El asesinato de Margarita Basaldua (III)

EL JUICIO

 

El juicio por el asesinato de Margarita Basaldua no se celebró hasta diciembre de 1927, año y medio después del suceso. Comenzó el día 12 en Vitoria-Gasteiz en medio de una enorme expectación que llevó el caso a las páginas de la prensa y en especial a las de El Heraldo Alavés, que hizo un seguimiento exhaustivo de todas y cada una de las sesiones del juicio.

El tribunal estaba presidido por Rafael Rubio, con los magistrados Alvarez Taladriz, Pascual, Martínez Villar y Usera, estos dos últimos de las Audiencias de Burgos y Logroño respectivamente. Representaba al Ministerio Público el fiscal Sánz Gomendio, la acusación privada la ejercía el letrado vitoriano Gabriel Martínez de Aragón y el abogado defensor era el bilbaíno Rafael Goldaracena.

En primer lugar, Juan Francisco Escauriaza fue absuelto de todos los cargos, ya que de las diligencias practicadas en el sumario no se probó ninguna participación en los hechos.

Por otra parte, el fiscal consideraba que los otros tres acusados eran autores, por su participación directa, material y voluntaria en su ejecución, de un delito de asesinato con premeditación conocida, prevista en el art. 148 nº 4 del Cógido Penal. En virtud de ello, se pedía cadena perpetua para Juan Manterola y reclusión perpetua para las dos mujeres, con accesorias y costas por igual, además del pago de 20.000 pesetas a los herederos de la difunta en concepto de indemnización. La acusación privada se mostró de acuerdo con el fiscal.

Por el contrario, la coartada de los acusados se basó en que las dos mujeres permanecieron todo el día de autos en su casa y que Juan estuvo “haciendo tertulia” en el caserío Gorostiza de 8 a 11 de la noche, como tenía por costumbre ya que era el caserío más cercano al suyo y además eran parientes.

 

Así pues, entre el 12 y el 16 de diciembre desfilaron ante el tribunal los acusados, familiares de la difunta, testigos y numerosos vecinos de Laudio/Llodio. La primera fue Leandra Manterola, a quien se describe como una mujer gruesa de 34 años, vestida de azul “al uso corriente de su clase”, y casada con un trabajador de la Compañía de Tranvías, residentes según testimonios en Bilbao o en El Desierto (Erandio). Leandra explicó que habían sido once hermanos y, aunque cuatro de ellos aún estaban solteros, todos “tenían colocación” y nadie podía socorrer a los padres, motivo por el cual ella se hallaba en Larrabe el día de autos. Fue fiel a lo expuesto por su abogado defensor y negó que tuviera malas relaciones con los de Goiri, aunque hubo de reconocer que habían tenido algún incidente por cuestiones de ganado. De los amoríos de Eustaquio dijo no saber nada y negó las habladurías en torno a la presunta costumbre de su madre de vestir de hombre. En cualquier caso, Leandra no evitó contradecirse al afirmar que se enteró del crimen el día siguiente al salir de misa cuando en una declaración anterior había dicho que no tuvo noticia hasta la siguiente noche. En el juicio se ratificó en que se enteró del crimen al salir de misa.

Juan Manterola se presentó ataviado con una blusa negra y el redactor de la crónica de El Heraldo Alavés dijo que tenía “menos serenidad que la anterior”. Al igual que su hermana, afirmó que sus relaciones con los de Goiri eran buenas. Al respecto relató su versión de un incidente que seguramente ya había sido recogido en el sumario. Y es que una vez en que el acusado estaba en el garaje del Marqués junto a un amigo, al pasar Manuel Larrazabal le tiraron un palo, al parecer sin que éste supiera su procedencia. Juan afirmaba que, días después, Manuel pasó por el mismo lugar y les oyó hablar, pero al reconocerles se acercó y luego regresaron juntos a casa. Así quería demostrar que sus relaciones no eran malas tal y como se decía.

Sin embargo, Juan negó repetidas veces y contra toda evidencia que alguna vez hubiera pretendido a Margarita y solo admitió haber acompañado a alguna amiga suya antes de que se casara. Otro dato de intéres es que el fiscal le preguntó si en casa hablaban euskera, a lo que respondió que “solo con el padre”. Por ello afirmaba que en la cárcel había hablado siempre en castellano y se dirigía a su hermana ante testigos para que vieran que no tenían nada que ocultar.

A instancias de la acusación, respondió que la noche de autos –recordemos que fue un día de lluvia y mal tiempo- vistió un elástico negro, tapabocas y, creía, alpargatas. También dijo que al llegar a Gorostiza Alfredo Hermosilla ya estaba allí, aunque éste aportó datos contradictorios. Finalmente, Juan Manterola contó que volvió de Gorostiza a Larrabe entre piezas y sin pasar por el lugar del crimen ni sus proximidades, negando así la posibilidad de que hubiera sido visto, como posteriormente afirmaría algún testigo. Del crimen dijo que se enteró al día siguiente junto a “las casas de Ugarte” de boca de Antonio Bengoa cuando iban a misa. Con su madre y hermana no lo habló hasta esa noche o al día siguiente.

 

A continuación, llegó el turno para la declaración de Josefa Magrach[1], “figura típica de una vieja cashera” de 68 años, vestida al uso del país. En lo que a ella respecta, negó haber vestido nunca pantalones a pesar de las habladurías en ese sentido y definió sus relaciones con los de Goiri como “cordiales”. Josefa oyó de las relaciones de su hija Toribia con Urquijo, pero cuando le preguntó por ello le contestó “usted, madre, calle, yo ya me acordaré”. No estaba de acuerdo con la relación porque consideraba que él era demasiado “alto” y ella no podía dar a su hija la suficiente dote para ese matrimonio. Por abril se enteró de que habían roto la relación y no sabía por qué, aunque anteriormente había declarado significativamente que fue porque Eustaquio era un atrevido que “se propuso adelantar acontecimientos”. De la reunión que iba a tener lugar para el casamiento entre Urquijo y Prudencia Basaldua dijo no saber nada.

Sin embargo, las preguntas de Martínez de Aragón hicieron aflorar ciertas contradicciones en su declaración. Por ejemplo, afirmó haberse retirado a su casa antes de las 8, aunque anteriormente había dicho que a las 9 o incluso que no llegó a salir –lo cual había sostenido el abogado defensor esa misma mañana-. No supo resolver esta contradicción. En segundo lugar, la Guardia Civil, cuando registró su casa, se llevó una camisa –que decía ser de su ya difunto marido- con unas manchas que no sabía si eran de sangre, comida o quemadura de tabaco; también un pantalón de Juan, un pañuelo, un martillo para la cantera y unos trozos de hierro. Al respecto, Josefa dijo que podía ser sangre que su marido echaba por la nariz aunque éste había negado que ello le ocurriera desde hacía dos años. En tercer lugar, aunque sabía que a Margarita le salían a buscar los de su casa, negó que fuera por miedo a pesar de que poco antes había declarado que eso era algo sabido por todos.

La primera jornada del juicio finalizó con la declaración de Juan Francisco Escauriaza, propietario de Gorostiza, que vestía de americana. Básicamente, respaldó la versión de los procesados y afirmó que Juan Manterola estuvo en su casa hasta las 11 y que vestía con boina azul y alpargatas. No habría tenido noticia del crimen, ya que no fueron avisados, hasta el día siguiente que se lo contó Venancio Larrinaga Escauriaza (1892).

 

La segunda jornada del juicio, el 13 de diciembre, comenzó con la declaración del viudo Manuel Larrazabal. En primer lugar, afirmó que no se trataba con los de Larrabe “por su mala lengua” aunque no les deseaba ningún mal; ello no resta para que acto seguido los describiera como “malas personas”. Para apoyar esta afirmación contó diversos incidentes con los Manterola, afirmó que había oido que Josefa vestía pantalones y salía a los caminos de noche, que Juan también le salió una noche al camino y que una vez robó 25 pesetas en sellos en el estanco de la Plaza Nueva de Vitoria-Gasteiz. Creía que junto a los de Gorostiza, a quienes tampoco trataba, eran capaces de cualquier cosa.

Según su declaración, Juan había pretendido a Margarita en el tiempo en que el estaba en el servicio militar. Ya de casados, ambos apoyaron las relaciones de Prudencia Basaldua con Eustaquio Urquijo, con quien Manuel tenía amistad. Opinaba que los Manterola se enteraron de sus planes de boda y resolvieron matar a su mujer como venganza por no haber correspondido a Juan y por haber roto Urquijo con Toribia para irse con Prudencia.

En todo caso, también Larrazabal cayó en alguna contradicción, ya que no supo precisar en qué momento los culpó por primera vez ni lo dicho en sus primeras declaraciones. El se defendía diciendo que había declarado en la cama sin darse demasiada cuenta, probablemente en lo que hoy llamamos estado de shock.

A continuación tuvo lugar la prueba pericial de los médicos Acero y Gorostiaga de Laudio/Llodio y Garro de Amurrio. Determinaron que las heridas fueron causadas con un martillo o picachón, algo con mango largo, y describieron la posición probable de los agresores. Aunque su declaración pasó un poco desapercibida en un juicio al que el público acudía para saciar su sed de morbo, a la postre sus conclusiones fueron muy tenidas en cuenta por la acusación.

Micaela Expósito, de 16 años y natural de Orozko, criada en Goiri-goitia, fue quien encontró el cadáver de su ama, a quien salían a buscar por expresa petición suya. Relató que Manuel gritó al encontrar el cadaver de su esposa, antes de su colapso nervioso, y desconocía si tenía malas relaciones con los de Larrabe aunque sí sabía que tras el hallazgo del cadáver no mandaron ningún recado a ellos ni a los de Gorostiza, como ya se dijo.

Por su parte, Dolores Zaballa fue la última persona en ver a Margarita con vida, excepto sus agresores. La joven aportó un detalle muy importante, ya que días antes del crimen fue testigo de cómo la difunta y Josefa Magrach iban juntas hacia el pueblo, hablando en euskera y aparentemente de forma amistosa. Sin embargo, posteriormente Margarita le confesó que Josefa la había amenazado, lo cual explicaría ciertas comentarios que su hermana Prudencia le escuchó decir.

Su padre Eustaquio Zaballa es descrito como un “cashero socarrón” que con sus manifestaciones causaba la risa del público. Afirmó que tenía “malos informes” de los de Larrabe desde pequeño, a quienes consideraba capaces de semejante crimen, aunque su hija Dolores había dicho que las relaciones con ellos eran buenas y nunca habían tenido problema alguno. Eustaquio dijo haber sospechado de ellos desde el principio, conocedor de la enemistad entre Larrabe y Goiri. Al parecer, asistió junto a Martín Bengoa al interrogatorio efectuado al menor Alfredo Hermosilla, hospiciano acogido en Gorostiza que también fue objeto de las revelaciones de Achurra, y recordaba haberle oido decir que la abuela había salido vestida con ropas de hombre junto a Leandra y que luego las había quemado. Señaló que las relaciones de Eustaquio con Toribia eran “ilícitas”, que no eran honradas, utilizando sus propias palabras.

Tras la declaración de Francisco Antonio Larrazabal, que no tuvo demasiado interés y señaló los antecedentes penales del padre y el abuelo de los Manterola, fue el turno de Prudencia Basaldua, que a pesar de ser objeto de las pretensiones de varios individuos ya nombrados en el momento del juicio continuaba soltera y residía con sus padres en Orozko, aunque iba a Goiri con relativa frecuencia. Contradijo a Juan Manterola y ratificó que sí había pretendido a su hermana, quien le había confesado que tenía miedo aunque nunca le dijo de quién ni por qué. Al parecer, el día de autos estaba en Goiri y se cruzó con Toribia, que no la saludó. Dijo que sus relaciones con Luciano Aldaiturriaga terminaron después de Santa Lucía por consejo de sus padres, aunque le dijeron que era buen chico y habló con el alguna vez. Antes de eso, Urquijo ya la había pretendido pero no le contestó debido a su fama de mujeriego. El asesinato de su hermana echó al traste los planes de boda, ya que desde entonces no le había contestado. De Manterola dijo que era un vago, lo que contradijeron bastantes de los testigos del juicio.

La sesión del día 13 finalizó con el testimonio de dos hombres que vieron a Margarita momentos antes de su asesinato. Tiburcio Acha Larrondo (1899), que era un vecino próximo, la vio en Laudio/Llodio y estuvo fumando un rato con Agustín Ainz pero no pudo decir nada más. Aunque confirmó la enemistad entre las dos familias, creía que ello no era bastante para determinar la autoría del crimen.

De mayor trascendencia fue la declaración de Manuel Ibarrola Rotaeche (1879), habitante en Eizaguirre-menor, en Goienuri. El también vio a Margarita sobre las 9 o las 9.30; se encontró en el camino con Luis Garay y luego, a la altura de Ibarra, encontró a un individuo al que dio las buenas noches. Creía que era Juan Manterola, aunque en sus primeras declaraciones no lo dijo, según afirmaba, por miedo. Se hizo un careo entre ambos sin que se narren sus conclusiones, y así terminó la segunda jornada del mediático juicio.

 

Cuarta parte

 

 

[1] En la prensa consultada, el apellido de la acusada figura casi siempre como Magarache, Margareche y formas similares

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