La serpiente de Orduña

Así se titula un pequeño relato que un tal “Pérez de Liébana” publicó en la revista Los Niños, fundada en 1870 por Carlos Frontaura y en la que escribió la flor y nata de las letras españolas hasta su desaparición en 1876. LA SERPIENTE DE ORDUÑA apareció por partes, en los ejemplares correspondientes a los días 4, 5 y 6 de mayo de 1872. De su autor nada sabemos. El título aparece acompañado del subtítulo “Tradición vizcaína”. Es de suponer que este relato consiste en una elaboración retórica de una leyenda popular.

A continuación, reproducimos este escrito de forma íntegra y literal, exactamente tal y como fue publicado:

LA SERPIENTE DE ORDUÑA

Tradición vizcaína

I

 

Orduña, que es la única ciudad del señorío de Vizcaya, está construida en una ladera extremadamente pintoresca.

A sus pies se extiende la fértil y ancha vega; y desde aquel noble y antiquísimo pueblo se distinguen otros de menor importancia, cuales son: Délica, Artomaña, Tartanga, Aloria, Amurrio, Villalva y Berberana, así como los picos de Onguino, los espesos bosques de Gujuli, las altas moles de Amboto y Mañaria, el nevado Gorbea y una multitud de imponentes y ásperas montañas.

Allí se derrumba el afamado Salto del agua, desde lo alto de la renombrada Peña que toma el nombre de la ciudad, y baja al fondo del valle para formar el origen del río Ibaizábal, que, después de recorrer una gran parte del señorío, rinde su tributo al inquieto mar cantábrico en el Abra de Portugalete.

Allí las nieblas espesas de la mañana fluctúan cuando el sol derrama sus primeros rayos; y si descienden a la llanura, se asemejan a un piélago flotante que va de un lado al otro suave y pausadamente, produciendo un agradable efecto en la imaginación de quien lo observa.

Allí, en los tiempos antiguos, se alzaban fuertes edificios, que eran el abrigo de poderosos señores; y el amurallado pueblo, con sus barbacanas, cubos y torres, servía de primera defensa al país contra las invasiones de sus enemigos.

Y allí, en donde el valor era patrimonio de todos, tenía la piedad, como sucede siempre, mayor y más constante acogida.

Por eso, sobre un terreno poco apartado de la población, se levantaba modestamente una humilde ermita que en un altar lucía la santa imagen de la Madre de Dios. Y era tan milagrosa aquella imagen, que fue, en los tiempos a que nos referimos, objeto de una fervorosa devoción en toda la comarca, así como lo es también en la actualidad.

Pobres y ricos, débiles y poderosos acudían en sus dolores al santuario de La Antigua, buscando el consuelo de sus penas en la intercesión de la Santísima Virgen, en aquel lugar representada sobre una morera, por haberse aparecido a los hombres allí mismo, y sobre un árbol de igual especie.

Entre los más fervientes devotos de la venerada imagen se distinguía un niño de escasos años. Aquel niño, llamado Juan, era hijo de unos infelices padres, dependientes del más rudo señor de cuantos en los remotos tiempos hacían gala de su poderío en el valle y en el monte; y su triste posición les había conducido a  tal grado de miseria, que apenas contaban con lo necesario para alimentarse y vivir.

El fatigoso trabajo del campo había ya agotado las fuerzas del infortunado padre, que sentía gravitar sobre su cuerpo la insoportable carga de los años; y ya viejo y cansado e inútil para el señor, la escasez y el abandono crecían de día en día en su olvidado albergue.

Y corrieron los alegres meses del verano, que es el protector de los pobres, y llegaron las sombrías horas del invierno, con sus hielos, la lluvia, la nieve y los horrores todos del frío.

Entonces se redoblaron los males de la pobre familia del niño Juan; porque su honrado padre, que otros años salía al campo en aquella dura estación y ganaba algunos maravedís cortando leña, había perdido la salud y se encontraba en la terrible necesidad de permanecer en la inacción, aunque veía cernerse el hambre sobre su casa y aunque el frío se cebaba en ellos sin compasión.

Más de una amarga lágrima se deslizó por las tostadas mejillas del anciano, a quien su virtuosa compañera quería en vano consolar con cariñosas palabras; pero las lágrimas eran flaco remedio para tan grande infortunio.

-¡Ah! -decía el desconsolado padre, un día en que la frialdad de la atmósfera paralizaba la sangre en las venas de los orduñeses-; ¡cuántas desventuras caen sobre nosotros, amada Estebaliz, sin dejarnos ni un momento de descanso y respiro! ¡Cuán acibarada, cuán triste es nuestra existencia!

Y al expresarse de este modo inclinó lánguidamente su blanca cabeza sobre el afligido pecho.

-¡En verdad que sí! -contestó la madre de Juan, vencida por el dolor y asomando a su rostro una expresión de angustia, difícil de describir-; ¡en verdad que sí, Tristán!, pero todas ellas no son más que otras tantas pruebas que nos envía el Omnipotente, y que debemos sufrir con resignación y paciencia. Si el Señor lo quiere, obedezcamos al Señor.

-Tienes razón -exclamó Tristán-; tienes razón, y yo las sufriría todas y muchas más que me enviase, si fuera yo solo el condenado a tantas amarguras. Mas ¡ay!, que tú, mi buena, mi amada compañera, participas también de los mismos pesares, de los mismos tormentos que yo… y ese desdichado, ese inocente niño…

El llanto ahogó la voz del buen viejo, y al ver aquella manifestación de la ternura paternal, no pudo Estebaliz contener por más tiempo el suyo. Ambos esposos se abrazaron entonces y lloraron juntos y en silencio largo rato.

Cuando se hubieron repuesto algún tanto, dijo Tristán, con la viva fe del mártir y del creyente:

-Si mis sufrimientos son una justa expiación de mis pecados, envíeme Dios cuantos quiera, que yo tendré valor para resistirlos sin proferir una sola queja ni exhalar un solo suspiro, y bendiciendo su bondad; pero véase libre de ellos al menos ese niño angelical…

-Ese mismo es mi ruego de todos los días, Tristán: eso es lo que todos los días pido a la Santísima Virgen de la Antigua con todo el fervor del cariño maternal.

-¡Siempre digna de ser madre! -murmuró enternecido el anciano al escuchar las palabras de su esposa, e imprimió en la frente de aquella respetable mujer un beso que era todo un poema de afectuosa veneración.

-Sí -repuso ella-; pero tu brazo débil y enfermo no puede ya echar a tierra los robustos troncos de las añosas encinas, y mi trabajo no basta a traeros un pedazo de pan…

Estas amarguísimas frases cayeron como una pesada losa sobre aquellos infelices, y sus pálidos semblantes se contrajeron y sus cuerpos temblaron convulsivamente.

Mas no fueron palabras que se llevara el viento; pues, aunque Estebaliz y Tristán pensaban que nadie les oía, atento a sus razones aprestaba el oído, en un zaguán inmediato, un niño de hermoso rostro y expresivo mirar.

Aquel niño era Juan; Juan que, por primera vez se apercibía de la magnitud de los tormentos de sus padres, que, cuidadosamente, le habían ocultado su extremada miseria, privándose hasta del necesario alimento porque él no advirtiese la ausencia de lo que tanta falta les hacía.

Y al escuchar aquellos lamentos, engendrados por el más puro, por el más desinteresado de los amores, por el amor paternal, en fin, sintió agitársele el pecho y latirle el corazón con desusado y extraordinario brío.

Y estuvo pendiente de los labios de sus padres hasta que oyó las últimas, desengañadas y desgarradoras palabras de Estebaliz; y así que las hubo oído, dirigió en torno suyo la chispeante mirada, se abalanzó a un hacha que estaba tendida en tierra, la empuñó con vigor sobrenatural, y, como si le inspirara un aliento superior, salió de su casa, marchando calle arriba con paso firme y resuelto continente.

 

II

Pocos minutos después atravesaba aquel niño una de las puertas que defendían la murada población, y salía al campo.

Cuando se vio allí vaciló un instante, y luego que aceptó un partido, encaminose hacia donde se alzaba modestamente la ermita de La Antigua, al modo mismo que la paloma mensajera que remonta el vuelo, y en llegando a lo alto gira indecisa breves momentos y se orienta para emprender después resueltamente su viaje en una invariable dirección.

Y Juan echó a andar por una senda que conducía, en aquellos tiempos, a la provincia de Álava, y que cruzaba un monte en el que los robustos árboles y la espesa e intrincada maleza crecían a la par, formando un bosque casi impenetrable a las plantas humanas.

Y era tal el afanoso deseo que le impulsaba, tal el anhelo de llevar a sus infortunados padres algún socorro, que olvidó de todo punto los peligros espantosos a que se exponía al seguir tan ciegamente la senda que había emprendido.

Más de un centinela de los que en la muralla vigilaban, le gritó con piadoso intento al verle alejarse por aquel lado. Pero él, sordo a cualquiera otra voz que no fuera la del amor filial, nada oyó, en nada pensó.

Y no obstante, a cada paso que daba iba acercándose rápidamente a una muerte segura y desastrosa, porque en aquellos sitios tenía entonces su guarida un monstruo horrible, una descomunal serpiente, que era el terror de la comarca.

Si algún incauto, osado o mal avenido caminante se atrevía a pasar por allí, su fin era inevitable. Arrojábase sobre él el abominable reptil desde las retorcidas ramas de los árboles, o brotaba traidoramente de entre la áspera maleza, y haciéndole presa le devoraba.

Por eso evitaban todos el aproximarse al bosque; y si alguno, más imprudente que los demás, creía oír en la espesura algún ruido que le anunciaba la presencia de la serpiente, huía despavorido y no cesaba de correr hasta que alcanzaba el venerado santuario de la Virgen de la Antigua. Tan grande era el pavor que el monstruo justamente infundía.

En vano se quiso aprestar gente para dar una batida en el bosque y acabar con el importuno reptil; que los que jamás temieron las armas de los hombres y afrontaron la muerte con heroico valor, no se aventuraban a combatir con un feroz enemigo, cuyo poder parecía recibir impulso del pérfido aliento de Satanás.

Pero Juan no era en aquella sazón el ser racional que discurre y pesa la consecuencia de cada paso que da; Juan era el acero que obedece a la atracción del imán; era la viva representación del sentimiento que ejecuta y no piensa.

Y caminaba con el hacha en la mano y el paso bien seguro, disponiendo todas sus fuerzas para cortar las secas ramas de los árboles, en tanto que daba rienda suelta en su corazón a una multitud de nobles y puras esperanzas.

Mas de repente quedó como clavado en el suelo, sus ojos se abrieron con espanto y sus piernas flaquearon. El pálido color del cadáver cubrió su rostro y no pudo articular ni una sola palabra.

El execrable monstruo estaba allí, frontero a él, con los ojos centelleantes y vomitando fuego por sus dilatadas y cavernosas fauces. Y Juan quiso entonces huir… pero le faltó el vigor necesario para ponerlo por obra y se sintió fascinado.

La serpiente pareció sonreír con infernales gestos ante su aterrada víctima; y, arrastrando por el suelo la escamosa piel, se fue acercando lentamente a Juan, que veía llegar su último instante y escuchaba temblando el extraño ruido que en su marcha producía el reptil.

La horrorosa boca se abrió desmesuradamente…

Tocaba ya al sobrecogido Juan…

Mas en aquel momento un rayo de luz brilló en la aturdida razón del niño, y dirigiendo la vista a la ermita, exclamó con sin igual fervor:

-¡Valedme, Virgen de la Antigua!…

Un valor súbito brotó en su corazón, y una fuerza, impropia en él, vigorizó su brazo; y haciendo un movimiento convulsivo, maquinal y automático, asestó un rudo golpe al miserable reptil, como principio de una formidable lucha, cuyo término no podía ser dudoso, atendidas las escasísimas fuerzas del niño.

Un rugido terrorífico resonó con voz poderosa e hizo estremecerse a las riscosas montañas; y un humeante arroyo de negra e hirviente sangre corrió por la estrecha senda, tiñendo las piedras y secando para siempre las raíces de cuantas yerbas, árboles y arbustos halló al paso.

III

El feroz rugido lanzado por el monstruo produjo tal perturbación en el espacio, que se oyó en las calles de la ciudad como el imponente mugir del huracanado viento del Sudoeste cuando sacude violentamente las salvajes y sombrías rocas de las costas.

Y al percibirlo, todos se sobrecogieron cual si les amenazara una inminente desgracia.

-¡La serpiente! -gritaban con terror.

-¡Ruge siendo de día! -añadían con espanto.

-Tal vez la falta de alimento la obligará a entrarse en el pueblo.

-¡Las puertas!, ¡las puertas!, ¡que cierren las puertas!, ¡que echen los puentes levadizos!…

Y diciendo así, empezaron aquellos moradores de Orduña a correr de una a otra parte, como si hubiesen descubierto algún ejército invasor.

Mas no faltó alguno de los centinelas que se hallaban en la muralla cuando salió Juan de la población, que pensara que aquel rugido de la fiera era hijo de la alegría con que el monstruo saludaba a su nueva víctima, y unido al niño aquel soldado por vínculos de próximo parentesco, díjolo así a voz en grito, y excitó con enérgicas palabras a cuantos se creyeran valientes, para que, siguiendo su ejemplo, volaran al sitio donde tenía lugar el suceso y en lucha gigantesca arrancaran a Juan de entre los dientes del reptil, dándole a este la muerte que con tanta justicia merecía.

Y si bien fueron escuchadas con avidez las razones y la excitación del soldado, vacilaron todos ante la inmensidad del peligro.

Pero no desmayó por eso el valeroso guerrero, y desnudando su espada, dijo así, con el acento de la fe y de la voluntad más inquebrantable:

-¿Tenéis miedo tal vez? Pues bien; sea: pero yo, que no puedo dudar ni un momento de la protección que a los hijos de esta comarca presta siempre la Santísima Virgen de la Antigua, iré solo, y solo daré muerte a la serpiente o moriré gritando: ¡Viva la Virgen!

Aquellas palabras electrizaron a los oyentes, y hombres, mujeres, niños, jóvenes o ancianos, todos siguieron en tropel y armados como pudieron al intrépido soldado.

Entre tanto, los afligidos padres de Juan nada sabían de cuanto acontecía, y agobiados bajo el peso de sus tribulaciones, guardaban un triste y sepulcral silencio.

De pronto rechinó agriamente la desvencijada puerta de su habitación, que daba al zaguán, y apareció en el dintel una mujer que con pálido rostro y sin conceder apenas a Estebaliz y Tristán el tiempo necesario para que fijasen su mirada en ella, exclamó:

-¡Jesús mil veces! ¡Rogad al cielo por él!

-¿Por quién? -preguntó al punto el padre, estremeciéndose y con el semblante contraído.

Pero la madre dio un salto, se puso de pie, y agarrando fuertemente por un brazo a la imprudente mujer, le dijo:

-¿Dónde, dónde está mi hijo?, ¿qué le ha sucedido?…

Porque el instinto de la madre lo había adivinado todo.

Entonces, con la indiscreta locuacidad de las eternas consejeras de los lugares, repitió la infausta mensajera cuanto se decía, y los acongojados esposos sufrieron un tormento más.

Pero nadie sabía aún qué había sido de su hijo, por más que le supusieran devorado por el infernal reptil; y la cariñosa madre iba a salir precipitadamente a buscar al amor de sus amores, cuando la voz del anciano Tristán la detuvo.

-Espera, Estebaliz -le dijo-; espera, que soy su padre y he de buscarle contigo.

-¿Tú? -replicó la buena esposa con profundo pesar.

-Sí, yo -contestó con firmeza el anciano.

-Pero ¿olvidas, tal vez, que estás débil y enfermo? -murmuró con sumisión y dulzura Estebaliz.

-Dios me dará fuerzas para todo -repuso Tristán.

Y pocos instantes después salían aquellos dos venerables ancianos de su casa, y echaban calle arriba, con la más honda inquietud pintada en sus flacos semblantes.

Apoyábase Tristán en el brazo de Estebaliz y marchaban con abrumadora lentitud.

Las calles parecían desiertas. Cruzaron la muralla; salieron al campo y se encaminaron por la senda que conducía a Álava.

Un fenómeno singular se presentó a sus ojos. Por ambos lados de la senda corrían dos arroyos de un humeante líquido de oscuro color rojo y de nauseabundo olor.

Mas tanta era su pena, que no les llamó la atención aquel extraordinario suceso.

Al fin distinguieron un inmenso grupo de gente, y sus corazones se agitaron con poderosa violencia.

-Corramos, corramos -decía en aquella sazón el pobre anciano, queriendo prestarle con la voluntad las fuerzas de que ya su cansado cuerpo carecía.

Pero sus pies no obedecían al deseo.

No obstante, llegaron al fin, y sus almas se inundaron de inmensa y celestial alegría. Con asombrados ojos contemplaron un portentoso espectáculo.

Sobre una ligera nube que se posaba en la tierra estaba el niño Juan, que en la mano derecha tenía vigorosamente empuñada la cortante hacha, mientras con la izquierda suspendía la terrorífica cabeza del monstruo destructor, segada al primer golpe de un modo milagroso.

Al verlo sus padres cayeron de rodillas, para dar gracias a Dios.

 

IV

Aquel maravilloso cuadro fue largo tiempo el objeto de la admiración de todos los habitantes de Orduña, allí congregados, y de muchos fieles de las cercanías, que corrieron a aquel sitio para ser testigos de tan sorprendente prodigio.

Y después que hubieron reconocido el infinito poder de la Providencia, la ligera nube se disipó, y cesó de brotar el arroyo de sangre que salía a borbotones del aún palpitante e inanimado cuerpo de la serpiente.

Entonces la multitud agradecida levantó en alto al niño Juan, y entonando cánticos religiosos le llevó a la ermita de La Antigua, en donde él colocó el hacha y la cabeza del monstruo a los pies de la santa imagen de María, postrándose humildemente y dando notable ejemplo de piedad y cristiana fe.

Todos le imitaron; y los más robustos de los circunstantes cargaron sobre sus hombros los pesados restos de la temida sierpe, y los depositaron en el santuario.

El siguiente día se celebró con gran pompa una solemne función, para dar al Altísimo una inequívoca prueba de gratitud por las mercedes que aquel pueblo obtenía con la destrucción del terrible enemigo: se extrajo la espina dorsal del reptil, y para eterna memoria, se la colocó en el sitio más visible de la ermita.

Y desde entonces el desconocido niño mereció las atenciones de todos, él y sus honrados padres salieron de su penosa situación a favor de una regular pensión que en premio a su heroico comportamiento le fue asignada por su poderoso señor.

La espina de la serpiente ha visto trascurrir algunos siglos, fija primero en el lugar en que al principio la pusieron, y expuesta después en el camarín de la nueva ermita terminada en 1782.

Aquel testimonio de la fe y del amor filial ha desaparecido hace muy pocos años.

 

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