El asesinato de Margarita Basaldua (IV)

 

 

La tercera jornada del juicio, el día 14, comenzó con el testimonio de Fabián Luis Vidal, habitante en “Ollacuri”, que se encontró a Manuel Ibarrola en la carretera la noche de autos, si bien protegido por un paraguas y con un cesto, lo que unido a la oscuridad del anochecer hizo que no lo reconociera.

A continuación compareció Dionisio Urquijo Garmendia que, recordemos, estaba casado con una hermana de la víctima aunque la relación del matrimonio fue descrita como “más bien fría”. En Laudio/Llodio se le tenía como el hombre mejor informado de los pormenores del crimen, aunque el no era de la misma opinión. En todo caso, en el juicio quedó patente que tenía conocimiento de todas las relaciones amorosas mencionadas así como del temor que sentía su cuñada. Sin embargo, es de reseñar que, a pesar de esa reputación como conocedor de los hechos, fue quien informó a la Guardia Civil de varios individuos que resultaron ser pistas equivocadas. Si lo hizo intencionadamente por su amistad con Juan Manterola o simplemente se equivocó es algo que no llegaremos a saber. En todo caso, no deja de ser llamativo que, tras el crimen, Dionisio prohibiera a su mujer ir de visita a Goiri. Dolores Basaldua por su parte declaró que su hermana se hacía acompañar por miedo a Josefa la de Larrabe; y que éstos se rieron de ella después del crimen.

 

Pero sin duda la declaración estrella, y punto de vital importancia para el juicio, fue la ofrecida por el problemático y analfabeto José Maria Achurra, que ofreció un testimonio altamente contradictorio y confuso. Achurra era un hijo natural de una mujer que contrajo matrimonio con Felipe Urquijo y luego murió. Felipe se casó en segundas nupcias con Timotea Manterola y residían en Anuncibay. Al parecer fue el poco cariño que la mujer tenía hacia el chico lo que los llevó a enviarlo como criado con los padres de ella en Larrabe.

Dado que su declaración fue una constante contradicción y una sucesión de imprecisiones, hasta el punto de interrumpirse el juicio por sus lloros, es necesario señalar aquí las peripecias del muchacho de 13 años, testigo directo de los hechos, los días siguientes al crimen y el por qué de los tumbos y bandazos de su declaración el día del juicio.

Ocurrió que unos días después del crimen apareció una cerda herida en Goiri y la Guardia Civil se puso manos a la obra para averiguar al responsable. En el transcurso de la investigación los guardias interrogaron a Juan Manterola y a Achurra. Lo que declaró ante el teniente no debió ser del gusto de sus amos, ya que Toribia le pegó y el niño, por miedo, huyó al monte. Allí se encontró con “Polido”, pastor como el, a quien contó su historia. Luego hizo lo propio con Alfredo Hermosilla. El niño fue interrogado después hasta una decena de veces, y siempre mantuvo la misma versión hasta que en el juicio contó una historia bien diferente, pero con muchos agujeros que no supo completar.

De este modo, Jesús Carrión, sargento de la Guardia Civil del puesto de Laudio/Llodio, llevó a Achurra en tren a Amurrio después de su declaración y le creyó: consideraba que un crío tan voluble y travieso no pudo haberse inventado semejante historia y ratificarla tan determinantemente, y si había cambiado su testimonio en el juicio seguramente sería por coacciones.

El día 14 en el juicio contó que huyó de casa porque había mentido al teniente y que la historia que luego contó a Polido y Hermosilla era una mentira que se había inventado aunque más tarde afirmó que acusó a sus amos por presiones de los guardias y del juez municipal. Afirmaba haber mentido porque desconocía que había un Dios y un cielo para los buenos y un infierno para los malos, pero ya lo había aprendido ya que recientemente le habían enseñado Doctrina. Según esta nueva versión que declaró entre continuas inconsistencias, no se enteró del crimen hasta el día siguiente a las 7 de la mañana cuando Juana la de Gorostiza se lo contó a Josefa, lo cual contradice lo que ésta declaró al respecto. Hubo muchas preguntas que no supo contestar ni logró precisar algunas cuestiones. Por ejemplo, preguntado si sabía euskera, dijo “no se. Poco”, aunque Josefa había declarado que sí sabía. Tampoco contestó claramente sobre si había oido a Juan relatar el crimen a su madre.

 

Alfredo Hermosilla, a quien Achurra nombra como “Morcilla”, era un hospiciano de 16 años acogido en Gorostiza que ratificó la versión de la defensa, lo cual lo llevó a incurrir en contradicción: dijo que vio a Manterola llegar a la casa pero en su primera declaración afirmó que estaba en el monte, y no supo aclarar este extremo. Afirmó que no tuvo noticia del crimen hasta el día siguiente a las 8.30 o 9 de la mañana por medio del hijo de Arbide. Días después, se encontró con Achurra en “Las tres cruces” pero no recordaba de qué hablaron y le instó a volver a casa porque sabía que estaba escapado. No sin incoherencias, afirmó que su primera declaración fue hecha bajo presiones de la Guardia Civil, cuyo sargento le golpeó. Esto lo negó Martín Bengoa, de 26 años y también vecino de Goienuri, que asistió al interrogatorio.

Según Hermosilla, Román Larrinaga “Polido” era un tonto y un borracho y nunca había estado con el. La acusación de borracho no era gratuita, ya que en el juicio los médicos de la localidad lo definieron como un “degenerado hereditario alcohólico” y “anormal parcial”, pero capaz de “coordinar bastante bien” cuando no estaba bajo los efectos del alcohol. Descrito como un personaje pintoresco y con una pronunciación dificultosa que complicaba el entenderle, ratificó su versión de que Achurra le dio noticia del asesinato.

 

Después fue el turno de los Urquijo de Goiri-beitia. El padre, Bernabé Urquijo Garrastachu, afirmó que hacía unos 20 años que había enfriado sus relaciones con los de Larrabe, con quienes había trabajado un calero, por creer que le habían matado un carnero. Recientemente había abandonado su casa al quedarse solo –tras la marcha de su hijo- y, según el, por querer evitar compromisos con los Manterola, a quienes tenía por gente fuerte y de valor, tanto los hombres como las mujeres, a quienes consideraba varoniles y más temibles. En su opinión, Josefa era una mujer fuerte “para agarrarle a el y llevarle debajo del sobaco”.

Por su parte, Eustaquio contó que veía a Toribia 4 o 5 veces al día para luego estar una semana sin verse. Afirmaba que fue el quien rompió la relación pero ya anteriormente había pedido a Manuel Larrazabal ver a Prudencia, por lo que confirmó lo dicho por varios testigos en el sentido de que comenzó una relación antes de finalizar la anterior. También contó que Dolores Basaldua –que, recordemos, estaba casada con Dionisio Urquijo, en buenas relaciones con los acusados- le había acontado que los de Larrabe estaban enterados de la reunión que iba a tener lugar el día de San Antonio para concertar su boda.

Finalmente, también declaró su hermano Fernando (1882), que fue avisado por Juan Zaballa Fica la misma noche del suceso, pero dijo desconocer las relaciones en que estaba inmerso su hermano, en otra muestra más de la desestructuración de la familia de Goiri-beitia.

Finalmente, el “investigador” Ordeñana afirmó que había una “losa sepulcral” que impedía conocer a los autores y, según la prensa, “todas sus antiguas energías por aclarar el asunto parecen haberse acabado”.

 

La sesión del día 15 de diciembre se inició con la declaración de Gregorio Zaballa, hermano de Dolores, que se encontraba en Barcelona el día de autos pero que fue testigo de los palos de ciego de Ordeñana con el chico de Lezama. Además contó que había escuchado a Josefa comentar, al respecto de Manuel, que a hombres como ese había que pasar a cuchillo.

Por su parte, Saturnino Urquijo, de tan solo 18 años, tuvo un careo con Juan Francisco Escauriaza porque declaró que éste le había asegurado que Manterola se fue de su casa a las 9.30 de la noche el día de autos, en vez de a las 11 como declaraban los acusados y sus cómplices. Cuando Escauriaza le recriminó haber mentido, el joven Saturnino le dijo: “Yo digo la verdad en todas partes”.

A continuación, el sargento Carrión ofreció una declaración larga, detallada y mesurada en la que trató sobre todo de los pormenores de la investigación, ya relatados, y de sus impresiones sobre Achurra. Consideraba que la opinión pública de la localidad señalaba como culpables a los procesados pero los testigos no se mojaban más por miedo, vistos los antecedentes.

En esta sesión se introdujo una de las supuestas pruebas de la culpabilidad de los acusados, a saber: dos conversaciones distintas en las que Toribia y Timotea Manterola habrían revelado la implicación de su familia en el crimen. La primera de ellas habría tenido lugar el 31 de julio, dos días después de la declaración de Polido y Achurra, cuando Toribia fue a casa de su hermana Timotea en Anuncibay. Resulta que su vivienda estaba separada de la contigua únicamente por un tabique, presuntamente roto, motivo por el cual la adolescente Maria Ayesta habría escuchado a Toribia decir lo siguiente: “Estamos perdidos, el chico ha declarado todo”. En cualquier caso, la pared fue arreglada antes de la visita ocular realizada por las autoridades que investigaban el crimen, como dijo la propia niña.

Más tarde, y cuando ya Felipe Urquijo, marido de Timotea, había sido puesto en libertad, aquella se encontró con Juana Madariaga Ugarte, molinera de 27 años, a quien la prensa definió como una persona “muy suelta”. Juana aseguró ante el tribunal que Timotea le había dicho llorosa “más valía comer pan de maíz con la familia y en paz” y “¡Cómo habrá hecho eso mi madre! Si yo hubiese sido mi hermana, la hubiese aconsejado de otra manera, viendo lo que podía venir detrás”. Su marido Juan José Orue presenció la conversación y afirmaba haberle oído decir también “eso de matar….¡cómo se le habrá hecho mi madre eso!”. Sin embargo, su esposa negaba que Timotea dijera tal cosa sino que fue ella misma la que dijo que “eso de matar es muy duro”.

Felipe Urquijo, padre adoptivo de Achurra, aseguraba que no se podía escuchar en la casa contigua lo que decían en la suya, y en términos generales trató de exculpar a su mujer de todo detalle que la pudiera comprometer en el caso.

Toribia Manterola, sin embargo, no hizo alusiones a estas conversaciones en su declaración. Al igual que su madre y su hermano, trató de relativizar la enemistad con los de Goiri diciendo que no era cosa grave, que hablaban si era necesario, y aportando el detalle de que Margarita en una ocasión montó en su burra a una hija de Leandra. Toribia negó que la difunta, a quien consideraba buena persona, hubiera intervenido para nada en sus relaciones con Eustaquio Urquijo, a quien ella había dejado –como hemos dicho, el interesado mantenía la postura contraria-. Añadió que, en el momento del crimen, ya tenía otro novio, según ella, para su desgracia. Pero negó que Eustaquio tuviera relación alguna con Prudencia, negando así la evidencia. En todo caso, Toribia afirmó que el día de autos estuvo en Miraballes y solo se enteró del suceso al volver al día siguiente, lo cual fue comprobado y confirmado por la Guardia Civil. Además, dijo que fue acompañada por José Zaballa Fica porque tenía miedo y éste le habría pedido que no lo contase. Sin embargo, el día anterior José había declarado que, efectivamente, “una noche” había acompañado a Leandra porque dijo tener miedo, pero lo creía fingido –aunque se contradice, porque después comenta que sí tenía miedo de pasar por el lugar del crimen- y que fue ella quien le pidió que no contara nada.

Esta sesión finalizó con la declaración de otros testigos que no aportaron demasiados datos. Aurelio Hernando dijo que fue el quien envió a su mujer Leandra a Larrabe y que solo tuvo noticia del crimen por la prensa; Miguel Manterola, hermano de Juan y preso por hurto, estaba en la mili cuando ocurrió pero afirmaba que Manuel Ibarrola le había asegurado que no reconoció al hombre que se cruzó en la carretera aquella noche.

 

La última sesión del juicio tuvo lugar por la mañana del día 16, en la que continuó el desfile de testigos. El testimonio más interesante fue el de Teodoro Ayesta, vecino de Anuncibay. Al igual que su convecino Felipe, mantuvo que no se podía escuchar en una casa lo que se hablaba en la otra, a pesar de lo cual su hija ratificó haber escuchado esa conversación. Por otra parte, afirmó que Manuel Larrazabal le había hecho ciertos ofrecimientos para que contase la dicha conversación, pero no se ahondó más en esta cuestión.

Dorotea Yarritu Uretabuena (Lekamaña, 1891) frecuentaba Larrabe y los tenía en buen concepto, por lo que no es de extrañar que tratase de culpar a Eustaquio Zaballa y afirmó incluso que Margarita les tenía miedo; sobra decir que esto contradecía todos los testimonios anteriores y carecía de sentido alguno.

Florentina Uribarri Ureta, madre de la difunta, que necesito intérprete por desconocer el castellano, negó que Manuel le hubiera escrito una carta pidiendo dinero tras el crimen, bulo al que habían aludido ya algunos testigos. Y finalmente Luis Orue y Francisco Murga hablaron de un mendigo que vieron aquel día por la carretera y del que también se sospechó pero del que nada se logró saber en las horas siguientes al crimen.

 

Quinta Parte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s