El asesinato de Margarita Basaldua (y V)

 

LA SENTENCIA

 

Tras la presentación de todos los testigos y todas las pruebas recopiladas en el sumario del caso, el Fiscal elevó a definitivas sus conclusiones provisionales, que constituyen el relato de los hechos que presentamos en la primera entrada de este serial. El Fiscal Sánz Gomendio elaboró un discurso con una elaborada retórica, muy al uso de la época, en el que aludía al supuesto carácter belicoso de los vascos al final de la Edad Media y afirmaba que ese carácter afloraba de vez en cuando de forma abrupta y repentina en una sociedad por otra parte muy pacífica. Es lo que habría ocurrido con los Manterola (“este drama se ha desarrollado entre aldeanos vascongados, gente pacífica, muy honrada, muy trabajadora”).

En lo que respecta a las pruebas periciales, no se pudo obtener nada concluyente. El joven Achurra había señalado un lugar en la huerta de Larrabe donde presuntamente se había enterrado el arma homicida pero no lo encontraron. Por su parte, el Instituto Central de Higiene halló sangre en una camisa requisada en Larrabe pero no lograron precisar si era de origen humano.

El testimonio de Achurra fue considerado como clave en la resolución del caso y también se concedió verosimilitud a lo declarado por Maria Ayesta. Pero el Fiscal se centró además en una cuestión que pasó algo más desapercibida en el juicio, a pesar de su trascendencia: la presencia de Juan Manterola en las proximidades del lugar de los hechos en vez de en Gorostiza, como el afirmaba. En ello el testigo clave fue Manuel Ibarrola. La noche de autos se encontró a un hombre unos 200 metros antes del lugar en que fue asesinada Margarita, en el punto en que varios atajos salían hacia Gorostiza. Este hombre no respondió al saludo de Manuel y se arrimó a la sombra de un espino para fundirse en la oscuridad del anochecer y no ser reconocido. Al parecer, Manuel habría dicho a unos amigos de manera informal que el hombre misterioso era Manterola pero en un principio se negó a confesarlo ante las autoridades por miedo a represalias. De hecho, el Fiscal consideró probado que Juan Francisco Escauriaza había tratado de disuadirle de contar la verdad. En todo caso, Tiburcio Acha, que venía por detrás de Margarita por la carretera aunque a bastante distancia, no se encontró a nadie; esto fue interpretado por el Fiscal como prueba de que el hombre misterioso no era un viandante que bajaba por la carretera sino que era el mismo Manterola al acecho de su víctima.

 

La acusación, ejercida por Gabriel Martínez de Aragón, también incidió en el testimonio de Manuel Ibarrola, argumentando que había confesado de manera particular a una hermana suya que aquella noche había reconocido a Manterola y que solo cuando la Guardia Civil le amenazó con encarcelarle como sospechoso se atrevió a revelar la verdad. Por otra parte, en cuanto a las pruebas realizadas, argumentó que en el lugar de los hechos, al haber llovido aquella noche, pudieron ver huellas de alpargata y pasos largos que corresponderían a un “hombrachón” como Manterola.

De todos modos, la acusación se centró sobre todo en el papel desempeñado en Achurra en todo ello, como testigo directo que habría sido de los hechos. El abogado coincidía con el sargento de la Guardia Civil en que Achurra había sido coaccionado en un momento dado para que cambiase su testimonio. En una visita ocular al lugar de los hechos que tuvo lugar el 11 de mayo de 1927 ante el juez Arrontes, el niñó describió los sitios y circunstancias en que tuvo lugar el crimen y lo hizo con exactitud, de acuerdo a los informes periciales. Sin embargo, un mes después, el 17 de junio, lo negó todo ante el juez y a partir de ahí afirmaría siempre que se lo había inventado todo. ¿Por qué? Porque el abogado defensor le visitó a espaldas de la autoridad judicial en el Asilo de Nanclares de la Oca. En el juicio, Achurra afirmó que nunca había visto al abogado de la acusación pero sí al defensor, a quien vio en “Cercagua”. Aragón descubrió que éste era el lugar en el que los niños asilados jugaban bajo la vigilancia del Hermando Adolfo Uriarte, que fue testigo en el juicio. Y allí habló con el niño antes de que fuera a declarar ante el Juez.

Gabriel Martínez de Aragón destacó también las coincidencias entre el testimonio inicial de Achurra y lo resultante del sumario. Por ejemplo, los peritos médicos concluyeron que la víctima recibió el primer golpe desde arriba y por la izquierda. Achurra, en la inspección ocular del 11 de mayo, señaló la pared a la que subió Josefa para dar el golpe, a la izquierda de la marcha que llevaba Margarita. El instrumento habría sido un martillo o picachón de cantero y Achurra dijo que vio a su abuela con un picachón.

Según la autopsia, la víctima tenía en la muñeca una impresión como producida por una uña, y Achurra dijo que Josefa, después de darle el golpe y como no caía de la burra, la agarró de las muñecas y la tiró al suelo.

El abogado acusador señaló también una contradicción que se hizo patente en el juicio: si Achurra, como dijo, solo pasó por la estrada donde Margarita fue asesinada cuando la Guardia Civil lo llevó al juzgado de Amurrio a declarar, ¿cómo fue capaz de señalar el sitio preciso donde apareció su cadáver en la vista ocular de mayo?

A pesar de todo ello, no se logró determinar de manera concluyente quién golpeó a la mujer ni quiénes habían participado directamente en el crimen. El sargento Carrión manejaba dos hipótesis: que Juan la golpeó primero y luego entre el y su madre la remataron en el suelo mientras Leandra se hacía cargo del burro; o que fueran las dos mujeres las agresoras mientras Juan se limitaba a vigilar y estar de refuerzo por si llegaba gente, dejándose ver por la carretera como coartada. El abogado dio por buenas estas conclusiones y finalizó su alegato con las siguientes palabras: “Es más noble que os lleve el recuerdo de la pobre Margarita, la honrada lechera de Goyénuri (sic), siempre trabajadora, siempre modesta, siempre sencilla y siempre asustada de algo que en un instante terrible cobró para ella espantosa realidad. ¡Con cuánta angustia saldrían de sus labios, hechos para besar a sus hijos con ternura, aquellos sollozos que desde las alturas de Elexagoiti escuchó su compañera Dolores Zaballa!”

 

Lamentablemente, la prensa no reprodujo el alegato de la defensa y se limitó a dibujar cuatro pinceladas de lo expuesto, ya que para cuando El Heraldo Alavés tuvo ocasión de publicarlo el tribunal ya había pronunciado su sentencia y carecía de interés.

En efecto, el 20 de diciembre a última hora de la tarde el tribunal condenó a Josefa Magrach y Juan Manterola, como autores de un delito de homicidio, a 15 años de reclusión y al pago de la mitad de los costes procesales, además de otras 20.000 pesetas en concepto de indemnización a los herederos de la víctima. Leandra Manterola fue absuelta, desconocemos por qué, y Juan Francisco Escauriaza también, como ya se sabía.

El 13 de enero de 1928 Josefa Magrach fue conducida a la Central de Mujeres de Alcalá de Henares y Juan Manterola al penal de El Dueso.

 

¿Hemos de dar por buena la versión aquí contada? ¿Fue así como sucedió? Al no haber confesión de ninguna clase ni testigos directos del crimen, siempre queda la duda de si la reconstrucción de los hechos realizada por aquellos hombres se ajustó totalmente a la verdad.

No cabe duda que hicieron lo que pudieron con los recursos a su alcance y desde luego el abogado acusador hiló muy fino a la hora de unir las coincidencias entre los informes periciales y las declaraciones de José Maria Achurra. Quizá de no haber sido por este niño el crimen hubiera quedado sin resolver, ya que por mucho que algunos sospecharan de los de Larrabe el crimen fue ejecutado de tal manera que dificilmente podrían haber encontrado las pruebas necesarias para imputarles. Quizá nunca se hubiera roto el miedo a hablar del crimen, el miedo a señalar a aquellos de quienes muchos sospechaban aunque las pesquisas fueran dirigidas hacia otro lugar, quizá deliberadamente.

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