El asesinato de Margarita Basaldua (II)

LA INVESTIGACIÓN

 

 

Francisco Antonio Larrazabal Rotaeche (1853) salió de la casa y encontró a su hijo desmayado junto al cadaver de su nuera. Al mismo tiempo, en Elexagoiti, Patricia Fica Abasolo había escuchado los lamentos y gritos de dolor de Manuel, de modo que avisó a su marido Eustaquio Zaballa Urquijo (Orozko, 1869), quien despertó a sus hijos y junto a uno de ellos salió de casa corriendo en dirección al lugar de los hechos. Tras los momentos de sorpresa, terror y confusión iniciales, fueron enviados a dar aviso de lo ocurrido a los vecinos más cercanos y a las autoridades. Nadie avisó a los de Larrabe y a sus parientes y vecinos más próximos, la familia Escauriaza del caserío Gorostiza, enemistados también con los de Goiri por cierta disputa mantenida unos años atrás –en el juicio no quedaron claras, o no quisieron aclarar, los motivos de esta enemistad-.

A pesar de que todos los hechos anteriormente narrados eran conocidos en el pueblo, si no por todos al menos sí por los vecinos de Goienuri, y a pesar de que esta enemistad era vox populi, la investigación del crimen tomó, en un principio, otros derroteros muy distintos, lo cual no deja de llamar la atención.

La Guardia Civil de la localidad y los miembros del juzgado municipal no tardaron en llegar al lugar de los hechos y comenzaron a practicar las diligencias necesarias para averiguar lo sucedido.

Uno de los primeros en llegar al lugar había sido Dionisio Urquijo Garmendia (1887), que tuvo un papel importante en el transcurso de la investigación. Dionisio era cuñado de la víctima, ya que estaba casado con Dolores Basaldua Uribarri (Orozko, 1892). Sin embargo, las relaciones entre ambos eran más bien frías y, además, Dionisio estaba en buenos términos con los Manterola. Y esa debió ser la razón por la cual puso a los agentes sobre la pista de un antiguo pretendiente de Margarita que era vecino de Orozko. Así, el día 15 se informaba desde Bilbao de la detención de un tal Domingo Ugarriza, que pocas horas más tarde fue puesto en libertad al comprobarse su inocencia. Dionisio también señaló a Antonio Larrazabal, hermano de Manuel, conocedor de la ruptura de relaciones entre ambos. ¿Desvió Dionisio la atención de forma deliberada para que las diligencias no se centraran en sus amigos los Manterola? ¿O actuó con buena intención pero equivocadamente?

Equivocado sin duda estaba José Ordeñana Isasi (Arrigorriaga, 1876), pariente de los de Gorostiza, de voz apocada y “gesto filosófico”, una especie de detective local que estuvo investigando el crimen por su cuenta y a quien el juez animó a seguir con sus pesquisas porque “parecía un perfecto policía”. Desde luego que, al menos en esta ocasión, Ordeñana no destacó precisamente por su perspicacia y capacidad investigadora, ya que sospechó en primer lugar de un muchacho de Lezama llamado Luciano Aldaiturriaga Ugarte (1899), que en tiempos pasados estableció tratos con la familia de Prudencia con el objeto de casarse con ella, a lo cual puso punto y final su padre Justo Basaldua al remitir una carta al padre de Luciano en la que decía “que nada había de lo dicho”. Fue una pista sin fundamento ninguno ya que Aldaiturriaga demostró que había estado en Lezama todo el día.

La prensa ya hablaba de “un crimen misterioso” carente de explicación y cuya autoría estaría envuelta en la más absoluta de las incertidumbres. Y quizá todo hubiera quedado así de no ser por las revelaciones que un díscolo muchacho realizó a un alcohólico que decidió dar parte ante las autoridades. Del encuentro de estos dos personajes marginales o inadptados en un lugar apartado y marginal habría de venir la resolución del caso.

 

El 29 de junio Román Larrinaga, más conocido como “Polido”, de 26 años, acudió al puesto de la Guardia Civil de Laudio/Llodio para poner en su conocimiento las importantes revelaciones que el niño José Maria Achurra, criado en el caserío Larrabe, le había realizado tras encontrarse ambos en el monte. Era tal la melopea que calzaba Polido que apenas se tenía en pie y los guardias no le creyeron y le despacharon con viento fresco; pero ni corto ni perezoso tomó el tren y se personó en el despacho del juez del distrito de Amurrio, el señor Federico López Costa, que era quien estaba a cargo de la instrucción del caso.

Tras el testimonio del ebrio individuo, el juez se trasladó en coche a Laudio/Llodio junto al actuario, el alguacil y el mismo denunciante, rumbo a Larrabe para ver al joven Achurra, que ratificó lo que previamente había contado: que Josefa Magrach y su hija Leandra Manterola (1893) habían asesinado a Margarita Basaldua. El había sido testigo de cómo ambas salieron de casa por la noche y regresaron al de poco rato, con Josefa vistiendo una camisa de hombre manchada de sangre que posteriormente Juan habría llevado a quemar al horno de Gorostiza. Posteriormente, les habría escuchado hablar en euskera entre ellas del crimen.

En consecuencia, el juez ordenó la detención de ambas, así como de Juan y Toribia Manterola, Felipe Urquijo, y todos los habitantes del caserío Gorostiza (Juan Francisco Escauriaza, Maria Juana Isusi, Lázaro Escauriaza, Luisa Encarnación Escauriaza y Alfredo Hermosilla) como autores, cómplices y encubridores del crimen.

Tras los interrogatorios pertinentes, el día 31 el juez López Costa ordenó la prisión sin fianza para Josefa y sus hijos Juan y Leandra como presuntos autores del asesinato de Margarita Basaldua, éstos inducidos por aquella, acusación que todos ellos negaban. Se creía que el arma homicida había sido un martillo picacho o instrumento similar con el que la víctima recibió tres golpes fatales en la cabeza. ¿El móvil? Simple venganza por la negativa de Margarita a casarse con Juan, con el agravante de la ruptura de Eustaquio Urquijo con Toribia Manterola para inicar relaciones con la hermana de la víctima, las cuales iban a concretarse el día después del crimen en una comida en la fiesta de San Antonio.

También permaneció en la cárcel Juan Francisco Escauriaza Urquijo (1871). Los cuatro presos coincidieron en la cárcel de Amurrio con otros 5 reclusos internados como presuntos autores de un crimen cometido en Izarra a mediados de octubre. A finales de noviembre ya estaba terminado el sumario correspondiente pero el Juzgado de Amurrio fue suprimido el 1 de enero de 1927. De este modo, el juez fue trasladado a Saldaña (Palencia) y los presos de Amurrio, 5 hombres y 2 mujeres, fueron trasladados a Vitoria-Gasteiz hasta la fecha del juicio. Un juicio que levantó mucha expectación y tuvo plena cobertura por parte del principal medio de comunicación escrito de Álava: El Heraldo Alavés.

 

Tercera Parte

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