El mayorazgo de Ugarte en Amurrio

Como todos sabemos, Ugarte es uno de los barrios que conforman la localidad de Amurrio “desde siempre”. Allí se encuentra, junto a la carretera, un edificio que en el momento de escribir estas letras apenas es visible porque la vegetación se ha adueñado por completo de sus muros, aunque no hace tanto, aún abandonado, podía apreciarse su factura, más bien moderna, la más reciente encarnación de una casa antigua, la principal del barrio y una de las más importantes del pueblo y la comarca. Sobre ella y los que fueron sus dueños trataremos en este artículo.

En el expediente de hidalguía del Capitán Juan de Ugarte, del año 1638 y sobre el que tratamos en números anteriores de esta revista, se decía que las casas de Ugarte en Astobiza, Ziorraga, Berganza, Lezama y Amurrio eran todas dependientes de la originaria casa torre de los Ugarte, en el valle de Laudio/Llodio. Esto es cierto para los tres primeros lugares citados, ya que sabemos que uno de los señores de Ugarte de Llodio fue al mismo tiempo señor de la casa torre de Astobiza, cuyos descendientes radicaron en la casa torre de Ziorraga y en la de Jauregia en Berganza. El parentesco entre todos ellos se manifiesta en su apellido, Fernández de Ugarte. Sin embargo, no conocemos ningún documento que nos aclare el origen de los Ugarte de Amurrio, ni de la familia de la que vamos a hablar ni de otras que también lucieron este apellido, que no fueron pocas.

Así, los Ugarte en Amurrio son muy abundantes desde los primeros registros parroquiales, de mediados del siglo XVI, y es imposible que todos desciendan de un tronco común. Por entonces, había familias importantes de este apellido en el mismo barrio de Ugarte, en Armuru y en Urieta, sin parentesco próximo que nosotros sepamos, además de otras familias de menos enjundia que llevaban el mismo apelativo.Por ello, creemos que el solar de Ugarte, que da nombre a todo un barrio, habría sido realmente ajeno al de Llodio. Muestra de esta ausencia de vínculos con aquel sería el hecho de que en Amurrio no lucen el patronímico Fernández, sino otros como Martínez de Ugarte o Sáez de Ugarte.

Pero los dueños de la casa más principal de Ugarte usaron otro patronímico distinto, Ortiz. Y de ellos hablaremos a continuación.

HERNANDO ORTIZ DE UGARTE

Sobre 1534 los señores de la casa torre de Astobiza, el Caballero de Santiago Cristóbal de Mújica y Ana Hurtado de Mendoza, fallecieron prematuramente lejos de Ayala en menos de un mes. Para disponer de sus cosas, tanto en lo espiritual como en lo terrenal, habían dado facultad al padre de ella, Lope Hurtado de Mendoza, que en enero de 1535 dispuso todo lo concerniente a las honras por sus almas y la gestión de sus bienes. Una de las cláusulas decía: “que se cumplan los contratos de casamientos que mandaron los dhos don xpoual e dona ana a preseual de muxica e a dona ynes de muxica muger de hernando de ugarte yjos del dho don xpoual”[1]. Aunque Inés de Mújica figura aquí como mujer de Hernando de Ugarte, a continuación se expresa que aquella debía recibir 10.000 maravedís cuando se casara, por lo que probablemente habían hecho esponsales y vivían juntos pero sin haber formalizado el matrimonio propiamente dicho. Como se dice en la cita anterior, Inés -que en otras ocasiones aparece con el nombre de Leonor- y Presebal fueron hijos de Cristóbal…pero no de Ana. Sabemos que Presebal nació hacia 1512 y suponemos que Inés lo debió hacer un par de años antes o después pero Cristóbal y Ana no se casaron hasta 1526[2]. Por lo tanto, fueron hijos de Cristóbal en su soltería aunque no sabemos quién fue la madre.

Ser un hijo ilegítimo por aquel entonces no era un obstáculo para quienes tenían poder y recursos económicos, de manera que nadie fue capaz de hacer sombra en Ayala a Presebal de Mújica, que vivió en Luiaondo. Y su cuñado Hernando Ortiz de Ugarte no le fue a la zaga. Lo lógica sería pensar que Hernando fue natural y heredero del solar de Ugarte en Amurrio, en el que vivió, pero lo cierto es que la documentación histórica no arroja sombra alguna sobre su origen: fue natural de Saratxo, hijo de Juan Sánchez de Derendano y Marina de Echeguren. Siendo así, Hernando debió tomar el apellido Ugarte al pasar a residir a esta casa; el problema es que nada indica que ésta hubiera sido de Inés de Mújica. Entonces, ¿estuvo Hernando casado en primeras nupcias con una presunta heredera de la casa solar de Ugarte y de ahí que adoptara el apellido? Por el momento, no lo sabemos, de modo que el origen de esta casa continúa siendo una incógnita para nosotros.

Lo que podemos afirmar es que Hernando de Ugarte ya era un personaje importante en la comarca en 1533, ya que aparece junto a otros muchos ayaleses aceptando la sentencia del Consejo Real que obligó a la Tierra de Ayala a regresar al seno de la Hermandad de Álava, en la que fue procurador -representante de Ayala- en 1535, 1536, 1538, 1552, 1556, 1557 y 1559. En 1558 incluso fue nombrado capitán de las tropas provinciales en la guerra con Francia. Pertenecía, por tanto, a la élite social ayalesa.

Como casi todos los notables de la zona en aquellos siglos, desempeñó el oficio de escribano. Por ello, y por su categoría y ascendencia social, en 1541 estuvo en Valladolid siguiendo los pleitos que Ayala mantenía en la Audiencia de la Chancillería.

Por otro lado, y aunque éstas no fueron tan estáticas como en muchas ocasiones se han querido presentar, Ugarte parece adscribirse al bando oñacino, pues como tal aparece definido cuando, junto a otros de esta parcialidad, quitó un alfanje y un letrero que los Murga habían colocado en la tumba del recién difunto Lope García de Murga hacia 1550 en la parroquia de Santa María. Poco después de este incidente, el Licenciado Menchaca fue nombrado patrón de la parroquia por merced real, con derecho a llevar la mitad de los diezmos de la misma, pero al ser foráneo fue precisamente Hernando, y después su hijo, quienes percibieron esos diezmos. Su poder en el pueblo fue, en conclusión, muy elevado.

Los Derendano siempre aparecen en los pocos documentos ayaleses anteriores que conocemos, indudablemente su posición social venía de familia, aunque la rama fue cercenada cuando su hermano Juan de Derendano fue asesinado el día de Jueves Santo de 1539 en la iglesia de San Nicolás de Saratxo a causa de un saetazo propinado por Martín de Oquendo, que huyó a Panamá. Juan dejó una sola hija de corta edad y nombró heredero a Hernando en caso de que ella falleciera antes de la edad de testar o sin herederos legítimos, como efectivamente ocurrió[3].

Hernando Ortiz de Ugarte habría fallecido entre 1571 y 1573 con unos ochenta años de edad. Esto se dice en declaraciones de testigos posteriores, por lo que es posible que exageraran la edad, puesto que algunos afirman incluso que murió centenario. Si nació en la última década del siglo XV, es muy posible que hubiera tenido un primer matrimonio, ya que Inés debió ser bastante más joven. Por último, no conocemos cuántos hijos tuvieron pero tenemos noticias de cuatro: Casilda, que se casó con el escribano Juan de Velasco en Larrinbe; Francisca, que se casó con Francisco Fernández de Ugarte, señor de Ziorraga; Diego y Cristóbal, que es el siguiente protagonista de esta historia. 

CRISTÓBAL ORTIZ DE UGARTE

Desconocemos su fecha de nacimiento pero debió hacerlo pocos años después del matrimonio de sus padres puesto que se casó en 1561 o 1562 con Francisca de Orueta, natural de Luiaondo. Al igual que su padre, fue escribano y desarrolló una intensa carrera en las instituciones locales y alavesas. En la Tierra de Ayala, fue alcalde ordinario por primera vez en el curso 1565-1566 y lo sería de nuevo en 1569-1570 y 1573-1574, fue síndico procurador general en 1576-1577 y diputado regidor en 1600-1601. Acudió como procurador de Ayala a las Juntas Generales de Álava desde noviembre de 1576 hasta mayo de 1578, en mayo de 1581, en 1586-1587 y en 1594-1595. Y si su presencia en estas instituciones no fue mayor es debido a la incompatibilidad de estas representaciones con el oficio que ocupó durante muchos años, el de teniente de Alcalde Mayor, actuando en ocasiones incluso como titular, a pesar de que el Alcalde Mayor o Gobernador no podía ser natural de la Tierra ni de una distancia menor a las cinco leguas de ella. Allá por 1584 y 1585 se unió al ínclito Juan de Urrutia a la hora de reivindicar las preeminencias que como tal Alcalde Mayor creía -erróneamente- que le correspondían en la parroquia de Amurrio. En 1595 aún figura como Alcalde Mayor y en agosto de 1600 presentó título de teniente de Gobernador, por lo que su vinculación al cargo fue muy duradera.

Su testamento nos servirá para acercarnos mejor a su figura[4]. El “dueño y señor de la casa de Ugarte del lugar de amurrio”, ya viudo, testó el 4 de abril de 1606 estando “enfermo de mi cuerpo y en mi buen juicio y entendimiento”, por lo que probablemente falleció poco después. En primer lugar, dispuso que su cuerpo fuese sepultado “dentro en el cuerpo de la yglesia de santa mª del lugar de amurrio en la sepultura donde yaçe sepultada doña francisca de urueta mi muger o donde fuere la voluntad de lope garcia de murga aguirre mi señor primo”. En realidad, eran primos segundos, puesto que sus respectivos padres Hernando Ortiz de Ugarte y Juan Martínez de Aguirre eran primos, al ser sus madres Marina y Constanza de Echeguren respectivamente. Lo que ocurre es que Lope era el patrón de la iglesia y el único, junto a la casa de Saerin, que tenía derecho al notable honor de tener sepultura en el interior de la iglesia. Es por ello que Juan de Urrutia y Cristóbal, las personas más poderosas de Amurrio por aquel entonces, trataron sin éxito de adquirir ese mismo derecho por todos los medios legales e ilegales. Esa es la razón por la que Cristóbal se encomendaba a la voluntad de Lope García de Murga, quien ya habría condescendido con su mujer, para obtener tal privilegio digno de su status social.

Por otra parte, Cristóbal ordenó que se hicieran las funciones de entierro, novenario y cabo de año por “Diego de Ugarte mi hermano difunto”, lo que nos lleva a pensar que falleció fuera de la localidad y/o en circunstancias que impidieron realizar los actos religiosos pertinentes.

Por aquel entonces, tenía tres hijos y cuatro hijas. En vida de su esposa, habían casado a Mencía -con Francisco de Arechederra-, a Leonor –con Hernando de Ayo, vecinos de Luiaondo como los anteriores- y a Hernando (1563), seguramente los tres mayores. Tenían también a Juan (1568), Francisca (1575), Casilda (1576) y Cristóbal (1579). Casilda se había casado con Ventura de Zaballa tras la muerte de su madre. Por lo tanto, tenía en casa a Francisca, a quien encargó la misión de llevar oblada y candela a su sepultura y a quien presta especial atención en el testamento legándole hasta 1.000 ducados.

El hijo menor, Cristóbal, se encontraba por entonces en Sicilia (“que si lo quiere Dios no permita muriere cristoual de ugarte mi hijo antes que a esta tierra benga de las partes de cicilia donde al presente está”) y tenía una hija llamada Leonor, a todas luces  ilegítima.

El testador nombró heredero universal de todos los bienes muebles y raíces, derechos y acciones, que quedaron de el y de su mujer, a su hijo Juan “que al presente reside según publico y notorio en la ciudad de potosi que es en el reino del peru” con la condición de que, si no regresaba a Amurrio a vivir en el plazo de cuatro años, los heredase Cristóbal con la misma condición. Además, ninguno de los hijos de éstos podrían heredar si no eran fruto de legítimo matrimonio. Si ninguno de los dos hijos regresaba en el plazo señalado, quedarían apartados de la herencia y todos los bienes pasarían a su hijo mayor, Hernando de Ugarte, o al heredero de éste en caso de haber fallecido. Y lo mismo ocurriría si Juan o Cristóbal regresaban pero no tenían hijos legítimos o los tenían y fallecían antes de poder testar.

HERNANDO DE UGARTE ORUETA

Hernando, que solo algunas veces aparece con el patronímico Ortiz, fue bautizado en la parroquia de Amurrio el 25 de noviembre de 1563. Siguió con el oficio de escribano de sus antecesores y se casó en 1583 con Casilda de Ulibarri Onsoño, de Lezama. Fue un matrimonio joven, con veinte y dieciocho años respectivamente, posiblemente porque Casilda había quedado huérfana y heredera de la hacienda familiar del barrio Ulibarri de Lezama, donde vivieron el resto de sus días.

A diferencia de su padre y abuelo, Hernando nunca fue procurador en las Juntas Generales de Álava ni nos consta que desempeñase el cargo de síndico en Ayala. Sin embargo, fue alcalde ordinario en al menos ocho ocasiones con una impecable irregularidad: una vez cada cuatro años (1582-1583, 1586-1587, 1590-1591, 1594-1595, 1598-1599, 1602-1603, 1606-1607 y 1610-1611). Sin embargo, sí que se ocupó como teniente de Gobernador al igual que su padre.

Desde luego, sus recursos se vieron notablemente incrementados cuando, ante la ausencia de sus hermanos, pasó a heredar el grueso de los bienes que habían dejado sus padres, que no era poca cosa. Ello se puede ver en el testamento que Hernando Ortiz de Ugarte y doña Casilda de Ulibarri, que así figuran en el documento, otorgaron el 27 de abril de 1638, con setenta y cinco y setenta y tres años respectivamente (“por ser como somos personas de mucha edad biejos ancianos en la dha nra cassa de ulibarri”) después de cincuenta y cinco años de matrimonio. Un dato curioso: aquellos mismos días se estaba produciendo la investigación para la concesión del hábito de Santiago al Capitán Juan de Ugarte, proceso en el que Hernando y sus hijos, sobre todo uno de ellos, fueron parte importante, tal y como se dijo en artículos anteriores en esta misma revista.

Fue un testamento conjunto (“Porque entre nosotros de muchos años y tiempos a esta parte esta tratado y comunicado de q aiamos de hacer testamento y disposicion conjunta”) en el que establecieron que ninguno de los dos pudiera por su cuenta cambiar nada de lo dispuesto“para onrra y seruicio de Dios Nro S y de nra buena fama y de nra prosperidad”. En primer lugar, mandaron que sus cuerpos fueran sepultados en la iglesia parroquial de San Martín de Lezama “en la sepultura que nra cassa de ulibarri tiene en la dha Yglesia y en ella esta sepultado Sancho Abad de Ulibarri”. Aquí es preciso realizar varias puntualizaciones. En primer lugar, Sancho era tío de Casilda y parece haber sido propietario de la hacienda, o de parte de ella. En segundo lugar, ya se habrían introducido las sepulturas desde el exterior de la iglesia, donde estaban a finales del XVI. En tercer lugar, y a pesar de que ellos digan ser propietarios de una sepultura, sabemos que en la iglesia de Lezama éstas fueron comunes y nadie gozó nunca de privilegio alguno sobre sus convecinos, por ser la parroquia propia del concejo.

Hernando y Casilda tenían por aquel entonces cuatro hijos vivos, además de otros que habían fallecido. El mayor de todos era el bachiller Gregorio de Ugarte (1586), cura y beneficiado de la parroquia de Lezama. En el testamento se dice que habían gastado “mucha suma y cantidad de dinero” en sus escuelas, estudios, ordenaciones y demás necesidades, por lo que le apartaron con doce ducados anuales de por vida desde el año posterior a la muerte de ambos. Podemos añadir que siendo muy joven tuvo al menos dos hijos varones con María Isabel de Estranzu, los cuales dejaron una muy nutrida descendencia. 

Gabriel (1594) era escribano y vecino de Baranbio, y cuando se casó con Ana Maria de Ugarte Teza, natural de la casa de Ziorraga, le mandaron “muchos bienes de casas rruedas y ganados y otros bienes y dineros”, de manera que le apartaron con solamente cuatrocientos reales. No sabemos cuáles fueron esos bienes ni su procedencia. 

María (1599) se había casado con Lope de Mújica Hurtado de Mendoza, señor de Astobiza y Caballero de Santiago, y fue generosamente dotada por sus padres, ya que le mandaron más de cuatro mil ducados con ocasión de su boda y fue apartada con otros cien. Además, a su nieto Cristóbal de Mújica “para aiuda de sus estudios y necesidades” le mandaron cien ducados a pagar según los fuera necesitando antes de que cumpliera los veinticinco años.

No se olvidaron de Juan (1588), que había fallecido en las Indias, pero “antes q alla fuesse tubo y dejo en el dho lugar de lezama un hijo también llamado Juan de ugarte que al presente es edad de diez y siete años” y a quien habían criado en su casa los testadores, enseñándole a leer y escribir. En ese momento, estaba en Gordejuela en “cassa del maestre esquela” y, aunque manifestaban haber gastado mucho en el, por ser su nieto le mandaron otros ciento cincuenta ducados. Este muchacho se casó en Lezama unos quince años después y fue propietario en el barrio San Millán, de donde había sido su madre, a pesar de haberse criado con su familia paterna.

Por último, el hijo más joven, Cristóbal (1603), era escribano y vivía en su compañía. Tenía treinta y cinco años ya y por aquellos días tenía puesto todo su empeño, junto a su cuñado Lope, en impedir que el Capitán recibiera el hábito de Santiago. Los testimonios acerca de la implicación de Hernando en esta confabulación son contradictorios, si bien ya vimos que tanto Hernando como sus hijos Gregorio y Gabriel no respaldaron las acusaciones del benjamín de la familia.

Hernando y Casilda fundaron mayorazgo en este testamento y llamaron a el en primer lugar a Cristóbal de Ugarte “mozo libre de por casar”. Por entender que “asi es mas combeniente al seruicio de Dios nro S. y de los Sres Reyes de la corona de castilla y de estos Reynos y al bien y buena memoria nra y de nras casas y pª q nros sucesores vivan mejor y se empleen y ocupen en seruicio de la dibina Magd (…) y sustentar mejor sus personas honrras y familias” fundaron mayorazgo para que los bienes “perpetuamente y en todo tiempo del mundo sean indibisibles e impartibles y anden siempre en un dueño” y no se pudieran enajenar, trocar ni cambiar, y en virtud del fuero “que permite q los testadores puedan disponer de sus bienes en fabor de q quiera de sus hijos y descendiente y apartar a los demas”, así hicieron con el resto de sus hijos “con sendos arboles con su tierra y rraiz en lo ultimo de nras tierras y eredamientos q nros sucessor quisiere señalarles y con sendas texas y un cada seis maravedis”.

El mayorazgo de Ugarte fue fruto de la unión de los bienes que habían heredado y acumulado a lo largo de su vida Hernando por una parte y Casilda por el otro. Es decir, se produjo la suma de ambos patrimonios. Así, formaron parte del mayorazgo “nra cassa y solar principal de ugarte sita en el dho lugar de amurrio en el barrio q se llama de ugarte q esta sobre el camino Real q ban de la ciudad de vitoria para la de balmaseda” con sus cabañas de horno y era que estaban enfrente, con sus lagares, bodega y huerta cerrada de paredes, manzanales, heredades, quintanales, antuzanos delante y alrededor de ella y más de la mitad del molino de “Boriaur” con todas sus heredades; también la parte del patronazgo que le correspondía en la parroquia de Murga; y “las sepulturas q tenemos compradas y nos pertenecen a nos y a la dha cassa en la dha yglesia de amurrio”. Por tanto, los Murga habrían perdido la exclusividad de tener tumba en la iglesia de Amurrio.

Hernando también tenía una serie de bienes en Saratxo, los que sin duda heredó su abuelo después del asesinato de Juan de Derendano y la prematura muerte de la única hija que dejó. Así, se menciona “otra cassa principal q tenemos y nos pertenece a nos y a la dha nra casa de ugarte en el lugar derendano q se llama la cassa derendano” con su huerta y diversas heredades que tenía detrás y a los lados, con una parte en el molino llamado de Ugarte, sepulturas en la parroquia de San Nicolás, y dos molinos en el río con sus correspondientes casas, además de otra que estaba “un poco mas abaxo del molino bagero q es para el servicio de dhos molinos”. Por último, tenía también unas casas en Urduña/Orduña.

En cuanto a los bienes inmuebles que había aportado Casilda, eran una “casa principal q se llama de ulibarri q al presente uiuimos que esta sita en el dho lugar de lezama en el barrio de ulibarri” con dos cabañas enfrente de ella, la una de era y la otra de horno, con “otra cassa que esta cerca de la dha cassa en el dho barrio q solia ser del dho abad de ulibarri difunto” con su cabaña de era, con sus heredades manzanales y huertas cercanas, que se van detallando, así como un robledal grande llamado Lexadui que estaba delante de la casa. Tenían también un molino en el río que baja de Olamendi y montes “mui muchos y en muchas partes y lugares” como en Lezama, Larrinbe, Amurrio y Saratxo así como el “usso y aprouechamiento q las dhas dos casas tienen en las sepulturas propias” que tenían en la iglesia. Las cuentas y créditos no se expresaban pero sí se dice que tenían diez mil ducados de censos sobre diversos vecinos de Ayala y de fuera.

Por último, establecieron que el mayorazgo fuera electivo entre todos los hijos varones que Cristóbal pudiera tener, a no ser que solo tuviera un varón. Si no llegase a hacer elección, heredaría el hijo mayor; y, a falta de varón, la hija mayor. En caso de que Cristóbal no llegase a tener hijos legítimos, el mayorazgo quedaría para María, mujer de Lope de Mújica, y sino para Gabriel.

CRISTÓBAL DE UGARTE ULIBARRI

Cristóbal fue bautizado el 12 de enero de 1603 y su fuerte personalidad ya quedó esbozada en precedentes artículos. Sabemos que fue alcalde ordinario al menos en tres ocasiones (1623-1624, 1632-1633 y 1654-1655), que probablemente fueron más porque no disponemos de los libros de actas de los años intermedios. Fue escribano como su padre, abuelo y bisabuelo, y aunque no acudió nunca a Juntas alavesas ni parece que ocupara otros cargos de gran responsabilidad, fue una persona muy influyente. Al fin y al cabo, tenía todo lo que había que tener para imponer su voluntad: casas, tierras, dinero, prestigio, etc. Por ejemplo, a finales de 1624 se trasladó a Valladolid donde fue agente de los intereses de la Tierra de Ayala por espacio de 542 días con un salario diario de 400 maravedís, unos 11 reales. En el tribunal vallisoletano se dirimían pleitos que Ayala tenía con Mena, Zuya o Villalba de Losa. En 1626 Cristóbal ganó una Real Provisión que ordenaba que Ayala le pagase los 228.902 maravedís que le adeudaban por estos trabajos. 

Cristóbal probablemente sabía de las intenciones de sus padres de nombrarle heredero y trató de apuntalar su posición casándose con Francisca de Sojo Urrutia, nieta de Juan de Urrutia, de Amurrio, cuyo mayorazgo no tenía muchos bienes muebles pero sí muchas rentas fuera de Ayala. Sin embargo, la aparición del Capitán dio al traste con estos planes, aunque finalmente Francisca no se casó con ninguno de los dos.

Cristóbal hizo testamento en su casa de Ulibarri el 21 de noviembre de 1657 y falleció ese día o, en todo caso, antes del 27, con cincuenta y cuatro años. Pidió ser enterrado “en la sepultura donde están enterrados los señores hernando ortiz de ugarte y Dª Casilda de ulibarri mis padres”. Es curioso que nunca llegara a casarse, quizá después del fiasco con Francisca no encontró mujer cuya dote considerase digna del suyo, pero en su testamento reconoció la existencia de tres hijos habido con dos mujeres distintas. Las relaciones extramatrimoniales no son nada raro en esta familia, puesto que no lo fueron entre las élites de la época y a veces tampoco entre los simples labradores.

En cuanto a estos hijos naturales, primero tenía a Hernando “que le huue de maria cruz de gamarra que al pressente esta estudiando artes en la universidad de alcala de henares”; le donó tres mil ducados en escrituras de censos con sus réditos para que prosiguiera sus estudios o lo que necesitase, así como los bienes muebles que tenía en la casa de Ugarte (arcas, trojes, cajas, mesas, bufetes, escabeles, sillas, etc.) y veintidós sillas y taburetes nuevos con “que están en esta casa de ulibarri”. Hernando fue bautizado en 1640 y seguramente es el mismo que figura como testigo en el testamento de su tía María en 1661, pero nada más sabemos de él.

Segundo, a Casilda de Ugarte “mi hija y de la dha maria cruz de gamarra que la tengo en mi casa” le mandó dos mil ducados en escrituras de censos y todos los bienes muebles que había en la casa de Ulibarri por los buenos servicios que le había hecho. Según parece, nació en 1645 pero, a diferencia del caso anterior en que ambos figuran como padres en la partida de bautismo, en esta ocasión figura como hija natural de ella sin mención alguna al padre. Cristóbal los reconoció como hijos “y como a tales los he tenido y criado en mi casa desde su niñez en esta dha mi casa de ulibarri”. Casilda se casó en 1662 con Domingo de Zulueta Vidaur, quienes fueron a vivir a las ventas de Ilunbe en Arrigorriaga.

Tercero, a Mari Sánz de Ugarte “mi hija q la huue de mª de landaburu de lastrasco” legó un censo de ciento ocho ducados de principal contra los bienes y hacienda de Juan de Ugarte, vecino de Saratxo, y la reconoció como hija, aunque no sabemos nada más sobre ella. 

Al no tener herederos legítimos, nombró heredero del vínculo y mayorazgo a su sobrino Cristóbal de Mújica. En todo caso, fue su hermana María de Ugarte quien tomó posesión del mismo el 27 de noviembre de 1657 en cumplimiento de las normas sucesorias dispuestas por Hernando en su testamento.

EPÍLOGO

María de Ugarte, viuda de Lope de Mújica, testó el mismo día de su muerte, el 18 de mayo de 1661. Lo otorgó “en esta mi casa de ulibarri”, por lo que se habría trasladado allí tras el fallecimiento de su hermano. Quedó como heredero universal de todos sus bienes su único hijo Cristóbal de Mújica (1628), que ya estaba casado para entonces. Éste tomó posesión de la casa de Ulibarri y de la de Ugarte el 26 de mayo.

Por otro lado, el 20 de mayo de 1662 Gabriel de Ugarte fue enterrado en Baranbio. Había dejado como heredero a su hijo mayor, Juan Bautista, que por entonces era menor de veinticinco años. Por ello, nombró curador a su tío Miguel, dueño del vínculo y mayorazgo de Ziorraga. Aunque éste intentó excusarse por tener ya varios hijos bajo su tutela y por sus muchas ocupaciones administrando sus ferrerías, molinos y hacienda, con frecuentes viajes a Vitoria, Bilbao, Orozko y otros lugares, fue obligado a aceptar so pena de prisión.

El 16 de diciembre ambos presentaron una demanda en la Audiencia de Valladolid contra Cristóbal de Mújica para que “restituyera” los bienes del mayorazgo de Ugarte a Juan Bautista pretextando que Cristóbal de Ugarte su bisabuelo lo había fundado para que los bienes “andubiesen de rodilla en rodilla”, es decir, de primogénito en primogénito, a pesar de lo cual Hernando había nombrado heredero a su hijo menor en detrimento de Gabriel y, por tanto, de su hijo Juan Bautista, a quien según ellos corresponderían como bisnieto mayor de varón en varón.

La demanda no tenía mayor recorrido, ya que los testamentos que hemos expuesto son muy claros al respecto. No fue Cristóbal quien fundó mayorazgo sobre la casa de Ugarte, sino su hijo Hernando. Por lo tanto, Juan Bautista carecía de derecho alguno al vínculo. Pero tan sustanciosa herencia bien merecía el intento.

Por lo tanto, el mayorazgo de los Ugarte de Amurrio pasó a los señores de Astobiza, que fueron los Mújica y luego, por matrimonio, los Salazar. Estas casas mencionadas empezaron a ser habitadas por colonos y arrendatarios que se limitaban a trabajar las tierras, de manera que su simbolismo social como lugares desde los que se detentaba el poder se evaporó por completo y pasaron a ser casas de labranza como las demás. No obstante, las ramas secundarias de estos Ugarte dejaron una nutrida descendencia que ha perdurado hasta nuestros días. En todo caso, bien merece resaltar la trascendencia que casas como la de Ugarte tuvo en el pasado, por mucho que la desidia la aboque a la desaparición. ¿No daríamos un gran paso adelante en la conservación de nuestro patrimonio si los elementos arquitectónicos se valorasen no solo por su valor intrínseco como elemento material sino también por las vivencias que encierran sus paredes y lo que han significado a lo largo de la historia?


[1] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1507, 21

[2] Archivo Histórico de la Nobleza, BAENA,C.442,D.50

[3] Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja  1072, 61

[4] La mayor parte de la información que configura el resto del artículo ha sido obtenida de: Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2893, 61

El Capitán Juan de Ugarte Larrea: familia, tiempo y legado (II)

Como vimos en el primer capítulo, cuando en 1638 dos receptores de la Orden de Santiago se desplazaron a Lezama para investigar la condición de hidalgo del Capitán Juan de Ugarte, Lope Hurtado de Mújica salió al paso para acusarle de judío, basándose sobre todo en sendos pleitos mantenidos por su padre Martín de Ugarte y por un pariente de Inoso sobre haber sido tildados de judíos. Pues bien; al día siguiente de la explosiva manifestación realizada por Lope, se tomó declaración a las personas que presentó como sus fuentes de información. Los ancianos Marcos de Urrutia y Francisco de Bidaur negaron haber dicho nada a Lope, ni siquiera habían tratado del tema. Al contrario, declararon a favor del Capitán manifestando que Martín y su padre habían desempeñado oficios públicos en la Tierra de Ayala, los cuales no habían obtenido mediante sobornos sino por ser considerados como gente de la más principal de la Tierra.

La acusación de Cristóbal

El 7 de abril el escribano Cristóbal de Ugarte Ulibarri no solo respaldó la versión de su cuñado Lope sino que agregó toda una serie de detalles, empezando por un presunto encuentro que nueve años atrás habría tenido en Santa Gadea con un anciano que le contó que había conocido a una Ugarte de Lezama que quedó preñada de su amo, un boticario de quien se decía que era judío. Además, Cristóbal puso especial cuidado en relatar una serie de recientes incidentes que verificarían la reputación judía de la familia Ugarte. Los iremos comentando a continuación con la correspondiente respuesta de los aludidos.

En primer lugar, Cristóbal afirmó que el ya difunto Simón de Landazuri había llamado judío a Juan de Ugarte de Urtaran, primo segundo del Capitán. Los receptores no investigaron este suceso. Segundo, hizo alusión a una riña sobre la entrada de ganado en una heredad en la cual Pedro de Unzueta de Zubinto llamó judía y bellaca a Águeda de Urtaran, prima del Capitán. El aludido, que era arriero, afirmó tajantemente que mal rayo le partiera si alguna vez le había dicho algo así a Águeda porque la tenía por noble y jamás le había dado ocasión para reñir con ella “y que quien la a lebantado este tº tanbien le podia lebantar que avia hurtado las sabanas de la yglesia”.

En tercer lugar, Cristóbal declaró que Martín de Alpichu le había contado que Francisca de Elexaga había llamado judía a María de Onsoño, sobrina del Capitán, y, aunque la quisieron denunciar por ello, no lo hicieron precisamente por no llamar la atención mientras los receptores estuvieran haciendo su trabajo. Pero Alpichu no había visto que tal cosa sucediera y dijo que, aunque le llevasen a ajusticiar, no podía decir una cosa así. Aquí lo más curioso de todo es que Elexaga, natural de Amurrio y vecina de Larrinbe, “no nos entendia lo que la hablabamos y preguntabamos por no saber hablar mas que bascuence” y por ello nombraron por intérprete a Antonio de Murga, señor de la casa de su apellido. Sobre éste y otros datos lingüísticos de mucho interés que contiene el expediente del Capitán ya hemos tratado en otro lugar (“Nuevos datos para la historia lingüística del Alto Nervión”, en el blog Crónicas del Alto Nervión).

Cuarto, el escribano afirmó que su abuelo Cristóbal, persona muy principal y con mucha mano en la Tierra, había ayudado mucho a Martín de Ugarte y solo por su influencia y la de su padre Hernando le dieron los oficios que tanto anhelaba porque el resto no se los querían dar y con régalos y dádivas los consiguieron (nótese cómo se manifiesta, sin pudor alguno, la manipulación de los oficios de la Tierra de Ayala). Bastantes testigos lo negaron, aunque nosotros pensamos que seguramente es cierto que Martín obtuvo sus cargos por influencia de estos individuos, pero porque éste era el modus operandi habitual, no específicamente por no ser hidalgo. 

Por último, Cristóbal, como ya había hecho Lope anteriormente, indicó que Martín había sido arriero e incluso el Capitán habría andado de joven con sus machos. Algunos testigos declararon que Martín nunca trajinó personalmente sino por medio de criados, otros dijeron que los machos los tenía solo para la labranza, pero en todo caso la arriería no menoscababa en absoluto la hidalguía de quienes la ejercían.

Podemos avanzar que Lope y Cristóbal, por muy pesos pesados que fueran en la escala social de la época, fueron absolutamente los únicos en defender los orígenes judíos del Capitán y, por extensión, de sus antepasados y parientes, parte de los cuales ya han ido desfilando por estas páginas. Este hecho es muy revelador, y lo es todavía más si tenemos en cuenta que ni siquiera los hermanos y el padre de Cristóbal ratificaron su declaración.

El escribano ya retirado Hernando de Ugarte Orueta no solo era el padre y suegro de Cristóbal y Lope respectivamente, sino que era por entonces familiar del Santo Oficio y un hombre de edad avanzada que durante toda su vida adulta había gozado de un prestigio enorme en Ayala y había desempeñado todos los cargos habidos y por haber, por lo que gozaba de la mayor estima y prestigio en el seno de la comunidad. Por otro lado, su esposa era prima segunda de Catalina de Larrea, la madre del Capitán. Sin medias tintas, Hernando afirmó que tenía a la familia del Capitán por hidalga y cristiana vieja y negó su influjo a la hora de que Martín obtuviera oficios en la Tierra de Ayala. Gran parte de su declaración se centró en relatar el encontronazo entre Martín y las hermanas Balza y el pleito subsiguiente, en el que, como ya vimos, actuó como escribano acompañante.

También fue Hernando el primero en decir que, en su tiempo, Juan Balza había manifestado que trataría sacar a su hija a salvo del pleito interpuesto por Martín de Ugarte, y para ello habría inventado la historia de la bisabuela venida de Santa Gadea, ya que si fuera cierto la mujer nunca habría sido admitida en la Tierra. Y tenía toda la razón. Las brumas de esa historia se disolvieron con la declaración de Juan Balza de Berganzagoitia, que tenía unos 68 años y era el único hijo superviviente de Juan Balza y hermano de las ya difuntas Ana y Magdalena. Según nos aclara este hombre, después del incidente de la romería en Urkillatu su padre trató de convencer a Ugarte para que dejase estar el tema, pero ante la negativa de Martín, Juan decidió defender a su hija a toda costa y para ello habló con muchas personas para persuardirlas de que declarasen que la bisabuela de Martín había venido de Castilla -de Paul, Miranda o Santa Gadea- preñada de un judío. Al final, el pleito le costó más de 600 ducados, una pena de destierro y otras molestias. Juan declaró que su padre pasó el resto de su vida diciendo que lo que más sentía era haber levantado aquel testimonio contra Martín “y esto dice el declarante por si pudiesse en parte descargar la conciencia de su padre por ser el hijo solo que le a quedado aunque no es nada afecto a las cossas del Pretendiente por los daños que le hiço el pleyto que hubo con su padre”. Por lo tanto, todo fue orquestado e inventado por Juan Balza para tratar de salvar a su hija del pleito mantenido con Martín de Ugarte, y por ello las personas que se hicieron eco de este rumor habrían sido convencidas de alguna manera para declarar tal cosa, lo que algunos hicieron con notable ambigüedad.

Como revelaban aquellas palabras dichas por Ana en Mendixur, y posteriormente refrendadas por el mucho más culto Martín Ortiz de Aldama, cada día en la Tierra se llamaban judíos unos a otros sin saber lo que decían; puede que en otras ocasiones algunos familiares o antepasados del Capitán fuesen llamados judíos, pero ello no significaba nada puesto que era empleado como un insulto más y no de forma literal. Muy ofensivo para quien lo recibía, eso sí, en unos tiempos en los que el honor personal y familiar era lo más importante. 

Los orígenes familiares del Capitán y la casa Ugarte de Lezama

Si la historia de la mujer que regresó de Santa Gadea embarazada de un judío no es cierta, ¿qué sabemos de los orígenes del Capitán Juan de Ugarte? Esta mujer, que fue su tatarabuela, se llamó María de Ugarte, natural de Lezama y descendiente de la casa-torre de Ugarte en Laudio. Según dice un Licenciado en el transcurso del pleito, las casas de Ugarte de Berganza, Astobiza, Ziorraga, Amurrio y Lezama dependían todas de la originaria de Laudio.

María de Ugarte no fue nunca a Santa Gadea ni a ninguna localidad castellana, sino que se casó con un hombre llamado Juan de Ugarte, hijo segundón de la “casa solariega que llaman de Lodio (sic) que es del apellido de Ugarte”. Ambos tuvieron, tal y como se decía, un hijo llamado Juan, que se casó con María Ortiz de Elgueta. Pero no fue hijo único y pensamos que tuvo como mínimo un hermano, afincado en Inoso y abuelo del Diego de Ugarte mencionado en el capítulo anterior. Por su parte, Juan y María Ortiz fueron los padres de quien aparece documentado en numerosas ocasiones, en estos y otros documentos, como Juan de Ugarte de Sagarzaguren, casado con Mari Hernández de Gorostiza Sagarzaguren. Todos los indicios sugieren que ella fue la heredera del caserío Sagarzaguren, a donde casó Juan y donde nació Martín. Juan habría tenido un hermano llamado Pedro que se habría quedado con la casa familiar y posiblemente otro  casado en Urtaran, padre y abuelo de los Ugarte de Urtaran.

Señalábamos que Lope Hurtado de Mújica afirmó que María de Ugarte había sido natural de una casilla pequeña que ya habían deshecho y estuvo enfrente de la de Pedro de Ugarte, también llamado “Pedro de Ugarte de Orue”. Los receptores fueron al lugar y hallaron señales no de una casilla sino de una casa grande, pero el terreno ya estaba labrado y plantado de árboles. Pedro dijo que, según había oído de su padre Juan de Oribe de Ugarte, hubo allí una casa muy grande en la que vivió el antepasado del Capitán que vino desde Laudio. Es decir, Juan de Ugarte, consorte de María. Aunque hubiera sido lógico que éstos hubieran construido también la casa de Pedro de Ugarte, ni éste ni su padre Juan figuran como familiares ni siquiera lejanos del Capitán, si bien es plausible que fuesen parientes de Pedro, el hermano de Juan de Ugarte de Sagarzaguren.

¿Dónde se encontraba, pues, la casa de los antepasados del Capitán? La cuestión es que tampoco tenemos muchos más datos sobre la casa del mencionado Pedro de Ugarte. En el expediente se dice que estaba a unos doscientos pasos de un cruce en el que se separaban dos caminos. Según se iba desde la parroquia, el camino de la izquierda iba a Vitoria y el de la derecha a La Rioja, y el caserío quedaba entre ambos. Imaginamos que el camino de Vitoria remontaba los montes de Altube mientras que el de La Rioja era el camino del puerto de Dardoza, por Txibiarte. Es el emplazamiento más lógico en función de las indicaciones geográficas anteriores pero existen más datos que nos confirman que, efectivamente, este cruce debía encontrarse en el triángulo existente entre San Millán, Gurbista y Andikoetxealde, término que precisamente recibe el nombre de Ugarte. Y sabemos que por allí existió una casa. En primer lugar, en la fogueración de 1562, entre los vecinos de Gurbista y los de Unzueta, figura un tal Juan Pérez de Ugarte que pudo ser el abuelo de Martín. En todo caso, poco después, cuando fallecieron Juan Martínez de Landa y su hijo Juan, éstos dejaron “la mitad de la casa y casería de Ugarte”[i]. Cuando se describen los bienes de Pedro Martínez de Landa en 1580, se mencionan la barrera de Ugarte, la cerrada de Ugarte, el camino de Ugarte al “cadalso de Eguiluz” –se refiere a la Torre Cadalso que estuvo frente a la casa de Isasi, no a la casa de Egiluz-, río que viene de Ugarte al molino de Landa y, finalmente, la propia casa de Ugarte[ii]. En 1631, el manzanal de la casa encimera de Landa estaba “pegante con las heredades que de la dicha acera estan a la propia acera hasta la casa de Ugarte”[iii]. Por lo tanto, la ubicamos no lejos de Landako, posiblemente cerca del caserío Andikoetxealde. La última referencia que hemos hallado es de 1656, cuando se cita la “casa cayda de ugarte sita en este dicho lugar”, que era o había sido de Pedro de Ugarte y su madre María de Urrujola. Puede ser el mismo Pedro que aparece en 1638.

Una maniobra política

Ya llegamos a la cuestión principal. ¿Por qué Lope y Cristóbal recurrieron a viejos pleitos, antiguas habladurías sin fundamento, y prácticamente sin apoyo alguno, para difamar al Capitán? ¿Cuál es la razón por la que querían perjudicarle? Testigos del máximo renombre y reputación como fray Juan de Ugarte, que era lector de teología jubilado, o Martín Ortiz de Aldama, familiar y alguacil mayor del Santo Oficio del Reino de Navarra y Partido de Calahorra, Gobernador de Ayala y vecino de Okondo, nos aclaran que los cuñados temían perder su poder e influencia en esa parte de la Tierra de Ayala y habían asumido que el Capitán se casaría con Francisca de Sojo Urrutia, heredera del mayorazgo de los Urrutia de Amurrio. El problema es que Lope había proyectado el matrimonio de Cristóbal con dicha Francisca, de modo que sus planes amenazaban con irse al traste. Se contaba que Cristóbal bramaba “este indiano me ha de quitar este casamiento” mientras trataba de convencer a los ancianos para que declarasen en contra del Capitán. Varios testigos contaron un pasaje ocurrido en la taberna de Etxazar de Larrinbe: Cristóbal estaba jugando vino a los naipes con Diego de Landaburu y Pedro de Ugarte de Bidea, vecinos de Amurrio, cuando les dijo, tirándose de las barbas, que aunque gastasen el y su cuñado todas sus haciendas y aunque se lo llevara el diablo no se habría de poner el hábito el Capitán.

Lo curioso es que varios testigos, como los recién nombrados sin ir más lejos, consideraban que Hernando también estaba confabulado con ellos y enemistado con el Capitán, a pesar de que declaró a su favor y en contra de su propio hijo. Alguno señaló que su hijo y yerno lo “habían reducido”. También hubo quien consideró que otro de sus hijos, el escribano Gabriel de Ugarte Ulibarri, estaba en el ajo, pero éste, al igual que su otro hermano, el Bachiller Gregorio de Ugarte, declararon a favor del Capitán y en contra de su hermano Cristóbal.

Si algo caracteriza la vida política de la Tierra de Ayala a lo largo de toda la Edad Moderna, es la formación de lo que llamaban bandos o parcialidades, la unión de diversos personajes poderosos, habitualmente familiares entre sí y casi siempre escribanos de oficio, para monopolizar y controlar el desempeño de cargos públicos, enriquecerse y ejercer un control total sobre el resto de la población, parte de los cuales actuarían como fieles sirvientes. Es la adaptación moderna y desprovista de violencia de las luchas de bandos bajomedievales y, en algunos rasgos, un precedente del caciquismo contemporáneo. El manejo de los asuntos públicos por parte de los poderosos y su dominio sobre el resto es una historia bien antigua, adopte la forma que adopte.

Sin ninguna duda, Cristóbal y Lope aspiraban a hacer su voluntad en Lezama y alrededores. No les faltaban competidores, ya que, sin ir más lejos, el escribano local Juan Ortiz de Padura y Domingo Fernández de Ugarte, señor de Ziorraga, formaban parte de la parcialidad comandada por los Uriarte de Amurrio, muy activa en los primeros treinta años del siglo XVII. Cristóbal y sus antepasados siempre fueron enemigos de los Uriarte. Pero su matrimonio con la heredera del mayorazgo de Urrutia habría conformado un patrimonio y una capacidad económica de enorme calado, de manera que se habría convertido en todo un potentado comarcal.

Y he aquí que, de un día para otro, el hijo del difunto Martín de Ugarte regresa de las Indias con el título de Capitán, el hábito de la Orden de Santiago al caer, soltero y con impresionantes riquezas acumuladas, de las que empezó a hacer ostentación al comenzar la construcción de “una cassa subida” junto al caserío de sus padres, la que habría de ser torre o palacio de Larrako, que toma su nombre del caserío Larrea que allí estaba. El caserío no estaba caído, como recordamos haber leído en alguna publicación, ya que la casa caída a la que hace referencia el expediente es la de Ugarte de sus antepasados y no su casa nativa.

La aparición del Capitán fue toda una amenaza para las aspiraciones de los cuñados, ya que, debido a sus capacidades, se dio por hecho que matrimoniaría con la heredera del mayorazgo Urrutia. No sabemos si el Capitán albergó esta esperanza alguna vez o el temor de Lope y Cristóbal fue del todo infundado, pero lo cierto es que la “doncella” y su madre no admitieron volver a tratar la cuestión del matrimonio con los cuñados. El solo hecho de que el Capitán se estableciera en Lezama ya lo convertía en un grandísimo rival en potencia. Y es por eso por lo que ambos mostraron públicamente una gran enemistad hacia el Capitán, hostilidad que era pública y notoria como declararon algunos de los mayores prohombres de la comarca.

Decenas de vecinos de Lezama y alrededores, desde simples labradores hasta los personajes más poderosos de Ayala, declararon en aquellas semanas del mes de mayo de 1638 y todos ratificaron, de una manera u otra, más o menos explícitamente, lo que hasta aquí hemos narrado. El Licenciado Francisco López de Echabarri contó que, aunque en lo público Cristóbal se había mostrado amigo del Capitán, en secreto había procurado hacerle malas obras como fue el caso de un pleito sobre la casa de Larrea. Y, por ejemplo, Cristóbal le hizo contradicción en secreto cuando el Capitán quiso comprar una casa cerca de su caserío natal, de modo que el precio de la misma subió 150 ducados. El escribano hablaba mal y con envidia de la casa que el Capitán estaba levantando, y lo mismo se decía de Lope, de quien se comenta que estaba rendido a la voluntad de su cuñado, que debía tener un carácter muy fuerte.

Al final, la pretensión de los cuñados solo provocó mayores molestias a los receptores de la Orden de Santiago, pues tomaron declaración a una cantidad inusitada de testigos, amén de realizar ciertas diligencias infructuosas por Santa Gadea, Paul y Miranda de Ebro en busca de noticias de alguna mujer de Lezama que hubiera ido a servir, así como el paso por Valladolid a compulsar los dos pleitos ya mencionados.

Así que finalmente, en dicho año 1638, el Capitán Juan de Ugarte fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago. Para tranquilidad de los cuñados, el Capitán se casó, en una fecha que no conocemos pero que no debe ir más allá de mediados del año siguiente, con una dama de la Corte, Antonia de Ipeñarrieta, y pasó a residir en Madrid, al menos la mayor parte de su tiempo, donde adquirió muchas propiedades y rentas.

El legado del Capitán Juan de Ugarte

El 9 de octubre de 1640 el Capitán realizó testamento en Madrid por medio del cual fundó vínculo y mayorazgo. En esta extensa escritura, estableció una serie de memorias y fundaciones en su localidad natal, de modo que se convirtió en un importante benefactor de la misma. Entre ellas, se encuentra una memoria para pobres, un estipendio anual para el maestro de Lezama y una memoria perpetua de cien ducados de renta anuales para el casamiento de doncellas huérfanas de Lezama, o de Ayala si no las hubiera, siempre con preferencia a sus parientes, a nombramiento del poseedor que fuera del mayorazgo que fundó en este mismo testamento. Cada huérfana tendría la obligación, en compensación, de decir una misa cantada por su alma. Por entonces, solo tenía una hija de ocho meses, Maria Micaela (que murió poco después), pero esperaba tener más y que le sucediera su hijo varón mayor. Después de establecer el modo en que debía realizarse la sucesión en el vínculo, estableció que no pudieran heredarlo religiosos, locos, sordos, mudos o “ermafroditas”.

El Capitán vivió otros cuarenta años más después de testar, hasta su fallecimiento en 1680 a los 79 años de edad. De todo este largo intervalo de tiempo, solamente podemos mencionar la muy citada participación en la guerra de Cataluña en 1642 con un regimiento mantenido a su costa y su participación también en la campaña de Hondarribia. En 1649 el rey Felipe IV le hizo merced de las alcabalas del valle de Zuia, derecho que conservaron sus descendientes. A su muerte, dejó dos hijos: José, que también fue nombrado Caballero de Santiago pero murió prematuramente dos años después, y Teresa, Condesa de Peñaflorida.

Como dijimos en el capítulo anterior, su hermano Martín, posiblemente heredero del caserío familiar, murió prematuramente dejando solo dos hijos de su matrimonio: Martín, que salió a servir al rey y falleció joven, y Francisca. Ésta se casó en 1652 con Francisco de Arechederra, que hubo de cambiar su apellido al de Mariaca como condición para heredar de una tía soltera el mayorazgo del mismo nombre. El Capitán estaba afincado en Madrid, por lo que ofreció a su sobrina la posibilidad de pasar a vivir a sus casas de Lezama y así lo hicieron, ya que allí nacieron sus hijos. Posiblemente, el Capitán nunca habitó, al menos de manera continuada, el palacio de Larrako, aunque su hijo José sí fue bautizado en la parroquia.

A la muerte del Capitán en 1680, sus bienes en Lezama fueron tasados en 810.144 reales y eran los siguientes: la torre o palacio de Larrako, la ermita de San Juan, una casilla de horno, una casa antigua -posiblemente el caserío original- y una casa accesoria, todo ello valorado en 550.500 reales; la torre junto a la iglesia con su cercado y casa de horno, por valor de 212.300 reales, la cual había sido construida hacia 1665; y otras casas que había comprado como las de Zaballa, valorada en 6.050 reales; la casa de Errekalde y lo que se había agregado de otra que se deshizo, valían 11.220 reales; la casa de Lezameta valorada en 4.950 reales, y la de Bengoetxea en 2.970 reales.

Evidentemente, debido a sus fundaciones y sus propiedades, la influencia social del Capitán en Lezama fue considerable. ¿Qué fue de sus oponentes? Aunque el Capitán finalmente no se estableció de manera continua en Lezama, el proyecto de matrimonio entre Cristóbal de Ugarte y Francisca de Sojo tampoco se llevó a cabo. Ella se casó bastantes años más tarde, en 1647, con Juan Rodríguez de Salamanca Cerecedo. En adelante, el mayorazgo de Urrutia siempre estuvo en manos foráneas y sus propietarios no volvieron a residir en Amurrio ni en Ayala.

Por su parte, Cristóbal tuvo tres hijos bastardos con dos mujeres distintas. Uno de ellos estudió para ser escribano pero pronto se le pierde la pista, probablemente por haber fallecido. A pesar de todo su poder, Cristóbal nunca llegó a casarse. Por ello, cuando falleció en 1661, no tenía herederos legítimos y su mayorazgo, que no era poca cosa, pasó a su hermana María y después a su hijo Cristóbal de Mújica Ugarte, señor de Astobiza. Y he aquí la paradoja: después de tantos esfuerzos por parte de Lope para defenestrar al Capitán y casar a su cuñado con la heredera del mayorazgo de Urrutia, fue precisamente la soltería de Cristóbal lo que propició que sus propiedades pasasen a manos de su mujer, con lo que su hijo, que se llamó precisamente Cristóbal, heredó tanto los bienes de Lope como los de su tocayo tío.

Por su parte, tras la muerte prematura de su hermano José, Teresa de Ugarte Ipeñarrieta, Condesa de Peñaflorida, testó en 1690 y optó por dejar el mayorazgo fundado por su padre en Lezama a su prima Francisca de Ugarte. Ella y su marido incrementaron el vínculo de Larrako al agregarle dos casas más en 1700: una en Padura comprada en concurso de acreedores en 1686 y otra junto a ésta que les fue donada en 1691. Su marido falleció al año siguiente después de haber sido alcalde ordinario en la Tiera de Ayala en numerosas ocasiones, síndico en otra, y alcanzó a actuar como teniente de Gobernador.

Su hijo mayor, Juan Antonio de Mariaca, nacido en 1653, fue también Caballero de Santiago y heredero de los mayorazgos de Mariaka y Larrako. Durante algunos tramos de su vida, residió en otros lugares como Bilbao, pero falleció en Lezama en 1712. De modo que el mayorazgo recayó en su hermano José, casado en 1696 con Juana Maria de Mújica Mascarua, que era precisamente hija de Cristóbal de Mújica, de la torre de Astobiza. Así se unieron en matrimonio las dos familias más poderosas de la zona, antaño enfrentadas, si bien el mayorazgo de Astobiza –que ahora incluía los de Ugarte y Ulibarri que fueron de Cristóbal- quedó para Ambrosio de Mújica, por lo que el matrimonio no significó la unión de ambos patrimonios.

José de Mariaca no desempeñó los cargos públicos habituales en la Tierra de Ayala, al menos que tengamos constancia, pero en 1701 era mayordomo y administrador de las rentas del Estado de Ayala e hizo numerosas comisiones en beneficio de la Tierra. Su hijo Lope se casó en 1723 con María Josefa de Salazar Allende y Labarrieta, heredera del mayorazgo de Salazar Allende en Gordexola. Así aumentaron mucho sus propiedades y tuvo también muchas casas y caserías en Bilbao, Begoña y Abando. Pasó a vivir a Gordexola pero aún así tuvo tiempo de ser alcalde ordinario y procurador en Juntas incluso antes de casarse.

Fue sucesor su hijo José Dámaso, bautizado en Gordexola en 1734 y casado en Markina-Xemein con Maria Antonia de Ansotegui y Berastegui en 1771. A estos sucedió su hijo Bernabé, nacido en Iratzagorria en 1776 y casado con Regina Oraá en 1809. Como curiosidad, Regina trató de fugarse con su amante, un médico de familia de origen toscano. Bernabé era de ideas liberales y por ello fue encarcelado en 1816. También fue Contador de la Aduana de Bilbao pero llegado el Trienio Liberal fue comprendido en la conspiración de Mariano Renovales. Según el decreto de 25 de abril de 1823 contra los que habían servido militarmente, obtenido el empleo del sistema constitucional o por opiniones políticas y que aún no se hubiera restituido a sus casas en los términos señalados en el decreto, se le embargaron sus bienes. Hubo de exiliarse en Pau. En dicho año 1823 Larrako estaba habitado por el sacerdote y administrador del mayorazgo Manuel Bautista de la Fuente; por aquel entonces había dos cabañas deshabitadas junto al palacio y, también inmediata, una casa en la que habitaba Isidoro de Viguri Salazar[iv].

Bernabé murió en 1832 y fue sucedido por su única hija, Luisa, casada con José de Ordovas y fallecida en 1840. Una crónica periodística de 1843 señala la existencia del Palacio de Larrako en el barrio de Padura de Lezama, a cuyo lado se conservaba el antiguo solar, las ruinas de la ermita, vestigios de la casa-tahona, etc. todo lo que pertenecía a Elisa de Ordovas y Mariaca[v]. Posteriormente, en 1880, apareció en El Anunciador Vitoriano un artículo escrito por Ricardo Becerro de Bengoa dedicado al palacio en su primera página casi en su totalidad. Ricardo traduce Larrako a su compañero de viajes como “de la dehesa” o del campo acotado; y lo sitúa en el barrio Padura. A un lado, les enseñaron los restos de una antigua ermita, y comenta el cronista que el interior del palacio había sido modernamente reformado. Señala que ya no albergaba elemento artístico de mención pero que, hasta principios de siglo, si guardó objetos de valor pertenecientes al Capitán así como armas de la campaña de Hondarribia, que glosa con fervor.

A finales de 1901, la prensa anunciaba que “el palacio titulado Larraco” iba a ser ocupado en breve por una comunidad de religiosos cartujos, lo que nunca ocurrió[vi]. El 29 de septiembre de 1920 la compró Anselmo San Ildefonso Acedo, sastre de profesión, que tenía su taller en Bilbao. Sin embargo, en 1926 Valeriano Colón pagaba contribución por lo que el palacio que Anselmo habitaba, y de las caserías de Errekalde, Bengoetxea y La Txara, ésta en Lezameta.



[i] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1572, 49

[ii] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[iii] Ibidem

[iv] Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Civil, JCR3410/005

[v] Semanario Pintoresco Español, 2 de julio de 1843, p. 4-5

[vi] El Eco de Navarra, Año XXVII, nº 7439, 14-12-1901, p. 2

El segundo mayorazgo de los Lezama (1755)

Como decíamos en la entrada anterior, Bartolomé de Lezama Eguiluz no tuvo una vida larga, ya que la muerte le alcanzó en 1706 a los cuarenta y ocho años. No disponemos, al menos de momento, de su testamento ni el de su cónyuge Josefa del Campo, que había muerto aún antes, en 1697. En cuanto a sus hijos, la mayor se casó con Francisco de Retes Campo; José Francisco fue sacerdote y falleció en 1761; y Diego Felipe murió en 1750 con cincuenta y cuatro años sin que tengamos ni un solo dato más sobre su vida.

A quien conocemos mucho mejor es a su primer hijo varón, Felipe de Lezama Eguiluz, nacido el 21 de mayo de 1690 y a la postre heredero del mayorazgo que había fundado su abuelo del mismo nombre. Felipe no tardó en ponerse al frente de la familia tras el fallecimiento de su padre, de manera que fue elegido alcalde ordinario por primera vez en septiembre de 1709, con solamente diecinueve años y, por supuesto, aún soltero (las ordenanzas prohibían ocupar cargos públicos a los solteros, aunque esta disposición no siempre fue cumplida). De hecho, no se casó hasta 1723, momento para el cual ya había sido alcalde ordinario en otra ocasión y síndico procurador general en dos ocasiones. Para manifestar el relevante papel que tuvo en la vida comunitaria ayalesa de la época baste decir que fue teniente del Gobernador durante bastantes años y hasta el momento de su muerte. Lo fue, además, de varios gobernadores distintos, que por estar ausentes la mayor parte del año el ejercicio del cargo recayó de facto en Felipe, y lo desempeñó suficientemente, logrando la aprobación de la gran mayoría del vecindario. Su ocupación como teniente de gobernador impidió que ocupara cargos públicos en Ayala con mayor frecuencia, pero a pesar de ello acudió como procurador de la Tierra a las Juntas Generales alavesas en los cursos 1715-1716, 1716-1717, 1721-1722, mayo de 1723, noviembre de 1727, entre 1735 y 1738 y en 1739-1740.

El 14 de junio de 1723 Felipe contrajo matrimonio con María Francisca de Aldama Sobrado, natural de Okondo y último eslabón de una de las familias más importantes de Ayala desde el siglo XV, sobre la que aún está todo por escribir. Por otro lado, la brillante carrera de Felipe de Lezama quedó truncada con su fallecimiento a las diez de la mañana del día de Santo Tomás del año 1740 a los cincuenta años de edad. Puede que llevara un tiempo enfermo, ya que formalizó su testamento el 27 de septiembre estando ya enfermo en cama.

A pesar de la importancia y categoría del personaje, su testamento es simple y no muy distinto en la forma al de cualquier labrador acomodado. También es cierto que era ya común en su tiempo que los testamentos fuesen más escuetos y menos complejos que en siglos anteriores. Un aspecto en el que se puede apreciar esto son las disposiciones por su alma, pues ya no era tan habitual encargar ingentes cantidades de misas en decenas de templos distintos ni programar complejos rituales de misas y aniversarios. En este sentido, Felipe ordenó que su cuerpo fuera enterrado con el habitual hábito de San Francisco en la iglesia de Santa María y en la sepultura que dispusiera su mujer de entre todas las que poseía. En cuanto al sufragio de su alma, mandó que durante un año se ofreciera la consabida “oblada y candela” con las funciones de entierro, novenario y cabo de año con asistencia de los sacerdotes del Cabildo y todos aquellos que quisiera convocar su mujer. Encargó misas de novena, Apóstoles y San Gregorio, una vez o cuantas quisiera su esposa; doce misas en la ermita de San Silvestre -actual San Roque-, y otras doce en el santuario de Arantzazu; cien misas rezadas en la parroquia y otras cien en el convento de San Francisco de Orduña. Por último, dispuso que durante el año de su fallecimiento se dijeran sendas misas rezadas los lunes y sábados en la parroquia, los lunes en el altar de Nuestra Señora de la Piedad y el sábado en el del Rosario. Son unas disposiciones importantes, dignas de su categoría, pero no tan complejas ni tan cerradas como solía ser frecuente anteriormente, ya que concedió amplio margen a su esposa para cumplir estas funciones, y para otras cosas como veremos.

Por aquel entonces, Felipe y María Francisca tenían por hijos a Manuel Antonio (1729), Juan José (1734), José Ramón (1735), Francisco Gerardo (1738), Pedro Narciso (1739), María Francisca (1726) y Juana Josefa. Sabemos que tuvieron otros dos varones que ya habían fallecido para entonces. Todos los hijos eran menores, muy jóvenes aún, y Felipe solamente les mandó cien reales a cada uno de ellos. Sin embargo, a las dos chicas les dejó la muy apreciable cantidad de quinientos ducados a cada una, los cuales se les entregarían cuando tomasen estado de matrimonio o religioso, o cuando alcanzasen la mayoría de edad.

Por otra parte, Felipe se declaró poseedor del mayorazgo que habían fundado sus abuelos Felipe y Casilda así como de los bienes que agregó su padre Bartolomé por sí y en nombre de Josefa su mujer; en virtud de aquella cláusula del vínculo por la cual el titular podía elegir sucesor entre sus hijos varones, Felipe no se complicó la vida y nombró a su hijo varón mayor, Manuel.

Por lo demás, hay dos aspectos a los que Felipe dedicó especial atención en su testamento, dos temas que sin duda quería dejar atados antes de fallecer. En primer lugar, declaró que había dado permiso a Sebastián de Isasi -esposo de una prima suya- para que construyera una casa nueva en una heredad perteneciente a su Casa de Ugartebechi y junto a ésta. Recordemos que esta casa la había dejado su abuelo a un hijo ilegítimo con la condición de que, en caso de fallecer o de no dejar herederos legítimos, pasara a manos de Bartolomé. Y así debió suceder. Como veremos, por entonces era un bien no vinculado, de libre disposición. Sebastián debía pagarle el valor de la heredad a tasación de Tomás de Garbiras, pero éste había fallecido y, aunque nombraron otros dos tasadores, aún no se había efectuado. Por lo tanto, Felipe dispuso que Sebastián le pagase el importe a su mujer o, en caso contrario, ésta se quedaría con la propiedad. Además, Sebastián le debía otras cantidades de dinero.

Segundo, la cuestión de la dote de su esposa aún no estaba resuelta del todo. Bernabé Antonio de Aldama había prometido donar 3.000 ducados de vellón a su hija María Francisca pero aquel falleció habiendo satisfecho 2.500. Por razón de la herencia materna, Felipe había iniciado un pleito contra su cuñado Juan José de Aldama pero la cosa no llegó a mayores y alcanzaron un acuerdo por el cual Lezama recibió arcas, hierros, escrituras de admunerías de ganados, heredades y montes, que junto a los mencionados 2.500 ducados ascendían a 8.000 o 9.000, una cantidad muy importante. En su testamento, Felipe quería que este tema quedase zanjado.

A pesar de estas diferencias con su familia política, Felipe nombró albacea a su cuñado Juan José junto a su hermano el sacerdote José Francisco de Lezama y el resto de curas de la parroquia. Finalmente, dio poder a su esposa para que, por medio de testamento u otra cualesquiera vía, distribuyera sus bienes entre los hijos según fuese su voluntad y nombrase heredero entre ellos. Era un poder sin limitación “atendiendo a su mucha Cristiandad y confiando cuidara de la heducazion y crianza” de los hijos y la nombró tutora y curadora de todos ellos y administradora y usufructuaria de todos los bienes.

Felipe abandonó este mundo de manera prematura nombrando sucesor del mayorazgo que había gozado y dando plenos poderes a su esposa para que administrase todos sus bienes hasta que llegase la hora de legarlos a la siguiente generación, de la manera que quisiera -a excepción de los bienes vinculados, que serían para Manuel, claro está-. No disponemos del testamento de María Francisca de Aldama Sobrado y, de hecho, no sabemos cuándo falleció. Pero lo relativo al legado de su difunto marido, o la mayor parte de él, lo dispuso mediante una escritura de fundación de mayorazgo que otorgó ante el escribano Domingo Martín de Oribe el 20 de diciembre de 1755. Por aquel entonces, era vecina de su localidad natal, el Valle de Oquendo, probablemente porque su hermano Francisco Antonio, heredero del mayorazgo de Izaga en aquel lugar, se había ido a América y a ella le había correspondido vía judicial la administración de ese patrimonio. María Francisca era la heredera de Francisco Antonio, de manera que dispuso que, si recaía en ella dicho mayorazgo, éste fuese para su hijo Manuel de Lezama. Y así ocurrió.

Para entonces, sus hijos José Ramón y Francisco Gerardo habían fallecido, de manera que le quedaban cinco vástagos. María Francisca había entrado como religiosa en el convento de Santa Clara de Orduña y ya le había pagado lo que Felipe había dispuesto. Además, Aldama estableció el pago anual de cien reales por el día de Todos los Santos de forma vitalicia. Por su parte, Juana Josefa se había casado con Francisco Antonio de Murga Arza y ya le había pagado toda la dote; Murga, perteneciente a una importante familia de Respaldiza, falleció tempranamente, de manera que Juana se casó en 1757 con José Ventura de Villodas Ibarrola, un personaje descollante en su época, como no podía ser menos dado el status socioeconómico de los Lezama.

El segundo hijo varón, Juan José, de veintiún años por entonces, “camina[ba] en los estudios a fin de lograr el estado sacerdotal a que se inclina” de manera que su madre dispuso que se le asistiera en todos los gastos necesarios hasta que se ordenara sacerdote. Pero, por si acaso cambiaba de voluntad y decidía no ordenarse, solo le pagarían ciento cincuenta pesos, que podían dárselos “si quisiera ir a yndias”. Sabemos que Juan José falleció en Okondo en 1791.

Lo curioso es que al tercer varón, Pedro Narciso, María Francisca le apartó con los escasos cien reales que le había legado su padre y con la simbólica cantidad de diez maravedís, una teja y un árbol. Por lo tanto, puede decirse que Pedro fue prácticamente desheredado por su madre. Sin embargo, no tenía más que dieciséis años, por lo que  quizá su madre previera darle mayores medios para su sustento más adelante. En cualquier caso, desconocemos qué fue de esta persona.

Pues bien, como decíamos, María Francisca fundó un nuevo mayorazgo en el que se incluyeron los siguientes bienes:

  • Unos molinos con sus pertenecidos en jurisdicción de Larrinbe que habían comprado a Antonio de Salazar y sus acreedores y que fabricaron “e hicieron fabricas de su planta” abriendo los calces y haciendo presa nueva, junto a una casa que tenían los molinos también de nueva planta. Los pertenecidos los habían comprado. Se trata de los molinos de Borinobarria, que aparecen con este nombre más adelante en la misma escritura.
  • Una casa en Larrinbe con todos sus pertenecidos “que está entre otras de Gregorio de Ugarte y Joseph de Orue pegante al camino real que se ba del campo de launco a el de la ermita de san mames”. Sería la casa de Izadar que se mencionaba en el testamento de Felipe y Casilda.
  • Unos molinos en Saratxo con su casa nueva, heredades, montes y demás, que había llevado como dote al matrimonio Josefa del Campo. Ésta, en su testamento, dejó poder a su marido para que dispusiera de sus bienes entre sus hijos, y Bartolomé en el suyo dio poder a su hermano Francisco de Lezama Eguiluz, Vicario de Ayala. Fue éste quien añadió estas propiedades al vínculo fundado por Felipe y Casilda. Por lo tanto, la agregación de estos bienes al mayorazgo que estaba fundando María Francisca era únicamente condicional: “si por no haber dejado dha Dª Josepha del Campo orden espresa de que se iziese dha agregacion y por esta razon faltase la fuerza de ella”. Es decir, por si la vinculación realizada por Francisco era impugnada por no haber sido expresamente dispuesta por Josefa; en ese caso, se añadirían estos molinos al nuevo vínculo. Estaban en el término de Abendui.
  • Unos molinos nuevos en Amurrio “llamados de querejeta que también fabricamos de nueba planta” durante su matrimonio, con las heredades de pan sembrar que habían comprado. De hecho, también compraron los sitios de dichos molinos, aunque no sabemos a quién. Tampoco queda claro si los nuevos molinos sustituyeron a otros viejos o fueron construidos totalmente de nueva planta. Lo que sí sabemos es que se trata de la casa de Querejeta, también conocida como molino Campo, que además aún luce el escudo de los Lezama en una de sus fachadas.
  • Una casa con sus pertenecidos “en donde llaman orbezar” (Oruezar) en Amurrio. Se dice que estaba cerca de la casa nueva de Cristóbal de Garbiras, marido de Asensia de Isasi, hija del ya mencionado Sebastián. “Por ser dha casa de orbezar antiquisima”, le correspondían los árboles antiguos y modernos sitos en el campo llamado Orbezar y el mismo campo, de manera que la casa nueva solo tendría su propio sitio. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que se habla de la misma casa sobre la que se trataba en el testamento de Felipe, parece que esta casa ahora llamada de Oruezar es la misma que entonces figuraba como Ugartebechi.
  • La casa de Ugartebechi sita en el barrio de Ugarte con todos sus pertenecidos. No se dice más. Creemos que puede tratarse de la casa de Ugarte que Felipe y Casilda reservaron en su testamento para su hijo Domingo, sacerdote, que no fue vinculada. De esta manera, tendríamos dos casas nombradas Ugartebechi: una en Ugarte y otra en Orue.
  • La casería de Zaballa y su accesoria que habían comprado al convento de San Francisco de Orduña, y media casa aneja a la accesoria que la “ube comprado de rosa de lezama hija y heredera de D. Andres de Lezama”. Sabemos que, el año siguiente, Manuel y su esposa hipotecaron una “casa titulada de Zaualla”, lo cual no habrían podido hacer de haber estado vinculada. En la escritura de fundación, Aldama se reservó 3.000 ducados en dinero a recibir en el plazo de dos años, y en caso contrario se quedaría con la casería de Zaballa, su accesoria y pertenecidos por la cantidad en que se compró, y la parte que faltase a su elección. Pasado el plazo, María Francisca, que era vecina de Respaldiza -con su hija, a buen seguro-, demandó a su hijo por no haberle dado los 3.000 ducados.
  • Una sepultura en la primera hilera de la iglesia, al lado del evangelio, confinante con la de la casa de Intxaurdui y la de “la casa de sarin”.
  • Otra serie de bienes como unas heredades en Belandia, una heredad en Luyando cerca de la ferrería, diversos montes y muchos bienes muebles que se describen
  • Un número importante de censos, que son los siguientes: contra un vecino de Larrinbe, tres contra la casa de Urrutiko que estaba concursada, otros contra la casa de Latatu en Amurrio que era propia de Martín de Otaola, otro de la casa de Aldaiturriaga propia de Francisco de Aguirre, otro de la casería de José de Beraza, los de la “caseria de querejeta” propia de Matías de Orue, otro de las caserías de Oribay propias de Francisco de Sagarribay, otro de una casa de Manuel de Acha en Luyando, otro de la casa de José de Otaola en Olabezar, otro de la casería de Fabián de Mugaburu y otro que debía la casería de Intxaurdui que era propia de María de Sarachaga, vecina de Luyando

María Francisca llamó en primer lugar al mayorazgo a su hijo Manuel de Lezama, de manera que gozaría no solo del mayorazgo fundado por Felipe y Casilda sino también de este nuevo creado por su madre. Y, con el tiempo, recibiría también el mayorazgo de Izaga en Okondo, lo cual nos da idea de la magnitud de los bienes que quedaron bajo su poder. Manuel contrajo matrimonio solo ocho días después de que su madre otorgase la mencionada escritura, en la que aquel figura como capitán de las milicias de Cantabria. Su cónyuge fue Francisca Antonia de Amechazurra Berrio, al parecer nacida en la burgalesa localidad de Arza, si bien parece que sus padres, Domingo de Amechazurra Velasco y Francisca Antonia de Berrio Quincoces, se asentaron pronto en Orduña, de donde fue natural ella. De hecho, sabemos que Francisca Antonia fue tutoreada por su tío José Jorge de Berrio.

Manuel tenía veintiséis años por entonces, ya que había nacido en mayo de 1729. A diferencia de su padre, apenas tuvo protagonismo alguno en el desempeño de cargos públicos de Ayala, ya que solo nos consta que fue síndico procurador general en 1762, año en que acudió como tal a las Juntas alavesas, y también lo hizo en mayo de 1763. No ocupó más cargos en su vida (en Ayala, sí lo haría en Amurrio seguramente). Ingresó en 1769 en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País como socio de mérito y, al parecer, trató de establecer en Amurrio una fábrica de carruajes, lo que no se habría llegado a efectuar.

Es en un informe de la Bascongada donde encontramos una curiosa información remitida por Manuel, la cual merece la pena reproducir en estos tiempos actuales marcados por una pandemia. Corría el año 1771 y comentaba Manuel que se estaba ganando al cirujano local “leyendole sucesivamente quantos avisos en el asunto daban las Gacetas” y le tenía dispuesto a hacer experimentos relativos a la inoculación cuando se presentase la viruela. Y así ocurrió que un niño de diez años llamado Domingo Galindez presentó síntomas. El propio Lezama dice que “repetidas veces había yo alentado a mi muger (sin fruto) sobre que hiciesemos inocular los hijos” y uno de ellos, Joaquín, de diez años, “hallandose un día holgando con otros niños y niñas de su edad”, los animó a que subieran a ver al enfermo y hablando allí mismo de la inoculación dispuso el ánimo de una niña de nueve años a ser inoculada. Se trataba de Manuelita de Solar, que por lo que sabemos fue hija precisamente de un cirujano, ya fallecido para entonces.

Joaquín soltó una pequeña postilla que la niña tenía en la mano “y asomó alguna corta humedad de sangre aguada”, tomó materia de una viruela y la depositó bajo la postilla cerrándola con ella. A los siete días la muchacha ya tenía la enfermedad “pero con tal felicidad, que depuesta su malicia las experimentó de la mejor calidad que pueden desearse”. El propio Joaquín se inoculó a sí mismo después de herirse con una navaja en el índice de la mano siniestra. Y a partir de entonces la viruela no tuvo la virulencia que sufrió Galindez sino “una tan benigna como la que tuvieron los inoculados”, de manera que habiéndose contagiado gentes de todas las edades, solo murieron una niña de pecho y una chica de 18 años muy gruesa, que se sofocó. Dice Lezama que todos se fiaron de la benignidad de la epidemia y trataban de contagiarse comunicándose con los enfermos. Así lo habían hecho los seis hermanos de Joaquín que iban y venían a su cuarto para jugar con el, contrayendo el mal y pasándolo los seis juntos. Galindez heredaría en el futuro su caserío natal en el barrio Elexondo mientras que Solar falleció en 1782.

Manuel falleció el 18 de diciembre de 1777 con tan solo cuarenta y ocho años al igual que su abuelo. Esta tendencia a la muerte prematura se mantendrá en los siguientes poseedores de los mayorazgos de los Lezama. Su esposa es posible que falleciera en Gordejuela, quizá en 1794. Lo que sabemos es que, en los años ochenta, Francisca Antonia era vecina de Okondo cuando, como curadora de su hijo Serafín, residente en Madrid, pleiteó con su hijo mayor José María sobre la posesión del mayorazgo de Izaga. El heredero de los dos mayorazgos de Amurrio y alrededores fue dicho José María, que a diferencia de su padre fue escribano como sus ancestros y falleció en 1795 con tan solo treinta y siete años. No parece que las relaciones con su madre fueran buenas, ya que también pleiteó con ella en 1784-85 cuando exigió a José María el cumplimiento de dos escrituras que le obligaban al pago de 300 ducados anuales por alimentos. Éste alegaba que era una cantidad desproporcionada habida cuenta sus rentas y que había firmado las escrituras siendo menor de edad.

El Capitán Juan de Ugarte Larrea: familia, tiempo y legado (I)

 

 

 

Numerosas publicaciones y folletos informativos recogen fotografías y algunos datos básicos sobre el Palacio de Larrako, en la localidad de Lezama, que es así una de las construcciones civiles más espléndidas y vistosas del actual municipio de Amurrio. Como bien suelen señalar, ya que casi siempre emplean el mismo texto reelaborado una y otra vez, fue un Capitán del ejército llamado Juan de Ugarte la acaudalada persona que financió su construcción, motivo por el cual podemos considerarlo el más famoso y conocido de todos los ilustres hijos del pueblo de Lezama. Sin embargo, muy poco más se ha contado sobre este personaje.

Nuestro objetivo no es reconstruir la vida completa del Capitán, ya que las fuentes documentales que conocemos no nos aportan demasiados datos, al menos no los suficientes para rastrear toda su vida. Pero lo que sí nos permiten las fuentes es conocer sus orígenes familiares, las circunstancias y complicaciones de su ascenso en la escala social ayalesa, las luchas de poder en las que se vio envuelto, y el alcance de su legado. Para ello, nos basamos sobre todo en un documento fundamental que es el expediente realizado con ocasión de su ingreso en la Orden de Santiago. Se trata del más especial y sorprendente de cuantos ha tenido ocasión de consultar el autor, y no han sido pocos. De todos modos, es tal el volumen de información que contiene, que hemos tenido que limitarnos a los datos más importantes y los más curiosos para componer un artículo que resulte legible. Eso sí, por cuestiones de espacio nos vemos obligados a publicarlo en dos partes. He aquí la primera.

 

 

Primeros años de vida

 

El 9 de febrero del año 1601 el sacerdote Juanes de Uscategui bautizó en la parroquia de San Martín de Lezama a un niño que fue apadrinado por Gregorio de Aguirre y su tía Marina de Ugarte Bechia, vecina de Amurrio. Fue llamado como sus dos abuelos: Juan. El mismo nombre, por cierto, que sus padres Martín de Ugarte y Catalina de Larrea habían escogido para su primer hijo varón, nacido en 1592, de efímera existencia.

Los primeros años de la vida de Juan transcurrieron en su casa natal, el caserío Larrea. De hecho, el chico fue bautizado como “Ugarte de Larrea” y algunos de sus hermanos simplemente como Larrea. De este solar podemos decir que, posiblemente, la referencia más antigua data de 1508, cuando el sacerdote Fernando Martínez de Larrea denunció a Sancho Fernández de Ugarte por haber matado a su hermano Iñigo Martínez de Larrea, que bien pudo ser el propietario de la casa y que ya tenía hijos crecidos[i]. Evidentemente, el Palacio de Larrako toma su nombre del caserío preexistente en el paraje.

Catalina de Larrea debió ser la heredera de este caserío. Nació en 1568 y fue bautizada como “Verganza de Larrea”, ya que su padre Juan, que era zapatero, fue hijo de Juan de Berganza y Mariana de Larrea. Éste Juan fue natural de la casa de Berganzagoitia en jurisdicción de Larrinbe y era descendiente de la casa de Mariaka. Por otro lado, la madre de Catalina se llamó Catalina de Goicoechea, era natural de Baranbio y a veces figura con el apellido Rotabarria, por lo que no nos cuenta mucho trabajo relacionarla con el ya desaparecido caserío Goikoetxea en Baranbio. Pero esta es otra historia.

Cuando Catalina se casó con Martín de Ugarte, constituyeron una familia con ciertas capacidades y reconocimiento social, no obstante Martín desempeñó cargos en la Tierra de Ayala con relativa frecuencia, al igual que lo habían hecho su padre y su suegro. Pero seguramente no dejaban de ser labradores con un cierto desahogo económico, no más.

Martín depositó grandes esperanzas en su hijo Juan. Cuando tenía unos trece o catorce años, lo envió a Bilbao a casa de su amigo Domingo de Urrutia con el fin de “perfeccionarle en el leer, escribir y contar”, ya que en su tierra no había quien le enseñara a hacerlo. Martín no sabía firmar, por lo que era analfabeto, y esto es realmente llamativo porque era hijo del escribano Juan de Ugarte de Sagarzaguren. No solo eso, sino que, según testimonio de Martín de Urquijo, su padre hacía “mucha merced” al pueblo al enseñar las oraciones, a leer y a escribir a los mozos del lugar. Pero curiosamente parece que no enseñó a su propio hijo. Como muestran los documentos de la época, al menos en esta localidad eran bastantes los que, como mínimo, sabían firmar. Pero una cosa es saber leer y garabatear algunas letras y otra muy distinta perfeccionar estas capacidades. Como no había ningún lugar en Ayala donde recibir una educación de mayor calado, y quizá a falta de los recursos necesarios para enviar al muchacho a Castilla a formarse en las letras como hicieron otros ayaleses, lo envió a Bilbao a estudiar y, en el ínterin, se alojaría en casa de una persona de confianza. Era habitual en estos casos que fuese el propio padre quien corriese con los gastos de la manutención del joven, pero no sabemos cuál fue la formula empleada por Martín.

Juan estuvo en Bilbao poco más de dos años antes de regresar a su hogar. Después, fue enviado a Italia y a continuación a América a prestar servicio al rey en el ejército. Esta no deja de ser una biografía de trazo grueso que no aclara gran cosa. Lo que sí sabemos es que Martín realizó las gestiones pertinentes para que su hijo pasase a las Indias en el año 1624. Nuestro protagonista contaba 23 años y era “alto de cuerpo, comenzado a barbar, espigado, seco de rostro”. El 11 de febrero de dicho año, Martín presentó seis testigos en Lezama para certificar la hidalguía de su hijo: fueron Domingo de San Millán, Pedro de Oquendo de Eranegui, Gregorio de Ocaranduy, Martín de Uscategui Urtaran, Domingo de Urtaran de Aspilaga y Domingo Balza de Aguirre, todos ellos entre los 60 y los 80 años de edad. El trámite fue realizado ante los hermanos Cristóbal y Gabriel de Ugarte Ulibarri, que actuaron como alcalde ordinario y escribano respectivamente, aunque el primero también era escribano de oficio y uno de los personajes más poderosos de Ayala. Varios de estos nombres aparecerán más adelante.

No conocemos detalles sobre la carrera militar de Juan de Ugarte en las Indias. Pero sus logros debieron ser muy importantes porque, trece años después, en 1637, regresó del Nuevo Continente a Sevilla y desde aquí a su localidad natal. El muchacho ya era todo un hombre de 36 años que se presentó en Lezama con el grado de capitán, la merced del rey para ser obsequiado con el hábito de la Orden de Santiago y dinero, mucho dinero. Y, sin embargo, seguía soltero.

En Lezama le esperaba su madre, ya viuda y con 70 años; Juan tenía varias hermanas, dos mayores y dos menores, que estaban casadas en la misma localidad, en Larrinbe y en Amurrio. Aunque no disponemos de datos directos que lo confirmen, todo apunta a que el caserío Larrea quedó para su hermano Martín, cinco años menor que Juan, quien en 1625, y con solo 19 años –edad que por aquí entonces y siempre ha sido poco habitual para contraer matrimonio-, se casó con María Ortiz de Zulueta. Sabemos que Martín murió joven, pero no es mencionado en ningún momento en la documentación referente a su hermano, por lo que creemos que a su regreso el Capitán halló en su casa natal a su madre, su cuñada ya viuda y dos sobrinos de corta edad.

 

 

 

El hábito de Santiago

 

La de Santiago era una orden religiosa y militar fundada en el siglo XII, muy vinculada a la protección de peregrinos y a la Reconquista, pero para el momento que nos ocupa estas funciones se habían diluido y la Orden se había convertido en un grupo elitista que otorgaba reconocimiento y prestigio social, con especial querencia por los nuevos ricos, como precisamente era el caso del Capitán. Por supuesto, ser hidalgo era condición indispensable para lograr acceder a cualquier orden militar, por lo que previamente a la obtención del hábito un par de miembros de la misma, a los que suelen llamar receptores, solían investigar al candidato en su localidad natal compulsando documentos y tomando declaración a testigos con el fin de certificar la nobleza del sujeto y, en consecuencia, su limpieza de sangre y condición de cristianos viejos.

El Capitán ya llevaba unos cuantos meses en Lezama, había adquirido alguna que otra propiedad y las obras de construcción de su palacio ya estaban en marcha cuando en el mes de abril de 1638 llegaron dos receptores de la Orden para proceder a la pertinente investigación, que siempre eran exhaustivas pero en cierto modo rutinarias. En esta ocasión, el proceso no iba a ser sencillo.

Después de la convencional declaración del primer testigo, que fue el sacerdote Gregorio Abad de Aguirre, se presentó Lope Hurtado de Mújica, señor de la casa torre de Astobiza y Caballero de Santiago a sus 33 años. La casa de Astobiza es una de las más antiguas y prestigiosas de Ayala pero hasta el momento no descollaban por sus bienes inmuebles –tenían los suficientes pero no demasiados- ni se inmiscuyeron demasiado en la política local, si bien no dejaron de ejercer influencia sobre sus convecinos; su poderío procedía de las recompensas recibidas gracias a los servicios prestados a la Corona. Por ejemplo, Lope Hurtado de Mendoza había sido embajador de Carlos I en Portugal; su yerno Cristóbal de Mújica Butrón fue Caballero de Santiago y fundador del mayorazgo de su casa. De este modo, nuestro Lope había obtenido el hábito de Santiago más por su sangre y ascendencia que por méritos propios, como sí era el caso del Capitán. Lope fue el primero de la saga familiar en contraer matrimonio con una mujer local, concretamente con María de Ugarte Ulibarri, natural de Lezama (hermana de Cristóbal y Gabriel), y parece que también fue quien intensificó la intervención de la familia en los asuntos locales.

Ante los receptores, y sin ser convocado por ellos, Lope presentó un memorial en el que negaba la hidalguía del Capitán con el pretexto de que una tatarabuela suya que emigró a servir a Santa Gadea por su extrema pobreza había regresado con el hijo de un boticario judío en el vientre, un niño que se llamaría Juan de Ugarte, igual que su bisnieto el Capitán. Lope dijo no recordar el nombre de la susodicha pero había sido natural de una casilla pequeña que se deshizo y estaba frente a la que en el día poseía un tal Pedro de Ugarte. ¿Por qué tenía Lope conocimiento de esta historia? En primera instancia, declaró que lo había oído decir a personas como Francisco de Bidaur, Gregorio de Ocaranduy y Marcos de Urrutia, “hombres desapasionados y sin enemistad con el pretendiente”. Recordemos, sin embargo, que Ocaranduy había declarado positivamente a favor de la hidalguía de Juan de Ugarte antes de su marcha a América, pero ya era difunto y no era posible que respondiera a las alusiones y aclarara esta aparente contradicción en sus testimonios.

Tener ascendencia judía era una mácula que le convertía a uno en judío automáticamente y acusar de ello a un hidalgo constituía el más grave de los atentados contra su honor. En aquellos tiempos, se concedía un gran valor al testimonio de personajes tan prestigiosos como Lope, que además era caballero de la misma Orden, pero los receptores no se dejaban convencer con tamaña facilidad. La acusación requería una base consistente y creíble, sustentada en hechos demostrables. Por eso, Lope declaró que a Martín de Ugarte le habían llamado judío diversas veces en público y que se comentaba que en su casa no comían tocino; que el mismo epíteto había recibido Diego de Ugarte, natural y vecino de Inoso, pariente del pretendiente al hábito; y que Martín desempeñó cargos en la Tierra únicamente por “regalar” al ya difunto Juan Fernández de Ugarte, señor que fue de la casa de Ziorraga, y a Hernando Ortiz de Ugarte, señor de la casa de su apellido en Amurrio y de la de Ulibarri en Lezama, y a la sazón suegro del declarante.

Como se puede ver, la mayor parte de los argumentos para negar la hidalguía del Capitán tenían que ver en realidad con su difunto padre. Esto nada tiene de casual ni gratuito, pues Lope debía saber que, cuando aún era un joven por casar, Martín de Ugarte hubo de afrontar también la misma acusación de judío que su hijo. El pleito resultante fue compulsado por completo y se adjuntó al expediente del Capitán. Además del papel trascendental que desempeñó en las acusaciones vertidas sobre el Capitán, contiene datos inéditos y de gran interés, por lo que vamos a dedicarle casi todo lo que resta de esta entrada para abordar, en otra posterior, los sucesos de 1638, los orígenes de su familia y las luchas de poder entre diversas familias en aquella época, y finalmente su legado.

 

 

Martín de Ugarte, acusado de judío

 

 

Junto o próximo a la casa de Juan de Recalde, muy cerca también del caserío Larrea, se encontraba el término “do dizen Urquillatu”, donde posteriormente hubo una tejera. En este punto, la tarde del martes 7 de junio de 1587, el día después de la Pascua del Espíritu Santo o Pentecostés, muchos “mancebos y donzellas” de Lezama y algunos de Larrinbe se juntaron allí a “bailar y tomar plaçer (…) al son de un tanborin baylando”. Como un gran número de testigos declararon posteriormente –no todos coincidieron en la exactitud de las palabras, pero sí en lo esencial del relato-, en un momento dado de la romería se habían formado dos “regocijos” o corros en un baile “que llaman en lengua bascongada a tabolin bolinete”. En uno de ellos se encontraban Magdalena Balza de Berganzagoitia y Martín de Ugarte y sucedió que, sin motivo ni provocación aparente, la joven le propinó un bofetón o puñada en el rostro, encima del ojo, y se fue corriendo al otro corro, donde estaba su hermana Ana, perseguida por Martín. Ugarte, que tenía 24 años por entonces, se tapaba un ojo con la mano y protestaba por el golpe y le dijo a Magdalena “balgate del diablo yegua cornuda” mientras le daba una patada o rodillazo “en el pecho del coño” [sic].

Entonces, Ana le habría contestado “eso Martin para hombre mancebo ruin criança traigas para mançebo que no os tenia yo meresçido”. Es dificil interpretar el significado de estas y otras palabras que se reproducen en pleitos antiguos, pero al menos la segunda parte de la frase parece señalar que Ana expresó que Martín no se la merecía, y es que, como veremos, ambos parecían estar llamados a contraer matrimonio. Martín contestó “pues tomalda a cuestas”, en referencia a su hermana, y Ana dijo “mal biaje hagais judio biejo”, pero aparentemente estas palabras no fueron escuchadas por Martín y solo después se habría enterado de ello.

Fueron numerosos los muchachos y muchachas que observaron el lance y prestaron declaración pero solo uno, un testigo presentado por la parte defensora de Balza, aportó el detalle de que, tras el intercambio de impresiones con Ana, y estando Magdalena sentada, Ugarte se puso un dedo en la frente y les amenazó “esta que me lo abeis de pagar”. Añade también que fue un hijo de Juan de Landazuri, posiblemente un tal Martín que declaró en el juicio pero nada dijo al respecto de este pasaje, quien agarró a Martín y lo llevó de vuelta a su corrillo.

Como consecuencia de este enfrentamiento, Martín de Ugarte se querelló contra Ana Balza de Berganzagoitia por haberle llamado judío, y también contra su padre Juan Balza de Berganzagoitia y su tío Domingo de Berganzagoitia, ambos herreros. Éste figura posteriormente varias veces con el apellido Aguirre, e incluso como Domingo de Aguirre “dicho balça”. Lo curioso es que es el mismo que en 1624 declaró como testigo en el expediente de hidalguía del Capitán previo a su paso a las Américas.

El domingo de la misma semana, que se contaban 12 del mes de junio, Martín de Ugarte se encontraba en la portalada de la casa de Martín de Padura pasando el rato junto a la señora de la casa María Sáez de Jauregui, su criado Juan de Zaballa, Pedro de Unzueta de Urtaran y María Ortiz de Mendieta y su hija María de Zaballa, mujer de Diego Ortiz de Urrutia, todos ellos vecinos cercanos y de muy diversas edades. Según declaró esta última, allí se presentó Juan Balza en compañía de otras personas y comenzó a increpar a Ugarte diciéndole que si hubiera estado presente en la riña le habría cortado las piernas. Martin le contestó que “por ser buestras hijas muchas veces les he hecho honra” y Balza replicó: “no quiero ni buestra honra ni deshonra”. Según testimonio de Pedro de Unzueta, antes de este cruce dialéctico Balza pidió a Ugarte que desistiera del pleito pero el joven contestó “yo no puedo dejar de hacer mi probanza de bondad y genealogia q yo jamas trate contra vos”. Entonces Balza le amenazó con abrirle de arriba a abajo y le dijo que “si nadie es suçio yo no le puedo limpiar”. Martin contestó “dios perdone a los que vos habeis muerto”, como si diera a entender que Balza tenía algún que otro cadáver en el armario.

Juan Balza y su hermano Domingo también fueron aquel día “en acabando de comer” a casa de otra María de Zaballa, de 48 años, para persuadirla, bajo amenazas, de que declarase contra ellos. La mujer respondió que, en caso de ser llamada a declarar, diría la verdad. Por el contrario, María relató un episodio que ocurrió cuando regresaba de misa junto a Juan Balza, su tocaya la mujer de Diego Ortiz de Urrutia, María Sáez de Jauregui y Catalina de Padura. Balza dijo que era malo que una hija de Juan de Ugarte, hermano de Martin, hubiese entrado en la iglesia con tanta “fantassia y gravedad” y otro tipo de acusaciones y ella le dijo “Juan Balça no teneis razón dezir tales cosas por ella porque si ha errado ella se emendara”. Este suceso parece revelar una animosidad previa de Balza contra los Ugarte.

De modo que el pleito siguió su curso. El día 17 Balza recusó al escribano Cristóbal de Ugarte, vecino de Amurrio, por considerarlo próximo a Martín, y también pidió la recusación de la casa de Juan de Velasco en Larrinbe como lugar de audiencia, suponemos que por ser su esposa Casilda hermana del escribano. Ambas recusaciones fueron aceptadas y Balza nombró un “escribano acompañado”, que paradójicamente fue el hijo de Cristóbal, Hernando (Ortiz) de Ugarte Orueta, vecino de Lezama, ya mencionado.

 

 

El pleito

 

El 20 de junio el Alcalde Mayor de Ayala ordenó encarcelar a Ana, su padre Juan y su tío Domingo. La joven alegó que la cárcel de Mendixur no era lugar seguro para su honor de doncella y, tal y como se hacía en ocasiones, se optó por encarcelarla en una casa particular. Lo curioso es que este papel le correspondió a la casa de otro tío suyo, Pedro de Berganzagoitia, herrero y vecino de Amurrio. A pesar de que se le impuso una pena de 200 ducados en caso de huida, Ana no tardó en dejar la casa de su tío, de modo que solo tres días después Martín de Ugarte acudió ante el Alcalde Mayor a protestar no solo por esta fuga, si no por el hecho de que su padre aún no había sido capturado.

Para el día de San Juan, 24 de junio, padre e hija ya estaban presos en Mendixur. La mujer se presentó por la mañana por iniciativa propia para hablar con su padre; ambos estuvieron presos hasta el 4 de julio, si bien en algunas ocasiones el alcaide permitió salir a Juan para que hiciera las gestiones necesarias para su defensa en el pleito. Eso es precisamente lo que había hecho el alcaide Martín de Lezama el día 26 por la mañana cuando Ugarte se presentó en la fortaleza para comprobar si Balza estaba en ella; debía saber que había salido, ya que, aunque Lezama le mintió y le dijo que sí estaba en ella, Ugarte no le creyó y subió a la estancia en la que se encontraba Ana. Allí tendría lugar una significativa conversación entre ellos, de la que fueron testigos el alcaide, su mujer Juana de Berganzagoitia –que no era pariente de los acusados- y Martín de Landaburu, pariente de Balza dentro del cuarto grado y que se encontraba allí cosiendo ropas y vestidos del alcaide. Pues bien, Ana dijo: “Martin me tienen presso y por bos estoy aquí bos y yo mas nos queriamos”. Lezama intervino: “por cassarse con bos viene Martin aca, casaros los dos y todos estos pleitos (…) en bien”. El texto no es del todo legible, pero parece ser que Lezama instaba a concertar el matrimonio para poner fin a la disputa que enfrentaba a ambas familias. Martín contestó que “Ana no se casaría conmigo abiendome llamado y tratado de judio pero creo q debia de ser por dichos de su padre” y Ana le replicó,“Martin estais engañado que a mi padre no he oydo tal cosa pero ha otras personas los an llamado y tratado de judio y anssi os lo llame yo”. Esta afirmación no deja de ser una confesión por parte de Ana de que le llamó judío con ligereza, porque era un insulto que se empleaba con profusión sin reparar en su verdadero significado, pero los ánimos de Martín no quedaron aplacados sino que, al contrario, se sintió aún más agraviado.

Ana negó que todo esto hubiera ocurrido. Tenía 19 años y solo admitió haber dicho a Martín que “para mancebo tenía ruin crianza” por los malos tratamientos que le hizo a su hermana Magdalena. Afirmó que le tenía por buen cristiano pero, cuestionada al respecto de su hidalguía, contestó con evasivas. Lo mismo hizo su padre, ya que aunque negó haber propagado que Martín y sus antepasados eran judíos, cuando le preguntaron acerca de la condición de hidalgo del aludido contestó que no sabía “si en el cabía alguna de las razas o no”.

El caso es que ambos denunciaron a Martín por golpear a Magdalena y el joven fue detenido y encarcelado. Los Balza alegaron que, a consecuencia del golpe propinado por Ugarte, la muchacha se hallaba en cama gravemente herida y con su vida en riesgo, si bien no sabemos mucho más al respecto. El 6 de julio Martín ofreció su primera declaración completa, en la que negó la agresión. Afirmó que, a pesar de “haber tenido ocasión” de haber hecho alguna pesadumbre a Magdalena por haberle dado una puñada en el ojo, no le dijo palabra injuriosa ni de consideración y las que le dijo fue en placer y pasatiempo yendo tras ella muy contento para “bolberla a la dança y conbersacion” y, cuando no quiso volver, regresó a la danza sin ningún enojo ni disgusto. Como podemos ver, este testimonio no es del todo coincidente con lo manifestado por diversos testigos que se encontraban en aquella romería pero a Martín le interesaba rebajar la gravedad de sus acciones para no ser condenado por agresión.

Decenas de personas fueron llamadas a declarar, por una u otra de las partes. Sería interesante observar sus nombres, edades y declaraciones, pero narrar todos los detalles del pleito exigiría un espacio desmesurado del que no disponemos y el resultado sería un tanto confuso y dificil de asimilar. Así que nos limitaremos en las próximas líneas a reflejar las acusaciones vertidas en la figura de Martín de Ugarte por los testigos presentados por Balza.

Ya hemos visto previamente algunos indicios que nos hacen sospechar que la animadversión de Juan Balza por la familia de Martín era previa al incidente de la romería. Pedro de Berganzagoitia, no el tío de Ana sino otro del mismo nombre que era pariente de Balza dentro del cuarto grado, contó que, un par de años antes, iba con Juan hacia su casa después de oír misa cuando le dijo que Martín había pedido la mano de su hija y repetía: “blanca y media de coño y que hijo de un judio se auia de pedir a su hija Blanca y media de coño”. No sabemos muy bien si este testimonio trata de hacer ver que la condición judía de Ugarte era vox populi aún antes del incidente, y que esa era la razón por la que se oponía a que desposase a su hija, o fue en realidad un ataque a la personalidad aparentemente colérica y fogosa de Balza, ya que otros testigos, como Diego de Padura de Olagorta, declararon que tenía mala fama y reputación, que era un hombre inquieto, revoltoso y “de mala lengua”. Ya había estado en Mendixur varias veces y una de ellas acusado de injurias por su propia madre Elvira de Berganza.

Además, un hombre de reputación como Martín de Urquijo, vecino de Lezama pero natural de la torre de los Ospín de Urquijo en Okondo, que se había criado con uno de los mayordomos del señor Atanasio de Ayala, afirmó que unos dos meses antes Balza había intentado que los vecinos de Lezama expulsasen de la iglesia a Juan de Ugarte, padre de Martín, por “no saber si era moro o cristiano”.

¿Qué dijeron los testigos al respecto del origen judío de Martín? María de Zaballa, aquella que habría asegurado a los Balza que diría la verdad, declaró que había oído, aunque no recordaba a quién, que no se sabía de dónde descendía Ugarte. Su madre Maria Ortiz de Mendieta algo había oído de la bisabuela de Martín pero los tenía por buenos cristianos y gente honrada. Pero Juan de Larrea, vecino de Astobiza y pariente de Balza en cuarto grado -y que lo era más próximo aún ade Catalina de Larrea-, dijo haber oído estos cuentos de boca de Mendieta, y también sabía que ésta en cierta ocasión le había dirigido palabras deshonrosas a Juan de Ugarte. De ello se hace eco de Pedro de Latatu, pues al respecto de la riña entre ambos Pedro Abad de Urtaran le comentó que pudiera ser “que tuviera alguna raza”.

María de Arriaga se hizo eco de ciertas sospechas sobre la procedencia de Juan de Ugarte, abuelo de Martin e hijo de la mujer presuntamente llegada de Santa Gadea. Catalina de Lezameta declaró que había oído de su madre que la bisabuela de Martin vino preñada de Castilla y la susodicha comentó que esa historia la tenía oída a María Hernández de Gujuli pero en cincuenta años no había vuelto a oír murmurar nada y ella los tenía por hijosdalgo limpios de toda raza. Juan de Landa de Basabe y Juan Díez de Basabe reprodujeron también la historia de la bisabuela que regresó embarazada de Santa Gadea, y no fueron los únicos. Claro que también hubo quien dijo no saber nada al respecto, a pesar de ser testigos presentados por los Balza.

Uno de los hechos cotidianos que delataban la condición judía de un individuo era su rechazo a comer tocino, alimento fundamental en la dieta de estas personas. Fueron varias las personas que declararon que Pedro de Ugarte, que era tío de Martín, no comía tocino. Por ejemplo, Juan Ibáñez de Murga relató que la mujer de Pedro solía decir que su marido más quería comer tocino que perdiz y, sin embargo, lo que producían lo vendían en Orduña. Pero incluso algunos de los testigos presentados por el propio Balza desmintieron este extremo. Juan de Unzueta declaró que había estado muchas veces con Martín y sus primos carnales y nunca había visto que tuvieran escrúpulo alguno en comer tocino sino que lo ingerían con el mismo buen apetito que él. Pedro de Eguiluz, si bien dijo haber escuchado la historia de la bisabuela, no pudo dejar de confesar que era vecino de Pedro de Ugarte y, por haber trabajado y comido juntos muchas veces, sabía que no hacía ningún asco al tocino.

Otro de los hechos probatorios de la condición judía, y por tanto no hidalga, de los Ugarte lo era el que, presuntamente, no habían sido admitidos en los oficios del concejo de Lezama. Alonso de Yarritu, que era pariente dentro del cuarto grado de las hijas de Balza, declaró que, desde que pusieron un capítulo en las ordenanzas para que no fuese admitido ni como regidor ni como fiel ningún vecino que no fuese hidalgo, ni Martín ni su padre ni sus primos habían sido regidores. Algún que otro testigo se hizo eco de este hecho como algo que se comentaba o que habían escuchado por ahí. Por el contrario, Pedro de Latatu dio fe de que en diversas ocasiones se había propuesto para el oficio de regidor a los primos y tíos de Martín, y si no habían salido fue por persuasión de su padre Juan de Ugarte, aunque no queda claro por qué no quería que salieran elegidos. Más concluyente fue el testimonio del anciano Juan López de Aranguren cuando afirmó que Juan había sido regidor junto a el.

Por último, el alguacil Martín de Gallartu, vecino de Amurrio, relató que poco tiempo antes un hermano de Martín, llamado Francisco y casado en aquella localidad, tuvo una riña con Martín de Pardío de Ugartebechi tras perder una hoz cuando segaban una heredad del escribano Domingo de Uriarte, discusión en la que, al parecer, Pardío llamó judío a Francisco.

Finalmente, el 20 de octubre de 1588, y por testimonio de Cristóbal de Ugarte, el Alcalde Mayor declaró a Martin de Ugarte por hijodalgo y condenó a Juan y Ana en medio año de destierro y 2.000 maravedis mas el pago de los costes procesales. A Martin se le condenó en 300 maravedis por la agresión. La Chancillería de Valladolid confirmó la sentencia.

 

 

Los Ugarte de Inoso

 

A pesar de que Martín de Ugarte fue declarado hijodalgo y los Balza sancionados por haberle injuriado, cuarenta años después Lope Hurtado de Mújica resucitó estas viejas habladurías cuando incluso no pocos vecinos de avanzada edad ya ni recordaban este pleito. Más fresca en la memoria estaba la querella que Diego de Ugarte, vecino de Inoso, había puesto a Pedro de Guinea en 1633 por haberle llamado judío. Fue en casa de Francisco de Inoso, delante de muchas personas, donde Guinea, que era vecino de Lezama en el barrio Zulueta, le amenazó con sacarle los ojos y le llamó repetidas veces judío marrano, jurafalso y otras injurias. En opinión de Ugarte, Guinea “hera de diferente calidad que la suya” por ser descendiente de labradores pecheros y hombre inquieto y revoltoso, pendenciero, malhablado, que tenía muchos conflictos en las tabernas y con sacerdotes. Guinea fue severamente castigado y desterrado, y murió no mucho después en Subijana de Álava. Lo relevante del caso es que Diego aparece como primo o primo segundo de Martín de Ugarte. Por lo que alcanzamos a saber, el padre de ambos se llamaba Juan, por lo que solo podían ser primos como mucho, de modo que ellos serían, efectivamente, primos segundos.

 

En el proximo capítulo, analizaremos cómo Lope se basó en estos dos pleitos para tratar de desacreditar al Capitán Juan de Ugarte tachándolo de judío y, por lo tanto, incapaz de acceder a la Orden de Santiago. Hasta aquí hemos sabido que Martín fue hijo de un escribano llamado Juan de Ugarte, nieto de otro Juan de Ugarte, quien se decía que fue hijo de María de Ugarte y un boticario judío. Pero, ¿es esto cierto? ¿Cuáles eran los orígenes del Capitán y sus antecesores? ¿Por qué Lope presentó esta acusación y qué buscaba al obstaculizar el ascenso del Capitán? ¿Actuó solo o tenía aliados?

 

 

[i] Archivo Histórico Diocesano de Zaragoza: Fondo de Apelaciones, Bizkaia, Caja 203-6, 2057

Pleito de Elejazar (III)

 

 

Mes y medio después de finalizar el interrogatorio a los testigos presentados por la parte contraria, el 15 de abril de 1768 el Gobernador respondió positivamente a la petición de Olabezar y Larrinbe para que se reconociera in situ el monte de Elejazar. Por esta parte, se nombró como peritos a Francisco Xabier de Irabien y Eugenio Antonio de Acha, muy destacados vecinos de Quejana y Respaldiza respectivamente. Por su parte, Amurrio se negaba a este reconocimiento y por ello no designó perito alguno, de modo que el abogado Juan Valentín de Ibarrola, vecino de Lezama, fue nombrado de oficio.

La visita se realizó los días 25 y 26 de mayo con la asistencia de Juan de Isasi, Domingo y José de Aldama, vecinos del barrio de Aldama. Éstos llevaron a la comitiva hasta el lugar en que había estado un roble que marcaba la división entre el término común de los cinco concejos y el dehesado privativo de Amurrio. Los peritos pudieron apreciar que el monte comunero estaba muy poblado y con necesidad de entresacar, aunque había muchos árboles mal podados y otros que estaban cortados por el pie a pesar de su pequeño tamaño. Después, los tres hombres mostraron un plantío –de ínfima calidad, señalan- que los vecinos de Amurrio habían hecho en el término de Salamanca pero dudaban si era comunero o dehesado; ni siquiera los vecinos más cercanos tenían muy claros los límites entre uno y otro. Y esto va a ser una constante en adelante: los testigos llamados a declarar confunden continuamente los términos, no tienen muy claro qué pertenece a quién, se contradicen unos a otros y sus propias declaraciones anteriores, etc.

Al día siguiente, Amurrio pidió la nulidad de la Ordenanza y denunció que el escribano que estaba entendiendo en la causa, José Ventura de Villodas, tenía parcialidad conocida con los pueblos demandantes y ejercía su influencia sobre el Gobernador Mendieta. Su pretensión fue denegada.

En el mes de noviembre, el concejo de Amurrio presentó una serie de escrituras para que fueran compulsadas e incluídas en el pleito; la mayoría de ellas trataba de multas que el concejo de Amurrio había cobrado de diversas personas por excesos cometidos en los montes de Elejazar. Por ejemplo, el 4 de febrero de 1743 multaron a cuatro vecinos de Berganza y Onsoño por cortar acebos por el pie. Por aquel entonces, Amurrio pleiteaba con Larrinbe sobre la roza realizada por los vecinos de este pueblo en el monte de Sobre Pagaza y término de Curzecomendi. Larrinbe se amparaba en las ordenanzas de los cinco concejos; tras varios dimes y diretes, llegaron a un acuerdo según el cual aprovecharían la roza por tres o cuatro años pero después debían hacerlo en sus propios términos, que eran desde el arroyo debajo de los manzanales y jaral del caserío Pardio de Abajo hasta el robledal de Suerraran, propio de la casa de Curzialde y desde allí por el arroyo al salcedal de la casa-rueda del difunto Bartolome de Escalza, que estaba en Amurrio –en Okeluri, concretamente-.

También se compulsó una visita de mojones entre Amurrio y Luyando que se hizo el 17 de julio de 1763 después de que algunos vecinos de éste hubieran roturado tierras en Enorduy excediéndose bastante. Con ello querían probar que había sido el concejo de Amurrio quien participó en el apeo y puso dos mojones nuevos para mayor claridad, sin participación alguna de los otro cuatro concejos.

Tras un alegato muy largo y bien fundamento presentado por parte de los dos concejos, el Gobernador sentenció el 11 de julio de 1769 que Olabezar y Larrinbe habían probado bien su demanda y declaró que el monte de Elejazar era comunero en todo género de aprovechamiento con sus dehesas. José de Aldama y Pablo de Urrutia fueron condenados a entregar en el plazo de cinco días lo que correspondía a los otros concejos de la multa impuesta a Olazar. Y todos ellos debían arreglarse a las ordenanzas en la corta y recogida de leña para sus hogares y edificios. Tras presentar las habituales alegaciones, el 17 de agosto el Gobernador ratificó la sentencia.

Aún así, no fue hasta el 12 de octubre que los regidores de Amurrio entregaron el dinero que debían a los dos concejos, y además con protestas sobre la sentencia y contra el escribano del caso porque no había querido darles traslado de algunas escrituras. De hecho, insistieron presentando un pleito que había tenido lugar en 1750-51, cuando Juan de Isasi y José de Aldama, los ya citados vecinos de Aldama, acusaron a Matías de Orue por haber hecho cortas en los castañales de Mendico Requeta –también figura como Mendico Errequeta– y Erroispe que eran de su propiedad, y habiendo sido reprendido por ello por Maria de Mendieta contestó que “tanto tenía que mandar en dhos castañales” como ellos; además a Aldama le habían robado mucha castaña de una “cortina o erizal” que tenía en un castañal propio.

Según buena parte de los testigos presentados por los acusadores, los castañales estaban situados en un dehesado propio del lugar de Amurrio, en el que otros muchos vecinos tenían por propios y plantados por sí y sus antepasados diferentes porciones de castaños y los habían gozado privativamente aprovechándose de sus frutos y leña sin dar parte a nadie y sin contradicción alguna, pagando el diezmo correspondiente por ellos a la parroquia. Un testimonio interesante es el de Francisco de Ugarte, vecino de Onsoño, que había fabricado carbón para los acusadores en varias ocasiones empleando la leña de sus castañales. Francisco contó que en una ocasión que iba para su casa se encontró al acusado Matías de Orue con un costal y dos varas injertas por medio con su brazadera de hierro para poder alcanzar mejor cualquier fruto con su gancho también de hierro.

Se cuenta también que, el año anterior, Isasi había cedido parte del fruto de sus castañales a Antonio de Salazar, vecino de Saratxo, pero cuando fue a ello resultó que las castañas habían sido vareadas y desgranadas debajo de los mismos árboles. Testigo de ello fue el joven Manuel de Aldama Echeguren, natural del barrio de su apellido y de catorce años de edad, que se encontró con Matías y le dijo “oy Matias según ba ya ha de hacer media fanega de castañas” y le contestó “vien estoy si no hago mas”. Por allí andaban también una mujer y otros mozos de la zona.

Pero claro….no faltaron testigos dispuestos a exonerar a Matías. Por una parte, los celadores de montes Juan de Abechuco y Diego de Aldama examinaron las ramas cortadas y, al parecer, dictaminaron que las ramas cortadas eran de corto valor y en beneficio de los árboles, porque en realidad los habían podado. Por otro lado, los testigos presentados por los acusados consideraban que los castañales estaban situados en Erroispe, lugar prohibido por la Ordenanza que siempre había estado en observancia, de manera que siempre se habían protestado los plantíos realizados en este lugar y de hecho Juan de Aldama, el padre de José, había sido multado. Sin embargo, los castañales de Mendico errequeta sí que eran concejiles.

Se contaba que treinta años atrás se había celebrado una junta de los cinco concejos en el campo de San Antón para tratar sobre los plantíos efectuados en ese lugar, en la que Felipe de Lezama Eguiluz propuso dejarlos para beneficio del común, en lo que se conformaron. Y unos dieciséis años atrás Domingo de Beraza y Francisco de Bolloqui fueron por orden de Diego de Landa a cortar madera a Elejazar, pero estando en ello fueron apresados por los regidores Felipe de Lezama y José Ventura de Respaldiza.

El alcalde ordinario Antonio de Echebarria sentenció el 15 de junio de 1752 con asesoría del Licenciado Juan de Latatu, vecino de Orduña; el fallo fue favorable a los demandantes, a quienes declaró dueños de los castaños, ya que los capítulos de las ordenanzas no estaban confirmadas ni en observancia ni con las solemnidades reales, por lo que los acusados fueron condenados en 1.000 reales y en seis meses de destierro de Alava, y en caso de no cumplir se les pondría el doble de pena en el castillo de Pamplona.

Hay dos aspectos muy llamativos de este pleito. Primero, que el alcalde Echebarria desechara la validez de las ordenanzas tan taxativamente y sin duda alguna. No se oculta que existía cierta organización entre los cinco concejos, que celebraban reuniones en el campo de San Antón. Y aunque podría pensarse que la existencia de esta comunidad no conlleva necesariamente la autenticidad de las ordenanzas, no deja de ser cierto que dificilmente existiría una institución de este tipo sin un reglamento u ordenanzas. Y si no eran las de 1570, ¿cuáles? El segundo aspecto que nos llama la atención es, en relación con lo anterior, que este pleito no hubiera aparecido previamente, antes de la primera sentencia, siendo tan favorable a los intereses de su defensa.

 

La cuestión es que pocos días después de que el concejo de Amurrio abonara lo que debía a Larrinbe y Olabezar procedente de la multa a Bernardo de Olazar, el regidor Pedro de Yarritu y el celador de montes Antonio de Arana habían retenido dos carros de leña que Isidro de Ugalde, vecino de Olabezar, bajaba del monte para su casa y la de Manuel Tomás de Abasolo. Según ellos, la leña había sido cortada en la dehesa de Lekuzabal, privativa de Olabezar. Ya el año anterior habían retenido dos carros del mismo Ugalde so pretexto de bajarlos de la peña de Arkotxa y no de Lekuzabal.

En todo caso, la cuestión no fue retomada hasta el 21 de enero de 1770, cuando se procedió a interrogar a los testigos presentados por ambas partes. Las contradicciones y confusiones entre ellos fueron notables. Manuel de Otaola, natural de Amurrio de 21 años, estaba con su amo Francisco de Olartegochia derramando castaña en Arkotxa cuando vio que los dos vecinos de Olabezar cortaron un roble por pie y cargaron la leña en dos carros; entonces, llegaron Francisco de Padura y Josefa de Olartegochia a bajar unos bueyes, hablaron del tema y Otaola fue enviado a dar parte al regidor Yarritu.

Curiosamente, Padura en su primera declaración dijo que la corta se había realizado en Lekuzabal, dehesa privativa de Olabezar. Pero su suegro Francisco de Olartegochia, “bien reflexionado”, declaró que había ocurrido en la Peña de Arcocha, donde los vecinos de Olabezar también solían cortar leña para sus hogares y edificios. Su hija Josefa, la mujer de Padura, dijo que fue en Arkotxa. Asensio de Aldama que fue en Lekuzabal. Pero la cuestión no era sólo dónde habían cortado el roble sino el status de cada uno de los términos. Así, Manuel de Zumelzu consideraba que Arkotxa era un término incluído en la dehesa de Lekuzabal.

Padura cambió totalmente de testimonio de un momento a otro. Decía que siempre había tenido por Lekuzabal el lugar donde les vió cargar los carros, pero que era cierto que muy cerca había una peña. Pero el principal cambio es que ahora negaba que la dehesa fuera término privativo de Olabezar. Sin embargo, su suegro se ratificó en que si los de Amurrio habían sido atrapados cortando algún árbol por pie en Arkotxa habían sido multados por los de Olabezar, tal y como le había ocurrido a el. Sin embargo, Pedro de Olartegochia afirmaba que los vecinos de Urieta iban a la dehesa a por leña para sus hogares y cerraduras sin que ningún vecino de Olabezar pusiera ningún embarazo.

Quizá el dato más significativo es que fue llamado a declarar el regidor de Amurrio, Diego de Ugarte, quien dijo haber visto la Ordenanza y que el término era para aprovechamiento exclusivo de los de Olabezar. Por eso sorprende sobremanera que el 15 de marzo, como regidor que era, figura como principal encargado de la defensa de los intereses de la localidad en la presentación de los testigos de su parte. En este contexto, Manuel de Olartegochia, vecino de Izoria de 34 años, dijo que tenía entendido que la leña fue cortada en Lekuzabal y no en Arkotxa, que “le llamaban assi por tener de señal una Peña y arriba de esta Peña un tocanal titulado Arcocha” y ambos estaban dentro de la dehesa; sin embargo, había visto a los de Amurrio, no a los de Olabezar, aprovechar la leña de Arkotxa, y de Lekuzabal a los dos; ambos estaban en término de Amurrio. Contradictorio al máximo.

Tanto Manuel como Francisco de Olartegochia creían que los de Olabezar iban a Arkotxa a cortar leña para regresar por el camino de San Silvestre y evitar ser prendidos. Felipe de Olartegochia, sin embargo, negaba estas cortas clandestinas, y afirmó que al tiempo había hecho una rotura en Lekuzabal junto a su padre sin objeción alguna por los de Olabezar, ya que unos y otros se aprovechaban del término.

Pero las contradicciones no cesan. Francisco de Viguri, vecino de Apregindana de 28 años, había servido nueve años en Amurrio y parte de ellos en el barrio de Urieta y había visto que el término de Arkotxa era separado del de Lekuzabal aunque no había islos sino una peña o esquina que bajaba del campo de Salamanca.

 

Como resumen de todo este galimatías, Amurrio quería que se declarase propio y privativo del pueblo el monte de Elejazar y sus dehesas, sin que ello supusiera una contradicción a la comunidad de pastos -solo de pastos- con los cuatro concejos. Consideraban haber probado que habían sido sus regidores quienes daban permiso y marcaban los árboles que se podían talar o podar; que eran ellos quienes cuidaban los montes, apagaban los incendios, hacían plantíos y apeos, todo a su costa; que cuando los vecinos de los otros pueblos habían entrado a cortar leña y fueron prendados, habían pagado las multas sin contradicción. Solo alguna vez los regidores de Amurrio habían dado a los otros concejos parte de lo percibido por algunas ventas, “deslumbrados” por la Ordenanza.

Insistían, como habían hecho antes, en que la Ordenanza de 1570 nunca había estado en vigor ni había sido consentida en Amurrio, de modo que muchas de las prácticas que en ellas se estipulaban nunca se habían observado, como la existencia de jueces diputados o la revisión de los montes por los montaneros cada quince días. Consideraban público y notorio que nunca se había observado la prohibición de plantar castaños en ciertos términos que se citaban en la Ordenanza, lo cual se demostraba con el auto dado por el Consejo el 4 de diciembre de 1754. En definitiva, se mantenían en su postura de que la Ordenanza se había hecho para facilitar la cobranza de los grandes gastos que estaba haciendo Juan de Urrutia, administrador de Pedro de Ayala, en sus pleitos contra el valle de Orozko. Urrutia era poderoso e influyente y por medio de la participación en los montes de Amurrio, “que son considerables”, quiso atraer a los principales vecinos de los cuatro concejos para que contribuyesen en los gastos de los pleitos con Orozko, especialmente en el de comunidad de pastos que solo seguía, según afirmaban, con el fin de cansar y consumir a Orozko para que no se pudiera defender en el que tenía con Pedro de Ayala, nieto del Comunero a quien se confiscaron los bienes y de cuyo dominio fue separado el valle de Orozko.

Amurrio alegaba que cada concejo era totalmente independiente, cada uno gobernado de acuerdo con sus propias ordenanzas y todos por las de la Tierra de Ayala; de las supuestas Ordenanzas de los cinco concejos solo se habían acordado cuando algún vecino o vecinos habían querido aprovecharse de lo ajeno. Remarcaba que las partes contrarias llamaban “monte comunero” a Elejazar pero las Ordenanzas se referían a el como “dehesado”. Se preguntaban: ¿por qué la Ordenanza llama monte común a todo si luego hablan de montes privativos y dehesados?

 

Por su parte, el representante de Olabezar y Amurrio se basaba sobre todo en lo contenido en la escritura de venta de leñas que se hizo a Olazar y el incumplimiento de Amurrio de la misma al negarse a pagar lo estipulado (y en ello tenían toda la razón, porque Amurrio estaba incumpliendo las condiciones pactadas en esa escritura concreta). Argumentaba también que Amurrio no había justificado la propiedad del monte de Elejazar ni nada de lo que había alegado. Consideraban que, aunque el monte de Elejazar estuviera dentro de los límites de Amurrio, no por ello era suyo el dominio ni mucho menos eran privativos sus aprovechamientos, ya que los cinco concejos siempre habían sido dueños de los montes y dehesas comunes, y no tenían una simple comunidad de pastos sino de todos los aprovechamientos. No se le habían pasado por alto las contradicciones de los testigos –lo mismo se decia que los montes de Elejazar eran privativos de Amurrio que se reconocía que la dehesa de Lekuzabal era de Olabezar- y fue refutando los argumentos con un lenguaje muy confuso, técnico, más centrado en cuestiones legales que en hechos concretos, y señalando puntillosamente contradicciones de los testigos presentados por la parte contraria. Por ejemplo, consideraba que la detención de los carros o las multas a vecinos de Larrinbe no habían sido por el mero hecho de cortar leña sino por cortar árbol mayor y carrasco de vida por pie, lo que estaba prohibido por la Ordenanza. También resaltó que tantos testigos dijeran que para sacar materiales para sus casas de Elejazar había que pedir permiso a los regidores de Amurrio pero que estos no se pudieran negar y que en caso de hacerlo lo habían ejecutado igualmente sin contradicción alguna.

Por el contrario, pasó muy de puntillas por el tema de la Ordenanza. Uno de sus pocos argumentos al respecto fue que si desde su primera Junta General en 1571 había algunos capítulos que se habían dejado de observar, no por ello se podía decir que nunca hubieran tenido comunidad de pastos. Se hace notar también que en esos pleitos que tuvieron a mediados de siglo los regidores de Amurrio fueron instados a presentar el libro de ordenanzas para su compulsa y así lo hicieron, y eran las mismas que se habían compulsado en este pleito. Finalmente, para ellos el dehesado y el monte de Elejazar eran dos cosas distintas; y termina mencionando ordenanzas de otras comunidades montes que tampoco estaban aprobadas por el Consejo Real.

Estos dos últimos puntos fueron probados cuando el pleito fue retomado nada menos que en ¡septiembre de 1773! Más de tres años después. Fue en noviembre de dicho año cuando los apoderados de Olabezar y Larrinbe volvieron a presentar testigos. José de la Torre aseguró que, además del monte comunero de Elejazar, había un poco del mismo nombre que estaba en el centro de uno de los dehesados de Amurrio, al principio de donde se entraba a dichos montes comuneros y en ese campo había visto  plantados muchos carrascos y árboles mayores sirviendo dicho campo y árboles de separación. Antonio de Landaluze dijo que el campo que llamaban de Elejazar “según se entra como se ba por el camino real de Urietagoicoa de dho lugar de Amurrio a el” estaba en dehesado propio del mismo lugar, que seguía hasta un segundo campo, mediante entre uno y otro había una bajadita, y en los dos había estado plantando carrascos con el concejo y vecinos, que eran campos que siempre se habían tenido por dehesa de Amurrio; pero desde ellos hacia la parte de Olarte ya era el monte comunero de los cinco lugares, que lindaba con dehesados de Inordio y el de Arroispe.

Francisco de Orue, que se había criado y vivido en Amurrio hasta que se casó en Izoria un par de años antes, dijo que el monte comunero de los cinco concejos hacia la parte de Olarte se llamaba basogalanta “que quiere decir monte hermoso” y no lo había oido llamar Elejazar y la única división entre ambos era el mencionado campo. Es decir, su testimonio contradice el de José de la Torre.

En todo caso, el mayor acierto que en este momento tuvo la parte favorable a Olabezar y Larrinbe fue la compulsa de una serie de ordenanzas de montes entre diversas localidades ayalesas, ninguna de las cuales estaba aprobada por el Consejo Real y pocas por el Gobernador o algún representante de la Tierra de Ayala. Entre estas ordenanzas, que deben ser de gran interés, se observan las siguientes:

  • Ordenanzas entre Respaldiza y el barrio de Etxaurren para la conservación del ejido que tenían en común en el monte de Bagaza así como los derechos a comer la grana, pacer las yerbas, beber las aguas y aprovechar la leña. Año 1655. Tenía la firma de Juan López de Gorbea, alcalde ordinario.
  • Ordenanzas de los montes comunes de Izoria, Murga, Respaldiza y Luyando
  • Ordenanzas de Maroño e Izoria sobre el aprovechamiento de leñas, hierbas y aguas del monte común titulado de Babio. Año 1487.
  • Ordenanzas de Salmantón, Maroño, Aguiñiga y Madaria para la conservación del monte comunero de Yas. Año 1663. Aprobada por el Gobernador
  • Ordenanzas entre Zuaza y Quejana. Año 1500. Aprobada por la justicia ordinaria de la Tierra de Ayala
  • Ordenanzas de Llanteno, Retes y Costera para la administración de sus ejidos comunes. Año 1544.

 

Finalmente, se compulsó una pieza de autos formados por el Licenciado Pedro de Fontecha, que fue Gobernador y además administrador del Conde de Ayala. Entre las escrituras de esta pieza, se observa una reunión concejil de Amurrio en la que afirmaban que tenían comunidad de montes con Larrinbe, Saratxo, Etxegoien y Olabezar y que solo tenían derecho a la quinta parte de la madera de los montes comunes. Esto ocurrió en 1747.

 

El 9 de octubre de 1781 se sancionó finalmente el asunto y básicamente se confirmó la sentencia dada el 11 de julio de 1769. Los cinco concejos debían ajustarse a la Ordenanza de 1570 hasta que dispusieran unas nuevas, lo cual no parece que llegara a ocurrir nunca. Por lo tanto, los tribunales juzgaron probadas las reivindicaciones de Olabezar y Larrinbe, y en consecuencia la validez y veracidad de la Ordenanza de 1570. ¿Significa eso que la versión esgrimida por Amurrio respecto a las maquinaciones de Juan de Urrutia fuese incierta? Probablemente no, es muy posible que algo de cierto hubiera en todo ello. Pero, por otro lado, parece indudable que existió una comunidad de montes -de hecho hemos localizado el expediente de disolución de la misma, el cual dejamos para otra ocasión- y debió regirse sin duda por una ordenanza. Otra cosa es que parte del capitulado de la misma fuese reiteradamente vulnerado, lo cual no es de extrañar, porque lo mismo ocurrió sin ir más lejos con las Ordenanzas de la Tierra de Ayala.

 

 

Pleito de Elejazar (I)

 

 

 

Tras ser anunciado por medio de carteles fijados en los “sitios acostumbrados”, el 25 de marzo de 1764 en la casa-concejo de Amurrio se sacó a público remate el aprovechamiento de 3.230 cargas de carbón en el monte de Elejazar que se obtendrían a partir de todo género de leña a tasación de Juan de Isasi, Pedro de Yarritu de Urietagoicoa, Francisco de Aldama Salbio y los regidores Santos de Olarieta y José de Aldama. Esta venta se realizó con el permiso expreso de los lugares de Larrinbe, Saratxo, Etxegoien y Olabezar, que integraban la Junta de Armuru para la administración de los montes comunes de los cinco concejos, y la mitad de los beneficios que cada una de estas localidades obtuviera en función de su vecindario -si bien Larrinbe solo aceptó aportar ¼ de los mismos por su mayor población- se destinaría a la reconstrucción de la ermita de San Silvestre -la actual de San Roque-, destruida tras un incendio.

Fue un remate a candela, de modo que estando la última vela encendida el aprovechamiento se adjudicó al Licenciado Bernardo de Olazar y Arecheta, abogado y vecino de Laudio/Llodio, administrador de la ferrería de Padura en Luiaondo, a razón de 32 reales y una blanca cada carga. Ese fue el precio a pagar, independientemente de que luego lograra sacar más o menos cargas de las tasadas. El remate estaba sujeto a diversas condiciones: sus operarios no debían excederse en podar roble ni carrasco que se hallase fuera de lo señalado, de lo contrario sería multado; se establecían distintas penas en el caso de que cortasen por pie robles y carrascos, fuese dentro o fuera de lo delimitado; las marcas de los robles que podían tirar se harían en la raíz y debían cortarlos de tal modo que la marca fuera visible; los árboles que se podasen debían ser dejados con “orca y pendón” y las mejores ramas; el carbón había de ser sacado en caballerías sin introducir carro; y se le concedió un plazo de dos años para la poda y la corta.

A pesar de ello, los leñadores y carboneros contratados por Olazar cortaron más leña de la que se les había señalado –un exceso que fue bastante frecuente, por cierto-, de manera que en 1766 pagó sin rechistar una multa de 1.170 reales de vellón a los regidores de Amurrio, José de Aldama y Pablo de Urrutia. Sin embargo, éstos se negaron a entregar cantidad alguna a los otros pueblos alegando que solo los vecinos de Amurrio podían aprovecharse de los montes de Elejazar para consumo y materiales para sus casas. Debido a esta repentina innovación, y teniendo en cuenta que los otro cuatro concejos sí habían sido partícipes, permiso mediante, del remate del monte, el 17 de febrero de 1767 el regidor de Olabezar, Manuel Tomás de Abasolo, con asistencia del Licenciado Juan Francisco Leal de Ibarra, protestó la situación ante el Gobernador y Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala, el Licenciado José Valentin de Mendieta, y pidió que los regidores de Amurrio les entregaran lo que les debían y no les impidieran el aprovechamiento de los montes comunes tal y como se observaba en las ordenanzas que los cinco concejos realizaron el 28 de abril de 1570. Estas ordenanzas son bien conocidas, ya que José de Madinabeitia las publicó en el Apéndice de su obra El Libro de Amurrio.

El Gobernador ordenó que el concejo de Amurrio se reuniera para tratar del asunto. Así lo hicieron, y ya en 1767 los regidores Diego de Landa y Francisco de Orbe-Marquijana, asistidos por el Licenciado Francisco Xabier de Isasi, se presentaron en su tribunal para dar una respuesta. Y ésta fue que ni Olabezar ni otro concejo tenía derecho alguno en Elejazar, puesto que era un monte privativo de Amurrio. Por eso, cuando los vecinos de Olabezar y otras localidades habían cortado leña en dicho lugar habían sido multados y si alguna vez habían necesitado materiales de construcción lo habían solicitado a Amurrio y se lo habían concedido. Pero nada más. Por si fuera poco, negaron la existencia de las ordenanzas de 1570 y negaban la posibilidad de que Amurrio hubiera cedido parte de sus montes porque lo prohibían las leyes reales.

El 11 de marzo Larrinbe, por medio de su regidor Vicente de Beraza, se adhirió a la causa de Olabezar y ambos unidos insistieron en que Elejazar siempre había sido común de los cinco concejos no solo en aprovechamiento sino también en propiedad, como estaba señalado en la ordenanza de 1570, de la cual las cinco localidades tenían copia e hicieron presentación. Afirmaban que, en caso de haber sido multado algún vecino, lo habría sido por haber hecho mala corta o infringir las normas. Además, ya que la obra de la ermita y casa de San Silvestre no se había ejecutado, pedían que se les devolviera lo que ya habían pagado para ello.

La situación se estaba enquistando y ya se adivinaba un pleito en lotananza. El 27 de abril los regidores de Amurrio se reafirmaron en su posición: cada concejo era independiente y, por lo tanto, tenía sus propios órganos de gobierno y su propio término. Lo cual, evidentemente, era cierto. Pero no dudaron en esgrimir un argumento que consideramos de primordial interés: la falsedad de las ordenanzas. Sí, según los regidores del Amurrio de aquella época esas ordenanzas ya conocidas y publicadas son falsas. Para defender esta posición, recurrieron a argumentos de forma y fondo. En primer lugar, dijeron que Olabezar no había presentado el documento original o matriz sino un traslado al que le faltaban los capítulos octavo y noveno, parte del séptimo y el décimo. Segundo, las supuestas ordenanzas habían sido otorgadas ante Diego de Urrutia, quien se titulaba alcalde ordinario y por ello no pudo actuar también como escribano. Tercero, argumentaban que del texto de dichas ordenanzas se desprendía que habían recorrido y examinado todos los montes, y luego redactado el capitulado, en un solo día, lo cual era imposible “aun quando el sujeto que en ello entendiese fuese el mas abil, despierto y laborioso”. Cuarto, consideraban que el instrumento no había sido otorgado con la concurrencia de la mayoría de la población, ya que por entonces los cinco pueblos sumarían unos 260 vecinos y solo se nombraron 41 en la escritura. Quinto, las ordenanzas no estaban aprobadas por monarca alguno y no se habían observado nunca. Por ello, afirmaban que siempre había sido Amurrio quien había corrido con todos los gastos del mantenimiento, extinción de fuegos y todo lo concerniente al monte de Elejazar y sus dehesas. En definitiva, concluían, las ordenanzas no fueron más que un artificio de Diego de Urrutia “acaso por sus fines particulares” y con la gente que sin duda sería de su devoción. Éste será uno de los puntos clave de esta historia.

¿Cuál es la versión de la parte contraria? Abasolo y Beraza replicaron que los montes de Elejazar eran de las cinco localidades pero, aún en el caso de que fuera privativo de Amurrio, ello no impedía que las otras cuatro localidades tuvieran derechos de aprovechamiento, ya que no era contrario a derecho sino muy común en la Tierra de Ayala y fuera de ella; y esta situación se venía dando “desde tiempo inmemorial” y desde la misma fundación de los pueblos, por ello no había constancia en ninguna parte de que Amurrio hubiera concedido derecho alguno a los otros pueblos. Achacaban la falta de capítulos a algún descuido del escribano que hizo el traslado, de modo que presentaron el ejemplar de Larrinbe para su compulsa por el escribano que estaba llevando la causa, José Ventura de Villodas. Alegaban, no muy convincentemente, que bien pudo haber dos Diego de Urrutia en vez de uno pero que, en cualquier caso, asistió en calidad de vecino de Amurrio sin intervenir como alcalde porque el acto fue presidido por Presebal de Otazu, teniente de gobernador, y además los alcaldes ordinarios no estaban eximidos de otorgar escrituras no concurriendo a ellas solo en calidad de vecinos.

Por otra parte, comentaban que las ordenanzas no fueron aprobadas en realidad hasta el 17 de enero de 1571 por lo que tuvieron tiempo suficiente para el examen de los montes y posterior redacción del articulado. Y si el escribano no nombró a todos los vecinos, sí se refirió a ellos como “otros muchos vecinos”. En cuanto a los intereses de Urrutia, dijeron fue un escribano fiel y legal, vecino de Amurrio, por lo que no se le puede presuponer más inclinación a los otros cuatro pueblos que al suyo propio. Argumentaban también que los cinco lugares siempre habían contribuido a los pleitos para su defensa y si se había hecho algún apeo sin ellos había sido clandestinamente. Y todo ello queda refrendado en que representantes de los cinco concejos autorizaron la venta a Olazar. Añaden además que era mentira que Amurrio hubiera mejorado el estado del monte con plantíos sino que había realizado muchos excesos por la mayor cercanía al mismo sin que los celadores o guardas de los otros cuatro pueblos hubieran podido hacer nada por impedirlo.

 

Sigue el toma y daca. Los regidores de Amurrio apreciaron que el capítulo compulsado como el noveno en la ordenanza presentada por Larrinbe era el que se había compulsado como el séptimo en la presentada por Olabezar, por lo que tildaron esos documentos de falsos. Y comentaron también que Urrutia se encabezaba como alcalde ordinario de la Tierra y no como vecino de Amurrio pues en aquel tiempo lo era en Etxegoien, y por lo tanto no pudo actuar legítimamente como escribano. Otro defecto consistía en que se asentaba la firma de Iñigo Ochoa de Beraza pero no luego no aparecía la misma. Por lo tanto, insistieron en que todo fue puro artificio de Diego de Urrutia en unión del Alcalde Mayor Presebal de Mugica, vecino de Larrinbe –aunque sabemos muy bien que en realidad lo fue de Luiaondo-, y que así facilitaba grandes conveniencias para su pueblo en esta ficticia comunidad de montes. Consideraban que de Amurrio solo figuraban trece vecinos en esa escritura, siendo uno de ellos Juan de Urrutia, hijo de Diego, y si hubiera habido mayor concurrencia habría nombrado más hasta hacerlo con la mayoría. Como aparentemente solía ser habitual.

 

Y como también era habitual en estos casos, tras exponer ambas partes su postura, se convocó presentación de testigos por ambas partes para obtener declaraciones. Los testigos presentados por Abasolo y Beraza comenzaron a desfilar ante el Gobernador el 16 de noviembre de 1767 en la ermita de San Mamés de Larrinbe.

El primero de todos fue de Lorenzo de Cerrajeria, vecino de Murga de 85 años, y por ser el primero marcó la pauta de posteriores declaraciones (como ya explicamos en esta entrada). Según Lorenzo, el monte de Elejazar era propio y común de los cinco concejos, cada uno de los cuales tenía sus propias dehesas privativas en el. En su larga vida había visto a varios vecinos de Olabezar traer de ese monte libremente y sin contradicción alguna los materiales que habían necesitado para la fábrica de edificios, leña y otras cosas; siempre que se había querido vender leña del dicho monte habían concurrido los regidores y parte de vecinos de los pueblos a otorgar los instrumentos concernientes y a percibir lo correspondiente a la vecindad de cada uno, como en la subasta que se remató en Olazar. Tenía oido que cada vez que había habido algún pleito o amojonamiento en dicho monte cada concejo había contribuido en función de su número de vecinos. Por último, señala la existencia en Ayala de otras mancomunidades de montes de igual naturaleza.

Pero no hay nada mejor para una buena defensa que hechos concretos y palpables. El vecino de Murga José de la Torre, de unos 60 años, había estado presente en varias ventas de leña y sabía que concurrían los representantes de los cinco concejos; fue, por nombramiento de Manuel de Lezama, uno de los peritos que asistió al examen de los excesos cometidos por los operarios de Olazar.

 

El día 17 continuó la presentación de testigos y el primero fue Francisco de Aguirre Torre, vecino de Izoria de 56 años. Había visto traer leña de Elejazar a los vecinos de Olabezar Domingo de Ugalde, Pedro de Urrutia y los difuntos Francisco de Respaldiza y Valentin de Gabiña, los tres primeros para sus hogares y el cuarto para la fábrica de una casa nueva tras haberse quemado y arruinado la antigua, lo que había ocurrido muy recientemente según consta en el Libro de Actas de la Tierra de Ayala, concretamente en 1761-62. Francisco afirmó que muchos vecinos de Olabezar preferían comprar la leña o ir a buscarla a sus montes privativos que ir a Elejazar por la larga distancia. Luego declaró Lorenzo de Ugarte, vecino de Murga de 67 años pero natural de Olabezar, por lo que Francisco de Orbe-Marquijana protestó su posible parcialidad. En su juventud, siendo criado de Francisco de Aguirre, de Olabezar, fue en varias ocasiones a Elejazar a por leña y madera para una casa nueva que aquel hizo y, de hecho, recibió la ayuda de algunos vecinos de Amurrio, como un tal Pedro de Yarritu ya difunto. También Domingo Antonio de Aguirre, vecino de Murga de 50 años, había ido a Elejazar a bajar materiales por orden de Pedro de Respaldiza.

El día 18 declaró Manuel de Zumelzu mayor, vecino de Murga de 58 años. Había sido vecino de Amurrio y había visto a vecinos de Olabezar y Larrinbe llevar materiales para sus edificios así como acudir a los representantes de los cuatro concejos a los remates de venta, como 14 o 15 años atrás que vendieron una porción de leña para reducir a carbón a Joaquin de Ulizar, vecino de Miraballes.

El día 19 testificó Domingo de Beraza, maestro carpintero y vecino de Murga de 62 años, quien unos 34 años atrás fue contratado por Diego de Landa para cortar ciertas maderas en el monte de Elejazar para la barquinera de la ferrería de Zabalibar. Sin embargo, Felipe de Lezama Eguiluz se opuso a su transporte por no haber pedido licencia a los regidores y vecinos, a lo que Landa replicó no haber necesidad por ser dicho monte comunero de los cinco lugares. Este Diego de Landa es el padre del otro del mismo nombre, precisamente el regidor que había negado ante el Gobernador que el monte de Elejazar fuese común. En cualquier caso, Beraza fue apresado y encarcelado, pero el Gobernador ordenó que le soltaran, por lo que fue con las yugadas de bueyes a conducir las maderas para la ferrería. Aportó también la información de que a Domingo de Ugarte, de Amurrio, le multaron por cortar sin licencia una madera para un pesebre, le prendaron el carro y lo vendieron en la iglesia parroquial.

Finalizó la presentación de testigos el 20 de noviembre. Francisco de Lecanda, residente en Inoso de 90 años, era natural de Amurrio, donde había vivido unos 50 años y lugar de residencia de dos de sus hijos. Comentó que unos 60 años atrás llevó materiales de Elejazar para reconstruir la casa-mesón contigua al puente de Saratxo tras un incendio y lo mismo ejecutó para la casa que Antonio de Zulueta construyó junto a la ermita de San Mamés. Había visto vender leña en tres ocasiones y para ello se había convocado a los regidores y vecinos de los cinco lugares. Por último, Juan de Berganza, maestro carpintero de Lezama de 75 años, había estado varias veces en Elejazar cortando materiales y en especial para la casa y cabaña del mencionado Zulueta. Siendo regidor de su localidad, asistió al apeo y reconocimiento de mojones de dicho monte.

 

Unos pocos días después, el vecino de Olabezar Isidro de Ugalde “siguiendo la costumbre antigua” pasó con su carro y bueyes al dehesado de Lekuzabal para coger leña y cuando regresaba le salieron al paso Pedro de Yarritu, Francisco de Aldama Salbio y Antonio de Arana, quienes le prendaron bueyes y carro, que los llevaron a Domingo García de Urietagoicoa. Todos ellos eran vecinos cercanos. El regidor ordenó que se le devolviera todo pero solo lo hicieron con los bueyes, quedando carro y leña retenidos. De este modo, el 27 de noviembre Abasolo se presentó ante el Gobernador para pedir la restitución de dichos efectos a Ugalde, ya que siempre habían tenido derecho de aprovechamiento en la dehesa de Lekuzabal, y solicitó que mientras durase el pleito se mantuviesen las antiguas costumbres y no se les importunase. El Gobernador ordenó ese mismo día que los regidores hicieran devolver el carro y la leña a Ugalde en el plazo de un día y que no se les importunase en el aprovechamiento de la dehesa.

 

Pero el 12 de diciembre Diego de Landa y Francisco de Orbe-Marquijana contestaron que todo cuanto proponía Abasolo era falso, ya que el monte en que Ugalde cortó la leña era privativo de Amurrio. Además, debía haber reclamado ante ellos y no ante el Gobernador. Abasolo contestó que todo era incierto y pidió que declarasen los tres que hicieron la prendaria. Y así se hizo.

Los tres hombres fueron interrogados el 18 de enero de 1768 en el barrio Marquijana de Abajo de Murga. Pedro de Yarritu, de 34 años, explicó que la prenda fue hecha porque Ugalde había cortado leña no en Lekuzabal sino parte arriba de la peña de Arkotxa, donde algunos vecinos de Amurrio tenían plantíos de castaños y roturas. No negó que los vecinos de Olabezar tuvieran aprovechamiento en Lekuzabal pero también los de Amurrio habían sacado leña para sus casas y habían hecho roturas, como fue el caso de los difuntos vecinos de Urieta Domingo de Olartegochia y Domingo de Orbe. Antonio de Arana, de unos 50 años, declaró prácticamente lo mismo.

Francisco de Aldama Salbio, de unos 45 años, añadió que había visto en varias ocasiones a vecinos de Olabezar cortar leñas libremente en Arkotxa, que era término de Amurrio, y los de esta localidad también habían tenido derechos en Lekuzabal hasta que el mismo y Francisco de Olartegochia fueron castigados por hacerlo tras una denuncia puesta por los de Olabezar. De hecho, el 23 de febrero de 1757 se reunió el concejo de Olabezar en el pórtico de la parroquia de San Pedro y Aldama, gracias a la intervención de personas celosas de la paz, reconoció como privativa de Olabezar la dehesa de Lekuzabal y su término de Abuduaga para pastar sus ganados, hacer plantíos y aprovecharse de su leña, de modo que se comprometió a entregar diez  brazas de tabla y pagar el valor de media arroba de aceite por un roble que cortó y redujo a tabla en Lekuzabal.

 

Y así es como se puso en marcha el conocido como Pleito de Elejazar que enfrentó a Amurrio con los miembros restantes de la Junta de Armuru en el transcurso del cual incluso la existencia real de ésta llegó a ser puesta en duda. Un excelente documento en el que aparecen muchos personajes de la época, muchos términos, muchos datos, que forman un vívido retrato del Amurrio de aquel entonces. Seguiremos en próximos capítulos.

¿Un caso de prostitución en Santa Coloma?

 

 

El pueblo madrileño se había alzado contra el ejército francés que en los meses precedentes había ocupado el país como presuntos aliados. La familia real ponía pies en polvorosa y la guerra estaba a punto de estallar por doquier. Nuestra comarca no iba a ser una excepción pero las correrías de los guerrilleros y el ejército francés, y sus correspondientes desmanes y exigencias para con los paisanos, no impidieron que la vida comunitaria diaria siguiera su curso, con todos sus dimes y diretes.

Y así, meses antes de que las tropas francesas acamparan en las inmediaciones de Santa Coloma destruyendo su ermita de San Pablo, los vecinos de esta localidad ayalesa andaban enfrascados en otro tipo de preocupaciones más banales.

A finales de mayo de 1808, el párroco y beneficiado de la iglesia de Santa Coloma, Isidro de las Fuentes, presentó una petición ante el alcalde ordinario de la Tierra de Ayala, Manuel de Largacha, para que mandase desterrar a “bastante distancia” a la viuda María de la Torre y su hija Feliciana de Chávarri debido a su disoluto comportamiento. Según el sacerdote, que se presentó a sí mismo como celoso guardián de la rectitud moral y buenas costumbres de sus feligreses, “todos los deberes y oficios debidos no han bastado para desterrar el escandalo que estan ocasionando y ocasionan” las dos mujeres, quienes “han tenido y tienen a todo el pueblo en una continua inquietud ocasionada por sus continuas borracheras y demasiado consumo q hacen de vino, pues se esceden y gastan ellas dos mas q todo el pueblo” y no habían tenido fondos para el pan necesario, “siendo ademas su modo de vibir tan libertino y escandaloso q escede con mucho del trato y buen arreglo q deben tener como personas constituidas en la clase del christianismo q profesamos”. El alcalde Largacha aceptó hacer examen de testigos en la casa de José de la Vía en horario de nueve a doce y de dos a cinco desde aquel día hasta que fuesen presentados todos los testigos necesarios. Nótese el extraño proceder que aquí se observa: el cura formula la petición, el alcalde se la acepta al instante y abre su audiencia ipso facto a primera hora de la mañana. ¿Y quién fue la primer testigo? Pues Luisa de Bringas Arnaiz, precisamente la mujer de José de la Vía Salmanton.

Las declaraciones de testigos eran imprescindibles en todo proceso probatorio que tuviera lugar en la Edad Moderna, bien fuera para demostrar la hidalguía de un sujeto, o para cualquier tipo de hecho del que se tuviera que dar fe, no únicamente en los procesos judiciales. Cuanta mayor fuera la categoría social de los testigos (sacerdotes, escribanos, caballeros de órdenes, etc.), cuanta más edad y reputación tuvieran, mejor. De esta manera, cuando se presentaba una denuncia ante el tribunal pertinente lo primero que hacía éste era recabar información sobre el hecho denunciado y eso pasaba inevitablemente por la declaración de testigos. Cada una de las partes litigantes presentaba sus propios testigos, de manera que uno de los modos de defensa más recurrentes fue la de desprestigiar y restar credibilidad a los testigos de la parte contraria, habitualmente socavando su reputación. En este sentido, los cruces de acusaciones son muy frecuentes y, en ocasiones, se menciona que tal o cual implicado andaba convenciendo, comprando o coaccionando testigos.

Lo habitual en la toma de declaraciones es que el primer testigo marque la pauta general del argumentario de su parte y el resto repita lo mismo con leves variaciones y algunos añadidos personales a partir de su propia experiencia. Esto es así incluso en los casos en los que los testigos no debían responder a un interrogatorio ordenado y predefinido, lo que era muy habitual también.

Por lo tanto, la declaración de Luisa de Bringas contiene la parte sustancial de los puntos que quería demostrar la acusación presentada por el sacerdote Isidro de las Fuentes. En primer lugar, ella y el resto de testigos glosaron las virtudes del párroco como un hombre recto de piadoso comportamiento, amén de su papel como mediador de conflictos y salvaguarda de la paz comunitaria. En lo que respecta a las personas denunciadas, se dice que el “excesivo consumo que diariamente hacen de vino admiran sobre manera” porque eran unas “miseras labradoras de el campo sin propios ni arbitrios para su precisa manutencion y mas al ver q sus agostos son cortisimos q no llegan para cubrir sus deudas”, y que para el laboreo se valían de algunos operarios que de alguna manera tenían que pagar. En otras palabras: madre e hija le daban al frasco en abundancia diariamente a pesar de que no tenían recursos conocidos para poder permitírselo. Sus deudas eran tales que unos días atrás les habían embargado algunos bienes en concepto del aguardiente que debía a Santiago de Retes, abacero de Artziniega, y ese mismo día les fueron embargados más bienes por petición del tabernero local Antonio de la Torre. Santiago y su mujer fueron presentados como testigos por la parte defensora y negaron que la deuda fuera por aguardiente sino por lino, blanquetas y alimentos.

Pero la presunta afición por el alcohol de María y Feliciana queda minimizada por la que, al fin y al cabo, será la verdadera acusación, un detalle apenas insinuado en la petición de Isidro de las Fuentes pero que se irá haciendo más explícito y manifiesto con cada testigo presentado, a buen seguro de manera premeditada, pues la acusación tendría más peso si la formulan los testigos por su cuenta. A saber: el comercio de Feliciana con su cuerpo a instancias de su madre o, como dirá más adelante el Fiscal, su respectiva condición de puta y alcahueta.

En palabras de Luisa, madre e hija tenían “tratos indecentes con varias personas forasteras q con mucha frecuencia entran y salen en su casa, la qual se halla solitaria” y se tenía por público que Feliciana tenía “tratos, tocamientos impuros y acciones desonestas” con esas personas. Ambas mujeres vivían en una casa un poco apartada de las demás y próxima al Camino Real que llevaba a Balmaseda, motivo por el cual era con ocasión de la feria de La Encina a principios de septiembre cuando aquello se convertía, presuntamente, en una bacanal. La madre salía al camino con alegría para captar clientes e insinuaba a los forasteros que hiciesen mansión en la casa porque no les faltaría bien de comer, buena cama y “moza de buen gusto”, de manera que muchos se detenían allí y, en vez de ir a la feria, pasaban el tiempo “en el floreo de una vida libertina y escandalosa pasando las noches en entretenimientos lascivos”.

La prueba irrefutable del libertinaje de Feliciana era su presente preñez, la cual decían que era la tercera, pues ya había parido en sendas ocasiones de un hombre casado de fuera del pueblo y de un viudo con el que tenía trato frecuente, respectivamente.

Y claro, cada testigo aporta su granito de arena, su experiencia personal que da verosimilitud al conjunto del relato. Muchas, por no decir casi todas, de las mujeres que declararon en contra de madre e hija habían estado en su casa alguna que otra vez ayudándolas en tiempos de feria. Y por eso Luisa aseguraba haber visto a forasteros proferir palabras obscenas que incitaban a madre e hija, así como fue testigo de cómo María cogió de la mano a un pasiego al que condujo “con acciones mui indecentes” al primer suelo de la casa, “y viendo esto la declarante con asombro se retiro a otra parte presumiendo lo q de ello con precision habia de sobrevenir”. Por eso María de la Sobera Orrantia dijo haber visto a Feliciana abrazada a un hombre de noche en casa, lo mismo que dijo Eugenio de Santa Coloma, quien además añadió que en la feria de 1807 había visto a un tejero y otro hombre hacer mansión por cinco y seis días sin justificación alguna. También contó que en tiempo de feria María había salido al encuentro de un caballero forastero que pasaba por el camino y ella le dijo que “donde no habia una o mas putas el forastero no debia hacer noche”, y el caballero presumiendo “q en la casa de mencionada acusada las abria, mediante la relacion, al punto suspendio el camino y se detubo alli el tiempo necesario”, cual antiguos griegos sucumbiendo irremediablemente a los cantos de las sirenas. En esta dirección iba también el suceso relatado por María de la Sobera al respecto de que, durante la feria de 1806, estuvo trabajando en casa de Josefa de Mezcorta en el barrio de Los Heros de Mendieta, donde por entonces también se daba de comer a los que concurrían a la feria; entonces, llegó un forastero a pernoctar, quien no habría tenido idea más inverosímil que comentarles que la noche anterior había estado en casa de las acusadas “y q le habían dado de zenar bien, ademas de haber gozado a la Feliciana todas quantas veces habia querido”.

Tampoco tiene desperdicio la declaración de Antonia de las Fuentes Abasolo, moza soltera de unos treinta años que negó tener parentesco alguno con el cura Isidro, aunque posteriormente otros dirán que eran primos carnales. Su principal aportación, aunque la haga en último lugar y casi de pasada, consistió en señalar que Feliciana salía con frecuencia “a los Montes tal vez con citas y designios depravados”. Por supuesto, testigos posteriores ampliarán información al respecto. Por lo demás, Antonia abundó en detalles en la línea de los ya comentados, como que seis años antes había estado ayudándolas a cocinar y, con esa ocasión, vio que pasaban todas las noches entretenidas con los huéspedes, abrazándolos y “haciendo se hechasen en la cama juntos, lo que verificaban y por repetidas veces observó tactos impuros y consumados actos carnales”; también seis años antes acompañó a madre e hija a la feria de Medina de Pomar a poner “choza comestible” y las vio con el mismo proceder; que en la feria de 1806 un forastero la dijo que por una peseta “tenia a su disposición las personas de dhas acusadas”; y que en enero del presente año Feliciana hizo noche fuera del pueblo en casa de un hombre de conducta desarreglada que se dedicaba en iguales fines. No solo muestran reiteración en el acto, sino que presuntamente venía de muy lejos.

Según avanzan las declaraciones, observamos que se apunta la presencia de “clientes fijos”, como el tejero anteriormente mencionado (de quien un testigo dice que tenía una “amistad sin igual” con Feliciana) o un carranzano que presuntamente había permanecido despreocupadamente en la casa durante las dos últimas ferias.

Pocos argumentos de autoridad más importantes puede haber que la declaración de familiares directos, como Manuela de la Torre Orue, sobrina de María y prima de Feliciana. La principal aportación de Manuela fue su declaración en el sentido de que, a pesar de que su prima no tenía ganado, salía mucho al monte y, prueba irrefutable, en una ocasión la encontró en “sitio despoblado” y, con total confianza, le insinuó que era para mantener citas. Como familiar suya que era, le había reconvenido por su libertino comportamiento pero ella no le hizo caso. Por último, declaró que un día al anochecer tras la última feria la vio con un viudo en el camino de Artziniega y trató de esconderse para que no la reconociera; y, no podía ser menos, también fue testigo de las impropias acciones que cometió en la cama con un viudo en la feria seis años atrás.

Familia también era Francisca de la Torre Ulibarri, cuya original aportación fue la de que las criaturas que Feliciana había parido habían sido dejadas expuestas en las iglesias de Berrándulez y Santecilla respectivamente.

Los declarantes se afanaron en retratar a María de la Torre como una consumada alcohólica. Manuela García, residente en Artziniega, declaró haberla visto un mes antes totalmente borracha por la calle un miércoles por la tarde. No dejó pasar la ocasión para señalar que a veces Feliciana bajaba a la villa y “ha provocado o convidado a algunos sugetos para q dispusiesen de su cuerpo arbitrariamente”. Según el tabernero Antonio de la Torre, en el presente las mujeres estaban vendiendo sus ropas de uso diario y del lecho cotidiano para poder emborracharse “sin duda por que han suspendido las personas q entran y salen”. En otros términos, que ya no tenían negocios carnales y estaban en la completa miseria. Preguntémonos entonces: ¿por qué fueron denunciadas en el preciso momento en que detuvieron unas actividades que supuestamente se remontaban tanto tiempo atrás?

Vicente de Amirola, que era vecino en el barrio de Los Heros, relató el siguiente indicente. María salía totalmente embriagada de Artziniega y, nada más atravesar la “Puerta de Villa”, se levantó la saya y se la puso en la cabeza quedándose en camisa, y entonces empezó a cantar mientras caminaba haciendo eses. Unos carboneros que allí estaban la llamaron “puerca cochina”, la levantaron la camisa y empezaron a azotarla. Ante semejante espectáculo, Vicente acudió a “la casa que llaman de Ayala” (que es la casa que la Tierra de Ayala había construido a mediados del XVIII en frente de La Encina pero en jurisdicción de Mendieta) a dar aviso para que la recogieran.

 

El 11 de junio comenzó una nueva ronda de declaraciones con testigos nuevos y otros viejos, cuyo objetivo se desprende claramente de las respuestas de todos ellos: apoyar la petición de destierro formulada por el sacerdote, lo cual dirán todos de forma explícita. ¿Por qué este nuevo interrogatorio separado y en cierto modo diferente del anterior? Al parecer, recientemente habían ocurrido algunos incidentes reseñables en Santa Coloma que, en opinión del sacerdote, requerían la expulsión inmediata de las dos mujeres. Numerosos testigos, mujeres sobre todo, declararon que María de la Torre andaba amenazando a Isidro de manera pública y repetida. La primera en hablar fue Manuela de Ceballos, que ya había declarado anteriormente, a pesar de lo cual el 10 de junio había estado en conversación con María en la localidad de San Pelayo. Que hubiera declarado en su contra no fue impedimento para que entablaran conversación, cosa que fue muy frecuente, pues por mucho que las tildaran de borrachas, putas, blasfemas y malas influencias no dejaban de afirmar que habían vuelto a conversar con ellas con total normalidad. El relato alcanza cotas tragicómicas cuando la declarante contó el hecho de que unos veinte años antes en casa de María de la Torre ésta y un hombre casado que ya había fallecido “ataron las partes de otro”, el difunto Pedro de la Azuela, vecino que fue del barrio de Tramarría, de manera que casi lo mataron y a saber qué fue de sus partes nobles. Sabemos que ocurrió realmente porque se siguió un proceso ante las justicias ayalesas en el que Ceballos se vio implicada porque, por entonces, vivía en una bodega de la misma casa. María resultó culpada, pero como no tenía bienes propios con los que responder, fue el hombre quien lo perdió todo. Su identidad no es revelada.

Como resultado de todas las declaraciones, que hemos filtrado para no redundar en las mismas cuestiones, Feliciana de Chávarri quedó prisionera en casa de José de la Vía por su estado de buena esperanza, mientras que su madre fue recluída en la prisión de la casa consistorial de Respaldiza. No fueron interrogadas hasta un mes después, y ambas negaron las acusaciones vertidas en su contra. Sí, puede que bebieran un poco más de la cuenta pero no era para tanto, porque Feliciana nunca se había emborrachado y la madre solo ocasionalmente. Sí, tenían deudas, porque gastaban mucho aguardiente, no solo en tiempo de feria, sino también para darlo a todas aquellas personas a las que la madre pedía el trigo y el maíz con el que subsistían. Por lo demás, se mantenían “del sudor de su rostro en el trabajo de su casa y a jornales”, y no gastaban por encima de sus posibilidades, ya que si algunas personas les suministraban era “a calidad de reintegro” (eso sí, no se aclara qué les tenían que reintegrar). Sí, trataban de captar clientes en tiempo de feria pero su conducta siempre fue normal y decente. Sí, habían amenazado con abrir de arriba abajo al cura. Pero no hubo salidas al monte, ni libertinaje, ni prostitución. Y, además, solo había tenido un hijo previamente y no dos.

 

En este estado de cosas, se procedió al nombramiento de Promotor Fiscal y de procurador defensor de las acusadas. María de la Torre nombró a tres vecinos del pueblo pero solo uno de ellos aparece, y muy involucrado, desempeñado ese papel: Francisco de Amirola.

El Promotor, Juan Francisco de Palacio, también vecino de Santa Coloma, dio por probados los hechos manifestados por los testigos y pidio pena de reclusión de ocho años para ambas. Por lo tanto, se puede decir que, en este punto, se acepta que María y Feliciana venían manteniendo una conducta fuera de la norma, con abuso del alcohol y libertinaje sexual con fundadas sospechas de que era mediante servicios carnales como obtenían los medios suficientes no solo para vivir sino para poder permitirse el abusivo consumo alcohólico que hacían a diario. Especialmente con ocasión de la feria de La Encina, su casa, que hacía las veces de mesón y fonda, se convertía en una especie de casa del placer en el que los viajeros detenían su camino para gozar de los placeres de la carne.

Podríamos dar por buena esta versión y dejar que María de la Torre y Feliciana de Chávarri pasen al acervo popular como las prostitutas de Santa Coloma. Pero el historiador debe ser responsable y honesto con su labor para no ceder a la tentación de publicar una buena historia morbosa aún a costa de traicionar los principios que deben regir su labor. Esta es la diferencia entre historia y ficción.

No podemos dar por buena sin más la versión de los hechos que Isidro de las Fuentes y los testigos presentados por su propia voluntad, no olvidemos, nos han dibujado hasta el momento. Las hemos leído y examinado con espíritu crítico y es momento de permitir a las acusadas que defiendan su versión. Al fin y al cabo, gran parte de los procesos judiciales de la Edad Moderna consistían en la confrontación de dos versiones de unos hechos sin que hubiera manera de determinar cuál era la verdadera, mientras se desplegaban toda una serie de recursos estratégicos por los cuales los procesos se alargaban y los gastos se multiplicaban.

 

Pues bien, el apoderado de las acusadas, Francisco de Amirola, pidió la absolución para ambas al negar la veracidad de las acusaciones en base a las confesiones que habían realizado. Es decir, admitió que quizá María hubiera cedido en alguna que otra ocasión al vicio de la borrachera pero, si así había sido, se debería a la falta de alimento y debilidad, lo que ocurría “aún a los hombres más robustos”. Creemos que, con buen tino, se preguntaba a ver por qué aquellos testigos que decían haberse escandalizado tanto en la casa de las acusadas continuaban regresando a la misma.

Sin embargo, el alegato de Amirola no fue mucho más allá y el alcalde ordinario Benito de Mezcorta sentenció a las dos mujeres en dos años de destierro del lugar de Santa Coloma el 21 de enero de 1809. María fue notificada en la cárcel de Respaldiza tres días después y pidió cumplir su pena en el distrito de la ciudad de Valladolid. Sin embargo, al Promotor Palacio le pareció escasa pena para una “muger borracha y prostituta y una madre rufiana y alcahueta”, de manera que así solo continuarían con sus hábitos libertinos en otro lugar distinto.

La cuestión es que Amirola recurrió la sentencia y, ahora sí, se empezó a vislumbrar una versión alternativa de los hechos. Primero, denunció unos cuantos errores de forma, como que el cura Las Fuentes acusara sin ser parte en el caso (lo que al parecer tenían prohibido los clérigos) o que se hubiera elegido asesor de la sentencia a un cuñado del abogado del Promotor. Efectivamente, el asesor Pedro Victoriano de Mendieta era cuñado del abogado Juan Francisco de Zabalburu. La denuncia de errores de forma en el procedimiento fue un recurso bastante frecuente a lo largo de toda la Edad Moderna.

Pero vayamos a lo más interesante. Aunque no se hace de forma directa y textual y más bien se infiere de lo que van dejando caer algunos testigos, lo que se viene a decir es que Isidro era el autor de la preñez de Feliciana, y como ambos no llegaron a un entendimiento, o más bien Isidro no quiso conceder a la mujer la cantidad de dinero que le solicitaba, se anticipó movilizando a parientes, socios, criados, deudores y dependientes suyos como persona opulenta y poderosa que era para denunciar a la susodicha y su madre. Amirola insinuó incluso que se habían movido sobornos para que algunos de los declarantes faltasen al sagrado juramento de decir la verdad.

Entonces, ¿había sido organizado todo por el sacerdote para evitar ser responsabilizado de haber dejado embarazada a Feliciana de Chávarri? ¿Qué alegó el Promotor Palacio ante semejante acusación? Pues en realidad restó toda importancia y se limitó a decir que no por ello dejarían ambas de ser unas delincuentes, una puta y una alcahueta “para hablar claro”. Que era notorio que había parido al menos dos veces y que si se había prostituido en una aldea miserable como Santa Coloma (ya que Amirola había argumentado que “allí las mugeres, aunque quieran, no pueden prostituirse, ser rameras y mantenerse de este infame exercicio. No señor, no lo permiten las circunstancias del Pueblo. Es una Aldea mui pequeña, una Aldea compuesta solo de labradores de cortisima facultades (…) una Aldea de tan poco transito que pasan a veces semanas enteras sin llegar a ella ningun forastero”) aventajarían a cuantas se han conocido “de este egercicio viviendo en población crecida”. También se mencionan unos autos en los cuales Feliciana habría confesado bajo juramente ser “puta reputa y siete veces puta”.

Las sentencias de los alcaldes ordinarios se apelaban ante el Gobernador y Alcalde Mayor de la Tierra, de manera que era éste quien estaba entendiendo en el caso ahora. Amirola quería presentar sus propios testigos  algunos de ellos residentes en Gordejuela y Mena, y llevó bastante tiempo conseguir los permisos necesarios entre jurisdicciones para que fueran a Ayala a declarar. Lo lograron por fin el 14 de junio de 1808, en Respaldiza y casa habitación el Gobernador, Antonio de Entrecanales.

La situación que nos describen los testigos de la parte acusada es, obviamente, muy distinta, y en consonancia con lo que acabamos de comentar. Si hemos de hacerles caso a pies juntillas, tendríamos la impresión de que María y Feliciana eran unas buenas cristianas que aprovechaban la localización de su casa para ganar unos reales durante la feria de La Encina sin caer en lujuria ni comportamientos indecorosos, aunque bebían un poco. Pero la cuestión es que, y este dato no será desmentido por la parte contraria, que lo había ocultado hasta el momento, Feliciana había estado sirviendo en casa de Isidro hasta unos tres o cuatro años atrás, cuando fue despedida por orden de la hermana del cura. O eso se comentaba. Pero, aún así, habían continuado viéndose, y de manera especial en la casa que el sacerdote tenía en San Pelayo. No fueron pocos los vecinos de este lugar que declararon en el proceso.

Los testigos presentados por el defensor consideraban que los testigos de la parte contraria eran paniaguados y afines al sacerdote, gente pobre a excepción de Antonio de la Torre, “que lo pasa con menos estrechez”.

Pero quizá el testimonio más importante de todos es el del matrimonio formado por Francisca Antonia de Gabiña y José de Menoyo, que tenían taberna en su casa. Su declaración no fue del todo coincidente, no en los detalles pero sí en lo esencial. Básicamente, lo que ocurrió fue que el 20 de abril de este año 1809, dos meses antes de la presente declaración, el Promotor Fiscal Juan Francisco de Palacio se encontró en su taberna con Feliciana de Chávarri, que por entonces ya estaba en libertad y precisamente trabajando en la taberna. Gabiña dice que fue a comer con Feliciana, José afirma que fue a pagar una cuartilla de vino y se encontró fortuitamente con ella. El caso es que se produjo una conversación entre ambos en la que Feliciana reprochó a Palacio que fuese a la taberna después de haberlas retratado como borrachas. Palacio replicó que él alegaba “lo peor” que podía y que si no hubiera pedido “tan desarregladamente” se hubiera excusado del pleito. Feliciana respondió que a ver si se refería a la pretensión “de los quinientos”, Palacio dijo que no lo había olvidado y ella replicó que ni aunque la diesen mil se compondrían. De todo ello hubo un tercer testigo, José de Abasolo, vecino de Sojoguti.

Para ahorrar mayores requiebros al lector: Feliciana habría solicitado una compensación económica (“quinientos”) a Isidro como autor de su preñez; el cura no había querido acceder, ya que negaba ser el causante, y por eso había iniciado el proceso. Palacio se disculpaba de que, como Promotor Fiscal que había sido nombrado, tenía que decir lo peor de ellas. Un argumento muy potente a favor de la parte acusada.

Por último, se alude varias veces a una carta que, por cierto, aparece original en el expediente consultado. Está fechada en Santander el 16 de mayo de 1808, muy poco antes de la denuncia de Isidro; en ella, el obispo de dicha ciudad escribía a Tomás de Cereceda, cura de San Pelayo. El obispo afirmaba haber recibido una carta anónima contra Isidro, a quien dice haber investigado sin hallar nada criminal. Pero, de alguna manera, había descubierto que la letra era de un feligrés de Tomás, llamado Manuel de San Pelayo, a quien había ayudado un hermano. Y pedía al sacerdote que les dijera que se guardasen de decir mal del prójimo y más aún de otro sacerdote. Esta carta, por cierto, le fue leída a Feliciana por Palacio, ocasión en la que la mujer le afirmó que Isidro era el responsable de su embarazo. ¿Por qué habría San Pelayo de acusar a Isidro de las Fuentes antes incluso de que éste interpusiera denuncia alguna?

Según el Promotor, por envidia. Se argumenta que la presencia de la familia San Pelayo y varios criados suyos declarando a instancias del defensor Amirola respondía únicamente a envidia de su riqueza y poder y rencor por ciertas quejas que había dado por supuestos excesos de los primeros en leña, árboles, hierbas y paredes. Y, por supuesto, alegó que sus testigos eran buenos cristianos, labradores propietarios varios de ellos, y en absoluto criados y paniaguados del sacerdote.

 

Ambas partes podrían haber continuado así ad infinitum y quizá lo hicieron, porque la documentación disponible finaliza aquí y no sabemos qué ocurrió ni cuál fue la sentencia definitiva. Podemos decir que negociar un acuerdo fue siempre una forma de evitar una condena y ahorrarse muchos gastos judiciales, los cuales en ocasiones llegaban a arruinar a los participantes. Si Isidro era el padre de la criatura, ¿no habría sido más conveniente para ambos arreglar el asunto bajo cuerda sin que saliera a la luz? Y si no lo era, ¿no habría sido más inteligente por parte de las acusadas otro tipo de estrategia que no pasara por responsabilizar a un personaje poderoso?

En las líneas precedentes, hemos tratado de exponer sintéticamente este proceso que aborda unos hechos que no eran excepcionales pero tampoco cotidianos, al mismo tiempo que se intenta explicar los comportamientos de las partes implicadas en los procesos judiciales durante la Edad Moderna, algo imprescindible si queremos comprender la sociedad de la época.

¿Fue Feliciana una prostituta? ¿Lo fue María también? ¿Fueron mujeres fuera de su tiempo que vivieron su sexualidad de forma libre y sin ataduras hasta topar con el clero? O, ¿fueron mujeres normales con una vida ordenada hasta que Feliciana se vio con el hijo de un poderoso sacerdote en el vientre? Cada cual escogerá la opción que más le guste, en función de los hechos relatados y/o de su ideología, prejuicios e ideas preconcebidas.

Pero, realmente, no tiene ninguna importancia. Lo más importante y lo más valioso del proceso desde el punto de vista histórico es centrar la atención en la mentalidad de la época, en los mecanismos desplegados en el curso del proceso judicial, en la cotidianeidad de ciertos hechos y la excepcionalidad de otros. Los procesos, el contexto, los cambios, las continuidades, son los elementos que constituyen la Historia, mucho más allá de las individualidades.

 

 

 

 

 

 

Fuente: Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Criminal, JTB2014/006 y JTB1022/001

 

Ardizitala: un insulto en euskera

 

Una pequeña historia. Una rencilla ocurrida en Luiaondo en abril de 1723 entre vecinos y parientes lejanos. Desconocemos la razón por la que se cruzaron palabras de trazo grueso que derivaron en una agresión, sangre y riesgo de muerte para una joven muchacha. El documento en cuestión no es fácil de leer.

Lo relevante en esta ocasión es el dato lingüístico, que certifica el empleo de la lengua vasca en Luiaondo en 1723. Nada inesperado, por otra parte, pero sí que es especialmente interesante que el epíteto se refleje en euskera y además se traduce al castellano. Y esto es algo tremendamente poco frecuente, al menos en lo que a la documentación de nuestra tierra se refiere.

Vayamos con los protagonistas. La acusada, quien presuntamente empleó el vocablo ardizitala, se llamaba María Pérez de Urrutia Urteaga, tenía 44 años y era natural y vecina de Luiaondo. En abril de 1723, y en días consecutivos, insultó a las hermanas Catalina y Lucía de Beraza Isasi, que si bien eran naturales de Laudio tenían profundas raíces en Luiaondo, donde se había casado la primera y de donde eran naturales ambos progenitores. A Lucía no solo la insultó sino que la persiguió y la agredió gravemente. O de eso al menos fue acusada.

Pícara sucia de malvivir, desvergonzada o perra malvada son algunos de los insultos que salen a la palestra. Nada nuevo, palabras muy en la línea de las que suelen protagonizar estos pleitos: pícaro, bribón, judío, cornudo, etc. Lo novedoso e interesante es que, según Antonio de Beraza como representante de su hija Lucía, María Pérez le llamó a la joven ardizitala “en lengua bascongada que en la bulgar castellana significa oveja sucia”.

Servidor no es filólogo y admite que, a buen seguro, muchas de las implicaciones que subyacen este documento se le escapan. Así que bienvenida será cualquier aportación al respecto.

La palabra no parece ser de uso común y su traducción literal no sería “oveja sucia”; en todo caso, el adjetivo “sucia” habría que entenderlo referente a un rasgo del carácter o la identidad (mezquino, bellaco, o quizá refiriéndose a una carencia de sangre limpia, es decir, en otras palabras: que fuese una manera de llamarla judía). Más allá de estas especulaciones, no acertamos a establecer una traducción fidedigna ni vislumbramos qué es lo que realmente María Pérez quería decir con ese epíteto a Lucía.

Por otro lado, desde el punto de vista de la historia y el uso de la lengua, es evidente que el insulto fue realizado en una lengua que ambas partes comprendían, si bien por alguna razón fue traducido en los autos que, lógicamente, estaban escritos en castellano. Se podría pensar que la razón es que la palabra no tenía traducción exacta, y lo de “oveja sucia” fue una explicación literal sin más.

Resulta dificil encontrar una explicación porque, al menos en la documentación relativa al Alto Nervión, cuando se reproduce una conversación o un intercambio de palabras e insultos, éstos siempre aparecen en castellano, bien por haber sido pronunciados en esta lengua, bien por haber sido traducidos previamente. Después de tantas consultas, y a la luz de los datos disponibles y las últimas reflexiones, creemos que la situación lingüística es mucho más complicada de lo que se ha considerado (o se ha querido considerar).

Y, por último, no pasamos por alto el detalle de que, en este documento, la castellana aparece con el adjetivo de lengua “vulgar” que, por el contrario, tantas veces aparece acompañando a la lengua vasca (el euskera era la “lengua vulgar” y el castellano el oficial). Puede referirse simplemente a una traducción al castellano vulgar o hablado por un pueblo no muy alfabetizado. Pero también podrían desprenderse de ello consideraciones de mayor calado en cuanto al desigual empleo de ambas lenguas. No lo sabemos, pero no pasamos ocasión de dejar constancia de ello.

En definitiva, un testimonio más sobre la presencia del euskera en la Tierra de Ayala y el Alto Nervión, un dato que testifica el uso y comprensión de la lengua vasca, si bien no aclara demasiado en cuanto a su alcance y presencia del castellano. Una anécdota que puede resultar interesante también desde el punto de vista filológico, pero no es ese nuestro campo.

Bienes y derechos del Señor de Ayala

Uno de los interesantes documentos aparecidos en el Apéndice Documental del libro sobre la casa torre de Murga escrito por E. García y F. Verástegui consiste en una relación de los bienes y derechos que el Señor de Ayala, Pedro López de Ayala (el posteriormente conocido como “Comunero”), tenía en la Tierra de Ayala a finales del siglo XV.

El escrito fue realizado por su merino y recaudador Juan López de Sojo en 1496. Varias generaciones de los Sojo fueron los más fieles servidores de los Ayala por aquel entonces. En el documento que elaboró, incluyó una serie de bienes que es evidente que no le correspondían, pero sobre los cuales aspiraba a arrogarse su propiedad.

En primer lugar, el Señor de Ayala tenía la jurisdicción civil y criminal, es decir, la administración de justicia. Al fin y al cabo, Ayala era un señorío jurisdiccional. En todo caso, los vecinos de la Tierra habían logrado la capacidad para nombrar alcaldes que administrasen justicia en primera instancia, si bien el Alcalde Mayor, nombrado por el Señor, además de tener esta capacidad, entendía los casos de apelación.

En segundo lugar, los Señores de Ayala fueron patronos de muchas iglesias en la Tierra. En algunos casos, sabemos que este derecho fue comprado por sus antecesores; en otros, lo podemos intuir. Y también tenían la propiedad de algunos solares cuyos moradores eran vasallos suyos y pagaban anualmente tributos generalmente en trigo y cebada, pero a veces también en gallinas, lechones o carneros. Lo iremos viendo pueblo por pueblo.

Como es sabido, el centro de poder de los Señores en Ayala residió en Quejana. Así, era patrón de la iglesia de San Juan (que compraron sus antecesores un siglo antes a decenas de porcioneros) y sus sufraganas de Santa Eugenia (sic) de Ozeka, San Pedro de Menoyo y Santa María de Etxaurren. Poseía también los palacios de Quejana con su huerta, campo, castañales, etc;  “el solar de la casa de baxo” con sus heredades, campo y pertenencias desde el camino que iba a casa de Álvaro Ortiz (se refiere a Álvaro Ortiz de Aldama) por el río abajo hasta “la puente que pasan a Ybarguen por el camino rreal fasta dicha casa”. Tenía un majuelo llamado el Peraçal que estaba debajo de la casa de Robina.

Tenía en este lugar los solares de Ysa; el solar de Pedro Echaurren; el de Gorvea “en el lugar de Gorbea”; y los solares de Hortuño, Diego y Diego de Çaballa que probablemente estaban también en Ozeka.

El otro gran centro de poder de Ayala era Respaldiza. El Señor era patrón de su iglesia, con el correspondiente derecho a nombrar sacerdotes, y en este concejo tenía también “el palaçio del monesterio” con su huerta, campos y heredades que estaban junto a el y la iglesia así como unas heredades que tenían en arrendamiento Juan Ortiz de Ibarrola y su hermano Fortún Ibáñez. Por último, también poseían la ermita de “Santa Maria de Eguioguen”.

En Llanteno, era el único patrón de la parroquia de Santiago y además tenía tres solares: el de Echevarria, el de “Lavarrieta del monte” y el solar de Echave.

En Beotegi era patrón de la parroquia de Santo Tomás de Perea, de la que eran feligreses los de Beotegi y Retes de Llanteno. En el primer lugar, tenía el solar de Larringana; y en Retes, el de Echave.

En Menagarai era patrón de la iglesia de San Pedro y tenía también el “solar de Biçirico”. En Zuaza era patrón de la iglesia de Santa María pero no en solitario, ya que el solar de Quadra también tenía algún pequeño derecho en ella. En esta localidad, tenía los solares de Echevarria, Urieta y el de “Undio Belaustegui debaxo”. Hay que decir que en 1378 Fernán Pérez de Ayala donó el solar de Undio para el recién fundado monasterio de San Juan, el cual había comprado anteriormente para pasto de su ganado.

En este escrito, sorprendentemente, el Señor figura como propietario de 2/3 de la iglesia de San Juan de Murga, la mitad de la torre y casa fuerte, ¾ del palacio, el manzanal delante del palacio y la 1/4 de todas las heredades del solar de Murga entre el puente de Marquijana y el puente de Izoria y entre Santa María de Amurrio y San Juan de Murga. Esta no era una propiedad real sino que parece denotar cierta voluntad de apropiación de bienes ajenos, en este caso de sus rivales los Murga.

En Luyando le correspondían los diezmos de la iglesia de Santa María Magdalena, que figura como sufragana de la de Respaldiza, y el concejo le pagaba diez fanegas de trigo por el pie de altar de Luyando. Tenía también unas ruedas, solar y herrería en este lugar. Por otra parte, en la zona de la Sopeña los Señores poseían 2/9 de la iglesia de Maroño, ya que el resto era del mismo pueblo y del abad de San Millán de la Cogolla. En Izoria poseía las ¾ partes del monasterio de San Julian, ya que la parte restante era de los capellanes que servían a la dicha iglesia. Y en Salmanton la ermita de Santa Cruz y unos nogales junto a ella.

El Señor de Ayala llevaba ¼ de los diezmos de la iglesia de Santiago de Larrinbe, ya que las partes restantes las llevaban los clérigos de Amurrio, que debían ir el día de La Magdalena a Quejana a decir misa por los señores. En el monasterio de Etxegoien llevaban 2/3 partes de los diezmos, la otra parte la llevaba la mujer de Juan Díaz de Guinea, señor de la casa de Saerin. Eran patronos también de la iglesia de Santa Lucía de Lekamaña.

En el documento que estamos siguiendo, hay tres conjuntos de bienes que se explican con mayor detalle. En primer lugar, el Señor era propietario de 8,5/12 partes del monasterio de Santa María de Baranbio, siendo el resto de la mujer de Juan Díaz de Guinea. Lo destacable en este caso es que se dicen propietarios de un buen número de solares, varios de los cuales tienen topónimos irreconocibles. Sí sabemos que la casa de Saerin tuvo una serie de solares con los que todavía pleiteaba en la segunda mitad del XVII, pero de estos solares de los que se dice propietario la Casa de Ayala no sabemos gran cosa. Son los siguientes:

  • la mitad de la herrería de Çiorraga y la mitad de la rueda que estaba junto a ella con la mitad de sus pertenecidos, ruedas y manzanales (sospechamos que en este caso ocurre lo mismo que con el solar de Murga)
  • el solar de Isasi
  • el solar de Aguirre
  • el solar de Rotabarria que tenía Lope
  • el solar de Biezan
  • el solar de Pero Hernández de Mendibil
  • el solar de Uriza
  • el solar de Juan de Lascano “y su hermandad”
  • el solar de Juan de Coscorra
  • el solar de Juan de Coscorra “debaxo”
  • el solar de Guipuça

 

En el lugar de Derendano tenían una serie de bienes que se describen uno a uno, empezando por:

  • ruedas “que se llaman pasaje con el palaçio questa delante. Las ruedas del Pasaje son el molino de Saratxo, junto a las curvas de la carretera; parece que tenía un palacio delante, cuyos antuzanos, quintanales y era también poseían
  • una huerta junto a las ruedas
  • la pieza de Laserue que sale del camino real a San Nicolás al camino real a Orduña
  • una pieza parte arriba del palacio que sale al arroyo que viene de “Jimileo”, a surco de Juan de Derendano y Juan de Aguirre
  • una pieza que va de la dicha quintana arriba, entre Hernando de Aguirre y Rodrigo de Saracho
  • una pieza en el camino que van a San Nicolás, a surco de Juan Ortiz de Saracho y Juan de Derendano
  • una pieza sobre el río de Eguinega, a surco de Martín el herrero y Rodrigo de Saracho
  • una pieza en Chinesa parte arriba del campo en el calce
  • una pieza debajo del palacio viejo hasta el río, a surco de Pedro de Calçada
  • este palacio viejo junto a San Nicolás con sus heredades y pertenecidos
  • una pieza debajo del camino que va a San Nicolás, a surco de Martín de Çubiaur y Pedro de la Calçada
  • una pieza junto al camino que va de Çubiaur a Saracho y a Orduña, a surco de Martín el herrero
  • una pieza tras la iglesia de Lekamaña a surco de Pedro de Urruño y Lope de Urruçaga
  • una pieza a surco de Juan el herrero en Munetegui
  • una pieza a surco de Juan Ortiz de Saracho y de los hijos del herrero en Munetegui
  • el solar de Gueleçabe
  • el solar de Madalbe (que probablemente estaba en Lekamaña, ya que en 1562 Martín de Uliarte de Madalbe era vecino en este pueblo)

 

Finalmente, contamos con una detallada descripción de los bienes que el Señor de Ayala tenía en Amurrio, la mayor parte de ellos correspondientes a casa fuerte de Mendixur, que fue usada durante siglos como cárcel de la Tierra de Ayala. En la parroquia, eran patronos de la mitad de los diezmos (posteriormente harían cesión perpetua de por vida al Aposentador Ugarte, y después a Juan de Urrutia). Junto a la iglesia tenían una casa con dos manzanales, y la casa fuerte de Mendixur con sus heredades, que son las siguientes:

  • El manzanal viejo, a surco de Martín de Uliarte y la propia casa
  • Una heredad entre la torre y el arroyo que baja de Santa Cruz
  • Una pieza sobre la fuente, entre el arroyo y el camino a Aldaiturriaga
  • Una pieza cerrada con la huerta
  • Una pieza entre el calce de las ruedas de las monjas y el río
  • Una pieza en Mascoribay junto a las ruedas y el calce
  • Una pieza llamada “el parral” entre los manzanales de Mendeguren y el arroyo que baja de Usiaran
  • Una pieza en Ladaruao tras las casas de Hortún Sáenz de Aldaiturriaga
  • Una pieza en las returas nuevas en Canpirio, a surco de Hortuño de Beotegui
  • Una pieza en Mendigorria a surco del dicho Hortuño
  • Una pieza en Mendigorria a surco de Hernando de Ugarte
  • Una pieza a surco de Hortuño de Usategui
  • Una pieza entre el calce de las ruedas de las monjas y el camino a Echeguren (Echegoyen?)
  • Una pieza entre el calce y el río
  • Una pieza en los manzanales de Mendiguren entre los propios del dicho Hortuño
  • Media era a surco de Hortuño de Mendiguren y su hermana Teresa
  • Una pieza encima del camino real entre la heredad del dicho Hortuño y Joan de Mendiguren
  • Una pieza en “la altirima”
  • Una era entre la casa y la casa de Juan de Mendixur con sus antezanos y quintanales alrededor de la torre

 

¿Y Okondo? Los señores de Ayala fueron dueños de la torre de Unza, que también usaron como cárcel, y de sus iglesias, pero por alguna razón no fueron incluídos en esta relación cuyo máximo interés, en cualquier caso, reside en los nombres de solares, topónimos y personas que nos aporta para una época, finales del XV, sobre la que disponemos de muy poca documentación.

 

 

 

 

El Alto Nervión en la era de la primera industrialización vasca

Con un carácter más científico y mayor atención a las formas que en este blog, recientemente he publicado este artículo en la Revista Sancho el Sabio en el que abordó los retos a los que el Alto Nervión hubo de hacer frente cuando la Ría de Bilbao comenzó a desarrollarse e industrializarse en la segunda mitad del siglo XIX. Es una época de gran crisis económica para nuestra comarca, de emigración y cambios, como podéis leer en el artículo que aquí enlazo