El Puerto de Orduña: santuario del ciclismo

 

El puerto de Orduña se trazó entre 1765 y 1773 como parte del Camino Real que habría de unir Bilbao con Burgos. Fue financiado por el Consulado de Bilbao, el Señorío de Bizkaia y la misma ciudad de Orduña; por ello, y por la importancia del enclave, es conocido por su nombre a pesar de que transcurre íntegramente por terreno del alavés valle de Arrastaria, excepto los últimos metros que ya son burgaleses.

Durante décadas, miles y miles de arrieros circularon por el puerto con sus bueyes y carros, con sus burros, caballos y mulos transportando lana, trigo y todo tipo de bienes en la que fue la principal ruta comercial terrestre del norte peninsular. También circularon por la misma ruta los ejércitos franceses y españoles, los cristinos y carlistas, en su continuo ir y venir como perseguidores y perseguidos. En sus laderas hubo emboscadas y batallas, como la célebre de la Venta del Hambre, establecimiento que a tantos y tantos viajeros dio servicio durante siglos.

Tras la entrada en funcionamiento del ferrocarril entre Bilbao y Tudela en 1863, el comercio por esta ruta llegó a su fin y el tránsito de viajeros y mercancías por el puerto se redujo a los movimientos estrictamente comarcales entre Valdegovía, Losa, Orduña, Ayala, etc. Hubieron de pasar varias décadas hasta que el viejo Camino Real se convirtió en Carretera Nacional, hasta que el automóvil se generalizó como medio de transporte y esta ruta recuperó, aunque solo en parte, la importancia de antaño.

Y fue entonces cuando otro vehículo, mucho más modesto y asequible, movido tan solo por la fuerza de las piernas y el empuje de la voluntad, habría de poner el puerto de Orduña en el punto de mira de todos los aficionados a uno de los deportes más populares de Europa: el ciclismo.

Aunque ya solo muy de vez en cuando las carreras profesionales suben el puerto de Orduña, siempre muy lejos de meta y sin ninguna relevancia en el resultado final, hubo un tiempo en el que en sus rampas se escribieron algunas de las páginas más brillantes del ciclismo. Aún estando siempre bastante lejos de la línea de meta, durante varias décadas los 7,9 kilométros al 7,62% de Orduña constituyeron uno de los puertos más duros y decisivos de una Vuelta a España que solía presentar recorridos mucho más suaves que sus homólogas francesa e italiana.

 

La Vuelta ha ascendido Orduña un total de 13 veces, siendo la última en 2012. El puerto se estrenó el 2 de mayo de 1956 en la penúltima etapa de la ronda, que unía Bilbao y Vitoria-Gasteiz. No tuvo, sin embargo, demasiada historia la ascensión: el vizcaíno Benigno Aizpuru fue el primero en coronarlo y se hizo con la victoria de etapa. Bahamontes, habitualmente dominador cuesta arriba, no destacó en su paso por Orduña. En la general solo pudo ser cuarto, con su archienemigo Jesús Loroño en segunda posición a solo 13 segundos del ganador final, el italiano Angelo Conterno.

 

La Vuelta no regresó hasta el 9 de mayo de 1961, en la 14ª y antepenúltima etapa, 235 kilómetros entre Santander y Vitoria-Gasteiz. Por aquel entonces se corría por selecciones nacionales y Orduña fue escenario de continuos ataques de la escuadra española para eliminar al líder, el belga André Messelis, que logró salvar aquella jornada pero no la siguiente. Por la cima pasó en primer lugar Antonio Karmany, que venía fugado con dos compañeros desde el puerto de Las Muñecas. Aquella edición la ganó el valenciano Angelino Soler, el corredor más joven en ganar la Vuelta a España con solo 21 años.

 

Dos años después, la Vuelta regresó a Orduña pero no lo hizo al final sino en la 3ª etapa, disputada entre Torrelavega y Vitoria-Gasteiz, 249 kilómetros. La gran atracción de aquella edición de 1963, que fue la más corta de su historia, era el gran Jacques Anquetil, que ya acumulaba tres Tours y un Giro. El francés ganó la Vuelta sin grandes problemas y fue el primero en completar el “triplete” de grandes. Aunque sin duda muchos debieron acudir a ver al ciclista del momento, la ascensión a Orduña no deparó espectáculo alguno. Guy Ignolin se fugó casi de salida y coronó en primera posición; y aunque ganó dos etapas en la Vuelta, aquella fue para Antón Barrutia.

 

La fama del puerto de Orduña comenzó a fraguarse sin duda en una jornada histórica que tuvo lugar nada menos que un 8 de mayo, del año 1968. El gran favorito de esta edición era Felice Gimondi, joven ganador de Giro y Tour, que siguió los pasos de Anquetil unos años atrás y acudió a la Vuelta con la intención de convertirse en el segundo corredor de la historia en ganar las tres grandes. El italiano lo logró y fue precisamente en la 14ª etapa, 244 kms entre Santander y Vitoria-Gasteiz, cuando dio su golpe de autoridad. Salía como líder José Pérez-Francés, un gran corredor, mientras que Gimondi se había mantenido en un segundo plano. Hasta Orduña. A un kilómetro de coronar el puerto, el italiano atacó llevándose consigo a José Antonio Momeñe y Eusebio Vélez y, siempre llevando la iniciativa, dieron alcance a los supervivientes de la fuga, con la excepción de Eduardo Castelló, que se llevó la victoria de etapa. Gimondi recortó al líder casi minuto y medio y pasó a aventajarlo en la general por 11 segundos. Al día siguiente, un artefacto explosivo colocado por ETA en la carretera llevó a la suspensión de la etapa. Gimondi certificó su superioridad ganando la crono y así se hizo con la general de la Vuelta.

 

Después de esto, Orduña se convirtió en todo un clásico de la Vuelta. En la edición de 1970, se incluyó en el trazado de la 17ª etapa, un 10 de mayo, con un recorrido ya habitual entre Santander y Vitoria-Gasteiz, de 191 kms. No pasó gran cosa esta vez. El vizcaíno Andrés Gandarias coronó el puerto en primer lugar en una etapa que ganó el belga Willy In’t Ven. La edición fue para Luis Ocaña gracias a su desempeño en la crono final, que unió Llodio y Bilbao. Tanto Gandarias como Ocaña habrían de protagonizar futuras escaramuzas en las rampas de Orduña en años venideros.

 

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Vuelta a España 1970. En cabeza, el Tarangu con el maillot del Karpy

 

 

Sin ir más lejos, el conquense fue el gran animador de la 12ª etapa de la Vuelta a España de 1971, disputada el 11 de mayo entre Bilbao y Vitoria-Gasteiz sobre un recorrido de 185 kilómetros. Ocaña llegó a esta etapa con mucho tiempo que recuperar en una clasificación general que encabezaba Miguel Mari Lasa. El genial escalador conquense afincado en Mont-de-Marsan simplemente despegó sin mirar atrás en la primera rampa del coloso vizcaíno y por la cima ya aventajaba a Lasa en minuto y medio. Nueve corredores le siguieron la rueda pero uno a uno fueron cayendo hasta que cedió el último, el alemán Bracke, en el puerto de Herrera. Tras una colosal exhibición, Ocaña entró en la meta de Vitoria-Gasteiz con más de dos minutos de ventaja sobre Scheepers y Bracke, que a la postre fue el vencedor de la ronda. Ocaña solo pudo ser tercero pero aún no había dicho su última palabra en Orduña.

 

Al año siguiente, la organización programó el paso por Orduña el 13 de mayo de 1972, en la penúltima etapa entre Torrelavega y Vitoria-Gasteiz, con 219 kilómetros. Al día siguiente, un doble sector con crono final terminaría por decidir la ronda. Luis Ocaña había decidido pasar de la Vuelta y acudir con todo al Tour tras la desafortunada caída que sufrió en el Col de Mente la edición anterior, cuando estaba siendo claramente el dominador de la ronda logrando que el insaciable Eddy Merckx doblara la rodilla. La jugada no le salió bien pero esa es otra historia.
En aquella Vuelta de 1972 estaba otro corredor no menos genial llamado José Manuel Fuente, “el Tarangu”. Este legendario escalador salió como líder de Torrelavega y demostró su clara superioridad dejando tirados en Orduña a sus dos máximos rivales, Lasa y Tamames, que a la postre le acompañaron en el podio final. Fuente fue alcanzando y descolgando a todos los fugados y coronó en cabeza aventajando al pelotón en casi 2 minutos. Había demostrado que era el más fuerte de la carrera. Por eso, después se dedicó a reinsertar en el grupo de cabeza a su compañero González Linares. En todo caso, hubo reagrupamiento general y el vencedor de la etapa en la capital alavesa fue Agustín Tamames.

 

Posiblemente, la ascensión a Orduña más brillante y mítica fue la que tuvo lugar el 12 de mayo de 1973. Repitiendo la fórmula del año anterior, se trataba de la penúltima jornada antes del doble sector final, si bien en esta ocasión la etapa finalizaba en Miranda de Ebro tras haber recorrido 203 kms desde Torrelavega. Es decir, Orduña quedaba mucho más cerca de meta.
Era la etapa reina de una ronda que se planteó como un duelo entre el mejor corredor de la historia y dominador del momento, Eddy Merckx, y el indomable e infatigable Luis Ocaña, su máximo rival. A rebufo de este par de ases, la Vuelta presentó una participación inusualmente brillante, con gente como Bernard Thevenet –ganador de los Tours de 1975 y 1977-, Roger Pingeon –ganador del Tour en 1967 y la Vuelta en 1969-, y los sólidos bloques del Kas y la Casera.
En la salida de Torrelavega, el belga era líder y ya había ganado cuatro etapas. Pero Ocaña no se rendía nunca. Así, en las rampas de Orduña un corredor del calibre de Agostinho hizo de lanzadera del ataque de su jefe de filas, Ocaña, que saltó a mitad de ascensión. Tras soltar a Merckx y Thevenet, el conquense coronó en solitario con medio minuto de ventaja. Sin embargo, por detrás ambos unieron fuerzas para cazar a Ocaña entre Osma y Espejo, de modo que en la meta de Miranda el insaciable belga se hizo con la victoria y ratificó que, simplemente, era el mejor.

 

Dibujo1Ocaña lanzando su ataque en el momento en que cede Thevenet, con Merckx por detrás con el maillot de líder

 

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Orduña era un puerto que proporcionaba espectáculo, y no faltó en la edición de 1974 en la 17ª etapa entre Bilbao y Miranda, un 10 de mayo. En esta ocasión, se llegaba al puerto vizcaíno tras subir otro duro puerto como Urkiola, en cuyas rampas atacó un Ocaña que no lograba encontrar su mejor golpe de pedal tras haber ganado, al fin, el Tour el año anterior -eso si, con la ausencia de Merckx-. El líder era Fuente, 3º el Tour anterior y gran animador del Giro entre 1972 y 1974, y no tuvo problemas para responder a sus ataques.
Ambos se marcaron durante toda la ascensión a Orduña, que fue coronado en primer lugar por Santiago Lazcano, que iba escapado. De hecho, a Fuente y Ocaña se adelantaron en la subida varios corredores, como Tamames, que a la postre se llevó la etapa en Miranda. Fuente se llevó la ronda con solamente 11 segundos de ventaja sobre Agostinho, con Ocaña cuarto.
Para hacernos una idea de cómo se las gastaban estos corredores, el Tarangu se presentó en la línea de salida del Giro solo cuatro días después con la intención de doblegar a Merckx. En una de las mejores ediciones que se recuerdan de la ronda italiana, Fuente se exhibió en montaña día sí y día también para delirio de los tifossi. Sin embargo, camino de San Remo en una jornada aparentemente intrascendente una de sus clásicas pájaras le hizo perder todas sus opciones a la victoria final.

 

Mientras, la fórmula de la Vuelta parecía funcionar, de modo que en 1975 Orduña volvió a estar presente en la penúltima etapa de la ronda, el 10 de mayo. Aunque sí que hubo diferencias respecto al año anterior: en esta ocasión se subía casi de salida y antes que Herrera, que tendría mayor protagonismo. Por entonces, Txomin Perurena era el líder pero se esperaba batalla entre Ocaña y Lasa. En medio de una espesa niebla que no permitió ver gran cosa, aunque nada pasó, Ventura Díaz coronó en primer lugar. No consiguió sacar renta el conquense y la etapa fue para el holandés Hennie Kuiper. La victoria final fue para Tamames, con Ocaña cuarto otra vez.

 

Tampoco tuvo mucho protagonismo Orduña en la siguiente edición. El 15 de mayo se disputaba la penúltima etapa de la ronda con final en el Santuario de Oro, por lo que Orduña se subía en los primeros compases de una etapa que salió de Galdakao. Salía como líder Kuiper, que retuvo el liderato al final de una etapa ganada por el alemán Dietrich Thurau. El primero en coronar fue Andrés Oliva, en una ascensión que no tuvo más historia.

 

Pero los anales del ciclismo aún guardaban una página más para Orduña. Como se suele decir, el recorrido no basta sino que el espectáculo lo tienen que poner los corredores. Y espectáculo hubo el 13 de mayo de 1978 en la 18ª etapa de la Vuelta, 154 kilómetros entre Bilbao y Amurrio con Orduña como mayor dificultad del día a 90 kilómetros de meta. No podía ser de otra manera si estaba en liza el gran Bernard Hinault.
El bretón ya había logrado triunfos importantes la temporada anterior, como la Lieja con exhibición incluida, o la Dauphiné Liberé ante Thevenet –que ganó el Tour-, Van Impe –tercero-, Agostinho o Zoetemelk. Sin embargo, su director, el legendario Cyrille Guimard, decidió posponer su debut en la ronda gala hasta 1978. Y escogieron la Vuelta como banco de pruebas. Hay que tener en cuenta que hasta entonces la Vuelta, organizada por El Correo, era una carrera bastante light con recorridos muy suaves. Aquella edición apenas tenía puertos de primera categoría, había poca crono y solo 3 finales en alto muy flojos. Tampoco parecía que fuese a tener demasiada competencia: ni siquiera estaban los mejores españoles y no había extranjeros de postín, ya que aquel año el Giro comenzó antes de que terminase la Vuelta.
Con cuatro victorias de etapa y el liderato, sin haber realizado un desgaste desmesurado y sin haber encontrado demasiada oposición, Hinault llegó a la penúltima etapa de líder con 50 segundos sobre Pesarrodona, 1’25” sobre su gregario Jean René Bernaudeau y 2’15” a Eulalio García. Y aún faltaba la crono final en Donostia. Tenía la ronda ganada.
Pero Hinault estaba rabioso. Se decía que estaba ganando sin moverse y gracias a las bonificaciones, que se había escudado en su equipo y que no estaba demostrando ser un campeón. Tras pasar por el Alto de la Junta, la carrera llegó a Orduña y allí Hinault se marchó irresistible hacia delante. En la bajada del puerto de Vitoria alcanzó a Pizzini y Gandarias, con quien al parecer tenía un pacto de no agresión, pero que no pudo seguirle la rueda al enfurecido bretón. El propio Gandarias afirma que Hinault no le iba a disputar la victoria pero el bretón se habría cabreado tras los ataques en Orduña de Alberto Fernández, y decidió poner a todos en su sitio.
Hinault coronó en solitario Aiurdin y las Chozas y se presentó en la meta de Amurrio con 1’56” de ventaja sobre un grupo de 14 hombres tras una tremenda exhibición, innecesaria en términos resultadistas, pero que vino a mostrar su indomable carácter así como su fortaleza física. “Lo he hecho para divertirme”, declaró en meta.

 

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Gandarias y Pizzini en Belandia

 

 

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Hinault coronando el Alto de las Chozas

 

Dibujo6Dibujo7Hinault entra vencedor en la meta de Amurrio

 

 

Al día siguiente, el sector matutino llevaba al pelotón hasta Donostia, etapa ganada por Txomin Perurena a pesar de los disturbios y los obstáculos colocados en la carrera, lo que llevó a suspender la crono final y dar por terminada la Vuelta 1978. Estos incidentes motivaron la retirada de El Correo como organizador de la ronda y la ausencia de la Vuelta en Euskadi durante décadas. Hinault, se llevó la Vuelta con 3’02” sobre Pesarrodona y 3’47” sobre su gregario Bernaudeau. Tras otra exhibición en el Campeonato Nacional francés, Hinault debutó en el Tour, ganó tres etapas y se llevó la general sin discusión por delante de Zoetemelk, a 3’56” y Agostinho, a 6’54”. El quinto, el francés Seznec, se clasificó ya a 12’50” y el décimo a 22 minutos.

La Vuelta no volvió a transitar por Orduña hasta el año 2012, en una etapa con final en Valdezcaray, por lo que la ascensión no tuvo más historia.
No hay que olvidar que el puerto ha sido ascendido también por otras rondas, como la extinta Vuelta a Álava de aficionados, pero sobre todo por la Vuelta al País Vasco, aunque siempre lejos de meta y sin demasiada trascendencia en el resultado final.

Merece la pena recordar la jornada del 4 de abril de 1985, jueves santo, en que se disputó la 4ª etapa de la Itzulia entre Getxo y Amurrio con un recorrido de 179 kilómetros con Orduña situado a 100 de meta. Iñaki Gastón coronó en primer lugar aunque la etapa no se definió hasta el paso por Garate, a 18 de meta. Allí atacó el asturiano Pedro Muñóz –solvente escalador que había sido 8º en el Tour del año anterior-, que se llevó consigo a Rogiers. Nunca tuvieron demasiada ventaja pero fue suficiente para que Muñóz entrara vencedor en la meta de Amurrio, situada en la subida del Alto López, justo por delante de Juan Fernández. A falta del doble sector final, José Luis Laguía era líder por delante de Peio Ruiz Cabestany, que fue el vencedor final ante Greg Lemond, Marino Lejarreta, Pepe Recio, Perico Delgado y Sean Kelly. Casi nada.

Como era –y sigue siendo- habitual, la participación de la Vuelta al País Vasco era de primer nivel y en la salida se había presentado el mejor corredor en activo: Bernard Hinault. El bretón ya acumulaba 4 Tours, 2 Giros, 2 Vueltas, un mundial, una Roubaix y muchas más carreras, aunque el año anterior se había visto completamente avasallado por un joven Laurent Fignon que le metió 10 minutos en la general del Tour. Por si fuera poco, al comenzar la temporada 1985 abandonó en Valencia y en la Tirreno-Adriático, por lo que no llegaba en absoluto en su mejor momento.

Hinault ascendió Orduña con un ritmo muy diferente al de 7 años atrás y coronó descolgado en medio de una espesa niebla y la lluvia, para abandonar 40 kilómetros después. El escritor Julen Gabiria contó en un artículo publicado en Berria el 5 de abril de 2017 que su afición al ciclismo se fraguó aquel 4 de abril en Orduña. Narraba el triste paso de Hinault por la cima y cómo la gente comentaba que estaba acabado. La respuesta del Tejón fue ganar Giro y Tour.

Lo narrado por Gabiria me trae a la memoria otra jornada de ciclismo entre la lluvia y la niebla, que tuvo lugar el 8 de abril de 1998, en la tercera etapa de la Vuelta al País Vasco. Si aquella vez, tras el paso del pelotón se echaba en falta la presencia de Hinault en el mismo, aquel miércoles ocurrió lo mismo con Jan Ullrich, vigente ganador del Tour. El alemán llamado a marcar una época en el ciclismo apareció en la zona del Panorama escandalosamente descolgado del pelotón, el último de todos. Recuerdo verle sufrir embutido en su maillot de campeón de Alemania con un montón de kilos de más fruto de una preparación invernal intensa en lo que respecta al consumo de productos tradicionales alemanes altos en calorías. Como Hinault, abandonó apenas unos kilómetros después. Aquella etapa, entre Balmaseda y Viana, la ganó Pascal Hervé por delante de su compañero de fuga Iñigo Cuesta. Lograron una ventaja suficiente para que el burgalés ganara la general final.

Hablar del puerto de Orduña es aludir a los mejores ciclistas de siempre: Eddy Merckx, el Caníbal, el mejor de la historia; Bernard Hinault, el único quien logra acercarse en palmarés, ambición y espectacularidad de sus victorias; Jacques Anquetil, el primer corredor en ganar 5 Tours y las tres grandes; el irrepetible Federico Martín Bahamontes, y otros grandes corredores que hicieron de los años 60-70 la que probablemente es la época dorada del ciclismo: Luis Ocaña, Jose Manuel Fuente, Felice Gimondi, Bernard Thevenet, Joaquim Agostinho, etc.

¡Cuántos jóvenes y no tan jóvenes se habrán aficionado al ciclismo viendo pasar a semejantes campeones por las rampas de Orduña!

 

 

 

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Prisioneros en fuga: la cárcel de Amurrio

Numerosas obras literarias y cinematográficas han versado, total o parcialmente, sobre heroicas y épicas fugas desde su lugar de confinamiento, desde “El Conde de Montecristo” de Dumas hasta “Cadena Perpetua” pasando por clásicos cinematográficos como “La gran evasión”, fenómenos mediáticos recientes como la serie “Prison break” o films basados en hechos reales como “Fuga de Alcatraz” y “La fuga de Segovia”. Y es que la realidad no pocas veces supera la ficción, como es el caso de la legendaria fuga de Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea, inmortalizada en la canción “Sarri Sarri” pero también imitada en una escena de “Muertos de Risa”.

La historia de la Tierra de Ayala también tiene su propio episodio de evasión carcelera. Solo que, al menos los casos aquí documentados, carecen de la épica de las anteriores y constituyeron episodios casi cómicos y próximos a lo patético. Porque la prisión de Amurrio estaba lejos de ser un fortín, más bien parecía una invitación a largarse cuanto antes a juzgar por la cantidad de presos que lograron abandonar sus muros.

Tras la supresión de las entidades tradicionales de gobierno y administración como la Tierra de Ayala en 1841, se procedió a la formación de ayuntamientos constitucionales. En Álava, los partidos judiciales quedaron definidos en 1845. Uno de ellos tenía su sede en Amurrio y sus límites eran casi idénticos al actual Partido Judicial de Amurrio, esto es, los municipios del Alto Nervión, Urkabustaiz y Valdegovía. En aquel momento, también se incluía Bergüenda, hoy incluso en el municipio de Lantarón, Partido Judicial de Vitoria-Gasteiz.

 

Posiblemente, la cárcel de Amurrio estuvo situada desde el primer momento en la actual Casa de Cultura, pero no podemos afirmarlo. En realidad, es muy poco lo que sabemos de uno de los edificios más insignes de la localidad. Sirvan estas líneas para reivindicar la necesidad de ahondar en el patrimonio inmueble del municipio, lo cual es perfectamente factible y promete buenos resultados, con el debido apoyo de las instituciones pertinentes.

Pero vayamos ahora al 23 de noviembre de 1878. El año anterior tres hombres habían sido alojados en la cárcel y ejecutados a garrote civil en el Monte de los Ahorcados. No sabemos si ya ocupaba su cargo entonces pero en noviembre de 1878 era alcaide de la cárcel un tal Joaquín Fernández que a las 2.30 de la madrugada del mencionado día se presentó ante el juez asegurando que los presos Raimundo Terán e Ignacio Martínez le habrían agredido con el objeto de fugarse: Raimundo logró su propósito pero retuvo a Ignacio, al que había dejado atado en la celda que compartía con Manuel Ibáñez.

El juez y sus acompañantes se desplazaron a la cárcel y hallaron una escena distinta: mientras Ibáñez estaba atado en una celda, en la otra estaba el cadáver de Ignacio Martínez. A pesar de ello, la versión del alcaide fue dada por buena hasta que el día 28 Raimundo Terán fue detenido en Santoña. Su declaración fue sensiblemente diferente.

En primer lugar, Terán declaró que su fuga tuvo lugar la noche del 19 al 20 de noviembre, tres días antes de lo declarado por el alcaide. La del 23 la pasó en Bilbao tras haber pernoctado en diferentes pueblos las noches anteriores. Este extremo fue confirmado por diversos testigos.

En segundo lugar, Terán afirmó que el alcaide toleraba con frecuencia que fuese llevado de su celda a sus habitaciones, por lo que aprovechó este exceso de confianza del incompetente alcaide para fugarse la noche del día 19. Entonces, el alcaide puso a los otros dos presos en la misma celda y ocultó que se había producido una fuga.

La investigación reveló nuevos detalles, que contradijeron la versión del alcaide Joaquín Fernández. La noche del 22 éste conversó con Martínez en su calabozo en un momento de ausencia de Ibáñez, quien le había dicho que quería fugarse. Así que Joaquín le ató sobre su cama y le dijo que, en caso de que tuviera que declarar, dijera que había sido Terán. Luego Martínez le dijo que se marchaba y el alcaide repuso: “¿Tu? ¿Quieres hacer lo que el otro pillo? De aquí no se marcha nadie”.

Como Martínez hizo ademán de proseguir en su intento, Joaquín le golpeó con un palo de punta herrada que llevaba como arma. Según la declaración de Ibáñez, Martínez cayó sobre su cama y se levantó rogando por una hija que tenía, ante lo cual Joaquín sacó un revolver y le pegó tres tiros. Le hirió en una mano pero no cayó al suelo, por lo que le golpeó dos veces más con su palo en la cabeza destrozándole el cráneo y dejándolo cadáver sobre el suelo del calabozo. Ignacio Martínez Fernández fue enterrado en Amurrio el 1 de diciembre.

En 1880 Joaquín Fernández estaba recluído en la cárcel de Vitoria-Gasteiz, más dura que la de Amurrio. Se le describía entonces como un hombre próximo a los 45 años, bajo, de medianas carnes y semblante vulgar. Fue juzgado en febrero de ese año y condenado a 20 años de cárcel. Por cierto que, mientras Fernández aguardaba en la celda F de la cárcel vitoriana, en la celda B se alojaba Juan Díaz de Garayo “el Zurrumbón”, más conocido para la posteridad como el Sacamantecas. En otra celda se alojaba el septuagenario Venancio Sáez de Araya, condenado a pena de muerte por violar a una niña de 10 o 12 años a la que apuñaló varias veces y que falleció 58 horas después del ataque tras una larga agonía. Unas joyas, vaya.

 

Era la cuarta vez que se producía una fuga en la cárcel de Amurrio en los escasos cuarenta años que llevaba en funcionamiento, “y sucederá siempre que haya reos de delitos graves”, decía un crítico con la situación. Un cronista describía Amurrio como una aldea de 138 caseríos disperos en una legua y media y se mostraba muy crítico con el hecho de que la localidad fuese cabeza de juzgado, ya que por no haber no había ni una sola calle digna de tal nombre ni ofrecía ninguna seguridad: “los perniciosos efectos de la traslación a una triste aldea, que en su afán de figurar algo, se lanzó a pedir a don Carlos el titulo de Villa, que no le fue concedido por no llegar a ser lugar”. Es por ello que, cuando estuvieron encarcelados los pasiegos autores del “crimen del Yermo”, se pidieron refuerzos para custodiar el lugar.

 

Una de esas fugas anteriores a la recién narrada tuvo lugar en la madrugada del 10 de octubre de 1859. Fueron nada menos que ocho los presos fugados, cinco de ellos juzgados por “ladrones en cuadrilla” y el resto por robo en Artziniega y Okondo. Conocemos el nombre de todos menos uno de ellos: Pedro de Segura “Molinero”, Cornelio de Zornoza “El Vuldero”[1], Francisco de Baranda “Tartuga”, Francisco Sañudo, José de Lejarza “El Carbonero”, Martin de Azcarraga y Francisco de Zabala.

Los presos estaban con grilletes y alojados en calabozos separados. Pero recibieron ayuda externa, ya que alguien escaló desde el exterior y abrió un agujero en el muro por debajo de una ventana. Como las separaciones eran de tabique sencillo, los tiraron abajo fácilmente.

En Urduña/Orduña se movilizaron guardias civiles y nueve paisanos armados para ir en su búsqueda por el monte Santiago y zonas colindantes, por haber tenido noticias de haber estado al amanecer en “la Venta fría y el pueblo de Inza”[2]. Sin embargo, parece que dos de los huidos emprendieron el camino a Artziniega: uno de ellos fue apresado por la pareja de la guardia civil de Amurrio en la “venta de Pajaritos”. Fue antes del amanecer y el otro huido pudo escapar cuando les dieron la voz de alto. Por desgracia, no sabemos cómo finalizó esta historia.

 

Los problemas de la cárcel de Amurrio con la seguridad fueron constantes y se alargaron en el tiempo hasta el mismo siglo XX. En 1892 se fugaron Mariano Macial, de Huesca, y Marcos Ruiz Caballero, de Espinosa de los Monteros. El 2 de diciembre de 1902 se produjo otra fuga cuya imagen no puede ser más tópica y clásica: dos reclusos extrajeron una de las tablas de la cama, que emplearon para doblar las rejas de la ventana de su celda; luego ataron cuatro sábanas una tras otra por las cuales se descolgaron hasta el suelo.

Poco después de las 8 de la noche el alcaide de la cárcel se percató de la fuga de José Martín Arcocha Echebarria, de 30 años, casado y natural de Urigoiti (Orozko), de barba cerrada y ojos azules y vestía pantalón y blusa clara de algodón, alpargatas blancas y elástico y boina azul. El segundo era un francés llamado Anatole Estol, de 27 años, estatura regular, bigote negro y barba cerrada, vestido de forma muy similar al anterior. En cuanto a la trayectoria posterior de los dos individuos, el francés fue capturado al día siguiente cerca de Ugao-Miraballes por una pareja de la Guardia Civil del puesto de Arrigorriaga.

Todavía en 1935 se producían fugas de esta cárcel. La noche del 26 de abril se fugaron de la cárcel de Amurrio Felipe Rubio Sánchez, de 22 años, y Manuel Cabero, de 20. Parece que la fuga la efectuaron rompiendo el cielo raso de la celda y pasando de este lugar al Juzgado de Instrucción, situado en el mismo edificio, desde donde lograron descolgarse mediante una cuerda por una ventana a la calle. Ambos estaban detenidos por el robo en el chalet de Narciso Pinedo Sopelana escasos días antes, cuyos objetos fueron hallados cuatro días después en posesión del dueño de un bar de Bilbao La Vieja.

 

[1] Probablemente se trate de Cornelio de Zornoza Campo, nacido en el pueblo alavés de Baroja en 1818

[2] Parece que se refiere a Unzá

 

FUENTES:

Archivo Foral de Bizkaia: AQ00072/246

El clamor público (4-11-1859)

Boletín Oficial de la provincia de Santander, nº 123, 14-10-1859

El liberal, 27-2-1880, p. 2

El liberal, 5-3-1880, pp. 2-3

El Heraldo Alavés, Año II, nº 563, 4-12-1902

Pensamiento Alavés, Año IV, nº 715, 22-4-1935

Pensamiento Alavés, Año IV, nº 720, 27-4-1935

 

 

 

 

El asesinato de Juan Pérez de Axpechueta

10 de septiembre de 1611

 

Era una noche tranquila y apacible, y aún restaban varias horas para el alba, cuando Juan Pérez de Axpechueta salió de la casa que ocupaba junto a la ferrería de Gardea, de la cual era administrador, montó su cabalgadura y puso rumbo hacia Murga, su localidad natal y donde residía junto a su familia. Iba a ser una larga jornada. Esperaba llegar pronto a su casa de Axpetxueta (Aspitxueta) para informar a su mujer Maria López de los últimos acontecimientos y luego buscar a su cuñado Antonio de Murga Aguirre, señor de la Casa y Torre de Murga. En su compañía, esperaba partir cuanto antes a Laredo a ver si allí daban con el Juez de Sacas, a quien había buscado infructuosamente en Bilbao el día anterior, viernes.

Juan Pérez salió de Gardea junto a su criado Juan de Murieta pero llegado al puente situado frente a la casa de Pedro de Solaun aquel se despidió para ir a dar noticia a varios allegados que se habían refugiado en casa de Pedro tras la denuncia que el escribano Domingo de Uriarte puso ante el Juez de Sacas.

Mientras su cabalgadura se dirigía a Murga a ritmo cansino, Juan Pérez debió repasar mentalmente una y otra vez las molestias, viajes y quebraderos de cabeza que le traían a mal vivir aquellos días. De todo ello hacía responsable a un maldito escribano de Amurrio que nunca había mostrado la más mínima simpatía hacia la casa de Murga y por enemistad con su cuñado, el señor de dicha casa, estaba siendo importunado, molestado y vejado de forma intolerable. Uriarte y su familia habían tratado de oponerse a los Murga de todas las formas posibles; por ejemplo, siendo Domingo alcalde de la Tierra de Ayala había tratado de quitar a Murga los honores que tenía en la parroquia de Amurrio, de lo cual se derivaron largos pleitos.

En esta ocasión, el escribano trataba de hacerse con la renta de la ferrería de Gardea, que Juan Pérez administraba en nombre de su cuñado. Ya había pasado por la cárcel de Mendixur por puro capricho de Domingo de Uriarte, que además le había injuriado gravemente llamándole “morisco” delante de mucha gente. Y no contento con eso, le había acusado ante el Juez de Sacas de Bilbao de haber enviado lana a reinos extraños.

Uriarte había aprovechado su desempeño de cargos públicos para inducir aquella denuncia y, usándola como pretexto, irrumpir en su casa de Axpetxueta y embargarle muchos bienes. Después de eso, había visto al escribano y sus esbirros rondar por allí, incluso de noche, y se estremeció al pensar que estuviera tramando algo más contra el. No dejaba de recordar cómo se las gastaba Uriarte, como la vez que había ido al valle de Okondo junto a su hermano Francisco, su cuñado Martín de la Plaza y su yerno el escribano Juan Ortiz de Padura en busca de Martín de San Probençi. Derribaron las puertas de su casa y el propio Domingo se lo llevó con las manos atadas.

En estas y en otras tantas cavilaciones debía ir inmerso Juan Pérez cuando llegó a la pasada del molino de Altui, un paso estrecho y complicado entre el monte y la presa del molino, allí donde terminaba la jurisdicción del valle de Laudio. Entonces, la cabalgadura se encabritó mientras varias manos le agarraban y le empujaban hacia el suelo bajo una lluvia de golpes hasta que el fuerte chasquido de su cuello al romperse certificó su muerte.

 

Juan Pérez de Axpechueta fue arrojado a la presa del molino y nunca llegó a su destino. Pero sí lo hizo su cabalgadura. Alarmados por este hecho, su mujer y allegados comenzaron a buscarle y sus pasos no tardaron en llevarles hasta Luiaondo. Allí se dio aviso de la desaparición al Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala. Pronto se hicieron algunas diligencias para buscar el cadaver en Altui, donde ya había fallecido más de un individuo, y efectivamente allí lo encontraron.

Su viuda Maria López de Murga nunca tuvo dudas sobre lo ocurrido ni sobre la autoría del crimen. Según su versión, el asesinato había sido planeado unos días antes en la casa de Lope de Perea en Luiaondo por una serie de hombres poderosos unidos por lazos familiares e intereses comunes. Es por ello que denunció a los vecinos de Amurrio Domingo de Uriarte escribano y su hermano Francisco, a los escribanos Juan de Salazar Oribe y Domingo de Sagarribay, y al barbero y tabernero Martín de la Plaza; y a los vecinos de Laudio Iñigo de Zubiaur e Iñigo de Villachica, que el día de autos se habrían presentado en el punto de reunión, la casa de Juan de Otazu en Luiaondo, con dos “paniaguados” llamados Pedro Hortiz de Hernani Baquiola y Juan de Dubiriz Landaeta.

Maria López afirmaba que los acusados habían estado acechándole en aquel punto a propósito, ya que era un lugar muy propicio para ello. Además del enfrentamiento mantenido por Uriarte con la casa de Murga, la viuda de Axpechueta señalaba que Zubiaur estaba enemistado con el por haber tomado en arrendamiento la hacienda y edificios de Antonio de Murga en Gardea, frente a sus pretensiones a los mismos. Además, Axpechueta habría discutido con Iñigo de Villachica en la boda de un sobrino de Pedro de Orue, cuñado de Iñigo.

En primera instancia, Maria López presentó como testigos a unos vecinos de Murga (Iñigo de Urieta, Sebastián de Urieta y Martín de Aguirre) que, habiendo llegado a Luiaondo en busca de su marido por encargo del Alcalde Mayor, habían sido instados por Ursula de Lezama-Urrutia, mujer de Otazu, a regresar a su casa, porque el desaparecido “estaba a buen recaudo”. También citaban a un arriero que aquella noche había visto luz, gente y cabalgaduras en casa de Otazu, ubicada solamente a dos tiros de ballesta de Altui. Afirmaban, incluso, que la mujer de Pedro de Orue había asegurado que sabía que aquello iba a suceder desde cuatro días atrás, del mismo modo que habrían escuchado decir a Baquiola que no hacía cuatro días que había cometido un asesinato y en cuatro días cometería otro.

 

Los acusados se ausentaron de la Tierra y no pudieron ser apresados, pero no evitaron que todos sus bienes fueran embargados y depositados provisionalmente en otros vecinos de la zona. Por ejemplo, a Domingo de Sagarribay se le embargaron las casas principales en las que vivía y otra más pequeña que tenía al lado, que se depositaron en Pedro de Gabiña, Christobal de Oribe y Juan de Sagarribay. A Martin de la Plaça le fue embargada la casa principal en la que vivía con un horno y tejado que se depositaron en Juan de Pardio. A Domingo de Uriarte se le embargaron las casas principales en las que vivía junto a una casa cabaña anexa y una casa de molinar con dos ruedas, de lo que fue depositario Andrés de Ugarte. A Iñigo de Zubiaur se le embargaron las casas principales en las que vivía además de una ferrería y una casa molinar con una rueda. A Juan de Salazar Oribe le embargaron las casas principales en las que vivía junto a la torre de Mendixur además de dos ruedas en Rotabarria con su casa, otra rueda de moler en Larrinbe y una casería con dos heredades en Saratxo, de lo que se nombró depositario a Juan de Beotegui.

Sin embargo, en poco tiempo todos ellos fueron prendidos y encarcelados en la casa de Diego de Urrutia en Luiaondo, que a pesar de ser de madera y, por lo tanto, poco segura, actuaba con frecuencia como cárcel de la Tierra. Ocurría además que Diego estaba implicado en la muerte de Juan Pérez.

Pronto empezaron los interrogatorios. En general, los acusados trataron de demostrar que la muerte de Juan Pérez había sido accidental, debida a un tropiezo del caballo en un lugar donde el paso en medio de la noche no era muy recomendable. Argumentaban que el cadáver no presentaba heridas ni golpes que delatasen haber sufrido una muerte violenta, a pesar de que los cirujanos que lo reconocieron hallaron que tenía la nuca dislocada, el cuello hinchado y algunos restos de sangre en la boca. Como el cuerpo fue llevado a Luiaondo y estuvo un día sin examinar, los reos utilizaron este defecto para no dar credibilidad al reconocimiento del cadaver. También afirmaban que Juan Pérez había estado “fatigado” de una “profunda melancolía”, que faltaba frecuentemente de su casa y que, por ello, su familia temía que se volviera loco y así lo afirmaban públicamente.

Domingo de Sagarribay afirmaba que no pudo tomar parte en los hechos, ya que los cuarenta días anteriores, y aún después, se los había pasado enfermo en cama, hasta el punto  de que los médicos creían que iba a morir. Además, afirmaba que era público y notorio que era amigo íntimo del difunto y que el hecho de que su tío Domingo de Uriarte fuera enemigo de Axpechueta no significaba que el también lo fuera.

La coartada del propio Uriarte era que había permanecido en casa de su sobrino Sagarribay, gravemente enfermo, hasta muy tarde, antes de irse a su propio domicilio, donde pasó la noche. Al día siguiente, se levantó para atender un negocio de un vecino de Larrinbe y después fue a Luiaondo a continuar con ciertas diligencias hasta la noche. Frente a las acusaciones de un vecino que afirmaba haberle visto un día persiguiendo a Juan Pérez, Uriarte reaccionó diciendo que dicho vecino era un hombre de mala reputacion, amancebado, paniaguado de la parte contraria y sin credibilidad.

Iñigo de Zubiaur declaró que Juan de Garay, vecino de Luiaondo, le había pedido que intercediera ante Uriarte para que no fuese apresado por una pendencia que había tenido con Juan de Basurto. Tras hacerlo, fue a la hospedería de aquel lugar y después llegaron los otros culpables, con los que se sentó a comer. Luego fue a hablar con Basurto a Amurrio y regresó a su casa en Laudio con Iñigo de Villachica sobre las 5 de la tarde. Pasó la noche en casa y al día siguiente asistió a misa; lo mismo hizo el sábado en Udiarraga, donde fue informado del hallazgo del cuerpo de Juan Pérez en la presa de Altui. Por su parte, Villachica afirmó que había pasado todo el tiempo en su casa.

Martín de la Plaza también se decía amigo del difunto. Al igual que Uriarte, afirmaba haber estado en casa de Sagarribay antes de marcharse a su propio domicilio en compañía del sacerdote Pedro de Sagarribay. Al día siguiente habría ido a Luiaondo a ciertas diligencias y pasó la noche en casa de Andrés de Ugarte, en unas “terceras” que se solían hacer y luego se acostó en su casa. El domingo después de comer estuvo en buena conversacion en casa de Domingo de Uriarte.

Juan de Salazar Oribe comentaba que la razón por la que los acusados habían estado comiendo en casa de Lope de Perea el miércoles consistía en haber ido a entender en un pleito entre Uriarte y Francisco de Guinea. Afirmaba que Domingo “de la Serraxeria” (“persona sin crédito alguno porque solía cometer delitos malsonantes” y al que también tildan de alcohólico) y Andrés de Murga le tenían por enemigo del difunto, pero el lo negaba, afirmando que entre ellos había amistad y se invitaban a comer mutuamente.

Pedro Hortiz de Baquiola dijo que el viernes y el sábado hasta la mañana estuvo trabajando en la obra de una casa nueva de Maria Pérez de Gastaca en Laudio. Por su parte, Maria López le tildó de “facineroso de mala reputación”, de familia desconocida y que había afirmado falsamente que tenía hermanos en Arrankudiaga. Además, ya debía tener una condena a muerte pendiente y había asesinado a un tal Artabe en aquel lugar, por lo que tuvo que trasladarse a Laudio para entrar al servicio de Zubiaur y Villachica. La viuda rechazaba las declaraciones que los reos habían realizado ante Joanes de Aresqueta, porque era primo de la mujer de Francisco de Uriarte.

 

Aunque las justicias consideraron probado que Juan Pérez de Axpechueta no había perdido el juicio ni había muerto ahogado en la presa, sino que habia sido arrojado allí tras ser asesinado, no nos consta cuál fue la pena impuesta a los dos esbirros que, a todas luces, parecen ser los autores materiales del asesinato.

Sin embargo, el inductor de todo parece muy claro, y se trata de Domingo de Uriarte escribano, de quien eran parientes (cuñados, sobrinos, yernos) todos los demás. Hasta el momento, nada se ha publicado acerca de esta familia de Amurrio, muy notable entre los siglos XVI y XVII, en la que hubo varios escribanos ya desde finales del XV y que alcanzaron una notoriedad muy notable en la localidad. Fueron familias como ésta las que lograron ascender en la jerarquía social tras el final de la lucha de bandos, y para ello no descartaron del todo las actividades violentas e intimidatorias. Los Uriarte, de los cuales este Domingo habría sido su miembro más activo y conflictivo, serán objeto de un tratamiento exclusivo próximamente.

El asesinato de Juan Pérez de Axpechueta, miembro del linaje de los Murga (posiblemente, el linaje de viejo cuño que mejor se adaptó a los siglos XVI-XVII), se saldó con una condena a 4 años de destierro a una distancia mayor de 5 leguas y al pago de 30.000 maravedís para Domingo de Uriarte e Iñigo de Villachica. Por su parte, la mayor pena recayó en Iñigo de Zubiaur, quizá por haber sido el amo de los dos presuntos autores materiales del asesinato: 4 años de servicio al rey con armas y caballos a su costa y sin sueldo, y el pago de 80.000 maravedís. El resto, los Sagarribay, Salazar y Plaza, fueron absueltos.

 

(Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2159, 51)

Breve historia del Alto Nervión: la Baja Edad Media

Habíamos finalizado el capítulo anterior en la segunda mitad del siglo XII con todo el Alto Nervión definitivamente integrado en Castilla y habiendo conocido ya los nombres de los tenentes o señores de sus territorios, y con buena parte de sus pueblos ya documentados. Desde luego, el paisaje humano del Alto Nervión en el siglo XII comienza a sernos más familiar.

La documentación histórica, sin ser especialmente abundante, es cada vez más numerosa, por lo que la explicación de este periodo histórico conocido como la Baja Edad Media es bastante más compleja que los anteriores. Muchos procesos distintos confluyen en estos siglos. Por eso, sin ánimo de realizar un estudio detallado sobre la historia de la comarca (para más información se puede consultar la bibliografía especializada), en el presente capítulo nos centraremos sobre todo en uno de los muchos procesos históricos que se están produciendo: concretamente, en la definición territorial e institucional de las entidades que integran el Alto Nervión. Es en estos siglos cuando se formarán aquellas entidades territoriales que estarán vigentes nada menos que hasta la revolución liberal-burguesa del siglo XIX. Y data también de aquellos siglos la división de la comarca entre Álava y Bizkaia.

 

En el capítulo anterior, vimos cómo Bizkaia, Álava, Ayala y Orduña eran territorios diferenciados en la Crónica de Alfonso III, independientemente de la realidad que se ocultase bajo cada una de esas denominaciones. En el siglo XI, también Llodio aparecía como un valle diferenciado, sujeto a un Señor diferente (aunque de la misma familia que el de Bizkaia y emparentado con el de Ayala). Por lo tanto, podemos afirmar que Ayala, Llodio y Orduña son demarcaciones territoriales individualizadas y diferenciadas, como mínimo, desde hace un milenio. En la Baja Edad Media, aparecerán dos más: Arrastaria y Artziniega.

En el año 1075 Lope Sánchez (señor de Llodio) donó a San Millán de la Cogolla el monasterio de Santiago de Langreiz (del cual toma su nombre el monte Santiago) con, entre otros, posesiones en Tertanga y unos manzanares sitos en el “valle” de Orduña. Y en 1135 el rey Alfonso VII donó a San Millán la “villa de Gavinea”[1] en el “territorio de Orduña”. Los medievalistas consideran que por “valle” y “territorio”, en aquella época, habría que entender una entidad de límites definidos, que es percibida como una unidad y que está integrada por una serie de asentamientos rurales de pequeño tamaño sin una jerarquía entre sí. Por ejemplo, en el caso de Orduña existirían ya toda una serie de asentamientos (como ya dijimos, la arqueología muestra que lugares como Zedelika o Lendoñogoiti se poblaron muchos siglos antes, y lo mismo habría pasado en otros sitios) que con el tiempo habrían de dar lugar a las localidades y barrios que hemos conocido, sin menoscabo de que algunos de ellos pudieron desaparecer a finales del medievo (de hecho, leves indicios apuntan que algunos asentamientos no sobrevivieron, o lo hicieron reducidos a algún aislado caserío, al siglo XVI; pero este es un tema aún por investigar). Otro asentamiento en este lugar era el de Arbileta, documentado en 1192 cuando el rey Alfonso VIII donó al Obispado de Calahorra el monasterio de San Clemente.

Se cree que Ayala y Llodio también respondían a esta concepción de “valle”, si bien en el primer caso la aldea como unidad básica de organización tendría mucha más fuerza: recordemos que algunas se documentan ya desde el año 864. De su organización interna y forma de gobierno no sabemos nada; solo en Orduña está documentada la existencia previa de un concejo, es decir, una forma de gobierno local más o menos comunitaria e independiente del poder de cualquier señor feudal.

 

En el año 1229 se produjo un cambio de notable importancia para la historia de nuestra comarca. El Señor de Bizkaia Lope Díaz de Haro otorgó carta-puebla a Orduña, fundando así una villa como dote para su matrimonio con Doña Urraca, la hermana del rey castellano. La condición de villa iba asociada a la constitución de un núcleo urbano y fue entonces cuando se creó el germen del actual casco histórico de Orduña, que estuvo constituido por tres calles: Hierro o Arriba, Medio y Carnicería o Abajo. Aunque no existen datos que lo confirmen de forma fehaciente, se cree que la población se habría trasladado desde su primitivo asentamiento junto al Santuario de la Antigua, además de, como era habitual en la fundación de núcleos urbanos, desde las localidades circundantes, atraídos por los privilegios que tenían las villas[2].

Los motivos por los que se fundó la villa de Orduña habrían sido fundamentalmente dos. Por una parte, fue capital su situación geográfica en uno de los caminos naturales que unían la meseta castellana con los puertos cantábricos en un momento en que comenzaba a desarrollarse el comercio entre Castilla y el norte de Europa. Por otro lado, se documenta la elaboración de tejidos en el lugar, como reflejo de la formación de una economía más avanzada que comenzaba a trascender lo agropecuario.

A partir de entonces, la ruta comercial que transitaba por Orduña fue ganando en importancia y con ello la localidad experimentó sucesivas ampliaciones de su casco urbano, convirtiéndose en uno de los núcleos más desarrollados del norte peninsular, lo que le valdría el título de ciudad ya en el siglo XV.

Finalmente, durante los siglos bajomedievales la posesión del señorío de Orduña fue basculando, en función de la coyuntura, entre el señor de Bizkaia y la monarquía, si bien la vinculación con el primero fue siempre notoria. A pesar de los intentos de los señores de Ayala en el siglo XV por añadir el de Orduña a sus amplios dominios, como sabemos, la ya por entonces ciudad terminó por integrarse en el Señorío de Bizkaia.

 

Es posible que la creación de la villa fuese lo que creara la diferenciación entre lo que sería su jurisdicción propiamente dicha y la Junta de Ruzabal, que fue tomando cuerpo en los siglos siguientes hasta su definitiva institucionalización a principios del siglo XVI.

Y es posible también que fuera entonces cuando el valle de Arrastaria[3] comenzó a tomar cuerpo, ya que en origen habría sido parte de ese “territorio” o “valle” de Orduña. En 1257 ya se mencionan las parroquias de “Odelica, Urruno, Tertanga, Aloria, Artomaña y Arbieto”. Orduña y el Señor de Ayala, Fernán Pérez de Ayala, pleitearon sobre la posesión del Valle de Arrastaria y fue éste quien tomó posesión del mismo en 1380, confirmando sus “fueros, usos e libertades” en la parroquia más rica del valle, la de Delika.

 

Solo unos años antes, en 1373, Fernán Pérez de Ayala otorgó un fuero propio, de origen consuetudinario, a la Tierra de Ayala. Para aquel entonces, la Tierra ya estaría configurada por las mismas 36 localidades que la van a componer hasta su desaparición por decreto de Espartero en 1841. Pero sobre su origen, más allá de los mitos que tratan de explicarlo y que no repetiremos aquí, no podemos decir gran cosa. No deja de llamar la atención su curiosa disposición geográfica horizontal, ocupando varios valles paralelos, con unos extremos bastante alejados geográficamente. ¿Es esto una herencia de la época en que los movimientos del norte peninsular tenían una orientación este – oeste?

En cualquier caso, Ayala ya se mencionaba en la Crónica de Alfonso III y sus primeras aldeas se documentan en el año 864. Fue una tierra de contacto entre poblaciones nativas y repobladores godos (“bascongados e latinados”, según Lope García de Salazar), sobre todo en la zona occidental y la Sopeña, áreas cuyos templos parroquiales caerán en la órbita de los templos monásticos de la zona del Ebro. Independientemente de todo ello, el hecho de que contase con Fuero propio ya en 1373 nos habla de un territorio bien definido y con la suficiente entidad y trayectoria histórica como para proceder a una organización interna de calado. Los ayaleses renunciaron a su fuero en 1487, eso sí, con la excepción de ciertas disposiciones entre las que se incluye la más característica de todas: la libertad absoluta de testar.

 

En 1272 el rey castellano Alfonso X el Sabio fundó la villa de Artziniega probablemente para rivalizar con las de Orduña y Balmaseda, que pertenecían entonces a los señores de Bizkaia. Dado que poco tiempo después los reyes castellanos pasaron a ser los señores de Bizkaia, perdió su primitiva función. La villa, claro está, no fue fundada sobre la nada: en torno al Santuario de La Encina había existido un poblado desde la época tardorromana, en un proceso análogo al ocurrido en Orduña. Lo que no sabemos es si Artziniega era un territorio diferenciado de Ayala antes de esta fundación o no; bien pudo ser parte de la Tierra de Ayala y, ya que los señores de Ayala en el siglo XIII aún no eran los poderosos hombres que fueron posteriormente, hubieron de aceptar esta intromisión del monarca en sus dominios. Pudo no ser así. En todo caso, en 1371 la villa fue entregada a Pedro López de Ayala, por lo que en adelante estuvo bajo poder de los Ayala.

 

Como hemos visto, Llodio es un territorio que aparece diferenciado del de Ayala de forma temprana; el hecho de que en aquel valle rija el fuero vizcaíno quizá sea un remanente de una antigua vinculación con Bizkaia, pero realmente no está constatado que alguna vez perteneciera a aquel. Su primer señor documentado es Lópe Sánchez, sobrino del señor de Bizkaia, y luego el valle perteneció, en los siglos XII y XIII, a la Casa de Mendoza. En 1314 era su señor Lope de Mendoza, que vendió el señorío de Llodio a Leonor de Guzmán, esposa de Fernán Pérez de Ayala. A diferencia de lo que ocurre en Ayala, en el valle de Llodio la aldea no habría cristalizado como sí lo hizo en aquel territorio como forma de organización del espacio y de la sociedad. Sería por eso que, a lo largo de la historia, se mantuvo como unidad, como si fuera una sola localidad.

 

En definitiva, excepto Orduña, el resto de territorios que conforman el Alto Nervión quedaron bajo el señorío de los poderosos Ayala, que tuvieron así privilegios en lo que respecta al nombramiento de cargos, percepción de rentas y diezmos, atribuciones judiciales, etc. Esta circunstancia resultó fundamental para su integración en la Hermandad de Álava, fundada en 1463 y origen de la actual provincia[4]. La Hermandad General de Álava estaba integrada por una serie de territorios que también se llamaban hermandades; en lo que respecta a nuestro territorio, eran las de Ayala, Arrastaria, Artziniega y Llodio. Es decir: estas entidades nunca perdieron su autonomía en materia local ni su personalidad claramente diferenciada por mucho que estuvieran sujetas a un mismo señor, el de Ayala, o que pasaran a integrarse en la Hermandad de Álava.

Durante los siglos bajomedievales, todas estas entidades se fueron dotando de sus propias instituciones internas, sus mecanismos administrativos y de funcionamiento, sus cargos públicos, costumbres, etc. Generalmente, todo ello no fue plasmado de manera oficial en documentos escritos hasta finales del XV y sobre todo principios del XVI, momento en que se fechan la mayoría de las ordenanzas de los valles, localidades y juntas variadas. El siglo XVI asistió a la generalización de la puesta por escrito de todo acto público y, por eso, la documentación conservada de la época es muy superior a la de siglos anteriores. Su consulta nos muestra una sociedad plenamente organizada: las bases sobre las cuales iba a funcionar hasta el siglo XIX ya estaban puestas. Por el camino, claro está, habían sucedido muchas cosas: el ascenso de las familias de los Parientes Mayores y las luchas de bandos, los enfrentamientos por el poder entre las familias más poderosas, los intentos de los Ayala de controlar los núcleos urbanos, y otros fenómenos sociales relativos a la consecución de privilegios y libertades por parte de los pequeño-hidalgos, el control de las iglesias, etc.

 

Es un periodo complejo de la historia en el que ocurrieron muchas transformaciones y no tenemos respuesta para todas ellas. Las fogueraciones del siglo XVI, y toda la documentación del siglo en general, nos muestran la existencia de una serie de localidades cuyos límites estaban bien definidos y con un notable número de vecinos residentes en caseríos, gran parte de los cuales se han conservado hasta la actualidad. De repente, nos topamos con un mundo muy poblado y bien asentado del que no sabíamos prácticamente nada. ¿Cómo han surgido y se han individualizado todas estas localidades? ¿Qué criterios las han definido, en base a qué se han establecido sus límites? ¿Cuál es el origen de una red de caseríos tan amplia? ¿En qué situación se encontraba esa gran mayoría social en los tiempos de la lucha de bandos, cuando son totalmente ignorados por las fuentes de la época?  Muchas preguntas todavía que responder respecto a este periodo fundamental de nuestra historia.

 

[1] Podría tratarse de un asentamiento en el término de Gabiña, que fue una casa solar situada en jurisdicción de Belandia y de la que se tiene noticia, al menos, desde finales del XV y principios del XVI.

[2] No hay más que observar los apellidos de los vecinos de la localidad en la fogueración de 1511 disponible en este mismo blog para tomar idea de la procedencia de los mismos.

[3] Arrastaria se cita como campo en 1485; parece ser que el valle tomó su nombre del lugar donde hacían sus reuniones generales los vecinos de las localidades que lo componían.

[4] En todo caso, conviene recordar que los Ayala ya habían formado parte anteriormente de la Cofradía de Arriaga

La serpiente de Orduña

Así se titula un pequeño relato que un tal “Pérez de Liébana” publicó en la revista Los Niños, fundada en 1870 por Carlos Frontaura y en la que escribió la flor y nata de las letras españolas hasta su desaparición en 1876. LA SERPIENTE DE ORDUÑA apareció por partes, en los ejemplares correspondientes a los días 4, 5 y 6 de mayo de 1872. De su autor nada sabemos. El título aparece acompañado del subtítulo “Tradición vizcaína”. Es de suponer que este relato consiste en una elaboración retórica de una leyenda popular.

A continuación, reproducimos este escrito de forma íntegra y literal, exactamente tal y como fue publicado:

LA SERPIENTE DE ORDUÑA

Tradición vizcaína

I

 

Orduña, que es la única ciudad del señorío de Vizcaya, está construida en una ladera extremadamente pintoresca.

A sus pies se extiende la fértil y ancha vega; y desde aquel noble y antiquísimo pueblo se distinguen otros de menor importancia, cuales son: Délica, Artomaña, Tartanga, Aloria, Amurrio, Villalva y Berberana, así como los picos de Onguino, los espesos bosques de Gujuli, las altas moles de Amboto y Mañaria, el nevado Gorbea y una multitud de imponentes y ásperas montañas.

Allí se derrumba el afamado Salto del agua, desde lo alto de la renombrada Peña que toma el nombre de la ciudad, y baja al fondo del valle para formar el origen del río Ibaizábal, que, después de recorrer una gran parte del señorío, rinde su tributo al inquieto mar cantábrico en el Abra de Portugalete.

Allí las nieblas espesas de la mañana fluctúan cuando el sol derrama sus primeros rayos; y si descienden a la llanura, se asemejan a un piélago flotante que va de un lado al otro suave y pausadamente, produciendo un agradable efecto en la imaginación de quien lo observa.

Allí, en los tiempos antiguos, se alzaban fuertes edificios, que eran el abrigo de poderosos señores; y el amurallado pueblo, con sus barbacanas, cubos y torres, servía de primera defensa al país contra las invasiones de sus enemigos.

Y allí, en donde el valor era patrimonio de todos, tenía la piedad, como sucede siempre, mayor y más constante acogida.

Por eso, sobre un terreno poco apartado de la población, se levantaba modestamente una humilde ermita que en un altar lucía la santa imagen de la Madre de Dios. Y era tan milagrosa aquella imagen, que fue, en los tiempos a que nos referimos, objeto de una fervorosa devoción en toda la comarca, así como lo es también en la actualidad.

Pobres y ricos, débiles y poderosos acudían en sus dolores al santuario de La Antigua, buscando el consuelo de sus penas en la intercesión de la Santísima Virgen, en aquel lugar representada sobre una morera, por haberse aparecido a los hombres allí mismo, y sobre un árbol de igual especie.

Entre los más fervientes devotos de la venerada imagen se distinguía un niño de escasos años. Aquel niño, llamado Juan, era hijo de unos infelices padres, dependientes del más rudo señor de cuantos en los remotos tiempos hacían gala de su poderío en el valle y en el monte; y su triste posición les había conducido a  tal grado de miseria, que apenas contaban con lo necesario para alimentarse y vivir.

El fatigoso trabajo del campo había ya agotado las fuerzas del infortunado padre, que sentía gravitar sobre su cuerpo la insoportable carga de los años; y ya viejo y cansado e inútil para el señor, la escasez y el abandono crecían de día en día en su olvidado albergue.

Y corrieron los alegres meses del verano, que es el protector de los pobres, y llegaron las sombrías horas del invierno, con sus hielos, la lluvia, la nieve y los horrores todos del frío.

Entonces se redoblaron los males de la pobre familia del niño Juan; porque su honrado padre, que otros años salía al campo en aquella dura estación y ganaba algunos maravedís cortando leña, había perdido la salud y se encontraba en la terrible necesidad de permanecer en la inacción, aunque veía cernerse el hambre sobre su casa y aunque el frío se cebaba en ellos sin compasión.

Más de una amarga lágrima se deslizó por las tostadas mejillas del anciano, a quien su virtuosa compañera quería en vano consolar con cariñosas palabras; pero las lágrimas eran flaco remedio para tan grande infortunio.

-¡Ah! -decía el desconsolado padre, un día en que la frialdad de la atmósfera paralizaba la sangre en las venas de los orduñeses-; ¡cuántas desventuras caen sobre nosotros, amada Estebaliz, sin dejarnos ni un momento de descanso y respiro! ¡Cuán acibarada, cuán triste es nuestra existencia!

Y al expresarse de este modo inclinó lánguidamente su blanca cabeza sobre el afligido pecho.

-¡En verdad que sí! -contestó la madre de Juan, vencida por el dolor y asomando a su rostro una expresión de angustia, difícil de describir-; ¡en verdad que sí, Tristán!, pero todas ellas no son más que otras tantas pruebas que nos envía el Omnipotente, y que debemos sufrir con resignación y paciencia. Si el Señor lo quiere, obedezcamos al Señor.

-Tienes razón -exclamó Tristán-; tienes razón, y yo las sufriría todas y muchas más que me enviase, si fuera yo solo el condenado a tantas amarguras. Mas ¡ay!, que tú, mi buena, mi amada compañera, participas también de los mismos pesares, de los mismos tormentos que yo… y ese desdichado, ese inocente niño…

El llanto ahogó la voz del buen viejo, y al ver aquella manifestación de la ternura paternal, no pudo Estebaliz contener por más tiempo el suyo. Ambos esposos se abrazaron entonces y lloraron juntos y en silencio largo rato.

Cuando se hubieron repuesto algún tanto, dijo Tristán, con la viva fe del mártir y del creyente:

-Si mis sufrimientos son una justa expiación de mis pecados, envíeme Dios cuantos quiera, que yo tendré valor para resistirlos sin proferir una sola queja ni exhalar un solo suspiro, y bendiciendo su bondad; pero véase libre de ellos al menos ese niño angelical…

-Ese mismo es mi ruego de todos los días, Tristán: eso es lo que todos los días pido a la Santísima Virgen de la Antigua con todo el fervor del cariño maternal.

-¡Siempre digna de ser madre! -murmuró enternecido el anciano al escuchar las palabras de su esposa, e imprimió en la frente de aquella respetable mujer un beso que era todo un poema de afectuosa veneración.

-Sí -repuso ella-; pero tu brazo débil y enfermo no puede ya echar a tierra los robustos troncos de las añosas encinas, y mi trabajo no basta a traeros un pedazo de pan…

Estas amarguísimas frases cayeron como una pesada losa sobre aquellos infelices, y sus pálidos semblantes se contrajeron y sus cuerpos temblaron convulsivamente.

Mas no fueron palabras que se llevara el viento; pues, aunque Estebaliz y Tristán pensaban que nadie les oía, atento a sus razones aprestaba el oído, en un zaguán inmediato, un niño de hermoso rostro y expresivo mirar.

Aquel niño era Juan; Juan que, por primera vez se apercibía de la magnitud de los tormentos de sus padres, que, cuidadosamente, le habían ocultado su extremada miseria, privándose hasta del necesario alimento porque él no advirtiese la ausencia de lo que tanta falta les hacía.

Y al escuchar aquellos lamentos, engendrados por el más puro, por el más desinteresado de los amores, por el amor paternal, en fin, sintió agitársele el pecho y latirle el corazón con desusado y extraordinario brío.

Y estuvo pendiente de los labios de sus padres hasta que oyó las últimas, desengañadas y desgarradoras palabras de Estebaliz; y así que las hubo oído, dirigió en torno suyo la chispeante mirada, se abalanzó a un hacha que estaba tendida en tierra, la empuñó con vigor sobrenatural, y, como si le inspirara un aliento superior, salió de su casa, marchando calle arriba con paso firme y resuelto continente.

 

II

Pocos minutos después atravesaba aquel niño una de las puertas que defendían la murada población, y salía al campo.

Cuando se vio allí vaciló un instante, y luego que aceptó un partido, encaminose hacia donde se alzaba modestamente la ermita de La Antigua, al modo mismo que la paloma mensajera que remonta el vuelo, y en llegando a lo alto gira indecisa breves momentos y se orienta para emprender después resueltamente su viaje en una invariable dirección.

Y Juan echó a andar por una senda que conducía, en aquellos tiempos, a la provincia de Álava, y que cruzaba un monte en el que los robustos árboles y la espesa e intrincada maleza crecían a la par, formando un bosque casi impenetrable a las plantas humanas.

Y era tal el afanoso deseo que le impulsaba, tal el anhelo de llevar a sus infortunados padres algún socorro, que olvidó de todo punto los peligros espantosos a que se exponía al seguir tan ciegamente la senda que había emprendido.

Más de un centinela de los que en la muralla vigilaban, le gritó con piadoso intento al verle alejarse por aquel lado. Pero él, sordo a cualquiera otra voz que no fuera la del amor filial, nada oyó, en nada pensó.

Y no obstante, a cada paso que daba iba acercándose rápidamente a una muerte segura y desastrosa, porque en aquellos sitios tenía entonces su guarida un monstruo horrible, una descomunal serpiente, que era el terror de la comarca.

Si algún incauto, osado o mal avenido caminante se atrevía a pasar por allí, su fin era inevitable. Arrojábase sobre él el abominable reptil desde las retorcidas ramas de los árboles, o brotaba traidoramente de entre la áspera maleza, y haciéndole presa le devoraba.

Por eso evitaban todos el aproximarse al bosque; y si alguno, más imprudente que los demás, creía oír en la espesura algún ruido que le anunciaba la presencia de la serpiente, huía despavorido y no cesaba de correr hasta que alcanzaba el venerado santuario de la Virgen de la Antigua. Tan grande era el pavor que el monstruo justamente infundía.

En vano se quiso aprestar gente para dar una batida en el bosque y acabar con el importuno reptil; que los que jamás temieron las armas de los hombres y afrontaron la muerte con heroico valor, no se aventuraban a combatir con un feroz enemigo, cuyo poder parecía recibir impulso del pérfido aliento de Satanás.

Pero Juan no era en aquella sazón el ser racional que discurre y pesa la consecuencia de cada paso que da; Juan era el acero que obedece a la atracción del imán; era la viva representación del sentimiento que ejecuta y no piensa.

Y caminaba con el hacha en la mano y el paso bien seguro, disponiendo todas sus fuerzas para cortar las secas ramas de los árboles, en tanto que daba rienda suelta en su corazón a una multitud de nobles y puras esperanzas.

Mas de repente quedó como clavado en el suelo, sus ojos se abrieron con espanto y sus piernas flaquearon. El pálido color del cadáver cubrió su rostro y no pudo articular ni una sola palabra.

El execrable monstruo estaba allí, frontero a él, con los ojos centelleantes y vomitando fuego por sus dilatadas y cavernosas fauces. Y Juan quiso entonces huir… pero le faltó el vigor necesario para ponerlo por obra y se sintió fascinado.

La serpiente pareció sonreír con infernales gestos ante su aterrada víctima; y, arrastrando por el suelo la escamosa piel, se fue acercando lentamente a Juan, que veía llegar su último instante y escuchaba temblando el extraño ruido que en su marcha producía el reptil.

La horrorosa boca se abrió desmesuradamente…

Tocaba ya al sobrecogido Juan…

Mas en aquel momento un rayo de luz brilló en la aturdida razón del niño, y dirigiendo la vista a la ermita, exclamó con sin igual fervor:

-¡Valedme, Virgen de la Antigua!…

Un valor súbito brotó en su corazón, y una fuerza, impropia en él, vigorizó su brazo; y haciendo un movimiento convulsivo, maquinal y automático, asestó un rudo golpe al miserable reptil, como principio de una formidable lucha, cuyo término no podía ser dudoso, atendidas las escasísimas fuerzas del niño.

Un rugido terrorífico resonó con voz poderosa e hizo estremecerse a las riscosas montañas; y un humeante arroyo de negra e hirviente sangre corrió por la estrecha senda, tiñendo las piedras y secando para siempre las raíces de cuantas yerbas, árboles y arbustos halló al paso.

III

El feroz rugido lanzado por el monstruo produjo tal perturbación en el espacio, que se oyó en las calles de la ciudad como el imponente mugir del huracanado viento del Sudoeste cuando sacude violentamente las salvajes y sombrías rocas de las costas.

Y al percibirlo, todos se sobrecogieron cual si les amenazara una inminente desgracia.

-¡La serpiente! -gritaban con terror.

-¡Ruge siendo de día! -añadían con espanto.

-Tal vez la falta de alimento la obligará a entrarse en el pueblo.

-¡Las puertas!, ¡las puertas!, ¡que cierren las puertas!, ¡que echen los puentes levadizos!…

Y diciendo así, empezaron aquellos moradores de Orduña a correr de una a otra parte, como si hubiesen descubierto algún ejército invasor.

Mas no faltó alguno de los centinelas que se hallaban en la muralla cuando salió Juan de la población, que pensara que aquel rugido de la fiera era hijo de la alegría con que el monstruo saludaba a su nueva víctima, y unido al niño aquel soldado por vínculos de próximo parentesco, díjolo así a voz en grito, y excitó con enérgicas palabras a cuantos se creyeran valientes, para que, siguiendo su ejemplo, volaran al sitio donde tenía lugar el suceso y en lucha gigantesca arrancaran a Juan de entre los dientes del reptil, dándole a este la muerte que con tanta justicia merecía.

Y si bien fueron escuchadas con avidez las razones y la excitación del soldado, vacilaron todos ante la inmensidad del peligro.

Pero no desmayó por eso el valeroso guerrero, y desnudando su espada, dijo así, con el acento de la fe y de la voluntad más inquebrantable:

-¿Tenéis miedo tal vez? Pues bien; sea: pero yo, que no puedo dudar ni un momento de la protección que a los hijos de esta comarca presta siempre la Santísima Virgen de la Antigua, iré solo, y solo daré muerte a la serpiente o moriré gritando: ¡Viva la Virgen!

Aquellas palabras electrizaron a los oyentes, y hombres, mujeres, niños, jóvenes o ancianos, todos siguieron en tropel y armados como pudieron al intrépido soldado.

Entre tanto, los afligidos padres de Juan nada sabían de cuanto acontecía, y agobiados bajo el peso de sus tribulaciones, guardaban un triste y sepulcral silencio.

De pronto rechinó agriamente la desvencijada puerta de su habitación, que daba al zaguán, y apareció en el dintel una mujer que con pálido rostro y sin conceder apenas a Estebaliz y Tristán el tiempo necesario para que fijasen su mirada en ella, exclamó:

-¡Jesús mil veces! ¡Rogad al cielo por él!

-¿Por quién? -preguntó al punto el padre, estremeciéndose y con el semblante contraído.

Pero la madre dio un salto, se puso de pie, y agarrando fuertemente por un brazo a la imprudente mujer, le dijo:

-¿Dónde, dónde está mi hijo?, ¿qué le ha sucedido?…

Porque el instinto de la madre lo había adivinado todo.

Entonces, con la indiscreta locuacidad de las eternas consejeras de los lugares, repitió la infausta mensajera cuanto se decía, y los acongojados esposos sufrieron un tormento más.

Pero nadie sabía aún qué había sido de su hijo, por más que le supusieran devorado por el infernal reptil; y la cariñosa madre iba a salir precipitadamente a buscar al amor de sus amores, cuando la voz del anciano Tristán la detuvo.

-Espera, Estebaliz -le dijo-; espera, que soy su padre y he de buscarle contigo.

-¿Tú? -replicó la buena esposa con profundo pesar.

-Sí, yo -contestó con firmeza el anciano.

-Pero ¿olvidas, tal vez, que estás débil y enfermo? -murmuró con sumisión y dulzura Estebaliz.

-Dios me dará fuerzas para todo -repuso Tristán.

Y pocos instantes después salían aquellos dos venerables ancianos de su casa, y echaban calle arriba, con la más honda inquietud pintada en sus flacos semblantes.

Apoyábase Tristán en el brazo de Estebaliz y marchaban con abrumadora lentitud.

Las calles parecían desiertas. Cruzaron la muralla; salieron al campo y se encaminaron por la senda que conducía a Álava.

Un fenómeno singular se presentó a sus ojos. Por ambos lados de la senda corrían dos arroyos de un humeante líquido de oscuro color rojo y de nauseabundo olor.

Mas tanta era su pena, que no les llamó la atención aquel extraordinario suceso.

Al fin distinguieron un inmenso grupo de gente, y sus corazones se agitaron con poderosa violencia.

-Corramos, corramos -decía en aquella sazón el pobre anciano, queriendo prestarle con la voluntad las fuerzas de que ya su cansado cuerpo carecía.

Pero sus pies no obedecían al deseo.

No obstante, llegaron al fin, y sus almas se inundaron de inmensa y celestial alegría. Con asombrados ojos contemplaron un portentoso espectáculo.

Sobre una ligera nube que se posaba en la tierra estaba el niño Juan, que en la mano derecha tenía vigorosamente empuñada la cortante hacha, mientras con la izquierda suspendía la terrorífica cabeza del monstruo destructor, segada al primer golpe de un modo milagroso.

Al verlo sus padres cayeron de rodillas, para dar gracias a Dios.

 

IV

Aquel maravilloso cuadro fue largo tiempo el objeto de la admiración de todos los habitantes de Orduña, allí congregados, y de muchos fieles de las cercanías, que corrieron a aquel sitio para ser testigos de tan sorprendente prodigio.

Y después que hubieron reconocido el infinito poder de la Providencia, la ligera nube se disipó, y cesó de brotar el arroyo de sangre que salía a borbotones del aún palpitante e inanimado cuerpo de la serpiente.

Entonces la multitud agradecida levantó en alto al niño Juan, y entonando cánticos religiosos le llevó a la ermita de La Antigua, en donde él colocó el hacha y la cabeza del monstruo a los pies de la santa imagen de María, postrándose humildemente y dando notable ejemplo de piedad y cristiana fe.

Todos le imitaron; y los más robustos de los circunstantes cargaron sobre sus hombros los pesados restos de la temida sierpe, y los depositaron en el santuario.

El siguiente día se celebró con gran pompa una solemne función, para dar al Altísimo una inequívoca prueba de gratitud por las mercedes que aquel pueblo obtenía con la destrucción del terrible enemigo: se extrajo la espina dorsal del reptil, y para eterna memoria, se la colocó en el sitio más visible de la ermita.

Y desde entonces el desconocido niño mereció las atenciones de todos, él y sus honrados padres salieron de su penosa situación a favor de una regular pensión que en premio a su heroico comportamiento le fue asignada por su poderoso señor.

La espina de la serpiente ha visto trascurrir algunos siglos, fija primero en el lugar en que al principio la pusieron, y expuesta después en el camarín de la nueva ermita terminada en 1782.

Aquel testimonio de la fe y del amor filial ha desaparecido hace muy pocos años.

 

La Tierra de Ayala contra los poderes vizcaínos

La construcción del Camino Real entre Bilbao y Pancorbo, finalizado hacia 1772-73, supuso una notable agilización del comercio entre la villa vizcaína y Castilla. Esta carretera fue financiada por el Señorío de Vizcaya, la Villa de Bilbao y el Consulado de Comercio, y se trazó, aproximadamente, sobre el camino que unía ambos puntos desde siglos atrás pero en unas condiciones mucho mejores y con tramos nuevos.

Eso supuso que se ocuparan terrenos particulares, por lo que estaba previsto que sus propietarios recibieran una compensación económica. No hubo problemas al respecto hasta que las obras llegaron al valle de Laudio. Entonces, el señor de Murga, que por entonces era vecino de Xemein (Bizkaia), pretendió ser compensado por la apropiación de unos terrenos propios con el doble de su valor real. No tuvo éxito en sus reclamaciones.

Era el mes de mayo de 1767 y las obras llegaron a la localidad de Saratxo. Fue entonces cuando entró en escena otro individuo que, como Murga, también descendía de una de las cinco casas de Parientes Mayores de la Tierra de Ayala. El conflicto se iría enredando hasta llegar al problema esencial: ¿quién tiene la competencia para juzgar lo que ocurre en aquellos lugares que ocupa la carretera? ¿Los que la pagan o las autoridades del lugar que atraviesa?

Las primeras protestas

Joseph Ignacio de Salazar y Muxica era vecino de Astobiza y señor de la torre del mismo lugar. Tenía 31 años pero aún actuaba en nombre de su madre, ya que no heredaría el mayorazgo hasta el momento de su boda. Fue el último Salazar que habitó en la Torre de Astobiza, ya que pasó a vivir a Sopuerta poco después. Por entonces, no solo era el heredero de la torre y todas sus pertenencias, sino también del mayorazgo de la casa de Ugarte de Amurrio, al que pertenecían diversos bienes en el pueblo de Saratxo: un caserío en el barrio de Derendano, dos molinos con sus casas (los de Landaberde) y otra casa “más abajo del molino bajero” para el servicio de los mismos, además de todas sus heredades y pertenecidos correspondientes. También tenía unas heredades de pan llevar entre la iglesia y la casa de Ibarra, que fueron del Conde de Ayala.

Joseph Ignacio de Salazar protestó por la ocupación de dos heredades y un jaro, arruinándole las mieses y las cerraduras, por lo que solicitaba una compensión económica y que se restablecieran las cerraduras tal y como estaban. La primera de esas heredades estaba situada más arriba de la cabaña del molino, cerca de la casa de Nicolás de Salazar, vecino del lugar, y de la casa nueva de Manuel de Lezama, vecino de Amurrio. La segunda heredad estaba bajo las casas de Aretxaga, y la carretera las atravesaba por el medio.

Esto fue notificado “junto a la venta que llaman de Menditueta” a Matheo de Aguirre, vecino de Menagarai y maestro principal de la obra; y a Manuel de Uriondo, vecino de Orduña y sobrestante de la obra.

En agosto, ocuparon otra heredad del mismo propietario cerca de la casa que en el barrio Zubiaur habitaba Juan Manuel de Larrazabal, natural de Lezama, casado con Luisa de Ibarrola, la verdadera propietaria de la casa. El barrio de Zubiaur se correspondería aproximadamente con el actual Los Mesones, donde también estaba la citada casa de Ibarra. Esta vez, Joseph Ignacio de Salazar pidió que Matheo de Aguirre fuera encarcelado.

Ya en septiembre, Maria de Gurbista, por incapacidad de su marido Diego de Unzueta, protestaba porque frente a su casa y cabaña contigua habían levantado un paredón que impedía la entrada de carros y caballerías, por lo que tenían que emplear una escalera de mano para acceder a la cabaña. Afirmaba también que Matheo de Aguirre allanó un terreno contiguo a su casa que estaba cercado de pared y, cuando lo trataron de impedir, los trató muy mal de palabra.

Para entonces, el alcalde ordinario de la Tierra de Ayala Juan de Zulueta, vecino de Lezama, ya había emitido un auto de encarcelación contra Matheo de Aguirre, que le fue entregado el 1 de septiembre por el escribano Gerónimo de Arana, también de Lezama.Aquel día había una serie de operarios trabajando junto a la casa de Diego de Unzueta. Los vecinos de Saratxo Simón de Angosto, Domingo de Mendibil y Joseph de Oribe estaban llevando piedra con sus carros. Mientras, en los paredones estaban contruyendo Domingo García, de Laredo; Bonifacio de Angulo, de Madaria; Manuel de Lanbarri, de Menagarai; Manuel de Gorbea, vecino de Erbi; y Joseph Saenz de Gamboa, natural de Nanclares de Gamboa.

Como consecuencia de estas protestas, Matheo de Aguirre fue destituido por haber intervenido en las heredades antes de que se hubieran tasado y negociado las indemnizaciones con los propietarios. A partir de entonces las obras estuvieron a cargo de Joseph de Maruri y Joseph de Pagueta, vecinos de Bilbao, siendo sobrestante Domingo de Aldama, vecino de Saratxo y  natural de Añes.

Finalmente, en diciembre, Joseph Ignacio de Salazar protestó porque se habían sacado 50 o 60 carros de piedra de unas reservas que su madre había sacado del río para evitar que alguna avenida de agua rompiera el cauce del molino harinero que tenía en el término de “elguaren”.

En definitiva, Salazar y Unzueta fueron pagados por la ocupación de sus terrenos, pero las protestas iban encaminadas a que se les construyeran unos paredones muy caros. Los responsables de la obra afirmaban que así lo venían ejecutando, a pesar de que no tenían obligación de hacer paredes y cerraduras, y que todos habían quedado satisfechos, menos el citado Salazar, que continuó adelante con las protestas.

Intervienen las autoridades ayalesas

Desconocemos las causas por las que este conflicto permaneció latente hasta 1771, pero lo cierto es que las obras apenas avanzaron en Saratxo en este tiempo. A principios de abril de aquel año, Pedro de Lecanda, vecino de Larrinbe y alcalde ordinario de Ayala, ordenó que no se trabajara en las obras en terrenos de Salazar hasta que fueran atendidas sus reclamaciones. Sin embargo, las partes interesadas en la construcción del camino no admitieron la potestad de las autoridades ayalesas para poder intervenir en asuntos relacionados con la carretera, de acuerdo a una Real Cédula emitida anteriormente por el rey.

Por eso, Lecanda acompañado por un gran número de hombres se encaminó a Saratxo el 9 de abril y allí, en el “término de los mesones”, encontraron a una quincena de operarios trabajando en el camino, entre los que se encontraban los locales Manuel de Lezameta, Joseph de Zulueta, Thomas de Pinedo y Domingo de Thelleria, que era criado de Francisco de Arberas. También estaban Francisco de Iturribarria y Silbestre de Basoaldu, de Maroño; Juan de Larrondo, de Orduña; y unos cuantos vizcaínos, además de un burgalés. Incluso se hallaba una mujer, Brigida de Loizaga, vecina de Beluntza.

Viendo que las obras no se habían detenido, tal y como había ordenado el alcalde, trataron de detener a los responsables, es decir, a Pagueta y al sobrestante Aldama. El primero huyó a paso ligero hacia la jurisdicción de Orduña y el segundo ya se encontraba alli. Salazar y Maria de Gurbista los reclamaron a la justicia de Orduña para que fueran encarcelados en la Tierra de Ayala, a lo que aquella no accedió. Los dos fueron descritos como hombres de 36 a 40 años, estatura proporcionada como de dos varas, barba negra, color blanco encendido, ojos garzos, nariz aguileña y buenas las demás facciones del rostro, fornidos, robustos y gruesos de cuerpo. También se describen sus atuendos.

Pero las obras no se detuvieron. Así, el 1 de mayo Lecanda fue a Saratxo con numerosos acompañantes hacia las 6.30 de la tarde. Allí encontraron a unas 40 personas trabajando y detuvieron a unas cuantas, siendo el más destacado Martín de Urquidi, escribano de la ciudad de Orduña. Con los ayaleses iba el también escribano Joseph Benito de Zulueta, vecino del barrio Ulibarri de Lezama, quien llegado a la casa de Diego de Ugarte en el barrio Aldaiturriaga de Amurrio se despidió retornando a su casa. En la escritura, se excusaba por haber dado fe de lo ocurrido el día 2 “por haber llegado a deshora a su casa y fatigado de lo mucho que había andado a pie”. Los presos y sus captores hicieron noche en la venta de Aretxabala, en Olabezar, siendo llevados al día siguiente a la carcel pública que habían trasladado a Menagarai.

La mayoría de los detenidos afirmaba trabajar simplemente para ganarse el jornal y “poder pasar la vida”, a las órdenes del alistador Martín de Arza. Entre los detenidos había un guipuzcoano, Joseph de Mecolaeta, natural de Antzuola, peón de cantería y viudo de 46 años; el orduñés Juan de Larrondo, labrador y peón de cantería, casado de 40 años; tres personas de Berriz, tanto solteros como casados, que llevaban pocos días trabajando allí y que fueron informados de que, si les detenían, simplemente obedeciesen; dos vecinos de Maroño llamados Francisco Javier de Aldama y Francisco de Iturribarria, y otros dos paisanos de éstos, de 22 años, huérfanos de padre y solteros, llamados Silbestre de Basualdo y Dionisio Ortiz.

En el camino de Saratxo a Amurrio detuvieron también a Antonio de Cenita, maestro cantero de Elorrio, casado de 44 años, que había estado delineando el camino desde Amurrio hasta “junto a la casa que llaman del yndiano de orduña sita junto a la puente de Saracho”, por orden de Manuel de Salcedo (Capitán de Infantería agregado a la plaza de San Sebastian, y comisionado para la construccion del nuevo camino carretil) y el Director Joseph Santos Calderón. A ello se había dedicado con Manuel de Landa, vecino de Amurrio, y otros operarios a los que dijo que no podía hacer nada a menos que acudiera Joseph de Durana, perito nombrado para reconocer los daños causados en la construcción y que estuviese con “la yndianesa” para que se conformase en el modo de las cerraduras de sus heredades.

Una tropa foránea invade Ayala

Aunque Lecanda ordenó liberar a los presos el día 9, y con la quimera suscitada sin resolver en el Consejo Real, la mañana del 10 de mayo entró en la Tierra de Ayala una Compañía de Granaderos del Regimiento de Milicias de Burgos comandada por un oficial y asistidos por el escribano Juan Agustín de Sagarvinaga y por un ministro del Corregidor de Bizkaia.

En primer lugar, fueron a Menagarai. Juan Antonio de Madaria los vio pasar junto al santuario del Santísimo Cristo de la Calzada, y los hombres a caballo fueron a casa del gobernador, que estaba ausente por haber asistido a la “romería que se celebró en Orduña los días 8 y 9 de mayo”, por lo que fueron directamente a la cárcel.

Allí se encontraba Andrés de Alzate junto a su hija Josepha custodiando a los 11 presos. El alcaide era su hijo Joseph Antonio, que estaba ausente en Zuaza. Los granaderos le comunicaron que tenían orden del Corregidor de Vizcaya para que liberase a todos los presos, a lo que contestó que solo el alcalde ordinario de Ayala podía ordenarlo y que además debía tomar cuenta de lo que debían los presos. El alcalde de Orduña Manuel Santos de Amati, que también les acompañaba, contestó que pagase quien los había capturado, y amenazaron con sacarlos por la fuerza. Entonces, por miedo y bajo amenaza, al saber que en el barrio de Mendieta había más soldados esperando, puso en libertad a los presos y se los llevaron.

En segundo lugar, tras pasar por Orduña, la tropa de granaderos fue, a las 5 o 6 de la tarde, a la casa de Pedro de Lecanda en Larrinbe, con la compañía del dicho Amati y Antonio Santos de Viguri su asesor, asi como de muchos hombres de la ciudad y trabajadores del camino armados con escopetas. Según un testigo, se trataba de un grupo de unos 40 o 50 soldados y muchos paisanos, que en total serían unos 100.

Cercaron su casa, que era propiedad de Francisco Antonio de Sauto, de 25 años y residente en una casa inmediata, testigo de todo lo ocurrido. La registraron por completo, y al no hallar a Lecanda en ella interrogaron a su mujer, Maria Antonia de Ugarte. Con ella se encontraba su hermana Agustina, natural de Amurrio. Ambas describen cómo media docena de soldados les robaron varias longanizas de la cocina ante sus airadas e inútiles protestas y cómo oyeron a los chicos de los vecinos gritar que les estaban saqueando la huerta. También les descorcharon una colmena y les requisaron todos los bienes y alhajas que encontraron en la casa. Un detalle curioso que señalan es que los asaltantes llevaban un loro o un papagayo enjaulado en la punta de un palo alto.

Después, según testimonio de Miguel de Angulo, llegaron desde Larrinbe a Saratxo 38 granaderos con su oficial y un criado que le asistía, y llamaron a los regidores, que a la sazón eran Gaspar de Zulueta y Domingo de Aldama, el sobrestante, que estaba ausente. A Gaspar le ordenaron que preparase alojamiento para la tropa, lo que ejecutó repartiéndoles entre tres o cuatro casas, situación que se mantuvo los dos días siguientes. Pero viendo que no se marchaban los distribuyó por todo el pueblo. También se le ordenó que debían proveer las raciones de pan para su alimento y parece ser que, ante las reticencias del regidor, se le dijo que estaba obligado a hacerlo e incluso a entregarle cualquier cantidad de dinero que necesitara para el mantenimiento de la tropa. Tambien se le obligó a traer la carne necesaria de la ciudad de Orduña cada tres o cuatro dias. Ante las quejas, Viguri le dijo que el mejor remedio era ayudar a concluir el trozo de camino. No les pagaron nada por las raciones ya que les dieron recibos que tiempo después aún tenían en su poder.

Pero los vecinos de Saratxo no solo tuvieron que mantener a la tropa, sino también a Martín Santos de Amati como comisionado del Corregidor, Antonio Santos de Viguri, Joseph de Garay, el escribano Sagarbinaga y su amanuense, y un alguacil del corregidor. Todos ellos formaron una especie de audiencia en la casa de Juan Manuel de Larrazabal, en el barrio Zubiaur. Y si bien Miguel de Angulo afirmó que la tropa con su buena disciplina no causó ningún problema, más bien al contrario, Larrazabal protestó porque su suegra Maria Santa de Lecubarri fue tratada de puerca por el alguacil del Corregidor por no haber querido condescender “en servir con igual abundancia en la segunda mesa que en la primera”.

El 13 de mayo los vecinos de la zona comunicaron al Diputado General y Maestre de Campo de la Provincia de Álava los atropellamientos que estaban padeciendo, teniendo además alojados en sus casas al oficial y los soldados. El Diputado averiguó que el teniente Francisco Pérez Salazar había llegado a Bilbao con 38 soldados, y sus órdenes originales eran ir a Burgos sin detenerse. Como ninguna tropa foránea podía alojarse en la Provincia sin su permiso, emitió un despacho comunicando al teniente que abandonase el territorio, pagando las raciones, alojamientos y bagajes. Pero el Teniente se negó, so pretexto de que había sido enviado por su General a auxiliar al Corregidor de Bizkaia, quien le había mandado a Saratxo bajo el mando de su comisionado, el Alcalde de Orduña.

En todo caso, el 18 de mayo los responsables de la obra mandaron retirar la tropa por los gastos que estaban causando.

La reacción ayalesa

El 22 de mayo reapareció Pedro de Lecanda. Este hombre se definía a si mismo como “un simple labrador” y, de hecho, solo era dueño de unos pocos muebles de cortísimo montamiento”. Por ello, informado de lo ocurrido en su ausencia, recurrió a Juan Valentín de Ibarrola, único abogado secular en el que dijo confiar, puesto que dos abogados eclesiasticos se habian excusado. Posteriormente, Manuel de Salcedo presentaría a Lecanda como un títere de Ibarrola, al que habrían escogido de entre los cinco alcaldes de Ayala por no tener nada que perder y por ser de su devoción. Lecanda también fue socorrido por el escribano Gerónimo de Arana.

Primero, se ordenó el arresto de todos los naturales de la tierra que hubieran tenido participación en los altercados cometidos en casa de Lecanda. Segundo, que fuesen prendidos Joseph de Maruri, Joseph de Pagueta y Domingo de Aldama. Dado que creían que se encontraban refugiados en las casas de Antonino de Uriarte y Joseph de Padrabieta, curas de Saratxo, pidieron permiso para registrar sus casas al vicario de Ayala, el licenciado Joseph Antonio de Arriaga, también de Lezama como Ibarrola y Arana, que lo concedió.

En consecuencia, al día siguiente, dia 23 de mayo sobre las 8 de la mañana, se reunieron Pedro de Lecanda, el escribano Arana, el asesor Ibarrola y 32 mozos paisanos vestidos de “chamarretas encarnadas con palos largos en la mano al uso del país” para ir a Saratxo al registro de las casas de los curas.

La operación estaba bien preparada, ya que incluso enviaron a una persona con carta a Bilbao para que gentede confianza vigilase si salían nuevas tropas, para dar aviso. Ya el día anterior, un representante de la Tierra de Ayala protestó en el Consejo Real por la invasión de la tropa foránea, de modo que se vio “ultrajada su justicia, violentada su Carcel y allanada su casa del Alcalde con vilipendio de su familia executado uno y otro de poder absoluto por un Juez estraño con el nombre de Comisionado de otro igualmente forastero”. Por ello, pedía que se condenase al Corregidor, al alcalde de Orduña y al abogado en las penas pecuniarias y personales que correspondiesen.

La tropa organizada por Lecanda pasó a Saratxo y desde allí enviaron a Domingo de Calzada menor, vecino de Lezama y porteador habitual de la correspondencia con la ciudad de Orduña, portando una carta de Pedro de Lecanda dirigida a Amati en la que decía haber notado la mejoria de los caminos en su ausencia y que “no dudo tenga Vmd el buen gusto de benir a continuar lo comenzado, dandome al mismo tiempo algunas luzes de modo con que he de llenar los guecos del cumplimiento de mi obligacion en el trabajoso empleo de Alcalde Ordinario de esta M. N. Tierra”. Lógicamente, la parte contraria percibió la provocación de la misma e hizo caso omiso.

Aquel día no encontraron a nadie trabajando, pero fueron informados de que los obreros se habían marchado de madrugada, después de estar trabajando desde el día 10 en las heredades de Salazar con la ayuda de la tropa militar para conducir material con carros. Los vecinos de Saratxo Ignacio de Ugarte (labrador, 34 años), Francisco de Arberas (herrero y labrador, 30 años), Manuel de Orue (labrador, 19 años) y Joseph de Zulueta (labrador de 17 años) constataron la veracidad de esto último, y fueron encarcelados.

Todo el grupo se encontraba junto al camino real cuando llegó a paso ligero un caminante procedente de Bilbao, quien dijo que iba a Burgos en busca de dos soldados desertores, pero no llevaba las habituales cartas con su descripcion ni despacho alguno. Al final resultó que llevaba una carta para Joseph de Pagueta que la noche anterior le había entregado el hijo de Maruri y el alcalde Lecanda ordenó que la entregara en la casa en que había estado ospedado Pagueta y después le llevó preso. Se llamaba Manuel de la Cruz, era natural de Logroño y vecino de Bilbao, de 35 años.

Luego fueron a examinar las casas de los citados clérigos beneficiados de Saratxo, lo que no pudieron hacer en el caso de Uriarte por estar ausente y hallarse la casa cerrada. No encontraron a nadie en casa de Padrabieta.

Se ordenó despues parar todas las caballerías vacias que pasasen por alli rumbo al mercado de granos que se celebraba en Orduña con ocasión de la fiesta de San Juan. Y tambien ordenaron que fuesen a Amurrio y Luiaondo, donde se estaban construyendo dos tramos de la carretera, para ver si entre sus trabajadores se hallaba alguno de los que habian participado en los excesos.

Luego se presentó Juan de Echavarria, soltero de 28 años del lugar de Larrinbe, emisario de los maestres y sobrestantes para suministrarles las noticias secretas que le facilitaba el hecho de ser convecino de Lecanda, y fue apresado. Este espía posiblemente fue el que dio el chivatazo por el que todos los obreros habían desaparecido justo la madrugada anterior. Sin embargo, al ser interrogado afirmó que creía haber sido detenido solo porque había trabajado algunos días en la carretera. Antonio de Arrieta, Josef de Mecolalde y Francisco de Respaldiza fueron otros de los interrogados.

La resolución final

Finalmente, el día 25 Lecanda, el escribano Arana y su asesor Ibarrola fueron a Menagarai a tomar declaración a los que había apresado en Saratxo el día 23. Sin embargo, en Respaldiza se presentó Gregorio Diaz de Olarte, síndico procurador de la Tierra de Ayala, quien exhibió un Real Despacho mandado librar por los señores del Supremo Consejo de Castilla el dia 18 por el cual fueron servidos de terminar la ruidosa competencia entre Lecanda y el Corregidor de Vizcaya con motivo de la obra del nuevo camino, estimando dicha competencia a favor de las justicias ordinarias de la Tierra de Ayala.

Este triunfo de los ayaleses fue altamente considerado por sus autoridades y así lo reflejaron a la hora de reunir en un expediente todo el proceso por quanto combiene a la perpetua memoria del teson con que tan dignamente a sabido Vmd defender su Jurisdicion ordinaria en competencia de tres comunidades tan poderosas…”.

El 3 de junio, el comisionado Manuel de Salcedo presentaba un largo y detallado memorial defendiendo los intereses del Señorío, la Villa y el Consulado, en el que finalmente afirmaba que la resolución favorable dada a la Tierra de Ayala facilitaría que sus vecinos se opusieran al avance de la carretera. Sin embargo, no tenemos más datos de lo ocurrido posteriormente y, de hecho, la carretera no tardó mucho en estar finalizada y abierta al tránsito.

 

La Torre de Urrutia de Lezama

Diversas publicaciones señalan a la familia Urrutia, y a su torre situada en Lezama, como una de las principales de la comarca. Por ejemplo, la página web de Amurrio, en la descripción correspondiente a la junta administrativa de Lezama, recoge el texto que Micaela Portilla elaboró para dicha localidad en su Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria, en la que se habla de esta torre. Siempre se repiten los mismos datos, extraídos del expediente de ingreso de Lucas de Careaga y Urrutia en la Orden de Santiago en 1707[1].

Fue Federico de Barrenengoa quien situó esta torre en el paraje conocido como “la torre”, frente a la casa de Isasi y próxima al barrio de San Millán. Como su nombre indica, es cierto que allí existió una torre: la Torre Cadalso, que Barrenengoa situó erróneamente en el barrio Padura, no sabemos en base a qué datos.

 

La Torre Cadalso

En 1580, Pedro Martinez de Landa fundó por medio de su testamento el mayorazgo de Landa. Cuando se describen los límites de sus propiedades, se habla de un “camino que viene de Ugarte al cadalsso de Eguiluz”[2], en referencia al camino que se dirigía desde el lugar donde se situó la casa de Ugarte (en la zona de Andikoetxealde, creemos) hacia la zona de San Millán. Por lo tanto, la Torre Cadalso figura vinculada a la casa de Egiluz por entonces, y efectivamente ambas aparecen vinculadas siempre a los mismos propietarios. Así, en 1689 Joseph de Urbina Eguiluz, dueño del solar de Egiluz, arrendaba la Torre Cadalso a Francisco de Munibe. Tenemos datos sobre sus arrendatarios con cierta regularidad hasta la segunda mitad del siglo XVIII. La última mención a la Torre data de 1818, cuando se arrendó a Domingo de Loizaga por espacio de 5 años. Indudablemente, en 1876 estaba desaparecida.

 

La torre de Urrutia

Entonces, ¿dónde estuvo situada la Torre de Urrutia? Las publicaciones han repetido siempre que la torre estaba situada a “un cuarto de legua” de la iglesia. Sin embargo, una lectura detenida del expediente nos revela que esto no es exactamente lo que se dice. De hecho, los testimonios son muy contradictorios.

El primer testigo, Juan de Unzueta, declara en su casa del barrio del mismo nombre que la casa de Urrutia distaba como media legua, al parecer del lugar en el que se encontraba. Sin embargo, Diego de Sautu y otros también dijeron que la casa se hallaba a media legua “de este lugar de Lezama”, lo que parece que significa tomar como referencia la parroquia. Por el contrario, el sacerdote Juan de Bedia y Juan de Larrazabal dijeron que la torre estaba cerca de la iglesia; el resto de testigos afirmaban que se encontraba a un cuarto de legua de ella, poco más o menos. Por lo tanto, testimonios realmente contradictorios.

En 1709, los visitadores que estaban elaborando el expediente de hidalguía de Lucas de Careaga (y quienes tardaron 11 días en recorrer las 85 leguas que distan Lezama de Madrid) visitaron la torre, que entonces era propiedad de Juan de Urrutia. Era una torre de un cañón solo, de piedra de mampostería excepto las esquinas de la puerta principal y ventanas, así como algunas troneras estrechas y rasgadas de arriba abajo, que tenía repartidas en diferentes huecos de piedra sillar. A los cuatro lados remataban la casa cubos redondos que recibían el tejado, corriendo alrededor una cornisa llana en que asentaba el tejado. En una de las esquinas que miraban al sur tenía un escudo proporcionado de piedra parda antigua con unas hojas que le adornaban y en el centro dos calderas y una cruz, y por remate un morrión sin penacho. Había otro escudo igual en una pared grande que cerraba una huerta, con una especie de almenas, aunque muy arruinadas.

En todo caso, llama poderosamente la atención que no exista ni una sola referencia a tan magnífica casa en la abundante documentación notarial de la época ni posteriormente. Aunque sea de manera indirecta, en un momento en que hemos conseguido documentar todas las casas del lugar. Tampoco ha dejado ni un leve rastro en la toponimia.

 

La familia Urrutia

No es menos misteriosa la familia que habitó esta torre. Apenas aparecen en los registros de bautismo que se conservan. Ya en 1709 trataron de encontrar las partidas de bautismo de sus miembros y no las hallaron, al parecer porque hubo un tiempo en que cada sacerdote llevaba su propio libro y algunos se habían perdido.

No cabe duda que el apellido es antiguo en el lugar: en 1511 Diego Urtiz de Urrutia era escribano[3] y en 1515 era vecino Juan Díaz de Urrutia[4]. No aparece ninguno de este apellido, sin embargo, en las fogueraciones de 1590 o 1562, aunque algunos Urrutia sí aparecen bautizados por la época. Por ejemplo, en 1571 San Juan de Urrutia, que era hijo de otro del mismo nombre, se casó con Catalina de Lezameta, heredera de un caserío en el barrio de su nombre, por lo que San Juan acabó adoptando el apellido Lezameta.

Otro San Juan de Urrutia se casó en 1608 con Maria Saenz de Unzueta. Tuvieron al menos cuatro hijos: Sebastián (1610), casado en Bilbao con Ana Semper y abuelo de Lucas de Careaga; Maria, soltera; Juan, que al parecer también se estableció en Bilbao; y Antonio, casado con Mari San Juan de Zulueta. San Juan testó en 1648 y pidió ser enterrado en la sepultura en la segunda hilera de la parroquia, donde estaba su mujer, sus padres y antepasados, dueños que habrían sido de la torre de Urrutia.

Según el citado expediente de hidalguía, Antonio y Mari San Juan fueron padres de Martín, abuelos de Domingo y bisabuelos de Juan, propietario de la torre en 1709. Juan debería ser muy joven por aquel entonces. Quizá fue sobrino de otro Juan de Urrutia que testó en 1690 y a quien le tocaban bienes por la muerte de su hermana Catalina, junto a su hermano Domingo[5].

Por esta época, existe una familia Urrutia vinculada a un caserío del barrio Gujuli (actual La Villa), si bien parece provenir del caserío Urrutia de Astobiza. También unos Urrutia habitaron en la casa que se encuentra junto al caserío Bideko, si bien para 1709 sabemos que no pertenecía a esta familia.

No deja de ser curiosa la imposibilidad para documentar un edificio en una época en la que la documentación es abundante. Más aún en el caso de una torre que, teóricamente, debía tener una cierta importancia. Pensamos que algo se nos escapa, o que algo falla en algún punto de la información disponible. Por el momento, mantendremos que la localización de la torre de Urrutia sigue siendo un misterio…

[1] Archivo Histórico Nacional: Consejo de Ordenes, Caballeros de Santiago, Exp. 1569, Lucas Careaga Urrutia

[2] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[3] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1283, 35

[4] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 338, 17

[5] Archivo Histórico Provincial de Alava, Prot 12763, Juan de Murga, 1690