Bronca en el bar

Durante toda la Edad Moderna y prácticamente hasta la segunda mitad del siglo XIX, la existencia de “tabernas públicas” estaba regulada y sujeta a ciertas normas. Cada localidad establecía el número de tabernas que habría –por ejemplo, en Amurrio y Lezama eran dos- las cuales se sacaban a pública subasta y el rematante ponía el local en su propia casa. En todo caso, también hubo locales específicamente destinados a la venta de vino de Rioja o de txakolí local, de aguardiente y licores, etc., que eran regulados por el concejo, que a veces eran los propietarios de los mismos. Además, existían posadas y mesones donde también era posible echar unos tragos.

La preocupación de las autoridades por lo que ocurría en las tabernas viene de lejos. Pero el principal motivo de desvelos no era el consumo de alcohol sino el juego: ya las Ordenanzas de la Tierra de Ayala, aprobadas en el año 1510, afirmaban que los juegos en las tabernas públicas causaban un gran daño en la Tierra, por lo que se prohibía jugar a los dados en las tabernas y otras partes bajo pena de 600 maravedís la primera vez, 1.200 la segunda y destierro de tres meses la tercera, tanto para los jugadores como para los taberneros y aquellos que permitieran los juegos. Si los acusados no tenían bienes, serían desterrados 6 meses la primera vez y un año la segunda. Para hacerse una idea de la seriedad de las penas, los dos alcaldes de hermandad de la Tierra cobraban 500 maravedís por el año de su ejercicio.

En realidad, el problema no era que se jugara a los dados o los naipes sino las apuestas que se hacían en estos juegos. Un ejemplo concreto: en 1615 el alguacil de la Tierra, Juan de Otazu, acusó a una serie de vecinos de Lezama y Berganza de jugar noche y día a los naipes en las tabernas, así como en los días de fiesta antes de misa, lo cual estaba prohibido por las ordenanzas locales. Otazu afirmaba que para pagar lo que se jugaban vendían bueyes, novillos y lechones, como algunos vecinos que habían llegado a jugarse 30 ducados –alrededor de 11.000 maravedís, nada menos- en la casa del escribano y alcalde ordinario Juan Ortiz de Padura, que tenía taberna –a pesar de que estaba prohibido que un escribano llevase una taberna pública-. La justicia condenó a estos vecinos en primera instancia en diversas cantidades que iban desde los 600 hasta los 100 maravedís. Los reos, entre los que se contaban tanto labradores propietarios relativamente pudientes como simples criados y mozos solteros, argumentaban que estaban siendo injuriados, ya que nunca les habían atrapado jugando. De este modo, la Chancillería finalmente les dio la razón[1].

 

No parece que sirvieran de mucho las continuas advertencias que las autoridades realizaban acerca del horario de cierre de las tabernas. Si en las primitivas ordenanzas solo había un capítulo relativo a las tabernas, en las nuevas ordenanzas de 1750 aparecen varios con el objeto de atajar ciertos problemas que debían ser muy frecuentes. De este modo, se establece que las tabernas debían permanecer cerradas mientras durase cualquier oficio divino; no podían dar naipes y vino en los días de labor por los grandes perjuicios que se seguían; y no debían dejar jugar a los naipes ni a otro juego, así como servir vino, después del toque de Ave María, que marcaba el ocaso y el momento de recogerse a casa. Al parecer, no era infrecuente que se jugara en las tabernas a deshoras de la noche e incluso hasta el día siguiente. También había quien se mostraba reacio a abandonar el local, gente a quien los taberneros no podían echar “sin exponerse a pendencia”, para lo que se estableció un modus operandi consistente en dar aviso a los regidores o sus tenientes o, de no poder hacerlo ellos, a los alcaldes ordinarios. Por último, no se admitían personas sospechosas, contrabandistas o que portasen armas prohibidas en los mesones y posadas. Estas ordenanzas relativas a las tabernas debían ser expuestas anualmente en lugar visible. En relación con todo esto, también se prohibió que los alcaldes ordinarios hicieran audiencia cerca de lugares donde se vendiera pan y vino, ya que al parecer la gente aprovechaba esta circunstancia para dejar sus labranzas y oficios para ir a la taberna con el pretexto de acudir a las audiencias.

Esta problemática en torno a la taberna no ha cesado nunca y no son precisamente escasas las noticias relativas a peleas y reyertas en bares en el primer tercio del siglo XX, en el contexto de proliferación de conflictos violentos a la que aludimos en otra entrada anterior. De hecho, algunos de los asesinatos reseñados en aquella también tenían relación con la taberna.

Veamos algunos ejemplos.

 

En primer lugar, la mayoría de reyertas y conflictos que documentamos no ocurrieron en el mismo local sino que se gestaron en el y se consumaron en el exterior, en las inmediaciones del mismo o incluso bien lejos del mismo. Por ejemplo, el 1 de agosto de 1902, sobre las 21.30, Esteban Álvarez Marqués, soltero de 29 años y celador de consumos en Luiaondo, y a Ángel Gochi Loizaga, recaudador de arbitrios de 24 años y vecino de Izoria, dieron una paliza a Marcos Gabiña Yarritu en la “Mesa de Sarauve” cuando se dirigía a su casa de Olabezar. Al parecer, la animadversión y los conflictos que existían entre Gochi y Gabiña, ambos relacionados con la recaudación de arbitrios, habrían sido la causa de la agresión, aunque ambos afirmaron en el juicio que sus viejas rencillas ya estaban olvidadas. Los acusados alegaron la atenuante de embriaguez, ya que ambos fueron vistos el día de autos en el café de Felipe Jauregui Esnarriaga en Amurrio, y fueron condenados a 4 años y 2 meses de prisión e indemnización de 200 pesetas al lesionado.

En el exterior del establecimiento de Lorenzo Aldama Arberas en Amurrio –el Torrejón- dirimieron sus diferencias su hermano Alejandro, de 25 años, e Isidro Aspiunza, de 52, el 23 de febrero de 1904, que habría resultado en dos pedradas que el primero propinó al segundo, aunque alguno de los testigos lo desmintió. El motivo del conflicto fue las proclamas de Aspiunza contra el clero y los Aldamas, por lo que le reconvino y entonces Isidro se abalanzó sobre el. Un testigo dijo que la conversación giraba en torno a las dotes de frailes y monjas y que Aldama se incomodó cuando Aspiunza nombró a Aldama con el apodo del “Paulero”. Isidro era hombre de mal carácter, presto a sacar la navaja y tenía prohibida la entrada a varios locales del pueblo.

Por cierto, en la festividad de San Roque del mismo año unos sujetos desconocidos agredieron brutalmente a Hermógenes Bartolomé, un soriano de 57 años que dormía en la puerta de la casa que habitaba Eduardo Aguirre. Además de causarle varias heridas, le robaron 37 reales que llevaba guardados en una faja: todo el caudal que llevaba encima. Ese mismo día, en la feria de ganado de San Roque, la Guardia Civil registró a unos jóvenes que habían tenido una reyerta, incautándoles varias armas prohibidas.

 

A veces, los conflictos suscitados en el interior de la taberna derivaban en algo más serio, con víctimas mortales. Recogemos dos ejemplos de ello.

El primero ocurrió en Amurrio el 6 de febrero de 1910, domingo de Carnaval, en plena celebración de los kintos que, claro está, entonces era muy diferente a la actual. Los mozos sorteados para el servicio militar simplemente se reunieron para comer lo que el vecindario les había dado la noche de Santa Águeda. El lugar elegido fue la taberna llamada “del Patrón”, que a la sazón era de Ignacio Landazuri Arberas. Su hijo Segundo Ramón, de 21 años, estuvo allí mismo “cantando y bailando” con algunos kintos como el y otros jóvenes de la localidad.

Seguramente con los ánimos en plena ebullición tras una generosa ingesta de líquidos, Segundo Ramón cogió en brazos a Jacinto Muguruza, que también se encontraba allí a pesar de haber sido excluido del sorteo por ser corto de talla. Segundo perdió el equilibrio yendo a tropezar con Ruperto Castresana, de lo cual se promovió una disputa que no pasó a mayores.

Pero ya fuera del local de su padre, Castresana y sus acompañantes Pedro López Tellería y Juan Elorza Ugarte –Castresana y Elorza tenían 19 años y no eran parte del reemplazo- golpearon a Segundo con unas estacas, causándole una serie de heridas que, según el fiscal, no le impidieron ir a su casa, tomar un cuchillo y atacar a los tres, hiriendo mortalmente a Elorza en la región torácica.

El juicio tuvo lugar a principios de noviembre del mismo año y por allí desfilaron como testigos algunos kintos y otros jóvenes del pueblo. El fiscal pidió 14 años de cárcel por homicidio para Segundo Ramón Landazuri pero su abogado defensor, Enrique Ocio, consiguió la absolución.

 

El segundo caso saldado con un asesinato ocurrió el 12 de noviembre de 1929 en la taberna de Eugenio Arratia en Llanteno –seguramente se encontraba en realidad en Costera, en el barrio Ibaizabal-. Eugenio tenía dos criados llamados Pedro Aldama y Aniceto Alejandre, que habían declarado en el juicio seguido a Saturnino Vivanco, vecino de Menagarai, por poseer una escopeta sin licencia.

El día de autos Saturnino acudió a la taberna, que estaba bastante concurrida, y molestó de palabra a los criados, enganchándose con Aniceto, a lo que intervinieron los demás concurrentes. Por orden de Eugenio, Aldama echó a la calle a Vivanco en compañía de su tío Víctor Echave. Entre los tres debió haber “palabras y forcejeos” porque entraron a la taberna tío y sobrino y detrás entró Vivanco con un rasguño en la cara, diciendo que les iba a denunciar a la Guardia Civil. Echave le dijo que se dejase de tonterías porque el era el culpable de lo sucedido y todos los presentes testificarían en ese sentido. Vivanco pareció calmarse y siguieron todos tomando unas copas hasta las 9 de la noche, momento en que emprendieron el camino a sus casas. Vivanco fue el último en salir y en la taberna solo quedaron el propietario y los dos criados.

Mientras, en el exterior, Echave salió en compañía de Valentín Astobiza. Cuando habían andado unos 200 metros, Vivanco se acercó a Echave y, poniéndole una mano en el hombro, le dijo: “¿Tú qué tienes conmigo?”. El interpelado trató de zafarse y responder con un bofetón, per Vivanco apuñaló a Echave en el corazón de manera rápida, causándole una muerte instantánea. Astobiza apenas se dio cuenta de lo ocurrido y para cuando oyó caer a Echave y fue en su auxilio ya estaba muerto, mientras el agresor caminaba con toda tranquilidad hacia su domicilio. A la 1 de la mañana fue detenido en su domicilio sin oponer resistencia.

 

Algunos de los nombrados en el caso del asesinato de Amurrio estuvieron implicados en otros conflictos posteriormente. Así, el 19 de noviembre de 1923 Pedro López Telleria hirió con una navaja a Maximino Yarritu Cuadra produciéndole una herida de pronóstico reservado en la región intercostal izquierda.

Pero, sobre todo, son frecuentes las noticias sobre reyertas en el establecimiento de Ruperto Castresana, el bar El Bolinche. En marzo de 1923 a Pablo Urieta se le cayó una pistola al suelo mientras bromeaba con un amigo, de modo que se disparó e hirió a Santiago Mendieta en el parietal derecho. A finales de noviembre de 1926 Emilio Preciado e Ignacio Carmendi se desafiaron en la taberna y salieron a la calle. Emilio, con una navaja barbera “de las llamadas de Albacete”, causó a Ignacio tres pequeñas heridas de pronóstico leve. El agresor, que era celador de la Compañía Nacional de Teléfonos, fue detenido y puesto a disposición judicial.

El propio Castresana se había visto envuelto en algún que otro conflicto, incluso antes del que tuvo lugar en la taberna del Patrón. El 29 de junio de 1907, con tan solo 16 años, estaba en la taberna de Francisco Ochoa en Olabezar celebrando la fiesta de La Cadena -se celebraba San Pedro- cuando comenzó a cantar unas coplas con Marcos Montejo y Rafael Pinedo Echeguren. Estas coplas molestaron a Emilio García y Alejandro Aldama y como resultado disputaron, saliendo estos dos heridos de escasa consideración. Sin embargo, la cosa no acabó ahí y Marcos y Rafael salieron a la calle desafiados con Alejandro, que fue herido de una pedrada.

Alejandro, como hemos visto, era hermano de Lorenzo Aldama, cuyos hijos hirieron de un garrotazo en la plaza de lpueblo a Joaquín Garayo, de Luiaondo, en las fiestas patronales de 1928. Ya el año anterior, Antonio Aldama había sido detenido por haber causado daños en una riña con Guillermo Isasi. Y poco antes de la navidad de 1929, discutió en el bar de Castresana con Bruno Otaola Ibarrola, de modo que el segundo golpeó al primero con un paraguas causándole varias heridas. Por cierto, Bruno fue asesinado durante la Guerra Civil y también había sido detenido anteriormente, en junio de 1925 por haber maltratado a su vecina Marcela Ugarte Respaldiza.

A finales de agosto de 1935, Antonio Aldama fue detenido de nuevo tras haber agredido al zapatero Perfecto Olarte junto a la casa y bar de Castresana cuando Olarte le reclamó una deuda por unos zapatos que le hizo. La agresión se produjo con una navaja de la que luego se deshizo. Perfecto tenía una herida inciso punzante en el costado izquierda, de carácter grave, por lo que fue trasladado a hospital de Basurto.

 

A veces, los conflictos se dirimían en caliente en el interior del local, como ocurrió el 1 de octubre de 1911 en Arespalditza/Respaldiza. Entre las 20 y las 20.30, Luis Lejarza Camino entró en compañía de dos hombres a tomar un cuartillo de vino en el establecimiento de Francisco Esnarriaga. Para acompañar, pidieron tres cigarros puros a Fidela Esnarriaga, que atendía el negocio, los cuales no quisieron aceptar por considerarlos de mala calidad. Como consecuencia, hubo algunas palabras entre Fidela y Luis y, al oírlas su padre Francisco, que estaba en una habitación frente a la puerta del establecimiento, intervino y discutió con Lejarza. Le mandó salir de la casa pero se negó porque aún le quedaba vino por beber y porque seguía habiendo clientes en el local.

Entonces, Francisco tomó una navaja y Luis trató de arrebatársela, de modo que resultó herido en la palma de la mano de derecha con un corte de 13 centrímetros de longitud y 1,5 de profundidad. Aunque Luis afirmaba que durante 16 días estuvo impedido para dedicarse a sus ocupaciones habituales, quedándole como defecto permanente la inutilidad de la mano derecha, el médico dijo que su herida no había cicatrizado mejor porque estuvo bailando el 8 y el 15 de octubre en contra de sus consejos.

Los testigos declararon que Luis había insultado a Fidela y que trató de sacar a la calle a Francisco para pegarle, quien echó mano de una navaja que siempre tenía abierta encima de la mesa para diversos menesteres profesionales y para picar tabaco.

Pocos meses después, el 3 de septiembre, Luis Lejarza se presentó en el puesto de la Guardia Civil de Amurrio manifestando que por resentimientos antiguos con Luis Álava, Juan y Toribio Urruela había tenido el día 1 una reyerta en la taberna del pueblo, y que al retirarse a su casa le salieron los tres por el camino y le tiraron al suelo dándole puñetazos hasta que se cansaron.

 

No fue la única que vez que unos pitillos provocaron un altercado. A mediados de octubre de 1911, dos amigos llamados Basilio Aldama y Modesto Llano merendaron “en una venta próxima a La Muera” –seguramente la de Menditxueta- tras lo cual el primero pidió un cigarro al segundo, que rehusó darle uno, por lo que se separaron. Pero Basilio esperó en un camino solitario a Bengoa y a su paso le propinó 12 cuchilladas en la cabeza y 2 en la cara con un cuchillo de mesa. Al parecer, el vecindario casi lincha a Aldama y los guardias forales tuvieron que hacer grandes esfuerzos para impedirlo, llevándoselo detenido. La víctima fue trasladada en situación grave al hospital de Urdula/Orduña.

 

Por supuesto, en las tabernas se seguía jugando a las cartas y eso siempre ha llevado, tarde o temprano, a disputas entre los contrincantes, no siempre con pacífico final. El 1 de marzo de 1905 dos hermanos de Artomaña fueron puestos a disposición del juzgado de Amurrio como presuntos autores de la herida causada a un obrero de la vía el domingo anterior. La disputa se produjo en la taberna de Donato Pinedo jugando al mus y giró en torno a si el obrero, Donato Mendia, debía contar un “amarreco” o no. La revancha se dejó para más adelante. Los hermanos Francisco y Eugenio Orue fueron después a su caseta junto a la vía férrea, donde le esperaron y le propinaron un garrotazo en la cabeza, causándole heridas que tardaron 14 días en sanar. El juicio se celebró en agosto y los hermanos admitieron los hechos imputados. En esta localidad, en enero de 1922, José Mendieta y Felipe Zubiaga, de 46 y 38 años respectivamente, se pegaron en el exterior de la taberna de Faustino Tellaeche, donde habían tenido ciertas palabras. Zubiaga fue herido en el labio superior por un mordisco de Mendieta.

 

Según avanzaba el siglo XX, las cuestiones políticas comenzaron a ser una frecuente fuente de conflictos en una sociedad crecientemente politizada. Por mencionar dos ejemplos, en junio de 1919 jóvenes de Amurrio y de Urduña/Orduña se enfrentaron en una taberna del barrio San Miguel, en la ciudad vizcaína, porque los primeros gritaban ¡Viva España! y los segundos ¡Gora Euzkadi!. Resultaron heridos los amurrioarras Félix Sologuren, de 20 años, con una herida de carácter reservado en la cabeza, y Faustino Aldama, de 21, herido en la pierna. Éste llegó a realizar dos disparos con arma de fuego para defenderse, de modo que fueron perseguidos por los de Urduña/Orduña cuando trataban de huir. Fueron detenidos por ello Luis Salazar y Gerardo Lambarri, de 34 y 16 años respectivamente. Hay que decir que Solorzano fue detenido por la Guardia Civil a finales de abril de 1922 por haber herido de gravedad en un muslo de un navajazo a su convecino Olegario Escubi.

En segundo lugar, a finales de noviembre de 1931 los hermanos Ricardo y José San Pedro Otaola, un tanto bebidos, fueron al establecimiento de Ciriaca Barandalla en Laudio/Llodio profiriendo insultos y frases groseras y señalando ideas comunistas. Por ello, los que estaban en la taberna los tuvieron que sacar y al salir alguno les propinó varias bofetadas.

 

Finalmente, a veces las visitas a la taberna tenían funestas consecuencias no por los roces y conflictos con otros parroquianos sino por el exceso de consumo alcohólico. Es lo que ocurrió el 11 de enero de 1904 en la ya mencionada taberna de Ibaizabal en Costera. A las 4 de la tarde, un carpintero llamado Cesáreo Salavarria Gorbea, de 51 años y vecino de Retes de Llanteno, abandonó la taberna con destino a su casa en evidente estado de embriaguez. Nunca llegó a ella. Al día siguiente, su cadaver fue hallado en la acequia del molino de Costera.

 

En fin, la taberna ocupaba un lugar central en la conflictividad entre vecinos. Por un lado, el consumo de alcohol, muchas veces en cantidades abusivas, llevaba a roces y discusiones por cuestiones sin importancia, pero en otras ocasiones no hacía más sacar a la superficie conflictos latentes en el día a día. Por otro lado, como punto de reunión de los vecinos, a veces era en la taberna donde se dirimían diferencias que nada tenían que ver con el local en sí.

Digamos que, en este sentido, las cosas no han cambiado tanto como podría pensarse. Las discusiones y peleas no debieron ser infrecuentes y solo aquellos casos con ciertas repercusiones, como heridas graves y detenciones, aparecen en la documentación escrita. Son simples referencias escritas, sin interés particular por separado, pero que en su conjunto forman un mosaico de sucesos que nos muestran una cara distinta de la sociedad de la época.

 

 

(El Heraldo Alavés, Año III, nº 718, 19-6-1903)

(El Heraldo Alavés, Año II, nº 568, 11-12-1902)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 940, 14-1-1904)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 1071, 22-6-1904)

(El Heraldo Alavés, Año IV, nº 1115, 18-8-1904)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1279, 4-3-1905)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1376, 6-7-1905)

(El Heraldo Alavés, Año V, nº 1413, 21-8-1905)

(El Heraldo Alavés, Año VII, nº 2106, 10-12-1907)

(El Heraldo Alavés, Año X, nº 2824, 9-2-1910)

(El Heraldo Alavés, Año X, 5-11-1910)

(El Liberal, 8-11-1910)

(El Heraldo Alavés, Año XI, nº 4324, 17-10-1911)

(El avisador numantino, Epoca 2ª, Año XXXIII, nº 3113, 18-10-1911)

(El Heraldo Alavés, Año XII, nº 4430, 26-2-1912)

(El Heraldo Alavés, Año XII, nº 4587, 4-9-1912)

(La Libertad, Año XXX, nº 9358, 4-6-1919)

(El Heraldo Alavés, Año XXII, nº 8374, 1-2-1922)

(El Heraldo Alavés, Año XXII, nº 8867, 2-5-1922)

(El Heraldo Alavés, Año XXIII, nº 9345, 20-11-1923)

(El Heraldo Alavés, Año XXIII, nº 9124, 24-2-1923)

(El Heraldo Alavés, Año XXIV, nº 1443, 9-4-1924)

(El Heraldo Alavés, Año XXV, nº 10821, 15-7-1925)

(El Heraldo Alavés, Año XXVI, nº 11221, 30-11-1926)

(El Heraldo Alavés, Año XXVII, nº 11502, 9-12-1927)

(El Heraldo Alavés, Año XXVIII, nº 8286, 17-8-1928)

(El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8663, 14-11-1929)

(El Heraldo Alavés, Año XXIX, nº 8697, 24-12-1929)

(El Heraldo Alavés, Año XXXI, nº 10177, 1-12-1931)

(Pensamiento Alavés, Año IV, nº 818, 27-8-1935)

[1] Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2217, 22

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