Breve historia del Alto Nervión: las luchas de bandos

Los relatos históricos acerca de los siglos bajomedievales en el Alto Nervión, y en el País Vasco en general, suelen dar la impresión de que poco más había fuera de los dimes y diretes de los grandes señores, los llamados Parientes Mayores. El lector puede llegar a creer que la tierra estaba escasamente poblada y que los continuos enfrentamientos entre familias son los únicos acontecimientos dignos de mención que tuvieron lugar en ese periodo.

Esto no exclusivo de la Tierra de Ayala o el País Vasco, ni mucho menos. De hecho, los enfrentamientos entre linajes fueron comunes en toda Europa en la Baja Edad Media. En nuestro contexto, las “luchas de bandos” consistieron en una serie de confrontaciones violentas que se produjeron entre linajes alineados, no siempre de manera clara, en dos bandos genéricamente llamados oñacinos y gamboínos.

La política de alianzas de cada linaje, sin embargo, podía llevar a convertir al amigo en enemigo en función de las circunstancias, porque de lo que en realidad se trataba era de imponerse sobre el linaje vecino, “valer más” que el otro. Y si para eso era necesario aliarse esporádicamente con quien había matado a tu padre, pues se hacía. Una vez eliminado el enemigo común, ya habría tiempo de dirimir diferencias.

Claro que también hubo linajes irreconciliables. En nuestro ámbito territorial, los Anuncibay, con su casa solar en Orozko, y los Ugarte del valle de Laudio disputaron enconadamente a lo largo de los años por ese “valer más” y, por supuesto, por ejercer su control sobre la mayor cantidad posible de familias, casas y gentes del lugar. Porque también hubo otras gentes, otras casas. La retórica de la época afirmaba que los Parientes Mayores eran aquellos que primero habían poblado en el lugar, y el resto de casas descenderían de ellas. De hecho, en los expedientes de hidalguía son muchos los que se dicen descendientes de estos solares, o afirman que su solar era descendiente de ellos; otras veces, se dicen dependientes y probablemente esa palabra se ajustaba mucho más a la verdad. Dependencia a un linaje que se había impuesto a otros, al cual posiblemente sirvieron con el arma en la mano. Pero al que también pagarían algún tipo de tributo. Al fin y al cabo, estamos seguros de que los Parientes Mayores de nuestra Tierra, los Ayala, Murga, Perea, Mariaka e Ibaguen, no manejaban el arado.

Según avanzamos hacia el presente, la documentación nos muestra otros linajes que también contaban con un cierto poder e influencia en la comarca, como los Guinea de Saerin, los Oribe-Salazar o los Egiluz. Pero serían los menos. El grueso de la población de la Tierra de Ayala estaría compuesta por simples labradores de los que apenas sabemos nada. Sin embargo, la documentación del siglo XVI refleja una tierra muy poblada, repleta de solares de los que los labriegos tomaron su apellido, un mundo de caseríos aparentemente surgido de la nada. Pero que no podamos definir su origen con certeza no significa que no estuvieran allí previamente, que siempre hubieran estado.

Sabemos que el caserío vasco como concepción y construcción arquitectónica particular fue una creación de los años finales del XV y primeros del XVI, que vino a sustituir las mucho más humildes construcciones de madera que habrían caracterizado al caserío desde su aparición como institución socioeconómica, lo que debió ocurrir mucho antes.

Para el siglo XVI ya era evidente la existencia de una serie de familias de las que nunca habíamos oido hablar en las crónicas bajomedievales pero que contaban con una cierta preponderancia, no sabemos en función de qué, sobre el resto de sus vecinos, más humildes. Posiblemente fueron estos linajes “menores”, situados entre los Parientes Mayores y los menos pudientes, los que hicieron posible que el fin de la lucha de bandos se produjera en Ayala de forma relativamente consensuada.

Es así que el 8 de agosto de 1490 las autoridades, concejos y “escuderos fijosdalgo” de la Tierra fueron llamados a una Junta General que tendría lugar en el lugar acostumbrado: la campa y mesa de Saraube. En ella estaría presente nada menos que el Señor Pedro de Ayala, que no era un cualquiera dentro de la política castellana, por lo que la cita estaba destinada a ser trascendental. Los Reyes Católicos estaban tratando de poner fin a las luchas de bandos y lo mismo deseaban los habitantes de estas tierras, hartos de excesos y pendencias que los linajes cometían impunemente. La creación de la Hermandad de Álava unos años antes, en 1463, fue también, en gran medida, una reacción a los desmanes de las grandes familias y un intento de ponerles freno todos unidos.

El resultado de aquella Junta fue la aprobación de una Concordia entre Pedro de Ayala y los vecinos de la Tierra que prohibía las actividades violentas y no violentas derivadas de la formación de banderías y parcialidades. Merece la pena resaltar los nombres de aquellos que, en esta escritura, figuraban como representantes de la Tierra de Ayala: Martín Fernández de Mendibil como alcalde de hermandad; el merino Juan López de Sojo; los procuradores Juan Ortiz de Saracho y Pedro Sánchez de Lexarzo; Iñigo Fernández de Ugarte e Iñigo de Ugarte su hijo, Iñigo López de Retes, Lope Ortiz de Retes, Juan López de Robina, Diego de Landa, Martín López de Añes, Juan Sánchez de Aldama o el escribano Juan Ortiz de Albiturria.

Sin duda se trata en su mayoría de apellidos importantes en la historia de la comarca, de un claro abolengo ayalés. Incluso vemos entre ellos a los Ugarte de Astobiza, que fueron parte implicada en aquellos enfrentamientos a los que se quería poner freno. Pero el resto de familias eran “nuevas” en el sentido de que están ausentes de las crónicas bajomedievales.

¿Qué ocurría con aquellos linajes a cuyas actividades afectaba directamente la Concordia elaborada? Pues que no se plegaron a los intereses tanto del señor como del común de la Tierra reunida en concejo, y no acudieron a Saraube aquel día en señal de disconformidad. Eso si, tarde o temprano todos aceptaron el fin de las hostilidades y la apertura de una nueva época, unos antes que otros.

Los más enconados opositores a la Concordia fueron los Murga, representados en 1490 por Lope García de Murga y Sancho, quien si bien en la escritura figura como su hijo, en realidad parece que fue su hermano. Los Murga se enfrentaron a los Perea y los Ibarguen cuando, muerto sin sucesión el señor de Ayala Juan Sánchez de Salcedo, su sobrino (su nieto, según otros) Sancho García de Murga, II señor de Murga, quedó como heredero del señorío. Sin embargo, aquellas citadas familias se opusieron y llamaron a la rama toledana de los Ayala. El conflicto se resolvió en 1328 con una batalla que tuvo lugar en Landeta y en la que los Murga salieron derrotados, siendo muerto Sancho junto a la iglesia de Murga.

Los Murga perdieron esta batalla. Pero no cabe duda de que, a la larga, “valieron más” que los Perea y los Ibarguen: los primeros ya habían abandonado la Tierra antes del final de las banderías y los segundos fueron languideciendo con el tiempo sin pena ni gloria. Con los Ayala “jugando en otra liga”, inmersos en asuntos de mucho mayor calado en el reino de Castilla, la de Murga era seguramente la principal familia de la Tierra.

La casa de Murga fue la principal aliada de los Anuncibay en la Tierra de Ayala, de modo que su principal rival fueron los Mariaka, que eran parientes y aliados de los Ospina de Ugarte de Laudio. En todo caso, a pesar de enfrentarse y darse muerte unos a otros en diversas ocasiones, la casa de Ospina de Ugarte emparentó por medio de matrimonio con la de Murga no una sino varias veces. De hecho, un Ugarte pasó a ser el señor de la casa de Murga al casarse con la heredera, de modo que cambió su apellido.

Esto muestra que la enemistad y los conflictos no siempre partieron el campo en dos bandos claramente enfrentados. Por ejemplo, los Perea se opusieron a los Murga en el conflicto que tuvo lugar tras la muerte sin sucesión de Juan Sánchez de Salcedo, pero no por ello se abstuvieron de combatir con los Ospina, teóricamente enemigos de los Murga. Por ejemplo, en 1350 los Perea asesinaron a Diego Fernández Ospina de Ugarte, de la torre de Astobiza, en la iglesia de Larrinbe. Por este tiempo, los de Mendibil de Murga mataron a Pedro Ospina, hijo de Fortún Ospina de Mariaca.

En 1490, la casa de Murga contaría con el apoyo de otra de las casas principales de la comarca: la de Saerin. Así, tanto su señor Juan Díaz de Guinea como sus hermanos Sancho e Iñigo no suscribieron la Concordia. Ambas casas apoyaron a Pedro López de Ayala con ocasión de la guerra de las Comunidades en 1521.

Tampoco aceptó la Concordia Hortuño de Murga, vecino de Llanteno, donde el linaje se había asentado con fuerza y donde también protagonizó numerosos altercados; así como Tristán de Oribe y sus tres hijos, de la torre de Oribe-Salazar. Esta familia incluso había visto destruida su casa solar por el señor de Ayala, si bien los Oribe estuvieron activos más bien en Mena y las Encartaciones que con sus vecinos los linajes ayaleses. Por último, entre los rebeldes deberíamos señalar también a Fernando Ochoa de Orue, Juan de Ugarte de Oquendo, Hortuño de Ibarrola, Juan Ortiz de Ibarrola y su hijo Pedro, y los escribanos Martín de Aldama e Iñigo Martínez de Ugarte.

De todos modos, como decíamos, en la Tierra de Ayala al final todos se avinieron a terminar con las luchas y las banderías, con los excesos y las exacciones y abusos arbitrarios sobre los linajes rivales y sobre la totalidad de la población. Y a la mayoría de ellos no les fue mal en la nueva situación: el esplendor alcanzado por los Murga en el siglo XVI es un buen ejemplo de ello. La influencia de estas familias siguió siendo importante: continuaron percibiendo diezmos como patrones que eran de algunas iglesias, tenían propiedades, formaron mayorazgos, poseían ferrerías y molinos, etc. pero sobre todo tenían prestigio. Sus nombres se repetían frecuentemente entre los altos cargos de la Tierra de Ayala y de sus respectivos concejos.

Sin embargo, los abusos de los más poderosos, la unión de notables para formar “partidos”, no cesó sino que iba a transformarse y a adaptar nuevas formas en las que, es cierto, la violencia estaba menos presente. Reflejo de ello es una afirmación que se hace en las Ordenanzas de la Tierra de Ayala, del año 1508, en las que se dice que las familias ya no se atrevían a enfrentarse por las armas y recurrían a la vía legal: usaban el empleo de los cargos públicos a su favor para ponerse pleitos y demandas unos a otros. En este sentido, el papel de los escribanos en la formación de “partidos” o “confederaciones” de linajes fue fundamental desde finales del XV. Pero esa es otra historia.

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