Tiempos de sangre: noticia de seis asesinatos

Hoy os traemos seis -siete, en realidad- casos de asesinato ocurridos en el Alto Nervión en los primeros años del siglo XX. Un índice de criminalidad impensable hoy en día. Sobre lo que de verdad ocurrió y las sentencias del jurado…..que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

 

BARANBIO

 

18 de septiembre de 1904. Domingo.

Daniel Buruchaga Garay era un joven soltero de 25 años que trabajaba como zapatero en su misma casa, en el barrio Rotabarria de Baranbio. Y, además, sabía tocar la guitarra. Aquella tarde de domingo la pasó en el baile en compañía de varios amigos y de su hermano Eusebio, un año menor, junto a quienes fue a una fuente situada junto a la carretera -seguramente La Fuente Apestada-.

Entre las siete y las siete y media de la tarde, mientras templaba su instrumento, apareció Miguel Aguirre Zulueta, de 28 años y vecino del caserío Pagazondo. Tras dirigirle alguna palabra, Miguel golpeó varias veces a Daniel, quien trató en vano de protegerse con la guitarra, que terminó rota. En un momento, Daniel sacó una navaja e hirió a Miguel en el hipocondrio derecho, a resultas de lo cual falleció al día siguiente.

El juicio se celebró a mediados de 1905. Según la defensa, Aguirre tenía una conducta pésima y ya había amenazado de muerte a Daniel, a quien tenía amedrentado. La disputa se habría originado por ciertas palabras que Miguel habría considerado ofensivas, aunque Daniel no las consideraba como tales, a pesar de lo cual ya le había pedido perdón días antes por medio de Juan José Isasi Aldama, de 25 años.

Testigos como Jesús Echevarria Isusi, Ignacio Cerrillo Padilla, Juan Landaluce, Hilario Aldecoa e incluso Antonio Aguirre, hermano del fallecido, todos ellos jóvenes veinteañeros, coincidieron con la opinión del acusado, excepto en lo referente a si Miguel golpeó o no primero a Daniel con un palo.

Muchos hombres de la localidad fueron interrogados, como Tomás Acha Arteta (un joven de 20 años que apenas un año después salió de su casa en dirección a Bilbao y del que no se supo más), Romualdo Balza, Santiago Buruchaga, José Isasi, Juan Tomás Rementeria, Francisco Zabaleta, Hermógenes Echevarria, el guardia Ricardo Fernández y otros muchos. Todos dijeron que el acusado era de excelente conducta y el muerto de mediana, citando algún caso que lo probaba. Todos afirmaron ser cierto que Daniel fue golpeado con un palo, algunos oyeron las amenazas de muerte y otros incluso decían haber sido amenazados ellos también.

La versión del fiscal no fue del todo coincidente. Afirmaba que el baile había tenido lugar en el Balneario y que al acabar antes de lo que le habría gustado, Miguel dijo que “ojalá se hunda”. Daniel lo contó por el pueblo y Miguel se irritó. El fiscal presentaba a Miguel como una persona de buena conducta, que solo habría tenido una leve riña con un Daniel que le habría atacado con saña. Además, afirmaba que solo su hermano había sido testigo de los hechos, que el resto no pudo ver nada y que, al no haber declarado inmediatamente después de la muerte, habían tenido tiempo para prepararlo todo y exculpar a Daniel.

La acusación lanzó un encendido discurso que El Heraldo Alavés reprodujo íntegramente. Afirmaba que el juzgado de Amurrio acababa de fallar tres causas en las que los muertos fueron presentados como pendencieros y los procesados “unos santos varones”. Llamaba la atención sobre la proliferación de este tipo de sucesos en Amurrio: “los extragos de la impropia navaja cunden por vuestros pueblos”.

Finalmente, el jurado dio el veredicto de inculpabilidad, ante lo cual el teniente fiscal pidió la revisión del sumario por otro jurado. El 19 de mayo se revisó la causa contra Daniel Buruchaga pero, tras una nueva y encendida discusión entre la defensa y la acusación, el jurado popular absolvió a Daniel[1].

 

 

EL MUERTO DE LA VENTA DE LOS TRIGUEROS

 

Juan Villamaderne Expósito era un hospiciano nacido en Vitoria-Gasteiz, que fue entregado a un vecino de Aberasturi al que pasado un tiempo abandonó, aparentemente, sin causa justificada. Al parecer, por recomendación de un vecino de Bilbao, Juan pasó a servir al colono de la Venta de los Trigueros en Amurrio.

El 4 de noviembre de 1906 el criado se quedó solo en el caserío hacia las 16.00 horas. Al cabo de un rato, la señora de la casa regresó con una de sus hijas y notó la falta del criado. Después de llamarle a voces sin éxito, ambas salieron “con luces” a buscarle. Lo encontraron a unos 40 metros de la casa, bajo un nogal. El joven de tan solo 14 años tenía una herida en el lado derecho del pecho, causada, se creía, por arma de fuego o por un arma punzante cilíndrica. No se sabía si había sido un asesinato o un suicidio, pero la noticia causó mucho revuelo en la localidad de Amurrio.

Unos días después se hizo oficial que la muerte había sido causada con un instrumento punzo cilíndrico que le pasó entre el esternón y el arranque de una de las costillas, de modo que le alcanzó uno de los ventrículos del corazón. Este hecho, junto a la evidencia de que no había ni rastro del arma homicida, reveló que no había sido un suicidio.

Al día siguiente de ser hallado el cadáver, dos jóvenes de un barrio cercano fueron detenidos pero las sospechas eran infundadas por lo que fueron liberados. Nadie se explicaba el motivo del asesinato ni tenían indicios sobre la autoría. Y así el crimen quedó sin resolver[2].

 

MENAGARAI

 

Gumersinda Respaldiza Negrete nació en Zuaza en 1869. Viuda y con hijos, se casó en segundas nupcias con Valentín Rotaeche Luengas, nacido en Zuaza en 1854, viudo y también con hijos. Era vecino del barrio Jauregi de Menagarai, donde vivieron tras la boda.

Según parece, Gumersinda inspiró a su hijastro Julián Rotaeche Arechavala, nacido en 1898, “un miedo cerval, por causas que no se han podido descubrir”. Un día, un hijo de Gumersinda cayó enfermo en cama y ella pidió dinero a su marido para comprar medicamentos. Valentín se negó y entre ambos surgió una disputa tras la cual Gumersinda llegó a pedir la cuenta de sus bienes dotales. No habría sido la primera disputa entre ellos.

El 19 de marzo de 1908 Valentín salió de su casa a las 3 de la mañana para ir a la feria de Güeñes, dejando solo a su hijo con la madrastra. Según su propio testimonio, a la una de la tarde un tal Ramón le comunicó que su hijo había muerto abrasado en su casa, por lo que tomó el camino de regreso. Gumersinda fue acusada de haber arrojado petróleo sobre su hijastro y, obligándole a ponerse de rodillas, le prendió fuego, de modo que el niño se abrasó de rodillas a cabeza.

A mediados de noviembre se celebró el juicio contra Gumersinda. La prensa la describe como una mujer de regular estatura, color cetrino y facciones duras y angulosas. Se presentó en el juicio vestida de negro, con un pañuelo del mismo color en la cabeza y un niño de corta edad en brazos. Según su versión, Julián se quemó por accidente cuando llevaba una candileja y algo de paja para encender la lumbre, tarea que solía realizar habitualmente. Además, afirmaba que el niño tenía miedo a su padre, no a ella.

Por su parte, Valentín declaró que Julián tenía respeto a su madrastra, que no miedo, y negó la existencia de cualquier conflicto en su casa, así como haberse negado a facilitar medicinas alguna vez. El día de autos, al regresar a casa, Gumersinda le contó la misma versión de los hechos que manifestó en el juicio pero el no la creyó. Además, afirmó que su mujer confesó haberse delatado al intentar deshacerse de las ropas, que fueron encontradas a medio quemar.

Uno de los testigos de los hechos fue Esteban Iriarte Robina, vecino de los protagonistas. Esteban, que aseguró que el matrimonio sí tenía conflictos, subió a la casa momentos después de los hechos y ordenó llevar al niño a la cama. A diferencia de otros declarantes, Esteban no notó que oliese a petróleo en la casa. Y es que los testimonios son bastante contradictorios. Por ejemplo, Miguel Murua, que era cuñado de Gumersinda, decía que el matrimonio se llevaba bien. Además, algunos afirmaban que Julián tuvo tiempo de hablar y acusar a su madrastra antes de morir, mientras otros declaraban que no le oyeron decir nada.

Tampoco los cuatro médicos que comparecieron en el juicio, incluidos los dos que realizaron la autopsia, se pusieron de acuerdo. Dos de ellos declararon que sospechaban que el niño fue sujetado por más de una persona en posición arrodillada cuando se quemó, ya que no tenía quemaduras en las rodillas, alrededor de la boca y en ciertas partes del hombro. En cambio, los otros dos médicos creían que el niño pudo haberse tapado la boca con la mano mientras que era posible que unas telas más fuertes sobre los hombros hubieran impedido que se quemase. De hecho, citaron un caso real en el que sucedió algo así.

Finalmente, el fiscal retiró la acusación y Gumersinda quedó en libertad. Sin embargo, la prensa de la época no dudó en presentar a la mujer como una malvada perturbada, siguiendo lo que la fiscalía decía al respecto[3].

 

 

BERGANZA

 

El 12 de enero de 1909 al mediodía el Juez de instrucción de Amurrio acudió al barrio de Berganza, en jurisdicción del mismo ayuntamiento, ante el rumor de que un vecino del barrio había sido herido, o muerto, por arma de fuego.

Las primeras informaciones señalaban que Manuel Barrio, de oficio cestero y paragüero, fue disparado “en la misma entrada o camino de Berganza” según iba para su casa. El disparo le causó una lesión en la región hepigástrica penetrando en la cabidad abdominal, a causa de la cual falleció momentos después de entrar en su casa, sobre las 19.30 o 20.00 del domingo día 10. Como principal sospechoso fue detenido José Valdés, así mismo cestero y paragüero, yerno del asesinado.

El juicio por asesinato se celebró el 1 de junio. Como ocurría en aquel entonces con todos los casos de homicidio, el juicio había generado mucha expectación, de modo que la sala estaba llena. Parece que los asistentes gozaron de un buen espectáculo ya que, como dice la prensa, “la vista es pródiga en incidentes, provocados por el procesado y testigos que, con su fantasía meridional, dan ocasión a que el público ría sus donaires y el argost [sic] en que se explican”.

Los protagonistas eran todos miembros de una familia gitana que residían en el barrio de Berganza, en jurisdicción de Amurrio. José Valdés estaba casado con Dominga, hija de Manuel Barrio y Francisca Giménez. Antes habían residido en Donostia pero se trasladaron a Amurrio para vivir con Manuel. Sin embargo, la convivencia fue dificil porque José maltrataba a su esposa, lo que provocaba enfrentamientos con su suegro.

Según el fiscal, el 10 de enero de 1909 ambos tuvieron una acalorada reyerta por la mañana en la calle y, al regresar a casa, en la cocina de sobremesa, riñeron de nuevo. Manuel agarró por el cuello a José y éste sacó un revolver y disparó a su suegro, que cayó muerto. Según otras fuentes, esto ocurrió, como se decía antes, delante de la propia casa.

Las declaraciones de los implicados fue lo que mayor hilaridad provocó en el público. En primer lugar, José Valdés negaba estar casado con Dominga y que éste fuera hija de Manuel, sino que lo sería de un tal León Pérez. Decía que desconocía quién disparó a Manuel y que la noche de autos estaba bebido. Luego afirmó que murió por disparo de su “amiga” (no mujer) Francisca. Pero su testimonio estaba repleto de contradicciones. Del mismo modo, Francisca Giménez no se declaraba mujer de Manuel Barrio, sino solo “amiga”, por lo que se decía soltera y afirmaba haber asegurado estar casada a la hora de elaborar el sumario por vergüenza.

Dominga Barrio, o Pérez, “que ni ella sabe cómo se apellida”, tenía solo 18 años y negaba tanto estar casada como que Manuel fuera su padre. Llegó a confesar que ella le dio el revolver a José para que matara a Manuel, que esgrimía un cuchillo. Esta versión fue confirmada luego por Francisca.

Finalmente, el jurado declaró culpable al procesado y la sentencia fue de conformidad con la petición fiscal: 17 años, 4 meses y 1 día de prisión[4].

 

 

LAUDIO/LLODIO

 

El 4 de junio de 1910 tuvo lugar en el juzgado de Amurrio el juicio por homicidio contra Ignacio Gabancho, de unos 54 años, vecino de Laudio/Llodio, que se presentó con blusa negra y pantalón mahón. Los hechos imputados habían tenido lugar el 23 de noviembre de 1909. Aquel día, Ignacio se encontraba en la taberna de Vicente Urquijo y tuvo un enfrentamiento con otro parroquiano, José Maria Otaola Urquijo. “La conversación era incisiva, mordaz, provocadora” sobre todo por parte de Otaola, que dirigió palabras hirientes contra Ignacio. Este se abalanzó y le abofeteó, pero el resto de la gente que estaba en la taberna intervino para que la cosa no fuera a mayores.

Después, Ignacio se marchó a la taberna de José Arbaizagoitia, donde jugó al mus con unos amigos, y allí se encontraba cuando a las 16.30 se presentó Otaola, con aspecto amenazador. “Sal de aquí, cochino” le dijo amenazándole con una vara. Entonces Ignacio le propinó una paliza “de órdago”. “En el paroxismo de su desesperación” le propinó una patada en sitio delicado y Otaola cayó al suelo falleciendo poco después.

En el juicio, Ignacio afirmaba que Otaola le culpaba de la encarcelación de un hijo suyo. Esa sería la causa de tanto resentimiento. Afirmaba que no le pegó ninguna patada, sino que intentó protegerse con el pie y Otaola tropezó con el, cayendo de mala manera. Arbaizagoitia certificó que Otaola, que era pendenciero y seguramente iba bebido, estuvo molestando a Gabancho con una vara y amenazando con matarle, y que Otaola cayó al ser retirado con cierta brusquedad por aquel. Finalmente, el jurado dictó sentencia de inculpabilidad.

Una de las curiosidades del juicio es que algunos de los testigos hablaban castellano con dificultad. De Felipe Urquijo Azcueta, hijo de Vicente el tabernero, se decía: “se expresa con marcado acento guipuzcoano. Habla en castellano, pero sus concordancias son vizcaínas”. Afirmaba que oyó decir a Otaola: “mi hijo está en la Cársel por ti”. José Arbaizagoitia también declaró con marcado acento euskaldun[5].

Por otra parte, en el mismo valle, el 1 de enero de 1908, a las 9 de la mañana, se supo que en el punto denominado Iturrutxo se había encontrado el cadaver de un hombre: el muerto era Félix Orueta Larrazabal, viudo de 72 años y vecino en el caserío Lusurbeilanda (Subilanda en el original). Tenía dos cuchilladas en el cuello y cuatro heridas graves en la cabeza producidas por golpes. Fueron detenidos su hijo José Maria, de 39 años, y su nuera Luisa Ibarrola, que vivían con el. Y aunque la fantasía popular ya estaba lanzando sus hipótesis, nada cierto se sabía[6].

 

LAS VENTILLAS

 

La prensa tituló este caso como “el crimen de Inoso” y tuvo lugar el 28 de julio de 1913. La víctima, Lorenzo Olaizola Arregui, aserrador de 30 años, salió aquella mañana de casa junto a su hermano Alejo para vender una vaca en la feria de Amurrio, lo que no consiguieron efectuar. Residían en un caserío del barrio de Las Ventillas de Ugazi, en jurisdicción de Oiardo. La familia era conocida como “La Cueva” y “no estaba bien conceptuada”.

A la vuelta, se detuvieron en la “Venta de la Choza”, donde se encontraron a otro hermano llamado Martín (al que, sin embargo, no hemos hallado en los registros parroquiales). Las primeras informaciones publicadas por la prensa afirmaban que Lorenzo había salido de la Venta hacia su casa y que fue su hermano Martín quien le encontró al día siguiente tirado en la cuneta.

Sin embargo, posteriores versiones apuntaban que fue una hermana quien se lo encontró en la cuneta de la carretera, herido y borracho, en plena noche, ya que salió en su busca al no haber regresado a casa a las 3 de la mañana. A pesar de la situación, la familia Olaizola no buscó apoyo médico, la ayuda de los vecinos ni servicio espiritual alguno hasta las 11 de la mañana del día siguiente, lo cual causó una mala impresión (y seguro que no pocas habladurías) en la comarca.

A dicha hora de la mañana, llamaron al sacerdote de Astobiza, quien le administró la extremaunción a pesar de que parecía haber fallecido ya. Después llamaron también al médico, de quien se dijo, sin embargo, que había pasado dos veces cerca de la casa sin que hubiese sido llamado a entrar en la misma. El médico constató que el difunto presentaba una gran herida en la cabeza, producto de un fuerte golpe propinado por alguna persona. Posteriores pesquisas descubrieron que no había rastro de sangre alguno entre la Venta y el lugar en el que apareció. Y la autopsia reveló que no había ingerido alimento ni líquido alguno desde bastante tiempo antes de su muerte.

En primera instancia, su hermano Martín fue detenido como sospechoso pero, finalmente, la acusación recayó sobre su convecino Hermenegildo Urruticoechea, con quien tenían resentimientos previos. La familia de la víctima comentaba que el procesado había amenazado a su familia por cierta cuestión acerca de la posesión de una cabra. Tenía un hermano llamado Santiago, procesado por homicidio en Bilbao.

El juicio se celebró en junio de 1914. El fiscal sostenía que Hermenegildo y Lorenzo habían tenido una disputa verbal a resultas del cual el primero golpeó al segundo con una guadaña, dejándole malherido, de modo que solo pudo llevarle a casa con ayuda de Martín Olaizola. No era lo que éste afirmaba: en el juicio, declaró haber encontrado a su hermano acostado en la carretera y, creyendo que estaba borracho, lo llevó a casa, solo y con cierta dificultad. La madre, Dolores Arregui Tierra, le dejó dormir también en la creencia de que estaba borracho. Sin embargo, al percatarse de que no se movía por la mañana, lo desnudó y vio que estaba lleno de golpes. Solo entonces habría llamado al médico.

El padre, llamado Gregorio y sordo, cayó en numerosas contradicciones y no fue el único: tampoco el acusado consiguió aclarar convincentemente lo que hizo el día de autos, y lo mismo ocurrió con otro testigo, Ciriaco Bilbao. Además, Eladia Bilbao dijo que había oído al finado decir que Hermenegildo le había pegado, pero los forenses afirmaron que no era muy probable que Lorenzo hubiera podido hablar con aquella contusión, por lo que su testimonio no fue muy tenido en cuenta. Otros testigos de la causa fueron Francisca Guaresti Tellaeche, Martín Arregui Tierra, Mauricio Guinea y Maria Echeguren, que no aportaron nada de interés.

Por todo ello, tanto por las contradicciones de los testigos como por la ausencia de pruebas condenatorias, el jurado dictó sentencia de inculpabilidad absolviendo al procesado[7].

 

 

 

[1] El Heraldo Alavés, Año V, nº 1269, 21-2-1905; El Heraldo Alavés, Año V, nº 1270, 22-2-1905; El Heraldo Alavés, Año V, nº 1340, 19-5-1905

[2] El Heraldo Alavés, Año VI, nº 1775, 8-11-1906; El Heraldo Alavés, Año VI, nº 1780, 14-11-1906

[3] El Heraldo Alavés, Año VIII, nº 2382, 16-11-1908

[4] El Heraldo Alavés, Año IX, nº 2428, 13-1-1909; El Heraldo Alavés, Año IX, nº 2539, 1-6-1909

[5] El Heraldo Alavés, Año X, nº 2914, 3-6-1910; El Heraldo Alavés, Año X, nº 2915, 4-6-1910

[6] El Heraldo Alavés, Año VIII, nº 2125, 3-1-1908

[7] El Heraldo Alavés, Año XIII, nº 4863, 5-8-1913; El Heraldo Alavés, Año XIV, nº 6017, 9-6-1914

[8] El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8575, 1-8-1929; El Heraldo Alavés, Año XXX, nº 8907, 6-9-1930

[9] El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 9023, 28-1-1931

El mundo perdido

El caserío es el edificio por antonomasia del mundo rural de la vertiente cantábrica, incluido el Alto Nervión. Hay diferentes tipos de caserío en función de sus características arquitectónicas pero, independientemente de ello, se caracteriza por reunir vivienda, cuadra y pajar bajo un mismo techo. El caserío como elemento arquitectónico tal y como lo hemos conocido nació tras el final de la lucha de bandos en los primeros años del XVI o, quizá, ya en los últimos de la centuria anterior, cuando sustituyeron a las mucho más modestas casas de madera en las que habitaron previamente los labradores vascos.

La sustitución del hábitat característico de la Edad Media por el mundo de los caseríos fue todo un cambio en el paradigma habitacional aunque muy probablemente por lo general los segundos se superpusieron a las primitivas casas de madera. En todo caso, creemos que en este proceso de cambio hubo una serie de barrios y casas que no experimentaron esa transformación, o la experimentaron sin éxito, para desaparecer de la historia. Diversas referencias documentales que reseñamos a continuación nos impulsan a desarrollar la citada idea.

 

En primer lugar, las fogueraciones de Urduña/Orduña de los años 1511 y 1514 constituyen una fuente de enorme valor para acercarnos al hábitat y a la gente que habitaba la ciudad por aquel entonces. Nosotros nos fijamos en la de 1514 y en la Junta de Ruzabal; suponemos que en este momento se debía estar produciendo el cambio de un modelo constructivo a otro. Por ejemplo, en Lendoñogoiti existían 9 fuegos o casas –la cantidad más elevada de toda su historia conocida- además de otras 6 casas vacías sin habitar. No es esta localidad la única que presentaba entonces un censo edificatorio notablemente superior al que tendría en momentos posteriores. Así, Belandia estaba muy poblada en 1514: había 11 casas en el barrio de Ugarte, 9 en Arbe, 19 en Belandiabizkaiar (y varias de ellas con 2 fuegos) y 5 en Urrutxi, cantidades ellas muy superiores a las que mostrarán en siglos sucesivos. Existían, además, dos casas vacías.

En Belandia en concreto nos llama la atención un vecino que aparece en el barrio Bizkar: Pedro de Gabiña “dicho de Ynsuardi”. En 1511 figuraba Juan de Gabiña y ambos son citados en una escritura de 1491[1]. Pensamos que estos hombres procedían de la casa y solar de Gabiña: en 1654 se sitúa el solar de este apellido en Belandia, en una casa ya inhabitable y demolida[2]. Suponemos que estuvo en el término de Gabiña, alejado del barrio Bizkar, más próximo al Camino Real de la Sopeña y muy posiblemente donde se localizó la “villa de Gavinea” que Alfonso VII de Castilla donó en el siglo XII al abad de San Clemente de Obaldia.

Al igual que la casa de Gabiña terminó por desaparecer seguramente a lo largo del XVI, tampoco sobrevivieron las “caserías de Garay” que aparecen en un apeo de 1454, cuestión tratada por S. Velilla en la revista Aztarna. Ambos términos ocupan una posición más elevada y próxima al Camino Real de la Sopeña que el resto de barrios de Belandia; creemos que la pérdida de importancia de este camino sin duda hubo de influir en la despoblación no solo de los citados barrios sino también de Lendoñogoiti y otros lugares que citamos a continuación.

Es el caso de la casa de Garboaran, en jurisdicción de Madaria, que se menciona como “solar” en documentación del convento de San Juan de Quejana y que en 1562 estaba habitada por Juan Martínez de La Llosa. En la fogueración de 1590 posiblemente ya no aparece. Y antes aún debió desaparecer el solar de Menerdo, entre Agiñaga y Madaria, de donde habría procedido Bela Álvarez de Menerdo, documentado en 1114; y quizá el de Munika Arriaga en Salmanton, ya que el mismo año se citaba a Álvaro Muñoz de Munica Arriaga.

Otros solares desaparecidos, estos de manera más inmediata al momento de la transición habitacional, son los de Utiligaña en Beotegi y el de Iturriotz, al parecer también en esta misma localidad, que para 1521 estaban caídos según se refleja en documentación conservada en el archivo del convento de San Juan. Por último, desconocida nos es también la ubicación de la torre de Ugando, propia de Juan Fernández de Torre, que Pedro López de Ayala quemó a mediados del siglo XV junto a la de Diego de Balza y otras.

 

Otro ejemplo lo tenemos en Saratxo. Disponemos de una lista de casa diezmeras de la parroquia de San Nicolás, también procedente del archivo del convento de San Juan, posiblemente del año 1552, en la que el número de casas es indudablemente superior a las que aparecen en las fogueraciones de 1562 y sobre todo 1590. Es decir, se redujo el censo habitacional. Además, aparecen topónimos como las casas de Senasur, Mendigar o el molino de Lesasu, del todo desconocidos hasta el momento. Y es necesario destacar también los cinco vecinos que tenía en el barrio de Akexolo, que pronto se redujeron a una o dos.

Quizá lo mismo que en Belandia ocurrió en Lezama, si bien la referencia documental es muy posterior. En un apeo de 1736 entre Lezama y Aloria se citan las “casas viejas de Gurbista”, de las cuales no tenemos ningún tipo de noticia previa, ya que en las fogueraciones del XVI ya aparecen las mismas casas de Gurbista que existieron en los siglos siguientes. Puede que haga referencia a la existencia pretérita de otras casas en una situación más elevada a la que luego ocupó el barrio de Gurbista.

 

Tenemos noticias de una serie de casas que desaparecieron a lo largo del XVI y primeros años del XVII sin que podamos precisar si fueron casas que desaparecieron por incendios u otros motivos o caseríos de muy corta vida, etc. Una de ellas estuvo en Lezama, muy próxima al barrio Unzueta. En 1580, cuando se describen los bienes de Pedro Martínez de Landa, el topónimo de Ugarte se repite varias veces: la barrera de Ugarte, la cerrada de Ugarte, el camino de Ugarte, río que viene de Ugarte al molino de Landa y, finalmente, la propia casa de Ugarte[3], cuya mitad había sido de los difuntos Juan Martínez de Landa y su hijo Juan. En 1562 estaría habitada por Juan Pérez de Ugarte pero ya no aparece en 1590. En 1631, el manzanal de la casa encimera de Landa estaba “pegante con las heredades que de la dicha acera estan a la propia acera hasta la casa de Ugarte”[4]. En 1656, finalmente, se citaba la “casa cayda de ugarte sita en este dicho lugar”, que era o había sido de Pedro de Ugarte y su madre Maria de Urrujola, personas que no hemos podido localizar en registros parroquiales.

No muy lejos de allí se encuentra el coto redondo de la casa de Egiluz, dentro del cual se encontraba el solar de Alpitxu. Aquí debieron habitar Martín López de Alpichu y Maria de Oyardo Aramburu en el siglo XVI. En 1663 estaba caída, quedando solo unas ruinas, e incluso testigos de mucha edad afirmaban no haberla visto nunca en pie[5].

En Amurrio, los enviados a certificar la hidalguía de Francisco de Murga Orue, de Artomaña, no encontraron más que un trozo de pared vieja de lo que había sido el solar de Orue, propiedad en 1629 de Antonio de Orue, hijo de Diego. Poco antes, en 1626, Diego de Uriarte el mayor recibió posesión de la casa demolida de Latatu, en una zona entre la iglesia y Zabalibar, que había sido de Francisco de Larrazabal López de Ugarte. También en esta localidad, en 1663-64, en el expediente de hidalguía de Domingo de Lasarte Larrarte se cita la casa solar de Larrarte “la antigua”, que se deshizo.

Finalmente, en 1674 los testigos del expediente de hidalguía del vecino de Bilbao Juan Bautista de Barambio Olarte dijeron que la casa de Barambio estaba en el lugar del mismo nombre, que era muy vieja y estaba caída y prácticamente inhabitable pero hecha en forma de palacio y sus ruinas daban grandes indicios y demostraban mucha antigüedad y nobleza. Era propiedad de Martín de Barambio pero no tenemos ninguna otra noticia ni sobre la casa ni sobre esa familia, a pesar de que los registros parroquiales y notariales sobre esa época no son pocos.

 

Son noticias dispersas encontradas al azar, unidas solo por una teoría que fácilmente puede estar errada, pero que invitan a profundizar en el conocimiento de una cuestión, el paso del hábitat medieval al moderno (entendido como propio de la Edad Moderna, siglos XVI-XVIII), apenas estudiada. Unas noticias que nos ponen también en contacto con un pasado ya desaparecido, con una realidad que se agota, como tarde o temprano les ha ocurrido a todas las sociedades históricas. No es una reflexión estéril a la luz del gran cambio que ha experimentado el paisaje de nuestra comarca sobre todo en el último medio siglo y ante la incertidumbre qué nos depara el futuro que estamos construyendo.

 

 

[1] Salazar Arechalde, J.I.: La Comunidad de Aldeas de Orduña. La Junta de Ruzábal (Siglos XV-XIX). Orduña, 1989. pp. 152-154.

[2] Archivo Foral de Bizkaia: Administración de Bizkaia, Gobierno y Asuntos Eclesiásticos AJ03213/011

[3] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3080, 20

[4] Ibidem

[5]Archivo Foral de Bizkaia: Administración de Bizkaia, Gobierno y Asuntos Eclesiásticos, AJ03216/019

 

Ancianas asesinadas en Amurrio

Cuando la prensa informó de la ejecución en Amurrio de tres reos el 11 de septiembre de 1877 y comentaban los motivos de su enjuiciamiento, afirmaban que eran del todo extraños ese tipo de crímenes en las provincias vascas. Nada más lejos de la realidad.

Se documentan hechos violentos (desde robos y asaltos hasta asesinatos pasando por agresiones) a lo largo de toda la historia. Y particularmente entre finales del siglo XIX y principios del XX. Es cierto, en todo caso, que es posible que este periodo no asistiera realmente a un incremento del número de delitos sino que tengamos una visión distorsionada de la realidad por la disponibilidad de una mayor documentación para esta época. Sea como fuere, de lo que no cabe ninguna duda es de que eran tiempos más violentos que los actuales: a pesar de que hoy la población es mucho más abundante que entonces, las agresiones graves y, sobre todo, los asesinatos son, afortunadamente, muy poco frecuentes.

Pero en tiempos pasados nadie estaba a salvo de la violencia. Por ejemplo, solo en el intervalo de los 6 meses que van desde abril hasta octubre de 1894, dos ancianas fueron asesinadas en Amurrio.

Hacia el 15 de abril de 1894, Gregoria Orive Gorbea, natural de Menagarai y de 76 años, viuda de Francisco Gabiña Aldama, fue asesinada en el caserío Mingotxu. No debió tener un final agradable, ya que al parecer murió de varios hachazos en la cabeza. Lo peor de este suceso es que la autora fue su propia nieta, Valentina Guinea, “agraciada pero no en posesión de sus facultades mentales”, sin que mediara motivo ni causa alguna para ello. Simplemente por enajenación mental. Valentina fue detenida y trasladada a la cárcel de Vitoria-Gasteiz, ya que por entonces el juzgado de Amurrio había sido suprimido.

Por cierto, el mismo día un guardia civil del puesto de Amurrio asesinó de un disparo al sargento del cuerpo, por resentimientos previos, y acto seguido se suicidó. Desconocemos los detalles, circunstancias e identidad de ambos.

Seis meses después, el día 17 o 18 de octubre de 1894, se produjo el presunto asesinato de otra anciana del lugar. Medios como El Imparcial afirmaban que su nombre era Juliana Barrenechea, pero en realidad se llamaba Juliana Barrenengoa Gabiña, tenía 84 años y había enviudado dos veces: primero de Joaquín Lezama Vitorica y después de Juan Ugarte Orue. No tuvo hijos con ninguno de los dos, por lo que su única heredera legítima era una sobrina que vivía “a una legua de distancia”.

Juliana era apodada “La Indiana” porque, al parecer, habia estado un tiempo en América, donde habría hecho cierta fortuna. Se decía en el pueblo que escondía una cantidad de onzas de oro en su casa. Lo cierto es que, según la Declaración de Fincas Rústicas de 1894, Juliana poseía tres casas en el barrio Landaburu, señaladas con los números 108, 110 y 112. El corresponsal del diario El Imparcial que se trasladó desde Bilbao a Amurrio para conocer los hechos de primera mano, afirmaba que Juliana vivía en una casa de pobre aspecto en el barrio Elexondo. Pensamos que bien pudiera ser una de las tres casas que poseía, que luego pertenecieron a la Fundación Alday, y cuya casa matriz habría sido el caserío Etxabe, en el que nació su segundo marido.

La anciana Barrenengoa vivía en compañía de una familia que la cuidaba y suponemos que también trabajaban su hacienda y tierras. Eran conocidos como los Pintos (Pintados, según el periódico El Día) pero su apellido real era Olartecoechea, que no era más que una corrupción del apellido original: Olartegochia. Según el corresponsal anteriormente mencionado, la familia de los Pintos estaba compuesta por Eugenio Olartecoechea, de 70 años (que eran 73 en realidad), sus hijos Pedro, Gregorio y Julián, la esposa de éste, Maria Echaurren, y los hijos de estos dos, llamados Pedro y Felisa. Sin embargo, los registros parroquiales no concuerdan con estos datos.

Eugenio, que había estado casado con Buenaventura Galíndez Zulueta, acudió el citado día de octubre de 1894 al juzgado de Amurrio sobre las 7 de la tarde con el objeto de declarar lo que había ocurrido por la mañana. Según su versión, sobre las 9.00, al entrar en la habitación de la anciana para recoger “el servicio de chocolate” que aquella había tomado, la encontró muerta, por lo cual solicitaba la orden para poder enterrar el cadaver. Algo extraño y poco habitual tuvieron que ver los responsables del juzgado en la forma en que se formuló la petición, por lo que ordenaron que el médico la examinara para saber con exactitud lo que había ocurrido. Así lo hizo y dictaminó que Juliana había muerto estrangulada, por lo que se ordenó la detención e incomunicación de la familia de los Pintos. Además, el examen del estómago de Juliana reveló que no había tomado el chocolate antes de morir, sino garbanzos, tal y como declararon los niños Pedro y Felisa: dijeron que su padre y su abuelo habían entrado a darle garbanzos a la anciana mientras la madre esperaba en la puerta.

Según la prensa, la familia Olartecoechea tenía muy malos antecedentes en la localidad, de manera que la Guardia Civil siempre la vigilaba cuando se producía algún robo. El día 19 fueron conducidos a Vitoria-Gasteiz y puestos a disposición del juez. La versión recogida por los medios de comunicación sostenía que el motivo de su muerte fue uno de los más habituales en los casos de asesinato que documentamos: la codicia.

Como causa última del asesinato, se decía que los Pintos habían aprovechado un momento de enajenación mental de la anciana para forzarla a cambiar su testamento en su favor. La gente del pueblo barruntaba, acertadamente, si esto sería cierto, ya que constituía un delito por si mismo. En cualquier caso, el día de la muerte de Juliana, Pedro Olartecoechea se trasladó a Laudio/Llodio para apoderarse del testamento de la anciana y hacerlo desaparecer. Y es que ni el testamento ni el dinero que la anciana supuestamente guardaba en la casa aparecieron.

No sabemos qué ocurrió a continuación, ya que no disponemos del dictamen del juicio. Por otra parte, el mismo día un joven del pueblo atacó por la noche a otro con el que estaba enemistado, asestándole varias puñaladas que le hirieron gravemente. El agresor, creyéndole muerto, huyó pero fue detenido.

Otro caso en el que una anciana fue (presuntamente) asesinada por personas cercanas para apoderarse de su herencia tuvo lugar el 31 de enero de 1903 en Delika. Aquel día, entre la 1 y las 2 de la tarde, una anciana soltera vecina de dicho lugar llamada Concepción Uzquiano salió de su casa para asistir a unas misiones en Urduña/Orduña. Concepción vivía en la casa de su sobrino Lorenzo Uzquiano Lambarri, al que comunicó que si tardaba en llegar que no la buscasen porque en ese caso se habría quedado en casa de unos primos en la misma ciudad.

Pero la señora tampoco volvió al día siguiente. Ni al otro. Ni al tercero. Entonces, Lorenzo acudió a casa de sus familiares en Urduña/Orduña, que le dijeron que Concepción había partido hacia Delika el 1 de febrero después de haber pasado la noche allí. Según contó Lorenzo a las autoridades, sabiendo esto regresó hacia Delika por otro camino distinto, por el que llamaban de Oribe, junto al río Nervión. Al aproximarse al puente de Zalduendo, encontró en el suelo un mantón que reconoció como propiedad de su tía, hallando el cadáver de la misma en el río apenas 50 metros más adelante.

Avisado el Juzgado de Amurrio, en el examen del cadáver que llevaron a cabo se descubrió una herida en la frente. Posteriormente, la autopsia reveló que la anciana había muerto a consecuencia de conmoción y congestión cerebral producida por la herida en la frente.

La Guardia Civil de Amurrio interrogó a Lorenzo, que se contradijo varias veces y a quien, además, encontraron unas alpargatas manchadas de sangre. Luego, un hijo suyo manifestó que su padre no había pasado en casa la noche del 1 de febrero, por lo que se procedió a su detención como sospechoso del asesinato de su tía.

Estos hechos debieron ser la comidilla de la comarca durante las siguientes semanas. La gente decía que Concepción tenía una fortunita y que frecuentemente cambiaba de opinión respecto a su testamento…..parece ser que los rumores apuntaban hacia el robo como móvil del asesinato. Sin embargo, la última información del caso de que disponemos es que Lorenzo había sido puesto en libertad, seguramente por falta de pruebas.

 

FUENTES:

El día, 18-10-1894; 18-4-1894

El Heraldo de Madrid, 17-4-1894, p. 3

La Iberia, 17-4-1894, p. 3

El Imparcial, 19-10-1894, p. 2; 21-10-1894, p. 3

La Correspondencia de España, nº 13346, 20-10-1894, p. 3

El Heraldo Alavés, Año III, nº 615, 10-2-1903

Breve historia del Alto Nervión: nacer y morir en la Edad Moderna

Los siglos XVI al XVIII (Edad Moderna) no están exentos de ciertos cambios y transformaciones pero desde luego conforman un bloque más homogéneo en comparación con el convulso XIX (en el que, no obstante, gran parte de las características propias de la sociedad del Antiguo Régimen se mantuvieron vigentes) y sobre todo con el XX.

Con la excepción de los cascos urbanos de Artziniega y Urduña/Orduña, el Alto Nervión durante la Edad Moderna fue, más que nunca, un mundo de caseríos. Pero, es importante decirlo, hay mucho de mito en torno al caserío vasco y la familia tradicional. Se nos ha transmitido una imagen conformada por el hidalgo vasco propietario de su caserío, identificado con un nombre propio, que lega íntegro al primogénito y así generación tras generación, conviviendo en la casa abuelos, padres y nietos. Es decir, la imagen de una familia troncal.

Como ha demostrado la historiografía, la familia troncal solo estuvo vigente en una parte de Euskal Herria pero ni mucho menos en todo el territorio. La mayor parte de la vertiente Mediterránea, la franja costera, el mundo urbano y ciertas áreas vizcaínas no se correspondían con este modelo de organización familiar, que fue elevado a la categoría de «modelo vasco universal» mediante discursos políticamente interesados.

En todo caso, en el Alto Nervión rural la familia troncal sí estuvo vigente. Independientemente del régimen jurídico vigente en los diferentes territorios (Fuero de Ayala, Fuero de Bizkaia en Laudio/Llodio, derecho real…), funcionó un sistema de unigenitura por medio del cual la Casa -entendida ésta no solo como la vivienda sino como el conjunto integrado por la misma, sus edificios accesorios, tierras de labor, montes, sepultura, vicos de molino, derechos y obligaciones comunales, etc.- era heredada por una sola persona para asegurar la supervivencia de la Casa y la familia.

Decimos unigenitura y no primogenitura porque, al menos en el caso de la Tierra de Ayala, es falso que por sistema heredase el hijo varón mayor: esto ocurrió con frecuencia pero podia heredar cualquiera de los hijos e hijas, y existen numerosos ejemplos de ello. A veces, el hijo mayor era enviado a estudiar, se le preparaba para sacerdote o emigraba, quedando la casa para otro hijo. Fue frecuente también que el caserío quedara para la hija más joven, aquella que más tiempo cuidaría de los padres. A la hora de decidir quién sería el heredero, entraban en juego muchos factores (capacitación y aptitudes personales, preferencias, necesidades contingentes, etc.). El resto de hijos eran apartados de la herencia con ciertas cantidades en metálico, bienes muebles, ropa, aperos, animales, etc.

En todo caso, era frecuente que si un individuo tenía dos caseríos dejaran uno para cada hijo. Es decir, la acumulación de propiedades no siempre se transmitió al heredero o heredera como sí ocurría con los mayorazgos, que eran indivisibles. Por otra parte, en lo que respecta a los nombres de las casas, en el Alto Nervión existen amplias zonas en las que simplemente los caserios nunca han tenido un nombre propio definido, siendo conocidos por el nombre de sus propietarios o moradores. Es cierto que muchos nombres de caseríos se han perdido con el tiempo. Pero no lo es menos que, según hemos documentado, muchos otros fueron conocidos con varios nombres distintos a lo largo del tiempo, generalmente en función de su dueño. La realidad es móvil y cambiante y no fija, más aún en un mundo en el que estos aspectos no estaban -ni tenían por qué estarlo- definidos.

Generalmente, se ha hablado mucho sobre la transmisión de la propiedad pero hay que decir que ni mucho menos todas las familias eran propietarias. Según la fogueración de la Tierra de Ayala del año 1725, el 55,18% de sus cabezas de familia eran propietarios; el 31,16% eran moradores/arrendatarios; el 5,97% eran viudas propietarias y el 7,68% figuran como pobres. Y el porcentaje de propietarios se fue reduciendo posteriormente.

Las familias propietarias y las arrendatarias no implementaron las mismas estrategias de cara a su supervivencia. A pesar de ello, las generalizaciones son la norma a la hora de hablar del caserío y la familia tradicional. Craso error. Es muy dificil reducir la rica casuística a un modelo único y universal. Había casas con abuelos, padres, hermanos y un montón de hijos, sí; pero también había casas en las que solo habitaba una persona, había matrimonios sin hijos, había casas que cambiaban de habitantes cada pocos años.

Por todo ello,a la hora de explicar las constantes demográficas de la época, hay que recurrir a comportamientos medios. Por ejemplo: la edad media de acceso al matrimonio estaba en torno a los 27 años en los hombres y 25 en las mujeres. Eso no significa que no hubiera hombres que se casaban pasados los 40 y mujeres que lo hacían con 17; que no hubiera matrimonios con escandalosas diferencias de edad, no siempre favorables al hombre. No obstante, el comportamiento medio indica que la gente se casaba con una cierta edad (téngase en cuenta que la mayoría de edad estaba establecida en los 25 años). Los matrimonios jóvenes eran raros, muy pocos se casaban antes de la veintena.

La gente no solo se casaba tarde sino que el matrimonio no era algo tan generalizado como cabría pensar. Entre los emigrantes, los religiosos y los que permanecían solteros en la casa natal, el acceso al matrimonio no era universal. Eso sí: era muy habitual que, si uno de los cónyuges fallecía, el otro contrajera matrimonio de nuevo, incluso varias veces.

El traspaso de la hacienda familiar se producía con ocasión del matrimonio del heredero y solía quedar reflejado en unas escrituras o contratos llamados “capitulaciones matrimoniales”. Nada se dejaba al azar. No podemos negar rotundamente que no existieran los matrimonios por amor entre propietarios pero, desde luego, y así se afirma en alguna ocasión en la documentación, ningún matrimonio se celebraba sin que las familias se hubieran puesto de acuerdo previamente. En aquellas familias no propietarias, probablemente había más margen para el romanticismo.

Lo ideal era que el heredero/a se casara con alguien de su mismo status económico o superior, que pudiera aportar una buena dote. Del mismo modo, los cabezas de familia trataban de obtener buenos matrimonios para sus hijos no herederos, aunque era habitual que algunos segundones se casaran y pasaran a habitar alguna casa en calidad de arrendatarios. Como es sabido, la emigración fue muy frecuente.

La gran mayoría de los que llamamos “propietarios” no eran más que humildes labradores. En general, y en comparación con los labriegos de otros lugares, en el Alto Nervión los labradores propietarios gozaron de unas buenas condiciones de vida, siempre en función del estándar de la época. La mayoría compaginaba la labranza con otro tipo de actividades, como la herrería, la carpintería, la zapatería o la cantería, y muchos fueron también arrieros, o tenían gente a su cargo (hijos o criados) que eran quienes realizaban la labor de arriería. Por lo tanto, los naturales de la comarca se movían mucho más de lo que pensamos, a Burgos, La Rioja, Bilbao y otras partes. El mundo del comercio, el transporte y los intercambios les era muy familiar. Algunos, incluso, lograban obtener las suficientes rentas para trabajar las tierras por medio de hijos, criados o empleados, dedicándose ellos a otras actividades lucrativas o de ocio. Muchos hombres sabían leer y escribir y participaban activamente de la vida pública de la comarca sin necesidad de ser, ni mucho menos, grandes señores.

La documentación histórica nos proporciona muchos ejemplos de personajes que recibieron una buena educación en Oñati o Alcalá de Henares, o que se labraron carreras notables en diversos campos, a pesar de proceder de estas familias de labradores propietarios. Es decir: muchas familias de labradores tenían suficientes recursos como para pagar una buena carrera a uno de sus hijos. Creemos que la imagen algo depauperada del mundo rural tradicional está basada, en primer lugar, en una comparación del todo improcedente con los estándares de prosperidad actuales; en segundo lugar, en tiempos más cercanos en el tiempo, como la segunda mitad del siglo XIX hasta la posguerra, que sí fueron tiempos de crisis agrícola y mayor penuria económica que los que estamos reseñando (siglos XVII y XVIII, sobre todo); y, en tercer lugar, en centrar la mirada en otros ámbitos vascos, como Gipuzkoa, cuya situación sí era más complicada por aquel entonces.

En lo demográfico, la media de hijos por matrimonio estaba en torno a los 4-5 hijos. No pocos morían al nacer o en los dos primeros años de vida, incluso en plena juventud. Por eso, a veces solo uno de los hijos llegaba a adulto, o ninguno. A veces, algunos matrimonios lograban que siete u ocho hijos llegasen a adultos pero no era la norma. Las familias con más hijos eran la excepción. Por el contrario, los matrimonios sin hijos eran más comunes; en esos casos, casi siempre dejaban como heredero a un sobrino/a.

La muerte estaba muy presente en estas sociedades, ya que podía llegar en cualquier momento. Pero no hay que dejarse engañar por las estadísticas de la esperanza de vida, totalmente condicionadas por la mortalidad infantil, de modo que es totalmente falso que una persona con 40 años fuese anciana. Hay que tener en cuenta que, cuando un matrimonio propietario legaba la hacienda a un hijo o hija, habitualmente estaban próximos a los 60 o incluso los habían superado. Y es frecuente que a esa edad aún se mantuvieran activos en la labranza, como figura en las capitulaciones matrimoniales. Hemos visto incluso a un hombre de más de 70 años participando en un reconocimiento de los montes de Altube y Gorbea que duró días. En definitiva, una persona bien podía alcanzar los 70 años en buenas condiciones físicas y mentales. O incluso más. No era la tónica general como lo es hoy, pero no era nada extraordinario.

 

Prisioneros en fuga: la cárcel de Amurrio

Numerosas obras literarias y cinematográficas han versado, total o parcialmente, sobre heroicas y épicas fugas desde su lugar de confinamiento, desde «El Conde de Montecristo» de Dumas hasta «Cadena Perpetua» pasando por clásicos cinematográficos como «La gran evasión», fenómenos mediáticos recientes como la serie «Prison break» o films basados en hechos reales como «Fuga de Alcatraz» y «La fuga de Segovia». Y es que la realidad no pocas veces supera la ficción, como es el caso de la legendaria fuga de Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea, inmortalizada en la canción «Sarri Sarri» pero también imitada en una escena de «Muertos de Risa».

La historia de la Tierra de Ayala también tiene su propio episodio de evasión carcelera. Solo que, al menos los casos aquí documentados, carecen de la épica de las anteriores y constituyeron episodios casi cómicos y próximos a lo patético. Porque la prisión de Amurrio estaba lejos de ser un fortín, más bien parecía una invitación a largarse cuanto antes a juzgar por la cantidad de presos que lograron abandonar sus muros.

Tras la supresión de las entidades tradicionales de gobierno y administración como la Tierra de Ayala en 1841, se procedió a la formación de ayuntamientos constitucionales. En Álava, los partidos judiciales quedaron definidos en 1845. Uno de ellos tenía su sede en Amurrio y sus límites eran casi idénticos al actual Partido Judicial de Amurrio, esto es, los municipios del Alto Nervión, Urkabustaiz y Valdegovía. En aquel momento, también se incluía Bergüenda, hoy incluso en el municipio de Lantarón, Partido Judicial de Vitoria-Gasteiz.

 

Posiblemente, la cárcel de Amurrio estuvo situada desde el primer momento en la actual Casa de Cultura, pero no podemos afirmarlo. En realidad, es muy poco lo que sabemos de uno de los edificios más insignes de la localidad. Sirvan estas líneas para reivindicar la necesidad de ahondar en el patrimonio inmueble del municipio, lo cual es perfectamente factible y promete buenos resultados, con el debido apoyo de las instituciones pertinentes.

Pero vayamos ahora al 23 de noviembre de 1878. El año anterior tres hombres habían sido alojados en la cárcel y ejecutados a garrote civil en el Monte de los Ahorcados. No sabemos si ya ocupaba su cargo entonces pero en noviembre de 1878 era alcaide de la cárcel un tal Joaquín Fernández que a las 2.30 de la madrugada del mencionado día se presentó ante el juez asegurando que los presos Raimundo Terán e Ignacio Martínez le habrían agredido con el objeto de fugarse: Raimundo logró su propósito pero retuvo a Ignacio, al que había dejado atado en la celda que compartía con Manuel Ibáñez.

El juez y sus acompañantes se desplazaron a la cárcel y hallaron una escena distinta: mientras Ibáñez estaba atado en una celda, en la otra estaba el cadáver de Ignacio Martínez. A pesar de ello, la versión del alcaide fue dada por buena hasta que el día 28 Raimundo Terán fue detenido en Santoña. Su declaración fue sensiblemente diferente.

En primer lugar, Terán declaró que su fuga tuvo lugar la noche del 19 al 20 de noviembre, tres días antes de lo declarado por el alcaide. La del 23 la pasó en Bilbao tras haber pernoctado en diferentes pueblos las noches anteriores. Este extremo fue confirmado por diversos testigos.

En segundo lugar, Terán afirmó que el alcaide toleraba con frecuencia que fuese llevado de su celda a sus habitaciones, por lo que aprovechó este exceso de confianza del incompetente alcaide para fugarse la noche del día 19. Entonces, el alcaide puso a los otros dos presos en la misma celda y ocultó que se había producido una fuga.

La investigación reveló nuevos detalles, que contradijeron la versión del alcaide Joaquín Fernández. La noche del 22 éste conversó con Martínez en su calabozo en un momento de ausencia de Ibáñez, quien le había dicho que quería fugarse. Así que Joaquín le ató sobre su cama y le dijo que, en caso de que tuviera que declarar, dijera que había sido Terán. Luego Martínez le dijo que se marchaba y el alcaide repuso: «¿Tu? ¿Quieres hacer lo que el otro pillo? De aquí no se marcha nadie».

Como Martínez hizo ademán de proseguir en su intento, Joaquín le golpeó con un palo de punta herrada que llevaba como arma. Según la declaración de Ibáñez, Martínez cayó sobre su cama y se levantó rogando por una hija que tenía, ante lo cual Joaquín sacó un revolver y le pegó tres tiros. Le hirió en una mano pero no cayó al suelo, por lo que le golpeó dos veces más con su palo en la cabeza destrozándole el cráneo y dejándolo cadáver sobre el suelo del calabozo. Ignacio Martínez Fernández fue enterrado en Amurrio el 1 de diciembre.

En 1880 Joaquín Fernández estaba recluído en la cárcel de Vitoria-Gasteiz, más dura que la de Amurrio. Se le describía entonces como un hombre próximo a los 45 años, bajo, de medianas carnes y semblante vulgar. Fue juzgado en febrero de ese año y condenado a 20 años de cárcel. Por cierto que, mientras Fernández aguardaba en la celda F de la cárcel vitoriana, en la celda B se alojaba Juan Díaz de Garayo “el Zurrumbón”, más conocido para la posteridad como el Sacamantecas. En otra celda se alojaba el septuagenario Venancio Sáez de Araya, condenado a pena de muerte por violar a una niña de 10 o 12 años a la que apuñaló varias veces y que falleció 58 horas después del ataque tras una larga agonía. Unas joyas, vaya.

 

Era la cuarta vez que se producía una fuga en la cárcel de Amurrio en los escasos cuarenta años que llevaba en funcionamiento, “y sucederá siempre que haya reos de delitos graves”, decía un crítico con la situación. Un cronista describía Amurrio como una aldea de 138 caseríos disperos en una legua y media y se mostraba muy crítico con el hecho de que la localidad fuese cabeza de juzgado, ya que por no haber no había ni una sola calle digna de tal nombre ni ofrecía ninguna seguridad: “los perniciosos efectos de la traslación a una triste aldea, que en su afán de figurar algo, se lanzó a pedir a don Carlos el titulo de Villa, que no le fue concedido por no llegar a ser lugar”. Es por ello que, cuando estuvieron encarcelados los pasiegos autores del “crimen del Yermo”, se pidieron refuerzos para custodiar el lugar.

 

Una de esas fugas anteriores a la recién narrada tuvo lugar en la madrugada del 10 de octubre de 1859. Fueron nada menos que ocho los presos fugados, cinco de ellos juzgados por “ladrones en cuadrilla” y el resto por robo en Artziniega y Okondo. Conocemos el nombre de todos menos uno de ellos: Pedro de Segura “Molinero”, Cornelio de Zornoza “El Vuldero”[1], Francisco de Baranda “Tartuga”, Francisco Sañudo, José de Lejarza “El Carbonero”, Martin de Azcarraga y Francisco de Zabala.

Los presos estaban con grilletes y alojados en calabozos separados. Pero recibieron ayuda externa, ya que alguien escaló desde el exterior y abrió un agujero en el muro por debajo de una ventana. Como las separaciones eran de tabique sencillo, los tiraron abajo fácilmente.

En Urduña/Orduña se movilizaron guardias civiles y nueve paisanos armados para ir en su búsqueda por el monte Santiago y zonas colindantes, por haber tenido noticias de haber estado al amanecer en “la Venta fría y el pueblo de Inza”[2]. Sin embargo, parece que dos de los huidos emprendieron el camino a Artziniega: uno de ellos fue apresado por la pareja de la guardia civil de Amurrio en la «venta de Pajaritos». Fue antes del amanecer y el otro huido pudo escapar cuando les dieron la voz de alto. Por desgracia, no sabemos cómo finalizó esta historia.

 

Los problemas de la cárcel de Amurrio con la seguridad fueron constantes y se alargaron en el tiempo hasta el mismo siglo XX. En 1892 se fugaron Mariano Macial, de Huesca, y Marcos Ruiz Caballero, de Espinosa de los Monteros. El 2 de diciembre de 1902 se produjo otra fuga cuya imagen no puede ser más tópica y clásica: dos reclusos extrajeron una de las tablas de la cama, que emplearon para doblar las rejas de la ventana de su celda; luego ataron cuatro sábanas una tras otra por las cuales se descolgaron hasta el suelo.

Poco después de las 8 de la noche el alcaide de la cárcel se percató de la fuga de José Martín Arcocha Echebarria, de 30 años, casado y natural de Urigoiti (Orozko), de barba cerrada y ojos azules y vestía pantalón y blusa clara de algodón, alpargatas blancas y elástico y boina azul. El segundo era un francés llamado Anatole Estol, de 27 años, estatura regular, bigote negro y barba cerrada, vestido de forma muy similar al anterior. En cuanto a la trayectoria posterior de los dos individuos, el francés fue capturado al día siguiente cerca de Ugao-Miraballes por una pareja de la Guardia Civil del puesto de Arrigorriaga.

Todavía en 1935 se producían fugas de esta cárcel. La noche del 26 de abril se fugaron de la cárcel de Amurrio Felipe Rubio Sánchez, de 22 años, y Manuel Cabero, de 20. Parece que la fuga la efectuaron rompiendo el cielo raso de la celda y pasando de este lugar al Juzgado de Instrucción, situado en el mismo edificio, desde donde lograron descolgarse mediante una cuerda por una ventana a la calle. Ambos estaban detenidos por el robo en el chalet de Narciso Pinedo Sopelana escasos días antes, cuyos objetos fueron hallados cuatro días después en posesión del dueño de un bar de Bilbao La Vieja.

 

[1] Probablemente se trate de Cornelio de Zornoza Campo, nacido en el pueblo alavés de Baroja en 1818

[2] Parece que se refiere a Unzá

 

FUENTES:

Archivo Foral de Bizkaia: AQ00072/246

El clamor público (4-11-1859)

Boletín Oficial de la provincia de Santander, nº 123, 14-10-1859

El liberal, 27-2-1880, p. 2

El liberal, 5-3-1880, pp. 2-3

El Heraldo Alavés, Año II, nº 563, 4-12-1902

Pensamiento Alavés, Año IV, nº 715, 22-4-1935

Pensamiento Alavés, Año IV, nº 720, 27-4-1935

 

 

 

 

El asesinato de Juan Pérez de Axpechueta

10 de septiembre de 1611

 

Era una noche tranquila y apacible, y aún restaban varias horas para el alba, cuando Juan Pérez de Axpechueta salió de la casa que ocupaba junto a la ferrería de Gardea, de la cual era administrador, montó su cabalgadura y puso rumbo hacia Murga, su localidad natal y donde residía junto a su familia. Iba a ser una larga jornada. Esperaba llegar pronto a su casa de Axpetxueta (Aspitxueta) para informar a su mujer Maria López de los últimos acontecimientos y luego buscar a su cuñado Antonio de Murga Aguirre, señor de la Casa y Torre de Murga. En su compañía, esperaba partir cuanto antes a Laredo a ver si allí daban con el Juez de Sacas, a quien había buscado infructuosamente en Bilbao el día anterior, viernes.

Juan Pérez salió de Gardea junto a su criado Juan de Murieta pero llegado al puente situado frente a la casa de Pedro de Solaun aquel se despidió para ir a dar noticia a varios allegados que se habían refugiado en casa de Pedro tras la denuncia que el escribano Domingo de Uriarte puso ante el Juez de Sacas.

Mientras su cabalgadura se dirigía a Murga a ritmo cansino, Juan Pérez debió repasar mentalmente una y otra vez las molestias, viajes y quebraderos de cabeza que le traían a mal vivir aquellos días. De todo ello hacía responsable a un maldito escribano de Amurrio que nunca había mostrado la más mínima simpatía hacia la casa de Murga y por enemistad con su cuñado, el señor de dicha casa, estaba siendo importunado, molestado y vejado de forma intolerable. Uriarte y su familia habían tratado de oponerse a los Murga de todas las formas posibles; por ejemplo, siendo Domingo alcalde de la Tierra de Ayala había tratado de quitar a Murga los honores que tenía en la parroquia de Amurrio, de lo cual se derivaron largos pleitos.

En esta ocasión, el escribano trataba de hacerse con la renta de la ferrería de Gardea, que Juan Pérez administraba en nombre de su cuñado. Ya había pasado por la cárcel de Mendixur por puro capricho de Domingo de Uriarte, que además le había injuriado gravemente llamándole “morisco” delante de mucha gente. Y no contento con eso, le había acusado ante el Juez de Sacas de Bilbao de haber enviado lana a reinos extraños.

Uriarte había aprovechado su desempeño de cargos públicos para inducir aquella denuncia y, usándola como pretexto, irrumpir en su casa de Axpetxueta y embargarle muchos bienes. Después de eso, había visto al escribano y sus esbirros rondar por allí, incluso de noche, y se estremeció al pensar que estuviera tramando algo más contra el. No dejaba de recordar cómo se las gastaba Uriarte, como la vez que había ido al valle de Okondo junto a su hermano Francisco, su cuñado Martín de la Plaza y su yerno el escribano Juan Ortiz de Padura en busca de Martín de San Probençi. Derribaron las puertas de su casa y el propio Domingo se lo llevó con las manos atadas.

En estas y en otras tantas cavilaciones debía ir inmerso Juan Pérez cuando llegó a la pasada del molino de Altui, un paso estrecho y complicado entre el monte y la presa del molino, allí donde terminaba la jurisdicción del valle de Laudio. Entonces, la cabalgadura se encabritó mientras varias manos le agarraban y le empujaban hacia el suelo bajo una lluvia de golpes hasta que el fuerte chasquido de su cuello al romperse certificó su muerte.

 

Juan Pérez de Axpechueta fue arrojado a la presa del molino y nunca llegó a su destino. Pero sí lo hizo su cabalgadura. Alarmados por este hecho, su mujer y allegados comenzaron a buscarle y sus pasos no tardaron en llevarles hasta Luiaondo. Allí se dio aviso de la desaparición al Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala. Pronto se hicieron algunas diligencias para buscar el cadaver en Altui, donde ya había fallecido más de un individuo, y efectivamente allí lo encontraron.

Su viuda Maria López de Murga nunca tuvo dudas sobre lo ocurrido ni sobre la autoría del crimen. Según su versión, el asesinato había sido planeado unos días antes en la casa de Lope de Perea en Luiaondo por una serie de hombres poderosos unidos por lazos familiares e intereses comunes. Es por ello que denunció a los vecinos de Amurrio Domingo de Uriarte escribano y su hermano Francisco, a los escribanos Juan de Salazar Oribe y Domingo de Sagarribay, y al barbero y tabernero Martín de la Plaza; y a los vecinos de Laudio Iñigo de Zubiaur e Iñigo de Villachica, que el día de autos se habrían presentado en el punto de reunión, la casa de Juan de Otazu en Luiaondo, con dos “paniaguados” llamados Pedro Hortiz de Hernani Baquiola y Juan de Dubiriz Landaeta.

Maria López afirmaba que los acusados habían estado acechándole en aquel punto a propósito, ya que era un lugar muy propicio para ello. Además del enfrentamiento mantenido por Uriarte con la casa de Murga, la viuda de Axpechueta señalaba que Zubiaur estaba enemistado con el por haber tomado en arrendamiento la hacienda y edificios de Antonio de Murga en Gardea, frente a sus pretensiones a los mismos. Además, Axpechueta habría discutido con Iñigo de Villachica en la boda de un sobrino de Pedro de Orue, cuñado de Iñigo.

En primera instancia, Maria López presentó como testigos a unos vecinos de Murga (Iñigo de Urieta, Sebastián de Urieta y Martín de Aguirre) que, habiendo llegado a Luiaondo en busca de su marido por encargo del Alcalde Mayor, habían sido instados por Ursula de Lezama-Urrutia, mujer de Otazu, a regresar a su casa, porque el desaparecido “estaba a buen recaudo”. También citaban a un arriero que aquella noche había visto luz, gente y cabalgaduras en casa de Otazu, ubicada solamente a dos tiros de ballesta de Altui. Afirmaban, incluso, que la mujer de Pedro de Orue había asegurado que sabía que aquello iba a suceder desde cuatro días atrás, del mismo modo que habrían escuchado decir a Baquiola que no hacía cuatro días que había cometido un asesinato y en cuatro días cometería otro.

 

Los acusados se ausentaron de la Tierra y no pudieron ser apresados, pero no evitaron que todos sus bienes fueran embargados y depositados provisionalmente en otros vecinos de la zona. Por ejemplo, a Domingo de Sagarribay se le embargaron las casas principales en las que vivía y otra más pequeña que tenía al lado, que se depositaron en Pedro de Gabiña, Christobal de Oribe y Juan de Sagarribay. A Martin de la Plaça le fue embargada la casa principal en la que vivía con un horno y tejado que se depositaron en Juan de Pardio. A Domingo de Uriarte se le embargaron las casas principales en las que vivía junto a una casa cabaña anexa y una casa de molinar con dos ruedas, de lo que fue depositario Andrés de Ugarte. A Iñigo de Zubiaur se le embargaron las casas principales en las que vivía además de una ferrería y una casa molinar con una rueda. A Juan de Salazar Oribe le embargaron las casas principales en las que vivía junto a la torre de Mendixur además de dos ruedas en Rotabarria con su casa, otra rueda de moler en Larrinbe y una casería con dos heredades en Saratxo, de lo que se nombró depositario a Juan de Beotegui.

Sin embargo, en poco tiempo todos ellos fueron prendidos y encarcelados en la casa de Diego de Urrutia en Luiaondo, que a pesar de ser de madera y, por lo tanto, poco segura, actuaba con frecuencia como cárcel de la Tierra. Ocurría además que Diego estaba implicado en la muerte de Juan Pérez.

Pronto empezaron los interrogatorios. En general, los acusados trataron de demostrar que la muerte de Juan Pérez había sido accidental, debida a un tropiezo del caballo en un lugar donde el paso en medio de la noche no era muy recomendable. Argumentaban que el cadáver no presentaba heridas ni golpes que delatasen haber sufrido una muerte violenta, a pesar de que los cirujanos que lo reconocieron hallaron que tenía la nuca dislocada, el cuello hinchado y algunos restos de sangre en la boca. Como el cuerpo fue llevado a Luiaondo y estuvo un día sin examinar, los reos utilizaron este defecto para no dar credibilidad al reconocimiento del cadaver. También afirmaban que Juan Pérez había estado “fatigado” de una “profunda melancolía”, que faltaba frecuentemente de su casa y que, por ello, su familia temía que se volviera loco y así lo afirmaban públicamente.

Domingo de Sagarribay afirmaba que no pudo tomar parte en los hechos, ya que los cuarenta días anteriores, y aún después, se los había pasado enfermo en cama, hasta el punto  de que los médicos creían que iba a morir. Además, afirmaba que era público y notorio que era amigo íntimo del difunto y que el hecho de que su tío Domingo de Uriarte fuera enemigo de Axpechueta no significaba que el también lo fuera.

La coartada del propio Uriarte era que había permanecido en casa de su sobrino Sagarribay, gravemente enfermo, hasta muy tarde, antes de irse a su propio domicilio, donde pasó la noche. Al día siguiente, se levantó para atender un negocio de un vecino de Larrinbe y después fue a Luiaondo a continuar con ciertas diligencias hasta la noche. Frente a las acusaciones de un vecino que afirmaba haberle visto un día persiguiendo a Juan Pérez, Uriarte reaccionó diciendo que dicho vecino era un hombre de mala reputacion, amancebado, paniaguado de la parte contraria y sin credibilidad.

Iñigo de Zubiaur declaró que Juan de Garay, vecino de Luiaondo, le había pedido que intercediera ante Uriarte para que no fuese apresado por una pendencia que había tenido con Juan de Basurto. Tras hacerlo, fue a la hospedería de aquel lugar y después llegaron los otros culpables, con los que se sentó a comer. Luego fue a hablar con Basurto a Amurrio y regresó a su casa en Laudio con Iñigo de Villachica sobre las 5 de la tarde. Pasó la noche en casa y al día siguiente asistió a misa; lo mismo hizo el sábado en Udiarraga, donde fue informado del hallazgo del cuerpo de Juan Pérez en la presa de Altui. Por su parte, Villachica afirmó que había pasado todo el tiempo en su casa.

Martín de la Plaza también se decía amigo del difunto. Al igual que Uriarte, afirmaba haber estado en casa de Sagarribay antes de marcharse a su propio domicilio en compañía del sacerdote Pedro de Sagarribay. Al día siguiente habría ido a Luiaondo a ciertas diligencias y pasó la noche en casa de Andrés de Ugarte, en unas “terceras” que se solían hacer y luego se acostó en su casa. El domingo después de comer estuvo en buena conversacion en casa de Domingo de Uriarte.

Juan de Salazar Oribe comentaba que la razón por la que los acusados habían estado comiendo en casa de Lope de Perea el miércoles consistía en haber ido a entender en un pleito entre Uriarte y Francisco de Guinea. Afirmaba que Domingo “de la Serraxeria” (“persona sin crédito alguno porque solía cometer delitos malsonantes” y al que también tildan de alcohólico) y Andrés de Murga le tenían por enemigo del difunto, pero el lo negaba, afirmando que entre ellos había amistad y se invitaban a comer mutuamente.

Pedro Hortiz de Baquiola dijo que el viernes y el sábado hasta la mañana estuvo trabajando en la obra de una casa nueva de Maria Pérez de Gastaca en Laudio. Por su parte, Maria López le tildó de “facineroso de mala reputación”, de familia desconocida y que había afirmado falsamente que tenía hermanos en Arrankudiaga. Además, ya debía tener una condena a muerte pendiente y había asesinado a un tal Artabe en aquel lugar, por lo que tuvo que trasladarse a Laudio para entrar al servicio de Zubiaur y Villachica. La viuda rechazaba las declaraciones que los reos habían realizado ante Joanes de Aresqueta, porque era primo de la mujer de Francisco de Uriarte.

 

Aunque las justicias consideraron probado que Juan Pérez de Axpechueta no había perdido el juicio ni había muerto ahogado en la presa, sino que habia sido arrojado allí tras ser asesinado, no nos consta cuál fue la pena impuesta a los dos esbirros que, a todas luces, parecen ser los autores materiales del asesinato.

Sin embargo, el inductor de todo parece muy claro, y se trata de Domingo de Uriarte escribano, de quien eran parientes (cuñados, sobrinos, yernos) todos los demás. Hasta el momento, nada se ha publicado acerca de esta familia de Amurrio, muy notable entre los siglos XVI y XVII, en la que hubo varios escribanos ya desde finales del XV y que alcanzaron una notoriedad muy notable en la localidad. Fueron familias como ésta las que lograron ascender en la jerarquía social tras el final de la lucha de bandos, y para ello no descartaron del todo las actividades violentas e intimidatorias. Los Uriarte, de los cuales este Domingo habría sido su miembro más activo y conflictivo, serán objeto de un tratamiento exclusivo próximamente.

El asesinato de Juan Pérez de Axpechueta, miembro del linaje de los Murga (posiblemente, el linaje de viejo cuño que mejor se adaptó a los siglos XVI-XVII), se saldó con una condena a 4 años de destierro a una distancia mayor de 5 leguas y al pago de 30.000 maravedís para Domingo de Uriarte e Iñigo de Villachica. Por su parte, la mayor pena recayó en Iñigo de Zubiaur, quizá por haber sido el amo de los dos presuntos autores materiales del asesinato: 4 años de servicio al rey con armas y caballos a su costa y sin sueldo, y el pago de 80.000 maravedís. El resto, los Sagarribay, Salazar y Plaza, fueron absueltos.

 

(Real Chancilleria de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2159, 51)

Breve historia del Alto Nervión: las instituciones en la Edad Moderna

Los manuales de Historia que tratan sobre la Edad Moderna (desde el siglo XVI hasta finales del XVIII) en el ámbito vasco suelen presentar la peculiaridad de que no hacen un relato ordenado cronológicamente, sino que el periodo se suele explicar mediante bloques temáticos. El motivo es que esta fase de unos 300 años es bastante monolítica en el sentido de que no se produjeron grandes cambios y transformaciones en el seno de la misma, ni tuvo lugar ningún acontecimiento político o bélico que marcara un antes y un después. Los pilares de la sociedad característica de la Edad Moderna se pusieron en la Baja Edad Media y se refinaron y consolidaron a lo largo del siglo XVI para experimentar solo ligeros cambios en las dos siguientes centurias.

 

En esta entrada, trataremos acerca de las formas de gobierno vigentes en el Alto Nervión mediante el ejemplo concreto de la Tierra de Ayala. En el resto de territorios (Urduña/Orduña, el valle de Laudio, Arrastaria, Artziniega) las instituciones no eran idénticas pero, en el fondo, sí muy parecidas.

La institución básica de gobierno era el concejo, del que derivan las actuales Juntas Administrativas alavesas. Era esta institución la que confería identidad y personalidad a un pueblo, el órgano que lo hacía diferenciable de otras localidades. El concejo hunde sus orígenes en la Edad Media sin que podamos concretar más acerca de cómo se gestó. En todo caso, es evidente su vinculación con las parroquias: el pórtico y el cementerio de la parroquia eran los lugares en los que tenían lugar las reuniones concejiles hasta que las localidades comenzaron a dotarse de casas o salas específicas para estos actos. Sin embargo, los límites de concejos y feligresías no son siempre coincidentes[1], por lo que la profundización en el conocimiento de las relaciones entre estos dos ámbitos es una cuenta pendiente de la historiografía.

En la documentación, el término concejo es sinónimo de pueblo, pero también se emplea para designar al órgano de gobierno de dicho pueblo. Ésta era, probablemente, la más democrática de todas las instituciones de la época, ya que en ella participaban con voz y voto todos los vecinos de la localidad, fuesen propietarios o no. Al menos, en teoría. Desde luego, distaba de ser un órgano democrático tal y como lo entendemos hoy en día: excluidos quedaban los “moradores”, así como las mujeres y, excepto casos muy puntuales, los solteros. En realidad, a las reuniones concejiles asistían toda o la mayor parte de los “titulares” de una casa o caserío, es decir, los padres de familia. Estas reuniones tenían lugar siempre que el concejo debía decidir sobre alguna cuestión que incumbía a la localidad como conjunto, para otorgar poder a algún representante que actuase en su nombre, etc. De este “concejo abierto” emanaba un “concejo cerrado”, una serie de cargos que se elegían el primer día del año, generalmente no por votación de los presentes en la reunión sino por parte de los cargos salientes.

La cantidad de cargos elegidos variaba de una localidad a otra, ya que no tenían las mismas necesidades pueblos pequeños como Luxo o Lexartzu que otros de mayor tamaño como Amurrio u Okondo. Por ejemplo, en Amurrio, en el año 1621, se nombraban dos regidores (era el cargo más importante y, excepto en localidades muy pequeñas, siempre eran dos), dos fieles, dos montaneros, un escribano, un recolector de bulas, un mayordomo para la parroquia, otro para el hospital de San Antón y otros tantos para el resto de ermitas (la misma de San Antón, San Pelayo, Santa Cruz, Santa Marina, San Silvestre, Santa Catalina, San Pablo) y otros dos para las Arcas de Misericordia y del Arzobispo.

Hay que señalar que algunas localidades, como Lezama, contaban con sus propias divisiones internas con fines electivos y administrativos. De este modo, el pueblo se organizaba en cuatro cuadrillas (las de Basabe, Urtaran, Gurbista y Arriaga) y en cada una de ellas se elegían dos personas, ocho en total, que se repartían los cargos de regidores, fieles, montaneros y colectores.

La forma de organización interna del concejo, los cargos que debían elegirse y cómo, las atribuciones de cada cargo, así como todo lo relativo a la administración de montes, ejidos, heredades y otros muchos aspectos de la vida cotidiana, estaba recogido en las ordenanzas locales.

El hecho de que fuesen los cargos salientes los que nombraban los cargos entrantes hizo que algunas familias y linajes trataran de controlar los órganos de gobierno del concejo favoreciendo a sus deudos y parientes. Esto se produjo especialmente en el siglo XVI y primera mitad del XVII cuando, como un remanente de las luchas de bandos, la formación de bandos y grupos de interés aún se mantenía con fuerza en la Tierra.

Es necesario apuntar también que, en algunos casos, algún señor poderoso tenía la potestad de nombrar cargos. Así, en Astobiza era el señor de su torre quien nombraba al regidor.

 

Por otra parte, existían también una serie de Juntas que aglutinaban a los vecinos de cuatro o cinco localidades, de las cuales las más conocidas son las de Armuru y Ordunte. Estas reuniones de origen medieval entendían sobre todo de aspectos relativos a la organización y administración de los bienes comunales (montes, pastos, ejidos, etc.) de localidades colindantes, y de ellas no solía emanar ninguna corporación con carácter anual. Simplemente consistía en la reunión de los regidores y vecinos de diversas localidades. En las juntas de San Antón de Armuru se reunían los de Amurrio, Etxegoien, Saratxo, Olabezar y Larrinbe; en las de Santo Tomás de Amondo lo hacían Lezama, Baranbio, Astobiza y Lekamaña. Mientras aquellas sobrevivieron hasta el siglo XIX, cuando se eliminaron las formas tradicionales de gobierno y administración, las de los “cuatro concejos” mencionados parece que dejaron de celebrarse a mediados del XVIII, poco después de que la ermita de Santo Tomás se arruinara y pasaran a celebrar sus reuniones en el templo de San Sebastián (actual San Prudencio).

 

Como es sabido, la Tierra de Ayala contaba con sus propias instituciones de gobierno, que fueron abolidas en 1841, cuando se formaron los Ayuntamientos Constitucionales. Como las juntas anteriores, las de Ayala hundían sus orígenes en la Edad Media aunque sus ordenanzas no se plasmaron por escrito hasta 1508, siendo aprobadas en 1510. A mediados del siglo XVIII se dotaron de unas nuevas que actualizaban ciertas disposiciones.

Acerca del funcionamiento de la Tierra de Ayala ya han tratado en profundidad autores como Barrenengoa o Luengas Otaola, a quienes nos remitimos. A modo de resumen, podemos decir que la Tierra estaba dividida en cinco Cuadrillas, que eran las de Lezama, Amurrio, Sopeña, Llanteno y Okondo. La Junta General se celebraba el 29 de septiembre de cada año en el campo y mesa de Saraube y en ella los cargos salientes nombraban a los entrantes. Cada Cuadrilla elegía un alcalde ordinario y un diputado regidor, de modo que había cinco de cada; además, se nombraba un escribano fiel, un procurador general y un bolsero o depositario. Por último, se escogían dos alcaldes de hermandad: uno debía ser del río de Izoria hacia Amurrio y el otro del mismo río hacia Respaldiza.

Generalmente, los alcaldes (y a veces los diputados también) solían nombrar sus tenientes. Al principio, al menos hasta finales del XVII, lo habitual es que las personas elegidas fueran residentes en la Tierra. Pero en la centuria siguiente es más habitual observar que eran nombradas personas naturales de la misma pero residentes fuera, en la Corte o en América; eran unas elecciones más honoríficas que prácticas, ya que era imposible que aquellos desempeñaran su cargo, por lo que lo hacían sus tenientes.

Cuando se redactaron las Ordenanzas de Ayala, las luchas de bandos estaban aún muy recientes y, como se dice en el texto, las Juntas solían dar ocasión a infinidad de riñas, conflictos, peleas e incluso muertes. Además, las parcialidades no habían desaparecido, solo habían adoptado nuevas formas. Así, los linajes trataban entonces de hacerse con el control de la institución mediante el monopolio del desempeño de cargos, lo que lograban mediante coacciones y fraudes a la hora de la elección (por ejemplo, se valían de que muchos no sabían leer y escribir para falsear el nombre escrito en las cédulas con las que los electores votaban). Las Ordenanzas trataron de poner freno a todo esto para que las elecciones se hicieran limpiamente; mandaron también que, dentro de cada Cuadrilla, las distintas localidades se rotaran el desempeño de los cargos; de la misma manera se turnarían en los cargos de procurador, escribano y bolsero.

También dispusieron unos años después de la aprobación de las primeras Ordenanzas que, debido a los alborotos que en ella tenían lugar, no se hiciera más que una Junta General al año, la del 29 de septiembre, y que para el resto de cosas entendiera el Ayuntamiento elegido. Esta corporación, compuesta por los cinco diputados, los cinco alcaldes ordinarios, los dos alcaldes de hermandad, el procurador, el escribano y el bolsero, se reunían aproximadamente una vez al mes en Respaldiza. Se decidió que, en caso de dudas, consultasen con un letrado o asesor. Y es así que, con el tiempo, los escribanos y abogados que desempeñaban la función de asesores de los cargos electos y de los alcaldes, así como de los pleiteantes, fueron ganando poder e influencia sobre el resto de vecinos. Durante la Edad Moderna ya no era la vieja nobleza de capa y espada la preponderante en la Tierra sino toda una serie de letrados, abogados, escribanos y eclesiásticos, gente con estudios, frecuentemente con relaciones y cargos en la Corte, quienes más poder e influencia tenían, si bien con frecuencia lo ejercían a través de terceras personas y no directamente.

 

Finalmente, la Tierra de Ayala se integró en la Hermandad de Álava desde su creación en 1463, y no sin conflicto. En un principio, la creación de la Hermandad (que ya tenía precedentes en el mismo siglo) fue motivada por el deseo de acabar con la lucha de bandos y los desmanes de los linajes mediante el fortalecimiento del poder real, de modo que la Hermandad sería la delegada del monarca en el territorio. Ayala, así como las hermandades de Laudio, Artziniega, Arrastaria, Urkabustaiz y alguna otra, entendieron su unión a la Hermandad únicamente para ese fin, de modo que cuando Álava fue articulándose en Provincia, con su Junta ganando en atribuciones, las citadas hermandades se negaron a contribuir a sus gastos y trataron de separarse de ella. Los largos pleitos que se siguieron por ello no culminaron con el cumplimiento de sus deseos, de modo que continuaron vinculadas a Álava.

La Hermandad de Álava celebraba siempre dos Juntas Generales al año, unas por mayo y las otras en noviembre. La Tierra de Ayala enviaba a estas dos procuradores, que al principio eran elegidos por la Junta General de Saraube. Las familias más notables de la Tierra tendieron a monopolizar este cargo o a nombrar para el a personas de su total confianza.

 

 

[1] Por ejemplo: el barrio de Onsoño pertenecía y pertenece a Amurrio en lo civil y a Baranbio en lo eclesiástico; Berganzabeitia distribuye su caserío entre Baranbio, Amurrio y Lezama en lo civil pero son también parroquianos de Baranbio.

Breve historia del Alto Nervión: las luchas de bandos

Los relatos históricos acerca de los siglos bajomedievales en el Alto Nervión, y en el País Vasco en general, suelen dar la impresión de que poco más había fuera de los dimes y diretes de los grandes señores, los llamados Parientes Mayores. El lector puede llegar a creer que la tierra estaba escasamente poblada y que los continuos enfrentamientos entre familias son los únicos acontecimientos dignos de mención que tuvieron lugar en ese periodo.

Esto no exclusivo de la Tierra de Ayala o el País Vasco, ni mucho menos. De hecho, los enfrentamientos entre linajes fueron comunes en toda Europa en la Baja Edad Media. En nuestro contexto, las «luchas de bandos» consistieron en una serie de confrontaciones violentas que se produjeron entre linajes alineados, no siempre de manera clara, en dos bandos genéricamente llamados oñacinos y gamboínos.

La política de alianzas de cada linaje, sin embargo, podía llevar a convertir al amigo en enemigo en función de las circunstancias, porque de lo que en realidad se trataba era de imponerse sobre el linaje vecino, “valer más” que el otro. Y si para eso era necesario aliarse esporádicamente con quien había matado a tu padre, pues se hacía. Una vez eliminado el enemigo común, ya habría tiempo de dirimir diferencias.

Claro que también hubo linajes irreconciliables. En nuestro ámbito territorial, los Anuncibay, con su casa solar en Orozko, y los Ugarte del valle de Laudio disputaron enconadamente a lo largo de los años por ese “valer más” y, por supuesto, por ejercer su control sobre la mayor cantidad posible de familias, casas y gentes del lugar. Porque también hubo otras gentes, otras casas. La retórica de la época afirmaba que los Parientes Mayores eran aquellos que primero habían poblado en el lugar, y el resto de casas descenderían de ellas. De hecho, en los expedientes de hidalguía son muchos los que se dicen descendientes de estos solares, o afirman que su solar era descendiente de ellos; otras veces, se dicen dependientes y probablemente esa palabra se ajustaba mucho más a la verdad. Dependencia a un linaje que se había impuesto a otros, al cual posiblemente sirvieron con el arma en la mano. Pero al que también pagarían algún tipo de tributo. Al fin y al cabo, estamos seguros de que los Parientes Mayores de nuestra Tierra, los Ayala, Murga, Perea, Mariaka e Ibaguen, no manejaban el arado.

Según avanzamos hacia el presente, la documentación nos muestra otros linajes que también contaban con un cierto poder e influencia en la comarca, como los Guinea de Saerin, los Oribe-Salazar o los Egiluz. Pero serían los menos. El grueso de la población de la Tierra de Ayala estaría compuesta por simples labradores de los que apenas sabemos nada. Sin embargo, la documentación del siglo XVI refleja una tierra muy poblada, repleta de solares de los que los labriegos tomaron su apellido, un mundo de caseríos aparentemente surgido de la nada. Pero que no podamos definir su origen con certeza no significa que no estuvieran allí previamente, que siempre hubieran estado.

Sabemos que el caserío vasco como concepción y construcción arquitectónica particular fue una creación de los años finales del XV y primeros del XVI, que vino a sustituir las mucho más humildes construcciones de madera que habrían caracterizado al caserío desde su aparición como institución socioeconómica, lo que debió ocurrir mucho antes.

Para el siglo XVI ya era evidente la existencia de una serie de familias de las que nunca habíamos oido hablar en las crónicas bajomedievales pero que contaban con una cierta preponderancia, no sabemos en función de qué, sobre el resto de sus vecinos, más humildes. Posiblemente fueron estos linajes “menores”, situados entre los Parientes Mayores y los menos pudientes, los que hicieron posible que el fin de la lucha de bandos se produjera en Ayala de forma relativamente consensuada.

Es así que el 8 de agosto de 1490 las autoridades, concejos y “escuderos fijosdalgo” de la Tierra fueron llamados a una Junta General que tendría lugar en el lugar acostumbrado: la campa y mesa de Saraube. En ella estaría presente nada menos que el Señor Pedro de Ayala, que no era un cualquiera dentro de la política castellana, por lo que la cita estaba destinada a ser trascendental. Los Reyes Católicos estaban tratando de poner fin a las luchas de bandos y lo mismo deseaban los habitantes de estas tierras, hartos de excesos y pendencias que los linajes cometían impunemente. La creación de la Hermandad de Álava unos años antes, en 1463, fue también, en gran medida, una reacción a los desmanes de las grandes familias y un intento de ponerles freno todos unidos.

El resultado de aquella Junta fue la aprobación de una Concordia entre Pedro de Ayala y los vecinos de la Tierra que prohibía las actividades violentas y no violentas derivadas de la formación de banderías y parcialidades. Merece la pena resaltar los nombres de aquellos que, en esta escritura, figuraban como representantes de la Tierra de Ayala: Martín Fernández de Mendibil como alcalde de hermandad; el merino Juan López de Sojo; los procuradores Juan Ortiz de Saracho y Pedro Sánchez de Lexarzo; Iñigo Fernández de Ugarte e Iñigo de Ugarte su hijo, Iñigo López de Retes, Lope Ortiz de Retes, Juan López de Robina, Diego de Landa, Martín López de Añes, Juan Sánchez de Aldama o el escribano Juan Ortiz de Albiturria.

Sin duda se trata en su mayoría de apellidos importantes en la historia de la comarca, de un claro abolengo ayalés. Incluso vemos entre ellos a los Ugarte de Astobiza, que fueron parte implicada en aquellos enfrentamientos a los que se quería poner freno. Pero el resto de familias eran “nuevas” en el sentido de que están ausentes de las crónicas bajomedievales.

¿Qué ocurría con aquellos linajes a cuyas actividades afectaba directamente la Concordia elaborada? Pues que no se plegaron a los intereses tanto del señor como del común de la Tierra reunida en concejo, y no acudieron a Saraube aquel día en señal de disconformidad. Eso si, tarde o temprano todos aceptaron el fin de las hostilidades y la apertura de una nueva época, unos antes que otros.

Los más enconados opositores a la Concordia fueron los Murga, representados en 1490 por Lope García de Murga y Sancho, quien si bien en la escritura figura como su hijo, en realidad parece que fue su hermano. Los Murga se enfrentaron a los Perea y los Ibarguen cuando, muerto sin sucesión el señor de Ayala Juan Sánchez de Salcedo, su sobrino (su nieto, según otros) Sancho García de Murga, II señor de Murga, quedó como heredero del señorío. Sin embargo, aquellas citadas familias se opusieron y llamaron a la rama toledana de los Ayala. El conflicto se resolvió en 1328 con una batalla que tuvo lugar en Landeta y en la que los Murga salieron derrotados, siendo muerto Sancho junto a la iglesia de Murga.

Los Murga perdieron esta batalla. Pero no cabe duda de que, a la larga, “valieron más” que los Perea y los Ibarguen: los primeros ya habían abandonado la Tierra antes del final de las banderías y los segundos fueron languideciendo con el tiempo sin pena ni gloria. Con los Ayala “jugando en otra liga”, inmersos en asuntos de mucho mayor calado en el reino de Castilla, la de Murga era seguramente la principal familia de la Tierra.

La casa de Murga fue la principal aliada de los Anuncibay en la Tierra de Ayala, de modo que su principal rival fueron los Mariaka, que eran parientes y aliados de los Ospina de Ugarte de Laudio. En todo caso, a pesar de enfrentarse y darse muerte unos a otros en diversas ocasiones, la casa de Ospina de Ugarte emparentó por medio de matrimonio con la de Murga no una sino varias veces. De hecho, un Ugarte pasó a ser el señor de la casa de Murga al casarse con la heredera, de modo que cambió su apellido.

Esto muestra que la enemistad y los conflictos no siempre partieron el campo en dos bandos claramente enfrentados. Por ejemplo, los Perea se opusieron a los Murga en el conflicto que tuvo lugar tras la muerte sin sucesión de Juan Sánchez de Salcedo, pero no por ello se abstuvieron de combatir con los Ospina, teóricamente enemigos de los Murga. Por ejemplo, en 1350 los Perea asesinaron a Diego Fernández Ospina de Ugarte, de la torre de Astobiza, en la iglesia de Larrinbe. Por este tiempo, los de Mendibil de Murga mataron a Pedro Ospina, hijo de Fortún Ospina de Mariaca.

En 1490, la casa de Murga contaría con el apoyo de otra de las casas principales de la comarca: la de Saerin. Así, tanto su señor Juan Díaz de Guinea como sus hermanos Sancho e Iñigo no suscribieron la Concordia. Ambas casas apoyaron a Pedro López de Ayala con ocasión de la guerra de las Comunidades en 1521.

Tampoco aceptó la Concordia Hortuño de Murga, vecino de Llanteno, donde el linaje se había asentado con fuerza y donde también protagonizó numerosos altercados; así como Tristán de Oribe y sus tres hijos, de la torre de Oribe-Salazar. Esta familia incluso había visto destruida su casa solar por el señor de Ayala, si bien los Oribe estuvieron activos más bien en Mena y las Encartaciones que con sus vecinos los linajes ayaleses. Por último, entre los rebeldes deberíamos señalar también a Fernando Ochoa de Orue, Juan de Ugarte de Oquendo, Hortuño de Ibarrola, Juan Ortiz de Ibarrola y su hijo Pedro, y los escribanos Martín de Aldama e Iñigo Martínez de Ugarte.

De todos modos, como decíamos, en la Tierra de Ayala al final todos se avinieron a terminar con las luchas y las banderías, con los excesos y las exacciones y abusos arbitrarios sobre los linajes rivales y sobre la totalidad de la población. Y a la mayoría de ellos no les fue mal en la nueva situación: el esplendor alcanzado por los Murga en el siglo XVI es un buen ejemplo de ello. La influencia de estas familias siguió siendo importante: continuaron percibiendo diezmos como patrones que eran de algunas iglesias, tenían propiedades, formaron mayorazgos, poseían ferrerías y molinos, etc. pero sobre todo tenían prestigio. Sus nombres se repetían frecuentemente entre los altos cargos de la Tierra de Ayala y de sus respectivos concejos.

Sin embargo, los abusos de los más poderosos, la unión de notables para formar “partidos”, no cesó sino que iba a transformarse y a adaptar nuevas formas en las que, es cierto, la violencia estaba menos presente. Reflejo de ello es una afirmación que se hace en las Ordenanzas de la Tierra de Ayala, del año 1508, en las que se dice que las familias ya no se atrevían a enfrentarse por las armas y recurrían a la vía legal: usaban el empleo de los cargos públicos a su favor para ponerse pleitos y demandas unos a otros. En este sentido, el papel de los escribanos en la formación de «partidos» o «confederaciones» de linajes fue fundamental desde finales del XV. Pero esa es otra historia.

Breve historia del Alto Nervión: la Baja Edad Media

Habíamos finalizado el capítulo anterior en la segunda mitad del siglo XII con todo el Alto Nervión definitivamente integrado en Castilla y habiendo conocido ya los nombres de los tenentes o señores de sus territorios, y con buena parte de sus pueblos ya documentados. Desde luego, el paisaje humano del Alto Nervión en el siglo XII comienza a sernos más familiar.

La documentación histórica, sin ser especialmente abundante, es cada vez más numerosa, por lo que la explicación de este periodo histórico conocido como la Baja Edad Media es bastante más compleja que los anteriores. Muchos procesos distintos confluyen en estos siglos. Por eso, sin ánimo de realizar un estudio detallado sobre la historia de la comarca (para más información se puede consultar la bibliografía especializada), en el presente capítulo nos centraremos sobre todo en uno de los muchos procesos históricos que se están produciendo: concretamente, en la definición territorial e institucional de las entidades que integran el Alto Nervión. Es en estos siglos cuando se formarán aquellas entidades territoriales que estarán vigentes nada menos que hasta la revolución liberal-burguesa del siglo XIX. Y data también de aquellos siglos la división de la comarca entre Álava y Bizkaia.

 

En el capítulo anterior, vimos cómo Bizkaia, Álava, Ayala y Orduña eran territorios diferenciados en la Crónica de Alfonso III, independientemente de la realidad que se ocultase bajo cada una de esas denominaciones. En el siglo XI, también Llodio aparecía como un valle diferenciado, sujeto a un Señor diferente (aunque de la misma familia que el de Bizkaia y emparentado con el de Ayala). Por lo tanto, podemos afirmar que Ayala, Llodio y Orduña son demarcaciones territoriales individualizadas y diferenciadas, como mínimo, desde hace un milenio. En la Baja Edad Media, aparecerán dos más: Arrastaria y Artziniega.

En el año 1075 Lope Sánchez (señor de Llodio) donó a San Millán de la Cogolla el monasterio de Santiago de Langreiz (del cual toma su nombre el monte Santiago) con, entre otros, posesiones en Tertanga y unos manzanares sitos en el “valle” de Orduña. Y en 1135 el rey Alfonso VII donó a San Millán la “villa de Gavinea”[1] en el “territorio de Orduña”. Los medievalistas consideran que por “valle” y “territorio”, en aquella época, habría que entender una entidad de límites definidos, que es percibida como una unidad y que está integrada por una serie de asentamientos rurales de pequeño tamaño sin una jerarquía entre sí. Por ejemplo, en el caso de Orduña existirían ya toda una serie de asentamientos (como ya dijimos, la arqueología muestra que lugares como Zedelika o Lendoñogoiti se poblaron muchos siglos antes, y lo mismo habría pasado en otros sitios) que con el tiempo habrían de dar lugar a las localidades y barrios que hemos conocido, sin menoscabo de que algunos de ellos pudieron desaparecer a finales del medievo (de hecho, leves indicios apuntan que algunos asentamientos no sobrevivieron, o lo hicieron reducidos a algún aislado caserío, al siglo XVI; pero este es un tema aún por investigar). Otro asentamiento en este lugar era el de Arbileta, documentado en 1192 cuando el rey Alfonso VIII donó al Obispado de Calahorra el monasterio de San Clemente.

Se cree que Ayala y Llodio también respondían a esta concepción de “valle”, si bien en el primer caso la aldea como unidad básica de organización tendría mucha más fuerza: recordemos que algunas se documentan ya desde el año 864. De su organización interna y forma de gobierno no sabemos nada; solo en Orduña está documentada la existencia previa de un concejo, es decir, una forma de gobierno local más o menos comunitaria e independiente del poder de cualquier señor feudal.

 

En el año 1229 se produjo un cambio de notable importancia para la historia de nuestra comarca. El Señor de Bizkaia Lope Díaz de Haro otorgó carta-puebla a Orduña, fundando así una villa como dote para su matrimonio con Doña Urraca, la hermana del rey castellano. La condición de villa iba asociada a la constitución de un núcleo urbano y fue entonces cuando se creó el germen del actual casco histórico de Orduña, que estuvo constituido por tres calles: Hierro o Arriba, Medio y Carnicería o Abajo. Aunque no existen datos que lo confirmen de forma fehaciente, se cree que la población se habría trasladado desde su primitivo asentamiento junto al Santuario de la Antigua, además de, como era habitual en la fundación de núcleos urbanos, desde las localidades circundantes, atraídos por los privilegios que tenían las villas[2].

Los motivos por los que se fundó la villa de Orduña habrían sido fundamentalmente dos. Por una parte, fue capital su situación geográfica en uno de los caminos naturales que unían la meseta castellana con los puertos cantábricos en un momento en que comenzaba a desarrollarse el comercio entre Castilla y el norte de Europa. Por otro lado, se documenta la elaboración de tejidos en el lugar, como reflejo de la formación de una economía más avanzada que comenzaba a trascender lo agropecuario.

A partir de entonces, la ruta comercial que transitaba por Orduña fue ganando en importancia y con ello la localidad experimentó sucesivas ampliaciones de su casco urbano, convirtiéndose en uno de los núcleos más desarrollados del norte peninsular, lo que le valdría el título de ciudad ya en el siglo XV.

Finalmente, durante los siglos bajomedievales la posesión del señorío de Orduña fue basculando, en función de la coyuntura, entre el señor de Bizkaia y la monarquía, si bien la vinculación con el primero fue siempre notoria. A pesar de los intentos de los señores de Ayala en el siglo XV por añadir el de Orduña a sus amplios dominios, como sabemos, la ya por entonces ciudad terminó por integrarse en el Señorío de Bizkaia.

 

Es posible que la creación de la villa fuese lo que creara la diferenciación entre lo que sería su jurisdicción propiamente dicha y la Junta de Ruzabal, que fue tomando cuerpo en los siglos siguientes hasta su definitiva institucionalización a principios del siglo XVI.

Y es posible también que fuera entonces cuando el valle de Arrastaria[3] comenzó a tomar cuerpo, ya que en origen habría sido parte de ese “territorio” o “valle” de Orduña. En 1257 ya se mencionan las parroquias de “Odelica, Urruno, Tertanga, Aloria, Artomaña y Arbieto”. Orduña y el Señor de Ayala, Fernán Pérez de Ayala, pleitearon sobre la posesión del Valle de Arrastaria y fue éste quien tomó posesión del mismo en 1380, confirmando sus “fueros, usos e libertades” en la parroquia más rica del valle, la de Delika.

 

Solo unos años antes, en 1373, Fernán Pérez de Ayala otorgó un fuero propio, de origen consuetudinario, a la Tierra de Ayala. Para aquel entonces, la Tierra ya estaría configurada por las mismas 36 localidades que la van a componer hasta su desaparición por decreto de Espartero en 1841. Pero sobre su origen, más allá de los mitos que tratan de explicarlo y que no repetiremos aquí, no podemos decir gran cosa. No deja de llamar la atención su curiosa disposición geográfica horizontal, ocupando varios valles paralelos, con unos extremos bastante alejados geográficamente. ¿Es esto una herencia de la época en que los movimientos del norte peninsular tenían una orientación este – oeste?

En cualquier caso, Ayala ya se mencionaba en la Crónica de Alfonso III y sus primeras aldeas se documentan en el año 864. Fue una tierra de contacto entre poblaciones nativas y repobladores godos (“bascongados e latinados”, según Lope García de Salazar), sobre todo en la zona occidental y la Sopeña, áreas cuyos templos parroquiales caerán en la órbita de los templos monásticos de la zona del Ebro. Independientemente de todo ello, el hecho de que contase con Fuero propio ya en 1373 nos habla de un territorio bien definido y con la suficiente entidad y trayectoria histórica como para proceder a una organización interna de calado. Los ayaleses renunciaron a su fuero en 1487, eso sí, con la excepción de ciertas disposiciones entre las que se incluye la más característica de todas: la libertad absoluta de testar.

 

En 1272 el rey castellano Alfonso X el Sabio fundó la villa de Artziniega probablemente para rivalizar con las de Orduña y Balmaseda, que pertenecían entonces a los señores de Bizkaia. Dado que poco tiempo después los reyes castellanos pasaron a ser los señores de Bizkaia, perdió su primitiva función. La villa, claro está, no fue fundada sobre la nada: en torno al Santuario de La Encina había existido un poblado desde la época tardorromana, en un proceso análogo al ocurrido en Orduña. Lo que no sabemos es si Artziniega era un territorio diferenciado de Ayala antes de esta fundación o no; bien pudo ser parte de la Tierra de Ayala y, ya que los señores de Ayala en el siglo XIII aún no eran los poderosos hombres que fueron posteriormente, hubieron de aceptar esta intromisión del monarca en sus dominios. Pudo no ser así. En todo caso, en 1371 la villa fue entregada a Pedro López de Ayala, por lo que en adelante estuvo bajo poder de los Ayala.

 

Como hemos visto, Llodio es un territorio que aparece diferenciado del de Ayala de forma temprana; el hecho de que en aquel valle rija el fuero vizcaíno quizá sea un remanente de una antigua vinculación con Bizkaia, pero realmente no está constatado que alguna vez perteneciera a aquel. Su primer señor documentado es Lópe Sánchez, sobrino del señor de Bizkaia, y luego el valle perteneció, en los siglos XII y XIII, a la Casa de Mendoza. En 1314 era su señor Lope de Mendoza, que vendió el señorío de Llodio a Leonor de Guzmán, esposa de Fernán Pérez de Ayala. A diferencia de lo que ocurre en Ayala, en el valle de Llodio la aldea no habría cristalizado como sí lo hizo en aquel territorio como forma de organización del espacio y de la sociedad. Sería por eso que, a lo largo de la historia, se mantuvo como unidad, como si fuera una sola localidad.

 

En definitiva, excepto Orduña, el resto de territorios que conforman el Alto Nervión quedaron bajo el señorío de los poderosos Ayala, que tuvieron así privilegios en lo que respecta al nombramiento de cargos, percepción de rentas y diezmos, atribuciones judiciales, etc. Esta circunstancia resultó fundamental para su integración en la Hermandad de Álava, fundada en 1463 y origen de la actual provincia[4]. La Hermandad General de Álava estaba integrada por una serie de territorios que también se llamaban hermandades; en lo que respecta a nuestro territorio, eran las de Ayala, Arrastaria, Artziniega y Llodio. Es decir: estas entidades nunca perdieron su autonomía en materia local ni su personalidad claramente diferenciada por mucho que estuvieran sujetas a un mismo señor, el de Ayala, o que pasaran a integrarse en la Hermandad de Álava.

Durante los siglos bajomedievales, todas estas entidades se fueron dotando de sus propias instituciones internas, sus mecanismos administrativos y de funcionamiento, sus cargos públicos, costumbres, etc. Generalmente, todo ello no fue plasmado de manera oficial en documentos escritos hasta finales del XV y sobre todo principios del XVI, momento en que se fechan la mayoría de las ordenanzas de los valles, localidades y juntas variadas. El siglo XVI asistió a la generalización de la puesta por escrito de todo acto público y, por eso, la documentación conservada de la época es muy superior a la de siglos anteriores. Su consulta nos muestra una sociedad plenamente organizada: las bases sobre las cuales iba a funcionar hasta el siglo XIX ya estaban puestas. Por el camino, claro está, habían sucedido muchas cosas: el ascenso de las familias de los Parientes Mayores y las luchas de bandos, los enfrentamientos por el poder entre las familias más poderosas, los intentos de los Ayala de controlar los núcleos urbanos, y otros fenómenos sociales relativos a la consecución de privilegios y libertades por parte de los pequeño-hidalgos, el control de las iglesias, etc.

 

Es un periodo complejo de la historia en el que ocurrieron muchas transformaciones y no tenemos respuesta para todas ellas. Las fogueraciones del siglo XVI, y toda la documentación del siglo en general, nos muestran la existencia de una serie de localidades cuyos límites estaban bien definidos y con un notable número de vecinos residentes en caseríos, gran parte de los cuales se han conservado hasta la actualidad. De repente, nos topamos con un mundo muy poblado y bien asentado del que no sabíamos prácticamente nada. ¿Cómo han surgido y se han individualizado todas estas localidades? ¿Qué criterios las han definido, en base a qué se han establecido sus límites? ¿Cuál es el origen de una red de caseríos tan amplia? ¿En qué situación se encontraba esa gran mayoría social en los tiempos de la lucha de bandos, cuando son totalmente ignorados por las fuentes de la época?  Muchas preguntas todavía que responder respecto a este periodo fundamental de nuestra historia.

 

[1] Podría tratarse de un asentamiento en el término de Gabiña, que fue una casa solar situada en jurisdicción de Belandia y de la que se tiene noticia, al menos, desde finales del XV y principios del XVI.

[2] No hay más que observar los apellidos de los vecinos de la localidad en la fogueración de 1511 disponible en este mismo blog para tomar idea de la procedencia de los mismos.

[3] Arrastaria se cita como campo en 1485; parece ser que el valle tomó su nombre del lugar donde hacían sus reuniones generales los vecinos de las localidades que lo componían.

[4] En todo caso, conviene recordar que los Ayala ya habían formado parte anteriormente de la Cofradía de Arriaga

Un confesor euskaldun en Orduña (1810)

En el contexto de la ocupación francesa y el nombramiento de José, el hermano de Napoleón Bonaparte, como rey de España, a lo que siguió la llamada Guerra de la Independencia, el 8 de febrero 1810 fue nombrado gobernador de Bizkaia un tal Pierre Thouvenot. Bajo este gobierno quedaba no solo el Señorío de Bizkaia sino también las provincias de Araba y Gipuzkoa. Fue la primera vez en la historia que los tres territorios vascos estuvieron unidos bajo un mismo gobierno.

El control de los gobiernos provinciales por parte de los franceses motivó numerosos cambios ya que, por primera vez, se tomaron ciertas medidas liberalizadoras. Uno de los principales campos de acción fue la situación de la Iglesia: se investigó acerca de los diezmos, los patronatos, los beneficiados que había en cada parroquia, etc.

Por ello, en la primavera de 1810 la ciudad de Orduña remitió al Consejo de Provincia de Bizkaia varios informes sobre la situación del clero en dicho lugar. Uno de ellos consistía en una relación de 9 “ex religiosos” que residían en la ciudad y se realizó el 3 de mayo de 1810. La mitad de los mismos eran naturales de la misma ciudad y residentes en ella en aquel momento, si bien tenían plaza en conventos de otros lugares. El resto eran religiosos pertenecientes al convento de San Francisco de Orduña, de origen vizcaíno excepto un alavés de Bóveda.

Uno de ellos era Juan de Zorroza, natural de Morga de 28 años y Lector de Moral en el citado convento de San Francisco. De este sacerdote se dice que tenía licencia del Corregidor y Diputados Generales que fueron del Señorío para residir en esta ciudad y “confesar en Bascuenze por no haber otro que sepa dho Ydeoma”.

En primer lugar, deducimos que, cuando afirma que no hay otro que supiera euskera, se refiere a los sacerdotes que ejercían como tales en la ciudad y no a la totalidad de religiosos de la ciudad, ya que se antoja improbable que sus compañeros vizcaínos del convento, naturales de Garai y Durango, no supieran euskera.

¿Quiénes eran aquellos sacerdotes que desconocían la lengua vasca? Por aquel entonces, según se dice en otra relación, en Orduña había 14 beneficiados, 8 de entera ración y 6 de media. El Beneficiado era el sacerdote que percibía rentas de una iglesia concreta, aunque no servía en ella necesariamente, pues podía delegar en un vicario. Los 14 tenían asignada la «cura radical» de almas, es decir, las funciones habituales de un párroco o sacerdote, pero en 1810 solo lo ejercían tres: Manuel de Herrán Baquedano, Marcos de Mendibil Bardeci y Rufino de Gabiña Ayo, todos naturales de la misma ciudad de Orduña.

La mitad de los beneficiados no ejercían la cura de almas debido a su avanzada edad o ciertas indisposiciones pero ayudaban en lo posible en el quehacer diario de la vida espiritual de la ciudad. Eran Agustín de la Torre Elexaga, Bernardo Cristobal Jiménez Bretón, Juan Maria de Barcena Aldama, Andres Joseph de Oribe Landa, Jose Felix de Landa, Cayetano Leal de Ibarra y Norberto de Murga.

Finalmente, los cuatro beneficiados restantes estaban fuera de la ciudad, atendiendo en cargos más importantes, por lo que ejercían por ellos los capellanes Manuel de Furundarena Zubiaga, Galo José de Mendivil Amirola, Vicente de Echeguren y Manuel de Bringas.

Recapitulando el texto mencionado, el franciscano José de Zorroza tenía licencia para confesar en euskera a los feligreses orduñeses porque no había ningún sacerdote en su parroquia que lo supiera. Por lo tanto, debemos entender que ni los tres beneficiados que ejercían la cura de almas ni los capellanes sustitutos conocían la lengua vasca. Los beneficiados ancianos que ya no ejercían quizá están excluidos de esta afirmación por no realizar ya su función de confesores.

Este dato apunta en un doble sentido. Por un lado, que el euskera no era lengua común en la ciudad a mediados del siglo XVIII, momento en que los citados sacerdotes nacieron en ella. Algunos de ellos eran de familias procedentes de localidades próximas que continuarían siendo euskaldunes por aquel entonces pero no habrían transmitido la lengua a sus hijos ya nacidos en Orduña. Recordemos también que aquellos hermanos sacerdotes de Luiaondo que en 1817 protestaban porque habían llegado frailes que predicaban en euskera (lengua que, según ellos, era desconocida por muchos mientras que eran pocos los que no sabían castellano), Juan Pablo y Canuto de Olamendi Marcuartu, habían nacido en 1785 y 1787 en la ciudad de Orduña de padres naturales de Lendoñogoiti y Luiaondo y, al parecer, desconocían el euskera.

Por otra parte, el hecho de que se concediese licencia a un fraile francisco para que confesase en euskera en la ciudad nos muestra la necesidad de dicho servicio: en 1810 habría en Orduña gente que solo podía ser escuchada en confesión en euskera, ya que de lo contrario no se habría pedido licencia alguna. ¿Eran exclusivamente foráneos los que tenían esta necesidad o también algunas familias locales mantenían el euskera como lengua materna y única? Hemos visto cómo los sacerdotes, naturales de la misma ciudad y nacidos en familias de clase media-alta, no conocían el idioma. Es posible que familias locales de baja extracción social conservaran la transmisión del idioma en la misma ciudad y probablemente el euskera seguía vivo en alguna de las zonas rurales en jurisdicción de la ciudad, pero posiblemente la presencia de vizcaínos y guipuzcoanos en la ciudad, así como de individuos de las zonas alavesas más próximas donde aún se hablaba euskera, sea un factor explicativo de primer orden para ello.

FUENTE:

Archivo Foral de Bizkaia: Administración de Bizkaia: Gobierno y Asuntos Eclesiásticos, AJ00190/004