Ancianas asesinadas en Amurrio

Cuando la prensa informó de la ejecución en Amurrio de tres reos el 11 de septiembre de 1877 y comentaban los motivos de su enjuiciamiento, afirmaban que eran del todo extraños ese tipo de crímenes en las provincias vascas. Nada más lejos de la realidad.

Se documentan hechos violentos (desde robos y asaltos hasta asesinatos pasando por agresiones) a lo largo de toda la historia. Y particularmente entre finales del siglo XIX y principios del XX. Es cierto, en todo caso, que es posible que este periodo no asistiera realmente a un incremento del número de delitos sino que tengamos una visión distorsionada de la realidad por la disponibilidad de una mayor documentación para esta época. Sea como fuere, de lo que no cabe ninguna duda es de que eran tiempos más violentos que los actuales: a pesar de que hoy la población es mucho más abundante que entonces, las agresiones graves y, sobre todo, los asesinatos son, afortunadamente, muy poco frecuentes.

Pero en tiempos pasados nadie estaba a salvo de la violencia. Por ejemplo, solo en el intervalo de los 6 meses que van desde abril hasta octubre de 1894, dos ancianas fueron asesinadas en Amurrio.

Hacia el 15 de abril de 1894, Gregoria Orive Gorbea, natural de Menagarai y de 76 años, viuda de Francisco Gabiña Aldama, fue asesinada en el caserío Mingotxu. No debió tener un final agradable, ya que al parecer murió de varios hachazos en la cabeza. Lo peor de este suceso es que la autora fue su propia nieta, Valentina Guinea, “agraciada pero no en posesión de sus facultades mentales”, sin que mediara motivo ni causa alguna para ello. Simplemente por enajenación mental. Valentina fue detenida y trasladada a la cárcel de Vitoria-Gasteiz, ya que por entonces el juzgado de Amurrio había sido suprimido.

Por cierto, el mismo día un guardia civil del puesto de Amurrio asesinó de un disparo al sargento del cuerpo, por resentimientos previos, y acto seguido se suicidó. Desconocemos los detalles, circunstancias e identidad de ambos.

Seis meses después, el día 17 o 18 de octubre de 1894, se produjo el presunto asesinato de otra anciana del lugar. Medios como El Imparcial afirmaban que su nombre era Juliana Barrenechea, pero en realidad se llamaba Juliana Barrenengoa Gabiña, tenía 84 años y había enviudado dos veces: primero de Joaquín Lezama Vitorica y después de Juan Ugarte Orue. No tuvo hijos con ninguno de los dos, por lo que su única heredera legítima era una sobrina que vivía “a una legua de distancia”.

Juliana era apodada “La Indiana” porque, al parecer, habia estado un tiempo en América, donde habría hecho cierta fortuna. Se decía en el pueblo que escondía una cantidad de onzas de oro en su casa. Lo cierto es que, según la Declaración de Fincas Rústicas de 1894, Juliana poseía tres casas en el barrio Landaburu, señaladas con los números 108, 110 y 112. El corresponsal del diario El Imparcial que se trasladó desde Bilbao a Amurrio para conocer los hechos de primera mano, afirmaba que Juliana vivía en una casa de pobre aspecto en el barrio Elexondo. Pensamos que bien pudiera ser una de las tres casas que poseía, que luego pertenecieron a la Fundación Alday, y cuya casa matriz habría sido el caserío Etxabe, en el que nació su segundo marido.

La anciana Barrenengoa vivía en compañía de una familia que la cuidaba y suponemos que también trabajaban su hacienda y tierras. Eran conocidos como los Pintos (Pintados, según el periódico El Día) pero su apellido real era Olartecoechea, que no era más que una corrupción del apellido original: Olartegochia. Según el corresponsal anteriormente mencionado, la familia de los Pintos estaba compuesta por Eugenio Olartecoechea, de 70 años (que eran 73 en realidad), sus hijos Pedro, Gregorio y Julián, la esposa de éste, Maria Echaurren, y los hijos de estos dos, llamados Pedro y Felisa. Sin embargo, los registros parroquiales no concuerdan con estos datos.

Eugenio, que había estado casado con Buenaventura Galíndez Zulueta, acudió el citado día de octubre de 1894 al juzgado de Amurrio sobre las 7 de la tarde con el objeto de declarar lo que había ocurrido por la mañana. Según su versión, sobre las 9.00, al entrar en la habitación de la anciana para recoger “el servicio de chocolate” que aquella había tomado, la encontró muerta, por lo cual solicitaba la orden para poder enterrar el cadaver. Algo extraño y poco habitual tuvieron que ver los responsables del juzgado en la forma en que se formuló la petición, por lo que ordenaron que el médico la examinara para saber con exactitud lo que había ocurrido. Así lo hizo y dictaminó que Juliana había muerto estrangulada, por lo que se ordenó la detención e incomunicación de la familia de los Pintos. Además, el examen del estómago de Juliana reveló que no había tomado el chocolate antes de morir, sino garbanzos, tal y como declararon los niños Pedro y Felisa: dijeron que su padre y su abuelo habían entrado a darle garbanzos a la anciana mientras la madre esperaba en la puerta.

Según la prensa, la familia Olartecoechea tenía muy malos antecedentes en la localidad, de manera que la Guardia Civil siempre la vigilaba cuando se producía algún robo. El día 19 fueron conducidos a Vitoria-Gasteiz y puestos a disposición del juez. La versión recogida por los medios de comunicación sostenía que el motivo de su muerte fue uno de los más habituales en los casos de asesinato que documentamos: la codicia.

Como causa última del asesinato, se decía que los Pintos habían aprovechado un momento de enajenación mental de la anciana para forzarla a cambiar su testamento en su favor. La gente del pueblo barruntaba, acertadamente, si esto sería cierto, ya que constituía un delito por si mismo. En cualquier caso, el día de la muerte de Juliana, Pedro Olartecoechea se trasladó a Laudio/Llodio para apoderarse del testamento de la anciana y hacerlo desaparecer. Y es que ni el testamento ni el dinero que la anciana supuestamente guardaba en la casa aparecieron.

No sabemos qué ocurrió a continuación, ya que no disponemos del dictamen del juicio. Por otra parte, el mismo día un joven del pueblo atacó por la noche a otro con el que estaba enemistado, asestándole varias puñaladas que le hirieron gravemente. El agresor, creyéndole muerto, huyó pero fue detenido.

Otro caso en el que una anciana fue (presuntamente) asesinada por personas cercanas para apoderarse de su herencia tuvo lugar el 31 de enero de 1903 en Delika. Aquel día, entre la 1 y las 2 de la tarde, una anciana soltera vecina de dicho lugar llamada Concepción Uzquiano salió de su casa para asistir a unas misiones en Urduña/Orduña. Concepción vivía en la casa de su sobrino Lorenzo Uzquiano Lambarri, al que comunicó que si tardaba en llegar que no la buscasen porque en ese caso se habría quedado en casa de unos primos en la misma ciudad.

Pero la señora tampoco volvió al día siguiente. Ni al otro. Ni al tercero. Entonces, Lorenzo acudió a casa de sus familiares en Urduña/Orduña, que le dijeron que Concepción había partido hacia Delika el 1 de febrero después de haber pasado la noche allí. Según contó Lorenzo a las autoridades, sabiendo esto regresó hacia Delika por otro camino distinto, por el que llamaban de Oribe, junto al río Nervión. Al aproximarse al puente de Zalduendo, encontró en el suelo un mantón que reconoció como propiedad de su tía, hallando el cadáver de la misma en el río apenas 50 metros más adelante.

Avisado el Juzgado de Amurrio, en el examen del cadáver que llevaron a cabo se descubrió una herida en la frente. Posteriormente, la autopsia reveló que la anciana había muerto a consecuencia de conmoción y congestión cerebral producida por la herida en la frente.

La Guardia Civil de Amurrio interrogó a Lorenzo, que se contradijo varias veces y a quien, además, encontraron unas alpargatas manchadas de sangre. Luego, un hijo suyo manifestó que su padre no había pasado en casa la noche del 1 de febrero, por lo que se procedió a su detención como sospechoso del asesinato de su tía.

Estos hechos debieron ser la comidilla de la comarca durante las siguientes semanas. La gente decía que Concepción tenía una fortunita y que frecuentemente cambiaba de opinión respecto a su testamento…..parece ser que los rumores apuntaban hacia el robo como móvil del asesinato. Sin embargo, la última información del caso de que disponemos es que Lorenzo había sido puesto en libertad, seguramente por falta de pruebas.

 

FUENTES:

El día, 18-10-1894; 18-4-1894

El Heraldo de Madrid, 17-4-1894, p. 3

La Iberia, 17-4-1894, p. 3

El Imparcial, 19-10-1894, p. 2; 21-10-1894, p. 3

La Correspondencia de España, nº 13346, 20-10-1894, p. 3

El Heraldo Alavés, Año III, nº 615, 10-2-1903

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