El Capitán Juan de Ugarte Larrea: familia, tiempo y legado (II)

Como vimos en el primer capítulo, cuando en 1638 dos receptores de la Orden de Santiago se desplazaron a Lezama para investigar la condición de hidalgo del Capitán Juan de Ugarte, Lope Hurtado de Mújica salió al paso para acusarle de judío, basándose sobre todo en sendos pleitos mantenidos por su padre Martín de Ugarte y por un pariente de Inoso sobre haber sido tildados de judíos. Pues bien; al día siguiente de la explosiva manifestación realizada por Lope, se tomó declaración a las personas que presentó como sus fuentes de información. Los ancianos Marcos de Urrutia y Francisco de Bidaur negaron haber dicho nada a Lope, ni siquiera habían tratado del tema. Al contrario, declararon a favor del Capitán manifestando que Martín y su padre habían desempeñado oficios públicos en la Tierra de Ayala, los cuales no habían obtenido mediante sobornos sino por ser considerados como gente de la más principal de la Tierra.

La acusación de Cristóbal

El 7 de abril el escribano Cristóbal de Ugarte Ulibarri no solo respaldó la versión de su cuñado Lope sino que agregó toda una serie de detalles, empezando por un presunto encuentro que nueve años atrás habría tenido en Santa Gadea con un anciano que le contó que había conocido a una Ugarte de Lezama que quedó preñada de su amo, un boticario de quien se decía que era judío. Además, Cristóbal puso especial cuidado en relatar una serie de recientes incidentes que verificarían la reputación judía de la familia Ugarte. Los iremos comentando a continuación con la correspondiente respuesta de los aludidos.

En primer lugar, Cristóbal afirmó que el ya difunto Simón de Landazuri había llamado judío a Juan de Ugarte de Urtaran, primo segundo del Capitán. Los receptores no investigaron este suceso. Segundo, hizo alusión a una riña sobre la entrada de ganado en una heredad en la cual Pedro de Unzueta de Zubinto llamó judía y bellaca a Águeda de Urtaran, prima del Capitán. El aludido, que era arriero, afirmó tajantemente que mal rayo le partiera si alguna vez le había dicho algo así a Águeda porque la tenía por noble y jamás le había dado ocasión para reñir con ella “y que quien la a lebantado este tº tanbien le podia lebantar que avia hurtado las sabanas de la yglesia”.

En tercer lugar, Cristóbal declaró que Martín de Alpichu le había contado que Francisca de Elexaga había llamado judía a María de Onsoño, sobrina del Capitán, y, aunque la quisieron denunciar por ello, no lo hicieron precisamente por no llamar la atención mientras los receptores estuvieran haciendo su trabajo. Pero Alpichu no había visto que tal cosa sucediera y dijo que, aunque le llevasen a ajusticiar, no podía decir una cosa así. Aquí lo más curioso de todo es que Elexaga, natural de Amurrio y vecina de Larrinbe, “no nos entendia lo que la hablabamos y preguntabamos por no saber hablar mas que bascuence” y por ello nombraron por intérprete a Antonio de Murga, señor de la casa de su apellido. Sobre éste y otros datos lingüísticos de mucho interés que contiene el expediente del Capitán ya hemos tratado en otro lugar (“Nuevos datos para la historia lingüística del Alto Nervión”, en el blog Crónicas del Alto Nervión).

Cuarto, el escribano afirmó que su abuelo Cristóbal, persona muy principal y con mucha mano en la Tierra, había ayudado mucho a Martín de Ugarte y solo por su influencia y la de su padre Hernando le dieron los oficios que tanto anhelaba porque el resto no se los querían dar y con régalos y dádivas los consiguieron (nótese cómo se manifiesta, sin pudor alguno, la manipulación de los oficios de la Tierra de Ayala). Bastantes testigos lo negaron, aunque nosotros pensamos que seguramente es cierto que Martín obtuvo sus cargos por influencia de estos individuos, pero porque éste era el modus operandi habitual, no específicamente por no ser hidalgo. 

Por último, Cristóbal, como ya había hecho Lope anteriormente, indicó que Martín había sido arriero e incluso el Capitán habría andado de joven con sus machos. Algunos testigos declararon que Martín nunca trajinó personalmente sino por medio de criados, otros dijeron que los machos los tenía solo para la labranza, pero en todo caso la arriería no menoscababa en absoluto la hidalguía de quienes la ejercían.

Podemos avanzar que Lope y Cristóbal, por muy pesos pesados que fueran en la escala social de la época, fueron absolutamente los únicos en defender los orígenes judíos del Capitán y, por extensión, de sus antepasados y parientes, parte de los cuales ya han ido desfilando por estas páginas. Este hecho es muy revelador, y lo es todavía más si tenemos en cuenta que ni siquiera los hermanos y el padre de Cristóbal ratificaron su declaración.

El escribano ya retirado Hernando de Ugarte Orueta no solo era el padre y suegro de Cristóbal y Lope respectivamente, sino que era por entonces familiar del Santo Oficio y un hombre de edad avanzada que durante toda su vida adulta había gozado de un prestigio enorme en Ayala y había desempeñado todos los cargos habidos y por haber, por lo que gozaba de la mayor estima y prestigio en el seno de la comunidad. Por otro lado, su esposa era prima segunda de Catalina de Larrea, la madre del Capitán. Sin medias tintas, Hernando afirmó que tenía a la familia del Capitán por hidalga y cristiana vieja y negó su influjo a la hora de que Martín obtuviera oficios en la Tierra de Ayala. Gran parte de su declaración se centró en relatar el encontronazo entre Martín y las hermanas Balza y el pleito subsiguiente, en el que, como ya vimos, actuó como escribano acompañante.

También fue Hernando el primero en decir que, en su tiempo, Juan Balza había manifestado que trataría sacar a su hija a salvo del pleito interpuesto por Martín de Ugarte, y para ello habría inventado la historia de la bisabuela venida de Santa Gadea, ya que si fuera cierto la mujer nunca habría sido admitida en la Tierra. Y tenía toda la razón. Las brumas de esa historia se disolvieron con la declaración de Juan Balza de Berganzagoitia, que tenía unos 68 años y era el único hijo superviviente de Juan Balza y hermano de las ya difuntas Ana y Magdalena. Según nos aclara este hombre, después del incidente de la romería en Urkillatu su padre trató de convencer a Ugarte para que dejase estar el tema, pero ante la negativa de Martín, Juan decidió defender a su hija a toda costa y para ello habló con muchas personas para persuardirlas de que declarasen que la bisabuela de Martín había venido de Castilla -de Paul, Miranda o Santa Gadea- preñada de un judío. Al final, el pleito le costó más de 600 ducados, una pena de destierro y otras molestias. Juan declaró que su padre pasó el resto de su vida diciendo que lo que más sentía era haber levantado aquel testimonio contra Martín “y esto dice el declarante por si pudiesse en parte descargar la conciencia de su padre por ser el hijo solo que le a quedado aunque no es nada afecto a las cossas del Pretendiente por los daños que le hiço el pleyto que hubo con su padre”. Por lo tanto, todo fue orquestado e inventado por Juan Balza para tratar de salvar a su hija del pleito mantenido con Martín de Ugarte, y por ello las personas que se hicieron eco de este rumor habrían sido convencidas de alguna manera para declarar tal cosa, lo que algunos hicieron con notable ambigüedad.

Como revelaban aquellas palabras dichas por Ana en Mendixur, y posteriormente refrendadas por el mucho más culto Martín Ortiz de Aldama, cada día en la Tierra se llamaban judíos unos a otros sin saber lo que decían; puede que en otras ocasiones algunos familiares o antepasados del Capitán fuesen llamados judíos, pero ello no significaba nada puesto que era empleado como un insulto más y no de forma literal. Muy ofensivo para quien lo recibía, eso sí, en unos tiempos en los que el honor personal y familiar era lo más importante. 

Los orígenes familiares del Capitán y la casa Ugarte de Lezama

Si la historia de la mujer que regresó de Santa Gadea embarazada de un judío no es cierta, ¿qué sabemos de los orígenes del Capitán Juan de Ugarte? Esta mujer, que fue su tatarabuela, se llamó María de Ugarte, natural de Lezama y descendiente de la casa-torre de Ugarte en Laudio. Según dice un Licenciado en el transcurso del pleito, las casas de Ugarte de Berganza, Astobiza, Ziorraga, Amurrio y Lezama dependían todas de la originaria de Laudio.

María de Ugarte no fue nunca a Santa Gadea ni a ninguna localidad castellana, sino que se casó con un hombre llamado Juan de Ugarte, hijo segundón de la “casa solariega que llaman de Lodio (sic) que es del apellido de Ugarte”. Ambos tuvieron, tal y como se decía, un hijo llamado Juan, que se casó con María Ortiz de Elgueta. Pero no fue hijo único y pensamos que tuvo como mínimo un hermano, afincado en Inoso y abuelo del Diego de Ugarte mencionado en el capítulo anterior. Por su parte, Juan y María Ortiz fueron los padres de quien aparece documentado en numerosas ocasiones, en estos y otros documentos, como Juan de Ugarte de Sagarzaguren, casado con Mari Hernández de Gorostiza Sagarzaguren. Todos los indicios sugieren que ella fue la heredera del caserío Sagarzaguren, a donde casó Juan y donde nació Martín. Juan habría tenido un hermano llamado Pedro que se habría quedado con la casa familiar y posiblemente otro  casado en Urtaran, padre y abuelo de los Ugarte de Urtaran.

Señalábamos que Lope Hurtado de Mújica afirmó que María de Ugarte había sido natural de una casilla pequeña que ya habían deshecho y estuvo enfrente de la de Pedro de Ugarte, también llamado “Pedro de Ugarte de Orue”. Los receptores fueron al lugar y hallaron señales no de una casilla sino de una casa grande, pero el terreno ya estaba labrado y plantado de árboles. Pedro dijo que, según había oído de su padre Juan de Oribe de Ugarte, hubo allí una casa muy grande en la que vivió el antepasado del Capitán que vino desde Laudio. Es decir, Juan de Ugarte, consorte de María. Aunque hubiera sido lógico que éstos hubieran construido también la casa de Pedro de Ugarte, ni éste ni su padre Juan figuran como familiares ni siquiera lejanos del Capitán, si bien es plausible que fuesen parientes de Pedro, el hermano de Juan de Ugarte de Sagarzaguren.

¿Dónde se encontraba, pues, la casa de los antepasados del Capitán? La cuestión es que tampoco tenemos muchos más datos sobre la casa del mencionado Pedro de Ugarte. En el expediente se dice que estaba a unos doscientos pasos de un cruce en el que se separaban dos caminos. Según se iba desde la parroquia, el camino de la izquierda iba a Vitoria y el de la derecha a La Rioja, y el caserío quedaba entre ambos. Imaginamos que el camino de Vitoria remontaba los montes de Altube mientras que el de La Rioja era el camino del puerto de Dardoza, por Txibiarte. Es el emplazamiento más lógico en función de las indicaciones geográficas anteriores pero existen más datos que nos confirman que, efectivamente, este cruce debía encontrarse en el triángulo existente entre San Millán, Gurbista y Andikoetxealde, término que precisamente recibe el nombre de Ugarte. Y sabemos que por allí existió una casa. En primer lugar, en la fogueración de 1562, entre los vecinos de Gurbista y los de Unzueta, figura un tal Juan Pérez de Ugarte que pudo ser el abuelo de Martín. En todo caso, poco después, cuando fallecieron Juan Martínez de Landa y su hijo Juan, éstos dejaron “la mitad de la casa y casería de Ugarte”[i]. Cuando se describen los bienes de Pedro Martínez de Landa en 1580, se mencionan la barrera de Ugarte, la cerrada de Ugarte, el camino de Ugarte al “cadalso de Eguiluz” –se refiere a la Torre Cadalso que estuvo frente a la casa de Isasi, no a la casa de Egiluz-, río que viene de Ugarte al molino de Landa y, finalmente, la propia casa de Ugarte[ii]. En 1631, el manzanal de la casa encimera de Landa estaba “pegante con las heredades que de la dicha acera estan a la propia acera hasta la casa de Ugarte”[iii]. Por lo tanto, la ubicamos no lejos de Landako, posiblemente cerca del caserío Andikoetxealde. La última referencia que hemos hallado es de 1656, cuando se cita la “casa cayda de ugarte sita en este dicho lugar”, que era o había sido de Pedro de Ugarte y su madre María de Urrujola. Puede ser el mismo Pedro que aparece en 1638.

Una maniobra política

Ya llegamos a la cuestión principal. ¿Por qué Lope y Cristóbal recurrieron a viejos pleitos, antiguas habladurías sin fundamento, y prácticamente sin apoyo alguno, para difamar al Capitán? ¿Cuál es la razón por la que querían perjudicarle? Testigos del máximo renombre y reputación como fray Juan de Ugarte, que era lector de teología jubilado, o Martín Ortiz de Aldama, familiar y alguacil mayor del Santo Oficio del Reino de Navarra y Partido de Calahorra, Gobernador de Ayala y vecino de Okondo, nos aclaran que los cuñados temían perder su poder e influencia en esa parte de la Tierra de Ayala y habían asumido que el Capitán se casaría con Francisca de Sojo Urrutia, heredera del mayorazgo de los Urrutia de Amurrio. El problema es que Lope había proyectado el matrimonio de Cristóbal con dicha Francisca, de modo que sus planes amenazaban con irse al traste. Se contaba que Cristóbal bramaba “este indiano me ha de quitar este casamiento” mientras trataba de convencer a los ancianos para que declarasen en contra del Capitán. Varios testigos contaron un pasaje ocurrido en la taberna de Etxazar de Larrinbe: Cristóbal estaba jugando vino a los naipes con Diego de Landaburu y Pedro de Ugarte de Bidea, vecinos de Amurrio, cuando les dijo, tirándose de las barbas, que aunque gastasen el y su cuñado todas sus haciendas y aunque se lo llevara el diablo no se habría de poner el hábito el Capitán.

Lo curioso es que varios testigos, como los recién nombrados sin ir más lejos, consideraban que Hernando también estaba confabulado con ellos y enemistado con el Capitán, a pesar de que declaró a su favor y en contra de su propio hijo. Alguno señaló que su hijo y yerno lo “habían reducido”. También hubo quien consideró que otro de sus hijos, el escribano Gabriel de Ugarte Ulibarri, estaba en el ajo, pero éste, al igual que su otro hermano, el Bachiller Gregorio de Ugarte, declararon a favor del Capitán y en contra de su hermano Cristóbal.

Si algo caracteriza la vida política de la Tierra de Ayala a lo largo de toda la Edad Moderna, es la formación de lo que llamaban bandos o parcialidades, la unión de diversos personajes poderosos, habitualmente familiares entre sí y casi siempre escribanos de oficio, para monopolizar y controlar el desempeño de cargos públicos, enriquecerse y ejercer un control total sobre el resto de la población, parte de los cuales actuarían como fieles sirvientes. Es la adaptación moderna y desprovista de violencia de las luchas de bandos bajomedievales y, en algunos rasgos, un precedente del caciquismo contemporáneo. El manejo de los asuntos públicos por parte de los poderosos y su dominio sobre el resto es una historia bien antigua, adopte la forma que adopte.

Sin ninguna duda, Cristóbal y Lope aspiraban a hacer su voluntad en Lezama y alrededores. No les faltaban competidores, ya que, sin ir más lejos, el escribano local Juan Ortiz de Padura y Domingo Fernández de Ugarte, señor de Ziorraga, formaban parte de la parcialidad comandada por los Uriarte de Amurrio, muy activa en los primeros treinta años del siglo XVII. Cristóbal y sus antepasados siempre fueron enemigos de los Uriarte. Pero su matrimonio con la heredera del mayorazgo de Urrutia habría conformado un patrimonio y una capacidad económica de enorme calado, de manera que se habría convertido en todo un potentado comarcal.

Y he aquí que, de un día para otro, el hijo del difunto Martín de Ugarte regresa de las Indias con el título de Capitán, el hábito de la Orden de Santiago al caer, soltero y con impresionantes riquezas acumuladas, de las que empezó a hacer ostentación al comenzar la construcción de “una cassa subida” junto al caserío de sus padres, la que habría de ser torre o palacio de Larrako, que toma su nombre del caserío Larrea que allí estaba. El caserío no estaba caído, como recordamos haber leído en alguna publicación, ya que la casa caída a la que hace referencia el expediente es la de Ugarte de sus antepasados y no su casa nativa.

La aparición del Capitán fue toda una amenaza para las aspiraciones de los cuñados, ya que, debido a sus capacidades, se dio por hecho que matrimoniaría con la heredera del mayorazgo Urrutia. No sabemos si el Capitán albergó esta esperanza alguna vez o el temor de Lope y Cristóbal fue del todo infundado, pero lo cierto es que la “doncella” y su madre no admitieron volver a tratar la cuestión del matrimonio con los cuñados. El solo hecho de que el Capitán se estableciera en Lezama ya lo convertía en un grandísimo rival en potencia. Y es por eso por lo que ambos mostraron públicamente una gran enemistad hacia el Capitán, hostilidad que era pública y notoria como declararon algunos de los mayores prohombres de la comarca.

Decenas de vecinos de Lezama y alrededores, desde simples labradores hasta los personajes más poderosos de Ayala, declararon en aquellas semanas del mes de mayo de 1638 y todos ratificaron, de una manera u otra, más o menos explícitamente, lo que hasta aquí hemos narrado. El Licenciado Francisco López de Echabarri contó que, aunque en lo público Cristóbal se había mostrado amigo del Capitán, en secreto había procurado hacerle malas obras como fue el caso de un pleito sobre la casa de Larrea. Y, por ejemplo, Cristóbal le hizo contradicción en secreto cuando el Capitán quiso comprar una casa cerca de su caserío natal, de modo que el precio de la misma subió 150 ducados. El escribano hablaba mal y con envidia de la casa que el Capitán estaba levantando, y lo mismo se decía de Lope, de quien se comenta que estaba rendido a la voluntad de su cuñado, que debía tener un carácter muy fuerte.

Al final, la pretensión de los cuñados solo provocó mayores molestias a los receptores de la Orden de Santiago, pues tomaron declaración a una cantidad inusitada de testigos, amén de realizar ciertas diligencias infructuosas por Santa Gadea, Paul y Miranda de Ebro en busca de noticias de alguna mujer de Lezama que hubiera ido a servir, así como el paso por Valladolid a compulsar los dos pleitos ya mencionados.

Así que finalmente, en dicho año 1638, el Capitán Juan de Ugarte fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago. Para tranquilidad de los cuñados, el Capitán se casó, en una fecha que no conocemos pero que no debe ir más allá de mediados del año siguiente, con una dama de la Corte, Antonia de Ipeñarrieta, y pasó a residir en Madrid, al menos la mayor parte de su tiempo, donde adquirió muchas propiedades y rentas.

El legado del Capitán Juan de Ugarte

El 9 de octubre de 1640 el Capitán realizó testamento en Madrid por medio del cual fundó vínculo y mayorazgo. En esta extensa escritura, estableció una serie de memorias y fundaciones en su localidad natal, de modo que se convirtió en un importante benefactor de la misma. Entre ellas, se encuentra una memoria para pobres, un estipendio anual para el maestro de Lezama y una memoria perpetua de cien ducados de renta anuales para el casamiento de doncellas huérfanas de Lezama, o de Ayala si no las hubiera, siempre con preferencia a sus parientes, a nombramiento del poseedor que fuera del mayorazgo que fundó en este mismo testamento. Cada huérfana tendría la obligación, en compensación, de decir una misa cantada por su alma. Por entonces, solo tenía una hija de ocho meses, Maria Micaela (que murió poco después), pero esperaba tener más y que le sucediera su hijo varón mayor. Después de establecer el modo en que debía realizarse la sucesión en el vínculo, estableció que no pudieran heredarlo religiosos, locos, sordos, mudos o “ermafroditas”.

El Capitán vivió otros cuarenta años más después de testar, hasta su fallecimiento en 1680 a los 79 años de edad. De todo este largo intervalo de tiempo, solamente podemos mencionar la muy citada participación en la guerra de Cataluña en 1642 con un regimiento mantenido a su costa y su participación también en la campaña de Hondarribia. En 1649 el rey Felipe IV le hizo merced de las alcabalas del valle de Zuia, derecho que conservaron sus descendientes. A su muerte, dejó dos hijos: José, que también fue nombrado Caballero de Santiago pero murió prematuramente dos años después, y Teresa, Condesa de Peñaflorida.

Como dijimos en el capítulo anterior, su hermano Martín, posiblemente heredero del caserío familiar, murió prematuramente dejando solo dos hijos de su matrimonio: Martín, que salió a servir al rey y falleció joven, y Francisca. Ésta se casó en 1652 con Francisco de Arechederra, que hubo de cambiar su apellido al de Mariaca como condición para heredar de una tía soltera el mayorazgo del mismo nombre. El Capitán estaba afincado en Madrid, por lo que ofreció a su sobrina la posibilidad de pasar a vivir a sus casas de Lezama y así lo hicieron, ya que allí nacieron sus hijos. Posiblemente, el Capitán nunca habitó, al menos de manera continuada, el palacio de Larrako, aunque su hijo José sí fue bautizado en la parroquia.

A la muerte del Capitán en 1680, sus bienes en Lezama fueron tasados en 810.144 reales y eran los siguientes: la torre o palacio de Larrako, la ermita de San Juan, una casilla de horno, una casa antigua -posiblemente el caserío original- y una casa accesoria, todo ello valorado en 550.500 reales; la torre junto a la iglesia con su cercado y casa de horno, por valor de 212.300 reales, la cual había sido construida hacia 1665; y otras casas que había comprado como las de Zaballa, valorada en 6.050 reales; la casa de Errekalde y lo que se había agregado de otra que se deshizo, valían 11.220 reales; la casa de Lezameta valorada en 4.950 reales, y la de Bengoetxea en 2.970 reales.

Evidentemente, debido a sus fundaciones y sus propiedades, la influencia social del Capitán en Lezama fue considerable. ¿Qué fue de sus oponentes? Aunque el Capitán finalmente no se estableció de manera continua en Lezama, el proyecto de matrimonio entre Cristóbal de Ugarte y Francisca de Sojo tampoco se llevó a cabo. Ella se casó bastantes años más tarde, en 1647, con Juan Rodríguez de Salamanca Cerecedo. En adelante, el mayorazgo de Urrutia siempre estuvo en manos foráneas y sus propietarios no volvieron a residir en Amurrio ni en Ayala.

Por su parte, Cristóbal tuvo tres hijos bastardos con dos mujeres distintas. Uno de ellos estudió para ser escribano pero pronto se le pierde la pista, probablemente por haber fallecido. A pesar de todo su poder, Cristóbal nunca llegó a casarse. Por ello, cuando falleció en 1661, no tenía herederos legítimos y su mayorazgo, que no era poca cosa, pasó a su hermana María y después a su hijo Cristóbal de Mújica Ugarte, señor de Astobiza. Y he aquí la paradoja: después de tantos esfuerzos por parte de Lope para defenestrar al Capitán y casar a su cuñado con la heredera del mayorazgo de Urrutia, fue precisamente la soltería de Cristóbal lo que propició que sus propiedades pasasen a manos de su mujer, con lo que su hijo, que se llamó precisamente Cristóbal, heredó tanto los bienes de Lope como los de su tocayo tío.

Por su parte, tras la muerte prematura de su hermano José, Teresa de Ugarte Ipeñarrieta, Condesa de Peñaflorida, testó en 1690 y optó por dejar el mayorazgo fundado por su padre en Lezama a su prima Francisca de Ugarte. Ella y su marido incrementaron el vínculo de Larrako al agregarle dos casas más en 1700: una en Padura comprada en concurso de acreedores en 1686 y otra junto a ésta que les fue donada en 1691. Su marido falleció al año siguiente después de haber sido alcalde ordinario en la Tiera de Ayala en numerosas ocasiones, síndico en otra, y alcanzó a actuar como teniente de Gobernador.

Su hijo mayor, Juan Antonio de Mariaca, nacido en 1653, fue también Caballero de Santiago y heredero de los mayorazgos de Mariaka y Larrako. Durante algunos tramos de su vida, residió en otros lugares como Bilbao, pero falleció en Lezama en 1712. De modo que el mayorazgo recayó en su hermano José, casado en 1696 con Juana Maria de Mújica Mascarua, que era precisamente hija de Cristóbal de Mújica, de la torre de Astobiza. Así se unieron en matrimonio las dos familias más poderosas de la zona, antaño enfrentadas, si bien el mayorazgo de Astobiza –que ahora incluía los de Ugarte y Ulibarri que fueron de Cristóbal- quedó para Ambrosio de Mújica, por lo que el matrimonio no significó la unión de ambos patrimonios.

José de Mariaca no desempeñó los cargos públicos habituales en la Tierra de Ayala, al menos que tengamos constancia, pero en 1701 era mayordomo y administrador de las rentas del Estado de Ayala e hizo numerosas comisiones en beneficio de la Tierra. Su hijo Lope se casó en 1723 con María Josefa de Salazar Allende y Labarrieta, heredera del mayorazgo de Salazar Allende en Gordexola. Así aumentaron mucho sus propiedades y tuvo también muchas casas y caserías en Bilbao, Begoña y Abando. Pasó a vivir a Gordexola pero aún así tuvo tiempo de ser alcalde ordinario y procurador en Juntas incluso antes de casarse.

Fue sucesor su hijo José Dámaso, bautizado en Gordexola en 1734 y casado en Markina-Xemein con Maria Antonia de Ansotegui y Berastegui en 1771. A estos sucedió su hijo Bernabé, nacido en Iratzagorria en 1776 y casado con Regina Oraá en 1809. Como curiosidad, Regina trató de fugarse con su amante, un médico de familia de origen toscano. Bernabé era de ideas liberales y por ello fue encarcelado en 1816. También fue Contador de la Aduana de Bilbao pero llegado el Trienio Liberal fue comprendido en la conspiración de Mariano Renovales. Según el decreto de 25 de abril de 1823 contra los que habían servido militarmente, obtenido el empleo del sistema constitucional o por opiniones políticas y que aún no se hubiera restituido a sus casas en los términos señalados en el decreto, se le embargaron sus bienes. Hubo de exiliarse en Pau. En dicho año 1823 Larrako estaba habitado por el sacerdote y administrador del mayorazgo Manuel Bautista de la Fuente; por aquel entonces había dos cabañas deshabitadas junto al palacio y, también inmediata, una casa en la que habitaba Isidoro de Viguri Salazar[iv].

Bernabé murió en 1832 y fue sucedido por su única hija, Luisa, casada con José de Ordovas y fallecida en 1840. Una crónica periodística de 1843 señala la existencia del Palacio de Larrako en el barrio de Padura de Lezama, a cuyo lado se conservaba el antiguo solar, las ruinas de la ermita, vestigios de la casa-tahona, etc. todo lo que pertenecía a Elisa de Ordovas y Mariaca[v]. Posteriormente, en 1880, apareció en El Anunciador Vitoriano un artículo escrito por Ricardo Becerro de Bengoa dedicado al palacio en su primera página casi en su totalidad. Ricardo traduce Larrako a su compañero de viajes como “de la dehesa” o del campo acotado; y lo sitúa en el barrio Padura. A un lado, les enseñaron los restos de una antigua ermita, y comenta el cronista que el interior del palacio había sido modernamente reformado. Señala que ya no albergaba elemento artístico de mención pero que, hasta principios de siglo, si guardó objetos de valor pertenecientes al Capitán así como armas de la campaña de Hondarribia, que glosa con fervor.

A finales de 1901, la prensa anunciaba que “el palacio titulado Larraco” iba a ser ocupado en breve por una comunidad de religiosos cartujos, lo que nunca ocurrió[vi]. El 29 de septiembre de 1920 la compró Anselmo San Ildefonso Acedo, sastre de profesión, que tenía su taller en Bilbao. Sin embargo, en 1926 Valeriano Colón pagaba contribución por lo que el palacio que Anselmo habitaba, y de las caserías de Errekalde, Bengoetxea y La Txara, ésta en Lezameta.



[i] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1572, 49

[ii] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[iii] Ibidem

[iv] Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Civil, JCR3410/005

[v] Semanario Pintoresco Español, 2 de julio de 1843, p. 4-5

[vi] El Eco de Navarra, Año XXVII, nº 7439, 14-12-1901, p. 2

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