El Capitán Juan de Ugarte Larrea: familia, tiempo y legado (II)

Como vimos en el primer capítulo, cuando en 1638 dos receptores de la Orden de Santiago se desplazaron a Lezama para investigar la condición de hidalgo del Capitán Juan de Ugarte, Lope Hurtado de Mújica salió al paso para acusarle de judío, basándose sobre todo en sendos pleitos mantenidos por su padre Martín de Ugarte y por un pariente de Inoso sobre haber sido tildados de judíos. Pues bien; al día siguiente de la explosiva manifestación realizada por Lope, se tomó declaración a las personas que presentó como sus fuentes de información. Los ancianos Marcos de Urrutia y Francisco de Bidaur negaron haber dicho nada a Lope, ni siquiera habían tratado del tema. Al contrario, declararon a favor del Capitán manifestando que Martín y su padre habían desempeñado oficios públicos en la Tierra de Ayala, los cuales no habían obtenido mediante sobornos sino por ser considerados como gente de la más principal de la Tierra.

La acusación de Cristóbal

El 7 de abril el escribano Cristóbal de Ugarte Ulibarri no solo respaldó la versión de su cuñado Lope sino que agregó toda una serie de detalles, empezando por un presunto encuentro que nueve años atrás habría tenido en Santa Gadea con un anciano que le contó que había conocido a una Ugarte de Lezama que quedó preñada de su amo, un boticario de quien se decía que era judío. Además, Cristóbal puso especial cuidado en relatar una serie de recientes incidentes que verificarían la reputación judía de la familia Ugarte. Los iremos comentando a continuación con la correspondiente respuesta de los aludidos.

En primer lugar, Cristóbal afirmó que el ya difunto Simón de Landazuri había llamado judío a Juan de Ugarte de Urtaran, primo segundo del Capitán. Los receptores no investigaron este suceso. Segundo, hizo alusión a una riña sobre la entrada de ganado en una heredad en la cual Pedro de Unzueta de Zubinto llamó judía y bellaca a Águeda de Urtaran, prima del Capitán. El aludido, que era arriero, afirmó tajantemente que mal rayo le partiera si alguna vez le había dicho algo así a Águeda porque la tenía por noble y jamás le había dado ocasión para reñir con ella “y que quien la a lebantado este tº tanbien le podia lebantar que avia hurtado las sabanas de la yglesia”.

En tercer lugar, Cristóbal declaró que Martín de Alpichu le había contado que Francisca de Elexaga había llamado judía a María de Onsoño, sobrina del Capitán, y, aunque la quisieron denunciar por ello, no lo hicieron precisamente por no llamar la atención mientras los receptores estuvieran haciendo su trabajo. Pero Alpichu no había visto que tal cosa sucediera y dijo que, aunque le llevasen a ajusticiar, no podía decir una cosa así. Aquí lo más curioso de todo es que Elexaga, natural de Amurrio y vecina de Larrinbe, “no nos entendia lo que la hablabamos y preguntabamos por no saber hablar mas que bascuence” y por ello nombraron por intérprete a Antonio de Murga, señor de la casa de su apellido. Sobre éste y otros datos lingüísticos de mucho interés que contiene el expediente del Capitán ya hemos tratado en otro lugar (“Nuevos datos para la historia lingüística del Alto Nervión”, en el blog Crónicas del Alto Nervión).

Cuarto, el escribano afirmó que su abuelo Cristóbal, persona muy principal y con mucha mano en la Tierra, había ayudado mucho a Martín de Ugarte y solo por su influencia y la de su padre Hernando le dieron los oficios que tanto anhelaba porque el resto no se los querían dar y con régalos y dádivas los consiguieron (nótese cómo se manifiesta, sin pudor alguno, la manipulación de los oficios de la Tierra de Ayala). Bastantes testigos lo negaron, aunque nosotros pensamos que seguramente es cierto que Martín obtuvo sus cargos por influencia de estos individuos, pero porque éste era el modus operandi habitual, no específicamente por no ser hidalgo. 

Por último, Cristóbal, como ya había hecho Lope anteriormente, indicó que Martín había sido arriero e incluso el Capitán habría andado de joven con sus machos. Algunos testigos declararon que Martín nunca trajinó personalmente sino por medio de criados, otros dijeron que los machos los tenía solo para la labranza, pero en todo caso la arriería no menoscababa en absoluto la hidalguía de quienes la ejercían.

Podemos avanzar que Lope y Cristóbal, por muy pesos pesados que fueran en la escala social de la época, fueron absolutamente los únicos en defender los orígenes judíos del Capitán y, por extensión, de sus antepasados y parientes, parte de los cuales ya han ido desfilando por estas páginas. Este hecho es muy revelador, y lo es todavía más si tenemos en cuenta que ni siquiera los hermanos y el padre de Cristóbal ratificaron su declaración.

El escribano ya retirado Hernando de Ugarte Orueta no solo era el padre y suegro de Cristóbal y Lope respectivamente, sino que era por entonces familiar del Santo Oficio y un hombre de edad avanzada que durante toda su vida adulta había gozado de un prestigio enorme en Ayala y había desempeñado todos los cargos habidos y por haber, por lo que gozaba de la mayor estima y prestigio en el seno de la comunidad. Por otro lado, su esposa era prima segunda de Catalina de Larrea, la madre del Capitán. Sin medias tintas, Hernando afirmó que tenía a la familia del Capitán por hidalga y cristiana vieja y negó su influjo a la hora de que Martín obtuviera oficios en la Tierra de Ayala. Gran parte de su declaración se centró en relatar el encontronazo entre Martín y las hermanas Balza y el pleito subsiguiente, en el que, como ya vimos, actuó como escribano acompañante.

También fue Hernando el primero en decir que, en su tiempo, Juan Balza había manifestado que trataría sacar a su hija a salvo del pleito interpuesto por Martín de Ugarte, y para ello habría inventado la historia de la bisabuela venida de Santa Gadea, ya que si fuera cierto la mujer nunca habría sido admitida en la Tierra. Y tenía toda la razón. Las brumas de esa historia se disolvieron con la declaración de Juan Balza de Berganzagoitia, que tenía unos 68 años y era el único hijo superviviente de Juan Balza y hermano de las ya difuntas Ana y Magdalena. Según nos aclara este hombre, después del incidente de la romería en Urkillatu su padre trató de convencer a Ugarte para que dejase estar el tema, pero ante la negativa de Martín, Juan decidió defender a su hija a toda costa y para ello habló con muchas personas para persuardirlas de que declarasen que la bisabuela de Martín había venido de Castilla -de Paul, Miranda o Santa Gadea- preñada de un judío. Al final, el pleito le costó más de 600 ducados, una pena de destierro y otras molestias. Juan declaró que su padre pasó el resto de su vida diciendo que lo que más sentía era haber levantado aquel testimonio contra Martín “y esto dice el declarante por si pudiesse en parte descargar la conciencia de su padre por ser el hijo solo que le a quedado aunque no es nada afecto a las cossas del Pretendiente por los daños que le hiço el pleyto que hubo con su padre”. Por lo tanto, todo fue orquestado e inventado por Juan Balza para tratar de salvar a su hija del pleito mantenido con Martín de Ugarte, y por ello las personas que se hicieron eco de este rumor habrían sido convencidas de alguna manera para declarar tal cosa, lo que algunos hicieron con notable ambigüedad.

Como revelaban aquellas palabras dichas por Ana en Mendixur, y posteriormente refrendadas por el mucho más culto Martín Ortiz de Aldama, cada día en la Tierra se llamaban judíos unos a otros sin saber lo que decían; puede que en otras ocasiones algunos familiares o antepasados del Capitán fuesen llamados judíos, pero ello no significaba nada puesto que era empleado como un insulto más y no de forma literal. Muy ofensivo para quien lo recibía, eso sí, en unos tiempos en los que el honor personal y familiar era lo más importante. 

Los orígenes familiares del Capitán y la casa Ugarte de Lezama

Si la historia de la mujer que regresó de Santa Gadea embarazada de un judío no es cierta, ¿qué sabemos de los orígenes del Capitán Juan de Ugarte? Esta mujer, que fue su tatarabuela, se llamó María de Ugarte, natural de Lezama y descendiente de la casa-torre de Ugarte en Laudio. Según dice un Licenciado en el transcurso del pleito, las casas de Ugarte de Berganza, Astobiza, Ziorraga, Amurrio y Lezama dependían todas de la originaria de Laudio.

María de Ugarte no fue nunca a Santa Gadea ni a ninguna localidad castellana, sino que se casó con un hombre llamado Juan de Ugarte, hijo segundón de la “casa solariega que llaman de Lodio (sic) que es del apellido de Ugarte”. Ambos tuvieron, tal y como se decía, un hijo llamado Juan, que se casó con María Ortiz de Elgueta. Pero no fue hijo único y pensamos que tuvo como mínimo un hermano, afincado en Inoso y abuelo del Diego de Ugarte mencionado en el capítulo anterior. Por su parte, Juan y María Ortiz fueron los padres de quien aparece documentado en numerosas ocasiones, en estos y otros documentos, como Juan de Ugarte de Sagarzaguren, casado con Mari Hernández de Gorostiza Sagarzaguren. Todos los indicios sugieren que ella fue la heredera del caserío Sagarzaguren, a donde casó Juan y donde nació Martín. Juan habría tenido un hermano llamado Pedro que se habría quedado con la casa familiar y posiblemente otro  casado en Urtaran, padre y abuelo de los Ugarte de Urtaran.

Señalábamos que Lope Hurtado de Mújica afirmó que María de Ugarte había sido natural de una casilla pequeña que ya habían deshecho y estuvo enfrente de la de Pedro de Ugarte, también llamado “Pedro de Ugarte de Orue”. Los receptores fueron al lugar y hallaron señales no de una casilla sino de una casa grande, pero el terreno ya estaba labrado y plantado de árboles. Pedro dijo que, según había oído de su padre Juan de Oribe de Ugarte, hubo allí una casa muy grande en la que vivió el antepasado del Capitán que vino desde Laudio. Es decir, Juan de Ugarte, consorte de María. Aunque hubiera sido lógico que éstos hubieran construido también la casa de Pedro de Ugarte, ni éste ni su padre Juan figuran como familiares ni siquiera lejanos del Capitán, si bien es plausible que fuesen parientes de Pedro, el hermano de Juan de Ugarte de Sagarzaguren.

¿Dónde se encontraba, pues, la casa de los antepasados del Capitán? La cuestión es que tampoco tenemos muchos más datos sobre la casa del mencionado Pedro de Ugarte. En el expediente se dice que estaba a unos doscientos pasos de un cruce en el que se separaban dos caminos. Según se iba desde la parroquia, el camino de la izquierda iba a Vitoria y el de la derecha a La Rioja, y el caserío quedaba entre ambos. Imaginamos que el camino de Vitoria remontaba los montes de Altube mientras que el de La Rioja era el camino del puerto de Dardoza, por Txibiarte. Es el emplazamiento más lógico en función de las indicaciones geográficas anteriores pero existen más datos que nos confirman que, efectivamente, este cruce debía encontrarse en el triángulo existente entre San Millán, Gurbista y Andikoetxealde, término que precisamente recibe el nombre de Ugarte. Y sabemos que por allí existió una casa. En primer lugar, en la fogueración de 1562, entre los vecinos de Gurbista y los de Unzueta, figura un tal Juan Pérez de Ugarte que pudo ser el abuelo de Martín. En todo caso, poco después, cuando fallecieron Juan Martínez de Landa y su hijo Juan, éstos dejaron “la mitad de la casa y casería de Ugarte”[i]. Cuando se describen los bienes de Pedro Martínez de Landa en 1580, se mencionan la barrera de Ugarte, la cerrada de Ugarte, el camino de Ugarte al “cadalso de Eguiluz” –se refiere a la Torre Cadalso que estuvo frente a la casa de Isasi, no a la casa de Egiluz-, río que viene de Ugarte al molino de Landa y, finalmente, la propia casa de Ugarte[ii]. En 1631, el manzanal de la casa encimera de Landa estaba “pegante con las heredades que de la dicha acera estan a la propia acera hasta la casa de Ugarte”[iii]. Por lo tanto, la ubicamos no lejos de Landako, posiblemente cerca del caserío Andikoetxealde. La última referencia que hemos hallado es de 1656, cuando se cita la “casa cayda de ugarte sita en este dicho lugar”, que era o había sido de Pedro de Ugarte y su madre María de Urrujola. Puede ser el mismo Pedro que aparece en 1638.

Una maniobra política

Ya llegamos a la cuestión principal. ¿Por qué Lope y Cristóbal recurrieron a viejos pleitos, antiguas habladurías sin fundamento, y prácticamente sin apoyo alguno, para difamar al Capitán? ¿Cuál es la razón por la que querían perjudicarle? Testigos del máximo renombre y reputación como fray Juan de Ugarte, que era lector de teología jubilado, o Martín Ortiz de Aldama, familiar y alguacil mayor del Santo Oficio del Reino de Navarra y Partido de Calahorra, Gobernador de Ayala y vecino de Okondo, nos aclaran que los cuñados temían perder su poder e influencia en esa parte de la Tierra de Ayala y habían asumido que el Capitán se casaría con Francisca de Sojo Urrutia, heredera del mayorazgo de los Urrutia de Amurrio. El problema es que Lope había proyectado el matrimonio de Cristóbal con dicha Francisca, de modo que sus planes amenazaban con irse al traste. Se contaba que Cristóbal bramaba “este indiano me ha de quitar este casamiento” mientras trataba de convencer a los ancianos para que declarasen en contra del Capitán. Varios testigos contaron un pasaje ocurrido en la taberna de Etxazar de Larrinbe: Cristóbal estaba jugando vino a los naipes con Diego de Landaburu y Pedro de Ugarte de Bidea, vecinos de Amurrio, cuando les dijo, tirándose de las barbas, que aunque gastasen el y su cuñado todas sus haciendas y aunque se lo llevara el diablo no se habría de poner el hábito el Capitán.

Lo curioso es que varios testigos, como los recién nombrados sin ir más lejos, consideraban que Hernando también estaba confabulado con ellos y enemistado con el Capitán, a pesar de que declaró a su favor y en contra de su propio hijo. Alguno señaló que su hijo y yerno lo “habían reducido”. También hubo quien consideró que otro de sus hijos, el escribano Gabriel de Ugarte Ulibarri, estaba en el ajo, pero éste, al igual que su otro hermano, el Bachiller Gregorio de Ugarte, declararon a favor del Capitán y en contra de su hermano Cristóbal.

Si algo caracteriza la vida política de la Tierra de Ayala a lo largo de toda la Edad Moderna, es la formación de lo que llamaban bandos o parcialidades, la unión de diversos personajes poderosos, habitualmente familiares entre sí y casi siempre escribanos de oficio, para monopolizar y controlar el desempeño de cargos públicos, enriquecerse y ejercer un control total sobre el resto de la población, parte de los cuales actuarían como fieles sirvientes. Es la adaptación moderna y desprovista de violencia de las luchas de bandos bajomedievales y, en algunos rasgos, un precedente del caciquismo contemporáneo. El manejo de los asuntos públicos por parte de los poderosos y su dominio sobre el resto es una historia bien antigua, adopte la forma que adopte.

Sin ninguna duda, Cristóbal y Lope aspiraban a hacer su voluntad en Lezama y alrededores. No les faltaban competidores, ya que, sin ir más lejos, el escribano local Juan Ortiz de Padura y Domingo Fernández de Ugarte, señor de Ziorraga, formaban parte de la parcialidad comandada por los Uriarte de Amurrio, muy activa en los primeros treinta años del siglo XVII. Cristóbal y sus antepasados siempre fueron enemigos de los Uriarte. Pero su matrimonio con la heredera del mayorazgo de Urrutia habría conformado un patrimonio y una capacidad económica de enorme calado, de manera que se habría convertido en todo un potentado comarcal.

Y he aquí que, de un día para otro, el hijo del difunto Martín de Ugarte regresa de las Indias con el título de Capitán, el hábito de la Orden de Santiago al caer, soltero y con impresionantes riquezas acumuladas, de las que empezó a hacer ostentación al comenzar la construcción de “una cassa subida” junto al caserío de sus padres, la que habría de ser torre o palacio de Larrako, que toma su nombre del caserío Larrea que allí estaba. El caserío no estaba caído, como recordamos haber leído en alguna publicación, ya que la casa caída a la que hace referencia el expediente es la de Ugarte de sus antepasados y no su casa nativa.

La aparición del Capitán fue toda una amenaza para las aspiraciones de los cuñados, ya que, debido a sus capacidades, se dio por hecho que matrimoniaría con la heredera del mayorazgo Urrutia. No sabemos si el Capitán albergó esta esperanza alguna vez o el temor de Lope y Cristóbal fue del todo infundado, pero lo cierto es que la “doncella” y su madre no admitieron volver a tratar la cuestión del matrimonio con los cuñados. El solo hecho de que el Capitán se estableciera en Lezama ya lo convertía en un grandísimo rival en potencia. Y es por eso por lo que ambos mostraron públicamente una gran enemistad hacia el Capitán, hostilidad que era pública y notoria como declararon algunos de los mayores prohombres de la comarca.

Decenas de vecinos de Lezama y alrededores, desde simples labradores hasta los personajes más poderosos de Ayala, declararon en aquellas semanas del mes de mayo de 1638 y todos ratificaron, de una manera u otra, más o menos explícitamente, lo que hasta aquí hemos narrado. El Licenciado Francisco López de Echabarri contó que, aunque en lo público Cristóbal se había mostrado amigo del Capitán, en secreto había procurado hacerle malas obras como fue el caso de un pleito sobre la casa de Larrea. Y, por ejemplo, Cristóbal le hizo contradicción en secreto cuando el Capitán quiso comprar una casa cerca de su caserío natal, de modo que el precio de la misma subió 150 ducados. El escribano hablaba mal y con envidia de la casa que el Capitán estaba levantando, y lo mismo se decía de Lope, de quien se comenta que estaba rendido a la voluntad de su cuñado, que debía tener un carácter muy fuerte.

Al final, la pretensión de los cuñados solo provocó mayores molestias a los receptores de la Orden de Santiago, pues tomaron declaración a una cantidad inusitada de testigos, amén de realizar ciertas diligencias infructuosas por Santa Gadea, Paul y Miranda de Ebro en busca de noticias de alguna mujer de Lezama que hubiera ido a servir, así como el paso por Valladolid a compulsar los dos pleitos ya mencionados.

Así que finalmente, en dicho año 1638, el Capitán Juan de Ugarte fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago. Para tranquilidad de los cuñados, el Capitán se casó, en una fecha que no conocemos pero que no debe ir más allá de mediados del año siguiente, con una dama de la Corte, Antonia de Ipeñarrieta, y pasó a residir en Madrid, al menos la mayor parte de su tiempo, donde adquirió muchas propiedades y rentas.

El legado del Capitán Juan de Ugarte

El 9 de octubre de 1640 el Capitán realizó testamento en Madrid por medio del cual fundó vínculo y mayorazgo. En esta extensa escritura, estableció una serie de memorias y fundaciones en su localidad natal, de modo que se convirtió en un importante benefactor de la misma. Entre ellas, se encuentra una memoria para pobres, un estipendio anual para el maestro de Lezama y una memoria perpetua de cien ducados de renta anuales para el casamiento de doncellas huérfanas de Lezama, o de Ayala si no las hubiera, siempre con preferencia a sus parientes, a nombramiento del poseedor que fuera del mayorazgo que fundó en este mismo testamento. Cada huérfana tendría la obligación, en compensación, de decir una misa cantada por su alma. Por entonces, solo tenía una hija de ocho meses, Maria Micaela (que murió poco después), pero esperaba tener más y que le sucediera su hijo varón mayor. Después de establecer el modo en que debía realizarse la sucesión en el vínculo, estableció que no pudieran heredarlo religiosos, locos, sordos, mudos o “ermafroditas”.

El Capitán vivió otros cuarenta años más después de testar, hasta su fallecimiento en 1680 a los 79 años de edad. De todo este largo intervalo de tiempo, solamente podemos mencionar la muy citada participación en la guerra de Cataluña en 1642 con un regimiento mantenido a su costa y su participación también en la campaña de Hondarribia. En 1649 el rey Felipe IV le hizo merced de las alcabalas del valle de Zuia, derecho que conservaron sus descendientes. A su muerte, dejó dos hijos: José, que también fue nombrado Caballero de Santiago pero murió prematuramente dos años después, y Teresa, Condesa de Peñaflorida.

Como dijimos en el capítulo anterior, su hermano Martín, posiblemente heredero del caserío familiar, murió prematuramente dejando solo dos hijos de su matrimonio: Martín, que salió a servir al rey y falleció joven, y Francisca. Ésta se casó en 1652 con Francisco de Arechederra, que hubo de cambiar su apellido al de Mariaca como condición para heredar de una tía soltera el mayorazgo del mismo nombre. El Capitán estaba afincado en Madrid, por lo que ofreció a su sobrina la posibilidad de pasar a vivir a sus casas de Lezama y así lo hicieron, ya que allí nacieron sus hijos. Posiblemente, el Capitán nunca habitó, al menos de manera continuada, el palacio de Larrako, aunque su hijo José sí fue bautizado en la parroquia.

A la muerte del Capitán en 1680, sus bienes en Lezama fueron tasados en 810.144 reales y eran los siguientes: la torre o palacio de Larrako, la ermita de San Juan, una casilla de horno, una casa antigua -posiblemente el caserío original- y una casa accesoria, todo ello valorado en 550.500 reales; la torre junto a la iglesia con su cercado y casa de horno, por valor de 212.300 reales, la cual había sido construida hacia 1665; y otras casas que había comprado como las de Zaballa, valorada en 6.050 reales; la casa de Errekalde y lo que se había agregado de otra que se deshizo, valían 11.220 reales; la casa de Lezameta valorada en 4.950 reales, y la de Bengoetxea en 2.970 reales.

Evidentemente, debido a sus fundaciones y sus propiedades, la influencia social del Capitán en Lezama fue considerable. ¿Qué fue de sus oponentes? Aunque el Capitán finalmente no se estableció de manera continua en Lezama, el proyecto de matrimonio entre Cristóbal de Ugarte y Francisca de Sojo tampoco se llevó a cabo. Ella se casó bastantes años más tarde, en 1647, con Juan Rodríguez de Salamanca Cerecedo. En adelante, el mayorazgo de Urrutia siempre estuvo en manos foráneas y sus propietarios no volvieron a residir en Amurrio ni en Ayala.

Por su parte, Cristóbal tuvo tres hijos bastardos con dos mujeres distintas. Uno de ellos estudió para ser escribano pero pronto se le pierde la pista, probablemente por haber fallecido. A pesar de todo su poder, Cristóbal nunca llegó a casarse. Por ello, cuando falleció en 1661, no tenía herederos legítimos y su mayorazgo, que no era poca cosa, pasó a su hermana María y después a su hijo Cristóbal de Mújica Ugarte, señor de Astobiza. Y he aquí la paradoja: después de tantos esfuerzos por parte de Lope para defenestrar al Capitán y casar a su cuñado con la heredera del mayorazgo de Urrutia, fue precisamente la soltería de Cristóbal lo que propició que sus propiedades pasasen a manos de su mujer, con lo que su hijo, que se llamó precisamente Cristóbal, heredó tanto los bienes de Lope como los de su tocayo tío.

Por su parte, tras la muerte prematura de su hermano José, Teresa de Ugarte Ipeñarrieta, Condesa de Peñaflorida, testó en 1690 y optó por dejar el mayorazgo fundado por su padre en Lezama a su prima Francisca de Ugarte. Ella y su marido incrementaron el vínculo de Larrako al agregarle dos casas más en 1700: una en Padura comprada en concurso de acreedores en 1686 y otra junto a ésta que les fue donada en 1691. Su marido falleció al año siguiente después de haber sido alcalde ordinario en la Tiera de Ayala en numerosas ocasiones, síndico en otra, y alcanzó a actuar como teniente de Gobernador.

Su hijo mayor, Juan Antonio de Mariaca, nacido en 1653, fue también Caballero de Santiago y heredero de los mayorazgos de Mariaka y Larrako. Durante algunos tramos de su vida, residió en otros lugares como Bilbao, pero falleció en Lezama en 1712. De modo que el mayorazgo recayó en su hermano José, casado en 1696 con Juana Maria de Mújica Mascarua, que era precisamente hija de Cristóbal de Mújica, de la torre de Astobiza. Así se unieron en matrimonio las dos familias más poderosas de la zona, antaño enfrentadas, si bien el mayorazgo de Astobiza –que ahora incluía los de Ugarte y Ulibarri que fueron de Cristóbal- quedó para Ambrosio de Mújica, por lo que el matrimonio no significó la unión de ambos patrimonios.

José de Mariaca no desempeñó los cargos públicos habituales en la Tierra de Ayala, al menos que tengamos constancia, pero en 1701 era mayordomo y administrador de las rentas del Estado de Ayala e hizo numerosas comisiones en beneficio de la Tierra. Su hijo Lope se casó en 1723 con María Josefa de Salazar Allende y Labarrieta, heredera del mayorazgo de Salazar Allende en Gordexola. Así aumentaron mucho sus propiedades y tuvo también muchas casas y caserías en Bilbao, Begoña y Abando. Pasó a vivir a Gordexola pero aún así tuvo tiempo de ser alcalde ordinario y procurador en Juntas incluso antes de casarse.

Fue sucesor su hijo José Dámaso, bautizado en Gordexola en 1734 y casado en Markina-Xemein con Maria Antonia de Ansotegui y Berastegui en 1771. A estos sucedió su hijo Bernabé, nacido en Iratzagorria en 1776 y casado con Regina Oraá en 1809. Como curiosidad, Regina trató de fugarse con su amante, un médico de familia de origen toscano. Bernabé era de ideas liberales y por ello fue encarcelado en 1816. También fue Contador de la Aduana de Bilbao pero llegado el Trienio Liberal fue comprendido en la conspiración de Mariano Renovales. Según el decreto de 25 de abril de 1823 contra los que habían servido militarmente, obtenido el empleo del sistema constitucional o por opiniones políticas y que aún no se hubiera restituido a sus casas en los términos señalados en el decreto, se le embargaron sus bienes. Hubo de exiliarse en Pau. En dicho año 1823 Larrako estaba habitado por el sacerdote y administrador del mayorazgo Manuel Bautista de la Fuente; por aquel entonces había dos cabañas deshabitadas junto al palacio y, también inmediata, una casa en la que habitaba Isidoro de Viguri Salazar[iv].

Bernabé murió en 1832 y fue sucedido por su única hija, Luisa, casada con José de Ordovas y fallecida en 1840. Una crónica periodística de 1843 señala la existencia del Palacio de Larrako en el barrio de Padura de Lezama, a cuyo lado se conservaba el antiguo solar, las ruinas de la ermita, vestigios de la casa-tahona, etc. todo lo que pertenecía a Elisa de Ordovas y Mariaca[v]. Posteriormente, en 1880, apareció en El Anunciador Vitoriano un artículo escrito por Ricardo Becerro de Bengoa dedicado al palacio en su primera página casi en su totalidad. Ricardo traduce Larrako a su compañero de viajes como “de la dehesa” o del campo acotado; y lo sitúa en el barrio Padura. A un lado, les enseñaron los restos de una antigua ermita, y comenta el cronista que el interior del palacio había sido modernamente reformado. Señala que ya no albergaba elemento artístico de mención pero que, hasta principios de siglo, si guardó objetos de valor pertenecientes al Capitán así como armas de la campaña de Hondarribia, que glosa con fervor.

A finales de 1901, la prensa anunciaba que “el palacio titulado Larraco” iba a ser ocupado en breve por una comunidad de religiosos cartujos, lo que nunca ocurrió[vi]. El 29 de septiembre de 1920 la compró Anselmo San Ildefonso Acedo, sastre de profesión, que tenía su taller en Bilbao. Sin embargo, en 1926 Valeriano Colón pagaba contribución por lo que el palacio que Anselmo habitaba, y de las caserías de Errekalde, Bengoetxea y La Txara, ésta en Lezameta.



[i] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 1572, 49

[ii] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[iii] Ibidem

[iv] Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Civil, JCR3410/005

[v] Semanario Pintoresco Español, 2 de julio de 1843, p. 4-5

[vi] El Eco de Navarra, Año XXVII, nº 7439, 14-12-1901, p. 2

Noche de ronda con consecuencias inesperadas. Orduña, 1824.

 

 

 

 

Año Nuevo del año 1824.

Los vecinos de la ciudad de Orduña disfrutaban del día festivo como mejor podían, acudiendo a los actos religiosos, reuniéndose con la familia y amigos, y no pocos optaron por pasar la tarde-noche de taberna en taberna. Nada nuevo bajo el sol, pues. Concretamente, la taberna que el zapatero Manuel de Larrondo tenía en su casa, situada en la parte baja de la calle Francos, fue el punto en el que coincidieron cinco individuos, cuatro de los cuales darían con sus huesos en la cárcel antes de que terminara la noche.

Algunos de ellos habían estado rezando el rosario en la parroquia de San Juan. Es el caso de Francisco de Marfagón Ortega, que era natural de Bueña “en el partido de Teruel del Reyno de Aragon” y estaba casado con María de la Torre Orruño. Era un joven esquilador de unos veinticinco años que vivía con su familia política y poco más tenía que lo que llevaba puesto. También estuvo Juan de Picaza Echevarria, natural de Orozko, casado en la ciudad con Ramona de Ulibarri Coloma, maestro cubero de treinta y nueve años de edad y vecino al final de la calle Orruño.

Debían ser amigos a pesar de la diferencia de edad entre ambos, ya que, tras el acto religioso, estuvieron sentados cerca de la casa del cirujano Eugenio Torrecilla, en la bocacalle de la dicha calle Orruño. Los dos amigos decidieron dar un paseo a caballo, de manera que Picaza en su propia cabalgadura y Marfagón en la de su cuñado pusieron rumbo a la “venta titulada de Mendichueta” en Saratxo. A medio camino adelantaron a un hombre que iba caminando. Era Gerónimo de Garay Aranburu, labrador de cuarenta y cuatro años, casado con Estéfana de Gabiña, nacida en Saratxo, y vecino en la calle Francos. Los tres se juntaron ya en la cocina de la venta y “tomaron una refaccion de vino y un poco de carne q habia llevado dicho Geronimo”. Al anochecer, sobre las seis de la tarde, Garay y Picaza volvieron juntos en el mismo caballo, y Marfagón lo hizo algo más tarde en el de su cuñado, llegando a la ciudad después de anochecido. Garay se apeó en su casa y Picaza fue a dejar el caballo en su establo. Pero Garay debía tener ganas de más porque seguidamente fue a casa de Picaza y le propuso ir a tomar media azumbre –un litro- de chacolí a la casa taberna de Larrondo que, como hemos dicho, estaba en la misma calle en la que Picaza tenía su domicilio.

Aunque de manera independiente a los anteriores, similar recorrido realizó Domingo de Aguirre Ahedo, labrador de treinta y cuatro años natural de Gordejuela, casado en la ciudad con Brígida de Secada Revilla y vecino también de la calle Francos. Domingo había rezado el rosario en la iglesia de San Juan pero después pasó por su casa para coger un mendrugo de pan. Aguirre salió de la ciudad por el Camino Real en dirección al “puente titulado nuevo que esta en el prado llamado de San Bartolome”. Resulta que, en un agujero de una pared próxima al puente, había escondido una bayoneta inglesa en julio de 1822 y quería recogerla para dársela a José de Marubay, que hacía tiempo se la había pedido porque le venía bien para el fusil inglés que tenía para su oficio de la Guardia de la ciudad. A pesar del año y medio que había transcurrido, la bayoneta aún estaba allí y Domingo la introdujo en la manga suelta del lado izquierdo del capote de paño pardo que llevaba puesto.

El puente pillaba de paso para la venta de Menditxueta, a donde fue, pero no estuvo con los anteriormente mencionados sino con otros orduñeses, concretamente con Manuel de Ugarte, Agustín Fernández y Luis de Izarra “por mote pelandina”. Ellos mismos aseguran que la venta estaba muy concurrida aquella tarde. La costumbre de los orduñeses de ir a beber o comprar vino en Menditxueta, donde era más barato, era ya secular y fuente de conflictos entre Ayala y Orduña. Pero esa es otra historia. Por el momento, Aguirre y sus compadres estuvieron dándole al clarete aquella tarde y, al toque de oración, salieron de vuelta para Orduña, si bien parece que Ugarte regresó un poco antes. Sobre las seis y media de la tarde, Aguirre llegó a su casa, cenó con su mujer y su familia y bajó a la cercana taberna de Larrondo para echar un trago de chacolí. Allí se juntó a Andrés de Vadillo, a quien llamaban “Medina”, Pedro de Iturricha y Pedro de Ogazon.

Por su parte, Manuel de Aldama Olabarrieta, albañil de cuarenta y un años natural de Menagarai, estaba casado con su paisana Juana de Echavarri La Cuadra y vivía en la calle Orruño. Por cierto, que Juana moriría en el transcurso de ese año, ya que Manuel se casó en diciembre con María de Oquendo, con quien vivía en la calle Cantarranas al año siguiente. Pero lo que ahora nos importa es que, sobre las tres de la tarde de aquel 1 de enero de 1824, Manuel fue “para la venta que de nueba planta esta construiendo en el lugar de tertanga (…) Thomas de Murga” para ajustar con el la obra de albañilería de la cocina y otro agregado a ella; y luego fue allí también otro maestro albañil, Pedro de La Encina. Después de ajustarse y de “echar un trago amigablemente en dicha casa de Murga, en la que se bende bino clarete de la Rioxa”, sobre las cinco de la tarde marcharon los dos a casa de La Encina “que la tiene en la Calle titulada de cantarranas” y no fue hasta las ocho y media aproximadamente que salió de casa de su colega para dirigirse a la suya. Este fue su trayecto: “por bajo de los Astiales de entre cantarranas, Calle nueba, Calle Burgos y por el arqueado de la Parroquia de San Juan el Real siguiendo por los Astiales del peso real, los de entre calle medio y Calle Yerro”. Algo que queda bastante claro en la documentación del caso es que la gente no cruzaba la plaza de noche, sino que iban por los hastiales aunque para ello tuvieran que rodearla por completo.

Aproximadamente bajo el portegado de la Casa Consistorial, Aldama se encontró con el regidor Jose de Pereda, vigilante nocturno por encargo del alcalde, quien le dijo que ya era hora de que se retirase a su casa. Le respondió que así lo haría. Pero nada más lejos de la realidad. En la bocacalle de Francos, se encontró a Marfagón y ambos fueron a echar un cuartillo –medio litro- de chacolí a la casa de Larrondo. En la portalada estaban Picaza y Garay “echando un trago” y los dos hombres se unieron a ellos con su propia consumición.

¿Qué había sido de Marfagón en el rato transcurrido entre su regreso de Menditxueta y su encuentro con Aldama? Primero, fue a su domicilio a dejar el caballo y cenar con su familia. A continuación, salió hacia la casa mesón de Manuela de Jocano en la calle Nueva. Era viuda de Ciriaco de Izarra y la casualidad es que, al igual que Aldama, se casó en segundas nupcias en diciembre de 1824, en su caso con Valerio de Samaniego. Marfagón dirá en el futuro que fue a este lugar buscando alguna caballería que esquilar y así ganar jornal. Lo cierto es que entabló conversación con el criado Vicente de Izarra, a quien pidió una bayoneta que días antes le había ofrecido. Vicente había encontrado la bayoneta tiempo atrás entre la paja de la casa y, al parecer, Marfagón la quería por no tener otra para el fusil que le habían entregado como individuo de la Guardia. Es curioso –o no- que tanto el como Aguirre se hicieran con una bayoneta ese mismo día y por idéntico motivo.

Aquí se produce una divergencia respecto a la declaración de Aldama. Éste dijo que se encontró a Marfagón en la bocacalle de Francos y bajaron a la taberna de Larrondo. Sin embargo, el aragonés declaró que fueron a la casa de Rafael de Aldama en la entrada de la calle Medio a echar un trago de aguardiente. Y lo cierto es que Juana de Polanco, la mujer de Rafael, ratificó que ambos estuvieron en la portalada interior de su casa y que Aldama bebió cuatro cuartos de aguardiente y Marfagón como un vaso de vino rancio. Este pasaje le viene ni que pintado a Marfagón porque afirmó que se encontraron con Picaza, Aguirre y Garay en la bocacalle de Francos y que nunca llegó a estar en la taberna de Larrondo. A pesar de tener numerosos testimonios en contra, Marfagón se ratificó en esta sucesión de los hechos hasta en cuatro ocasiones. ¿Por qué Marfagón insistió tanto en negar su presencia en la taberna de Larrondo si nada malo ocurrió allí? ¿Por qué Aldama omitió haber pasado por la taberna de Polanco? ¿Hay algún motivo para que Juana mintiera y encubriera a Marfagón? Ninguna respuesta podemos dar a estas preguntas a partir de la documentación producida en el caso. Pero lo que está bastante claro es que Marfagón mintió.

 

Sabemos también sin ninguna duda que, a eso de las nueve de la noche, el regidor Pereda se presentó en la taberna de Larrondo para despachar al personal a sus respectivas casas. Poco después llegó el alguacil José de Marubay con el mismo fin. Recordemos que éste es quien había pedido a Aguirre la bayoneta que tenía escondida. El caso es que las autoridades cerraron el chiringuito y Marfagón, Aldama, Garay, Picaza y Aguirre, que no habían estado juntos, se encontraron en la calle. Resistiéndose a la idea de dar por finiquitada la jornada, alguno tuvo la sempiterna clarividencia de buscar un garito donde poder echar la espuela, pues “no hera tan tarde para aquel fin”, de manera que pusieron rumbo a la casa del cirujano Genaro Gutiérrez, ayalés natural de Lujo, que traía y vendía aguardiente en su domicilio situado al final de la calle Burgos. A pesar de que, como hemos visto, los susodichos vivían en esa misma calle o en la de Orruño, las ganas de seguir pimplando superaban con mucho las de acostarse y allí que se fueron.

Siguiendo con la que parece ser arraigada costumbre de no cruzar la plaza de noche, los cinco individuos fueron por detrás de la Aduana y por la calle Cantarranas hasta la casa del cirujano, que estaba cerrada. Los abastecedores de vino y aguardiente no solo hacían que su casa funcionase a modo de tasca mientras durase su obligación contractual sino que vendían el morapio a los vecinos en diversas cantidades para que lo llevaran a su casa. Y, en ocasiones, esto podía ocurrir a cualquier hora, por mucho que habitualmente las ordenanzas locales lo prohibieran. Es así que se entiende que nuestros protagonistas llamasen a la puerta y la sirvienta Ramona de Oquendo les atendiera. Según su testimonio, reconoció las voces de Marfagón y Aldama, les entregó el aguardiente por un postigo de la puerta principal sin abrirla, lo bebieron y ambos pagaron. No vio en ningún momento a los otros tres, pero por allí debían de estar. No descartamos que Oquendo dijera esto para evitar algún tipo de reprimenda por atender a esas horas, ya que de los testimonios de los hombres se puede concluir que estuvieron dentro de la casa. Por otro lado, Marfagón aseguraría que no bebió nada porque ya había tomado en la casa de Rafael de Aldama. Otra mentira.

A partir de aquí, bien sea porque el alcohol hizo mella en sus recuerdos, bien por limpiarse las manos del suceso que estaba próximo a ocurrir, las versiones de los cinco hombres comienzan a diferir cada vez más. Dentro o fuera, el paso por la casa de Gutiérrez fue rápido, lo justo para echar el último pelotazo. Quizá no eran más de las nueve y media de la noche cuando marcharon de allí. Subiendo por la calle Burgos hacia la plaza, se produjo un rifirrafe típico de ebrios cuando Aldama resbaló y cayó al suelo, culpando a Picaza de haberle empujado. Que si te has caído tu solo, que si me has empujado, los otros tres iban por delante y Marfagón se dio la vuelta para regañarles y decirles que no metieran bulla. Picaza contestó que no lo hacían y que para aquella disputa no necesitaban quien la decidiese y que así podía llevar su camino. Según éstos, este suceso ocurrió en los soportales de la iglesia de San Juan. Según Marfagón y Garay, en las últimas casas de la calle Burgos, a la altura de la casa del maestro de obra prima Fernando de Gardeazabal.

 

Precisamente allí se encontraban amigablemente reunidas algunas personas unidas por lazos familiares y de amistad. Ventura de Marubay Quintana era natural de la misma ciudad, tenía cincuenta y tres años, estaba casado y vivía en esa misma calle. Era hermano del alguacil ya mencionado, con quien además compartía casa. Sobre las ocho de la noche había ido a casa de su vecino y amigo “con el fin de pasar un tanto de combersacion amigable según en otras ocasiones lo habia echo”. Allí estaban Gardeazabal, su mujer, su hermana María Antonia, Antonio de Salaberri y algunos criados de la casa.

Era ya bastante tarde, sobre las once u once y media, cuando María Antonia decidió regresar a su casa, situada en la parte baja de la calle Vieja. Ventura y Salaberri también salieron para sus respectivos domicilios no sin antes ofrecerse a acompañar a la mujer, como también lo hizo su hermano. Fueron por los arcos de la iglesia, el Peso Real, los portales de calle Medio y Yerro hasta la entrada de Calle Vieja. Salaberri portaba un farol con dos luces. En ese punto, fueron recibidos con una lluvia de piedras. Pero existen contradicciones en torno a este suceso. El propio Ventura narra los hechos tal y como lo hemos hecho nosotros: salieron de casa, fueron por los hastiales y al llegar al portegado de la casa consistorial comenzaron a recibir pedradas. Pero no es cierto, ya que esto ocurrió después de dejar a María Antonia en su casa y volver a subir por calle Vieja. Así lo afirma directamente Salaberri y así se explica que la mujer ni siquiera fuese llamada a declarar: no presenció los hechos.

Entonces, ¿qué hicieron los otros cinco en ese lapso de tiempo de una hora u hora y media que debió transcurrir desde que marcharon de casa de Gutiérrez hasta que ocurrió la agresión? Según Garay, cuyo testimonio fue considerado como fidedigno por los tribunales, fueron todos juntos desde la dicha casa hasta la casa consistorial, donde estuvieron de palique durante bastante rato sin que pudiera precisar si fue media o una hora. Cuando vio que por los hastiales venían tres o cuatro personas, una de ellas con un farol “bastante crecido con luz encendida dentro”, les dijo a los cuatro “muchachos vamos a casa q ya es hora” y habiéndole contestado que aguardase, marchó “sin mas detencion” para su casa. Este relato es el único plausible desde el punto de vista temporal, ya que todos los demás no solo contaron cosas diferentes sino que narran el apedreamiento como un suceso que ocurrió de manera inmediata a su llegada al entorno de la plaza.

Según Picaza y Aldama, después de su rifirrafe, seguramente con ánimo de atajar por haberse quedado rezagados respecto a los otros tres, cruzaron por el medio de la plaza hasta la casa en que habitaba Pablo Ximénez, y que era propiedad de Cayetano de Palacio, entre las calles Francos y Orruño. Sin embargo, Marfagón declaró que fueron Aldama y el quienes hicieron dicho recorrido. Picaza aseguró haber visto una luz que subía por la calle Vieja cuando iba con Aldama hacia la casa de Ximénez cruzando la plaza; es decir, al de nada de salir de la casa de Gutiérrez.

Ventura de Marubay declaró que al pasar por la bocacalle de Vieja advirtieron que algunas personas les estaban lanzando piedras desde los hastiales de la calle Francos. Creyendo que presentándose como oficial de la Guardia cesarían el ataque, se dirigió hacia ellos y debajo de la casa que habitaba Ximénez se encontró con los cuatro hombres que ya conocemos y les dijo “modosamente” que no tenían motivo para tirar piedras y que se comportasen, pero le contestaron con desprecio y amenazas. Acto seguido uno de los hombres –creía que fue Marfagón pero no lo aseguró- le agredió con una bayoneta en el costado derecho. Pensó que era una herida mortal y así lo dijo, y al ver que se desmayaba pidió a Picaza que le acompañase a casa. Y éste así lo hizo. Ni siquiera la urgencia de las circunstancias le hicieron cruzar por la plaza, sino que fueron bajo los hastiales hasta la iglesia de San Juan, donde el hombre se excusó por temor de que le encontraran los otros tres. Entonces apareció la mujer de Gardeazabal y Ventura fue socorrido en sus metros finales por Salaberri y por Pedro de Gabiña.

¿Qué fue de los acompañantes de Marubay? Cuando éste se adelantó para reconvenir a los agresores, Antonio de Salaberri Iradier, gasteiztarra de veintiún años, le siguió a escasos metros. Pero su testimonio no es del todo coincidente con el del herido, ya que aseguró haber encontrado a Picaza, sin capote ni arma alguna, en uno de los pilares bajo la casa mesón de Ignacia de Urruela, viuda de Manuel de Ballejuelo, que se corresponde con la casa de los Díaz Pimienta. Cruzaron algunas palabras entre ellos, pero al de poco oyó que Ventura caía a tierra suspirando y “diciendo herido soy de una puñalada”. Salaberri no pudo decir quién fue el autor de la agresión, ya que la noche era bastante oscura y el farol se lo había quedado Gardeazabal. La reacción del mozo fue un poco extraña, ya que en vez de ayudar al hombre fue a toda prisa a casa de Gardeazabal para “proporcionar medio” de recogerle a Ventura y ver qué había que hacer. Pero resulta que Gardeazabal no estaba en su casa. Así que Salaberri halló a Ventura ya cerca de la casa de éste y pidió ayuda a Gabiña para llevarlo a casa y dejarlo en la cama. Gabiña regresaba de pasar un “rato de conversación amigable” en casa de Clemente Sancho hacia el final de la calle Burgos, y era empleado de la Aduana.

¿Dónde estaba, pues, Fernando de Gardeazabal? En el mismo momento en que comenzaban a caerles piedras de buen tamaño, se había encontrado con Baldomero de Galíndez en el portegado de la casa consistorial. Ambos se refugiaron dentro de la casa mesón de Ignacia de Urruela. Esto no tiene sentido alguno, ya que si estaban bajo la casa consistorial habría bastado con huir en cualquier otra dirección excepto en la que tomaron. Creemos que, en realidad, debieron encontrarse en la bocacalle o en los mismos hastiales de la casa mesón, y por ello optaron por entrar en este lugar, que era a donde se dirigía Galíndez para cumplir un encargo del Comandante de la Guardia.

Se comenta que alguna piedra impactó contra la puerta principal de la casa, que cerraron tras entrar. Allí estaban Juana de Urruela, Eusebio de Laiseca y María Ortiz de Salazar. Juana subió a los dos hombres al entresuelo, que tenía una ventana que daba al hastial, y la mujer vio a Marubay ir de pilar en pilar diciendo “hixos mios no tireis pedradas”. Gardeazabal no mencionó nada de esto, solo que oyó decir “darles que son negros y matarlos”. Sabemos que “negros” era como llamaban los tradicionalistas -posteriormente los carlistas- a los liberales, bajo el supuesto de que tenían el alma negra. Según Juana, sobrina de la dueña del mesón, habría reconocido las voces de Marfagón y Picaza pronunciando expresiones ofensivas, y después oyó a Marubay llamar a Fernando con voz bastante lastimosa. Según Salazar, decía “Fernando ven acá”. Entonces, Gardeazabal y Galindez, con cuidado y temor, partieron con el farol a buscarle por los hastiales entre las calles Francos y Orruño. A la altura de la casa de Juan Francisco de Bárcena, encontraron a Marfagón, al que preguntaron por el paradero de Marubay, y les respondió con desprecio. Al ver que tras los pilares de la casa había varios bultos de personas que no pudo distinguir, temiendo que aquello terminase mal se fueron a su casa, a donde llegaron a tiempo para ver en la puerta principal a Marubay con la mujer de Gardeazabal.

 

Ahora es momento de ver los argumentos esgrimidos por los acusados. Según Picaza, cuando llegó con Aldama bajo la casa que habitaba Ximénez oyó una voz procedente de los hastiales bajo la casa mesón que dijo “joder a un negro”, y creía que había sido Marfagón. Poco después escuchó otra voz que procedía más o menos de la bocacalle de Francos, y creía que era Ventura “que dijo claramente que mal e echo a Vms”. Picaza habría ido en su busca y lo halló de pie, hacia mitad de los hastiales bajo el mesón, y le dijo que le habían herido y le pidió por Dios que le acompañase a su casa. Como sabemos, así lo hizo. Según sus propias palabras, no lo acompañó más porque creyó que si lo encontraba la Guardia de Honor lo apresarían juzgándole autor de la herida y porque no quería encontrarse con los verdaderos autores. Recordemos, sin embargo, que Salaberri aseguró haberlo visto en uno de los pilares del mesón. Picaza lo negó, así como negó haber dicho las expresiones ofensivas que se le atribuían.

Aldama, que al parecer iba bastante perjudicado, dijo que se recostó pegante a la casa contigua que habitaba Ximénez y al de poco tiempo “al parecer del declarante porque se hallaba turbado de sentido a causa de haberle ofendido un cigarro que acababa de fumar”, como entresueño (sic) oyó voces y un ruido y una persona que “en alta boz y mui clara dijo joderle a un negro”. Creía que fue Marfagón. Presa de este presunto blancón, Aldama se largó hacia su domicilio de la calle Orruño y se durmió hasta que, “siendo hora de la repetida noche que no pudo adbertir por la turbacion de su cabeza qual fuese”, su mujer le despertó porque se lo iban a llevar detenido.

Nada en particular se ha dicho de Aguirre hasta ahora. Su declaración no tiene desperdicio. Aseguraba el encartado que, después de echar la última en casa de Gutiérrez, fue por los hastiales hasta llegar a la entrada de calle Francos, yéndose derechito a su casa. Pero al de un rato notó que le faltaba el ceñidor que había vestido ese día y pensó que se le había caído detrás de la Aduana “en sazón de haber soltado los calzones para hacer una necesidad maior”, de modo que fue para allí y “bolbiendo al parage donde habia echo su necesidad hallo alli dicho ceñidor”. De regreso para su casa, se encontró con Marfagón junto a la casa del cirujano Torrecilla, que estaba pegante a la bocacalle de Orruño. Éste le propuso ir a ver quién o quiénes iban con un farol por los hastiales entre las calles Medio y Yerro y convino en hacerlo por mera curiosidad, de manera que al llegar se encontraron no con los agredidos……sino con el Comandante de la Guardia. A este encuentro regresaremos en breve. Baste señalar por el momento que Aguirre aprovechó este escatológico pasaje para negar su presencia en el lugar de los hechos ni siquiera de manera circunstancial.

Por su parte, Marfagón había suplantado a Picaza en su papel de acompañante de Aldama hasta la bocacalle de Orruño. Situado en ese lugar, afirmaba haber oído ruido de pedradas y haber distinguido bultos de personas en los hastiales entre Orruño y Francos, unos arrimados a los pilares y otros junto a las tiendas. Marfagón siempre dio a entender que allí había habido muchas personas. Avanzó hacia la casa de Torrecilla y allí se habría encontrado con Salaberri, quien le preguntó qué hacía allí y quiénes eran aquellas personas. Le respondió que no sabía, que solo veía uno de sombrero blanco que podía ser el Comandante de la Guardia, y Salaberri fue a donde el. Recordemos que Salaberri solo dijo haberse encontrado con Picaza, en ningún momento con Marfagón. Nadie aludió a persona alguna con sombrero blanco. En su línea.

El declarante aseguró que, después de esta conversación, regresó a donde estaba Aldama, llegando después Aguirre y posteriormente Picaza. Éste y Aldama se fueron a sus casas. No había visto a Garay desde que se desviara al salir de la calle Burgos, de modo que aquí contradijo nuevamente las declaraciones de sus compañeros. Además, Garay vivía en la calle Francos, de modo que no tenía ningún motivo para haber tomado un rumbo diferente cuando regresaban de la casa de Gutiérrez. Sin embargo, y tras mucho insistir los interrogadores en sus contradicciones, terminó por señalar que sí, que habían estado los cinco cerca de la bocacalle de Orruño: Aldama y él en este mismo lugar, Picaza y Aguirre hacia medio hastial y Garay cerca de la tienda de Agustín de Aranguren; y que entonces llegó Marubay y les dijo que se fueran a sus casas, a ellos y a esas otras personas misterioras que estaban detrás de los pilares y de las que nada se supo –probablemente porque no existieron-.

 

Las pesquisas para tratar de arrojar un poco de luz sobre el incidente no resultaron muy fructíferas. Algunos de los vecinos más cercanos al lugar de los hechos oyeron ruido pero, al ser día festivo, pensaron que era gente divirtiéndose –a pesar de las horas que eran ya-. Otros, como Matías Juan de Angulo, no se enteraron de nada, en su caso por haber regresado de viaje y estar agotado. El testimonio más interesante puede ser el de Ramón de Madariaga, que vivía en la segunda puerta de la calle Vieja. Ramón se asomó a la ventana hacia las nueve y media o diez de la noche y oyó voces en la plaza, entre ellas alguna que dijo tres veces en voz muy alta “biba la constitucion”. Con el Trienio Liberal recientemente abortado por la restauración absolutista de Fernando VII, en la que tomó parte de manera muy activa el vecindario orduñés, la perspectiva de hallarnos en este caso con un trasfondo político nos resultaba sumamente atractiva. Sin embargo, nada más se supo de esto. Nadie más pareció oírlo.

Digno de mención fue también la declaración de Martín de Mendieta, natural de Lezama y criado en la citada casa mesón. Según sus palabras, sobre las siete y media de la tarde, en medio de la escalera principal de la casa, Francisco de Marfagón expresó que llevaba una bayoneta francesa, la enseñó y dijo que buscaba “algun negro” para matarle pero no lo había encontrado. Juan de Arenas habría sido testigo de la conversación y, en efecto, ratificó que el encuentro se había producido, pero no recordaba qué dijo exactamente Marfagón de la bayoneta.

 

Después de dejar a Ventura en su casa, Gardeazabal y Galíndez fueron a dar aviso al Comandante de la Guardia de la ciudad, como subalternos suyos que eran, ya que también eran miembros de ella. Juan Antonio de Goiri Olabarrieta había nacido en Laudio/Llodio en 1792. Con veinte años, se alistó en el ejército en Potes para luchar contra los franceses, y a buen seguro debió destacarse en la sublevación realista del Trienio Liberal, ya que en octubre de 1823 figuraba ya como Comandante en Orduña en una carta enviada al rey vanagloriándose de su desafección hacia el régimen liberal y su masivo apoyo a Fernando VII. Todavía faltaba una década para la sublevación carlista de la que Goiri sería uno de los cabecillas comarcales hasta que se acogió al Convenio de Bergara del 31 de agosto de 1839, de manera que en enero de 1840 fue nombrado administrador de la Real Aduana de la ciudad vizcaína. En los inicios del año 1824 gozaba del importante cargo de Comandante de la Guardia de la ciudad, que no era más que la institucionalización como fuerza policial legal de las partidas realistas antiliberales que se habían formado en los años anteriores. Como la participación de orduñeses en estas partidas fue muy alta, parece que “todo quisqui” era miembro de esta Guardia.

Goiri estaba en la casa de su suegro Rafael de Aldama, por donde parece que habían pasado Marfagón y Manuel de Aldama unas horas antes. Recibido el aviso de la agresión, el Comandante ordenó a Gardeazabal y Galindez que fuesen a sus casas a por sus correspondientes fusiles, bayonetas y cananas y que acto seguido se dirigieran al portegado de la casa consistorial. Goiri acudiría al mismo sitio en compañía del sirviente de su suegro, Tomás de Acha, al mismo tiempo que envió a su propio sirviente, Santiago de Larrea, a avisar a su ayudante Ildefonso de Echevarria para que acudiera al dicho lugar armado con su espada. Ambos criados eran naturales de Orozko.

Goiri y Acha, armados con sable y carabina respectivamente, fueron los primeros en llegar. No portaban luz alguna, al contrario de lo que afirmó Aguirre. Y seguramente por eso sorprendió al susodicho y a Marfagón viniendo desde la bocacalle de Vieja. Dijeron que estaban paseando pero, sin mayores rodeos, Goiri preguntó a ver si portaban armas, y Marfagón respondió que había portado una bayoneta pero ya la había dejado en su casa. Entonces llegaron Gardeazabal y su sirviente, el laudioarra Pedro de Aldaiturriaga, con un farol, y al momento apareció también Galindez. Gardeazabal se colocó a la espalda de Marfagón y gracias a la luz de su sirviente pudo ver que el hombre tenía una bayoneta escondida debajo del capote y su brazo izquierdo. Goiri se la quitó y dispuso que los dos hombres subieran a la cárcel, que se encontraba en la misma casa consistorial. En ese momento llegaron Larrea, Echevarria e Ildefonso de Galatas, éste con su fusil y bayoneta como miembro que también era de la Guardia. Vivía cerca y había acudido al escuchar ruido y voces, especialmente las de Gardeazabal y Goiri. También Salaberri llegó en algún momento de éstos.

Como niños atrapados en alguna travesura, Marfagón y Aguirre se resistieron a subir a la cárcel y no tardaron mucho en protestar que no eran los únicos que habían andado por ahí aquella noche, delatando prontamente a Juan de Picaza y Manuel de Aldama, que también eran miembros de la Guardia. Fue Galatas quien agarró a Aguirre y le encontró otra bayoneta debajo de su brazo izquierdo. No sin resistencia, lograron subir a los dos hombres a la cárcel. Aguirre rasgó la camisa del alcaide Pedro de Iturricha, que estaba en su cama cuando su hija le avisó de que Goiri estaba llamando. Recordemos que Iturricha también había estado en la taberna de Larrondo, de donde se había marchado cuando llegó el regidor Pereda. Marfagón fue introducido en la jaula y Aguirre en el calabozo.

La comitiva encabezada por el Comandante se dirigió a casa del aludido Picaza, a quien llevaron a la cárcel; y después hicieron lo mismo con el resacoso Manuel de Aldama. Parece que en algún momento posterior Goiri fue informado de que el cirujano Gutiérrez había sido llamado de parte de la casa de Ventura de Marubay para que éste fuera asistido.

Y, con esta información, Goiri acudió a casa del alcalde y juez ordinario Juan Bautista de Basabilbaso, que estaba acostado en su cama. Enterado de todo lo ocurrido, el alcalde ordenó que los reos permanecieran detenidos bajo la custodia del alcaide y sin comunicación de ninguna clase entre ellos. Posteriormente, fue a la casa de Marubay, hacia la mitad de la calle Burgos, junto al cirujano Mariano de Barriocanal y otras personas. El herido estaba en cama en un cuarto inmediato a la sala de la casa y fue examinado de nuevo, ahora en presencia de las autoridades. Ventura estaba “adornado con camisa limpia de lienzo regular de la tierra y de un chaleco de triple fondo pajizo con solapas y seis botones en cada una, bolsillos con forro por de fuera la espalda y en las delanteros” y en la solapa derecha tenía un “ahugerito triangular de estension al parecer como de quatro linias escasas” advirtiéndose una manchita de sangre en la parte superior del agujero y otra un poco más abajo. Y tenía en sus ropas otras manchitas de sangre del tamaño de una mosca o una lenteja. El escribano recogió el chaleco para custodiarlo como prueba. Su mujer Ramona de Mendibil dijo que era el mismo chaleco que llevaba su marido al llegar a casa. Y aunque examinaron el resto de ropas que había llevado no observaron más manchas de sangre, si bien dos de las prendas estaban recién levadas para que no se estropearan con las manchas de sangre. En ellas sí localizaron algunos agujeros y más restos de sangre, de modo que el escribano también se las quedó.

En su costado derecho y próximo a la “costilla primera verdadera”, Ventura tenía una herida que, según el cirujano Barriocanal, había sido provocada con un instrumento punzante cortante de figura triangular sin que se le advierta a Ventura en su cuerpo otra alguna herida ni señal de contusión. Era una herida realizada con una bayoneta, en su opinión. Esa mañana del día 2 de enero también el cirujano Gutiérrez fue con Barriocanal a atender a Ventura, a quien hallaron con bastante opresión al pecho; le aplicaron los medicamentos que juzgaron convenirle y le hicieron una evacuación con previsión de realizar otra por la tarde.

En los días siguientes, se examinaron las ropas del herido así como las armas incautadas a los reos. Uno de los dos sastre que examinó las ropas fue otro viejo conocido, Pablo Ximénez. Por su parte, Goiri señaló que las bayonetas incautadas no eran las que se habían entregado para el servicio de la Guardia, sino que estaban más sucias y roñosas. Los maestros herreros y armeros de la ciudad, Pedro de Izaguirre y José de Unzueta, reconocieron las bayonetas, que estaban bastante usadas. No hallaron rastros de sangre en ellas pero reconocieron las ropas y constataron que los agujeritos bien correspondían con las puntas de las bayonetas.

 

La tarde del día 6 los dos cirujanos afirmaban que Ventura estaba con alguna alteración en su pulso y bastante desazonado por lo que habían dispuesto que se confesase y recibiese el Viático. El alcalde mandó que un tercer cirujano, Eugenio de Torrecilla, fuese al día siguiente a las ocho de la mañana en compañía del médico José de Gorria a reconocer al herido. Sin embargo, Gorría estaba en cama bastante indispuesto debido a una especie de flujo de sangre. A pesar de ello, al día siguiente Gorría hizo el esfuerzo de ir a examinar a Ventura; afirmó que el herido estaba padeciendo una pulmonía espuria, enfermedad peligrosa que podría haber sido causada por el invierno o por un derrame de líquidos de los pulmones por algún golpe contuso en las partes continentes de la cavidad vital, aunque de esta segunda causa no tenía nociones suficientes para afirmar que había causado la pulmonía.

El día 8 los tres cirujanos observaron que la herida no tenía rubicundez, inflamación, ni edema, manteniéndose en su color natural si bien expelía una leve serosidad y se hallaba con alguna calentura echando algunas gotas de sangre en el esputo.

Sobre la medianoche del 9 al 10 de enero, Barriocanal estaba acostado en la cama de su casa, situada en la plaza, cuando fue llamado por Benita de Marubay y María Jesús de Urdanpilleta, hija y cuñada de Ventura, para que fuera a visitarle. A pesar de la urgencia, le encontró con buen pulso y en su sano juicio. Permaneció con el varias horas, hasta las cinco o cinco y media de la madrugada, cuando regresó a su casa. Pero entre las seis y media y las siete un “sobrinito” y un nieto de Ventura le avisaron para que fuera de nuevo a verle. Sin embargo, cuando llegó a calle Burgos, le dijeron que el hombre acababa de expirar, de manera que fue a buscar a su colega Gutiérrez para examinarle juntos y lo encontraron efectivamente muerto en su cama.

Al día siguiente, 11 de enero, a las ocho de la mañana, fue examinado el cadáver en su propia casa por los tres cirujanos ya mencionados. Estaba expuesto en dos mesas, custodiado por dos personas. El examen certificó que la herida era mayor en el interior de lo que parecía en el exterior, la pleura había sido dañada y hallaron un derrame de sangre que circundaba los pulmones pero sin herida, por lo que dedujeron que habría sido causado por alguna erupción de vasos en las partes afectadas por el golpe. Su dictamen fue la herida fue peligrosa y no mortal de necesidad, pero habría causado el derrame que resultó fatal. Su cadáver fue sepultado en el cementario al norte de la iglesia.

Los interrogatorios a los reos comenzaron el 19 de enero. Por entonces, Domingo de Aguirre no estaba en muy buenas condiciones. El médico seguía indispuesto con sus achaques, de modo que fue el cirujano Torrecilla quien lo examinó y lo encontró sin habla y en precarias condiciones debido sobre todo al tiempo frío que hacía. Dispuso como remedio que le dieran vino rancio, recomendando su traslado a un habitáculo más abrigado, con una cama y lumbre bien encendida sin tufo ni peligro de incendio. Si empeoraba su estado, habrían de llamar al párroco para que le diera la Extremaunción. Todas aquellas medidas se cumplieron, por cierto.

Después de sus declaraciones, fue nombrado promotor fiscal Manuel López Borricón, un tejedor que, para variar, también era vecino de la calle Orruño. Los reos nombraron a sus defensores y comenzó el juicio del caso propiamente dicho. No nos interesa hacer un seguimiento del mismo así que nos limitamos a lo fundamental: el promotor pidió para Marfagón la pena de diez años de presidio con retención en Puerto Rico y la pena de ocho años para Aguirre. Lo más curioso de todo es una afirmación del defensor de Marfagón: que el hombre había salido para “distraerse del aburrimiento q naturalmente causa el frecuente trato y vista de su familia”.

En junio aún seguían presos y la causa había pasado al tribunal del Corregidor y Diputados Generales del Señorío, por lo que los cuatro nombraron procuradores. Este tribunal dio por buenas las conclusiones del fiscal y condenó a Francisco de Marfagón a diez años de presidio en Puerto Rico y a Domingo de Aguirre a cuatro en el castillo de San Sebastián. Picaza y Aldama tuvieron por pena la prisión que ya habían sufrido, y los cuatro fueron condenados mancomunadamente en costas. Era el 18 de noviembre de 1824. El 16 de diciembre el alcalde Basabilbaso entregó al miquelete Marcos de Barañano a los presos Marfagon y Aguirre para ser conducidos a la cárcel de Bilbao.

Ardizitala: un insulto en euskera

 

Una pequeña historia. Una rencilla ocurrida en Luiaondo en abril de 1723 entre vecinos y parientes lejanos. Desconocemos la razón por la que se cruzaron palabras de trazo grueso que derivaron en una agresión, sangre y riesgo de muerte para una joven muchacha. El documento en cuestión no es fácil de leer.

Lo relevante en esta ocasión es el dato lingüístico, que certifica el empleo de la lengua vasca en Luiaondo en 1723. Nada inesperado, por otra parte, pero sí que es especialmente interesante que el epíteto se refleje en euskera y además se traduce al castellano. Y esto es algo tremendamente poco frecuente, al menos en lo que a la documentación de nuestra tierra se refiere.

Vayamos con los protagonistas. La acusada, quien presuntamente empleó el vocablo ardizitala, se llamaba María Pérez de Urrutia Urteaga, tenía 44 años y era natural y vecina de Luiaondo. En abril de 1723, y en días consecutivos, insultó a las hermanas Catalina y Lucía de Beraza Isasi, que si bien eran naturales de Laudio tenían profundas raíces en Luiaondo, donde se había casado la primera y de donde eran naturales ambos progenitores. A Lucía no solo la insultó sino que la persiguió y la agredió gravemente. O de eso al menos fue acusada.

Pícara sucia de malvivir, desvergonzada o perra malvada son algunos de los insultos que salen a la palestra. Nada nuevo, palabras muy en la línea de las que suelen protagonizar estos pleitos: pícaro, bribón, judío, cornudo, etc. Lo novedoso e interesante es que, según Antonio de Beraza como representante de su hija Lucía, María Pérez le llamó a la joven ardizitala “en lengua bascongada que en la bulgar castellana significa oveja sucia”.

Servidor no es filólogo y admite que, a buen seguro, muchas de las implicaciones que subyacen este documento se le escapan. Así que bienvenida será cualquier aportación al respecto.

La palabra no parece ser de uso común y su traducción literal no sería “oveja sucia”; en todo caso, el adjetivo “sucia” habría que entenderlo referente a un rasgo del carácter o la identidad (mezquino, bellaco, o quizá refiriéndose a una carencia de sangre limpia, es decir, en otras palabras: que fuese una manera de llamarla judía). Más allá de estas especulaciones, no acertamos a establecer una traducción fidedigna ni vislumbramos qué es lo que realmente María Pérez quería decir con ese epíteto a Lucía.

Por otro lado, desde el punto de vista de la historia y el uso de la lengua, es evidente que el insulto fue realizado en una lengua que ambas partes comprendían, si bien por alguna razón fue traducido en los autos que, lógicamente, estaban escritos en castellano. Se podría pensar que la razón es que la palabra no tenía traducción exacta, y lo de “oveja sucia” fue una explicación literal sin más.

Resulta dificil encontrar una explicación porque, al menos en la documentación relativa al Alto Nervión, cuando se reproduce una conversación o un intercambio de palabras e insultos, éstos siempre aparecen en castellano, bien por haber sido pronunciados en esta lengua, bien por haber sido traducidos previamente. Después de tantas consultas, y a la luz de los datos disponibles y las últimas reflexiones, creemos que la situación lingüística es mucho más complicada de lo que se ha considerado (o se ha querido considerar).

Y, por último, no pasamos por alto el detalle de que, en este documento, la castellana aparece con el adjetivo de lengua “vulgar” que, por el contrario, tantas veces aparece acompañando a la lengua vasca (el euskera era la “lengua vulgar” y el castellano el oficial). Puede referirse simplemente a una traducción al castellano vulgar o hablado por un pueblo no muy alfabetizado. Pero también podrían desprenderse de ello consideraciones de mayor calado en cuanto al desigual empleo de ambas lenguas. No lo sabemos, pero no pasamos ocasión de dejar constancia de ello.

En definitiva, un testimonio más sobre la presencia del euskera en la Tierra de Ayala y el Alto Nervión, un dato que testifica el uso y comprensión de la lengua vasca, si bien no aclara demasiado en cuanto a su alcance y presencia del castellano. Una anécdota que puede resultar interesante también desde el punto de vista filológico, pero no es ese nuestro campo.

Nuevos datos para la historia lingüística del Alto Nervión

 

 

De vez en cuando la gente me pregunta por el momento en que el euskera nativo se perdió en la comarca. Algunos esperan obtener una respuesta concreta y sencilla, que evita entrar en mayores consideraciones sobre nuestro pasado al mismo tiempo que encuentra un factor externo que explique la razón por la que el euskera autóctono es una lengua desaparecida. Hablamos, claro está, de Franco.

Pero la realidad nunca es tan simple: el panorama lingüístico de los últimos siglos de nuestra historia es mucho más complejo de lo que hemos creído, pero las fuentes de información disponibles son limitadas y pocas respuestas categóricas podemos aportar. La recopilación de datos sobre la presencia pasada del euskera en el Alto Nervión más completa en lo que respecta a la elaboración de una cronología que estudie el proceso de desaparición de la lengua vasca en este lugar lo constituye el  artículo que publiqué en agosto en la revista Kondaira.

A pesar de que su publicación es reciente, por fortuna continúan apareciendo datos que nos ayudan a presentar un panorama cada vez más definido al respecto, si bien aún insuficiente. Vamos con ello.

 

El expediente para la concesión del hábito de la Orden de Santiago al Capitán Juan de Ugarte Berganza, natural de Lezama, en el año 1638, es un documento de gran valor por muchas razones, entre ellas por los poco habituales datos lingüísticos que contiene. Para ponernos en contexto, la obtención de este hábito conllevaba una investigación previa en la que dos caballeros de la Orden se desplazaban a la localidad natal del sujeto para investigar su nobleza, lo que hacían interrogando a testigos, visitando el solar del que procedía, compulsando partidas sacramentales, testamentos, etc. Y así se efectuó también en el caso del Capitán Ugarte.

Es relativamente frecuente que estos, llamémosle investigadores, hubieran de recurrir a intérpretes locales para entenderse con unos lugareños que hablaban exclusivamente euskera. O al menos eso nos consta en ciertos casos paralelos, incluso en la provincia de Álava. Pero nunca había visto tal cosa en los expedientes de acceso a esta y otras órdenes por parte de naturales de nuestra comarca. Ello puede deberse a dos motivos principales: que no necesitasen intérprete alguno o que, aún necesitándolo, no se hubiera reflejado así en la documentación. Consideramos que esta segunda opción solo se habría producido en el caso de que uno de los receptores supiera euskera y hubiera ejercido directamente como intérprete, papel que frecuentemente solían desempeñar los mismos escribanos que generaban los documentos escritos.

Debido a que por parte de dos de los hombres más poderosos de la zona se trató de obstaculizar el ascenso de Juan de Ugarte mediante la falsa acusación de ser descendiente de judíos, se tomó declaración a una inusual cantidad de testigos. Solo en Lezama se examinó a unos cuarenta hombres, la mayoría de esta localidad pero también los hubo de Amurrio, Larrinbe e Inoso. Pues bien: ni uno solo necesitó intérprete, todos sabían castellano. Es cierto que entre los testigos hubo sacerdotes y escribanos. Es cierto que bastantes testigos firmaron sus declaraciones de su puño y letra, lo que significa una mínima capacidad de lectura y escritura (en castellano, por supuesto).

Pero el dato más significativo de todos es que también hubo bastantes testigos que no sabían firmar, que serían por lo tanto analfabetos, que no habían acudido a ninguna escuela, por rudimentaria que fuera (en Lezama consta que precisamente el abuelo del Capitán enseñó a muchos jóvenes) ni recibido ningún tipo de formación más o menos básica, y aún así conocían el suficiente castellano como para entender y comunicarse correctamente con los dos receptores. Recordemos que estamos en 1638, y que la mayoría de los testigos eran personas de cierta edad, nacidas en la segunda mitad del siglo XVI.

También fueron examinadas dos mujeres. Una de ellas, vecina de Lezama y de edad aproximada a los 90 años, también sabía castellano. Pero la otra no. Se llamaba Francisca de Elexaga, era natural de Amurrio y vecina de Larrinbe, en el barrio Mendibil, donde estaba casada con Diego de Sautu (“no nos entendia lo que la hablabamos y preguntabamos por no saber hablar mas que bascuence”). Por este motivo, nombraron por intérprete nada menos que a Antonio de Murga Esquibel, señor de la casa de Murga.

Por lo tanto, lo que podemos decir es que ya para entonces el castellano era lengua extendida entre Lezama y alrededores. Pero tenemos también a una mujer que podía hacer vida sabiendo solo euskera. Y tenemos también a uno de los personajes más importantes del Alto Nervión, el señor de Murga, conocedor de esta lengua, lo que significaría que el euskera se hablaba también en el seno de las familias más adineradas y que era lengua habitual en la comarca. Hay que pensar que el bilingüismo fue un fenómeno mucho más habitual de lo que pensamos.

A continuación, los receptores pasaron a los lugares de Baranbio y Laudio, los cuales, como es sabido, fueron los últimos en perder el euskera prácticamente en los inicios del siglo XX. Pues bien: en Baranbio, tres de los nueve testigos (Martín de Aranguren, Martín de Onsoño y Sebastián de Isasi) examinados necesitaron intérprete, que fue Pedro de Berganza; y varios de los que no lo necesitaron no sabían firmar.

Por el contrario, en Laudio todos los testigos menos dos necesitaron intérprete.

 

Otras probanzas para la obtención del hábito fueron realizadas en Lezama antes y después. En 1625, cuando se concedió el hábito de Santiago a Hortuño de Ugarte Iturriaga, descendiente de la torre de Jauregia en Berganza, al menos uno de los testigos necesitó de intérprete, que fue a la sazón un vecino de Lemoa. El testigo euskaldun era un anciano apellidado Sagun, vecino de Baranbio, cuyo nombre no se ve con claridad en el documento. Sin embargo, no parece que lo necesitaran otros vecinos de la zona como Juan de Larrea de Vidaur, Juan de Arrategui, Pero Verde, Pedro Ortiz de Berganza, Pedro Hernando de Berganza y Juan de Berganza, por no hablar de otros mucho más cualificados y pertenecientes a la “jet set” local del momento.

En 1636 llegaron dos receptores que examinaron a nueve vecinos de Lezama para la concesión de la Orden de Santiago a Juan de Urbina Eguiluz, descendiente de la casa-torre de Egiluz; y en 1639 se tomó declaración a otros vecinos como parte de la investigación del abuelo materno de Antonio de Isasi Eguiluz, descendiente de la misma casa. Recordemos que fue en 1638 cuando se investigó al Capitán. Por lo tanto, tenemos tres casos en fechas muy cercanas. No hemos dejado de advertir el detalle de que los declarantes en los tres casos fueron prácticamente los mismos. ¿Cabe la posibilidad de que fueran presentados como testigos precisamente por su conocimiento del castellano? Es una opción.

Por último, ninguna referencia lingüística obtenemos del expediente de Lucas de Careaga Urrutia, del año 1707, cuando fueron examinados varios testigos de Lezama, alfabetos y analfabetos, si bien en este caso contemplamos la posibilidad de que uno de los dos receptores supiera euskera.

 

El expediente de Juan de Ugarte nos reserva una sorpresa, y es que el documento trae anexo un pleito que su padre Martín trató con la familia Balza de Berganzagoitia en 1588, muy rico en detalles de todo tipo.

El pleito tuvo lugar en el tribunal del Alcalde Mayor de Ayala y pasó ante el escribano de Amurrio Cristóbal de Ugarte. Al ser familia lejana y, al parecer, afín a Martín de Ugarte, Juan Balza de Berganzagoitia obtuvo la facultad para elegir escribano acompañado, es decir, un escribano que actuara de su parte y “vigilara” que su colega actuase conforme a derecho. Este papel recayó en el escribano Pedro de Menoyo, natural y vecino de Salmanton, personaje de cierta relevancia en la Tierra de Ayala en su época como se puede ver en sus libros de actas.

En un momento dado, Balza protestó que se habían presentado testigos que no sabían la lengua castellana y, dado que Menoyo no entendía “la lengua bascongada”, pidió que no fueran examinados hasta fuese con otro escribano acompañado que sí supiera el idioma (parece que este papel iba a recaer en Hernando de Ugarte, a la sazón hijo de Cristóbal y vecino de Lezama). Nunca se nos aclara quiénes fueron exactamente estos testigos euskaldunes monolingües, aunque sabemos que fueron dos.

De todos modos, hay que prestar atención al hecho de que, aún después de esta queja, Menoyo estuvo recibiendo testimonio de un montón de vecinos de Lezama, incluídas muchas mujeres de todas las edades, más susceptibles de no saber castellano que los hombres, sin que se diga nada sobre ello. ¿Cumplió esa función el escribano Cristóbal de Ugarte, que fue quien las puso por escrito? Es una hipótesis plausible, pero no explica la razón por la que, llegado el momento de tomar declaración a Martín de Pardío, vecino de Amurrio en el barrio del mismo nombre, hubo de nombrase un intérprete, papel que recayó en el escribano Domingo de Uriarte, del mismo lugar.

Por último, también se hace referencia a un baile que, “en lengua bascongada”, llamaban “a tabolin bolinete”, o algo similar. Una señal de la cotidianeidad de la lengua, la que emplearían en el día a día.

 

Todavía hay más. Cuando Martín de Pardío fue llamado a declarar por segunda vez, está escrito que su anterior declaración se le “dio a entender de verbo ad verbum”. La expresión “de verbo ad verbum” no es desconocida y en ocasiones puede hacer referencia a una traducción literal realizada de un idioma a otro, aunque no tiene por qué ser así si nos atenemos a su significado literal. Un caso en el que la hemos hallado es en 1790, cuando el escribano Félix Martinez de Marigorta hizo una notificación en “voz inteligible de verbo ad verbum” en la plazoleta de la iglesia de Lezama. Es atractivo deducir de ello que la notificación se hizo en euskera traduciendo el documento en cuestión pero la verdad es que no podemos afirmar tal cosa.

Por su parte, en ocasiones también leemos que a ciertas personas se les “da a entender” una notificación, una declaración, etc. Puede referirse exclusivamente a lo que parece: una explicación o una lectura, sin implicaciones lingüísticas. Pero, ¿y si así fuera? En este mismo pleito que nos ocupa en los últimos párrafos, a Diego de Padura de Echabarri, Juan de Alupazaga y al joven Juan de Aguirre se les leyó de verbo ad verbum su anterior declaración. Ninguno de los tres sabía firmar. Esta expresión también se emplea cuando el Alcalde Mayor, el Licenciado Francisco de Llanos, leyó una declaración a Ana Balza de Berganzagoitia. También en sendas lecturas que les hicieron a Gómez de Padura, Maria de Unzueta de Urtaran y Gregorio de Sauto, todos ellos menores de edad y vecinos cercanos; no ocurre lo mismo en el caso de otros cuatro vecinos de Lezama, dos de los cuales sabían firmar.

Esta misma expresión aparece en otro documento poco después, en 1600, cuando el escribano dio a entender a Pedro de Landazuri, vecino de Saratxo, una serie de preguntas formuladas por un receptor foráneo, y lo mismo ocurre con la anciana Catalina de Saracho.

 

Podemos concluir que en Lezama, y pueblos de su entorno como Amurrio, Larrinbe e Inoso, y en menor medida también en Baranbio, el castellano estaba bastante extendido entre los hombres, incluso entre aquellos que no habían recibido ni la más mínima instrucción básica. El hecho de que muchos hombres trabajaran como arrieros y realizaran frecuentes viajes a Castilla, La Rioja o Bilbao no explica este hecho por sí solo. Existían algunas escuelas rudimentarias y personas que enseñaban a título individual, pero también hemos visto que bastantes de estos castellanoparlantes no habían recibido formación alguna.

Pero, al mismo tiempo, se constata la existencia de personas que solo hablan euskera y de ciertos notables, como Murga y Uriarte, que también lo conocían, por lo que debía ser la lengua habitual en el seno de sus familias y en la comarca. Mi opinión es que el euskera era la lengua materna de la mayoría de la gente, al menos en la mitad oriental del Alto Nervión, y nunca mejor dicho lo de materna porque su supervivencia se ha debido sobre todo a las mujeres, que transmitían el idioma a sus hijos. Pero muchos hombres sabían también castellano, aprendido en la escuela, sirviendo en lugares de mayoría castellanoparlante o directamente enseñado por el padre u otro familiar varón; el conocimiento de este idioma facilitaba mucho las cosas, habida cuenta de que era necesario para la arriería, el comercio, la emigración, el servicio militar, la administración, etc.

Tampoco podemos pasar por alto el significativo detalle de que Menoyo no supiera euskera, otro notable, personaje activo en la Tierra de Ayala, natural de Salmanton; no solo es relevante que el no lo supiera, sino el hecho de que pudiera desempeñar su oficio sin conocer la lengua. Quizá en la mitad occidental del Alto Nervión el euskera estuviera menos extendido de lo supuesto.

 

En el artículo que he enlazado anteriormente, defiendo que el panorama lingüístico del Alto Nervión en siglos pasados fue más complejo de lo que tendemos a creer en esta época en la que los idiomas se emplean, por desgracia, como arma arrojadiza. Esta es una comarca caracterizada por la heterogeneidad, con grandes diferencias entre sus distintos componentes, y no iba a ser menos en lo lingüístico. El Alto Nervión fue, durante siglos, la frontera occidental del euskera; pero cada vez me parece menos conveniente usar el término “frontera” por implicar división. Más bien, fue el lugar de encuentro entre ambas lenguas, que por largo tiempo convivieron una junto a la otra: personas que solo sabían euskera y personas que solo sabían castellano junto a una amplia gama de gente que conocía ambas. Esa debió ser la tónica general en el conjunto del Alto Nervión, lo cual no quita que hubiera áreas donde el euskera debió tener una presencia más reducida (Artziniega, Arrastaria y Orduña) y otra en la que era lengua dominante (Laudio, Baranbio).

Esta convivencia de lenguas queda maravillosamente reflejada en un escrito de los hermanos Olamendi, sacerdotes de Luiaondo a principios del siglo XIX, en el que manifestaban la existencia en la localidad de gente que decía desconocer el castellano y de otros que desconocían el euskera, todo ello en un mismo lugar. Autores medievales como Lope García de Salazar ya señalaron en su momento que Ayala había sido poblada por “vascongados e latinados”, lo que, más allá del mito en el que se contextualiza, refleja la convivencia de ambas lenguas en esta Tierra desde tiempos antiguos. Y esa es la palabra a destacar: convivencia, en las mismas localidades, en las mismas personas. Solo así se puede entender que doscientos años después de los hechos narrados el euskera siguiera vivo en estas localidades.

Pero esa ya es otra historia.

UNA DESCRIPCIÓN URBANÍSTICA DEL AMURRIO DE 1884

 

 

(Publicado en el nº 49 de la revista Aztarna)

 

Amurrio no pasó directamente de ser un pueblo de caseríos a una localidad industrial con modernos bloques de viviendas: experimentó una fase intermedia de crecimiento urbanístico entre finales del siglo XIX y la Guerra Civil, periodo en el que se construyeron muchas casas, no pocas de las cuales desaparecieron en la segunda mitad del XX.

Las políticas urbanísticas de las últimas décadas han sacrificado muchos edificios antiguos y no tan antiguos, de modo que poco queda del viejo Amurrio. En todo caso, es interesante reconstruir la historia del hábitat de Amurrio no solo por mero conocimiento histórico sino también para valorar las posibilidades de recuperar y, en su caso, proteger aquellos elementos (tanto edificios como topónimos, etc.) que han quedado ocultos u olvidados. En este sentido, este artículo se plantea como el punto de inicio de un trabajo más amplio que está por realizar y no como un ejercicio autónomo que alcance unas conclusiones.

Para esta descripción nos valemos de la información contenida en la Relación de Fincas Urbanas del año 1884 para el municipio de Amurrio, disponible en el Archivo del Territorio Histórico de Álava.

 

Un elemento determinante a la hora de configurar el urbanismo de la localidad ha sido el Camino Real de Bilbao a Pancorbo. La ruta venía siendo transitada desde el medievo, pero el Camino como tal no fue construido hasta mucho tiempo después, entre 1765 y 1772. En 1884 la “Carretera de Vizcaya” entraba en Amurrio procedente de Saratxo por el barrio de Aldaiturriaga, popularmente nombrado como Alturriaga desde tiempo atrás. En todo caso, el caserío más meridional de Amurrio quedaba alejado de la carretera, al oeste de la misma, en el barrio Mendiguren, donde había otro caserío en jurisdicción de Saratxo. Y no lejos de aquel, en paraje solitario, estaba la Venta de los Trigueros.

El barrio Aldaiturriaga propiamente dicho comenzaba en el lugar en que la carretera inicia un tramo de bajada, donde existía un grupo edificatorio que albergaba dos viviendas aunque parece que en realidad eran tres. La señalada con el número 49 tenía el camino al norte y la nº 48 aparece vinculada a dos casas: una era propiedad de Pascual Villacián García y la otra de Antonio Aldama Respaldiza. Posiblemente, se trataba de dos partes de una misma casa, que en 1590 habría sido propiedad de Juan Ugarte de Aldaiturriaga.

Un poco más abajo, a la izquierda de la carretera, se encontraba el caserío de José Maria Zulueta Urquijo, vecino de Saratxo, mientras que a la derecha, a su misma altura, estaba la casa de Paulino Arana Aguirre, procurador y destacado carlista. Unos metros más al norte de esta casa, un camino cruzaba la vía férrea para llegar a una casa propiedad de Dionisio Arberas Aguirre. Unos cientos de metros más al este, se encontraba la casa y molino de Rotabarria, de la cual era usufructuario Manuel Figuerola como marido de Luciana Landa, hija de Ramón Landa, a cuya destacada familia perteneció. Este lugar estaba entonces completamente alejado de cualquier tipo de vivienda: las casas más próximas eran las de Ignacio Landazuri y el molino Querejeta.

Las últimas casas de Aldaiturriaga se encontraban justo antes de la siguiente bajada de la carretera. La nº 42 estaba habitada en 1876 por Saturna Murga, viuda de Juan Antonio Ugarte Yarritu, cuyos ancestros fueron propietarios de un caserío conocido como “El Carrascal”, que posiblemente fue la casa solar de los Aldaiturriaga desde el siglo XVI. En la relación de propietarios de 1884 no aparece y desconocemos su localización exacta: probablemente desapareció entonces. Hay que decir también que por esta zona estuvo el caserío Beotegi; quizá fue el nombre original de alguna de las casas mencionadas. Por último, la casa nº 41 había sido construida en 1851 por el peón caminero Bernardino Aspichueta Zulueta y estaba a la derecha de la carretera, antes del cambio de rasante.

Además, existían tres casas que figuraban también como parte de Aldaiturriaga, pero que originalmente lo eran del barrio Mendijur. La primera era de Higinio Mardones, vecino de Cárcamo, y tenía el camino al norte. Más arriba, se encontraba la casa que en 1876 estaba habitada por Felipe Zulueta Zarate y que en 1894 era propiedad de Santiago Llandera Barrenengoa. Junto a ésta, se encontraba la casería propiedad de Sebastián Ugarte Amezaga, cuyos orígenes se remontan, al menos, hasta los primeros años del XVII. Es el caserío conocido como “Bonaparte”.

 

El barrio Aldai estaba integrado por 6 casas que se distribuían a uno y otro lado de la carretera, y que posiblemente eran la mayoría de reciente construcción. Siguiendo nuestro itinerario, se alcanzaba una casa situada entre la carretera y el ferrocarril, propiedad de Torcuato Ugarte Amezaga. Al otro lado de la carretera, estaba la casa que José Irazazabal Otaola, soltero, había heredado de sus padres. Más adelante, a mano derecha, estaba la casa de Genaro Jauregui Landaluze, cuyos abuelos la habían donado a su padre en 1848. Culminado el alto de la carretera, la casa nº 30 estaba a la izquierda de la carretera y era de Lázaro Aspizua Beraza, y al otro lado de la carretera estaba la de Fermín Galíndez. Finalmente, la última casa del barrio estaba a la izquierda de la carretera y era propiedad de José Maria Lezameta Echevarria, vecino de Urduña/Orduña; luego fue de Juan Llano. En 1884 era la única casa que existía en la recta que actualmente lleva de Aldai a la gasolinera.

En los padrones y en la documentación de la época, Landako abarcaba todo el área comprendida entre el final de la calle Aldai y el mesón de Armuru, y desde la vía del tren hasta el arroyo de Lexarraga. Sin embargo, en su origen el barrio de Landa (la denominación Landako es posterior) correspondía a una zona más reducida: seguramente, la comprendida entre la actual gasolinera, el crucero y la zona al sur de San Antón de Armuru.

En todo caso, en 1884 la numeración de los edificios de la zona no es muy precisa, ya que hay varias casas sin número. Es lo que ocurre en el extremo sur del barrio. Al oeste de la carretera estaba la casa nº 27, propiedad de Fermín Galíndez Ibarra; su suegro Matías Ribero Angulo tenía también una casa en el lugar, quizá unida a la anterior o, en todo caso, muy próxima a ella. Cerca quedaba la casa de los Lezama, que tampoco aparece numerada y era propiedad de Agustín y Luis Lezama Urquijo.

Por su parte, Lina Yarritu Urrutia era la propietaria del nº 25, que lindaba al sur y el este con camino. Según información de 1894, estaba entre la de los Lezama y la casa de Manuel Santa Maria, que en 1884 figura sin número y situada al norte de la carretera. Realmente, no sabemos muy bien dónde estaban situadas estas casas: quizá en la actual Avenida Ayala. Además, Lina habitaba la casa de Menditu, documentada ya en el siglo XVI y que lindaba al norte con arroyo y al oeste con camino. Desconocemos su ubicación exacta pero debía estar al norte de la carretera de Álava.

Entre la casona de los Lezama y el pueblo de Etxegoien, las únicas casas que existían en 1884 eran las dos de Aresketa. Bastante alejado estaba también el caserío Saraube, próximo al alto del mismo nombre.

Retornando al lugar donde hoy se encuentra la ya abandonada gasolinera, en el lado derecho el primer edificio era la Casona, propiedad de José Gabriel Pinedo y su mujer Teresa Sopelana, quien la había heredado de su padre Prudencio, un destacado general carlista que la construyó a mediados de siglo. Algo más al norte se encontraba la casa de Gabino Guerra Uriarte, al sur de la “carretera de Álava”, acondicionada apenas unas décadas antes. Un poco más al este estaba la actual Casa de Cultura, que era Cárcel del Partido.

Nos situamos en el Crucero. En el extremo suroeste del mismo, estaba la casa de José Llandera Jauregui, que poco después edificó otra casa en su parte trasera. Al otro lado de la carretera de Balmaseda, estaba el palacio de Oxirando dividido en dos viviendas propiedad respectivamente de Eugenia Zulueta, madre de Juan de Urrutia, y su cuñada Teresa Urrutia. Al norte de ésta, aparecía la casa de Juliana Irazazabal Otaola, que tenía un arroyo al este. Parece corresponder al lugar donde luego estuvo el chalet de Juan de Urrutia. La zona al norte de esta casa, entre el actual ayuntamiento y “el paseo”, también es un poco confusa en la documentación. La casa nº 19 era de Inés Landaluze y lindaba al norte con camino y con la huerta al oeste. Al sur lindaba con Isidora Olarieta, aunque su casa no figura en la relación de 1884; en 1894 lindaba al norte con medianería de otra casa, al sur con Amalia Osaba y al este con Ricardo Zorrilla. La casa de Amalia ya existía en 1884: posiblemente se corresponde con la que fue de los Lezama posteriormente, en el paseo. La mencionada de Zorrilla estaba adosada a ella, hacia el norte, aunque quizá fue construida entre 1884 y 1894.  Próximo estaba el caserío Iturralde, señaladao con el nº 18 y propiedad de Pía Ana Landaburu Respaldiza, viuda de José Maria Aldama.

Regresando al Crucero, en su esquina noreste se encontraban las casas nº 13 y 14, propiedad de Maria Landaburu Respaldiza. Mas al norte y en línea con la carretera estaban dos casas de Marcos Isasi Isasi, residente en Kruzialde, que construyó una tercera casa antes de 1894. A la espalda de éstas y separándolas de la ermita de San Antón, quedaba un edificio mucho más vetusto: el Hospital. Al norte, frente al actual ayuntamiento, se encontraban dos casas unidas que eran propiedad de un hijo y una hija del abogado Domingo Manuel Angulo.

Continuando con las casas situadas a la derecha de la carretera, después de las anteriores estaba una de Pablo Aldama Gabiña y después dos casas unidas propiedad de Pedro Zulueta Echaniz; estaban frente al Mesón de Armuru, que al parecer no figura en esta relación de propiedad rústicas. Finalmente, Pablo Aldama, vecino de Etxegoien, tenía la casa nº 2, con arroyo al norte, que parece corresponder a la casa conocida como “Torrejón”. La nº 1 era propiedad del pueblo y en ella habitaban los maestros.

La ermita de San Antón era entonces uno de los puntos neurálgicos de la localidad. Allí tenía una casa Eleuteria Arana Aguirre, viuda de Manuel Revuelta, que lindaba con la carretera al sur y con campo común al oeste. En frente, al otro lado de la carretera, había una casa que habitaba Agustín Pérez Lafuente y era de Margarita Artubald.

Junto a esta casa, arrancaba la que sería Calle de la Estación, de reciente creación, ya que el ferrocarril llevaba apenas dos décadas establecido. En el punto en que arrancaba la calle, al oeste de la misma, tenía una casa Valentín Aldama Zulueta, natural del barrio Aldama y uno de los grandes propietarios del pueblo. En ella vivió su hijo Dionisio Aldama Aldama, cuyo nombre se puso a la calle. En los siguientes años, edificó otra casa al sur de ésta.

En esta calle, más al sur, había una casa propiedad del procurador Fidel Agüero Bolloqui. Después, estaba la de Antonio Garaigorta González de la Mata, vecino de Bilbao, que luego fue de Floro Oribe. Y, finalmente, nos encontramos con la casa de los Aguinaco, en la que vivió uno de los caudillos carlistas de la comarca en la última carlistada (1872-1876). Suponemos que todas estas fueron construidas a partir de la llegada del ferrocarril en 1863.

El otro gran núcleo de Amurrio era el barrio Elexondo, que, en la documentación de finales del siglo XIX, abarcaba desde el mesón de Armuru hasta Intxaurdui. En 1884, frente a la iglesia y en el lado izquierdo de la carretera de Bizkaia, estaba la casa de Nicolás Ibáñez Arriba, tratante natural de Ixona, a la cual poco después se adosó la casa que sería de los Altonaga. Más adelante, estaba la casa de Antonio Aldama Gabiña, a la que posteriormente también se adosó otra vivienda en su parte sur. La casa señalada con el nº 3 pertenecía a Concepción Anchia, viuda de José Ramón Echeguren, destacados propietarios de la localidad. Parece corresponder con la conocida como “Casablanca”, a la que en tiempos de su hija Antonia Echeguren se añadió otra casa a su lado.

Además, existía otra casa que era de Joaquín Landaluze Respaldiza; según la descripción de sus lindes, estaba adosada al templo. En frente de ésta, al sur, estaba la casa de los Olamendi. El nº 6 no figura en la relación de 1884 pero sí diez años después, cuando era de Juan Manuel Urquijo, vecino de Madrid. Fue habitada por Ciriaco Molinuevo posteriormente. Un poco más al norte de ésta encontramos la casa cural, conocida como “casa de Ochanda”. Las dos siguientes casas estaban próximas una a la otra, cerca del ferrocarril y al norte de la carretera. La más vieja era de Concepción Anchia y la otra, posiblemente bastante reciente, era de Dámaso Landazuri Arberas, cuya viuda compró la otra casa.

La zona situada al norte del templo parroquial resulta dificil de describir a partir de la documentación consultada. Al parecer, no existían las casas de la parte baja de la que fue “calle Álava”. La señalada con el nº 10 pertenecía al chocolatero Manuel Elola Barañano y lindaba al norte con camino, al oeste con entrada y al este con Valentín Aldama. Al hijo de éste, Juan Vicente Aldama Aguirre, pertenecían las casas nº 11 (pegada o próxima a la anterior por el oeste) y la nº 12 (con la carretera al oeste). Es decir, las casas de Aldama y Elola parecen corresponder con el conjunto edificatorio en el que estuvo el bar El Bolinchi.

Al otro lado de la carretera, y junto al camino que entonces salía hacia Mendiko, estaba la casa de Carlos Ugarte Olartegochia. Más al oeste, estaba el palacio Cejudo o, más propiamente dicho, Urrutia, que era propiedad de Pedro Eraña, de Salamanca. Al norte de éste debía estar la casa nº 16, de Juan Antonio Sarachaga Uliarte, que tenía el camino al norte, el antuzano al este, la era al oeste y la huerta al sur.

Detrás de la casa de Aldama y Elola, junto a la carretera, encontramos la casa de Casimira Urruticoechea, que posteriormente fue de Santiago Landaluze Orue. Tenía el nº 19 y no aparecen los números 20 y 21. Sí sabemos que la nº 22 pertenecía a Francisca Bárcena, vecina de Madrid, y estaba más al norte de la anterior: luego fue de los Uribe. Al otro lado de la carretera, en la zona del actual juzgado, estaba la casa de Lázaro Maria Pinedo.

El área comprendida entre este mencionado punto hasta finalizado el repecho que lleva a Landaburu, en la margen izquierda de la carretera, era conocido como “Inchordio” (Intxaurdui). En 1884 son dos las casas que figuran con este nombre: la nº 25 pertenecía a Martiniano Tercilla Chávarri y fue convertida luego en Villa Gregoria; la nº 29 era de Dámaso Landazuri Arberas y estaba en lo alto de la cuesta. Por el contrario, la nº 27 estaba al otro lado de la carretera y ligeramente más al norte; era de Agustina Esnarriaga, y en ella vivió luego su yerno Lucas Rey. Parece ser que esta casa se incluía ya dentro del barrio Landaburu.

Retrocedemos ahora a la iglesia parroquial y el lugar que entonces era considerado como la “plaza” del pueblo, es decir, el espacio comprendido entre el palacio Urrutia y la iglesia. Más arriba estaban las casas del barrio Larrinaga, que estaban situadas en el primer tramo de la actual calle Mendiko. En 1884 eran 4 viviendas: las tres primeras eran de Felipa Antoñano Arriaga, natural de Astobiza; tuvieron otros propietarios en años siguientes, hasta que las adquirió el Marqués de Urquijo. Por su parte, el nº 4 era de Concepción Anchia y luego de su hija Antonia Echeguren.

Más adelante comenzaba el barrio Mendiko, que parece haber abarcado el área al norte de Larrinaga y al noroeste del palacio Urrutia. Sabemos que en tiempos pasados algunos de sus caseríos recibieron nombres como Matxialper, Padura o Errementeria, pero no conseguimos identificar, por el momento, ninguna de las casas documentadas en 1884 con los datos históricos que tenemos de los caseríos de este barrio.

La casa señalada con el nº 5 era propiedad de Hilario Aldama Gabiña y lindaba al norte con camino, este con entrada, al oeste con Valentín Aldama y con heredad al sur. Posiblemente, estaba situada a la izquierda del camino a Mendiko una vez pasado el palacio Urrutia. Por su parte, los números 6, 7 y 8 estaban al otro lado de la carretera y pertenecían a José Isasi Yarza.

La señalada con el nº 9 era propiedad de Lorenzo Isasi Leal de Ibarra y lindaba al este con camino. Luego fue de su hijo Matías Isasi Beraza y probablemente estaba al norte del barrio Larrinaga. El nº 10, que no aparece en 1884, es posible que correspondiera con una casa de Manuel Picaza Udaeta, vecino de Bilbao. La siguiente casa era la nº 11, propiedad de Simón Retola Landazuri, que luego fue de su hija Dolores, casada con el farmacéutico Juan Antonio Landazuri, y sobre la que edificaron su chalet. No aparece tampoco la nº 12 (posiblemente correspondía a dos casas de Lázaro Aspizua que figuran sin numerar) pero sí la nº 13, que era de Florencio Guaresti Llano, natural de Izoria, y tenía el camino al oeste. La nº 14 era de Antonio Gabiña, vecino de Sigüenza, y tenía la salida al este. Por último, el nº 15 correspondía a una casa pequeña de José Isasi.

Según parece, el barrio Saratxaga se correspondía con la zona superior del camino a Olabezar y estaba compuesto por dos casas. Una era de Manuel Sarachaga, descendiente por vía directa de los propietarios de esta casa en el siglo XVI, aunque diez años después ya era de Fermina Angulo Goñi. La otra pertenecía a Francisco Aldama Sarachaga. El último caserío en esta zona era el llamado “El Alto”, con el nº 18, próximo al actual cementerio y propiedad entonces de José Landaluze Respaldiza.

Desde las inmediaciones de Saratxaga, un camino llevaba a Landaburu por el mismo lugar por el que hoy baja la carretera desde Goikolarra. En este camino, al sur del mismo, estaba el caserío señalado con el nº 28, propio de Joaquín Landaluze Respaldiza. Al sureste de este caserío, y encima del camino real, estaba el caserío Arenalde. Por su parte, Juan Rubenach, como marido de Adelaida Lezama Urquijo, tenía una casa entre Arenalde y Alkinar, a la izquierda de la carretera.

El nº 30 era de Pedro Zorrilla Montalbo y tenía la carretera al oeste, mientras que el nº 31º era de Antonio Aldama Gabiña y estaba en el mismo lado, aunque, según parece, más al sur que las anteriores. ¿Quizá el que había sido conocido como Cerrajería?

Frente a la casa de Rubenach, al otro lado de la carretera, había tres casas que estaban juntas y eran propiedad de Juliana Barrenengoa. Su segundo marido fue Juan Ugarte Orue, que habitaba la casa nº 34 en 1876 y cuyos padres fueron propietarios del caserío Etxabe, que bien podría ser el mismo.

Aunque con el tiempo los padrones de la localidad designaron con el nombre de La Calle a toda la zona al norte de Elexondo, en esta época aún mantenía sus límites originales, desde Zabaleko al norte. La parte baja del barrio, las casas en torno a la carretera, formaban parte del barrio Arretxondo o Aretxondo.

La primera casa estaba a la derecha del camino real y era propiedad de Toribio Olarieta Jauregui. Más adelante, estaba la casa nº 50, propiedad de Francisco Javier Zulueta, residente en México, y frente a la misma, al otro lado de la carretera, se encontraban dos casas unidas o, al menos, muy próximas. La primera de ellas, posiblemente con el nº 51, era propiedad del pueblo de Respaldiza. La segunda, situada al norte, era de Fermín Galíndez.

Los cuatro siguientes números no aparecen, aunque la nº 54 estaba habitada en 1876 por Pío Echeguren Aldama, cuyos antepasados constan en este barrio desde varias generaciones atrás. También entre éstas se incluiría el caserío Zabaleko, que era de Juan Rubenach. Al norte de éste comenzaba el barrio La Calle con la casa de Petra Arostegui, viuda de Juan Olabarrieta Aldama. Los nº 58 y 59 eran propiedad de Manuel Sasiain Landazuri y estaban más al norte pero al otro lado del camino.

Finalmente, el barrio Arretxondo abarcaba otras dos casas: una al este de la carretera y propiedad de Anacleto Pinedo, y la nº 60, de Pedro Landaluze Garbiras..

Continuando por el Camino Real hacia el norte entramos en el barrio Sagarribai. Primero, estaba la casa posteriormente conocida como “de Goya”, que la usufructuaba Figuerola. Éste también era propietario de la casa nº 62, mientras que la nº 63 era de los hermanos Francisco y Patricio Yarritu, afincados en Abanto, que posiblemente fueron después dueños de dos de las tres casas que están actualmente a la izquierda de la carretera. La restante pudo ser de Juan Garaigorta, que de hecho habitaba el nº 63 en 1876. Al otro lado del río y las vías del tren, se situaba el caserío Zamora y otra casa que albergaba dos viviendas propiedad respectivamente de Emilio Larrinaga y Agapito Gallaistegui.

Siguiendo la carretera, más al norte existían cinco caseríos a mano izquierda y, finalmente, otros dos a mano derecha. El primero de todos era el de Saerin, seguido del caserío antiguamente conocido como Agirre, ambos propiedad de Marcelo Gorostizaga.

Las tres casas siguientes formaban parte del barrio Urieta y, con los números 77, 78 y 79, eran propiedad del sacerdote Dionisio Díaz de Olarte Asteguieta. Finalmente, estaban las dos casas de Argatxa, al otro lado de la carretera.

Pasamos al otro lado del río Nervión y emprendemos el regreso hacia el sur. El caserío más próximo a Argatxa era San Pablo, propiedad de los herederos de Ascensión Arbide. A su altura, pero más al este, estaba Urietagoikoa. Próximo a la estación del tren que hoy lleva su nombre, estaba el caserío Salbio, de Francisco Aldama Orue. Y, finalmente, más al sur se situaba el caserío Espinal. Desde aquí se podía ascender hasta la ermita de San Roque, en cuyo entorno se disponían dos caseríos, en aquel entonces notablemente aislados respecto a los demás. Junto a la misma ermita, estaba la casa de Gregorio Olartegochia Abechuco, que luego compró Aspiunza. Más abajo, la casa nº 40 era propiedad de Vicente Badiola Ugarte.

No existía por entonces ninguna casa entre el puente de Zabalibar y la de Badiola. Primero, al sur de dicho puente, nos encontramos la antigua ferrería reconvertida en fábrica de harinas. Frente a estas instalaciones, al otro de la carretera, existían dos casas muy próximas que pertenecían a Simón Olabarria y Gregorio Manzarbeitia, ésta al oeste de la anterior. Manzarbeitia era yerno de Santiago Isasi, que había comprado la casa principal, ferrería y molino de Zabalibar.

En el camino que salía de la carretera en Arretxondo en dirección a Zabalibar, un poco más al sur de las anteriores, estaba el caserío de Josefa Yarritu, viuda de José Olarieta, conocido como Mamitu. Más abajo quedaba otro caserío que usufructuaba Figuerola, luego comprado por Fermín Olibares. El siguiente correspondía a Manuel Sasiain.

El barrio se completaba con tres caseríos muy próximos uno del otro, más al sur. El primero de ellos era propiedad de Catalina Olarieta, vecina de Jugo; el segundo de Concepción Anchia; y el más meridional del barrio pertenecía a Dionisio Arberas Aguirre, siendo habitado por los Galíndez durante generaciones. No lejos de éste estaba la casa de Olako, también propia de Dionisio.

La zona de Zabalibar y Olako quedó separada del resto de la localidad por el ferrocarril, y estaba también separada de Orue y Abiaga por el río Nervión. Por aquel entonces, entre Olako y el molino de Rotabarria, apenas existían un par de casas en todo lo que hoy es una de las principales zonas de habitación de Amurrio. Entonces no habría más que campos. Solo documentamos dos casas junto a la carretera de Álava, en su lado sur. Una de ellas, de muy reciente creación, era de Ignacio Landazuri Arberas, de Pardio, la que fue conocida posteriormente como “del Patrón” y desempeñó las labores de fonda. En dirección a Ugarte, hacia la mitad del camino, estaba la casa de Ángel Galíndez, vecino de Madrid, aunque es posible que en realidad se construyera entre 1884 y 1894. Finalmente, un poco antes del puente de Arzubiaga, que daba entrada al puente de Ugarte, se encontraba al norte de la carretera una casa propiedad de Andrés Lejarza Viguri, que luego fue de su sobrino Juan Viguri Molinuevo.

A la derecha del puente, se encontraba el caserío Zubialde, que había sido del primer alcalde del Ayuntamiento de Amurrio, Matías Landaburu, y en 1884 era de su hija. El siguiente en listarse era el caserío “Campillo”, de Josefa Ugarte, viuda de Lafuente. Por su parte, el nº 3 correspondía con el molino Querejeta, que era propiedad de Lucio Guinea Baranda; el nº 4 era de Antonio Arberas Riofrancos y el nº 5 de Luis Jauregui Ugarte. La siguiente casa probablemente se encontraba en Bideko y era propiedad de Lorenzo Anda Landazuri; en el mismo lugar se situaría una casa llamada “Ugarte Arriba”, propiedad de Victoriano Montoya. Finalmente, la nº 8 era de Ramón Gabiña Aspichueta, tenía el camino al este y fue propiedad de los Acha años después.

El listado de 1884 pasa a los nº 9 y 10, que correspondían a las dos viviendas que albergaba la Casa de Ugarte, propiedad de Fidela Olaeta Salazar, vecina de Gernika, descendiente de los antiguos propietarios del mayorazgo de Ugarte, fundado en 1606, que quedó adscrito al de Astobiza. La nº 11 era de Vicente Urrutia Mugaburu y a continuación se listaban las casas de Valentín Aldama Zulueta y la de la viuda de Manuel Angulo, que lindaba norte y oeste con camino.

Llegamos así a la zona del barrio Uskategi encontrándonos primero el caserío llamado Manzarraga o Lorenzico. Por su parte, el caserío Tontorra era de Ramón Gabiña Aspichueta. Después, aparece el caserío que había sido de los padres de Josefa Ugarte Abechuco, viuda de Francisco Lafuente; y después los dos caseríos de Uskategi: el de José Yarritu Olarte y el que administraba el sacerdote Ramón Aspizua como curador de la menor Isidora Olarieta San Miguel.

No lejos de aquí quedaba el barrio Isasiko. En la parte baja de este barrio, estaban los caseríos Mingotxu y Andaiko (que figura como Andiko); más arriba se encontraba Orortegi, que adoptó este nombre por haber pertenecido durante un par de generaciones a los de este apellido, y que entonces era de Pedro Molinuevo. El caserío Basarrate era de Gabriel Urrutia, cuya familia había emigrado a la Margen Izquierda; más arriba estaban los dos caseríos de Larra. También en Pardío había dos caseríos, propiedad de Ignacio Landazuri y Juan Viguri, mientras que Mariaka pertenecía a Valentín Aldama.

Por su parte, el barrio Aldama continuaba teniendo sus seis caseríos históricos: Andiko Abajo, propiedad de Valentín Aldama; Andiko Arriba, de Fermín Olivares; Olarieta, de José Aldama Yarritu; Etxabarriko, de José Yarritu; y Berganzena y Juandorena, ambos de Lorenzo Isasi Leal de Ibarra, el primero por compra.

Pasando a la otra vertiente, de cara a Baranbio, bajamos hacia el barrio de Onsoño, en cuya parte alta estaba el caserío Goiko, de Miguel Landaluze; más abajo estaban, seguidas, las casas de Mariano Berganza, la de Katuja (llamada así por pertenecer al mismo propietario que el Palacio de Catuja de Laudio/Llodio), y la de Casimira Aldama Cuadra, con el caserío de Marcelino Aldama Yarritu enfrente, el cual fue conocido tiempo atrás como “Mariaka”, por el apellido de uno de sus primitivos propietarios. Todos estos caseríos se conservan pero no ocurre lo mismo con otros que estuvieron más abajo del anterior. Primero estaba Etxezuri, que en 1884 era de los hermanos Sautua Larrazabal, junto al cual hubo otro caserío ya por entonces desaparecido. Justo después, estaba la casa de Fernando Berganza Aspiunza. Ambas desaparecieron en la segunda/tercera década del siglo XX. Frente a estas, al otro lado de la carretera, estaba la casa de Gregorio Olamendi, que en el pasado recibió el nombre de Muñezkan, por el apellido de uno de sus propietarios. Separadas del resto del barrio, a menor altitud, alcanzamos los caseríos Barrenengoa y, después, Kruzialde, que era de Marcos Isasi Isasi.

Finalmente, en el barrio Berganzabeitia existían unas cuantas casas en jurisdicción de Amurrio. La más meridional era la de Okeluri, no lejos de la cual se encontraba el caserío “Esteban”, ambas propiedad de Juan Francisco Tipular. Luego estaba el caserío Zapatería, que era de Tomás Aldama Echevarria; cerca de ésta había otra casa que era de Fermín Iñiguez de Onsoño, vecino en este mismo barrio pero en jurisdicción de Lezama, y otra de Antonio Echevarria. Por último, la casa de Eligorta era también de Tomás Aldama.

Otro largo trayecto por el monte nos llevaría hasta el barrio Orue para recorrer la ribera oriental del Nervión. En este barrio, la casa señalada con el nº 39 era propiedad de José Berganza Garbiras y parece compartir número con otra de Sebastián Yarritu, por lo que quizá era una casa dividida entre los dos. La nº 38 era de Manuel Sasiain Landazuri, junto al camino que llevaba a Mariaka. El nº 36 era de Francisca Arbide, viuda de José Garbiras, cuyos ancestros habían vivido en el barrio desde muchas generaciones atrás. Esta casa la compró poco después Juan Viguri y construyó otra unos años después, al otro lado del camino. Con el nº 35 aparece el caserío Oribai, de Sebastián Yarritu.

Al sur de éste, entramos en el barrio Abiaga, cuya distribución del caserío aparenta ser la misma que tenía ya en el siglo XVI. La casa más septentrional del barrio era la casa nativa de los Aspiunza, propiedad en aquel momento de Rafaela Urrutia. A continuación, la nº 33, al oeste del camino, era de Nicolasa Olarieta Echeguren, y la siguiente, al este del camino en el sentido de nuestra marcha, de Francisco Aldama Sarachaga.

A partir de aquí, las siguientes casas estaban todas al oeste del camino. Con el nº 31 figura la casa de Ciriaco Ojembarrena Aldama, descendiente directo de Martín Latatu de Abiaga, que era su propietario en 1590. El nº 30 era de Teresa Urrutia Mendivil y seguramente era la casa llamada Gotxi, a cuyos propietarios se hizo concurso de bienes en 1845. Cerca de ésta, el nº 29 correspondía al caserío conocido como Sautuko, por haber pertenecido desde el siglo XVI a la familia Sautu. Era entonces de Francisca Berganza Ugarte.

Al otro lado del camino, y un poco más adelante, estaba el nº 28, propiedad de Manuel Abechuco Urrutia, cuyos antepasados habían vivido allí por generaciones. Un poco más al oeste estaba el nº 27, de Antonio Yarritu Cuevas, y a veces incluido en el barrio Bañueta. A este barrio pertenecían, sin duda, las dos siguientes casas. La nº 26 estaba muy próxima a la anterior, en la curva de la carretera que accede a las piscinas y junto al arroyo que transcurre por allí. Era entonces propiedad de Juan Antonio Sarachaga, que poseía también el molino de Bañueta, nº 25, como heredero directo de los Guinea, sus propietarios a principios del siglo XVI.

Finalizado el recorrido, observamos que algunas casas se conservan y otras no, siendo muchas de ellas difíciles de identificar y localizar. Solo un trabajo específico de archivo puede reconstruir la historia de todos los edificios históricos de Amurrio, tanto los que se conservan como los que no, para evaluar correctamente el patrimonio material e inmaterial de la localidad y conocer con mucha mayor exactitud su historia.

Los carreteros castellanoparlantes de Amurrio

14 de noviembre de 1828

 

 

Anochecía. Domingo de Bernaola quería llegar cuanto antes a Arrigorriaga, a la ferrería de Agirre, en compañía del maestro barquinero que su tío Juan Manuel le había mandado buscar en Laudio/Llodio. A lomos de su caballo, no podía apretar demasiado el paso, ya que el maestro que había contratado caminaba a pie, pero tampoco era cuestión de perder el tiempo detrás de los 7 carreteros que, llegando a la ferrería de Gastaka en Arrankudiaga, trajinaban con sus carros cargados de trigo en dirección a Bilbao ocupando prácticamente todo el ancho de la calzada. Por alguna razón que no se expresa, supo que eran de Amurrio. Les pidió permiso para pasar y adelantarles.

Según declaración de un testigo llamado José de Urresti, los cuatro primeros carreteros le dejaron pasar pero el caballo de Bernaola derribó al quinto, un hombre al que sus compañeros se dirigieron, una y otra vez, como “Godoy”. Al parecer ocurrió sin intención alguna y Domingo le dijo que si había hecho algún daño lo pagaría al momento, pero la respuesta de los de Amurrio no se hizo esperar: arremetieron contra Bernaola palo en mano mientras el tal Godoy gritaba “a ese, seguirle a ese” y le dedicaba epítetos tales como arlotaro, pícaro bribón y otros. Ya delante de la casa de Gastaka, le dieron alcance, asieron la cabalgadura y lo desmontaron a garrotazo limpio hasta que fue socorrido por el dicho Urresti y otros vecinos como Mateo de Amechazurra.

Éste preguntó la razón de darle semejante trato a Bernaola y Godoy replicó “no vea Vmd [Vuestra Merced] como me ha maltratado a mi, mire V[sted] la herida que tengo” pero en opinión de Amechazurra no tenía nada de nada y así se lo hizo saber. Aún y todo, siguió arengando a sus compañeros para que mataran al hombre, de modo que lo derribaron del caballo de nuevo. Solo cuando Amechazurra amenazó con avisar a las justicias cesaron la paliza y cada uno siguió su camino, algunos mejor que otro. Bernaola hubo de ser examinado por el médico al llegar a la ferrería, donde tenía su habitación, pero sus heridas no son objeto de atención preferente en este relato.

Los carreteros continuaron hasta la casa de Ubilla en Ugao-Miraballes, donde cenaron tanto ellos como sus animales de tiro hasta que retomaron el camino a Bilbao hacia las 2 o las 3 de la mañana. Los carreteros de Amurrio tenían costumbre de parar en el mesón de Mathias de Zalbidegoitia en Atxuri y al parecer también pasaron por allí en aquella ocasión, aunque debieron tomar el camino de vuelta sin mayor dilación, ya que esa misma noche hicieron parada y fonda en el mismo mesón de Ugao-Miraballes aproximadamente por idénticas horas que la noche anterior.

El dato más interesante de esta historia es de naturaleza lingüística y no demasiado habitual, como todo dato que haga referencia al idioma hablado, al menos en lo que respecta a nuestra comarca. Denunciada la agresión por Bernaola, las justicias se desplazaron a la casa de Ubilla para ver qué sabían allí del caso, por si los carreteros de Amurrio habían hecho alguna mención del suceso en las dos ocasiones en las que se habían detenido allí. Fue en vano. Y es que los hombres que los atendieron, José Andrés y José de Basauri, respondieron que nada podían decir, porque los susodichos hablaban en castellano, idioma que el primero no “poseía” y el segundo “muy poco”.

Antes de pasar a examinar el dato lingüístico, merece la pena señalar que José de Basauri sí que declaró, en todo caso, que el tal Godoy se llamaba en realidad Fernando de Aguirre y era propietario y vecino de Amurrio “yendo del camino a Orduña a la izquierda junto o tras de una torre vieja”, en referencia a la de Mendixur, ya en las últimas. Cuando fueron a detenerla a dicha casa, no estaba en ella y de hecho no se entregó hasta finales de enero de 1829 en Bilbao. Godoy argumentó que iban dejando espacio suficiente en la calzada y que Bernaola llegó galopando y sin moderar el paso, de modo que lo arrolló y arrojó a tierra con gran peligro de haber perdido la vida entre los carros, y es por eso que sus compañeros trataron de detenerle ignorando el qué resultó de todo aquello. No se le dio demasiada verosimilitud a su testimonio. No sabemos en qué acabó todo ello pero lo cierto es que tampoco sabemos, al menos de momento, lo que fue de Fernando, ya que no hemos hallado su partida de defunción.

Fernando de Aguirre Sautu había nacido en Amurrio en 1771, por lo que tenía ya 57 años. Su padre era natural del mismo lugar, también se llamó Fernando y posiblemente vivió en la misma casa que heredó su hijo, la cual reconstruyó hacia 1763 tras un incendio. Su madre era natural de Larrinbe, del barrio Mendibil. Estaba casado con Maria Josepha de Echeguren Zulueta, que era también de Amurrio, concretamente de Zabaleko. Era, por lo tanto, un amurriano prácticamente de pura cepa. Para entonces, año 1828, ya tenía una hija casada en Murga con Juan Francisco de Salazar Landaburu, a quien llamaban “Zentella”. Tuvo, además, una hija casada en Lezama, otra en Laudio/Llodio y a Isidra, que se casó con Manuel de Arberas Landaburu y posteriormente con Valentín de Aldama Zulueta, todos ellos de un cierto poder adquisitivo -dentro de los límites de los labradores propietarios, claro está-. De hecho, Dionisio de Aldama Aldama fue hijo del segundo matrimonio de Valentín tras la muerte de Isidra. En resumen: Fernando de Aguirre “Godoy”, labrador y arriero, era un hombre con “posibles”, bien considerado y situado en el escalafón social del Amurrio de la época.

Es posible también que fuera un poco conflictivo, quizás altivo. Por si fuera poca cosa la furibunda reacción al incidente del caballo, respondió con cierta soberbia a las justicias cuando presentó su defensa en el caso. Además, unos años antes había sido denunciado por desacato por insultar a Félix de Aldama cuando era alcalde, en un pleito que llegó hasta la Chancillería de Valladolid. Es de pensar que recibió su mote de Manuel Godoy, el que fuera célebre y polémico primer ministro de Carlos IV. Quizá fue defensor del mismo, quizá fue un furibundo detractor, lo cual sería más probable que lo primero, quizá recibió su mote por cualquiera de los insospechados motivos por el cual ponemos a una persona un mote que le acompaña toda la vida hasta sustituir su nombre verdadero.

Desgraciadamente, no sabemos quiénes fueron sus 6 acompañantes. De lo que no hay duda es que se comunicaban en castellano, no en euskera. Uno puede hacerse muchas preguntas al respecto: ¿hablaron en castellano para no ser entendidos por los posaderos? No resulta verosímil. ¿Sabían euskera? Y, si era así, ¿por qué no lo hablaban entre ellos?

El problema es nuestro desconocimiento de la identidad de todos los carreteros para determinar el origen y circunstancias de cada uno de ellos. La cronología sobre el momento en que el euskera se dejó de hablar en Amurrio se sustenta en datos aislados, generalidades, pero pocos asideros concretos. Se cree que la Guerra Carlista fue un golpe definitivo pero, siendo lugar de paso y un pueblo en el que se asentaron no pocos individuos procedentes de entornos no euskaldunes, no sería de extrañar que el castellano estuviera ya muy extendido con antelación. En todo caso, creemos que en la Tierra de Ayala el bilingüismo y la convivencia de lenguas fue algo más extendido de lo que creemos y persistente en el tiempo hasta el definitivo retroceso del euskera.

Como a veces ocurre en la actualidad, quizá alguno de nuestros carreteros no sabía euskera y por eso hablaban entre sí en castellano; un idioma que debían conocer aunque eso no resta para que alguno tuviera dificultades para expresarse en el mismo. Sin embargo, el testimonio es claro: el castellano era su vehículo de comunicación. Y lo sería de manera habitual. 

¿Eso excluye el conocimiento del euskera? En absoluto. Fernando, nacido en 1771, muy posiblemente lo sabría. Quizá otros también. De alguna manera debieron comunicarse con unos posaderos que no tenían ni idea de castellano, aunque no deja de ser cierto que debieron ser muchos los castellanoparlantes que, rumbo a Bilbao o de vuelta a Castilla y otros parajes, hicieron parada en dicha casa. Al fin y al cabo, siempre hay una manera de entenderse a la hora de prestar y recibir los servicios básicos.

Para finalizar, volvemos a aquella hija de Fernando que se había casado en Lezama. Se llamaba Josefa y contrajo matrimonio con Antonio de Arana Lezameta, del caserío Sautuko y propietario de varias casas más. En Lezama, según los testimonios históricos, el euskera se perdió más tarde que en Amurrio. Entre otros hijos, tuvieron una llamada Francisca, nacida en 1847. En el padrón de Bilbao de 1920 (sobre el que iremos aportando en el futuro más información para el estudio de la historia del euskera en la comarca), Francisca se declaraba euskaldun, al igual que dos de sus hijos, habidos con un hombre natural de Zuaza, y un sobrino natural de Durango. ¿Era su lengua materna, que había conservado, o la había aprendido en los largos años que estuvo viviendo en Bilbao? Ambas hipótesis son plausibles. Desgraciadamente, poco más es lo que se puede hacer con los testimonios disponibles. Seguir investigando para obtener un cuadro lo más completo posible.

 

 

FUENTE PRINCIPAL:

Archivo Foral de Bizkaia: Judicial, Corregidor, Criminal, JCR0999/001

Tiempos de sangre: noticia de seis asesinatos

Hoy os traemos seis -siete, en realidad- casos de asesinato ocurridos en el Alto Nervión en los primeros años del siglo XX. Un índice de criminalidad impensable hoy en día. Sobre lo que de verdad ocurrió y las sentencias del jurado…..que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

 

BARANBIO

 

18 de septiembre de 1904. Domingo.

Daniel Buruchaga Garay era un joven soltero de 25 años que trabajaba como zapatero en su misma casa, en el barrio Rotabarria de Baranbio. Y, además, sabía tocar la guitarra. Aquella tarde de domingo la pasó en el baile en compañía de varios amigos y de su hermano Eusebio, un año menor, junto a quienes fue a una fuente situada junto a la carretera -seguramente La Fuente Apestada-.

Entre las siete y las siete y media de la tarde, mientras templaba su instrumento, apareció Miguel Aguirre Zulueta, de 28 años y vecino del caserío Pagazondo. Tras dirigirle alguna palabra, Miguel golpeó varias veces a Daniel, quien trató en vano de protegerse con la guitarra, que terminó rota. En un momento, Daniel sacó una navaja e hirió a Miguel en el hipocondrio derecho, a resultas de lo cual falleció al día siguiente.

El juicio se celebró a mediados de 1905. Según la defensa, Aguirre tenía una conducta pésima y ya había amenazado de muerte a Daniel, a quien tenía amedrentado. La disputa se habría originado por ciertas palabras que Miguel habría considerado ofensivas, aunque Daniel no las consideraba como tales, a pesar de lo cual ya le había pedido perdón días antes por medio de Juan José Isasi Aldama, de 25 años.

Testigos como Jesús Echevarria Isusi, Ignacio Cerrillo Padilla, Juan Landaluce, Hilario Aldecoa e incluso Antonio Aguirre, hermano del fallecido, todos ellos jóvenes veinteañeros, coincidieron con la opinión del acusado, excepto en lo referente a si Miguel golpeó o no primero a Daniel con un palo.

Muchos hombres de la localidad fueron interrogados, como Tomás Acha Arteta (un joven de 20 años que apenas un año después salió de su casa en dirección a Bilbao y del que no se supo más), Romualdo Balza, Santiago Buruchaga, José Isasi, Juan Tomás Rementeria, Francisco Zabaleta, Hermógenes Echevarria, el guardia Ricardo Fernández y otros muchos. Todos dijeron que el acusado era de excelente conducta y el muerto de mediana, citando algún caso que lo probaba. Todos afirmaron ser cierto que Daniel fue golpeado con un palo, algunos oyeron las amenazas de muerte y otros incluso decían haber sido amenazados ellos también.

La versión del fiscal no fue del todo coincidente. Afirmaba que el baile había tenido lugar en el Balneario y que al acabar antes de lo que le habría gustado, Miguel dijo que “ojalá se hunda”. Daniel lo contó por el pueblo y Miguel se irritó. El fiscal presentaba a Miguel como una persona de buena conducta, que solo habría tenido una leve riña con un Daniel que le habría atacado con saña. Además, afirmaba que solo su hermano había sido testigo de los hechos, que el resto no pudo ver nada y que, al no haber declarado inmediatamente después de la muerte, habían tenido tiempo para prepararlo todo y exculpar a Daniel.

La acusación lanzó un encendido discurso que El Heraldo Alavés reprodujo íntegramente. Afirmaba que el juzgado de Amurrio acababa de fallar tres causas en las que los muertos fueron presentados como pendencieros y los procesados “unos santos varones”. Llamaba la atención sobre la proliferación de este tipo de sucesos en Amurrio: “los extragos de la impropia navaja cunden por vuestros pueblos”.

Finalmente, el jurado dio el veredicto de inculpabilidad, ante lo cual el teniente fiscal pidió la revisión del sumario por otro jurado. El 19 de mayo se revisó la causa contra Daniel Buruchaga pero, tras una nueva y encendida discusión entre la defensa y la acusación, el jurado popular absolvió a Daniel[1].

 

 

EL MUERTO DE LA VENTA DE LOS TRIGUEROS

 

Juan Villamaderne Expósito era un hospiciano nacido en Vitoria-Gasteiz, que fue entregado a un vecino de Aberasturi al que pasado un tiempo abandonó, aparentemente, sin causa justificada. Al parecer, por recomendación de un vecino de Bilbao, Juan pasó a servir al colono de la Venta de los Trigueros en Amurrio.

El 4 de noviembre de 1906 el criado se quedó solo en el caserío hacia las 16.00 horas. Al cabo de un rato, la señora de la casa regresó con una de sus hijas y notó la falta del criado. Después de llamarle a voces sin éxito, ambas salieron “con luces” a buscarle. Lo encontraron a unos 40 metros de la casa, bajo un nogal. El joven de tan solo 14 años tenía una herida en el lado derecho del pecho, causada, se creía, por arma de fuego o por un arma punzante cilíndrica. No se sabía si había sido un asesinato o un suicidio, pero la noticia causó mucho revuelo en la localidad de Amurrio.

Unos días después se hizo oficial que la muerte había sido causada con un instrumento punzo cilíndrico que le pasó entre el esternón y el arranque de una de las costillas, de modo que le alcanzó uno de los ventrículos del corazón. Este hecho, junto a la evidencia de que no había ni rastro del arma homicida, reveló que no había sido un suicidio.

Al día siguiente de ser hallado el cadáver, dos jóvenes de un barrio cercano fueron detenidos pero las sospechas eran infundadas por lo que fueron liberados. Nadie se explicaba el motivo del asesinato ni tenían indicios sobre la autoría. Y así el crimen quedó sin resolver[2].

 

MENAGARAI

 

Gumersinda Respaldiza Negrete nació en Zuaza en 1869. Viuda y con hijos, se casó en segundas nupcias con Valentín Rotaeche Luengas, nacido en Zuaza en 1854, viudo y también con hijos. Era vecino del barrio Jauregi de Menagarai, donde vivieron tras la boda.

Según parece, Gumersinda inspiró a su hijastro Julián Rotaeche Arechavala, nacido en 1898, “un miedo cerval, por causas que no se han podido descubrir”. Un día, un hijo de Gumersinda cayó enfermo en cama y ella pidió dinero a su marido para comprar medicamentos. Valentín se negó y entre ambos surgió una disputa tras la cual Gumersinda llegó a pedir la cuenta de sus bienes dotales. No habría sido la primera disputa entre ellos.

El 19 de marzo de 1908 Valentín salió de su casa a las 3 de la mañana para ir a la feria de Güeñes, dejando solo a su hijo con la madrastra. Según su propio testimonio, a la una de la tarde un tal Ramón le comunicó que su hijo había muerto abrasado en su casa, por lo que tomó el camino de regreso. Gumersinda fue acusada de haber arrojado petróleo sobre su hijastro y, obligándole a ponerse de rodillas, le prendió fuego, de modo que el niño se abrasó de rodillas a cabeza.

A mediados de noviembre se celebró el juicio contra Gumersinda. La prensa la describe como una mujer de regular estatura, color cetrino y facciones duras y angulosas. Se presentó en el juicio vestida de negro, con un pañuelo del mismo color en la cabeza y un niño de corta edad en brazos. Según su versión, Julián se quemó por accidente cuando llevaba una candileja y algo de paja para encender la lumbre, tarea que solía realizar habitualmente. Además, afirmaba que el niño tenía miedo a su padre, no a ella.

Por su parte, Valentín declaró que Julián tenía respeto a su madrastra, que no miedo, y negó la existencia de cualquier conflicto en su casa, así como haberse negado a facilitar medicinas alguna vez. El día de autos, al regresar a casa, Gumersinda le contó la misma versión de los hechos que manifestó en el juicio pero el no la creyó. Además, afirmó que su mujer confesó haberse delatado al intentar deshacerse de las ropas, que fueron encontradas a medio quemar.

Uno de los testigos de los hechos fue Esteban Iriarte Robina, vecino de los protagonistas. Esteban, que aseguró que el matrimonio sí tenía conflictos, subió a la casa momentos después de los hechos y ordenó llevar al niño a la cama. A diferencia de otros declarantes, Esteban no notó que oliese a petróleo en la casa. Y es que los testimonios son bastante contradictorios. Por ejemplo, Miguel Murua, que era cuñado de Gumersinda, decía que el matrimonio se llevaba bien. Además, algunos afirmaban que Julián tuvo tiempo de hablar y acusar a su madrastra antes de morir, mientras otros declaraban que no le oyeron decir nada.

Tampoco los cuatro médicos que comparecieron en el juicio, incluidos los dos que realizaron la autopsia, se pusieron de acuerdo. Dos de ellos declararon que sospechaban que el niño fue sujetado por más de una persona en posición arrodillada cuando se quemó, ya que no tenía quemaduras en las rodillas, alrededor de la boca y en ciertas partes del hombro. En cambio, los otros dos médicos creían que el niño pudo haberse tapado la boca con la mano mientras que era posible que unas telas más fuertes sobre los hombros hubieran impedido que se quemase. De hecho, citaron un caso real en el que sucedió algo así.

Finalmente, el fiscal retiró la acusación y Gumersinda quedó en libertad. Sin embargo, la prensa de la época no dudó en presentar a la mujer como una malvada perturbada, siguiendo lo que la fiscalía decía al respecto[3].

 

 

BERGANZA

 

El 12 de enero de 1909 al mediodía el Juez de instrucción de Amurrio acudió al barrio de Berganza, en jurisdicción del mismo ayuntamiento, ante el rumor de que un vecino del barrio había sido herido, o muerto, por arma de fuego.

Las primeras informaciones señalaban que Manuel Barrio, de oficio cestero y paragüero, fue disparado “en la misma entrada o camino de Berganza” según iba para su casa. El disparo le causó una lesión en la región hepigástrica penetrando en la cabidad abdominal, a causa de la cual falleció momentos después de entrar en su casa, sobre las 19.30 o 20.00 del domingo día 10. Como principal sospechoso fue detenido José Valdés, así mismo cestero y paragüero, yerno del asesinado.

El juicio por asesinato se celebró el 1 de junio. Como ocurría en aquel entonces con todos los casos de homicidio, el juicio había generado mucha expectación, de modo que la sala estaba llena. Parece que los asistentes gozaron de un buen espectáculo ya que, como dice la prensa, “la vista es pródiga en incidentes, provocados por el procesado y testigos que, con su fantasía meridional, dan ocasión a que el público ría sus donaires y el argost [sic] en que se explican”.

Los protagonistas eran todos miembros de una familia gitana que residían en el barrio de Berganza, en jurisdicción de Amurrio. José Valdés estaba casado con Dominga, hija de Manuel Barrio y Francisca Giménez. Antes habían residido en Donostia pero se trasladaron a Amurrio para vivir con Manuel. Sin embargo, la convivencia fue dificil porque José maltrataba a su esposa, lo que provocaba enfrentamientos con su suegro.

Según el fiscal, el 10 de enero de 1909 ambos tuvieron una acalorada reyerta por la mañana en la calle y, al regresar a casa, en la cocina de sobremesa, riñeron de nuevo. Manuel agarró por el cuello a José y éste sacó un revolver y disparó a su suegro, que cayó muerto. Según otras fuentes, esto ocurrió, como se decía antes, delante de la propia casa.

Las declaraciones de los implicados fue lo que mayor hilaridad provocó en el público. En primer lugar, José Valdés negaba estar casado con Dominga y que éste fuera hija de Manuel, sino que lo sería de un tal León Pérez. Decía que desconocía quién disparó a Manuel y que la noche de autos estaba bebido. Luego afirmó que murió por disparo de su “amiga” (no mujer) Francisca. Pero su testimonio estaba repleto de contradicciones. Del mismo modo, Francisca Giménez no se declaraba mujer de Manuel Barrio, sino solo “amiga”, por lo que se decía soltera y afirmaba haber asegurado estar casada a la hora de elaborar el sumario por vergüenza.

Dominga Barrio, o Pérez, “que ni ella sabe cómo se apellida”, tenía solo 18 años y negaba tanto estar casada como que Manuel fuera su padre. Llegó a confesar que ella le dio el revolver a José para que matara a Manuel, que esgrimía un cuchillo. Esta versión fue confirmada luego por Francisca.

Finalmente, el jurado declaró culpable al procesado y la sentencia fue de conformidad con la petición fiscal: 17 años, 4 meses y 1 día de prisión[4].

 

 

LAUDIO/LLODIO

 

El 4 de junio de 1910 tuvo lugar en el juzgado de Amurrio el juicio por homicidio contra Ignacio Gabancho, de unos 54 años, vecino de Laudio/Llodio, que se presentó con blusa negra y pantalón mahón. Los hechos imputados habían tenido lugar el 23 de noviembre de 1909. Aquel día, Ignacio se encontraba en la taberna de Vicente Urquijo y tuvo un enfrentamiento con otro parroquiano, José Maria Otaola Urquijo. “La conversación era incisiva, mordaz, provocadora” sobre todo por parte de Otaola, que dirigió palabras hirientes contra Ignacio. Este se abalanzó y le abofeteó, pero el resto de la gente que estaba en la taberna intervino para que la cosa no fuera a mayores.

Después, Ignacio se marchó a la taberna de José Arbaizagoitia, donde jugó al mus con unos amigos, y allí se encontraba cuando a las 16.30 se presentó Otaola, con aspecto amenazador. “Sal de aquí, cochino” le dijo amenazándole con una vara. Entonces Ignacio le propinó una paliza “de órdago”. “En el paroxismo de su desesperación” le propinó una patada en sitio delicado y Otaola cayó al suelo falleciendo poco después.

En el juicio, Ignacio afirmaba que Otaola le culpaba de la encarcelación de un hijo suyo. Esa sería la causa de tanto resentimiento. Afirmaba que no le pegó ninguna patada, sino que intentó protegerse con el pie y Otaola tropezó con el, cayendo de mala manera. Arbaizagoitia certificó que Otaola, que era pendenciero y seguramente iba bebido, estuvo molestando a Gabancho con una vara y amenazando con matarle, y que Otaola cayó al ser retirado con cierta brusquedad por aquel. Finalmente, el jurado dictó sentencia de inculpabilidad.

Una de las curiosidades del juicio es que algunos de los testigos hablaban castellano con dificultad. De Felipe Urquijo Azcueta, hijo de Vicente el tabernero, se decía: “se expresa con marcado acento guipuzcoano. Habla en castellano, pero sus concordancias son vizcaínas”. Afirmaba que oyó decir a Otaola: “mi hijo está en la Cársel por ti”. José Arbaizagoitia también declaró con marcado acento euskaldun[5].

Por otra parte, en el mismo valle, el 1 de enero de 1908, a las 9 de la mañana, se supo que en el punto denominado Iturrutxo se había encontrado el cadaver de un hombre: el muerto era Félix Orueta Larrazabal, viudo de 72 años y vecino en el caserío Lusurbeilanda (Subilanda en el original). Tenía dos cuchilladas en el cuello y cuatro heridas graves en la cabeza producidas por golpes. Fueron detenidos su hijo José Maria, de 39 años, y su nuera Luisa Ibarrola, que vivían con el. Y aunque la fantasía popular ya estaba lanzando sus hipótesis, nada cierto se sabía[6].

 

LAS VENTILLAS

 

La prensa tituló este caso como “el crimen de Inoso” y tuvo lugar el 28 de julio de 1913. La víctima, Lorenzo Olaizola Arregui, aserrador de 30 años, salió aquella mañana de casa junto a su hermano Alejo para vender una vaca en la feria de Amurrio, lo que no consiguieron efectuar. Residían en un caserío del barrio de Las Ventillas de Ugazi, en jurisdicción de Oiardo. La familia era conocida como “La Cueva” y “no estaba bien conceptuada”.

A la vuelta, se detuvieron en la “Venta de la Choza”, donde se encontraron a otro hermano llamado Martín (al que, sin embargo, no hemos hallado en los registros parroquiales). Las primeras informaciones publicadas por la prensa afirmaban que Lorenzo había salido de la Venta hacia su casa y que fue su hermano Martín quien le encontró al día siguiente tirado en la cuneta.

Sin embargo, posteriores versiones apuntaban que fue una hermana quien se lo encontró en la cuneta de la carretera, herido y borracho, en plena noche, ya que salió en su busca al no haber regresado a casa a las 3 de la mañana. A pesar de la situación, la familia Olaizola no buscó apoyo médico, la ayuda de los vecinos ni servicio espiritual alguno hasta las 11 de la mañana del día siguiente, lo cual causó una mala impresión (y seguro que no pocas habladurías) en la comarca.

A dicha hora de la mañana, llamaron al sacerdote de Astobiza, quien le administró la extremaunción a pesar de que parecía haber fallecido ya. Después llamaron también al médico, de quien se dijo, sin embargo, que había pasado dos veces cerca de la casa sin que hubiese sido llamado a entrar en la misma. El médico constató que el difunto presentaba una gran herida en la cabeza, producto de un fuerte golpe propinado por alguna persona. Posteriores pesquisas descubrieron que no había rastro de sangre alguno entre la Venta y el lugar en el que apareció. Y la autopsia reveló que no había ingerido alimento ni líquido alguno desde bastante tiempo antes de su muerte.

En primera instancia, su hermano Martín fue detenido como sospechoso pero, finalmente, la acusación recayó sobre su convecino Hermenegildo Urruticoechea, con quien tenían resentimientos previos. La familia de la víctima comentaba que el procesado había amenazado a su familia por cierta cuestión acerca de la posesión de una cabra. Tenía un hermano llamado Santiago, procesado por homicidio en Bilbao.

El juicio se celebró en junio de 1914. El fiscal sostenía que Hermenegildo y Lorenzo habían tenido una disputa verbal a resultas del cual el primero golpeó al segundo con una guadaña, dejándole malherido, de modo que solo pudo llevarle a casa con ayuda de Martín Olaizola. No era lo que éste afirmaba: en el juicio, declaró haber encontrado a su hermano acostado en la carretera y, creyendo que estaba borracho, lo llevó a casa, solo y con cierta dificultad. La madre, Dolores Arregui Tierra, le dejó dormir también en la creencia de que estaba borracho. Sin embargo, al percatarse de que no se movía por la mañana, lo desnudó y vio que estaba lleno de golpes. Solo entonces habría llamado al médico.

El padre, llamado Gregorio y sordo, cayó en numerosas contradicciones y no fue el único: tampoco el acusado consiguió aclarar convincentemente lo que hizo el día de autos, y lo mismo ocurrió con otro testigo, Ciriaco Bilbao. Además, Eladia Bilbao dijo que había oído al finado decir que Hermenegildo le había pegado, pero los forenses afirmaron que no era muy probable que Lorenzo hubiera podido hablar con aquella contusión, por lo que su testimonio no fue muy tenido en cuenta. Otros testigos de la causa fueron Francisca Guaresti Tellaeche, Martín Arregui Tierra, Mauricio Guinea y Maria Echeguren, que no aportaron nada de interés.

Por todo ello, tanto por las contradicciones de los testigos como por la ausencia de pruebas condenatorias, el jurado dictó sentencia de inculpabilidad absolviendo al procesado[7].

 

 

 

[1] El Heraldo Alavés, Año V, nº 1269, 21-2-1905; El Heraldo Alavés, Año V, nº 1270, 22-2-1905; El Heraldo Alavés, Año V, nº 1340, 19-5-1905

[2] El Heraldo Alavés, Año VI, nº 1775, 8-11-1906; El Heraldo Alavés, Año VI, nº 1780, 14-11-1906

[3] El Heraldo Alavés, Año VIII, nº 2382, 16-11-1908

[4] El Heraldo Alavés, Año IX, nº 2428, 13-1-1909; El Heraldo Alavés, Año IX, nº 2539, 1-6-1909

[5] El Heraldo Alavés, Año X, nº 2914, 3-6-1910; El Heraldo Alavés, Año X, nº 2915, 4-6-1910

[6] El Heraldo Alavés, Año VIII, nº 2125, 3-1-1908

[7] El Heraldo Alavés, Año XIII, nº 4863, 5-8-1913; El Heraldo Alavés, Año XIV, nº 6017, 9-6-1914

[8] El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8575, 1-8-1929; El Heraldo Alavés, Año XXX, nº 8907, 6-9-1930

[9] El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 9023, 28-1-1931

Ancianas asesinadas en Amurrio

Cuando la prensa informó de la ejecución en Amurrio de tres reos el 11 de septiembre de 1877 y comentaban los motivos de su enjuiciamiento, afirmaban que eran del todo extraños ese tipo de crímenes en las provincias vascas. Nada más lejos de la realidad.

Se documentan hechos violentos (desde robos y asaltos hasta asesinatos pasando por agresiones) a lo largo de toda la historia. Y particularmente entre finales del siglo XIX y principios del XX. Es cierto, en todo caso, que es posible que este periodo no asistiera realmente a un incremento del número de delitos sino que tengamos una visión distorsionada de la realidad por la disponibilidad de una mayor documentación para esta época. Sea como fuere, de lo que no cabe ninguna duda es de que eran tiempos más violentos que los actuales: a pesar de que hoy la población es mucho más abundante que entonces, las agresiones graves y, sobre todo, los asesinatos son, afortunadamente, muy poco frecuentes.

Pero en tiempos pasados nadie estaba a salvo de la violencia. Por ejemplo, solo en el intervalo de los 6 meses que van desde abril hasta octubre de 1894, dos ancianas fueron asesinadas en Amurrio.

Hacia el 15 de abril de 1894, Gregoria Orive Gorbea, natural de Menagarai y de 76 años, viuda de Francisco Gabiña Aldama, fue asesinada en el caserío Mingotxu. No debió tener un final agradable, ya que al parecer murió de varios hachazos en la cabeza. Lo peor de este suceso es que la autora fue su propia nieta, Valentina Guinea, “agraciada pero no en posesión de sus facultades mentales”, sin que mediara motivo ni causa alguna para ello. Simplemente por enajenación mental. Valentina fue detenida y trasladada a la cárcel de Vitoria-Gasteiz, ya que por entonces el juzgado de Amurrio había sido suprimido.

Por cierto, el mismo día un guardia civil del puesto de Amurrio asesinó de un disparo al sargento del cuerpo, por resentimientos previos, y acto seguido se suicidó. Desconocemos los detalles, circunstancias e identidad de ambos.

Seis meses después, el día 17 o 18 de octubre de 1894, se produjo el presunto asesinato de otra anciana del lugar. Medios como El Imparcial afirmaban que su nombre era Juliana Barrenechea, pero en realidad se llamaba Juliana Barrenengoa Gabiña, tenía 84 años y había enviudado dos veces: primero de Joaquín Lezama Vitorica y después de Juan Ugarte Orue. No tuvo hijos con ninguno de los dos, por lo que su única heredera legítima era una sobrina que vivía “a una legua de distancia”.

Juliana era apodada “La Indiana” porque, al parecer, habia estado un tiempo en América, donde habría hecho cierta fortuna. Se decía en el pueblo que escondía una cantidad de onzas de oro en su casa. Lo cierto es que, según la Declaración de Fincas Rústicas de 1894, Juliana poseía tres casas en el barrio Landaburu, señaladas con los números 108, 110 y 112. El corresponsal del diario El Imparcial que se trasladó desde Bilbao a Amurrio para conocer los hechos de primera mano, afirmaba que Juliana vivía en una casa de pobre aspecto en el barrio Elexondo. Pensamos que bien pudiera ser una de las tres casas que poseía, que luego pertenecieron a la Fundación Alday, y cuya casa matriz habría sido el caserío Etxabe, en el que nació su segundo marido.

La anciana Barrenengoa vivía en compañía de una familia que la cuidaba y suponemos que también trabajaban su hacienda y tierras. Eran conocidos como los Pintos (Pintados, según el periódico El Día) pero su apellido real era Olartecoechea, que no era más que una corrupción del apellido original: Olartegochia. Según el corresponsal anteriormente mencionado, la familia de los Pintos estaba compuesta por Eugenio Olartecoechea, de 70 años (que eran 73 en realidad), sus hijos Pedro, Gregorio y Julián, la esposa de éste, Maria Echaurren, y los hijos de estos dos, llamados Pedro y Felisa. Sin embargo, los registros parroquiales no concuerdan con estos datos.

Eugenio, que había estado casado con Buenaventura Galíndez Zulueta, acudió el citado día de octubre de 1894 al juzgado de Amurrio sobre las 7 de la tarde con el objeto de declarar lo que había ocurrido por la mañana. Según su versión, sobre las 9.00, al entrar en la habitación de la anciana para recoger “el servicio de chocolate” que aquella había tomado, la encontró muerta, por lo cual solicitaba la orden para poder enterrar el cadaver. Algo extraño y poco habitual tuvieron que ver los responsables del juzgado en la forma en que se formuló la petición, por lo que ordenaron que el médico la examinara para saber con exactitud lo que había ocurrido. Así lo hizo y dictaminó que Juliana había muerto estrangulada, por lo que se ordenó la detención e incomunicación de la familia de los Pintos. Además, el examen del estómago de Juliana reveló que no había tomado el chocolate antes de morir, sino garbanzos, tal y como declararon los niños Pedro y Felisa: dijeron que su padre y su abuelo habían entrado a darle garbanzos a la anciana mientras la madre esperaba en la puerta.

Según la prensa, la familia Olartecoechea tenía muy malos antecedentes en la localidad, de manera que la Guardia Civil siempre la vigilaba cuando se producía algún robo. El día 19 fueron conducidos a Vitoria-Gasteiz y puestos a disposición del juez. La versión recogida por los medios de comunicación sostenía que el motivo de su muerte fue uno de los más habituales en los casos de asesinato que documentamos: la codicia.

Como causa última del asesinato, se decía que los Pintos habían aprovechado un momento de enajenación mental de la anciana para forzarla a cambiar su testamento en su favor. La gente del pueblo barruntaba, acertadamente, si esto sería cierto, ya que constituía un delito por si mismo. En cualquier caso, el día de la muerte de Juliana, Pedro Olartecoechea se trasladó a Laudio/Llodio para apoderarse del testamento de la anciana y hacerlo desaparecer. Y es que ni el testamento ni el dinero que la anciana supuestamente guardaba en la casa aparecieron.

No sabemos qué ocurrió a continuación, ya que no disponemos del dictamen del juicio. Por otra parte, el mismo día un joven del pueblo atacó por la noche a otro con el que estaba enemistado, asestándole varias puñaladas que le hirieron gravemente. El agresor, creyéndole muerto, huyó pero fue detenido.

Otro caso en el que una anciana fue (presuntamente) asesinada por personas cercanas para apoderarse de su herencia tuvo lugar el 31 de enero de 1903 en Delika. Aquel día, entre la 1 y las 2 de la tarde, una anciana soltera vecina de dicho lugar llamada Concepción Uzquiano salió de su casa para asistir a unas misiones en Urduña/Orduña. Concepción vivía en la casa de su sobrino Lorenzo Uzquiano Lambarri, al que comunicó que si tardaba en llegar que no la buscasen porque en ese caso se habría quedado en casa de unos primos en la misma ciudad.

Pero la señora tampoco volvió al día siguiente. Ni al otro. Ni al tercero. Entonces, Lorenzo acudió a casa de sus familiares en Urduña/Orduña, que le dijeron que Concepción había partido hacia Delika el 1 de febrero después de haber pasado la noche allí. Según contó Lorenzo a las autoridades, sabiendo esto regresó hacia Delika por otro camino distinto, por el que llamaban de Oribe, junto al río Nervión. Al aproximarse al puente de Zalduendo, encontró en el suelo un mantón que reconoció como propiedad de su tía, hallando el cadáver de la misma en el río apenas 50 metros más adelante.

Avisado el Juzgado de Amurrio, en el examen del cadáver que llevaron a cabo se descubrió una herida en la frente. Posteriormente, la autopsia reveló que la anciana había muerto a consecuencia de conmoción y congestión cerebral producida por la herida en la frente.

La Guardia Civil de Amurrio interrogó a Lorenzo, que se contradijo varias veces y a quien, además, encontraron unas alpargatas manchadas de sangre. Luego, un hijo suyo manifestó que su padre no había pasado en casa la noche del 1 de febrero, por lo que se procedió a su detención como sospechoso del asesinato de su tía.

Estos hechos debieron ser la comidilla de la comarca durante las siguientes semanas. La gente decía que Concepción tenía una fortunita y que frecuentemente cambiaba de opinión respecto a su testamento…..parece ser que los rumores apuntaban hacia el robo como móvil del asesinato. Sin embargo, la última información del caso de que disponemos es que Lorenzo había sido puesto en libertad, seguramente por falta de pruebas.

 

FUENTES:

El día, 18-10-1894; 18-4-1894

El Heraldo de Madrid, 17-4-1894, p. 3

La Iberia, 17-4-1894, p. 3

El Imparcial, 19-10-1894, p. 2; 21-10-1894, p. 3

La Correspondencia de España, nº 13346, 20-10-1894, p. 3

El Heraldo Alavés, Año III, nº 615, 10-2-1903

El asesinato de Juan Pérez de Axpechueta

10 de septiembre de 1611

 

Era una noche tranquila y apacible, y aún restaban varias horas para el alba, cuando Juan Pérez de Axpechueta salió de la casa que ocupaba junto a la ferrería de Gardea, de la cual era administrador, montó su cabalgadura y puso rumbo hacia Murga, su localidad natal y donde residía junto a su familia. Iba a ser una larga jornada. Esperaba llegar pronto a su casa de Axpetxueta (Aspitxueta) para informar a su mujer Maria López de los últimos acontecimientos y luego buscar a su cuñado Antonio de Murga Aguirre, señor de la Casa y Torre de Murga. En su compañía, esperaba partir cuanto antes a Laredo a ver si allí daban con el Juez de Sacas, a quien había buscado infructuosamente en Bilbao el día anterior, viernes.

Juan Pérez salió de Gardea junto a su criado Juan de Murieta pero llegado al puente situado frente a la casa de Pedro de Solaun aquel se despidió para ir a dar noticia a varios allegados que se habían refugiado en casa de Pedro tras la denuncia que el escribano Domingo de Uriarte puso ante el Juez de Sacas.

Mientras su cabalgadura se dirigía a Murga a ritmo cansino, Juan Pérez debió repasar mentalmente una y otra vez las molestias, viajes y quebraderos de cabeza que le traían a mal vivir aquellos días. De todo ello hacía responsable a un maldito escribano de Amurrio que nunca había mostrado la más mínima simpatía hacia la casa de Murga y por enemistad con su cuñado, el señor de dicha casa, estaba siendo importunado, molestado y vejado de forma intolerable. Uriarte y su familia habían tratado de oponerse a los Murga de todas las formas posibles; por ejemplo, siendo Domingo alcalde de la Tierra de Ayala había tratado de quitar a Murga los honores que tenía en la parroquia de Amurrio, de lo cual se derivaron largos pleitos.

En esta ocasión, el escribano trataba de hacerse con la renta de la ferrería de Gardea, que Juan Pérez administraba en nombre de su cuñado. Ya había pasado por la cárcel de Mendixur por puro capricho de Domingo de Uriarte, que además le había injuriado gravemente llamándole “morisco” delante de mucha gente. Y no contento con eso, le había acusado ante el Juez de Sacas de Bilbao de haber enviado lana a reinos extraños.

Uriarte había aprovechado su desempeño de cargos públicos para inducir aquella denuncia y, usándola como pretexto, irrumpir en su casa de Axpetxueta y embargarle muchos bienes. Después de eso, había visto al escribano y sus esbirros rondar por allí, incluso de noche, y se estremeció al pensar que estuviera tramando algo más contra el. No dejaba de recordar cómo se las gastaba Uriarte, como la vez que había ido al valle de Okondo junto a su hermano Francisco, su cuñado Martín de la Plaza y su yerno el escribano Juan Ortiz de Padura en busca de Martín de San Probençi. Derribaron las puertas de su casa y el propio Domingo se lo llevó con las manos atadas.

En estas y en otras tantas cavilaciones debía ir inmerso Juan Pérez cuando llegó a la pasada del molino de Altui, un paso estrecho y complicado entre el monte y la presa del molino, allí donde terminaba la jurisdicción del valle de Laudio. Entonces, la cabalgadura se encabritó mientras varias manos le agarraban y le empujaban hacia el suelo bajo una lluvia de golpes hasta que el fuerte chasquido de su cuello al romperse certificó su muerte.

 

Juan Pérez de Axpechueta fue arrojado a la presa del molino y nunca llegó a su destino. Pero sí lo hizo su cabalgadura. Alarmados por este hecho, su mujer y allegados comenzaron a buscarle y sus pasos no tardaron en llevarles hasta Luiaondo. Allí se dio aviso de la desaparición al Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala. Pronto se hicieron algunas diligencias para buscar el cadaver en Altui, donde ya había fallecido más de un individuo, y efectivamente allí lo encontraron.

Su viuda Maria López de Murga nunca tuvo dudas sobre lo ocurrido ni sobre la autoría del crimen. Según su versión, el asesinato había sido planeado unos días antes en la casa de Lope de Perea en Luiaondo por una serie de hombres poderosos unidos por lazos familiares e intereses comunes. Es por ello que denunció a los vecinos de Amurrio Domingo de Uriarte escribano y su hermano Francisco, a los escribanos Juan de Salazar Oribe y Domingo de Sagarribay, y al barbero y tabernero Martín de la Plaza; y a los vecinos de Laudio Iñigo de Zubiaur e Iñigo de Villachica, que el día de autos se habrían presentado en el punto de reunión, la casa de Juan de Otazu en Luiaondo, con dos “paniaguados” llamados Pedro Hortiz de Hernani Baquiola y Juan de Dubiriz Landaeta.

Maria López afirmaba que los acusados habían estado acechándole en aquel punto a propósito, ya que era un lugar muy propicio para ello. Además del enfrentamiento mantenido por Uriarte con la casa de Murga, la viuda de Axpechueta señalaba que Zubiaur estaba enemistado con el por haber tomado en arrendamiento la hacienda y edificios de Antonio de Murga en Gardea, frente a sus pretensiones a los mismos. Además, Axpechueta habría discutido con Iñigo de Villachica en la boda de un sobrino de Pedro de Orue, cuñado de Iñigo.

En primera instancia, Maria López presentó como testigos a unos vecinos de Murga (Iñigo de Urieta, Sebastián de Urieta y Martín de Aguirre) que, habiendo llegado a Luiaondo en busca de su marido por encargo del Alcalde Mayor, habían sido instados por Ursula de Lezama-Urrutia, mujer de Otazu, a regresar a su casa, porque el desaparecido “estaba a buen recaudo”. También citaban a un arriero que aquella noche había visto luz, gente y cabalgaduras en casa de Otazu, ubicada solamente a dos tiros de ballesta de Altui. Afirmaban, incluso, que la mujer de Pedro de Orue había asegurado que sabía que aquello iba a suceder desde cuatro días atrás, del mismo modo que habrían escuchado decir a Baquiola que no hacía cuatro días que había cometido un asesinato y en cuatro días cometería otro.

 

Los acusados se ausentaron de la Tierra y no pudieron ser apresados, pero no evitaron que todos sus bienes fueran embargados y depositados provisionalmente en otros vecinos de la zona. Por ejemplo, a Domingo de Sagarribay se le embargaron las casas principales en las que vivía y otra más pequeña que tenía al lado, que se depositaron en Pedro de Gabiña, Christobal de Oribe y Juan de Sagarribay. A Martin de la Plaça le fue embargada la casa principal en la que vivía con un horno y tejado que se depositaron en Juan de Pardio. A Domingo de Uriarte se le embargaron las casas principales en las que vivía junto a una casa cabaña anexa y una casa de molinar con dos ruedas, de lo que fue depositario Andrés de Ugarte. A Iñigo de Zubiaur se le embargaron las casas principales en las que vivía además de una ferrería y una casa molinar con una rueda. A Juan de Salazar Oribe le embargaron las casas principales en las que vivía junto a la torre de Mendixur además de dos ruedas en Rotabarria con su casa, otra rueda de moler en Larrinbe y una casería con dos heredades en Saratxo, de lo que se nombró depositario a Juan de Beotegui.

Sin embargo, en poco tiempo todos ellos fueron prendidos y encarcelados en la casa de Diego de Urrutia en Luiaondo, que a pesar de ser de madera y, por lo tanto, poco segura, actuaba con frecuencia como cárcel de la Tierra. Ocurría además que Diego estaba implicado en la muerte de Juan Pérez.

Pronto empezaron los interrogatorios. En general, los acusados trataron de demostrar que la muerte de Juan Pérez había sido accidental, debida a un tropiezo del caballo en un lugar donde el paso en medio de la noche no era muy recomendable. Argumentaban que el cadáver no presentaba heridas ni golpes que delatasen haber sufrido una muerte violenta, a pesar de que los cirujanos que lo reconocieron hallaron que tenía la nuca dislocada, el cuello hinchado y algunos restos de sangre en la boca. Como el cuerpo fue llevado a Luiaondo y estuvo un día sin examinar, los reos utilizaron este defecto para no dar credibilidad al reconocimiento del cadaver. También afirmaban que Juan Pérez había estado “fatigado” de una “profunda melancolía”, que faltaba frecuentemente de su casa y que, por ello, su familia temía que se volviera loco y así lo afirmaban públicamente.

Domingo de Sagarribay afirmaba que no pudo tomar parte en los hechos, ya que los cuarenta días anteriores, y aún después, se los había pasado enfermo en cama, hasta el punto  de que los médicos creían que iba a morir. Además, afirmaba que era público y notorio que era amigo íntimo del difunto y que el hecho de que su tío Domingo de Uriarte fuera enemigo de Axpechueta no significaba que el también lo fuera.

La coartada del propio Uriarte era que había permanecido en casa de su sobrino Sagarribay, gravemente enfermo, hasta muy tarde, antes de irse a su propio domicilio, donde pasó la noche. Al día siguiente, se levantó para atender un negocio de un vecino de Larrinbe y después fue a Luiaondo a continuar con ciertas diligencias hasta la noche. Frente a las acusaciones de un vecino que afirmaba haberle visto un día persiguiendo a Juan Pérez, Uriarte reaccionó diciendo que dicho vecino era un hombre de mala reputacion, amancebado, paniaguado de la parte contraria y sin credibilidad.

Iñigo de Zubiaur declaró que Juan de Garay, vecino de Luiaondo, le había pedido que intercediera ante Uriarte para que no fuese apresado por una pendencia que había tenido con Juan de Basurto. Tras hacerlo, fue a la hospedería de aquel lugar y después llegaron los otros culpables, con los que se sentó a comer. Luego fue a hablar con Basurto a Amurrio y regresó a su casa en Laudio con Iñigo de Villachica sobre las 5 de la tarde. Pasó la noche en casa y al día siguiente asistió a misa; lo mismo hizo el sábado en Udiarraga, donde fue informado del hallazgo del cuerpo de Juan Pérez en la presa de Altui. Por su parte, Villachica afirmó que había pasado todo el tiempo en su casa.

Martín de la Plaza también se decía amigo del difunto. Al igual que Uriarte, afirmaba haber estado en casa de Sagarribay antes de marcharse a su propio domicilio en compañía del sacerdote Pedro de Sagarribay. Al día siguiente habría ido a Luiaondo a ciertas diligencias y pasó la noche en casa de Andrés de Ugarte, en unas “terceras” que se solían hacer y luego se acostó en su casa. El domingo después de comer estuvo en buena conversacion en casa de Domingo de Uriarte.

Juan de Salazar Oribe comentaba que la razón por la que los acusados habían estado comiendo en casa de Lope de Perea el miércoles consistía en haber ido a entender en un pleito entre Uriarte y Francisco de Guinea. Afirmaba que Domingo “de la Serraxeria” (“persona sin crédito alguno porque solía cometer delitos malsonantes” y al que también tildan de alcohólico) y Andrés de Murga le tenían por enemigo del difunto, pero el lo negaba, afirmando que entre ellos había amistad y se invitaban a comer mutuamente.

Pedro Hortiz de Baquiola dijo que el viernes y el sábado hasta la mañana estuvo trabajando en la obra de una casa nueva de Maria Pérez de Gastaca en Laudio. Por su parte, Maria López le tildó de “facineroso de mala reputación”, de familia desconocida y que había afirmado falsamente que tenía hermanos en Arrankudiaga. Además, ya debía tener una condena a muerte pendiente y había asesinado a un tal Artabe en aquel lugar, por lo que tuvo que trasladarse a Laudio para entrar al servicio de Zubiaur y Villachica. La viuda rechazaba las declaraciones que los reos habían realizado ante Joanes de Aresqueta, porque era primo de la mujer de Francisco de Uriarte.

 

Aunque las justicias consideraron probado que Juan Pérez de Axpechueta no había perdido el juicio ni había muerto ahogado en la presa, sino que habia sido arrojado allí tras ser asesinado, no nos consta cuál fue la pena impuesta a los dos esbirros que, a todas luces, parecen ser los autores materiales del asesinato.

Sin embargo, el inductor de todo parece muy claro, y se trata de Domingo de Uriarte escribano, de quien eran parientes (cuñados, sobrinos, yernos) todos los demás. Hasta el momento, nada se ha publicado acerca de esta familia de Amurrio, muy notable entre los siglos XVI y XVII, en la que hubo varios escribanos ya desde finales del XV y que alcanzaron una notoriedad muy notable en la localidad. Fueron familias como ésta las que lograron ascender en la jerarquía social tras el final de la lucha de bandos, y para ello no descartaron del todo las actividades violentas e intimidatorias. Los Uriarte, de los cuales este Domingo habría sido su miembro más activo y conflictivo, serán objeto de un tratamiento exclusivo próximamente.

El asesinato de Juan Pérez de Axpechueta, miembro del linaje de los Murga (posiblemente, el linaje de viejo cuño que mejor se adaptó a los siglos XVI-XVII), se saldó con una condena a 4 años de destierro a una distancia mayor de 5 leguas y al pago de 30.000 maravedís para Domingo de Uriarte e Iñigo de Villachica. Por su parte, la mayor pena recayó en Iñigo de Zubiaur, quizá por haber sido el amo de los dos presuntos autores materiales del asesinato: 4 años de servicio al rey con armas y caballos a su costa y sin sueldo, y el pago de 80.000 maravedís. El resto, los Sagarribay, Salazar y Plaza, fueron absueltos.

 

(Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2159, 51)

Breve historia del Alto Nervión: las instituciones en la Edad Moderna

Los manuales de Historia que tratan sobre la Edad Moderna (desde el siglo XVI hasta finales del XVIII) en el ámbito vasco suelen presentar la peculiaridad de que no hacen un relato ordenado cronológicamente, sino que el periodo se suele explicar mediante bloques temáticos. El motivo es que esta fase de unos 300 años es bastante monolítica en el sentido de que no se produjeron grandes cambios y transformaciones en el seno de la misma, ni tuvo lugar ningún acontecimiento político o bélico que marcara un antes y un después. Los pilares de la sociedad característica de la Edad Moderna se pusieron en la Baja Edad Media y se refinaron y consolidaron a lo largo del siglo XVI para experimentar solo ligeros cambios en las dos siguientes centurias.

 

En esta entrada, trataremos acerca de las formas de gobierno vigentes en el Alto Nervión mediante el ejemplo concreto de la Tierra de Ayala. En el resto de territorios (Urduña/Orduña, el valle de Laudio, Arrastaria, Artziniega) las instituciones no eran idénticas pero, en el fondo, sí muy parecidas.

La institución básica de gobierno era el concejo, del que derivan las actuales Juntas Administrativas alavesas. Era esta institución la que confería identidad y personalidad a un pueblo, el órgano que lo hacía diferenciable de otras localidades. El concejo hunde sus orígenes en la Edad Media sin que podamos concretar más acerca de cómo se gestó. En todo caso, es evidente su vinculación con las parroquias: el pórtico y el cementerio de la parroquia eran los lugares en los que tenían lugar las reuniones concejiles hasta que las localidades comenzaron a dotarse de casas o salas específicas para estos actos. Sin embargo, los límites de concejos y feligresías no son siempre coincidentes[1], por lo que la profundización en el conocimiento de las relaciones entre estos dos ámbitos es una cuenta pendiente de la historiografía.

En la documentación, el término concejo es sinónimo de pueblo, pero también se emplea para designar al órgano de gobierno de dicho pueblo. Ésta era, probablemente, la más democrática de todas las instituciones de la época, ya que en ella participaban con voz y voto todos los vecinos de la localidad, fuesen propietarios o no. Al menos, en teoría. Desde luego, distaba de ser un órgano democrático tal y como lo entendemos hoy en día: excluidos quedaban los “moradores”, así como las mujeres y, excepto casos muy puntuales, los solteros. En realidad, a las reuniones concejiles asistían toda o la mayor parte de los “titulares” de una casa o caserío, es decir, los padres de familia. Estas reuniones tenían lugar siempre que el concejo debía decidir sobre alguna cuestión que incumbía a la localidad como conjunto, para otorgar poder a algún representante que actuase en su nombre, etc. De este “concejo abierto” emanaba un “concejo cerrado”, una serie de cargos que se elegían el primer día del año, generalmente no por votación de los presentes en la reunión sino por parte de los cargos salientes.

La cantidad de cargos elegidos variaba de una localidad a otra, ya que no tenían las mismas necesidades pueblos pequeños como Luxo o Lexartzu que otros de mayor tamaño como Amurrio u Okondo. Por ejemplo, en Amurrio, en el año 1621, se nombraban dos regidores (era el cargo más importante y, excepto en localidades muy pequeñas, siempre eran dos), dos fieles, dos montaneros, un escribano, un recolector de bulas, un mayordomo para la parroquia, otro para el hospital de San Antón y otros tantos para el resto de ermitas (la misma de San Antón, San Pelayo, Santa Cruz, Santa Marina, San Silvestre, Santa Catalina, San Pablo) y otros dos para las Arcas de Misericordia y del Arzobispo.

Hay que señalar que algunas localidades, como Lezama, contaban con sus propias divisiones internas con fines electivos y administrativos. De este modo, el pueblo se organizaba en cuatro cuadrillas (las de Basabe, Urtaran, Gurbista y Arriaga) y en cada una de ellas se elegían dos personas, ocho en total, que se repartían los cargos de regidores, fieles, montaneros y colectores.

La forma de organización interna del concejo, los cargos que debían elegirse y cómo, las atribuciones de cada cargo, así como todo lo relativo a la administración de montes, ejidos, heredades y otros muchos aspectos de la vida cotidiana, estaba recogido en las ordenanzas locales.

El hecho de que fuesen los cargos salientes los que nombraban los cargos entrantes hizo que algunas familias y linajes trataran de controlar los órganos de gobierno del concejo favoreciendo a sus deudos y parientes. Esto se produjo especialmente en el siglo XVI y primera mitad del XVII cuando, como un remanente de las luchas de bandos, la formación de bandos y grupos de interés aún se mantenía con fuerza en la Tierra.

Es necesario apuntar también que, en algunos casos, algún señor poderoso tenía la potestad de nombrar cargos. Así, en Astobiza era el señor de su torre quien nombraba al regidor.

 

Por otra parte, existían también una serie de Juntas que aglutinaban a los vecinos de cuatro o cinco localidades, de las cuales las más conocidas son las de Armuru y Ordunte. Estas reuniones de origen medieval entendían sobre todo de aspectos relativos a la organización y administración de los bienes comunales (montes, pastos, ejidos, etc.) de localidades colindantes, y de ellas no solía emanar ninguna corporación con carácter anual. Simplemente consistía en la reunión de los regidores y vecinos de diversas localidades. En las juntas de San Antón de Armuru se reunían los de Amurrio, Etxegoien, Saratxo, Olabezar y Larrinbe; en las de Santo Tomás de Amondo lo hacían Lezama, Baranbio, Astobiza y Lekamaña. Mientras aquellas sobrevivieron hasta el siglo XIX, cuando se eliminaron las formas tradicionales de gobierno y administración, las de los “cuatro concejos” mencionados parece que dejaron de celebrarse a mediados del XVIII, poco después de que la ermita de Santo Tomás se arruinara y pasaran a celebrar sus reuniones en el templo de San Sebastián (actual San Prudencio).

 

Como es sabido, la Tierra de Ayala contaba con sus propias instituciones de gobierno, que fueron abolidas en 1841, cuando se formaron los Ayuntamientos Constitucionales. Como las juntas anteriores, las de Ayala hundían sus orígenes en la Edad Media aunque sus ordenanzas no se plasmaron por escrito hasta 1508, siendo aprobadas en 1510. A mediados del siglo XVIII se dotaron de unas nuevas que actualizaban ciertas disposiciones.

Acerca del funcionamiento de la Tierra de Ayala ya han tratado en profundidad autores como Barrenengoa o Luengas Otaola, a quienes nos remitimos. A modo de resumen, podemos decir que la Tierra estaba dividida en cinco Cuadrillas, que eran las de Lezama, Amurrio, Sopeña, Llanteno y Okondo. La Junta General se celebraba el 29 de septiembre de cada año en el campo y mesa de Saraube y en ella los cargos salientes nombraban a los entrantes. Cada Cuadrilla elegía un alcalde ordinario y un diputado regidor, de modo que había cinco de cada; además, se nombraba un escribano fiel, un procurador general y un bolsero o depositario. Por último, se escogían dos alcaldes de hermandad: uno debía ser del río de Izoria hacia Amurrio y el otro del mismo río hacia Respaldiza.

Generalmente, los alcaldes (y a veces los diputados también) solían nombrar sus tenientes. Al principio, al menos hasta finales del XVII, lo habitual es que las personas elegidas fueran residentes en la Tierra. Pero en la centuria siguiente es más habitual observar que eran nombradas personas naturales de la misma pero residentes fuera, en la Corte o en América; eran unas elecciones más honoríficas que prácticas, ya que era imposible que aquellos desempeñaran su cargo, por lo que lo hacían sus tenientes.

Cuando se redactaron las Ordenanzas de Ayala, las luchas de bandos estaban aún muy recientes y, como se dice en el texto, las Juntas solían dar ocasión a infinidad de riñas, conflictos, peleas e incluso muertes. Además, las parcialidades no habían desaparecido, solo habían adoptado nuevas formas. Así, los linajes trataban entonces de hacerse con el control de la institución mediante el monopolio del desempeño de cargos, lo que lograban mediante coacciones y fraudes a la hora de la elección (por ejemplo, se valían de que muchos no sabían leer y escribir para falsear el nombre escrito en las cédulas con las que los electores votaban). Las Ordenanzas trataron de poner freno a todo esto para que las elecciones se hicieran limpiamente; mandaron también que, dentro de cada Cuadrilla, las distintas localidades se rotaran el desempeño de los cargos; de la misma manera se turnarían en los cargos de procurador, escribano y bolsero.

También dispusieron unos años después de la aprobación de las primeras Ordenanzas que, debido a los alborotos que en ella tenían lugar, no se hiciera más que una Junta General al año, la del 29 de septiembre, y que para el resto de cosas entendiera el Ayuntamiento elegido. Esta corporación, compuesta por los cinco diputados, los cinco alcaldes ordinarios, los dos alcaldes de hermandad, el procurador, el escribano y el bolsero, se reunían aproximadamente una vez al mes en Respaldiza. Se decidió que, en caso de dudas, consultasen con un letrado o asesor. Y es así que, con el tiempo, los escribanos y abogados que desempeñaban la función de asesores de los cargos electos y de los alcaldes, así como de los pleiteantes, fueron ganando poder e influencia sobre el resto de vecinos. Durante la Edad Moderna ya no era la vieja nobleza de capa y espada la preponderante en la Tierra sino toda una serie de letrados, abogados, escribanos y eclesiásticos, gente con estudios, frecuentemente con relaciones y cargos en la Corte, quienes más poder e influencia tenían, si bien con frecuencia lo ejercían a través de terceras personas y no directamente.

 

Finalmente, la Tierra de Ayala se integró en la Hermandad de Álava desde su creación en 1463, y no sin conflicto. En un principio, la creación de la Hermandad (que ya tenía precedentes en el mismo siglo) fue motivada por el deseo de acabar con la lucha de bandos y los desmanes de los linajes mediante el fortalecimiento del poder real, de modo que la Hermandad sería la delegada del monarca en el territorio. Ayala, así como las hermandades de Laudio, Artziniega, Arrastaria, Urkabustaiz y alguna otra, entendieron su unión a la Hermandad únicamente para ese fin, de modo que cuando Álava fue articulándose en Provincia, con su Junta ganando en atribuciones, las citadas hermandades se negaron a contribuir a sus gastos y trataron de separarse de ella. Los largos pleitos que se siguieron por ello no culminaron con el cumplimiento de sus deseos, de modo que continuaron vinculadas a Álava.

La Hermandad de Álava celebraba siempre dos Juntas Generales al año, unas por mayo y las otras en noviembre. La Tierra de Ayala enviaba a estas dos procuradores, que al principio eran elegidos por la Junta General de Saraube. Las familias más notables de la Tierra tendieron a monopolizar este cargo o a nombrar para el a personas de su total confianza.

 

 

[1] Por ejemplo: el barrio de Onsoño pertenecía y pertenece a Amurrio en lo civil y a Baranbio en lo eclesiástico; Berganzabeitia distribuye su caserío entre Baranbio, Amurrio y Lezama en lo civil pero son también parroquianos de Baranbio.