Noche de ronda con consecuencias inesperadas. Orduña, 1824.

 

 

 

 

Año Nuevo del año 1824.

Los vecinos de la ciudad de Orduña disfrutaban del día festivo como mejor podían, acudiendo a los actos religiosos, reuniéndose con la familia y amigos, y no pocos optaron por pasar la tarde-noche de taberna en taberna. Nada nuevo bajo el sol, pues. Concretamente, la taberna que el zapatero Manuel de Larrondo tenía en su casa, situada en la parte baja de la calle Francos, fue el punto en el que coincidieron cinco individuos, cuatro de los cuales darían con sus huesos en la cárcel antes de que terminara la noche.

Algunos de ellos habían estado rezando el rosario en la parroquia de San Juan. Es el caso de Francisco de Marfagón Ortega, que era natural de Bueña “en el partido de Teruel del Reyno de Aragon” y estaba casado con María de la Torre Orruño. Era un joven esquilador de unos veinticinco años que vivía con su familia política y poco más tenía que lo que llevaba puesto. También estuvo Juan de Picaza Echevarria, natural de Orozko, casado en la ciudad con Ramona de Ulibarri Coloma, maestro cubero de treinta y nueve años de edad y vecino al final de la calle Orruño.

Debían ser amigos a pesar de la diferencia de edad entre ambos, ya que, tras el acto religioso, estuvieron sentados cerca de la casa del cirujano Eugenio Torrecilla, en la bocacalle de la dicha calle Orruño. Los dos amigos decidieron dar un paseo a caballo, de manera que Picaza en su propia cabalgadura y Marfagón en la de su cuñado pusieron rumbo a la “venta titulada de Mendichueta” en Saratxo. A medio camino adelantaron a un hombre que iba caminando. Era Gerónimo de Garay Aranburu, labrador de cuarenta y cuatro años, casado con Estéfana de Gabiña, nacida en Saratxo, y vecino en la calle Francos. Los tres se juntaron ya en la cocina de la venta y “tomaron una refaccion de vino y un poco de carne q habia llevado dicho Geronimo”. Al anochecer, sobre las seis de la tarde, Garay y Picaza volvieron juntos en el mismo caballo, y Marfagón lo hizo algo más tarde en el de su cuñado, llegando a la ciudad después de anochecido. Garay se apeó en su casa y Picaza fue a dejar el caballo en su establo. Pero Garay debía tener ganas de más porque seguidamente fue a casa de Picaza y le propuso ir a tomar media azumbre –un litro- de chacolí a la casa taberna de Larrondo que, como hemos dicho, estaba en la misma calle en la que Picaza tenía su domicilio.

Aunque de manera independiente a los anteriores, similar recorrido realizó Domingo de Aguirre Ahedo, labrador de treinta y cuatro años natural de Gordejuela, casado en la ciudad con Brígida de Secada Revilla y vecino también de la calle Francos. Domingo había rezado el rosario en la iglesia de San Juan pero después pasó por su casa para coger un mendrugo de pan. Aguirre salió de la ciudad por el Camino Real en dirección al “puente titulado nuevo que esta en el prado llamado de San Bartolome”. Resulta que, en un agujero de una pared próxima al puente, había escondido una bayoneta inglesa en julio de 1822 y quería recogerla para dársela a José de Marubay, que hacía tiempo se la había pedido porque le venía bien para el fusil inglés que tenía para su oficio de la Guardia de la ciudad. A pesar del año y medio que había transcurrido, la bayoneta aún estaba allí y Domingo la introdujo en la manga suelta del lado izquierdo del capote de paño pardo que llevaba puesto.

El puente pillaba de paso para la venta de Menditxueta, a donde fue, pero no estuvo con los anteriormente mencionados sino con otros orduñeses, concretamente con Manuel de Ugarte, Agustín Fernández y Luis de Izarra “por mote pelandina”. Ellos mismos aseguran que la venta estaba muy concurrida aquella tarde. La costumbre de los orduñeses de ir a beber o comprar vino en Menditxueta, donde era más barato, era ya secular y fuente de conflictos entre Ayala y Orduña. Pero esa es otra historia. Por el momento, Aguirre y sus compadres estuvieron dándole al clarete aquella tarde y, al toque de oración, salieron de vuelta para Orduña, si bien parece que Ugarte regresó un poco antes. Sobre las seis y media de la tarde, Aguirre llegó a su casa, cenó con su mujer y su familia y bajó a la cercana taberna de Larrondo para echar un trago de chacolí. Allí se juntó a Andrés de Vadillo, a quien llamaban “Medina”, Pedro de Iturricha y Pedro de Ogazon.

Por su parte, Manuel de Aldama Olabarrieta, albañil de cuarenta y un años natural de Menagarai, estaba casado con su paisana Juana de Echavarri La Cuadra y vivía en la calle Orruño. Por cierto, que Juana moriría en el transcurso de ese año, ya que Manuel se casó en diciembre con María de Oquendo, con quien vivía en la calle Cantarranas al año siguiente. Pero lo que ahora nos importa es que, sobre las tres de la tarde de aquel 1 de enero de 1824, Manuel fue “para la venta que de nueba planta esta construiendo en el lugar de tertanga (…) Thomas de Murga” para ajustar con el la obra de albañilería de la cocina y otro agregado a ella; y luego fue allí también otro maestro albañil, Pedro de La Encina. Después de ajustarse y de “echar un trago amigablemente en dicha casa de Murga, en la que se bende bino clarete de la Rioxa”, sobre las cinco de la tarde marcharon los dos a casa de La Encina “que la tiene en la Calle titulada de cantarranas” y no fue hasta las ocho y media aproximadamente que salió de casa de su colega para dirigirse a la suya. Este fue su trayecto: “por bajo de los Astiales de entre cantarranas, Calle nueba, Calle Burgos y por el arqueado de la Parroquia de San Juan el Real siguiendo por los Astiales del peso real, los de entre calle medio y Calle Yerro”. Algo que queda bastante claro en la documentación del caso es que la gente no cruzaba la plaza de noche, sino que iban por los hastiales aunque para ello tuvieran que rodearla por completo.

Aproximadamente bajo el portegado de la Casa Consistorial, Aldama se encontró con el regidor Jose de Pereda, vigilante nocturno por encargo del alcalde, quien le dijo que ya era hora de que se retirase a su casa. Le respondió que así lo haría. Pero nada más lejos de la realidad. En la bocacalle de Francos, se encontró a Marfagón y ambos fueron a echar un cuartillo –medio litro- de chacolí a la casa de Larrondo. En la portalada estaban Picaza y Garay “echando un trago” y los dos hombres se unieron a ellos con su propia consumición.

¿Qué había sido de Marfagón en el rato transcurrido entre su regreso de Menditxueta y su encuentro con Aldama? Primero, fue a su domicilio a dejar el caballo y cenar con su familia. A continuación, salió hacia la casa mesón de Manuela de Jocano en la calle Nueva. Era viuda de Ciriaco de Izarra y la casualidad es que, al igual que Aldama, se casó en segundas nupcias en diciembre de 1824, en su caso con Valerio de Samaniego. Marfagón dirá en el futuro que fue a este lugar buscando alguna caballería que esquilar y así ganar jornal. Lo cierto es que entabló conversación con el criado Vicente de Izarra, a quien pidió una bayoneta que días antes le había ofrecido. Vicente había encontrado la bayoneta tiempo atrás entre la paja de la casa y, al parecer, Marfagón la quería por no tener otra para el fusil que le habían entregado como individuo de la Guardia. Es curioso –o no- que tanto el como Aguirre se hicieran con una bayoneta ese mismo día y por idéntico motivo.

Aquí se produce una divergencia respecto a la declaración de Aldama. Éste dijo que se encontró a Marfagón en la bocacalle de Francos y bajaron a la taberna de Larrondo. Sin embargo, el aragonés declaró que fueron a la casa de Rafael de Aldama en la entrada de la calle Medio a echar un trago de aguardiente. Y lo cierto es que Juana de Polanco, la mujer de Rafael, ratificó que ambos estuvieron en la portalada interior de su casa y que Aldama bebió cuatro cuartos de aguardiente y Marfagón como un vaso de vino rancio. Este pasaje le viene ni que pintado a Marfagón porque afirmó que se encontraron con Picaza, Aguirre y Garay en la bocacalle de Francos y que nunca llegó a estar en la taberna de Larrondo. A pesar de tener numerosos testimonios en contra, Marfagón se ratificó en esta sucesión de los hechos hasta en cuatro ocasiones. ¿Por qué Marfagón insistió tanto en negar su presencia en la taberna de Larrondo si nada malo ocurrió allí? ¿Por qué Aldama omitió haber pasado por la taberna de Polanco? ¿Hay algún motivo para que Juana mintiera y encubriera a Marfagón? Ninguna respuesta podemos dar a estas preguntas a partir de la documentación producida en el caso. Pero lo que está bastante claro es que Marfagón mintió.

 

Sabemos también sin ninguna duda que, a eso de las nueve de la noche, el regidor Pereda se presentó en la taberna de Larrondo para despachar al personal a sus respectivas casas. Poco después llegó el alguacil José de Marubay con el mismo fin. Recordemos que éste es quien había pedido a Aguirre la bayoneta que tenía escondida. El caso es que las autoridades cerraron el chiringuito y Marfagón, Aldama, Garay, Picaza y Aguirre, que no habían estado juntos, se encontraron en la calle. Resistiéndose a la idea de dar por finiquitada la jornada, alguno tuvo la sempiterna clarividencia de buscar un garito donde poder echar la espuela, pues “no hera tan tarde para aquel fin”, de manera que pusieron rumbo a la casa del cirujano Genaro Gutiérrez, ayalés natural de Lujo, que traía y vendía aguardiente en su domicilio situado al final de la calle Burgos. A pesar de que, como hemos visto, los susodichos vivían en esa misma calle o en la de Orruño, las ganas de seguir pimplando superaban con mucho las de acostarse y allí que se fueron.

Siguiendo con la que parece ser arraigada costumbre de no cruzar la plaza de noche, los cinco individuos fueron por detrás de la Aduana y por la calle Cantarranas hasta la casa del cirujano, que estaba cerrada. Los abastecedores de vino y aguardiente no solo hacían que su casa funcionase a modo de tasca mientras durase su obligación contractual sino que vendían el morapio a los vecinos en diversas cantidades para que lo llevaran a su casa. Y, en ocasiones, esto podía ocurrir a cualquier hora, por mucho que habitualmente las ordenanzas locales lo prohibieran. Es así que se entiende que nuestros protagonistas llamasen a la puerta y la sirvienta Ramona de Oquendo les atendiera. Según su testimonio, reconoció las voces de Marfagón y Aldama, les entregó el aguardiente por un postigo de la puerta principal sin abrirla, lo bebieron y ambos pagaron. No vio en ningún momento a los otros tres, pero por allí debían de estar. No descartamos que Oquendo dijera esto para evitar algún tipo de reprimenda por atender a esas horas, ya que de los testimonios de los hombres se puede concluir que estuvieron dentro de la casa. Por otro lado, Marfagón aseguraría que no bebió nada porque ya había tomado en la casa de Rafael de Aldama. Otra mentira.

A partir de aquí, bien sea porque el alcohol hizo mella en sus recuerdos, bien por limpiarse las manos del suceso que estaba próximo a ocurrir, las versiones de los cinco hombres comienzan a diferir cada vez más. Dentro o fuera, el paso por la casa de Gutiérrez fue rápido, lo justo para echar el último pelotazo. Quizá no eran más de las nueve y media de la noche cuando marcharon de allí. Subiendo por la calle Burgos hacia la plaza, se produjo un rifirrafe típico de ebrios cuando Aldama resbaló y cayó al suelo, culpando a Picaza de haberle empujado. Que si te has caído tu solo, que si me has empujado, los otros tres iban por delante y Marfagón se dio la vuelta para regañarles y decirles que no metieran bulla. Picaza contestó que no lo hacían y que para aquella disputa no necesitaban quien la decidiese y que así podía llevar su camino. Según éstos, este suceso ocurrió en los soportales de la iglesia de San Juan. Según Marfagón y Garay, en las últimas casas de la calle Burgos, a la altura de la casa del maestro de obra prima Fernando de Gardeazabal.

 

Precisamente allí se encontraban amigablemente reunidas algunas personas unidas por lazos familiares y de amistad. Ventura de Marubay Quintana era natural de la misma ciudad, tenía cincuenta y tres años, estaba casado y vivía en esa misma calle. Era hermano del alguacil ya mencionado, con quien además compartía casa. Sobre las ocho de la noche había ido a casa de su vecino y amigo “con el fin de pasar un tanto de combersacion amigable según en otras ocasiones lo habia echo”. Allí estaban Gardeazabal, su mujer, su hermana María Antonia, Antonio de Salaberri y algunos criados de la casa.

Era ya bastante tarde, sobre las once u once y media, cuando María Antonia decidió regresar a su casa, situada en la parte baja de la calle Vieja. Ventura y Salaberri también salieron para sus respectivos domicilios no sin antes ofrecerse a acompañar a la mujer, como también lo hizo su hermano. Fueron por los arcos de la iglesia, el Peso Real, los portales de calle Medio y Yerro hasta la entrada de Calle Vieja. Salaberri portaba un farol con dos luces. En ese punto, fueron recibidos con una lluvia de piedras. Pero existen contradicciones en torno a este suceso. El propio Ventura narra los hechos tal y como lo hemos hecho nosotros: salieron de casa, fueron por los hastiales y al llegar al portegado de la casa consistorial comenzaron a recibir pedradas. Pero no es cierto, ya que esto ocurrió después de dejar a María Antonia en su casa y volver a subir por calle Vieja. Así lo afirma directamente Salaberri y así se explica que la mujer ni siquiera fuese llamada a declarar: no presenció los hechos.

Entonces, ¿qué hicieron los otros cinco en ese lapso de tiempo de una hora u hora y media que debió transcurrir desde que marcharon de casa de Gutiérrez hasta que ocurrió la agresión? Según Garay, cuyo testimonio fue considerado como fidedigno por los tribunales, fueron todos juntos desde la dicha casa hasta la casa consistorial, donde estuvieron de palique durante bastante rato sin que pudiera precisar si fue media o una hora. Cuando vio que por los hastiales venían tres o cuatro personas, una de ellas con un farol “bastante crecido con luz encendida dentro”, les dijo a los cuatro “muchachos vamos a casa q ya es hora” y habiéndole contestado que aguardase, marchó “sin mas detencion” para su casa. Este relato es el único plausible desde el punto de vista temporal, ya que todos los demás no solo contaron cosas diferentes sino que narran el apedreamiento como un suceso que ocurrió de manera inmediata a su llegada al entorno de la plaza.

Según Picaza y Aldama, después de su rifirrafe, seguramente con ánimo de atajar por haberse quedado rezagados respecto a los otros tres, cruzaron por el medio de la plaza hasta la casa en que habitaba Pablo Ximénez, y que era propiedad de Cayetano de Palacio, entre las calles Francos y Orruño. Sin embargo, Marfagón declaró que fueron Aldama y el quienes hicieron dicho recorrido. Picaza aseguró haber visto una luz que subía por la calle Vieja cuando iba con Aldama hacia la casa de Ximénez cruzando la plaza; es decir, al de nada de salir de la casa de Gutiérrez.

Ventura de Marubay declaró que al pasar por la bocacalle de Vieja advirtieron que algunas personas les estaban lanzando piedras desde los hastiales de la calle Francos. Creyendo que presentándose como oficial de la Guardia cesarían el ataque, se dirigió hacia ellos y debajo de la casa que habitaba Ximénez se encontró con los cuatro hombres que ya conocemos y les dijo “modosamente” que no tenían motivo para tirar piedras y que se comportasen, pero le contestaron con desprecio y amenazas. Acto seguido uno de los hombres –creía que fue Marfagón pero no lo aseguró- le agredió con una bayoneta en el costado derecho. Pensó que era una herida mortal y así lo dijo, y al ver que se desmayaba pidió a Picaza que le acompañase a casa. Y éste así lo hizo. Ni siquiera la urgencia de las circunstancias le hicieron cruzar por la plaza, sino que fueron bajo los hastiales hasta la iglesia de San Juan, donde el hombre se excusó por temor de que le encontraran los otros tres. Entonces apareció la mujer de Gardeazabal y Ventura fue socorrido en sus metros finales por Salaberri y por Pedro de Gabiña.

¿Qué fue de los acompañantes de Marubay? Cuando éste se adelantó para reconvenir a los agresores, Antonio de Salaberri Iradier, gasteiztarra de veintiún años, le siguió a escasos metros. Pero su testimonio no es del todo coincidente con el del herido, ya que aseguró haber encontrado a Picaza, sin capote ni arma alguna, en uno de los pilares bajo la casa mesón de Ignacia de Urruela, viuda de Manuel de Ballejuelo, que se corresponde con la casa de los Díaz Pimienta. Cruzaron algunas palabras entre ellos, pero al de poco oyó que Ventura caía a tierra suspirando y “diciendo herido soy de una puñalada”. Salaberri no pudo decir quién fue el autor de la agresión, ya que la noche era bastante oscura y el farol se lo había quedado Gardeazabal. La reacción del mozo fue un poco extraña, ya que en vez de ayudar al hombre fue a toda prisa a casa de Gardeazabal para “proporcionar medio” de recogerle a Ventura y ver qué había que hacer. Pero resulta que Gardeazabal no estaba en su casa. Así que Salaberri halló a Ventura ya cerca de la casa de éste y pidió ayuda a Gabiña para llevarlo a casa y dejarlo en la cama. Gabiña regresaba de pasar un “rato de conversación amigable” en casa de Clemente Sancho hacia el final de la calle Burgos, y era empleado de la Aduana.

¿Dónde estaba, pues, Fernando de Gardeazabal? En el mismo momento en que comenzaban a caerles piedras de buen tamaño, se había encontrado con Baldomero de Galíndez en el portegado de la casa consistorial. Ambos se refugiaron dentro de la casa mesón de Ignacia de Urruela. Esto no tiene sentido alguno, ya que si estaban bajo la casa consistorial habría bastado con huir en cualquier otra dirección excepto en la que tomaron. Creemos que, en realidad, debieron encontrarse en la bocacalle o en los mismos hastiales de la casa mesón, y por ello optaron por entrar en este lugar, que era a donde se dirigía Galíndez para cumplir un encargo del Comandante de la Guardia.

Se comenta que alguna piedra impactó contra la puerta principal de la casa, que cerraron tras entrar. Allí estaban Juana de Urruela, Eusebio de Laiseca y María Ortiz de Salazar. Juana subió a los dos hombres al entresuelo, que tenía una ventana que daba al hastial, y la mujer vio a Marubay ir de pilar en pilar diciendo “hixos mios no tireis pedradas”. Gardeazabal no mencionó nada de esto, solo que oyó decir “darles que son negros y matarlos”. Sabemos que “negros” era como llamaban los tradicionalistas -posteriormente los carlistas- a los liberales, bajo el supuesto de que tenían el alma negra. Según Juana, sobrina de la dueña del mesón, habría reconocido las voces de Marfagón y Picaza pronunciando expresiones ofensivas, y después oyó a Marubay llamar a Fernando con voz bastante lastimosa. Según Salazar, decía “Fernando ven acá”. Entonces, Gardeazabal y Galindez, con cuidado y temor, partieron con el farol a buscarle por los hastiales entre las calles Francos y Orruño. A la altura de la casa de Juan Francisco de Bárcena, encontraron a Marfagón, al que preguntaron por el paradero de Marubay, y les respondió con desprecio. Al ver que tras los pilares de la casa había varios bultos de personas que no pudo distinguir, temiendo que aquello terminase mal se fueron a su casa, a donde llegaron a tiempo para ver en la puerta principal a Marubay con la mujer de Gardeazabal.

 

Ahora es momento de ver los argumentos esgrimidos por los acusados. Según Picaza, cuando llegó con Aldama bajo la casa que habitaba Ximénez oyó una voz procedente de los hastiales bajo la casa mesón que dijo “joder a un negro”, y creía que había sido Marfagón. Poco después escuchó otra voz que procedía más o menos de la bocacalle de Francos, y creía que era Ventura “que dijo claramente que mal e echo a Vms”. Picaza habría ido en su busca y lo halló de pie, hacia mitad de los hastiales bajo el mesón, y le dijo que le habían herido y le pidió por Dios que le acompañase a su casa. Como sabemos, así lo hizo. Según sus propias palabras, no lo acompañó más porque creyó que si lo encontraba la Guardia de Honor lo apresarían juzgándole autor de la herida y porque no quería encontrarse con los verdaderos autores. Recordemos, sin embargo, que Salaberri aseguró haberlo visto en uno de los pilares del mesón. Picaza lo negó, así como negó haber dicho las expresiones ofensivas que se le atribuían.

Aldama, que al parecer iba bastante perjudicado, dijo que se recostó pegante a la casa contigua que habitaba Ximénez y al de poco tiempo “al parecer del declarante porque se hallaba turbado de sentido a causa de haberle ofendido un cigarro que acababa de fumar”, como entresueño (sic) oyó voces y un ruido y una persona que “en alta boz y mui clara dijo joderle a un negro”. Creía que fue Marfagón. Presa de este presunto blancón, Aldama se largó hacia su domicilio de la calle Orruño y se durmió hasta que, “siendo hora de la repetida noche que no pudo adbertir por la turbacion de su cabeza qual fuese”, su mujer le despertó porque se lo iban a llevar detenido.

Nada en particular se ha dicho de Aguirre hasta ahora. Su declaración no tiene desperdicio. Aseguraba el encartado que, después de echar la última en casa de Gutiérrez, fue por los hastiales hasta llegar a la entrada de calle Francos, yéndose derechito a su casa. Pero al de un rato notó que le faltaba el ceñidor que había vestido ese día y pensó que se le había caído detrás de la Aduana “en sazón de haber soltado los calzones para hacer una necesidad maior”, de modo que fue para allí y “bolbiendo al parage donde habia echo su necesidad hallo alli dicho ceñidor”. De regreso para su casa, se encontró con Marfagón junto a la casa del cirujano Torrecilla, que estaba pegante a la bocacalle de Orruño. Éste le propuso ir a ver quién o quiénes iban con un farol por los hastiales entre las calles Medio y Yerro y convino en hacerlo por mera curiosidad, de manera que al llegar se encontraron no con los agredidos……sino con el Comandante de la Guardia. A este encuentro regresaremos en breve. Baste señalar por el momento que Aguirre aprovechó este escatológico pasaje para negar su presencia en el lugar de los hechos ni siquiera de manera circunstancial.

Por su parte, Marfagón había suplantado a Picaza en su papel de acompañante de Aldama hasta la bocacalle de Orruño. Situado en ese lugar, afirmaba haber oído ruido de pedradas y haber distinguido bultos de personas en los hastiales entre Orruño y Francos, unos arrimados a los pilares y otros junto a las tiendas. Marfagón siempre dio a entender que allí había habido muchas personas. Avanzó hacia la casa de Torrecilla y allí se habría encontrado con Salaberri, quien le preguntó qué hacía allí y quiénes eran aquellas personas. Le respondió que no sabía, que solo veía uno de sombrero blanco que podía ser el Comandante de la Guardia, y Salaberri fue a donde el. Recordemos que Salaberri solo dijo haberse encontrado con Picaza, en ningún momento con Marfagón. Nadie aludió a persona alguna con sombrero blanco. En su línea.

El declarante aseguró que, después de esta conversación, regresó a donde estaba Aldama, llegando después Aguirre y posteriormente Picaza. Éste y Aldama se fueron a sus casas. No había visto a Garay desde que se desviara al salir de la calle Burgos, de modo que aquí contradijo nuevamente las declaraciones de sus compañeros. Además, Garay vivía en la calle Francos, de modo que no tenía ningún motivo para haber tomado un rumbo diferente cuando regresaban de la casa de Gutiérrez. Sin embargo, y tras mucho insistir los interrogadores en sus contradicciones, terminó por señalar que sí, que habían estado los cinco cerca de la bocacalle de Orruño: Aldama y él en este mismo lugar, Picaza y Aguirre hacia medio hastial y Garay cerca de la tienda de Agustín de Aranguren; y que entonces llegó Marubay y les dijo que se fueran a sus casas, a ellos y a esas otras personas misterioras que estaban detrás de los pilares y de las que nada se supo –probablemente porque no existieron-.

 

Las pesquisas para tratar de arrojar un poco de luz sobre el incidente no resultaron muy fructíferas. Algunos de los vecinos más cercanos al lugar de los hechos oyeron ruido pero, al ser día festivo, pensaron que era gente divirtiéndose –a pesar de las horas que eran ya-. Otros, como Matías Juan de Angulo, no se enteraron de nada, en su caso por haber regresado de viaje y estar agotado. El testimonio más interesante puede ser el de Ramón de Madariaga, que vivía en la segunda puerta de la calle Vieja. Ramón se asomó a la ventana hacia las nueve y media o diez de la noche y oyó voces en la plaza, entre ellas alguna que dijo tres veces en voz muy alta “biba la constitucion”. Con el Trienio Liberal recientemente abortado por la restauración absolutista de Fernando VII, en la que tomó parte de manera muy activa el vecindario orduñés, la perspectiva de hallarnos en este caso con un trasfondo político nos resultaba sumamente atractiva. Sin embargo, nada más se supo de esto. Nadie más pareció oírlo.

Digno de mención fue también la declaración de Martín de Mendieta, natural de Lezama y criado en la citada casa mesón. Según sus palabras, sobre las siete y media de la tarde, en medio de la escalera principal de la casa, Francisco de Marfagón expresó que llevaba una bayoneta francesa, la enseñó y dijo que buscaba “algun negro” para matarle pero no lo había encontrado. Juan de Arenas habría sido testigo de la conversación y, en efecto, ratificó que el encuentro se había producido, pero no recordaba qué dijo exactamente Marfagón de la bayoneta.

 

Después de dejar a Ventura en su casa, Gardeazabal y Galíndez fueron a dar aviso al Comandante de la Guardia de la ciudad, como subalternos suyos que eran, ya que también eran miembros de ella. Juan Antonio de Goiri Olabarrieta había nacido en Laudio/Llodio en 1792. Con veinte años, se alistó en el ejército en Potes para luchar contra los franceses, y a buen seguro debió destacarse en la sublevación realista del Trienio Liberal, ya que en octubre de 1823 figuraba ya como Comandante en Orduña en una carta enviada al rey vanagloriándose de su desafección hacia el régimen liberal y su masivo apoyo a Fernando VII. Todavía faltaba una década para la sublevación carlista de la que Goiri sería uno de los cabecillas comarcales hasta que se acogió al Convenio de Bergara del 31 de agosto de 1839, de manera que en enero de 1840 fue nombrado administrador de la Real Aduana de la ciudad vizcaína. En los inicios del año 1824 gozaba del importante cargo de Comandante de la Guardia de la ciudad, que no era más que la institucionalización como fuerza policial legal de las partidas realistas antiliberales que se habían formado en los años anteriores. Como la participación de orduñeses en estas partidas fue muy alta, parece que “todo quisqui” era miembro de esta Guardia.

Goiri estaba en la casa de su suegro Rafael de Aldama, por donde parece que habían pasado Marfagón y Manuel de Aldama unas horas antes. Recibido el aviso de la agresión, el Comandante ordenó a Gardeazabal y Galindez que fuesen a sus casas a por sus correspondientes fusiles, bayonetas y cananas y que acto seguido se dirigieran al portegado de la casa consistorial. Goiri acudiría al mismo sitio en compañía del sirviente de su suegro, Tomás de Acha, al mismo tiempo que envió a su propio sirviente, Santiago de Larrea, a avisar a su ayudante Ildefonso de Echevarria para que acudiera al dicho lugar armado con su espada. Ambos criados eran naturales de Orozko.

Goiri y Acha, armados con sable y carabina respectivamente, fueron los primeros en llegar. No portaban luz alguna, al contrario de lo que afirmó Aguirre. Y seguramente por eso sorprendió al susodicho y a Marfagón viniendo desde la bocacalle de Vieja. Dijeron que estaban paseando pero, sin mayores rodeos, Goiri preguntó a ver si portaban armas, y Marfagón respondió que había portado una bayoneta pero ya la había dejado en su casa. Entonces llegaron Gardeazabal y su sirviente, el laudioarra Pedro de Aldaiturriaga, con un farol, y al momento apareció también Galindez. Gardeazabal se colocó a la espalda de Marfagón y gracias a la luz de su sirviente pudo ver que el hombre tenía una bayoneta escondida debajo del capote y su brazo izquierdo. Goiri se la quitó y dispuso que los dos hombres subieran a la cárcel, que se encontraba en la misma casa consistorial. En ese momento llegaron Larrea, Echevarria e Ildefonso de Galatas, éste con su fusil y bayoneta como miembro que también era de la Guardia. Vivía cerca y había acudido al escuchar ruido y voces, especialmente las de Gardeazabal y Goiri. También Salaberri llegó en algún momento de éstos.

Como niños atrapados en alguna travesura, Marfagón y Aguirre se resistieron a subir a la cárcel y no tardaron mucho en protestar que no eran los únicos que habían andado por ahí aquella noche, delatando prontamente a Juan de Picaza y Manuel de Aldama, que también eran miembros de la Guardia. Fue Galatas quien agarró a Aguirre y le encontró otra bayoneta debajo de su brazo izquierdo. No sin resistencia, lograron subir a los dos hombres a la cárcel. Aguirre rasgó la camisa del alcaide Pedro de Iturricha, que estaba en su cama cuando su hija le avisó de que Goiri estaba llamando. Recordemos que Iturricha también había estado en la taberna de Larrondo, de donde se había marchado cuando llegó el regidor Pereda. Marfagón fue introducido en la jaula y Aguirre en el calabozo.

La comitiva encabezada por el Comandante se dirigió a casa del aludido Picaza, a quien llevaron a la cárcel; y después hicieron lo mismo con el resacoso Manuel de Aldama. Parece que en algún momento posterior Goiri fue informado de que el cirujano Gutiérrez había sido llamado de parte de la casa de Ventura de Marubay para que éste fuera asistido.

Y, con esta información, Goiri acudió a casa del alcalde y juez ordinario Juan Bautista de Basabilbaso, que estaba acostado en su cama. Enterado de todo lo ocurrido, el alcalde ordenó que los reos permanecieran detenidos bajo la custodia del alcaide y sin comunicación de ninguna clase entre ellos. Posteriormente, fue a la casa de Marubay, hacia la mitad de la calle Burgos, junto al cirujano Mariano de Barriocanal y otras personas. El herido estaba en cama en un cuarto inmediato a la sala de la casa y fue examinado de nuevo, ahora en presencia de las autoridades. Ventura estaba “adornado con camisa limpia de lienzo regular de la tierra y de un chaleco de triple fondo pajizo con solapas y seis botones en cada una, bolsillos con forro por de fuera la espalda y en las delanteros” y en la solapa derecha tenía un “ahugerito triangular de estension al parecer como de quatro linias escasas” advirtiéndose una manchita de sangre en la parte superior del agujero y otra un poco más abajo. Y tenía en sus ropas otras manchitas de sangre del tamaño de una mosca o una lenteja. El escribano recogió el chaleco para custodiarlo como prueba. Su mujer Ramona de Mendibil dijo que era el mismo chaleco que llevaba su marido al llegar a casa. Y aunque examinaron el resto de ropas que había llevado no observaron más manchas de sangre, si bien dos de las prendas estaban recién levadas para que no se estropearan con las manchas de sangre. En ellas sí localizaron algunos agujeros y más restos de sangre, de modo que el escribano también se las quedó.

En su costado derecho y próximo a la “costilla primera verdadera”, Ventura tenía una herida que, según el cirujano Barriocanal, había sido provocada con un instrumento punzante cortante de figura triangular sin que se le advierta a Ventura en su cuerpo otra alguna herida ni señal de contusión. Era una herida realizada con una bayoneta, en su opinión. Esa mañana del día 2 de enero también el cirujano Gutiérrez fue con Barriocanal a atender a Ventura, a quien hallaron con bastante opresión al pecho; le aplicaron los medicamentos que juzgaron convenirle y le hicieron una evacuación con previsión de realizar otra por la tarde.

En los días siguientes, se examinaron las ropas del herido así como las armas incautadas a los reos. Uno de los dos sastre que examinó las ropas fue otro viejo conocido, Pablo Ximénez. Por su parte, Goiri señaló que las bayonetas incautadas no eran las que se habían entregado para el servicio de la Guardia, sino que estaban más sucias y roñosas. Los maestros herreros y armeros de la ciudad, Pedro de Izaguirre y José de Unzueta, reconocieron las bayonetas, que estaban bastante usadas. No hallaron rastros de sangre en ellas pero reconocieron las ropas y constataron que los agujeritos bien correspondían con las puntas de las bayonetas.

 

La tarde del día 6 los dos cirujanos afirmaban que Ventura estaba con alguna alteración en su pulso y bastante desazonado por lo que habían dispuesto que se confesase y recibiese el Viático. El alcalde mandó que un tercer cirujano, Eugenio de Torrecilla, fuese al día siguiente a las ocho de la mañana en compañía del médico José de Gorria a reconocer al herido. Sin embargo, Gorría estaba en cama bastante indispuesto debido a una especie de flujo de sangre. A pesar de ello, al día siguiente Gorría hizo el esfuerzo de ir a examinar a Ventura; afirmó que el herido estaba padeciendo una pulmonía espuria, enfermedad peligrosa que podría haber sido causada por el invierno o por un derrame de líquidos de los pulmones por algún golpe contuso en las partes continentes de la cavidad vital, aunque de esta segunda causa no tenía nociones suficientes para afirmar que había causado la pulmonía.

El día 8 los tres cirujanos observaron que la herida no tenía rubicundez, inflamación, ni edema, manteniéndose en su color natural si bien expelía una leve serosidad y se hallaba con alguna calentura echando algunas gotas de sangre en el esputo.

Sobre la medianoche del 9 al 10 de enero, Barriocanal estaba acostado en la cama de su casa, situada en la plaza, cuando fue llamado por Benita de Marubay y María Jesús de Urdanpilleta, hija y cuñada de Ventura, para que fuera a visitarle. A pesar de la urgencia, le encontró con buen pulso y en su sano juicio. Permaneció con el varias horas, hasta las cinco o cinco y media de la madrugada, cuando regresó a su casa. Pero entre las seis y media y las siete un “sobrinito” y un nieto de Ventura le avisaron para que fuera de nuevo a verle. Sin embargo, cuando llegó a calle Burgos, le dijeron que el hombre acababa de expirar, de manera que fue a buscar a su colega Gutiérrez para examinarle juntos y lo encontraron efectivamente muerto en su cama.

Al día siguiente, 11 de enero, a las ocho de la mañana, fue examinado el cadáver en su propia casa por los tres cirujanos ya mencionados. Estaba expuesto en dos mesas, custodiado por dos personas. El examen certificó que la herida era mayor en el interior de lo que parecía en el exterior, la pleura había sido dañada y hallaron un derrame de sangre que circundaba los pulmones pero sin herida, por lo que dedujeron que habría sido causado por alguna erupción de vasos en las partes afectadas por el golpe. Su dictamen fue la herida fue peligrosa y no mortal de necesidad, pero habría causado el derrame que resultó fatal. Su cadáver fue sepultado en el cementario al norte de la iglesia.

Los interrogatorios a los reos comenzaron el 19 de enero. Por entonces, Domingo de Aguirre no estaba en muy buenas condiciones. El médico seguía indispuesto con sus achaques, de modo que fue el cirujano Torrecilla quien lo examinó y lo encontró sin habla y en precarias condiciones debido sobre todo al tiempo frío que hacía. Dispuso como remedio que le dieran vino rancio, recomendando su traslado a un habitáculo más abrigado, con una cama y lumbre bien encendida sin tufo ni peligro de incendio. Si empeoraba su estado, habrían de llamar al párroco para que le diera la Extremaunción. Todas aquellas medidas se cumplieron, por cierto.

Después de sus declaraciones, fue nombrado promotor fiscal Manuel López Borricón, un tejedor que, para variar, también era vecino de la calle Orruño. Los reos nombraron a sus defensores y comenzó el juicio del caso propiamente dicho. No nos interesa hacer un seguimiento del mismo así que nos limitamos a lo fundamental: el promotor pidió para Marfagón la pena de diez años de presidio con retención en Puerto Rico y la pena de ocho años para Aguirre. Lo más curioso de todo es una afirmación del defensor de Marfagón: que el hombre había salido para “distraerse del aburrimiento q naturalmente causa el frecuente trato y vista de su familia”.

En junio aún seguían presos y la causa había pasado al tribunal del Corregidor y Diputados Generales del Señorío, por lo que los cuatro nombraron procuradores. Este tribunal dio por buenas las conclusiones del fiscal y condenó a Francisco de Marfagón a diez años de presidio en Puerto Rico y a Domingo de Aguirre a cuatro en el castillo de San Sebastián. Picaza y Aldama tuvieron por pena la prisión que ya habían sufrido, y los cuatro fueron condenados mancomunadamente en costas. Era el 18 de noviembre de 1824. El 16 de diciembre el alcalde Basabilbaso entregó al miquelete Marcos de Barañano a los presos Marfagon y Aguirre para ser conducidos a la cárcel de Bilbao.

El asesinato de Margarita Basaldua (y V)

 

LA SENTENCIA

 

Tras la presentación de todos los testigos y todas las pruebas recopiladas en el sumario del caso, el Fiscal elevó a definitivas sus conclusiones provisionales, que constituyen el relato de los hechos que presentamos en la primera entrada de este serial. El Fiscal Sánz Gomendio elaboró un discurso con una elaborada retórica, muy al uso de la época, en el que aludía al supuesto carácter belicoso de los vascos al final de la Edad Media y afirmaba que ese carácter afloraba de vez en cuando de forma abrupta y repentina en una sociedad por otra parte muy pacífica. Es lo que habría ocurrido con los Manterola (“este drama se ha desarrollado entre aldeanos vascongados, gente pacífica, muy honrada, muy trabajadora”).

En lo que respecta a las pruebas periciales, no se pudo obtener nada concluyente. El joven Achurra había señalado un lugar en la huerta de Larrabe donde presuntamente se había enterrado el arma homicida pero no lo encontraron. Por su parte, el Instituto Central de Higiene halló sangre en una camisa requisada en Larrabe pero no lograron precisar si era de origen humano.

El testimonio de Achurra fue considerado como clave en la resolución del caso y también se concedió verosimilitud a lo declarado por Maria Ayesta. Pero el Fiscal se centró además en una cuestión que pasó algo más desapercibida en el juicio, a pesar de su trascendencia: la presencia de Juan Manterola en las proximidades del lugar de los hechos en vez de en Gorostiza, como el afirmaba. En ello el testigo clave fue Manuel Ibarrola. La noche de autos se encontró a un hombre unos 200 metros antes del lugar en que fue asesinada Margarita, en el punto en que varios atajos salían hacia Gorostiza. Este hombre no respondió al saludo de Manuel y se arrimó a la sombra de un espino para fundirse en la oscuridad del anochecer y no ser reconocido. Al parecer, Manuel habría dicho a unos amigos de manera informal que el hombre misterioso era Manterola pero en un principio se negó a confesarlo ante las autoridades por miedo a represalias. De hecho, el Fiscal consideró probado que Juan Francisco Escauriaza había tratado de disuadirle de contar la verdad. En todo caso, Tiburcio Acha, que venía por detrás de Margarita por la carretera aunque a bastante distancia, no se encontró a nadie; esto fue interpretado por el Fiscal como prueba de que el hombre misterioso no era un viandante que bajaba por la carretera sino que era el mismo Manterola al acecho de su víctima.

 

La acusación, ejercida por Gabriel Martínez de Aragón, también incidió en el testimonio de Manuel Ibarrola, argumentando que había confesado de manera particular a una hermana suya que aquella noche había reconocido a Manterola y que solo cuando la Guardia Civil le amenazó con encarcelarle como sospechoso se atrevió a revelar la verdad. Por otra parte, en cuanto a las pruebas realizadas, argumentó que en el lugar de los hechos, al haber llovido aquella noche, pudieron ver huellas de alpargata y pasos largos que corresponderían a un “hombrachón” como Manterola.

De todos modos, la acusación se centró sobre todo en el papel desempeñado en Achurra en todo ello, como testigo directo que habría sido de los hechos. El abogado coincidía con el sargento de la Guardia Civil en que Achurra había sido coaccionado en un momento dado para que cambiase su testimonio. En una visita ocular al lugar de los hechos que tuvo lugar el 11 de mayo de 1927 ante el juez Arrontes, el niñó describió los sitios y circunstancias en que tuvo lugar el crimen y lo hizo con exactitud, de acuerdo a los informes periciales. Sin embargo, un mes después, el 17 de junio, lo negó todo ante el juez y a partir de ahí afirmaría siempre que se lo había inventado todo. ¿Por qué? Porque el abogado defensor le visitó a espaldas de la autoridad judicial en el Asilo de Nanclares de la Oca. En el juicio, Achurra afirmó que nunca había visto al abogado de la acusación pero sí al defensor, a quien vio en “Cercagua”. Aragón descubrió que éste era el lugar en el que los niños asilados jugaban bajo la vigilancia del Hermando Adolfo Uriarte, que fue testigo en el juicio. Y allí habló con el niño antes de que fuera a declarar ante el Juez.

Gabriel Martínez de Aragón destacó también las coincidencias entre el testimonio inicial de Achurra y lo resultante del sumario. Por ejemplo, los peritos médicos concluyeron que la víctima recibió el primer golpe desde arriba y por la izquierda. Achurra, en la inspección ocular del 11 de mayo, señaló la pared a la que subió Josefa para dar el golpe, a la izquierda de la marcha que llevaba Margarita. El instrumento habría sido un martillo o picachón de cantero y Achurra dijo que vio a su abuela con un picachón.

Según la autopsia, la víctima tenía en la muñeca una impresión como producida por una uña, y Achurra dijo que Josefa, después de darle el golpe y como no caía de la burra, la agarró de las muñecas y la tiró al suelo.

El abogado acusador señaló también una contradicción que se hizo patente en el juicio: si Achurra, como dijo, solo pasó por la estrada donde Margarita fue asesinada cuando la Guardia Civil lo llevó al juzgado de Amurrio a declarar, ¿cómo fue capaz de señalar el sitio preciso donde apareció su cadáver en la vista ocular de mayo?

A pesar de todo ello, no se logró determinar de manera concluyente quién golpeó a la mujer ni quiénes habían participado directamente en el crimen. El sargento Carrión manejaba dos hipótesis: que Juan la golpeó primero y luego entre el y su madre la remataron en el suelo mientras Leandra se hacía cargo del burro; o que fueran las dos mujeres las agresoras mientras Juan se limitaba a vigilar y estar de refuerzo por si llegaba gente, dejándose ver por la carretera como coartada. El abogado dio por buenas estas conclusiones y finalizó su alegato con las siguientes palabras: “Es más noble que os lleve el recuerdo de la pobre Margarita, la honrada lechera de Goyénuri (sic), siempre trabajadora, siempre modesta, siempre sencilla y siempre asustada de algo que en un instante terrible cobró para ella espantosa realidad. ¡Con cuánta angustia saldrían de sus labios, hechos para besar a sus hijos con ternura, aquellos sollozos que desde las alturas de Elexagoiti escuchó su compañera Dolores Zaballa!”

 

Lamentablemente, la prensa no reprodujo el alegato de la defensa y se limitó a dibujar cuatro pinceladas de lo expuesto, ya que para cuando El Heraldo Alavés tuvo ocasión de publicarlo el tribunal ya había pronunciado su sentencia y carecía de interés.

En efecto, el 20 de diciembre a última hora de la tarde el tribunal condenó a Josefa Magrach y Juan Manterola, como autores de un delito de homicidio, a 15 años de reclusión y al pago de la mitad de los costes procesales, además de otras 20.000 pesetas en concepto de indemnización a los herederos de la víctima. Leandra Manterola fue absuelta, desconocemos por qué, y Juan Francisco Escauriaza también, como ya se sabía.

El 13 de enero de 1928 Josefa Magrach fue conducida a la Central de Mujeres de Alcalá de Henares y Juan Manterola al penal de El Dueso.

 

¿Hemos de dar por buena la versión aquí contada? ¿Fue así como sucedió? Al no haber confesión de ninguna clase ni testigos directos del crimen, siempre queda la duda de si la reconstrucción de los hechos realizada por aquellos hombres se ajustó totalmente a la verdad.

No cabe duda que hicieron lo que pudieron con los recursos a su alcance y desde luego el abogado acusador hiló muy fino a la hora de unir las coincidencias entre los informes periciales y las declaraciones de José Maria Achurra. Quizá de no haber sido por este niño el crimen hubiera quedado sin resolver, ya que por mucho que algunos sospecharan de los de Larrabe el crimen fue ejecutado de tal manera que dificilmente podrían haber encontrado las pruebas necesarias para imputarles. Quizá nunca se hubiera roto el miedo a hablar del crimen, el miedo a señalar a aquellos de quienes muchos sospechaban aunque las pesquisas fueran dirigidas hacia otro lugar, quizá deliberadamente.

El asesinato de Margarita Basaldua (IV)

 

 

La tercera jornada del juicio, el día 14, comenzó con el testimonio de Fabián Luis Vidal, habitante en “Ollacuri”, que se encontró a Manuel Ibarrola en la carretera la noche de autos, si bien protegido por un paraguas y con un cesto, lo que unido a la oscuridad del anochecer hizo que no lo reconociera.

A continuación compareció Dionisio Urquijo Garmendia que, recordemos, estaba casado con una hermana de la víctima aunque la relación del matrimonio fue descrita como “más bien fría”. En Laudio/Llodio se le tenía como el hombre mejor informado de los pormenores del crimen, aunque el no era de la misma opinión. En todo caso, en el juicio quedó patente que tenía conocimiento de todas las relaciones amorosas mencionadas así como del temor que sentía su cuñada. Sin embargo, es de reseñar que, a pesar de esa reputación como conocedor de los hechos, fue quien informó a la Guardia Civil de varios individuos que resultaron ser pistas equivocadas. Si lo hizo intencionadamente por su amistad con Juan Manterola o simplemente se equivocó es algo que no llegaremos a saber. En todo caso, no deja de ser llamativo que, tras el crimen, Dionisio prohibiera a su mujer ir de visita a Goiri. Dolores Basaldua por su parte declaró que su hermana se hacía acompañar por miedo a Josefa la de Larrabe; y que éstos se rieron de ella después del crimen.

 

Pero sin duda la declaración estrella, y punto de vital importancia para el juicio, fue la ofrecida por el problemático y analfabeto José Maria Achurra, que ofreció un testimonio altamente contradictorio y confuso. Achurra era un hijo natural de una mujer que contrajo matrimonio con Felipe Urquijo y luego murió. Felipe se casó en segundas nupcias con Timotea Manterola y residían en Anuncibay. Al parecer fue el poco cariño que la mujer tenía hacia el chico lo que los llevó a enviarlo como criado con los padres de ella en Larrabe.

Dado que su declaración fue una constante contradicción y una sucesión de imprecisiones, hasta el punto de interrumpirse el juicio por sus lloros, es necesario señalar aquí las peripecias del muchacho de 13 años, testigo directo de los hechos, los días siguientes al crimen y el por qué de los tumbos y bandazos de su declaración el día del juicio.

Ocurrió que unos días después del crimen apareció una cerda herida en Goiri y la Guardia Civil se puso manos a la obra para averiguar al responsable. En el transcurso de la investigación los guardias interrogaron a Juan Manterola y a Achurra. Lo que declaró ante el teniente no debió ser del gusto de sus amos, ya que Toribia le pegó y el niño, por miedo, huyó al monte. Allí se encontró con “Polido”, pastor como el, a quien contó su historia. Luego hizo lo propio con Alfredo Hermosilla. El niño fue interrogado después hasta una decena de veces, y siempre mantuvo la misma versión hasta que en el juicio contó una historia bien diferente, pero con muchos agujeros que no supo completar.

De este modo, Jesús Carrión, sargento de la Guardia Civil del puesto de Laudio/Llodio, llevó a Achurra en tren a Amurrio después de su declaración y le creyó: consideraba que un crío tan voluble y travieso no pudo haberse inventado semejante historia y ratificarla tan determinantemente, y si había cambiado su testimonio en el juicio seguramente sería por coacciones.

El día 14 en el juicio contó que huyó de casa porque había mentido al teniente y que la historia que luego contó a Polido y Hermosilla era una mentira que se había inventado aunque más tarde afirmó que acusó a sus amos por presiones de los guardias y del juez municipal. Afirmaba haber mentido porque desconocía que había un Dios y un cielo para los buenos y un infierno para los malos, pero ya lo había aprendido ya que recientemente le habían enseñado Doctrina. Según esta nueva versión que declaró entre continuas inconsistencias, no se enteró del crimen hasta el día siguiente a las 7 de la mañana cuando Juana la de Gorostiza se lo contó a Josefa, lo cual contradice lo que ésta declaró al respecto. Hubo muchas preguntas que no supo contestar ni logró precisar algunas cuestiones. Por ejemplo, preguntado si sabía euskera, dijo “no se. Poco”, aunque Josefa había declarado que sí sabía. Tampoco contestó claramente sobre si había oido a Juan relatar el crimen a su madre.

 

Alfredo Hermosilla, a quien Achurra nombra como “Morcilla”, era un hospiciano de 16 años acogido en Gorostiza que ratificó la versión de la defensa, lo cual lo llevó a incurrir en contradicción: dijo que vio a Manterola llegar a la casa pero en su primera declaración afirmó que estaba en el monte, y no supo aclarar este extremo. Afirmó que no tuvo noticia del crimen hasta el día siguiente a las 8.30 o 9 de la mañana por medio del hijo de Arbide. Días después, se encontró con Achurra en “Las tres cruces” pero no recordaba de qué hablaron y le instó a volver a casa porque sabía que estaba escapado. No sin incoherencias, afirmó que su primera declaración fue hecha bajo presiones de la Guardia Civil, cuyo sargento le golpeó. Esto lo negó Martín Bengoa, de 26 años y también vecino de Goienuri, que asistió al interrogatorio.

Según Hermosilla, Román Larrinaga “Polido” era un tonto y un borracho y nunca había estado con el. La acusación de borracho no era gratuita, ya que en el juicio los médicos de la localidad lo definieron como un “degenerado hereditario alcohólico” y “anormal parcial”, pero capaz de “coordinar bastante bien” cuando no estaba bajo los efectos del alcohol. Descrito como un personaje pintoresco y con una pronunciación dificultosa que complicaba el entenderle, ratificó su versión de que Achurra le dio noticia del asesinato.

 

Después fue el turno de los Urquijo de Goiri-beitia. El padre, Bernabé Urquijo Garrastachu, afirmó que hacía unos 20 años que había enfriado sus relaciones con los de Larrabe, con quienes había trabajado un calero, por creer que le habían matado un carnero. Recientemente había abandonado su casa al quedarse solo –tras la marcha de su hijo- y, según el, por querer evitar compromisos con los Manterola, a quienes tenía por gente fuerte y de valor, tanto los hombres como las mujeres, a quienes consideraba varoniles y más temibles. En su opinión, Josefa era una mujer fuerte “para agarrarle a el y llevarle debajo del sobaco”.

Por su parte, Eustaquio contó que veía a Toribia 4 o 5 veces al día para luego estar una semana sin verse. Afirmaba que fue el quien rompió la relación pero ya anteriormente había pedido a Manuel Larrazabal ver a Prudencia, por lo que confirmó lo dicho por varios testigos en el sentido de que comenzó una relación antes de finalizar la anterior. También contó que Dolores Basaldua –que, recordemos, estaba casada con Dionisio Urquijo, en buenas relaciones con los acusados- le había acontado que los de Larrabe estaban enterados de la reunión que iba a tener lugar el día de San Antonio para concertar su boda.

Finalmente, también declaró su hermano Fernando (1882), que fue avisado por Juan Zaballa Fica la misma noche del suceso, pero dijo desconocer las relaciones en que estaba inmerso su hermano, en otra muestra más de la desestructuración de la familia de Goiri-beitia.

Finalmente, el “investigador” Ordeñana afirmó que había una “losa sepulcral” que impedía conocer a los autores y, según la prensa, “todas sus antiguas energías por aclarar el asunto parecen haberse acabado”.

 

La sesión del día 15 de diciembre se inició con la declaración de Gregorio Zaballa, hermano de Dolores, que se encontraba en Barcelona el día de autos pero que fue testigo de los palos de ciego de Ordeñana con el chico de Lezama. Además contó que había escuchado a Josefa comentar, al respecto de Manuel, que a hombres como ese había que pasar a cuchillo.

Por su parte, Saturnino Urquijo, de tan solo 18 años, tuvo un careo con Juan Francisco Escauriaza porque declaró que éste le había asegurado que Manterola se fue de su casa a las 9.30 de la noche el día de autos, en vez de a las 11 como declaraban los acusados y sus cómplices. Cuando Escauriaza le recriminó haber mentido, el joven Saturnino le dijo: “Yo digo la verdad en todas partes”.

A continuación, el sargento Carrión ofreció una declaración larga, detallada y mesurada en la que trató sobre todo de los pormenores de la investigación, ya relatados, y de sus impresiones sobre Achurra. Consideraba que la opinión pública de la localidad señalaba como culpables a los procesados pero los testigos no se mojaban más por miedo, vistos los antecedentes.

En esta sesión se introdujo una de las supuestas pruebas de la culpabilidad de los acusados, a saber: dos conversaciones distintas en las que Toribia y Timotea Manterola habrían revelado la implicación de su familia en el crimen. La primera de ellas habría tenido lugar el 31 de julio, dos días después de la declaración de Polido y Achurra, cuando Toribia fue a casa de su hermana Timotea en Anuncibay. Resulta que su vivienda estaba separada de la contigua únicamente por un tabique, presuntamente roto, motivo por el cual la adolescente Maria Ayesta habría escuchado a Toribia decir lo siguiente: “Estamos perdidos, el chico ha declarado todo”. En cualquier caso, la pared fue arreglada antes de la visita ocular realizada por las autoridades que investigaban el crimen, como dijo la propia niña.

Más tarde, y cuando ya Felipe Urquijo, marido de Timotea, había sido puesto en libertad, aquella se encontró con Juana Madariaga Ugarte, molinera de 27 años, a quien la prensa definió como una persona “muy suelta”. Juana aseguró ante el tribunal que Timotea le había dicho llorosa “más valía comer pan de maíz con la familia y en paz” y “¡Cómo habrá hecho eso mi madre! Si yo hubiese sido mi hermana, la hubiese aconsejado de otra manera, viendo lo que podía venir detrás”. Su marido Juan José Orue presenció la conversación y afirmaba haberle oído decir también “eso de matar….¡cómo se le habrá hecho mi madre eso!”. Sin embargo, su esposa negaba que Timotea dijera tal cosa sino que fue ella misma la que dijo que “eso de matar es muy duro”.

Felipe Urquijo, padre adoptivo de Achurra, aseguraba que no se podía escuchar en la casa contigua lo que decían en la suya, y en términos generales trató de exculpar a su mujer de todo detalle que la pudiera comprometer en el caso.

Toribia Manterola, sin embargo, no hizo alusiones a estas conversaciones en su declaración. Al igual que su madre y su hermano, trató de relativizar la enemistad con los de Goiri diciendo que no era cosa grave, que hablaban si era necesario, y aportando el detalle de que Margarita en una ocasión montó en su burra a una hija de Leandra. Toribia negó que la difunta, a quien consideraba buena persona, hubiera intervenido para nada en sus relaciones con Eustaquio Urquijo, a quien ella había dejado –como hemos dicho, el interesado mantenía la postura contraria-. Añadió que, en el momento del crimen, ya tenía otro novio, según ella, para su desgracia. Pero negó que Eustaquio tuviera relación alguna con Prudencia, negando así la evidencia. En todo caso, Toribia afirmó que el día de autos estuvo en Miraballes y solo se enteró del suceso al volver al día siguiente, lo cual fue comprobado y confirmado por la Guardia Civil. Además, dijo que fue acompañada por José Zaballa Fica porque tenía miedo y éste le habría pedido que no lo contase. Sin embargo, el día anterior José había declarado que, efectivamente, “una noche” había acompañado a Leandra porque dijo tener miedo, pero lo creía fingido –aunque se contradice, porque después comenta que sí tenía miedo de pasar por el lugar del crimen- y que fue ella quien le pidió que no contara nada.

Esta sesión finalizó con la declaración de otros testigos que no aportaron demasiados datos. Aurelio Hernando dijo que fue el quien envió a su mujer Leandra a Larrabe y que solo tuvo noticia del crimen por la prensa; Miguel Manterola, hermano de Juan y preso por hurto, estaba en la mili cuando ocurrió pero afirmaba que Manuel Ibarrola le había asegurado que no reconoció al hombre que se cruzó en la carretera aquella noche.

 

La última sesión del juicio tuvo lugar por la mañana del día 16, en la que continuó el desfile de testigos. El testimonio más interesante fue el de Teodoro Ayesta, vecino de Anuncibay. Al igual que su convecino Felipe, mantuvo que no se podía escuchar en una casa lo que se hablaba en la otra, a pesar de lo cual su hija ratificó haber escuchado esa conversación. Por otra parte, afirmó que Manuel Larrazabal le había hecho ciertos ofrecimientos para que contase la dicha conversación, pero no se ahondó más en esta cuestión.

Dorotea Yarritu Uretabuena (Lekamaña, 1891) frecuentaba Larrabe y los tenía en buen concepto, por lo que no es de extrañar que tratase de culpar a Eustaquio Zaballa y afirmó incluso que Margarita les tenía miedo; sobra decir que esto contradecía todos los testimonios anteriores y carecía de sentido alguno.

Florentina Uribarri Ureta, madre de la difunta, que necesito intérprete por desconocer el castellano, negó que Manuel le hubiera escrito una carta pidiendo dinero tras el crimen, bulo al que habían aludido ya algunos testigos. Y finalmente Luis Orue y Francisco Murga hablaron de un mendigo que vieron aquel día por la carretera y del que también se sospechó pero del que nada se logró saber en las horas siguientes al crimen.

 

Quinta Parte

El asesinato de Margarita Basaldua (III)

EL JUICIO

 

El juicio por el asesinato de Margarita Basaldua no se celebró hasta diciembre de 1927, año y medio después del suceso. Comenzó el día 12 en Vitoria-Gasteiz en medio de una enorme expectación que llevó el caso a las páginas de la prensa y en especial a las de El Heraldo Alavés, que hizo un seguimiento exhaustivo de todas y cada una de las sesiones del juicio.

El tribunal estaba presidido por Rafael Rubio, con los magistrados Alvarez Taladriz, Pascual, Martínez Villar y Usera, estos dos últimos de las Audiencias de Burgos y Logroño respectivamente. Representaba al Ministerio Público el fiscal Sánz Gomendio, la acusación privada la ejercía el letrado vitoriano Gabriel Martínez de Aragón y el abogado defensor era el bilbaíno Rafael Goldaracena.

En primer lugar, Juan Francisco Escauriaza fue absuelto de todos los cargos, ya que de las diligencias practicadas en el sumario no se probó ninguna participación en los hechos.

Por otra parte, el fiscal consideraba que los otros tres acusados eran autores, por su participación directa, material y voluntaria en su ejecución, de un delito de asesinato con premeditación conocida, prevista en el art. 148 nº 4 del Cógido Penal. En virtud de ello, se pedía cadena perpetua para Juan Manterola y reclusión perpetua para las dos mujeres, con accesorias y costas por igual, además del pago de 20.000 pesetas a los herederos de la difunta en concepto de indemnización. La acusación privada se mostró de acuerdo con el fiscal.

Por el contrario, la coartada de los acusados se basó en que las dos mujeres permanecieron todo el día de autos en su casa y que Juan estuvo “haciendo tertulia” en el caserío Gorostiza de 8 a 11 de la noche, como tenía por costumbre ya que era el caserío más cercano al suyo y además eran parientes.

 

Así pues, entre el 12 y el 16 de diciembre desfilaron ante el tribunal los acusados, familiares de la difunta, testigos y numerosos vecinos de Laudio/Llodio. La primera fue Leandra Manterola, a quien se describe como una mujer gruesa de 34 años, vestida de azul “al uso corriente de su clase”, y casada con un trabajador de la Compañía de Tranvías, residentes según testimonios en Bilbao o en El Desierto (Erandio). Leandra explicó que habían sido once hermanos y, aunque cuatro de ellos aún estaban solteros, todos “tenían colocación” y nadie podía socorrer a los padres, motivo por el cual ella se hallaba en Larrabe el día de autos. Fue fiel a lo expuesto por su abogado defensor y negó que tuviera malas relaciones con los de Goiri, aunque hubo de reconocer que habían tenido algún incidente por cuestiones de ganado. De los amoríos de Eustaquio dijo no saber nada y negó las habladurías en torno a la presunta costumbre de su madre de vestir de hombre. En cualquier caso, Leandra no evitó contradecirse al afirmar que se enteró del crimen el día siguiente al salir de misa cuando en una declaración anterior había dicho que no tuvo noticia hasta la siguiente noche. En el juicio se ratificó en que se enteró del crimen al salir de misa.

Juan Manterola se presentó ataviado con una blusa negra y el redactor de la crónica de El Heraldo Alavés dijo que tenía “menos serenidad que la anterior”. Al igual que su hermana, afirmó que sus relaciones con los de Goiri eran buenas. Al respecto relató su versión de un incidente que seguramente ya había sido recogido en el sumario. Y es que una vez en que el acusado estaba en el garaje del Marqués junto a un amigo, al pasar Manuel Larrazabal le tiraron un palo, al parecer sin que éste supiera su procedencia. Juan afirmaba que, días después, Manuel pasó por el mismo lugar y les oyó hablar, pero al reconocerles se acercó y luego regresaron juntos a casa. Así quería demostrar que sus relaciones no eran malas tal y como se decía.

Sin embargo, Juan negó repetidas veces y contra toda evidencia que alguna vez hubiera pretendido a Margarita y solo admitió haber acompañado a alguna amiga suya antes de que se casara. Otro dato de intéres es que el fiscal le preguntó si en casa hablaban euskera, a lo que respondió que “solo con el padre”. Por ello afirmaba que en la cárcel había hablado siempre en castellano y se dirigía a su hermana ante testigos para que vieran que no tenían nada que ocultar.

A instancias de la acusación, respondió que la noche de autos –recordemos que fue un día de lluvia y mal tiempo- vistió un elástico negro, tapabocas y, creía, alpargatas. También dijo que al llegar a Gorostiza Alfredo Hermosilla ya estaba allí, aunque éste aportó datos contradictorios. Finalmente, Juan Manterola contó que volvió de Gorostiza a Larrabe entre piezas y sin pasar por el lugar del crimen ni sus proximidades, negando así la posibilidad de que hubiera sido visto, como posteriormente afirmaría algún testigo. Del crimen dijo que se enteró al día siguiente junto a “las casas de Ugarte” de boca de Antonio Bengoa cuando iban a misa. Con su madre y hermana no lo habló hasta esa noche o al día siguiente.

 

A continuación, llegó el turno para la declaración de Josefa Magrach[1], “figura típica de una vieja cashera” de 68 años, vestida al uso del país. En lo que a ella respecta, negó haber vestido nunca pantalones a pesar de las habladurías en ese sentido y definió sus relaciones con los de Goiri como “cordiales”. Josefa oyó de las relaciones de su hija Toribia con Urquijo, pero cuando le preguntó por ello le contestó “usted, madre, calle, yo ya me acordaré”. No estaba de acuerdo con la relación porque consideraba que él era demasiado “alto” y ella no podía dar a su hija la suficiente dote para ese matrimonio. Por abril se enteró de que habían roto la relación y no sabía por qué, aunque anteriormente había declarado significativamente que fue porque Eustaquio era un atrevido que “se propuso adelantar acontecimientos”. De la reunión que iba a tener lugar para el casamiento entre Urquijo y Prudencia Basaldua dijo no saber nada.

Sin embargo, las preguntas de Martínez de Aragón hicieron aflorar ciertas contradicciones en su declaración. Por ejemplo, afirmó haberse retirado a su casa antes de las 8, aunque anteriormente había dicho que a las 9 o incluso que no llegó a salir –lo cual había sostenido el abogado defensor esa misma mañana-. No supo resolver esta contradicción. En segundo lugar, la Guardia Civil, cuando registró su casa, se llevó una camisa –que decía ser de su ya difunto marido- con unas manchas que no sabía si eran de sangre, comida o quemadura de tabaco; también un pantalón de Juan, un pañuelo, un martillo para la cantera y unos trozos de hierro. Al respecto, Josefa dijo que podía ser sangre que su marido echaba por la nariz aunque éste había negado que ello le ocurriera desde hacía dos años. En tercer lugar, aunque sabía que a Margarita le salían a buscar los de su casa, negó que fuera por miedo a pesar de que poco antes había declarado que eso era algo sabido por todos.

La primera jornada del juicio finalizó con la declaración de Juan Francisco Escauriaza, propietario de Gorostiza, que vestía de americana. Básicamente, respaldó la versión de los procesados y afirmó que Juan Manterola estuvo en su casa hasta las 11 y que vestía con boina azul y alpargatas. No habría tenido noticia del crimen, ya que no fueron avisados, hasta el día siguiente que se lo contó Venancio Larrinaga Escauriaza (1892).

 

La segunda jornada del juicio, el 13 de diciembre, comenzó con la declaración del viudo Manuel Larrazabal. En primer lugar, afirmó que no se trataba con los de Larrabe “por su mala lengua” aunque no les deseaba ningún mal; ello no resta para que acto seguido los describiera como “malas personas”. Para apoyar esta afirmación contó diversos incidentes con los Manterola, afirmó que había oido que Josefa vestía pantalones y salía a los caminos de noche, que Juan también le salió una noche al camino y que una vez robó 25 pesetas en sellos en el estanco de la Plaza Nueva de Vitoria-Gasteiz. Creía que junto a los de Gorostiza, a quienes tampoco trataba, eran capaces de cualquier cosa.

Según su declaración, Juan había pretendido a Margarita en el tiempo en que el estaba en el servicio militar. Ya de casados, ambos apoyaron las relaciones de Prudencia Basaldua con Eustaquio Urquijo, con quien Manuel tenía amistad. Opinaba que los Manterola se enteraron de sus planes de boda y resolvieron matar a su mujer como venganza por no haber correspondido a Juan y por haber roto Urquijo con Toribia para irse con Prudencia.

En todo caso, también Larrazabal cayó en alguna contradicción, ya que no supo precisar en qué momento los culpó por primera vez ni lo dicho en sus primeras declaraciones. El se defendía diciendo que había declarado en la cama sin darse demasiada cuenta, probablemente en lo que hoy llamamos estado de shock.

A continuación tuvo lugar la prueba pericial de los médicos Acero y Gorostiaga de Laudio/Llodio y Garro de Amurrio. Determinaron que las heridas fueron causadas con un martillo o picachón, algo con mango largo, y describieron la posición probable de los agresores. Aunque su declaración pasó un poco desapercibida en un juicio al que el público acudía para saciar su sed de morbo, a la postre sus conclusiones fueron muy tenidas en cuenta por la acusación.

Micaela Expósito, de 16 años y natural de Orozko, criada en Goiri-goitia, fue quien encontró el cadáver de su ama, a quien salían a buscar por expresa petición suya. Relató que Manuel gritó al encontrar el cadaver de su esposa, antes de su colapso nervioso, y desconocía si tenía malas relaciones con los de Larrabe aunque sí sabía que tras el hallazgo del cadáver no mandaron ningún recado a ellos ni a los de Gorostiza, como ya se dijo.

Por su parte, Dolores Zaballa fue la última persona en ver a Margarita con vida, excepto sus agresores. La joven aportó un detalle muy importante, ya que días antes del crimen fue testigo de cómo la difunta y Josefa Magrach iban juntas hacia el pueblo, hablando en euskera y aparentemente de forma amistosa. Sin embargo, posteriormente Margarita le confesó que Josefa la había amenazado, lo cual explicaría ciertas comentarios que su hermana Prudencia le escuchó decir.

Su padre Eustaquio Zaballa es descrito como un “cashero socarrón” que con sus manifestaciones causaba la risa del público. Afirmó que tenía “malos informes” de los de Larrabe desde pequeño, a quienes consideraba capaces de semejante crimen, aunque su hija Dolores había dicho que las relaciones con ellos eran buenas y nunca habían tenido problema alguno. Eustaquio dijo haber sospechado de ellos desde el principio, conocedor de la enemistad entre Larrabe y Goiri. Al parecer, asistió junto a Martín Bengoa al interrogatorio efectuado al menor Alfredo Hermosilla, hospiciano acogido en Gorostiza que también fue objeto de las revelaciones de Achurra, y recordaba haberle oido decir que la abuela había salido vestida con ropas de hombre junto a Leandra y que luego las había quemado. Señaló que las relaciones de Eustaquio con Toribia eran “ilícitas”, que no eran honradas, utilizando sus propias palabras.

Tras la declaración de Francisco Antonio Larrazabal, que no tuvo demasiado interés y señaló los antecedentes penales del padre y el abuelo de los Manterola, fue el turno de Prudencia Basaldua, que a pesar de ser objeto de las pretensiones de varios individuos ya nombrados en el momento del juicio continuaba soltera y residía con sus padres en Orozko, aunque iba a Goiri con relativa frecuencia. Contradijo a Juan Manterola y ratificó que sí había pretendido a su hermana, quien le había confesado que tenía miedo aunque nunca le dijo de quién ni por qué. Al parecer, el día de autos estaba en Goiri y se cruzó con Toribia, que no la saludó. Dijo que sus relaciones con Luciano Aldaiturriaga terminaron después de Santa Lucía por consejo de sus padres, aunque le dijeron que era buen chico y habló con el alguna vez. Antes de eso, Urquijo ya la había pretendido pero no le contestó debido a su fama de mujeriego. El asesinato de su hermana echó al traste los planes de boda, ya que desde entonces no le había contestado. De Manterola dijo que era un vago, lo que contradijeron bastantes de los testigos del juicio.

La sesión del día 13 finalizó con el testimonio de dos hombres que vieron a Margarita momentos antes de su asesinato. Tiburcio Acha Larrondo (1899), que era un vecino próximo, la vio en Laudio/Llodio y estuvo fumando un rato con Agustín Ainz pero no pudo decir nada más. Aunque confirmó la enemistad entre las dos familias, creía que ello no era bastante para determinar la autoría del crimen.

De mayor trascendencia fue la declaración de Manuel Ibarrola Rotaeche (1879), habitante en Eizaguirre-menor, en Goienuri. El también vio a Margarita sobre las 9 o las 9.30; se encontró en el camino con Luis Garay y luego, a la altura de Ibarra, encontró a un individuo al que dio las buenas noches. Creía que era Juan Manterola, aunque en sus primeras declaraciones no lo dijo, según afirmaba, por miedo. Se hizo un careo entre ambos sin que se narren sus conclusiones, y así terminó la segunda jornada del mediático juicio.

 

Cuarta parte

 

 

[1] En la prensa consultada, el apellido de la acusada figura casi siempre como Magarache, Margareche y formas similares

El asesinato de Margarita Basaldua (I)

 

 

Sábado 12 de junio de 1926. Laudio/Llodio.

 

Ya las sombras de una tarde gris y lluviosa se fundían con la oscuridad propia de una noche nublada cuando el joven Agustín Ainz vio a dos mujeres en la plaza del pueblo con sus burros y las cantinas en las que llevaban la leche que ambas solían vender, no siempre juntas, por las casas del lugar entre las 7 y las 9 de la tarde. Una era apenas una muchacha de 16 años llamada Dolores Zaballa Fica. La otra había cumplido 28 el día anterior, se llamaba Margarita Basualdo Uribarri y era muy conocida en el pueblo.

Mientras caía la noche las dos mujeres tomaron el camino hacia sus respectivos caseríos, que estaban muy próximos uno del otro, en Goienuri[1]. Sobre las diez de la noche llegaron a las casas de Ibarra, donde se separaban sus respectivos caminos. Habitualmente, el suegro o la criada se acercaban hasta el lugar para esperar a Margarita y acompañarla a Goiri-goitia[2]; sin embargo, nadie acudió aquel día, lo que no extrañó a la joven Dolores, ya que sabía que sus vecinos tenían mucho trabajo aquellos días. Como todos en Goienuri, ella también sabía que a Margarita la esperaban porque tenía miedo, aunque nunca le había explicado por qué, y por ello habían convenido en chocar las cantinas al llegar a casa como forma de aviso de que estaban sanas y salvas.

Dolores se desvió hacia la izquierda de la carretera hacia su caserío de Elexagoiti[3]. Era un trayecto corto, por lo que no hacía mucho tiempo que se habían separado cuando, aún antes de entrar en la casa, oyó unos gritos o quejidos a los que no dio mayor importancia al creer que habían sido producidos por algún niño en las inmediaciones. Al parecer, chocó las cantinas pero su repique se perdió en la lluvia y la niebla.

Mientras, en Goiri-goitia comenzaron a preocuparse por la tardanza de la mujer y la criada, una expósita adolescente que habían acogido, salió en su busca. No tardó en encontrar el burro cerca de la casa y a la luz de un farol buscó a su ama hasta que la encontró tendida en el suelo en un recodo de la estrada que de la carretera llevaba a la casa, en una especie de plazoleta. Eran algo más de las diez.

Asustada, Micaela regresó a casa y avisó al marido de Margarita, Manuel Larrazabal, que fue al lugar de los hechos y recogió el cuerpo de su esposa sin darse cuenta en un principio de que tenía la cabeza destrozada y estaba muerta. A Manuel le flaquearon las fuerzas y se desmayó.

 

Esta es una historia que reune todos los ingredientes de la historia negra del mundo rural y que refleja fielmente las actitudes y pensamientos de sus habitantes en cuanto a los comportamientos sociales. Nos encontramos ante una serie de familias unidas en ocasiones por relaciones de parentesco pero frecuentemente enemistadas por cuestiones relacionadas con el ganado, las tierras, etc. El honor y la reputación en la sociedad eran de enorme importancia y los noviazgos y matrimonios se resolvían en el marco de las estrategias familiares.

 

LOS PROTAGONISTAS

 

En 1926 la economía del valle de Laudio/Llodio se había modernizado de forma muy tímida. Había alguna fábrica, destacando La Cerámica sobre todas las demás, pero aún no se había producido una transformación socioeconómica significativa. Sin embargo, los cambios que desde décadas atrás se venían produciendo en Bilbao y su entorno también habían tenido sus repercusiones en el valle alavés. De este modo, no eran pocos los que trabajaban en la industria de este lugar, los que tenían familia en Bilbao y la Margen Izquierda, o incluso en el Bajo Nervión. Muchos habían emigrado. Pero los cambios se habían hecho notar sobre todo en lo social y lo cultural: nuevos aires de modernidad llegaban a la localidad, que fue desarrollando una zona central de casas habitadas tanto por obreros y jornaleros como por comerciantes, artesanos, propietarios, profesionales, élites, etc., desvinculados de la actividad agropecuaria.

En todo caso, el mundo agrario seguía teniendo un gran peso en Laudio/Llodio. En las últimas décadas la cría de ganado había ido adquiriendo importancia para el abastecimiento de la población local y comarcal que vivía de una renta o de jornal, y que necesitaba de productos que se obtenían en los caseríos, como la leche. Es así que las mujeres del entorno rural “iban a Llodio” a vender leche, como la protagonista de nuestra historia.

Margarita Basaldua Uribarri era natural de Orozko y se trasladó a Laudio/Llodio para servir en casa de Gregoria Ibarreche. En aquel entonces, la joven tuvo dos pretendientes pertenecientes a dos familias de Goienuri, que vivían casi una al lado de la otra, pero entre las cuales había viejas rencillas y enemistades por cuestiones de ganado.

Juan Manterola Magrach (1895) vivía en el caserío Larrabe, cuya familia no gozaba de buena reputación, las mujeres no menos que los hombres. De su madre Josefa Magrach Arandia (Arrankudiaga, 1860) se contaba que salía a asaltar en los caminos vestida de hombre y que era capaz de cualquier cosa. La mayoría de sus vecinos lo tenían por un hombre trabajador y buen hijo, ya que manejaba la hacienda, tenía una cantera en arriendo y, por si fuera poco, todo lo que ganaba como acordeonista tocando en las romerías de la zona lo entregaba a sus padres, pero no es menos cierto que tenía fama de provocador y pendenciero. En el momento de los hechos aún arrastraba las secuelas de los navajazos que le propinó un tal Apraiz. Varios miembros de la familia habían pasado por la cárcel incluido el padre, Juan Cruz Manterola Luja, que llevaba nueve años imposibilitado en la cama y, de hecho, murió poco después de los hechos.

Por su parte, el otro pretendiente fue Manuel Larrazabal Uria (1895), del caserío Goiri-goitia, a unos 100 metros al sur del anterior, cuya familia sí gozaba de buena reputación en el valle. Algunos consideraron que Manuel era un “coitao”, un inocentón sin genio ni carácter, pero otros lo veían como un hombre prudente y sensato. En todo caso, gozaba de buen predicamento en el valle a pesar de estar enemistado con sus hermanos por, cómo no, cuestiones relacionadas con el ganado de la casa. En definitiva, no es de extrañar que Gregoria Ibarreche aconsejara a Margarita que optase por Manuel y así lo hizo, formando lo que todos los testigos consideraron como un matrimonio dichoso.

La rivalidad por la mano de Margarita no fue el único motivo que alentó el resentimiento de los Manterola con los de Goiri-goitia, ya que unos años después fueron “agraviados” de nuevo.

Aquí entra en juego otra familia más, los Urquijo del caserío Goiri-beitia. Aunque ya estaban previamente enemistados con los de Larrabe, ello no impidió que Eustaquio Urquijo Ussia (1893) estableciera un noviazgo –entendido en el sentido que a dicho término se daba en aquella época….muy lejos del actual- con Toribia Manterola Magrach (1899).

Pero, dada la enemistad existente entre ellos y quizá también la diferencia entre las capacidades económicas de una y otra familia –siempre teniendo en cuenta que hablamos de familias de labradores propietarios, por lo que aquella no debía ser muy grande-, el padre, Bernabé Urquijo Garrastachu, se opuso a la relación. Ello, unido al presunto cáracter mujeriego y díscolo de Eustaquio, poco sujeto a la disciplina horaria del padre, desembocó en una discusión tras la cual ambos rompieron relaciones y abandonaron el caserío cada uno por su lado. A finales de 1925 la relación de Eustaquio y Toribia llegó a su fin y aquel pasó a pretender a Prudencia Basaldua Uribarri, hermana de Margarita, con quien en realidad ya había establecido contacto antes de romper con Toribia.

Margarita fomentó aquella relación ya que los Urquijo “ocupaban una posición desahogada entre los de su clase”. El domingo 13 de junio, día de San Antonio, había romería en Santa Lucía y los de Goiri-goitia irían junto a Eustaquio, que se había afincado en Bilbao, a comer juntos en la fiesta para tratar de la futura boda. Pero los planes quedaron en agua de borrajas cuando, la noche del día 12, Margarita Basaldua fue asesinada a escasos metros de su casa.

 

Segunda parte

 

 

[1] En los textos de prensa originales figura varias veces como “Goyénuri”

[2] Aparece también como “Goiri-arriba”, incluso en párrafos sucesivos

[3] Figura siempre como Lesagoiti excepto en las alegaciones del abogado defensor, que se cita tal cual: Elexagoiti

Bronca en el bar

Durante toda la Edad Moderna y prácticamente hasta la segunda mitad del siglo XIX, la existencia de “tabernas públicas” estaba regulada y sujeta a ciertas normas. Cada localidad establecía el número de tabernas que habría –por ejemplo, en Amurrio y Lezama eran dos- las cuales se sacaban a pública subasta y el rematante ponía el local en su propia casa. En todo caso, también hubo locales específicamente destinados a la venta de vino de Rioja o de txakolí local, de aguardiente y licores, etc., que eran regulados por el concejo, que a veces eran los propietarios de los mismos. Además, existían posadas y mesones donde también era posible echar unos tragos.

La preocupación de las autoridades por lo que ocurría en las tabernas viene de lejos. Pero el principal motivo de desvelos no era el consumo de alcohol sino el juego: ya las Ordenanzas de la Tierra de Ayala, aprobadas en el año 1510, afirmaban que los juegos en las tabernas públicas causaban un gran daño en la Tierra, por lo que se prohibía jugar a los dados en las tabernas y otras partes bajo pena de 600 maravedís la primera vez, 1.200 la segunda y destierro de tres meses la tercera, tanto para los jugadores como para los taberneros y aquellos que permitieran los juegos. Si los acusados no tenían bienes, serían desterrados 6 meses la primera vez y un año la segunda. Para hacerse una idea de la seriedad de las penas, los dos alcaldes de hermandad de la Tierra cobraban 500 maravedís por el año de su ejercicio.

En realidad, el problema no era que se jugara a los dados o los naipes sino las apuestas que se hacían en estos juegos. Un ejemplo concreto: en 1615 el alguacil de la Tierra, Juan de Otazu, acusó a una serie de vecinos de Lezama y Berganza de jugar noche y día a los naipes en las tabernas, así como en los días de fiesta antes de misa, lo cual estaba prohibido por las ordenanzas locales. Otazu afirmaba que para pagar lo que se jugaban vendían bueyes, novillos y lechones, como algunos vecinos que habían llegado a jugarse 30 ducados –alrededor de 11.000 maravedís, nada menos- en la casa del escribano y alcalde ordinario Juan Ortiz de Padura, que tenía taberna –a pesar de que estaba prohibido que un escribano llevase una taberna pública-. La justicia condenó a estos vecinos en primera instancia en diversas cantidades que iban desde los 600 hasta los 100 maravedís. Los reos, entre los que se contaban tanto labradores propietarios relativamente pudientes como simples criados y mozos solteros, argumentaban que estaban siendo injuriados, ya que nunca les habían atrapado jugando. De este modo, la Chancillería finalmente les dio la razón[1].

 

No parece que sirvieran de mucho las continuas advertencias que las autoridades realizaban acerca del horario de cierre de las tabernas. Si en las primitivas ordenanzas solo había un capítulo relativo a las tabernas, en las nuevas ordenanzas de 1750 aparecen varios con el objeto de atajar ciertos problemas que debían ser muy frecuentes. De este modo, se establece que las tabernas debían permanecer cerradas mientras durase cualquier oficio divino; no podían dar naipes y vino en los días de labor por los grandes perjuicios que se seguían; y no debían dejar jugar a los naipes ni a otro juego, así como servir vino, después del toque de Ave María, que marcaba el ocaso y el momento de recogerse a casa. Al parecer, no era infrecuente que se jugara en las tabernas a deshoras de la noche e incluso hasta el día siguiente. También había quien se mostraba reacio a abandonar el local, gente a quien los taberneros no podían echar “sin exponerse a pendencia”, para lo que se estableció un modus operandi consistente en dar aviso a los regidores o sus tenientes o, de no poder hacerlo ellos, a los alcaldes ordinarios. Por último, no se admitían personas sospechosas, contrabandistas o que portasen armas prohibidas en los mesones y posadas. Estas ordenanzas relativas a las tabernas debían ser expuestas anualmente en lugar visible. En relación con todo esto, también se prohibió que los alcaldes ordinarios hicieran audiencia cerca de lugares donde se vendiera pan y vino, ya que al parecer la gente aprovechaba esta circunstancia para dejar sus labranzas y oficios para ir a la taberna con el pretexto de acudir a las audiencias.

Esta problemática en torno a la taberna no ha cesado nunca y no son precisamente escasas las noticias relativas a peleas y reyertas en bares en el primer tercio del siglo XX, en el contexto de proliferación de conflictos violentos a la que aludimos en otra entrada anterior. De hecho, algunos de los asesinatos reseñados en aquella también tenían relación con la taberna.

Veamos algunos ejemplos.

 

En primer lugar, la mayoría de reyertas y conflictos que documentamos no ocurrieron en el mismo local sino que se gestaron en el y se consumaron en el exterior, en las inmediaciones del mismo o incluso bien lejos del mismo. Por ejemplo, el 1 de agosto de 1902, sobre las 21.30, Esteban Álvarez Marqués, soltero de 29 años y celador de consumos en Luiaondo, y a Ángel Gochi Loizaga, recaudador de arbitrios de 24 años y vecino de Izoria, dieron una paliza a Marcos Gabiña Yarritu en la “Mesa de Sarauve” cuando se dirigía a su casa de Olabezar. Al parecer, la animadversión y los conflictos que existían entre Gochi y Gabiña, ambos relacionados con la recaudación de arbitrios, habrían sido la causa de la agresión, aunque ambos afirmaron en el juicio que sus viejas rencillas ya estaban olvidadas. Los acusados alegaron la atenuante de embriaguez, ya que ambos fueron vistos el día de autos en el café de Felipe Jauregui Esnarriaga en Amurrio, y fueron condenados a 4 años y 2 meses de prisión e indemnización de 200 pesetas al lesionado.

En el exterior del establecimiento de Lorenzo Aldama Arberas en Amurrio –el Torrejón- dirimieron sus diferencias su hermano Alejandro, de 25 años, e Isidro Aspiunza, de 52, el 23 de febrero de 1904, que habría resultado en dos pedradas que el primero propinó al segundo, aunque alguno de los testigos lo desmintió. El motivo del conflicto fue las proclamas de Aspiunza contra el clero y los Aldamas, por lo que le reconvino y entonces Isidro se abalanzó sobre el. Un testigo dijo que la conversación giraba en torno a las dotes de frailes y monjas y que Aldama se incomodó cuando Aspiunza nombró a Aldama con el apodo del “Paulero”. Isidro era hombre de mal carácter, presto a sacar la navaja y tenía prohibida la entrada a varios locales del pueblo.

Por cierto, en la festividad de San Roque del mismo año unos sujetos desconocidos agredieron brutalmente a Hermógenes Bartolomé, un soriano de 57 años que dormía en la puerta de la casa que habitaba Eduardo Aguirre. Además de causarle varias heridas, le robaron 37 reales que llevaba guardados en una faja: todo el caudal que llevaba encima. Ese mismo día, en la feria de ganado de San Roque, la Guardia Civil registró a unos jóvenes que habían tenido una reyerta, incautándoles varias armas prohibidas.

 

A veces, los conflictos suscitados en el interior de la taberna derivaban en algo más serio, con víctimas mortales. Recogemos dos ejemplos de ello.

El primero ocurrió en Amurrio el 6 de febrero de 1910, domingo de Carnaval, en plena celebración de los kintos que, claro está, entonces era muy diferente a la actual. Los mozos sorteados para el servicio militar simplemente se reunieron para comer lo que el vecindario les había dado la noche de Santa Águeda. El lugar elegido fue la taberna llamada “del Patrón”, que a la sazón era de Ignacio Landazuri Arberas. Su hijo Segundo Ramón, de 21 años, estuvo allí mismo “cantando y bailando” con algunos kintos como el y otros jóvenes de la localidad.

Seguramente con los ánimos en plena ebullición tras una generosa ingesta de líquidos, Segundo Ramón cogió en brazos a Jacinto Muguruza, que también se encontraba allí a pesar de haber sido excluido del sorteo por ser corto de talla. Segundo perdió el equilibrio yendo a tropezar con Ruperto Castresana, de lo cual se promovió una disputa que no pasó a mayores.

Pero ya fuera del local de su padre, Castresana y sus acompañantes Pedro López Tellería y Juan Elorza Ugarte –Castresana y Elorza tenían 19 años y no eran parte del reemplazo- golpearon a Segundo con unas estacas, causándole una serie de heridas que, según el fiscal, no le impidieron ir a su casa, tomar un cuchillo y atacar a los tres, hiriendo mortalmente a Elorza en la región torácica.

El juicio tuvo lugar a principios de noviembre del mismo año y por allí desfilaron como testigos algunos kintos y otros jóvenes del pueblo. El fiscal pidió 14 años de cárcel por homicidio para Segundo Ramón Landazuri pero su abogado defensor, Enrique Ocio, consiguió la absolución.

 

El segundo caso saldado con un asesinato ocurrió el 12 de noviembre de 1929 en la taberna de Eugenio Arratia en Llanteno –seguramente se encontraba en realidad en Costera, en el barrio Ibaizabal-. Eugenio tenía dos criados llamados Pedro Aldama y Aniceto Alejandre, que habían declarado en el juicio seguido a Saturnino Vivanco, vecino de Menagarai, por poseer una escopeta sin licencia.

El día de autos Saturnino acudió a la taberna, que estaba bastante concurrida, y molestó de palabra a los criados, enganchándose con Aniceto, a lo que intervinieron los demás concurrentes. Por orden de Eugenio, Aldama echó a la calle a Vivanco en compañía de su tío Víctor Echave. Entre los tres debió haber “palabras y forcejeos” porque entraron a la taberna tío y sobrino y detrás entró Vivanco con un rasguño en la cara, diciendo que les iba a denunciar a la Guardia Civil. Echave le dijo que se dejase de tonterías porque el era el culpable de lo sucedido y todos los presentes testificarían en ese sentido. Vivanco pareció calmarse y siguieron todos tomando unas copas hasta las 9 de la noche, momento en que emprendieron el camino a sus casas. Vivanco fue el último en salir y en la taberna solo quedaron el propietario y los dos criados.

Mientras, en el exterior, Echave salió en compañía de Valentín Astobiza. Cuando habían andado unos 200 metros, Vivanco se acercó a Echave y, poniéndole una mano en el hombro, le dijo: “¿Tú qué tienes conmigo?”. El interpelado trató de zafarse y responder con un bofetón, per Vivanco apuñaló a Echave en el corazón de manera rápida, causándole una muerte instantánea. Astobiza apenas se dio cuenta de lo ocurrido y para cuando oyó caer a Echave y fue en su auxilio ya estaba muerto, mientras el agresor caminaba con toda tranquilidad hacia su domicilio. A la 1 de la mañana fue detenido en su domicilio sin oponer resistencia.

 

Algunos de los nombrados en el caso del asesinato de Amurrio estuvieron implicados en otros conflictos posteriormente. Así, el 19 de noviembre de 1923 Pedro López Telleria hirió con una navaja a Maximino Yarritu Cuadra produciéndole una herida de pronóstico reservado en la región intercostal izquierda.

Pero, sobre todo, son frecuentes las noticias sobre reyertas en el establecimiento de Ruperto Castresana, el bar El Bolinche. En marzo de 1923 a Pablo Urieta se le cayó una pistola al suelo mientras bromeaba con un amigo, de modo que se disparó e hirió a Santiago Mendieta en el parietal derecho. A finales de noviembre de 1926 Emilio Preciado e Ignacio Carmendi se desafiaron en la taberna y salieron a la calle. Emilio, con una navaja barbera “de las llamadas de Albacete”, causó a Ignacio tres pequeñas heridas de pronóstico leve. El agresor, que era celador de la Compañía Nacional de Teléfonos, fue detenido y puesto a disposición judicial.

El propio Castresana se había visto envuelto en algún que otro conflicto, incluso antes del que tuvo lugar en la taberna del Patrón. El 29 de junio de 1907, con tan solo 16 años, estaba en la taberna de Francisco Ochoa en Olabezar celebrando la fiesta de La Cadena -se celebraba San Pedro- cuando comenzó a cantar unas coplas con Marcos Montejo y Rafael Pinedo Echeguren. Estas coplas molestaron a Emilio García y Alejandro Aldama y como resultado disputaron, saliendo estos dos heridos de escasa consideración. Sin embargo, la cosa no acabó ahí y Marcos y Rafael salieron a la calle desafiados con Alejandro, que fue herido de una pedrada.

Alejandro, como hemos visto, era hermano de Lorenzo Aldama, cuyos hijos hirieron de un garrotazo en la plaza de lpueblo a Joaquín Garayo, de Luiaondo, en las fiestas patronales de 1928. Ya el año anterior, Antonio Aldama había sido detenido por haber causado daños en una riña con Guillermo Isasi. Y poco antes de la navidad de 1929, discutió en el bar de Castresana con Bruno Otaola Ibarrola, de modo que el segundo golpeó al primero con un paraguas causándole varias heridas. Por cierto, Bruno fue asesinado durante la Guerra Civil y también había sido detenido anteriormente, en junio de 1925 por haber maltratado a su vecina Marcela Ugarte Respaldiza.

A finales de agosto de 1935, Antonio Aldama fue detenido de nuevo tras haber agredido al zapatero Perfecto Olarte junto a la casa y bar de Castresana cuando Olarte le reclamó una deuda por unos zapatos que le hizo. La agresión se produjo con una navaja de la que luego se deshizo. Perfecto tenía una herida inciso punzante en el costado izquierda, de carácter grave, por lo que fue trasladado a hospital de Basurto.

 

A veces, los conflictos se dirimían en caliente en el interior del local, como ocurrió el 1 de octubre de 1911 en Arespalditza/Respaldiza. Entre las 20 y las 20.30, Luis Lejarza Camino entró en compañía de dos hombres a tomar un cuartillo de vino en el establecimiento de Francisco Esnarriaga. Para acompañar, pidieron tres cigarros puros a Fidela Esnarriaga, que atendía el negocio, los cuales no quisieron aceptar por considerarlos de mala calidad. Como consecuencia, hubo algunas palabras entre Fidela y Luis y, al oírlas su padre Francisco, que estaba en una habitación frente a la puerta del establecimiento, intervino y discutió con Lejarza. Le mandó salir de la casa pero se negó porque aún le quedaba vino por beber y porque seguía habiendo clientes en el local.

Entonces, Francisco tomó una navaja y Luis trató de arrebatársela, de modo que resultó herido en la palma de la mano de derecha con un corte de 13 centrímetros de longitud y 1,5 de profundidad. Aunque Luis afirmaba que durante 16 días estuvo impedido para dedicarse a sus ocupaciones habituales, quedándole como defecto permanente la inutilidad de la mano derecha, el médico dijo que su herida no había cicatrizado mejor porque estuvo bailando el 8 y el 15 de octubre en contra de sus consejos.

Los testigos declararon que Luis había insultado a Fidela y que trató de sacar a la calle a Francisco para pegarle, quien echó mano de una navaja que siempre tenía abierta encima de la mesa para diversos menesteres profesionales y para picar tabaco.

Pocos meses después, el 3 de septiembre, Luis Lejarza se presentó en el puesto de la Guardia Civil de Amurrio manifestando que por resentimientos antiguos con Luis Álava, Juan y Toribio Urruela había tenido el día 1 una reyerta en la taberna del pueblo, y que al retirarse a su casa le salieron los tres por el camino y le tiraron al suelo dándole puñetazos hasta que se cansaron.

 

No fue la única que vez que unos pitillos provocaron un altercado. A mediados de octubre de 1911, dos amigos llamados Basilio Aldama y Modesto Llano merendaron “en una venta próxima a La Muera” –seguramente la de Menditxueta- tras lo cual el primero pidió un cigarro al segundo, que rehusó darle uno, por lo que se separaron. Pero Basilio esperó en un camino solitario a Bengoa y a su paso le propinó 12 cuchilladas en la cabeza y 2 en la cara con un cuchillo de mesa. Al parecer, el vecindario casi lincha a Aldama y los guardias forales tuvieron que hacer grandes esfuerzos para impedirlo, llevándoselo detenido. La víctima fue trasladada en situación grave al hospital de Urdula/Orduña.

 

Por supuesto, en las tabernas se seguía jugando a las cartas y eso siempre ha llevado, tarde o temprano, a disputas entre los contrincantes, no siempre con pacífico final. El 1 de marzo de 1905 dos hermanos de Artomaña fueron puestos a disposición del juzgado de Amurrio como presuntos autores de la herida causada a un obrero de la vía el domingo anterior. La disputa se produjo en la taberna de Donato Pinedo jugando al mus y giró en torno a si el obrero, Donato Mendia, debía contar un “amarreco” o no. La revancha se dejó para más adelante. Los hermanos Francisco y Eugenio Orue fueron después a su caseta junto a la vía férrea, donde le esperaron y le propinaron un garrotazo en la cabeza, causándole heridas que tardaron 14 días en sanar. El juicio se celebró en agosto y los hermanos admitieron los hechos imputados. En esta localidad, en enero de 1922, José Mendieta y Felipe Zubiaga, de 46 y 38 años respectivamente, se pegaron en el exterior de la taberna de Faustino Tellaeche, donde habían tenido ciertas palabras. Zubiaga fue herido en el labio superior por un mordisco de Mendieta.

 

Según avanzaba el siglo XX, las cuestiones políticas comenzaron a ser una frecuente fuente de conflictos en una sociedad crecientemente politizada. Por mencionar dos ejemplos, en junio de 1919 jóvenes de Amurrio y de Urduña/Orduña se enfrentaron en una taberna del barrio San Miguel, en la ciudad vizcaína, porque los primeros gritaban ¡Viva España! y los segundos ¡Gora Euzkadi!. Resultaron heridos los amurrioarras Félix Sologuren, de 20 años, con una herida de carácter reservado en la cabeza, y Faustino Aldama, de 21, herido en la pierna. Éste llegó a realizar dos disparos con arma de fuego para defenderse, de modo que fueron perseguidos por los de Urduña/Orduña cuando trataban de huir. Fueron detenidos por ello Luis Salazar y Gerardo Lambarri, de 34 y 16 años respectivamente. Hay que decir que Solorzano fue detenido por la Guardia Civil a finales de abril de 1922 por haber herido de gravedad en un muslo de un navajazo a su convecino Olegario Escubi.

En segundo lugar, a finales de noviembre de 1931 los hermanos Ricardo y José San Pedro Otaola, un tanto bebidos, fueron al establecimiento de Ciriaca Barandalla en Laudio/Llodio profiriendo insultos y frases groseras y señalando ideas comunistas. Por ello, los que estaban en la taberna los tuvieron que sacar y al salir alguno les propinó varias bofetadas.

 

Finalmente, a veces las visitas a la taberna tenían funestas consecuencias no por los roces y conflictos con otros parroquianos sino por el exceso de consumo alcohólico. Es lo que ocurrió el 11 de enero de 1904 en la ya mencionada taberna de Ibaizabal en Costera. A las 4 de la tarde, un carpintero llamado Cesáreo Salavarria Gorbea, de 51 años y vecino de Retes de Llanteno, abandonó la taberna con destino a su casa en evidente estado de embriaguez. Nunca llegó a ella. Al día siguiente, su cadaver fue hallado en la acequia del molino de Costera.

 

En fin, la taberna ocupaba un lugar central en la conflictividad entre vecinos. Por un lado, el consumo de alcohol, muchas veces en cantidades abusivas, llevaba a roces y discusiones por cuestiones sin importancia, pero en otras ocasiones no hacía más sacar a la superficie conflictos latentes en el día a día. Por otro lado, como punto de reunión de los vecinos, a veces era en la taberna donde se dirimían diferencias que nada tenían que ver con el local en sí.

Digamos que, en este sentido, las cosas no han cambiado tanto como podría pensarse. Las discusiones y peleas no debieron ser infrecuentes y solo aquellos casos con ciertas repercusiones, como heridas graves y detenciones, aparecen en la documentación escrita. Son simples referencias escritas, sin interés particular por separado, pero que en su conjunto forman un mosaico de sucesos que nos muestran una cara distinta de la sociedad de la época.

 

 

(El Heraldo Alavés, Año III, nº 718, 19-6-1903)

(El Heraldo Alavés, Año II, nº 568, 11-12-1902)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 940, 14-1-1904)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 1071, 22-6-1904)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 1115, 18-8-1904)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1279, 4-3-1905)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1376, 6-7-1905)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1413, 21-8-1905)

(El Heraldo Alavés, Año VII, nº 2106, 10-12-1907)

(El Heraldo Alavés, Año X, nº 2824, 9-2-1910)

(El Heraldo Alavés, Año X, 5-11-1910)

(El Liberal, 8-11-1910)

(El Heraldo Alavés, Año XI, nº 4324, 17-10-1911)

(El avisador numantino, Epoca 2ª, Año XXXIII, nº 3113, 18-10-1911)

(El Heraldo Alavés, Año XII, nº 4430, 26-2-1912)

(El Heraldo Alavés, Año XII, nº 4587, 4-9-1912)

(La Libertad, Año XXX, nº 9358, 4-6-1919)

(El Heraldo Alavés, Año XXII, nº 8374, 1-2-1922)

(El Heraldo Alavés, Año XXII, nº 8867, 2-5-1922)

(El Heraldo Alavés, Año XXIII, nº 9345, 20-11-1923)

(El Heraldo Alavés, Año XXIII, nº 9124, 24-2-1923)

(El Heraldo Alavés, Año XXIV, nº 1443, 9-4-1924)

(El Heraldo Alavés, Año XXV, nº 10821, 15-7-1925)

(El Heraldo Alavés, Año XXVI, nº 11221, 30-11-1926)

(El Heraldo Alavés, Año XXVII, nº 11502, 9-12-1927)

(El Heraldo Alavés, Año XXVIII, nº 8286, 17-8-1928)

(El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8663, 14-11-1929)

(El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8697, 24-12-1929)

(El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 10177, 1-12-1931)

(Pensamiento Alavés, Año IV, nº 818, 27-8-1935)

[1] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2217, 22