La reyerta de los gitanos

 

Antaño las ferias constituían el punto de encuentro de gentes procedentes de muy diversos lugares, algunos muy próximos, otros lejanos, y si bien podía haber ocasión para el reencuentro con viejos amigos, para el intercambio de noticias y opiniones, también había lugar para el desenfreno y las pendencias. Incluso hubo un tiempo en que eran los propios alcaldes los que metían cizaña entre los asistentes para tener ocasión de mediar y dictar justicia y así regresar a casa con la bolsa un poco más llena de monedas.

Entre nosotros, la feria más famosa fue la de Quejana. Y en ella hubo una monumental trifulca entre dos bandas de gitanos el 23 de julio de 1931 a resultas de la cual murieron 3 personas, 2 de ellas simplemente molidas a palos. En un principio, la prensa afirmó que estaban borrachos y apostaron entre dos burros a ver cuál corría más, de modo que los perdedores se negaron a pagar la apuesta y se armó el follón.

Sin embargo, la Guardia Civil dijo posteriormente que los dos grupos ya estaban enemistados con anterioridad debido a un enfrentamiento que tuvo lugar en Medina de Pomar tres años antes y en la que había muerto una mujer.

La tangana de Quejana tuvo lugar a las 18.00 horas del mencionado día de la manera más salvaje atacándoses con simples piedras, palos o tijeras, aunque también había una pistola de la que se contaron 5 disparos. En uno de los bandos murieron León Pérez Jiménez, de 61 años y natural de San Millán de la Cogolla, y Emilio Jiménez Pérez, de 43 años y natural de Alcalá. Tuvieron también 5 heridos, incluidas dos mujeres.

En el otro bando falleció Antonio Jiménez Pérez, cántabro de 28 años, y tuvieron un herido grave por disparo en el pene y el escroto. Fueron éstos los que se hicieron con el control de la situación antes de huir y encontrarse con una pareja de la Guardia Civil del puesto de Artziniega, que consiguió detener a 6 personas, incluidos dos niños. Todos los detenidos se apellidaban Jiménez.

Internados en la cárcel de Vitoria, el 3 de febrero de 1932 celebraron una doble boda en la prisión que fue agasajada con un “excelente desayuno” y una comida. El párroco de San Vicente casó a Cesáreo Jiménez Pérez y Pascuala Jiménez Bagarri, de 22 y 17 años; y a Paulino Jiménez Bagarri y Natalia Jiménez Pérez, de 18 y 20 años.

 

 

 

(El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 10043, 25-7-1931)

(La Libertad, Año XIV, nº 3706, 4-2-1932)

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