obtenemos del expediente de Lucas de Careaga Urrutia, del año 1707, cuando fueron examinados varios testigos de Lezama, alfabetos y analfabetos, si bien en este caso contemplamos la posibilidad de que uno de los dos receptores supiera euskera.

 

El expediente de Juan de Ugarte nos reserva una sorpresa, y es que el documento trae anexo un pleito que su padre Martín trató con la familia Balza de Berganzagoitia en 1588, muy rico en detalles de todo tipo.

El pleito tuvo lugar en el tribunal del Alcalde Mayor de Ayala y pasó ante el escribano de Amurrio Cristóbal de Ugarte. Al ser familia lejana y, al parecer, afín a Martín de Ugarte, Juan Balza de Berganzagoitia obtuvo la facultad para elegir escribano acompañado, es decir, un escribano que actuara de su parte y “vigilara” que su colega actuase conforme a derecho. Este papel recayó en el escribano Pedro de Menoyo, natural y vecino de Salmanton, personaje de cierta relevancia en la Tierra de Ayala en su época como se puede ver en sus libros de actas.

En un momento dado, Balza protestó que se habían presentado testigos que no sabían la lengua castellana y, dado que Menoyo no entendía “la lengua bascongada”, pidió que no fueran examinados hasta fuese con otro escribano acompañado que sí supiera el idioma (parece que este papel iba a recaer en Hernando de Ugarte, a la sazón hijo de Cristóbal y vecino de Lezama). Nunca se nos aclara quiénes fueron exactamente estos testigos euskaldunes monolingües, aunque sabemos que fueron dos.

De todos modos, hay que prestar atención al hecho de que, aún después de esta queja, Menoyo estuvo recibiendo testimonio de un montón de vecinos de Lezama, incluídas muchas mujeres de todas las edades, más susceptibles de no saber castellano que los hombres, sin que se diga nada sobre ello. ¿Cumplió esa función el escribano Cristóbal de Ugarte, que fue quien las puso por escrito? Es una hipótesis plausible, pero no explica la razón por la que, llegado el momento de tomar declaración a Martín de Pardío, vecino de Amurrio en el barrio del mismo nombre, hubo de nombrase un intérprete, papel que recayó en el escribano Domingo de Uriarte, del mismo lugar.

Por último, también se hace referencia a un baile que, “en lengua bascongada”, llamaban “a tabolin bolinete”, o algo similar. Una señal de la cotidianeidad de la lengua, la que emplearían en el día a día.

 

Todavía hay más. Cuando Martín de Pardío fue llamado a declarar por segunda vez, está escrito que su anterior declaración se le “dio a entender de verbo ad verbum”. La expresión “de verbo ad verbum” no es desconocida y en ocasiones puede hacer referencia a una traducción literal realizada de un idioma a otro, aunque no tiene por qué ser así si nos atenemos a su significado literal. Un caso en el que la hemos hallado es en 1790, cuando el escribano Félix Martinez de Marigorta hizo una notificación en “voz inteligible de verbo ad verbum” en la plazoleta de la iglesia de Lezama. Es atractivo deducir de ello que la notificación se hizo en euskera traduciendo el documento en cuestión pero la verdad es que no podemos afirmar tal cosa.

Por su parte, en ocasiones también leemos que a ciertas personas se les “da a entender” una notificación, una declaración, etc. Puede referirse exclusivamente a lo que parece: una explicación o una lectura, sin implicaciones lingüísticas. Pero, ¿y si así fuera? En este mismo pleito que nos ocupa en los últimos párrafos, a Diego de Padura de Echabarri, Juan de Alupazaga y al joven Juan de Aguirre se les leyó de verbo ad verbum su anterior declaración. Ninguno de los tres sabía firmar. Esta expresión también se emplea cuando el Alcalde Mayor, el Licenciado Francisco de Llanos, leyó una declaración a Ana Balza de Berganzagoitia. También en sendas lecturas que les hicieron a Gómez de Padura, Maria de Unzueta de Urtaran y Gregorio de Sauto, todos ellos menores de edad y vecinos cercanos; no ocurre lo mismo en el caso de otros cuatro vecinos de Lezama, dos de los cuales sabían firmar.

Esta misma expresión aparece en otro documento poco después, en 1600, cuando el escribano dio a entender a Pedro de Landazuri, vecino de Saratxo, una serie de preguntas formuladas por un receptor foráneo, y lo mismo ocurre con la anciana Catalina de Saracho.

 

Podemos concluir que en Lezama, y pueblos de su entorno como Amurrio, Larrinbe e Inoso, y en menor medida también en Baranbio, el castellano estaba bastante extendido entre los hombres, incluso entre aquellos que no habían recibido ni la más mínima instrucción básica. El hecho de que muchos hombres trabajaran como arrieros y realizaran frecuentes viajes a Castilla, La Rioja o Bilbao no explica este hecho por sí solo. Existían algunas escuelas rudimentarias y personas que enseñaban a título individual, pero también hemos visto que bastantes de estos castellanoparlantes no habían recibido formación alguna.

Pero, al mismo tiempo, se constata la existencia de personas que solo hablan euskera y de ciertos notables, como Murga y Uriarte, que también lo conocían, por lo que debía ser la lengua habitual en el seno de sus familias y en la comarca. Mi opinión es que el euskera era la lengua materna de la mayoría de la gente, al menos en la mitad oriental del Alto Nervión, y nunca mejor dicho lo de materna porque su supervivencia se ha debido sobre todo a las mujeres, que transmitían el idioma a sus hijos. Pero muchos hombres sabían también castellano, aprendido en la escuela, sirviendo en lugares de mayoría castellanoparlante o directamente enseñado por el padre u otro familiar varón; el conocimiento de este idioma facilitaba mucho las cosas, habida cuenta de que era necesario para la arriería, el comercio, la emigración, el servicio militar, la administración, etc.

Tampoco podemos pasar por alto el significativo detalle de que Menoyo no supiera euskera, otro notable, personaje activo en la Tierra de Ayala, natural de Salmanton; no solo es relevante que el no lo supiera, sino el hecho de que pudiera desempeñar su oficio sin conocer la lengua. Quizá en la mitad occidental del Alto Nervión el euskera estuviera menos extendido de lo supuesto.

 

En el artículo que he enlazado anteriormente, defiendo que el panorama lingüístico del Alto Nervión en siglos pasados fue más complejo de lo que tendemos a creer en esta época en la que los idiomas se emplean, por desgracia, como arma arrojadiza. Esta es una comarca caracterizada por la heterogeneidad, con grandes diferencias entre sus distintos componentes, y no iba a ser menos en lo lingüístico. El Alto Nervión fue, durante siglos, la frontera occidental del euskera; pero cada vez me parece menos conveniente usar el término “frontera” por implicar división. Más bien, fue el lugar de encuentro entre ambas lenguas, que por largo tiempo convivieron una junto a la otra: personas que solo sabían euskera y personas que solo sabían castellano junto a una amplia gama de gente que conocía ambas. Esa debió ser la tónica general en el conjunto del Alto Nervión, lo cual no quita que hubiera áreas donde el euskera debió tener una presencia más reducida (Artziniega, Arrastaria y Orduña) y otra en la que era lengua dominante (Laudio, Baranbio).

Esta convivencia de lenguas queda maravillosamente reflejada en un escrito de los hermanos Olamendi, sacerdotes de Luiaondo a principios del siglo XIX, en el que manifestaban la existencia en la localidad de gente que decía desconocer el castellano y de otros que desconocían el euskera, todo ello en un mismo lugar. Autores medievales como Lope García de Salazar ya señalaron en su momento que Ayala había sido poblada por “vascongados e latinados”, lo que, más allá del mito en el que se contextualiza, refleja la convivencia de ambas lenguas en esta Tierra desde tiempos antiguos. Y esa es la palabra a destacar: convivencia, en las mismas localidades, en las mismas personas. Solo así se puede entender que doscientos años después de los hechos narrados el euskera siguiera vivo en estas localidades.

Pero esa ya es otra historia.

Oraa, Cortina y la anciana asesinada

 

 

A finales del mes de enero de 1716, el regidor de Saratxo Juan de Elejalde acudió a Urduña/Orduña en busca de Pedro de Fontecha, Gobernador y Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala, para informarle del horrible crimen que había tenido lugar en su pueblo. El Alcalde Mayor de Ayala, un cargo trienal que debía ser desempeñado obligatoriamente por un abogado y por una persona residente a más de cinco leguas del lugar -lo que evidentemente no se cumplía con Fontecha-, tenía capacidad para entender en primera instancia al igual que los cinco alcaldes ordinarios. Así que Elejalde acudió a el en vez de a cualquier alcalde ordinario, a buen seguro por ser el que estaba más cerca.

 

Aquella mañana, Maria Sáenz de Orue Aguirre había aparecido muerta en su cama, desnuda y atada de pies y manos, con una herida en la mejilla de la que había sangrado y algunas señales en la garganta que, según los cirujanos que la examinaron, indicaban que había sido sofocada y ahogada. Nombrada como anciana, tenía 65 años y era viuda de Diego de Viguri Ugarte. Su caserío tenía dos viviendas: en una habitaba ella con su hija y heredera, Maria Sáenz, casada con Francisco de Unzueta Berganza, que era natural del caserío Bideko de Lezama; en la otra residían Miguel de Revilla Ribacoba y Maria Andresa de Viguri Aquejolo en calidad de arrendatarios.

 

No cabía duda de que Orue había sido asesinada en su propia casa, en la misma cama en la que dormía. Y nadie pareció enterarse. Solo los arrendatarios vieron a unos intrusos sin que quede claro si llegaron a reconocerlos o no. Fue la hija quien notó la falta de lomos y longanizas de un cerdo que había matado su madre, así como algunas ropas pero ni mucho menos todas, ya que ciertas prendas e incluso porciones de trigo habían sido extraídas de un arca y esparcidas por la alcoba.

 

El Alcalde Mayor Fontecha recibió informes extrajudiciales que culpaban del robo y muerte de la anciana a Matías de Iturricha Ugarte y Antonio de Aldaiturriaga Bañueta, vecinos del mismo Saratxo, Tomás de Larrea, Francisco de Herrán Viergol y Joseph de Oraa, residentes en la ciudad de Urduña/Orduña. Se consideró probado que los cinco, “por comunicación precedente que habian tenido”, quedaron para robar a Orue, de modo que penetraron en su casa, la ataron de pies y manos y le cubrieron la cara con la ropa de cama antes de proceder al robo propiamente dicho. El homicidio fue involuntario: transcurrido un rato, se percataron de que la anciana había muerto, seguramente asfixiada.

 

Los ladrones debieron poner pies en polvorosa tras semejante desmán ya que los tres habitantes de Urduña/Orduña fueron apresados en Haro el 4 de febrero, al quinto día del sepelio de la anciana. En las alforjas de Oraa se encontraron lomos y longanizas que no dejaron lugar a dudas de su culpabilidad pero, por si fuera poco, también portaba una escopeta que resultó haber pertenecido a Domingo de Basabe, sacerdote de Oiardo asesinado el diciembre anterior y a quien días antes de su muerte habían robado un puñal, diferentes escopetas y pistolas. Tras su retención en Haro, los reos fueron trasladados e internados en la prisión de la Chancillería de Valladolid.

 

Exactamente dos años después, empezó a correr por la ciudad vizcaína el rumor de que Oraa había hecho fuga de la prisión vallisoletana y que estaba en las inmediaciones. A mediados de mes, se dijo que había sido visto en Lezama y Lekamaña. El día 8 había aparecido sacada la piedra que hacía de umbral en la puerta de la iglesia de Belandia, por donde se habían colado unos ladrones que se llevaron tres cálices y una cruz de plata, una banda de tafetán encarnado y unos manteles de altar. Luego desaparecieron los cálices de la iglesia de Tertanga. Y una semana más tarde se supo que también habían robado en la iglesia de Fresneda tras abrir un boquete en una pared lateral. Fontecha sospechó de la autoría de Oraa en todos estos delitos pero no hemos hallado certeza alguna sobre ello.

 

El mediodía del 27 de febrero un hombre que dijo llamarse Joseph Pablo de Oraa, de unos 34 años y natural de Bergara, albañil y cantero de oficio, fue arrestado por orden del Corregidor de Bizkaia en la casa de Agustín de Inchaurbe en la bilbaína calle “Velaosticalle”. Portaba encima un puñal con su cuchillo y vaina con mango de madera, unas tijeras pequeñas con vaina dorada, un pañuelo blanco, un birrete de lienzo blanco, un pedazo de estopa, dos cabos de cera amarilla, un eslabón para encender lumbre, un par de hebillas de metal, un pedernal, dos cordeles y diez monedas.

 

Declaró que, en el transcurso del último mes, había transportado 14 o 15 arrobas de tabaco, unos 170 kilos, desde Vitoria-Gasteiz a Sunbilla en Navarra en compañía de un tal Pedro, del Reino de Aragón, y un tal Juan, del reino de Valencia. Finalizado este trabajo, y tras hacer escala en Urduña/Orduña, Oraa se trasladó a Portugalete y se alojó en casa de un herrero llamado Juan a quien encargó que le hiciera unas cuantas herramientas propias de su oficio. Luego fue a Bilbao con el objeto de que Agustín de Inchaurbe le hiciera una capa y unos calzones rojos. En el momento de ser detenido en su misma casa, llevaba alojado allí cuatro días. Según dijo, le había conocido 3 o 4 años antes cuando estuvo de cantero en la villa y alojado en casa de Martín de Zaldua.

 

Finalmente, no ocultó que había estado encarcelado por su presunta implicación en la muerte de “una vieja” en Saratxo que tuvo lugar en el transcurso de un robo que habría ejecutado con una docena de individuos naturales de Saratxo y Urduña/Orduña. Sin embargo, contó que había sido puesto en libertad por resultar inocente, en compañía de un tal Ignacio de Mugaburu, natural de “Sarachu”.

 

Inchaurbe, que no tenía nada que ocultar, por lo que suponemos que habría contado la verdad, contó que estaba en la plaza de la villa bilbaína cuando Oraa se le acercó y le saludó por el apellido antes de decirle que un par de años antes le había cosido una valenciana y echaron un trago juntos, pero no se acordaba de el. De hecho, en los cuatro días y medio que estuvo en su casa mientras cumplía el encargo de hacerle unos calzones, no llegó a conocer su apellido y únicamente sabía que se llamaba Joseph Pablo. Le expresó que su intención era ir a Santander para trabajar en una obra de cantería bajo las órdenes del expresado Zaldua.

 

Y no sabemos más. La documentación conservada acerca de este proceso no va más allá.

 

¿Quién era este Oraa? Lo cierto es que no hemos hallado a nadie que responda a su nombre y apellido en los registros parroquiales de Bergara. Fontecha sospechaba que Joseph Pablo de Oraa no era su verdadero nombre y puede que tuviera razón. En su declaración, el detenido afirmó que estaba casado con Maria de Arechavala, natural de un pueblo alavés cuyo nombre ignoraba, con quien tenía dos hijas llamadas Antonia y Josepha. Ignoraba su paradero porque no había tenido comunicación con su familia desde que las dejó en Urduña/Orduña dos años antes, al huir tras el robo, aunque esto evidentemente no lo expresó. A Inchaurbe le contó que tenía mujer y tres hijas en Valladolid, si bien luego dijo que en Urduña/Orduña.

Pero no hemos encontrado ni rastro ni de su mujer ni de sus hijas. Solo cabe la posibilidad de que ella fuese natural de Tertanga, donde efectivamente residieron unos Arechavala, y cuyos registros parroquiales de la época no se han conservado. Sin embargo, no podemos dejar de advertir que en 1715 fue bautizada en Urduña/Orduña una niña llamada Maria Asensia, hija de Joseph de Oraa Izaguirre y Maria López de Arroa. Tampoco hemos encontrado a este individuo pero sí a un tal Joseph Antonio de Oraa Aguirre, nacido en Bergara en 1675, por lo que su edad coincidiría plenamente con la expresada por el protagonista de esta historia. Bien pudo ser el.

 

Nos falta hablar de un personaje: el mismo que avisó al Corregidor de la presencia de Oraa en la casa de Inchaurbe, el mismo que ejecutó la detención por haberse fugado de la prisión de la Chancillería de Valladolid, donde estaba a causa de haber ejecutado robos y muertes. Se llamaba “Antonio de Suloeta” pero Oraa solo le conocía por el nombre de Cortina y creía que era de Amurrio. Su nombre completo era Antonio de Zulueta Larrea, tenía 39 años, era natural y vecino de Larrinbe y estaba casado con Maria de Sautu Bengoa. Cortina es el nombre de un caserío de dicho pueblo, el mismo en el que vivió el sujeto, pero por aquel entonces la casa mantenía su nombre original, Larra, con el que aún se documentaba en 1815. ¿Era Cortina el apodo personal de Antonio? Desde luego, era conocido con este sobrenombre, pero se trata de un apodo familiar con el que documentamos también a su nieto Manuel (“Manuel de Zulueta Cortina” en 1778, cuando fue elegido alcalde ordinario) y en su bisabuelo Juan de Larrea, que en septiembre de 1613 fue nombrado alcalde de hermandad como “Juan de Cortina”.

UNA DESCRIPCIÓN URBANÍSTICA DEL AMURRIO DE 1884

 

 

(Publicado en el nº 49 de la revista Aztarna)

 

Amurrio no pasó directamente de ser un pueblo de caseríos a una localidad industrial con modernos bloques de viviendas: experimentó una fase intermedia de crecimiento urbanístico entre finales del siglo XIX y la Guerra Civil, periodo en el que se construyeron muchas casas, no pocas de las cuales desaparecieron en la segunda mitad del XX.

Las políticas urbanísticas de las últimas décadas han sacrificado muchos edificios antiguos y no tan antiguos, de modo que poco queda del viejo Amurrio. En todo caso, es interesante reconstruir la historia del hábitat de Amurrio no solo por mero conocimiento histórico sino también para valorar las posibilidades de recuperar y, en su caso, proteger aquellos elementos (tanto edificios como topónimos, etc.) que han quedado ocultos u olvidados. En este sentido, este artículo se plantea como el punto de inicio de un trabajo más amplio que está por realizar y no como un ejercicio autónomo que alcance unas conclusiones.

Para esta descripción nos valemos de la información contenida en la Relación de Fincas Urbanas del año 1884 para el municipio de Amurrio, disponible en el Archivo del Territorio Histórico de Álava.

 

Un elemento determinante a la hora de configurar el urbanismo de la localidad ha sido el Camino Real de Bilbao a Pancorbo. La ruta venía siendo transitada desde el medievo, pero el Camino como tal no fue construido hasta mucho tiempo después, entre 1765 y 1772. En 1884 la “Carretera de Vizcaya” entraba en Amurrio procedente de Saratxo por el barrio de Aldaiturriaga, popularmente nombrado como Alturriaga desde tiempo atrás. En todo caso, el caserío más meridional de Amurrio quedaba alejado de la carretera, al oeste de la misma, en el barrio Mendiguren, donde había otro caserío en jurisdicción de Saratxo. Y no lejos de aquel, en paraje solitario, estaba la Venta de los Trigueros.

El barrio Aldaiturriaga propiamente dicho comenzaba en el lugar en que la carretera inicia un tramo de bajada, donde existía un grupo edificatorio que albergaba dos viviendas aunque parece que en realidad eran tres. La señalada con el número 49 tenía el camino al norte y la nº 48 aparece vinculada a dos casas: una era propiedad de Pascual Villacián García y la otra de Antonio Aldama Respaldiza. Posiblemente, se trataba de dos partes de una misma casa, que en 1590 habría sido propiedad de Juan Ugarte de Aldaiturriaga.

Un poco más abajo, a la izquierda de la carretera, se encontraba el caserío de José Maria Zulueta Urquijo, vecino de Saratxo, mientras que a la derecha, a su misma altura, estaba la casa de Paulino Arana Aguirre, procurador y destacado carlista. Unos metros más al norte de esta casa, un camino cruzaba la vía férrea para llegar a una casa propiedad de Dionisio Arberas Aguirre. Unos cientos de metros más al este, se encontraba la casa y molino de Rotabarria, de la cual era usufructuario Manuel Figuerola como marido de Luciana Landa, hija de Ramón Landa, a cuya destacada familia perteneció. Este lugar estaba entonces completamente alejado de cualquier tipo de vivienda: las casas más próximas eran las de Ignacio Landazuri y el molino Querejeta.

Las últimas casas de Aldaiturriaga se encontraban justo antes de la siguiente bajada de la carretera. La nº 42 estaba habitada en 1876 por Saturna Murga, viuda de Juan Antonio Ugarte Yarritu, cuyos ancestros fueron propietarios de un caserío conocido como “El Carrascal”, que posiblemente fue la casa solar de los Aldaiturriaga desde el siglo XVI. En la relación de propietarios de 1884 no aparece y desconocemos su localización exacta: probablemente desapareció entonces. Hay que decir también que por esta zona estuvo el caserío Beotegi; quizá fue el nombre original de alguna de las casas mencionadas. Por último, la casa nº 41 había sido construida en 1851 por el peón caminero Bernardino Aspichueta Zulueta y estaba a la derecha de la carretera, antes del cambio de rasante.

Además, existían tres casas que figuraban también como parte de Aldaiturriaga, pero que originalmente lo eran del barrio Mendijur. La primera era de Higinio Mardones, vecino de Cárcamo, y tenía el camino al norte. Más arriba, se encontraba la casa que en 1876 estaba habitada por Felipe Zulueta Zarate y que en 1894 era propiedad de Santiago Llandera Barrenengoa. Junto a ésta, se encontraba la casería propiedad de Sebastián Ugarte Amezaga, cuyos orígenes se remontan, al menos, hasta los primeros años del XVII. Es el caserío conocido como “Bonaparte”.

 

El barrio Aldai estaba integrado por 6 casas que se distribuían a uno y otro lado de la carretera, y que posiblemente eran la mayoría de reciente construcción. Siguiendo nuestro itinerario, se alcanzaba una casa situada entre la carretera y el ferrocarril, propiedad de Torcuato Ugarte Amezaga. Al otro lado de la carretera, estaba la casa que José Irazazabal Otaola, soltero, había heredado de sus padres. Más adelante, a mano derecha, estaba la casa de Genaro Jauregui Landaluze, cuyos abuelos la habían donado a su padre en 1848. Culminado el alto de la carretera, la casa nº 30 estaba a la izquierda de la carretera y era de Lázaro Aspizua Beraza, y al otro lado de la carretera estaba la de Fermín Galíndez. Finalmente, la última casa del barrio estaba a la izquierda de la carretera y era propiedad de José Maria Lezameta Echevarria, vecino de Urduña/Orduña; luego fue de Juan Llano. En 1884 era la única casa que existía en la recta que actualmente lleva de Aldai a la gasolinera.

En los padrones y en la documentación de la época, Landako abarcaba todo el área comprendida entre el final de la calle Aldai y el mesón de Armuru, y desde la vía del tren hasta el arroyo de Lexarraga. Sin embargo, en su origen el barrio de Landa (la denominación Landako es posterior) correspondía a una zona más reducida: seguramente, la comprendida entre la actual gasolinera, el crucero y la zona al sur de San Antón de Armuru.

En todo caso, en 1884 la numeración de los edificios de la zona no es muy precisa, ya que hay varias casas sin número. Es lo que ocurre en el extremo sur del barrio. Al oeste de la carretera estaba la casa nº 27, propiedad de Fermín Galíndez Ibarra; su suegro Matías Ribero Angulo tenía también una casa en el lugar, quizá unida a la anterior o, en todo caso, muy próxima a ella. Cerca quedaba la casa de los Lezama, que tampoco aparece numerada y era propiedad de Agustín y Luis Lezama Urquijo.

Por su parte, Lina Yarritu Urrutia era la propietaria del nº 25, que lindaba al sur y el este con camino. Según información de 1894, estaba entre la de los Lezama y la casa de Manuel Santa Maria, que en 1884 figura sin número y situada al norte de la carretera. Realmente, no sabemos muy bien dónde estaban situadas estas casas: quizá en la actual Avenida Ayala. Además, Lina habitaba la casa de Menditu, documentada ya en el siglo XVI y que lindaba al norte con arroyo y al oeste con camino. Desconocemos su ubicación exacta pero debía estar al norte de la carretera de Álava.

Entre la casona de los Lezama y el pueblo de Etxegoien, las únicas casas que existían en 1884 eran las dos de Aresketa. Bastante alejado estaba también el caserío Saraube, próximo al alto del mismo nombre.

Retornando al lugar donde hoy se encuentra la ya abandonada gasolinera, en el lado derecho el primer edificio era la Casona, propiedad de José Gabriel Pinedo y su mujer Teresa Sopelana, quien la había heredado de su padre Prudencio, un destacado general carlista que la construyó a mediados de siglo. Algo más al norte se encontraba la casa de Gabino Guerra Uriarte, al sur de la “carretera de Álava”, acondicionada apenas unas décadas antes. Un poco más al este estaba la actual Casa de Cultura, que era Cárcel del Partido.

Nos situamos en el Crucero. En el extremo suroeste del mismo, estaba la casa de José Llandera Jauregui, que poco después edificó otra casa en su parte trasera. Al otro lado de la carretera de Balmaseda, estaba el palacio de Oxirando dividido en dos viviendas propiedad respectivamente de Eugenia Zulueta, madre de Juan de Urrutia, y su cuñada Teresa Urrutia. Al norte de ésta, aparecía la casa de Juliana Irazazabal Otaola, que tenía un arroyo al este. Parece corresponder al lugar donde luego estuvo el chalet de Juan de Urrutia. La zona al norte de esta casa, entre el actual ayuntamiento y “el paseo”, también es un poco confusa en la documentación. La casa nº 19 era de Inés Landaluze y lindaba al norte con camino y con la huerta al oeste. Al sur lindaba con Isidora Olarieta, aunque su casa no figura en la relación de 1884; en 1894 lindaba al norte con medianería de otra casa, al sur con Amalia Osaba y al este con Ricardo Zorrilla. La casa de Amalia ya existía en 1884: posiblemente se corresponde con la que fue de los Lezama posteriormente, en el paseo. La mencionada de Zorrilla estaba adosada a ella, hacia el norte, aunque quizá fue construida entre 1884 y 1894.  Próximo estaba el caserío Iturralde, señaladao con el nº 18 y propiedad de Pía Ana Landaburu Respaldiza, viuda de José Maria Aldama.

Regresando al Crucero, en su esquina noreste se encontraban las casas nº 13 y 14, propiedad de Maria Landaburu Respaldiza. Mas al norte y en línea con la carretera estaban dos casas de Marcos Isasi Isasi, residente en Kruzialde, que construyó una tercera casa antes de 1894. A la espalda de éstas y separándolas de la ermita de San Antón, quedaba un edificio mucho más vetusto: el Hospital. Al norte, frente al actual ayuntamiento, se encontraban dos casas unidas que eran propiedad de un hijo y una hija del abogado Domingo Manuel Angulo.

Continuando con las casas situadas a la derecha de la carretera, después de las anteriores estaba una de Pablo Aldama Gabiña y después dos casas unidas propiedad de Pedro Zulueta Echaniz; estaban frente al Mesón de Armuru, que al parecer no figura en esta relación de propiedad rústicas. Finalmente, Pablo Aldama, vecino de Etxegoien, tenía la casa nº 2, con arroyo al norte, que parece corresponder a la casa conocida como “Torrejón”. La nº 1 era propiedad del pueblo y en ella habitaban los maestros.

La ermita de San Antón era entonces uno de los puntos neurálgicos de la localidad. Allí tenía una casa Eleuteria Arana Aguirre, viuda de Manuel Revuelta, que lindaba con la carretera al sur y con campo común al oeste. En frente, al otro lado de la carretera, había una casa que habitaba Agustín Pérez Lafuente y era de Margarita Artubald.

Junto a esta casa, arrancaba la que sería Calle de la Estación, de reciente creación, ya que el ferrocarril llevaba apenas dos décadas establecido. En el punto en que arrancaba la calle, al oeste de la misma, tenía una casa Valentín Aldama Zulueta, natural del barrio Aldama y uno de los grandes propietarios del pueblo. En ella vivió su hijo Dionisio Aldama Aldama, cuyo nombre se puso a la calle. En los siguientes años, edificó otra casa al sur de ésta.

En esta calle, más al sur, había una casa propiedad del procurador Fidel Agüero Bolloqui. Después, estaba la de Antonio Garaigorta González de la Mata, vecino de Bilbao, que luego fue de Floro Oribe. Y, finalmente, nos encontramos con la casa de los Aguinaco, en la que vivió uno de los caudillos carlistas de la comarca en la última carlistada (1872-1876). Suponemos que todas estas fueron construidas a partir de la llegada del ferrocarril en 1863.

El otro gran núcleo de Amurrio era el barrio Elexondo, que, en la documentación de finales del siglo XIX, abarcaba desde el mesón de Armuru hasta Intxaurdui. En 1884, frente a la iglesia y en el lado izquierdo de la carretera de Bizkaia, estaba la casa de Nicolás Ibáñez Arriba, tratante natural de Ixona, a la cual poco después se adosó la casa que sería de los Altonaga. Más adelante, estaba la casa de Antonio Aldama Gabiña, a la que posteriormente también se adosó otra vivienda en su parte sur. La casa señalada con el nº 3 pertenecía a Concepción Anchia, viuda de José Ramón Echeguren, destacados propietarios de la localidad. Parece corresponder con la conocida como “Casablanca”, a la que en tiempos de su hija Antonia Echeguren se añadió otra casa a su lado.

Además, existía otra casa que era de Joaquín Landaluze Respaldiza; según la descripción de sus lindes, estaba adosada al templo. En frente de ésta, al sur, estaba la casa de los Olamendi. El nº 6 no figura en la relación de 1884 pero sí diez años después, cuando era de Juan Manuel Urquijo, vecino de Madrid. Fue habitada por Ciriaco Molinuevo posteriormente. Un poco más al norte de ésta encontramos la casa cural, conocida como “casa de Ochanda”. Las dos siguientes casas estaban próximas una a la otra, cerca del ferrocarril y al norte de la carretera. La más vieja era de Concepción Anchia y la otra, posiblemente bastante reciente, era de Dámaso Landazuri Arberas, cuya viuda compró la otra casa.

La zona situada al norte del templo parroquial resulta dificil de describir a partir de la documentación consultada. Al parecer, no existían las casas de la parte baja de la que fue “calle Álava”. La señalada con el nº 10 pertenecía al chocolatero Manuel Elola Barañano y lindaba al norte con camino, al oeste con entrada y al este con Valentín Aldama. Al hijo de éste, Juan Vicente Aldama Aguirre, pertenecían las casas nº 11 (pegada o próxima a la anterior por el oeste) y la nº 12 (con la carretera al oeste). Es decir, las casas de Aldama y Elola parecen corresponder con el conjunto edificatorio en el que estuvo el bar El Bolinchi.

Al otro lado de la carretera, y junto al camino que entonces salía hacia Mendiko, estaba la casa de Carlos Ugarte Olartegochia. Más al oeste, estaba el palacio Cejudo o, más propiamente dicho, Urrutia, que era propiedad de Pedro Eraña, de Salamanca. Al norte de éste debía estar la casa nº 16, de Juan Antonio Sarachaga Uliarte, que tenía el camino al norte, el antuzano al este, la era al oeste y la huerta al sur.

Detrás de la casa de Aldama y Elola, junto a la carretera, encontramos la casa de Casimira Urruticoechea, que posteriormente fue de Santiago Landaluze Orue. Tenía el nº 19 y no aparecen los números 20 y 21. Sí sabemos que la nº 22 pertenecía a Francisca Bárcena, vecina de Madrid, y estaba más al norte de la anterior: luego fue de los Uribe. Al otro lado de la carretera, en la zona del actual juzgado, estaba la casa de Lázaro Maria Pinedo.

El área comprendida entre este mencionado punto hasta finalizado el repecho que lleva a Landaburu, en la margen izquierda de la carretera, era conocido como “Inchordio” (Intxaurdui). En 1884 son dos las casas que figuran con este nombre: la nº 25 pertenecía a Martiniano Tercilla Chávarri y fue convertida luego en Villa Gregoria; la nº 29 era de Dámaso Landazuri Arberas y estaba en lo alto de la cuesta. Por el contrario, la nº 27 estaba al otro lado de la carretera y ligeramente más al norte; era de Agustina Esnarriaga, y en ella vivió luego su yerno Lucas Rey. Parece ser que esta casa se incluía ya dentro del barrio Landaburu.

Retrocedemos ahora a la iglesia parroquial y el lugar que entonces era considerado como la “plaza” del pueblo, es decir, el espacio comprendido entre el palacio Urrutia y la iglesia. Más arriba estaban las casas del barrio Larrinaga, que estaban situadas en el primer tramo de la actual calle Mendiko. En 1884 eran 4 viviendas: las tres primeras eran de Felipa Antoñano Arriaga, natural de Astobiza; tuvieron otros propietarios en años siguientes, hasta que las adquirió el Marqués de Urquijo. Por su parte, el nº 4 era de Concepción Anchia y luego de su hija Antonia Echeguren.

Más adelante comenzaba el barrio Mendiko, que parece haber abarcado el área al norte de Larrinaga y al noroeste del palacio Urrutia. Sabemos que en tiempos pasados algunos de sus caseríos recibieron nombres como Matxialper, Padura o Errementeria, pero no conseguimos identificar, por el momento, ninguna de las casas documentadas en 1884 con los datos históricos que tenemos de los caseríos de este barrio.

La casa señalada con el nº 5 era propiedad de Hilario Aldama Gabiña y lindaba al norte con camino, este con entrada, al oeste con Valentín Aldama y con heredad al sur. Posiblemente, estaba situada a la izquierda del camino a Mendiko una vez pasado el palacio Urrutia. Por su parte, los números 6, 7 y 8 estaban al otro lado de la carretera y pertenecían a José Isasi Yarza.

La señalada con el nº 9 era propiedad de Lorenzo Isasi Leal de Ibarra y lindaba al este con camino. Luego fue de su hijo Matías Isasi Beraza y probablemente estaba al norte del barrio Larrinaga. El nº 10, que no aparece en 1884, es posible que correspondiera con una casa de Manuel Picaza Udaeta, vecino de Bilbao. La siguiente casa era la nº 11, propiedad de Simón Retola Landazuri, que luego fue de su hija Dolores, casada con el farmacéutico Juan Antonio Landazuri, y sobre la que edificaron su chalet. No aparece tampoco la nº 12 (posiblemente correspondía a dos casas de Lázaro Aspizua que figuran sin numerar) pero sí la nº 13, que era de Florencio Guaresti Llano, natural de Izoria, y tenía el camino al oeste. La nº 14 era de Antonio Gabiña, vecino de Sigüenza, y tenía la salida al este. Por último, el nº 15 correspondía a una casa pequeña de José Isasi.

Según parece, el barrio Saratxaga se correspondía con la zona superior del camino a Olabezar y estaba compuesto por dos casas. Una era de Manuel Sarachaga, descendiente por vía directa de los propietarios de esta casa en el siglo XVI, aunque diez años después ya era de Fermina Angulo Goñi. La otra pertenecía a Francisco Aldama Sarachaga. El último caserío en esta zona era el llamado “El Alto”, con el nº 18, próximo al actual cementerio y propiedad entonces de José Landaluze Respaldiza.

Desde las inmediaciones de Saratxaga, un camino llevaba a Landaburu por el mismo lugar por el que hoy baja la carretera desde Goikolarra. En este camino, al sur del mismo, estaba el caserío señalado con el nº 28, propio de Joaquín Landaluze Respaldiza. Al sureste de este caserío, y encima del camino real, estaba el caserío Arenalde. Por su parte, Juan Rubenach, como marido de Adelaida Lezama Urquijo, tenía una casa entre Arenalde y Alkinar, a la izquierda de la carretera.

El nº 30 era de Pedro Zorrilla Montalbo y tenía la carretera al oeste, mientras que el nº 31º era de Antonio Aldama Gabiña y estaba en el mismo lado, aunque, según parece, más al sur que las anteriores. ¿Quizá el que había sido conocido como Cerrajería?

Frente a la casa de Rubenach, al otro lado de la carretera, había tres casas que estaban juntas y eran propiedad de Juliana Barrenengoa. Su segundo marido fue Juan Ugarte Orue, que habitaba la casa nº 34 en 1876 y cuyos padres fueron propietarios del caserío Etxabe, que bien podría ser el mismo.

Aunque con el tiempo los padrones de la localidad designaron con el nombre de La Calle a toda la zona al norte de Elexondo, en esta época aún mantenía sus límites originales, desde Zabaleko al norte. La parte baja del barrio, las casas en torno a la carretera, formaban parte del barrio Arretxondo o Aretxondo.

La primera casa estaba a la derecha del camino real y era propiedad de Toribio Olarieta Jauregui. Más adelante, estaba la casa nº 50, propiedad de Francisco Javier Zulueta, residente en México, y frente a la misma, al otro lado de la carretera, se encontraban dos casas unidas o, al menos, muy próximas. La primera de ellas, posiblemente con el nº 51, era propiedad del pueblo de Respaldiza. La segunda, situada al norte, era de Fermín Galíndez.

Los cuatro siguientes números no aparecen, aunque la nº 54 estaba habitada en 1876 por Pío Echeguren Aldama, cuyos antepasados constan en este barrio desde varias generaciones atrás. También entre éstas se incluiría el caserío Zabaleko, que era de Juan Rubenach. Al norte de éste comenzaba el barrio La Calle con la casa de Petra Arostegui, viuda de Juan Olabarrieta Aldama. Los nº 58 y 59 eran propiedad de Manuel Sasiain Landazuri y estaban más al norte pero al otro lado del camino.

Finalmente, el barrio Arretxondo abarcaba otras dos casas: una al este de la carretera y propiedad de Anacleto Pinedo, y la nº 60, de Pedro Landaluze Garbiras..

Continuando por el Camino Real hacia el norte entramos en el barrio Sagarribai. Primero, estaba la casa posteriormente conocida como “de Goya”, que la usufructuaba Figuerola. Éste también era propietario de la casa nº 62, mientras que la nº 63 era de los hermanos Francisco y Patricio Yarritu, afincados en Abanto, que posiblemente fueron después dueños de dos de las tres casas que están actualmente a la izquierda de la carretera. La restante pudo ser de Juan Garaigorta, que de hecho habitaba el nº 63 en 1876. Al otro lado del río y las vías del tren, se situaba el caserío Zamora y otra casa que albergaba dos viviendas propiedad respectivamente de Emilio Larrinaga y Agapito Gallaistegui.

Siguiendo la carretera, más al norte existían cinco caseríos a mano izquierda y, finalmente, otros dos a mano derecha. El primero de todos era el de Saerin, seguido del caserío antiguamente conocido como Agirre, ambos propiedad de Marcelo Gorostizaga.

Las tres casas siguientes formaban parte del barrio Urieta y, con los números 77, 78 y 79, eran propiedad del sacerdote Dionisio Díaz de Olarte Asteguieta. Finalmente, estaban las dos casas de Argatxa, al otro lado de la carretera.

Pasamos al otro lado del río Nervión y emprendemos el regreso hacia el sur. El caserío más próximo a Argatxa era San Pablo, propiedad de los herederos de Ascensión Arbide. A su altura, pero más al este, estaba Urietagoikoa. Próximo a la estación del tren que hoy lleva su nombre, estaba el caserío Salbio, de Francisco Aldama Orue. Y, finalmente, más al sur se situaba el caserío Espinal. Desde aquí se podía ascender hasta la ermita de San Roque, en cuyo entorno se disponían dos caseríos, en aquel entonces notablemente aislados respecto a los demás. Junto a la misma ermita, estaba la casa de Gregorio Olartegochia Abechuco, que luego compró Aspiunza. Más abajo, la casa nº 40 era propiedad de Vicente Badiola Ugarte.

No existía por entonces ninguna casa entre el puente de Zabalibar y la de Badiola. Primero, al sur de dicho puente, nos encontramos la antigua ferrería reconvertida en fábrica de harinas. Frente a estas instalaciones, al otro de la carretera, existían dos casas muy próximas que pertenecían a Simón Olabarria y Gregorio Manzarbeitia, ésta al oeste de la anterior. Manzarbeitia era yerno de Santiago Isasi, que había comprado la casa principal, ferrería y molino de Zabalibar.

En el camino que salía de la carretera en Arretxondo en dirección a Zabalibar, un poco más al sur de las anteriores, estaba el caserío de Josefa Yarritu, viuda de José Olarieta, conocido como Mamitu. Más abajo quedaba otro caserío que usufructuaba Figuerola, luego comprado por Fermín Olibares. El siguiente correspondía a Manuel Sasiain.

El barrio se completaba con tres caseríos muy próximos uno del otro, más al sur. El primero de ellos era propiedad de Catalina Olarieta, vecina de Jugo; el segundo de Concepción Anchia; y el más meridional del barrio pertenecía a Dionisio Arberas Aguirre, siendo habitado por los Galíndez durante generaciones. No lejos de éste estaba la casa de Olako, también propia de Dionisio.

La zona de Zabalibar y Olako quedó separada del resto de la localidad por el ferrocarril, y estaba también separada de Orue y Abiaga por el río Nervión. Por aquel entonces, entre Olako y el molino de Rotabarria, apenas existían un par de casas en todo lo que hoy es una de las principales zonas de habitación de Amurrio. Entonces no habría más que campos. Solo documentamos dos casas junto a la carretera de Álava, en su lado sur. Una de ellas, de muy reciente creación, era de Ignacio Landazuri Arberas, de Pardio, la que fue conocida posteriormente como “del Patrón” y desempeñó las labores de fonda. En dirección a Ugarte, hacia la mitad del camino, estaba la casa de Ángel Galíndez, vecino de Madrid, aunque es posible que en realidad se construyera entre 1884 y 1894. Finalmente, un poco antes del puente de Arzubiaga, que daba entrada al puente de Ugarte, se encontraba al norte de la carretera una casa propiedad de Andrés Lejarza Viguri, que luego fue de su sobrino Juan Viguri Molinuevo.

A la derecha del puente, se encontraba el caserío Zubialde, que había sido del primer alcalde del Ayuntamiento de Amurrio, Matías Landaburu, y en 1884 era de su hija. El siguiente en listarse era el caserío “Campillo”, de Josefa Ugarte, viuda de Lafuente. Por su parte, el nº 3 correspondía con el molino Querejeta, que era propiedad de Lucio Guinea Baranda; el nº 4 era de Antonio Arberas Riofrancos y el nº 5 de Luis Jauregui Ugarte. La siguiente casa probablemente se encontraba en Bideko y era propiedad de Lorenzo Anda Landazuri; en el mismo lugar se situaría una casa llamada “Ugarte Arriba”, propiedad de Victoriano Montoya. Finalmente, la nº 8 era de Ramón Gabiña Aspichueta, tenía el camino al este y fue propiedad de los Acha años después.

El listado de 1884 pasa a los nº 9 y 10, que correspondían a las dos viviendas que albergaba la Casa de Ugarte, propiedad de Fidela Olaeta Salazar, vecina de Gernika, descendiente de los antiguos propietarios del mayorazgo de Ugarte, fundado en 1606, que quedó adscrito al de Astobiza. La nº 11 era de Vicente Urrutia Mugaburu y a continuación se listaban las casas de Valentín Aldama Zulueta y la de la viuda de Manuel Angulo, que lindaba norte y oeste con camino.

Llegamos así a la zona del barrio Uskategi encontrándonos primero el caserío llamado Manzarraga o Lorenzico. Por su parte, el caserío Tontorra era de Ramón Gabiña Aspichueta. Después, aparece el caserío que había sido de los padres de Josefa Ugarte Abechuco, viuda de Francisco Lafuente; y después los dos caseríos de Uskategi: el de José Yarritu Olarte y el que administraba el sacerdote Ramón Aspizua como curador de la menor Isidora Olarieta San Miguel.

No lejos de aquí quedaba el barrio Isasiko. En la parte baja de este barrio, estaban los caseríos Mingotxu y Andaiko (que figura como Andiko); más arriba se encontraba Orortegi, que adoptó este nombre por haber pertenecido durante un par de generaciones a los de este apellido, y que entonces era de Pedro Molinuevo. El caserío Basarrate era de Gabriel Urrutia, cuya familia había emigrado a la Margen Izquierda; más arriba estaban los dos caseríos de Larra. También en Pardío había dos caseríos, propiedad de Ignacio Landazuri y Juan Viguri, mientras que Mariaka pertenecía a Valentín Aldama.

Por su parte, el barrio Aldama continuaba teniendo sus seis caseríos históricos: Andiko Abajo, propiedad de Valentín Aldama; Andiko Arriba, de Fermín Olivares; Olarieta, de José Aldama Yarritu; Etxabarriko, de José Yarritu; y Berganzena y Juandorena, ambos de Lorenzo Isasi Leal de Ibarra, el primero por compra.

Pasando a la otra vertiente, de cara a Baranbio, bajamos hacia el barrio de Onsoño, en cuya parte alta estaba el caserío Goiko, de Miguel Landaluze; más abajo estaban, seguidas, las casas de Mariano Berganza, la de Katuja (llamada así por pertenecer al mismo propietario que el Palacio de Catuja de Laudio/Llodio), y la de Casimira Aldama Cuadra, con el caserío de Marcelino Aldama Yarritu enfrente, el cual fue conocido tiempo atrás como “Mariaka”, por el apellido de uno de sus primitivos propietarios. Todos estos caseríos se conservan pero no ocurre lo mismo con otros que estuvieron más abajo del anterior. Primero estaba Etxezuri, que en 1884 era de los hermanos Sautua Larrazabal, junto al cual hubo otro caserío ya por entonces desaparecido. Justo después, estaba la casa de Fernando Berganza Aspiunza. Ambas desaparecieron en la segunda/tercera década del siglo XX. Frente a estas, al otro lado de la carretera, estaba la casa de Gregorio Olamendi, que en el pasado recibió el nombre de Muñezkan, por el apellido de uno de sus propietarios. Separadas del resto del barrio, a menor altitud, alcanzamos los caseríos Barrenengoa y, después, Kruzialde, que era de Marcos Isasi Isasi.

Finalmente, en el barrio Berganzabeitia existían unas cuantas casas en jurisdicción de Amurrio. La más meridional era la de Okeluri, no lejos de la cual se encontraba el caserío “Esteban”, ambas propiedad de Juan Francisco Tipular. Luego estaba el caserío Zapatería, que era de Tomás Aldama Echevarria; cerca de ésta había otra casa que era de Fermín Iñiguez de Onsoño, vecino en este mismo barrio pero en jurisdicción de Lezama, y otra de Antonio Echevarria. Por último, la casa de Eligorta era también de Tomás Aldama.

Otro largo trayecto por el monte nos llevaría hasta el barrio Orue para recorrer la ribera oriental del Nervión. En este barrio, la casa señalada con el nº 39 era propiedad de José Berganza Garbiras y parece compartir número con otra de Sebastián Yarritu, por lo que quizá era una casa dividida entre los dos. La nº 38 era de Manuel Sasiain Landazuri, junto al camino que llevaba a Mariaka. El nº 36 era de Francisca Arbide, viuda de José Garbiras, cuyos ancestros habían vivido en el barrio desde muchas generaciones atrás. Esta casa la compró poco después Juan Viguri y construyó otra unos años después, al otro lado del camino. Con el nº 35 aparece el caserío Oribai, de Sebastián Yarritu.

Al sur de éste, entramos en el barrio Abiaga, cuya distribución del caserío aparenta ser la misma que tenía ya en el siglo XVI. La casa más septentrional del barrio era la casa nativa de los Aspiunza, propiedad en aquel momento de Rafaela Urrutia. A continuación, la nº 33, al oeste del camino, era de Nicolasa Olarieta Echeguren, y la siguiente, al este del camino en el sentido de nuestra marcha, de Francisco Aldama Sarachaga.

A partir de aquí, las siguientes casas estaban todas al oeste del camino. Con el nº 31 figura la casa de Ciriaco Ojembarrena Aldama, descendiente directo de Martín Latatu de Abiaga, que era su propietario en 1590. El nº 30 era de Teresa Urrutia Mendivil y seguramente era la casa llamada Gotxi, a cuyos propietarios se hizo concurso de bienes en 1845. Cerca de ésta, el nº 29 correspondía al caserío conocido como Sautuko, por haber pertenecido desde el siglo XVI a la familia Sautu. Era entonces de Francisca Berganza Ugarte.

Al otro lado del camino, y un poco más adelante, estaba el nº 28, propiedad de Manuel Abechuco Urrutia, cuyos antepasados habían vivido allí por generaciones. Un poco más al oeste estaba el nº 27, de Antonio Yarritu Cuevas, y a veces incluido en el barrio Bañueta. A este barrio pertenecían, sin duda, las dos siguientes casas. La nº 26 estaba muy próxima a la anterior, en la curva de la carretera que accede a las piscinas y junto al arroyo que transcurre por allí. Era entonces propiedad de Juan Antonio Sarachaga, que poseía también el molino de Bañueta, nº 25, como heredero directo de los Guinea, sus propietarios a principios del siglo XVI.

Finalizado el recorrido, observamos que algunas casas se conservan y otras no, siendo muchas de ellas difíciles de identificar y localizar. Solo un trabajo específico de archivo puede reconstruir la historia de todos los edificios históricos de Amurrio, tanto los que se conservan como los que no, para evaluar correctamente el patrimonio material e inmaterial de la localidad y conocer con mucha mayor exactitud su historia.

Luxo (1727)

 

 

7 vecinos propietarios, 2 viudas y 1 morador. 2 que habian donado sus bienes

 

 

-Juan de Gorbea. Otro Juan de Gorbea había donado sus bienes

-Domingo de Gabidia

-Antonio de Robina

-Francisco Gutierrez, probablemente casado con Zaballa. Francisco de Zaballa ya había donado sus bienes

-Francisco Leal de Ibarra

-Domingo de Urruela, probablemente casado con Dubeda

-Juan de Urrutia

 

 

Viudas:

-Thomasina de La Biña

-Maria de Menoio

 

 

Morador:

Domingo de Dubeda, probablemente casado con La Calle