Pleito de Elejazar (I)

 

 

 

Tras ser anunciado por medio de carteles fijados en los “sitios acostumbrados”, el 25 de marzo de 1764 en la casa-concejo de Amurrio se sacó a público remate el aprovechamiento de 3.230 cargas de carbón en el monte de Elejazar que se obtendrían a partir de todo género de leña a tasación de Juan de Isasi, Pedro de Yarritu de Urietagoicoa, Francisco de Aldama Salbio y los regidores Santos de Olarieta y José de Aldama. Esta venta se realizó con el permiso expreso de los lugares de Larrinbe, Saratxo, Etxegoien y Olabezar, que integraban la Junta de Armuru para la administración de los montes comunes de los cinco concejos, y la mitad de los beneficios que cada una de estas localidades obtuviera en función de su vecindario -si bien Larrinbe solo aceptó aportar ¼ de los mismos por su mayor población- se destinaría a la reconstrucción de la ermita de San Silvestre -la actual de San Roque-, destruida tras un incendio.

Fue un remate a candela, de modo que estando la última vela encendida el aprovechamiento se adjudicó al Licenciado Bernardo de Olazar y Arecheta, abogado y vecino de Laudio/Llodio, administrador de la ferrería de Padura en Luiaondo, a razón de 32 reales y una blanca cada carga. Ese fue el precio a pagar, independientemente de que luego lograra sacar más o menos cargas de las tasadas. El remate estaba sujeto a diversas condiciones: sus operarios no debían excederse en podar roble ni carrasco que se hallase fuera de lo señalado, de lo contrario sería multado; se establecían distintas penas en el caso de que cortasen por pie robles y carrascos, fuese dentro o fuera de lo delimitado; las marcas de los robles que podían tirar se harían en la raíz y debían cortarlos de tal modo que la marca fuera visible; los árboles que se podasen debían ser dejados con “orca y pendón” y las mejores ramas; el carbón había de ser sacado en caballerías sin introducir carro; y se le concedió un plazo de dos años para la poda y la corta.

A pesar de ello, los leñadores y carboneros contratados por Olazar cortaron más leña de la que se les había señalado –un exceso que fue bastante frecuente, por cierto-, de manera que en 1766 pagó sin rechistar una multa de 1.170 reales de vellón a los regidores de Amurrio, José de Aldama y Pablo de Urrutia. Sin embargo, éstos se negaron a entregar cantidad alguna a los otros pueblos alegando que solo los vecinos de Amurrio podían aprovecharse de los montes de Elejazar para consumo y materiales para sus casas. Debido a esta repentina innovación, y teniendo en cuenta que los otro cuatro concejos sí habían sido partícipes, permiso mediante, del remate del monte, el 17 de febrero de 1767 el regidor de Olabezar, Manuel Tomás de Abasolo, con asistencia del Licenciado Juan Francisco Leal de Ibarra, protestó la situación ante el Gobernador y Alcalde Mayor de la Tierra de Ayala, el Licenciado José Valentin de Mendieta, y pidió que los regidores de Amurrio les entregaran lo que les debían y no les impidieran el aprovechamiento de los montes comunes tal y como se observaba en las ordenanzas que los cinco concejos realizaron el 28 de abril de 1570. Estas ordenanzas son bien conocidas, ya que José de Madinabeitia las publicó en el Apéndice de su obra El Libro de Amurrio.

El Gobernador ordenó que el concejo de Amurrio se reuniera para tratar del asunto. Así lo hicieron, y ya en 1767 los regidores Diego de Landa y Francisco de Orbe-Marquijana, asistidos por el Licenciado Francisco Xabier de Isasi, se presentaron en su tribunal para dar una respuesta. Y ésta fue que ni Olabezar ni otro concejo tenía derecho alguno en Elejazar, puesto que era un monte privativo de Amurrio. Por eso, cuando los vecinos de Olabezar y otras localidades habían cortado leña en dicho lugar habían sido multados y si alguna vez habían necesitado materiales de construcción lo habían solicitado a Amurrio y se lo habían concedido. Pero nada más. Por si fuera poco, negaron la existencia de las ordenanzas de 1570 y negaban la posibilidad de que Amurrio hubiera cedido parte de sus montes porque lo prohibían las leyes reales.

El 11 de marzo Larrinbe, por medio de su regidor Vicente de Beraza, se adhirió a la causa de Olabezar y ambos unidos insistieron en que Elejazar siempre había sido común de los cinco concejos no solo en aprovechamiento sino también en propiedad, como estaba señalado en la ordenanza de 1570, de la cual las cinco localidades tenían copia e hicieron presentación. Afirmaban que, en caso de haber sido multado algún vecino, lo habría sido por haber hecho mala corta o infringir las normas. Además, ya que la obra de la ermita y casa de San Silvestre no se había ejecutado, pedían que se les devolviera lo que ya habían pagado para ello.

La situación se estaba enquistando y ya se adivinaba un pleito en lotananza. El 27 de abril los regidores de Amurrio se reafirmaron en su posición: cada concejo era independiente y, por lo tanto, tenía sus propios órganos de gobierno y su propio término. Lo cual, evidentemente, era cierto. Pero no dudaron en esgrimir un argumento que consideramos de primordial interés: la falsedad de las ordenanzas. Sí, según los regidores del Amurrio de aquella época esas ordenanzas ya conocidas y publicadas son falsas. Para defender esta posición, recurrieron a argumentos de forma y fondo. En primer lugar, dijeron que Olabezar no había presentado el documento original o matriz sino un traslado al que le faltaban los capítulos octavo y noveno, parte del séptimo y el décimo. Segundo, las supuestas ordenanzas habían sido otorgadas ante Diego de Urrutia, quien se titulaba alcalde ordinario y por ello no pudo actuar también como escribano. Tercero, argumentaban que del texto de dichas ordenanzas se desprendía que habían recorrido y examinado todos los montes, y luego redactado el capitulado, en un solo día, lo cual era imposible “aun quando el sujeto que en ello entendiese fuese el mas abil, despierto y laborioso”. Cuarto, consideraban que el instrumento no había sido otorgado con la concurrencia de la mayoría de la población, ya que por entonces los cinco pueblos sumarían unos 260 vecinos y solo se nombraron 41 en la escritura. Quinto, las ordenanzas no estaban aprobadas por monarca alguno y no se habían observado nunca. Por ello, afirmaban que siempre había sido Amurrio quien había corrido con todos los gastos del mantenimiento, extinción de fuegos y todo lo concerniente al monte de Elejazar y sus dehesas. En definitiva, concluían, las ordenanzas no fueron más que un artificio de Diego de Urrutia “acaso por sus fines particulares” y con la gente que sin duda sería de su devoción. Éste será uno de los puntos clave de esta historia.

¿Cuál es la versión de la parte contraria? Abasolo y Beraza replicaron que los montes de Elejazar eran de las cinco localidades pero, aún en el caso de que fuera privativo de Amurrio, ello no impedía que las otras cuatro localidades tuvieran derechos de aprovechamiento, ya que no era contrario a derecho sino muy común en la Tierra de Ayala y fuera de ella; y esta situación se venía dando “desde tiempo inmemorial” y desde la misma fundación de los pueblos, por ello no había constancia en ninguna parte de que Amurrio hubiera concedido derecho alguno a los otros pueblos. Achacaban la falta de capítulos a algún descuido del escribano que hizo el traslado, de modo que presentaron el ejemplar de Larrinbe para su compulsa por el escribano que estaba llevando la causa, José Ventura de Villodas. Alegaban, no muy convincentemente, que bien pudo haber dos Diego de Urrutia en vez de uno pero que, en cualquier caso, asistió en calidad de vecino de Amurrio sin intervenir como alcalde porque el acto fue presidido por Presebal de Otazu, teniente de gobernador, y además los alcaldes ordinarios no estaban eximidos de otorgar escrituras no concurriendo a ellas solo en calidad de vecinos.

Por otra parte, comentaban que las ordenanzas no fueron aprobadas en realidad hasta el 17 de enero de 1571 por lo que tuvieron tiempo suficiente para el examen de los montes y posterior redacción del articulado. Y si el escribano no nombró a todos los vecinos, sí se refirió a ellos como “otros muchos vecinos”. En cuanto a los intereses de Urrutia, dijeron fue un escribano fiel y legal, vecino de Amurrio, por lo que no se le puede presuponer más inclinación a los otros cuatro pueblos que al suyo propio. Argumentaban también que los cinco lugares siempre habían contribuido a los pleitos para su defensa y si se había hecho algún apeo sin ellos había sido clandestinamente. Y todo ello queda refrendado en que representantes de los cinco concejos autorizaron la venta a Olazar. Añaden además que era mentira que Amurrio hubiera mejorado el estado del monte con plantíos sino que había realizado muchos excesos por la mayor cercanía al mismo sin que los celadores o guardas de los otros cuatro pueblos hubieran podido hacer nada por impedirlo.

 

Sigue el toma y daca. Los regidores de Amurrio apreciaron que el capítulo compulsado como el noveno en la ordenanza presentada por Larrinbe era el que se había compulsado como el séptimo en la presentada por Olabezar, por lo que tildaron esos documentos de falsos. Y comentaron también que Urrutia se encabezaba como alcalde ordinario de la Tierra y no como vecino de Amurrio pues en aquel tiempo lo era en Etxegoien, y por lo tanto no pudo actuar legítimamente como escribano. Otro defecto consistía en que se asentaba la firma de Iñigo Ochoa de Beraza pero no luego no aparecía la misma. Por lo tanto, insistieron en que todo fue puro artificio de Diego de Urrutia en unión del Alcalde Mayor Presebal de Mugica, vecino de Larrinbe –aunque sabemos muy bien que en realidad lo fue de Luiaondo-, y que así facilitaba grandes conveniencias para su pueblo en esta ficticia comunidad de montes. Consideraban que de Amurrio solo figuraban trece vecinos en esa escritura, siendo uno de ellos Juan de Urrutia, hijo de Diego, y si hubiera habido mayor concurrencia habría nombrado más hasta hacerlo con la mayoría. Como aparentemente solía ser habitual.

 

Y como también era habitual en estos casos, tras exponer ambas partes su postura, se convocó presentación de testigos por ambas partes para obtener declaraciones. Los testigos presentados por Abasolo y Beraza comenzaron a desfilar ante el Gobernador el 16 de noviembre de 1767 en la ermita de San Mamés de Larrinbe.

El primero de todos fue de Lorenzo de Cerrajeria, vecino de Murga de 85 años, y por ser el primero marcó la pauta de posteriores declaraciones (como ya explicamos en esta entrada). Según Lorenzo, el monte de Elejazar era propio y común de los cinco concejos, cada uno de los cuales tenía sus propias dehesas privativas en el. En su larga vida había visto a varios vecinos de Olabezar traer de ese monte libremente y sin contradicción alguna los materiales que habían necesitado para la fábrica de edificios, leña y otras cosas; siempre que se había querido vender leña del dicho monte habían concurrido los regidores y parte de vecinos de los pueblos a otorgar los instrumentos concernientes y a percibir lo correspondiente a la vecindad de cada uno, como en la subasta que se remató en Olazar. Tenía oido que cada vez que había habido algún pleito o amojonamiento en dicho monte cada concejo había contribuido en función de su número de vecinos. Por último, señala la existencia en Ayala de otras mancomunidades de montes de igual naturaleza.

Pero no hay nada mejor para una buena defensa que hechos concretos y palpables. El vecino de Murga José de la Torre, de unos 60 años, había estado presente en varias ventas de leña y sabía que concurrían los representantes de los cinco concejos; fue, por nombramiento de Manuel de Lezama, uno de los peritos que asistió al examen de los excesos cometidos por los operarios de Olazar.

 

El día 17 continuó la presentación de testigos y el primero fue Francisco de Aguirre Torre, vecino de Izoria de 56 años. Había visto traer leña de Elejazar a los vecinos de Olabezar Domingo de Ugalde, Pedro de Urrutia y los difuntos Francisco de Respaldiza y Valentin de Gabiña, los tres primeros para sus hogares y el cuarto para la fábrica de una casa nueva tras haberse quemado y arruinado la antigua, lo que había ocurrido muy recientemente según consta en el Libro de Actas de la Tierra de Ayala, concretamente en 1761-62. Francisco afirmó que muchos vecinos de Olabezar preferían comprar la leña o ir a buscarla a sus montes privativos que ir a Elejazar por la larga distancia. Luego declaró Lorenzo de Ugarte, vecino de Murga de 67 años pero natural de Olabezar, por lo que Francisco de Orbe-Marquijana protestó su posible parcialidad. En su juventud, siendo criado de Francisco de Aguirre, de Olabezar, fue en varias ocasiones a Elejazar a por leña y madera para una casa nueva que aquel hizo y, de hecho, recibió la ayuda de algunos vecinos de Amurrio, como un tal Pedro de Yarritu ya difunto. También Domingo Antonio de Aguirre, vecino de Murga de 50 años, había ido a Elejazar a bajar materiales por orden de Pedro de Respaldiza.

El día 18 declaró Manuel de Zumelzu mayor, vecino de Murga de 58 años. Había sido vecino de Amurrio y había visto a vecinos de Olabezar y Larrinbe llevar materiales para sus edificios así como acudir a los representantes de los cuatro concejos a los remates de venta, como 14 o 15 años atrás que vendieron una porción de leña para reducir a carbón a Joaquin de Ulizar, vecino de Miraballes.

El día 19 testificó Domingo de Beraza, maestro carpintero y vecino de Murga de 62 años, quien unos 34 años atrás fue contratado por Diego de Landa para cortar ciertas maderas en el monte de Elejazar para la barquinera de la ferrería de Zabalibar. Sin embargo, Felipe de Lezama Eguiluz se opuso a su transporte por no haber pedido licencia a los regidores y vecinos, a lo que Landa replicó no haber necesidad por ser dicho monte comunero de los cinco lugares. Este Diego de Landa es el padre del otro del mismo nombre, precisamente el regidor que había negado ante el Gobernador que el monte de Elejazar fuese común. En cualquier caso, Beraza fue apresado y encarcelado, pero el Gobernador ordenó que le soltaran, por lo que fue con las yugadas de bueyes a conducir las maderas para la ferrería. Aportó también la información de que a Domingo de Ugarte, de Amurrio, le multaron por cortar sin licencia una madera para un pesebre, le prendaron el carro y lo vendieron en la iglesia parroquial.

Finalizó la presentación de testigos el 20 de noviembre. Francisco de Lecanda, residente en Inoso de 90 años, era natural de Amurrio, donde había vivido unos 50 años y lugar de residencia de dos de sus hijos. Comentó que unos 60 años atrás llevó materiales de Elejazar para reconstruir la casa-mesón contigua al puente de Saratxo tras un incendio y lo mismo ejecutó para la casa que Antonio de Zulueta construyó junto a la ermita de San Mamés. Había visto vender leña en tres ocasiones y para ello se había convocado a los regidores y vecinos de los cinco lugares. Por último, Juan de Berganza, maestro carpintero de Lezama de 75 años, había estado varias veces en Elejazar cortando materiales y en especial para la casa y cabaña del mencionado Zulueta. Siendo regidor de su localidad, asistió al apeo y reconocimiento de mojones de dicho monte.

 

Unos pocos días después, el vecino de Olabezar Isidro de Ugalde “siguiendo la costumbre antigua” pasó con su carro y bueyes al dehesado de Lekuzabal para coger leña y cuando regresaba le salieron al paso Pedro de Yarritu, Francisco de Aldama Salbio y Antonio de Arana, quienes le prendaron bueyes y carro, que los llevaron a Domingo García de Urietagoicoa. Todos ellos eran vecinos cercanos. El regidor ordenó que se le devolviera todo pero solo lo hicieron con los bueyes, quedando carro y leña retenidos. De este modo, el 27 de noviembre Abasolo se presentó ante el Gobernador para pedir la restitución de dichos efectos a Ugalde, ya que siempre habían tenido derecho de aprovechamiento en la dehesa de Lekuzabal, y solicitó que mientras durase el pleito se mantuviesen las antiguas costumbres y no se les importunase. El Gobernador ordenó ese mismo día que los regidores hicieran devolver el carro y la leña a Ugalde en el plazo de un día y que no se les importunase en el aprovechamiento de la dehesa.

 

Pero el 12 de diciembre Diego de Landa y Francisco de Orbe-Marquijana contestaron que todo cuanto proponía Abasolo era falso, ya que el monte en que Ugalde cortó la leña era privativo de Amurrio. Además, debía haber reclamado ante ellos y no ante el Gobernador. Abasolo contestó que todo era incierto y pidió que declarasen los tres que hicieron la prendaria. Y así se hizo.

Los tres hombres fueron interrogados el 18 de enero de 1768 en el barrio Marquijana de Abajo de Murga. Pedro de Yarritu, de 34 años, explicó que la prenda fue hecha porque Ugalde había cortado leña no en Lekuzabal sino parte arriba de la peña de Arkotxa, donde algunos vecinos de Amurrio tenían plantíos de castaños y roturas. No negó que los vecinos de Olabezar tuvieran aprovechamiento en Lekuzabal pero también los de Amurrio habían sacado leña para sus casas y habían hecho roturas, como fue el caso de los difuntos vecinos de Urieta Domingo de Olartegochia y Domingo de Orbe. Antonio de Arana, de unos 50 años, declaró prácticamente lo mismo.

Francisco de Aldama Salbio, de unos 45 años, añadió que había visto en varias ocasiones a vecinos de Olabezar cortar leñas libremente en Arkotxa, que era término de Amurrio, y los de esta localidad también habían tenido derechos en Lekuzabal hasta que el mismo y Francisco de Olartegochia fueron castigados por hacerlo tras una denuncia puesta por los de Olabezar. De hecho, el 23 de febrero de 1757 se reunió el concejo de Olabezar en el pórtico de la parroquia de San Pedro y Aldama, gracias a la intervención de personas celosas de la paz, reconoció como privativa de Olabezar la dehesa de Lekuzabal y su término de Abuduaga para pastar sus ganados, hacer plantíos y aprovecharse de su leña, de modo que se comprometió a entregar diez  brazas de tabla y pagar el valor de media arroba de aceite por un roble que cortó y redujo a tabla en Lekuzabal.

 

Y así es como se puso en marcha el conocido como Pleito de Elejazar que enfrentó a Amurrio con los miembros restantes de la Junta de Armuru en el transcurso del cual incluso la existencia real de ésta llegó a ser puesta en duda. Un excelente documento en el que aparecen muchos personajes de la época, muchos términos, muchos datos, que forman un vívido retrato del Amurrio de aquel entonces. Seguiremos en próximos capítulos.

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