El Trienio Liberal en el Alto Nervión (1820-1823)

 

Al regreso de Fernando VII al trono en 1814 una vez finalizada la Guerra contra los franceses, siguieron seis años de restauración absolutista en los que se trató de hacer como si los acontecimientos políticos de la Guerra de Independencia no hubieran sido más que una tormenta pasajera, persiguiendo y eliminando todo elemento liberal. Fue en vano, ya que el conflicto entre liberalismo y tradición, entre lo nuevo y lo viejo,  acabaría por estallar de nuevo.

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El borbónico rostro de Fernando VII, conocido por sus proboscídicos genitales y considerado por muchos como el peor rey de España, que no es decir poco.

 

En los primeros meses de 1820, una serie de sublevaciones militares obligaron al rey a jurar la Constitución de Cádiz de 1812 inaugurándose así el periodo histórico conocido como el Trienio Liberal (1820-1823). Debido al golpe militar de julio de 1936, y también al mucho más reciente intento de asonada del 23-F, es frecuente que asociemos los golpes de estado militares con giros políticos hacia la derecha, el autoritarismo y la dictadura. No siempre fue así. Desde este preciso momento, la intervención del ejército en política por medio de pronunciamientos fue un hecho recurrente en la historia decimonónica española. Pero ello no significa que necesariamente fueran asonadas dictatoriales, absolutistas o conservadoras. En esto, como en tantas cosas, tendemos a proyectar equivocadamente nuestra visión del presente hacia el pasado.

Por lo tanto, el Trienio Liberal fue un giro hacia el liberalismo motivado por las presiones de sectores progresistas del ejército y, de este modo, significó el desarrollo en toda su integridad del proyecto liberal de Cádiz. En consecuencia, de acuerdo al texto constitucional, las aduanas interiores (como la de Urduña/Orduña) se trasladaron a la costa para crear un mercado unificado; se instauró el servicio militar obligatorio; y, en 1822, se generalizó un sistema fiscal nacional, idéntico en todo el territorio. Además, las formas de gobierno local tradicionales dejaron paso a ayuntamientos constitucionales y diputaciones provinciales de acuerdo con los preceptos de la Constitución. Por su parte, el proyecto de unir las tres provincias vascas en una única demarcación (si bien con ciertos cambios territoriales respecto a la configuración actual) no llegó a realizarse.

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El teniente coronel Rafael de Riego encabezó la insurrección contra Fernando VII el 1 de enero de 1820. El Himno de Riego, nombrado así en su honor, fue el himno de España durante el Trienio liberal; y el himno no oficial durante la Segunda República

Es de esperar que estos cambios hubieran generado una gran oposición en el País Vasco. Y en parte así fue, pero ni mucho menos provocó una reacción unánime. Por ejemplo, en Álava, y especialmente en su capital, no fueron pocos los que dieron la bienvenida al nuevo régimen con gran alborozo. Y es que sobre todo la burguesía mercantil y otros grupos con intereses comerciales consideraban necesario la apertura al mercado español mediante el traslado de las aduanas a la costa. Es por ello que consideraban el régimen constitucional como una forma de desarrollo superior al orden foral tradicional, que no rechazaban sino que consideraban complementario. A partir de este momento, se forjó el carácter liberal característico de la Vitoria-Gasteiz del siglo XIX, la que fue llamada “Atenas del Norte” antes de convertirse en una conservadora ciudad de “curas y militares”, como se decía en el primer tercio del siglo XX.

Por el contrario, el resto de la provincia, como todo el ámbito  rural vasco, se mostró hostil al régimen constitucional, posiblemente más por integrismo religioso que por una defensa foral acérrima. Sea como fuere, consideraron ilegítimo y pernicioso el nuevo gobierno y la oposición al mismo se expresó mediante la formación de partidas armadas absolutistas (“realistas” en terminología de la época). O, por decirlo de otro modo, guerrillas.

Pocos detalles conocemos de este conflicto armado que no se inició inmediatamente después de que el rey jurase la Constitución, sino que no comenzó hasta la primavera de 1822. En nuestra comarca, a finales de abril apareció una “faccióncilla” de 60 a 70 mozos entre Laudio/Llodio y “la Peña de Orduña”. En su captura salió una tropa militar y 50 voluntarios desde Bilbao, así como 40 granaderos desde Vitoria-Gasteiz. Pero no tenemos más datos al respecto.

Posteriormente, en noviembre, el mismo grupo u otra fuerza de “facciosos” había ocupado Urduña/Orduña y desde allí pasaron a Artziniega para atacar la guarnición de Villasana de Mena. En su persecución iban las fuerzas militares de Antonio Seoane, comandante militar interino de Bizkaia. Su avanzadilla derrotó a la “gavilla” de Fernández en las inmediaciones de Amurrio, causándoles 3 muertos y 10 prisioneros. Ante esta situación, los realistas abandonaron Urduña/Orduña para refugiarse en Unza y Murgia.

Los acontecimientos del Trienio Liberal cobran especial relevancia de cara al futuro debido a que estas partidas realistas constituyen el origen de las futuras partidas carlistas, no solo por emplear el mismo recurso estratégico y táctico y beber de los mismos planteamientos ideológicos, sino porque las primeras quedaron institucionalizadas en el régimen posterior, de modo que los individuos, y sobre todo los caudillos, que lideraron partidas armadas en 1833 formaron parte de este movimiento insurreccional en 1822 y 1823.

Uno de ellos fue Juan Felipe de Ibarrola Mendibil, natural de Urduña/Orduña, capitán del tercer batallón de Álava y uno de los personajes más olvidados de nuestra historia reciente[1]. Según su biografía contenida en la página de la Real Academia de la Historia, se habría alzado en armas ya en enero de 1822. El 21 de enero de 1823, y tras haberse distinguido en varias acciones militares fuera de nuestra comarca, Ibarrola se encontraba en El Berrón con 80 infantes y 50 caballos cuando fue atacado por fuerzas constitucionales muy superiores en número, por lo que realizó una larga retirada hasta Espinosa de los Monteros para, al día siguiente, y rompiendo la nieve del camino, llegar a Urduña/Orduña y batir a la guarnición de esta ciudad. El 20 de febrero atacó nuevamente la localidad con 40 hombres y, a pesar de que la guarnición estaba compuesta de 160, consiguió  derrotarlos y encerrarlos en la Aduana.

Dos días después, dirigió un nuevo ataque: viéndose perseguido por 1.500 hombres, y estando fatigados y escasos de municiones, llegaron al puente de Menditxueta a las 7.30 de la mañana, estando las fuerzas constitucionales de Alejandro O’Donnell ya en Amurrio. Ibarrola dejó fuerzas en el puente y se fue a caballo hacia Urduña/Orduña con seis hombres, cuatro de los cuales quedaron en el puente de El Prado y el quinto fue situado en la “puerta de Bilbao”, que estaba desprotegida.

Aduana de Orduña

Ibarrola entró solo en la ciudad por la Calle Vieja, llegó hasta la plaza y encaró la Aduana con su trabuco. Un centinela llamado Manuel Ramírez, en lugar de hacer fuego, levantó el puente levadizo que habían instalado y se cerraron dentro del edificio. Al parecer, Ibarrola estuvo disparando al fuerte por espacio de dos horas, y era contestado desde dentro. No era más que una maniobra de despiste.

Mientras tanto, las fuerzas de O’Donnell se dirigieron a Saratxo y, persuadido por el tiroteo (que al parecer escuchaba, o del cual fue informado) de que la guarnición estaba siendo atacada, se dirigió hacia la ciudad. Entonces le llegó el aviso a Ibarrola de que los constitucionales iban hacia allí, por lo que fue en busca de su partida; sin embargo, como inmediatamente después entró un capitán del ejército en la plaza, los de la guarnición creyeron que se trataba de la partida realista y la emprendieron a tiros contra ellos.

Por su parte, Ibarrola se había reunido con sus fuerzas y marchó por los montes de Lezama, Astobiza y Baranbio para regresar a Amurrio sin ser detectados por la retaguardia del ejército, y continuar después hacia Balmaseda.

Un par de días después, la guarnición de Urduña/Orduña se retiró a Vitoria-Gasteiz e Ibarrola se hizo con el control de la ciudad: allí pudo armar, equipar y restaurar su batallón, así como al 2º de Álava, otro batallón vizcaíno y dos nuevos que se formaron en Balmaseda. Dos armeros de la ciudad repararon las armas y los “muchos herreros” que en ella había hicieron infinidad de lanzas.

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Prudencio de Sopelana Lecanda nació en Tertanga en 1800. Había estudiado Derecho en Valladolid cuando en 1822 se unió a las partidas realistas. Fue en la Primera Guerra Carlista cuando alcanzó su cénit como uno de los principales militares carlistas. Construyó el edificio que actualmente alberga la Biblioteca en Amurrio. Habrá ocasión de hablar más extensamente sobre el.

 

Poco después, en abril de 1823, se restauró la monarquía absolutista de Fernando VII con la intervención del ejército francés, país que volvía a ser una monarquía, fuerza que fue conocida como “Cien mil hijos de San Luis”. Aguardaban otros diez años de gobierno absolutista en la llamada “década ominosa”.

Pero en el Alto Nervión debieron ser muy pocos los descontentos con esta perspectiva. El 20 de octubre de 1823, destacados vecinos de la ciudad de Urduña/Orduña como el comandante Juan Antonio de Goiri[2], su segundo Manuel de Yarritu Izarra, su ayudante Ildefonso de Echevarria Pinedo, junto a José de Pereda Aguirre, José de Salazar, Román Ángel de Beraza Urruela, Pedro Nolasco de Anda Jugo y Félix Hilario de Echevarria Pinedo, escribían una carta al rey en la que se congratulaban por su retorno y por el fin de la “espantosa esclavitud en que ha gemido por espacio de tres años y medio”. Afirmaban que los enemigos del rey, en el Trienio Liberal, no habían conseguido sumar ni un solo voluntario en la ciudad: intentan forzarnos con el fuego y el cuchillo; una vanda [sic] de asesinos se presenta a obligarnos con las bayonetas; pero decididos a morir antes de permitir que nuestros nombres sean escritos ni aun por la fuerza en el libro de los que debían defender la impiedad y la traición, empuñamos denodados el cuchillo y gritando muera la Constitución, formamos el primer ejército de los defensores de la Religión y del Rey”. Decían que a pesar de no pasar su población de 500 vecinos (es decir, familias), formaron cinco compañías de Voluntarios Realistas. Finalizaban la misiva solicitando duros castigos y la total eliminación de la vida pública de los defensores de la Constitución.

En definitiva, la experiencia del Trienio Liberal constituyó un símbolo y una referencia para los liberales que deseaban la aplicación de un régimen constitucional, que tenía en el texto de 1812 su principal hito, cada vez más mitificado. Por el contrario, la conclusión que amplios sectores de la población de nuestra comarca extrajeron de esta experiencia fue que el proyecto constitucional liberal difícilmente iba a ser compatible con la “constitución provincial”, al haber alterado sus formas de gobierno tradicionales, sus usos y costumbres. Del alcance de los cambios experimentados en las instituciones de gobierno durante estos tres años en nuestra Tierra, no sabemos casi nada.

Finalmente, tras la restauración absolutista, Fernando VII gobernó de nuevo sin constitución y sin Cortes hasta su muerte en 1833. En este periodo, en las provincias vascas se produjo el reforzamiento de las instituciones provinciales de gobierno y especialmente de las diputaciones, que eran las que administraban de manera efectiva el territorio por encima de la Junta General. Todo ello en un marco de entendimiento entre la corona y las diputaciones, que actuaban como agentes de la misma en las provincias.

 

[1] Juan Felipe de Ibarrola Mendivil nació en Urduña/Orduña en 1798, fue coronel graduado de infantería y pertenecía a una familia destacada en la comarca. Así, su padre fue  Juan Enrique de Ibarrola Mugaburu, natural de Etxegoien, administrador de la Real Renta de Correos y de la Renta del tabaco en Urduña/Orduña. Su hermano Rafael, nacido en 1807, mandó el 5º Batallón Alavés y fue conocido como “Ibarrolilla”. Juan Felipe fue uno de los primeros en proclamar a Carlos V como rey en octubre de 1833, lo que hizo en su ciudad natal; sin embargo, fue apresado y trasladado a Santander tras el fracaso carlista en la Acción de Vargas apenas un mes después, el 3 de noviembre. Según cuenta en una nota a pie de página William Walton en el segundo volumen de “The Revolutions of Spain”, su mujer se postró ante la reina pidiendo clemencia para su marido, de modo que se le perdonó la vida y fue deportado a Puerto Rico, donde falleció al de poco tiempo. Debido a su indulto, la viuda pudo gozar de una cómoda pensión por el grado de coronel de Juan Felipe.

[2] Juan Antonio de Goiri Olabarrieta nació en Laudio/Llodio en 1792. En 1812 se alistó en el ejército en Potes para luchar contra los franceses y el 4 de agosto de ese mismo año participó en una acción en Urduña/Orduña. En 1833 se dedicaba al comercio y fue nombrado Primer Comandante en la sublevación carlista.

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