Una cuestión de honor en el Amurrio del siglo XVII

Durante el Antiguo Régimen, la Chancillería de Valladolid era el máximo tribunal de justicia, a quien se apelaba aquellas sentencias emitidas por las autoridades ayalesas que no eran del agrado de los pleiteantes. Es por ello que en su archivo se conservan numerosos pleitos que atañen a nuestra tierra, de los cuales no pocos tratan sobre cuestiones de honor. Es decir, consistían en pleitos interpuestos entre vecinos por insultos y descalificaciones que atentaban contra su honor de hidalgos, a cuenta de los cuales se enfrascaban en largos y costosos procesos judiciales.

Evidentemente, en estos pleitos las versiones de las partes acusadoras y acusadas suelen diferir considerablemente y siempre resulta dificil saber qué fue lo que ocurrió con exactitud. Pero consideramos que el conocimiento de la verdad de los hechos no es lo más importante, sino los datos que cada texto nos muestra sobre el funcionamiento de la sociedad de la época.

 

Un pleito entre escribanos

El caso que nos ocupa consiste en un pleito que tuvo lugar entre escribanos naturales y residentes en Amurrio. En aquella época, los escribanos no eran escasos en la Tierra de Ayala: solo en Amurrio había entonces una media docena. Los escribanos intervenían en todo lo relacionado con la actividad pública al mismo tiempo que eran los que daban fe de todo tipo de transacciones, compra-ventas, fundación de censos e hipotecas, emisión de poderes, etc. Además, actuaban como intérpretes en un momento en que el euskera sería el idioma común, y probablemente el único, de la mayor parte de la población. Por lo tanto, eran unas figuras de gran importancia y reputación en el seno de la comunidad, con una enorme ascendencia e influencia sobre la población.

Un ejemplo lo constituye la familia Uriarte, propietaria de los molinos y ferrería de Zabalibar, que en los siglos XVI y XVII dio varios escribanos y controló la vida pública de Amurrio y de la comarca gracias a su importante ascendencia como escribanos, sus relaciones personales y, según parece, sus coacciones, que motivaron a su vez numerosos pleitos. De ello quizá hablemos en otra ocasión.

El pleito que nos ocupa se inició el septiembre de 1662 cuando el escribano Felipe de Lezama-Eguiluz demandó al también escribano Diego de Sarachaga y a su madre Maria Alonsa de Larrazabal-Murga por haber amenazado e injuriado tanto a el como a su mujer y familia, atentando gravemente contra su reputación y honor. Es por eso que, en su demanda, lo primero que hizo Felipe fue exponer su hidalguía y demostrar su descendencia de los más ilustres solares de Amurrio y su entorno. Por su valor informativo, reproducimos la información en las próximas líneas.

 

El linaje de los Lezama

Durante varias generaciones emplearon el apellido compuesto “Lezama Eguiluz”, dado que eran descendientes de la casa de Egiluz, una de las principales de la Tierra. Pensamos que, del mismo modo que los Ibargüen adoptaron el apellido Amurrio al trasladarse a Labastida y que muchos se pusieron Ayala al emigrar a Castilla, algún hijo de la casa de Egiluz adoptó el apellido Lezama al trasladarse a Amurrio, aunque aquella casa solar se encontrara en Astobiza.

El primero de este linaje que conocemos es Martín Saenz de Lezama, casado con Catalina de Bañueta en Amurrio en la primera mitad del siglo XVI. No podemos determinar si fue el primero de los Lezama de Amurrio o no. Fueron padres de otro Martín Saenz, casado con Juana de Berganza (descendiente de la casa y torre de Berganza), que fueron durante muchos años alcaides del castillo y cárcel de Mendixur. Además, fueron dueños de “las casas y solares de landa, susoco y menditu”, esta última por compra a sus propietarios hacia 1592. Según parece, sus padres ya habían sido propietarios de la casa de Landa.

Hijo de Martín Saenz y de Juana fue Bartolomé, escribano casado con Marina de Ugarte Mariaca. Esta era hija de Iñigo Martínez y Catalina; nieta de Martín de Ugarte y Marina de Iturralde, dueños que fueron de la casa de armas infanzona de Ugarte, mientras que Catalina era descendiente de la casa de Mariaka.

Finalmente, Bartolomé y Marina fueron los padres de Felipe de Lezama Eguiluz, nacido en Amurrio en 1614. Estaba casado con Casilda de Sagarribay Arechederra, descendiente de las casas torres y solares de Mariaka, Saerin (de la que derivó la de Sagarribai) y Aretxederra. Felipe y Casilda tenían, en el momento del pleito, cuatro hijo varones y dos hembras. El mayor, Francisco, tenía 20 años y ya era clérigo beneficiado en la parroquia de Amurrio, si bien su padre tenía intención de enviarle a estudiar a Valladolid. Los otros tres hijos estaban estudiando en Orduña y los tres se casarían posteriormente en la localidad, dando lugar a las diversas ramas del apellido Lezama en Amurrio.

 

El acusado

Hemos visto que Felipe de Lezama y Casilda de Sagarribay descendían de los más ilustres linajes de la localidad. Esto, unido a su condición de escribano e importante propietario, le convertía sin duda en uno de los hombres más destacados de la zona. El acusado, si bien no gozaría de un status social tan alto, no era un individuo cualquiera. Diego de Sarachaga contaba con unos 28 años por entonces pero ya era escribano en la Sala del Crimen de la Chancillería de Valladolid, ciudad en la que, al parecer, se crió. Era hijo de Francisco de Sarachaga, natural del caserío Saratxaga de Amurrio, y de Maria Alonsa de Larrazabal-Murga, propietaria del caserío Larrazabal, descendiente de la casa de Murga y, quizá, hermana de Francisco de Larrazabal, que también fue escribano y que fundó un vínculo sobre la casa de Armuru.

En todo caso, la reputación de esta familia seguramente estaba un poco resentida por aquel entonces. Sabemos que Francisco de Sarachaga había sido acusado por perjuro por parte de Felipe de Lezama años antes, y como resultado Francisco estuvo un tiempo encarcelado. Además, ya había pleiteado con Martín Ortiz de la Plaza por ciertos pagos de dinero, mientras que Maria Alonsa fue denunciada en el tiempo en que su marido se encontraba encarcelado en Valladolid a cuenta de la posesión de una prenda de lujo

 

Los hechos

Una tarde de finales de agosto de 1662, Felipe de Lezama se encontraba frente a sus casas con un soldado que por cuenta suya pasaría a servir al rey, y en compañía del escribano Domingo de Echeguren, vecino de Olabezar, y otras personas, cuando Diego de Sarachaga salió de la casa de Martín de Arana, que se encontraba justo al lado. Según la versión del denunciante, Diego le instó a salir a su encuentro si era hombre, “braço a braço y cuerpo a cuerpo”. Mientras sus acompañantes llevaban a Felipe a la portalada de la casa para que ignorase las provocaciones, Diego desenvainó la espada gritando que “no había salido botando a christo el pendejo, infame malnacido, cornudo, cabrón, tocino, que no sabía de donde era su padre”, que construía torrejones y casas nuevas con lo que robaba, y que le iba a matar y dar fuego a sus casas. En esta situación, al parecer por la tensión del momento, quizá nerviosamente, su mujer Casilda comenzó a reir, por lo que Diego la llamó “enpañada, mondonguera, francesa”. Varios vecinos se habrían llevado a Diego hacia su casa, pero los días siguientes anduvo por el pueblo, siempre según la versión de Felipe, jactándose de que había jurado por Dios que le iba a matar y lo mismo haría a su hijo Francisco.

En septiembre, Felipe realizó una primera denuncia por estos hechos, alegando que había atentado contra su honor de hidalgo y su reputación y la de su mujer. Sin embargo, parece que el conflicto estuvo latente hasta junio de 1663, seguramente por haber estado Sarachaga en Valladolid. Así, en la noche de San Juan (24 de junio) entró en la casa torre de la ya muy anciana Casilda de Urrutia, dueña de la torre de Urrutia, por haber escuchado que Felipe se encontraba allí, y causó gran temor entre los allí reunidos por haber desenvainado la espada.

Dos días después, martes, Felipe volvía con varias personas de la feria de Quejana cuando Diego le salió al encuentro en el campo de Saraube, volviéndole a amenazar. Diego se bajó del rocín en el que iba y trató de agredirle con la espada, que se le quebró, y los acompañantes evitaron que la cosa fuera a mayores. En todo caso, retó a Felipe a salirle al encuentro por la noche al “campo de sananton”. Diego habría aparecido en dicho lugar con un asador en la mano, a falta de espada, expresando una vez más sus intenciones de matarle. Evidentemente, Lezama no se presentó así que el jueves día 28, cuando estaba delante de su casa, volvió Diego a retarle y amenazarle, sin éxito.

Al día siguiente por la mañana, festividad de San Pedro, y siguiendo con la versión de Felipe, Diego habría acudido al cementerio de la parroquia donde estaba Francisco de Lezama Eguiluz junto a los otros beneficiados de la iglesia y muchos vecinos. El escribano le hizo “ciertos cargos injustos”, concretamente le acusaba de haber escrito desde Valladolid a su padre diciéndole que Sarachaga había sido desterrado de aquella ciudad. Al parecer, le agredió y después entró en la iglesia al tiempo de la misa mayor, que los sacerdotes detuvieron para expulsarle del templo. Aunque al principio se habría negado, finalmente salió y esperó a Francisco en el exterior, quien salió por otra puerta a dar al “campo de elejondo” y de ahí se fue a casa de sus padres.

Por último, para reforzar su acusación, Felipe de Lezama trató de mostrar los pésimos antecedentes y reputación de Diego de Sarachaga. Por ello, afirmó que era un hombre tan blasfemo que había agredido con un palo al clérigo beneficiado Francisco de Bañueta sin razón alguna. Afirmaba también que dicho escribano había salido de noche muchas veces a buscarle por el pueblo, acusándole de esconderse en su casa como una gallina, lo cual Felipe no negaba, ya que tenía miedo. Decía que Sarachaga era un mozo robusto y valiente.

 

La versión del acusado

Después de estos hechos, Felipe presentó una nueva denuncia ante el alcalde y juez ordinario Domingo de Echeguren, que ya hemos visto que era próximo a Felipe, y Diego de Sarachaga y su madre Alonsa de Larrazabal fueron apresados e interrogados. Es en ese momento en el que obtenemos la versión de los hechos de la otra parte implicada. Diego señalaba que el origen del conflicto entre ambos no eran los rencores familiares (de hecho, afirmó no tener noticia de que sus padres no se comunicaban con la parte contraria, lo que parece improbable), sino un hecho ocurrido la noche del día de Nuestra Señora de Agosto. Junto a su cuñado Francisco de Cañarte, también escribano, y otras personas, se hallaba entreteniéndose en el “campo que llaman detras de la yglesia”, cuando vio que Juan de Uriarte, vecino de Olabezar, tenía agarrado por el cuello a Presebal de Orueta Muxica, alcalde ordinario de la Tierra de Ayala, vecino de Luiaondo y uno de los más notables de la comarca.

Para poner punto y final a la agresión y ayudar a la justicia, Sarachaga habría golpeado con la espada a Uriarte para que soltara a Orueta. En ese momento llegó Felipe de Lezama, encolerizado en compañía de cuatro o cinco hombres, de manera que le agarraron los brazos por detrás para quitarle la espada, y con ella le dieron una cuchillada en la mano izquierda y un golpe en la cabeza, a resulta de los cuales sangró abundantemente y tuvo que regresar a casa a curarse. La versión de Felipe de estos hechos es que le había arrebatado la espada, y nada más.

Tras permanecer unos días en cama, por fin se recuperó y, ofendido por el daño recibido cuando trataba de ayudar a la justicia, un día salió “a boca de noche” para dirigirse al sitio donde fue herido y allí encontró a unos 6 u 8 hombres en corro, a los que habría dicho, cogiendo la espada, que el que le había herido era un cornudo cabrón. Esto habría ocurrido frente a la casa de Felipe de Lezama. En ello apareció su mujer, que estaba en el portal de su casa, y dio una gran risotada. Es por eso que Diego le preguntó a ver de qué se reía “la enpañada ynglesa” (no francesa, como expresaba Felipe), pero afirmaba que no se lo dijo con ánimo de injuriarla sino por ser mujer “gruesa y de mucha carne”. Negaba todo lo demás.

En cuanto al encuentro ocurrido en el campo de Saraube, su versión era que no quería matarle sino solo saber por qué había pregonado falsamente por la Tierra de Ayala que había sido desterrado de Valladolid por 2 años por haber hecho cierta falsedad, lo cual achacaba a una información remitida por escrito por parte de Francisco de Lezama Eguiluz a sus padres. Es por ello que el día de San Pedro fue a la iglesia a hablar con el susodicho, al que admitió haber pegado aunque dijo que otra persona también le pegó a el, y que a causa de estar sangrando el beneficiado Aldaiturriaga envió al sacristán a decirle que saliera de la iglesia, negando todo lo demás.

Sarachaga tuvo que responder también a ciertas acusaciones de maltrato y amenaza a sacerdotes. Uno de estos conflictos tuvo lugar una noche en la casa y taberna de Francisco de Aldama, jugando a los naipes con el licenciado Francisco de Bañueta, su cuñado Francisco de Cañarte y Juan Francisco Sorrilla, receptor de la Real Chancillería de Valladolid. Sarachaga comentaba que habían empezado a jugar hasta 30 reales a las pintas y, por alguna quimera que tuvieron, Bañueta le dijo que se fuera a jugar al infierno y que quien “con mocosos juega tiene la culpa”, a lo que le reconvino el receptor a que hablase bien, y que no pasó nada más, negando haberle golpeado con un palo.

También negó haber agredido y asaltado en caminos a otros sacerdotes como Juan de Uscategui, excepto al licenciado Peña. En lo que a este respecta, dijo que estando en Saratxo el licenciado le pidió que fuera al valle de Laudio a hacer unas diligencias, a lo que Diego contestó que iría si le pagaba. Entonces, un hermano sastre del cura, cuyo nombre dijo desconocer, le dijo que “de fiar es mi hermano” y que le pagaría al volver. Pero Sarachaga pidió el dinero por adelantado, a lo que el sastre contestó que debían colgar a todos los escribanos y “a Vm el primero”, por lo que sacó la espada y golpeó al sastre. Según su versión, el sacerdote se hirió cuando trató de agarrar el corte de la espada. Como resultado, Felipe de Lezama, que era alcalde ordinario por entonces, ordenó su detención y así se ejecutó.

 

La sentencia

En septiembre de 1663, el alcalde y juez ordinario Domingo de Echeguren condenó a Diego de Sarachaga a retractarse públicamente de las injurias proferidas contra Felipe de Lezama y, en caso de no hacerlo, a 8 años de galeras “a remo y sin sueldo” y al pago de 30.000 maravedís. Alonsa de Larrazabal fue condenada a un año de destierro a una distancia de 3 leguas de Ayala.

Sarachaga apeló al alcalde mayor de la Tierra y posteriormente a la Chancillería de Valladolid, insistiendo en su versión de lo ocurrido el día 15 como germen de todo lo acontecido posteriormente. Diego afirmaba que nunca se dirigió en tales términos despectivos a Felipe sino que hablaba en general hacia su supuesto agresor porque no sabía exactamente quién había sido. En su opinión, era el odio que Lezama tenía a su familia lo que le había llevado a este pleito, aprovechando que Echeguren era alcalde y juez ordinario, ya que era un individuo próximo a la familia, a quien intentaba casar con su hija (lo cual no ocurrió, por cierto). Además, el proceso había pasado ante el escribano Hernando de Velasco, que era primo carnal de Casilda de Sagarribay. Decía que Felipe tenía mucha “mano y poder” en el valle y nadie se había atrevido a defenderle.

La Sala de Alcaldes del Crimen, de la que formaba parte Diego de Sarachaga, rebajó en cierto modo la sentencia emitida por las autoridades ayalesas, imponiendo una pena de destierro de 4 años para madre e hijo, y el pago de 10.000 y 2.000 maravedís respectivamente. Diego terminó por asentarse de manera definitiva en la ciudad de Valladolid.

 

El pleito se puede encontrar en: Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 2909, 67

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