¿Un estupro bajo palabra de matrimonio?

En 1746, la Real Chancillería de Valladolid confirmó la sentencia emitida anteriormente por Juan de Zulueta Latatu, alcalde ordinario de la Tierra de Ayala, que condenaba a Domingo de Amirola a pagar 250 ducados de vellón por haber estuprado a Maria de Padura en el molino de Zubiluze. Pero, ¿ocurrió realmente el estupro o fue un engaño orquestado por Maria y su familia?

En cualquier caso, ¿qué es un estupro? En la actualidad, se define como el acto de mantener relaciones sexuales consentidas, o mediante engaños pero sin violencia, con una menor de edad. En la documentación histórica, sin embargo, se considera estupro todas aquellas situaciones en las que un hombre se aprovechaba de una mujer para tener sexo con ella, independientemente de que fuese menor o virgen y de que hubiera violencia o no. En definitiva, estupro no es sinónimo de violación, al menos no en todos los casos.

Los dos protagonistas de este caso que nos ocupa eran solteros de 31 años. Domingo de Amirola Elgueta iba a heredar un caserío en el barrio Zubinto de Lezama, en el que vivía solo con su madre. Era lo que se dice un buen partido. Por otro lado, Maria de Padura Echebarria vivía muy cerca, en el barrio Urtaran, junto a su madre, su hermano y la mujer de éste. Su madre Antonia llevaba unos diez años tratando de casar a su hija con Domingo, a lo que éste parecía oponerse a menos que la pretendiente le asegurase una cierta cantidad de dinero en concepto de dote.

 

Los hechos ocurrieron en Lezama, Tierra de Ayala, el 15 de mayo de 1744. Como es lógico, en el juicio cada una de las partes dio su propia versión de los hechos, por lo que resulta complicado, por no decir imposible, descubrir lo que realmente ocurrió.

Según la acusación presentada por Maria, aquella mañana salió junto a Christobal de Olamendi Jauregui, su vecino de 19 años, a buscar unas mulas que habían perdido. Sin haberlas encontrado, pasaron “por junto al molino de abajo que llaman de Zubiluze por el camino real”, que estaba en el barrio de Berganzagoitia y en jurisdicción de Larrinbe, donde hallaron moliendo a Domingo. Tras enviar a Christobal a buscar las mulas al castañal de Francisco de Salazar, ambos jóvenes quedaron solos. Maria afirmó en primera instancia que Domingo le agarró de la saya y la introdujo en el molino, atrancando la puerta después. Sin embargo, en una segunda declaración dijo que fue ella la que preguntó a ver si había molido mucho y que por eso accedió al molino, y fue dentro cuando la sujetó con fuerza antes de atrancar la puerta.

Luego, Domingo le habría preguntado a ver si era verdad que se iba a casar con “el muchacho de Launzuri”, que  era Joseph de Zulueta Viguri, hijo único, que no tenía más que 17 años por entonces. Cuando ella respondió negativamente, Domingo le habría ofrecido matrimonio, a lo que Maria se habría negado alegando que no podía darle palabra sin consultar a su madre y otros interesados, pero ante su insistencia habría accedido. “Y bajo de ella le solicitó torpemente y sin embargo de haberse resistido, estando cerrada en el molino, logro su torpe intento, teniendo acto carnal con ella privándole (…) virginal”.

Después de este día, continuaron las negociaciones para que el matrimonio se llevase a cabo, sobre todo por medio del cirujano Diego de Oribe-Salazar (que era pariente de Maria) y, en menor medida, del sacerdote Manuel Domingo de Izaguirre. Maria decía que Domingo le había propuesto encontrarse con ella en el robledal de Elgeta “u otro parage secreto” a las diez de la noche, para hablar en secreto con ella. Como Diego consideró que una cita de ese cariz no era conveniente, Amirola habría expuesto que solo podrían juntarse en presencia de un cura o un religioso de Orduña. A pesar de que Domingo negó que esto hubiera ocurrido así, lo cierto es que tuvieron un encuentro organizado por Diego junto al santuario de La Antigua en Orduña.

Como el matrimonio finalmente no se llevó a cabo, Maria acusó a Domingo de haber yacido con ella habiéndola forzado, privándole de su condición de doncella y causándole un gran perjuicio. El procedimiento habitual ante los casos de denuncia era la detención del acusado y su traslado a la cárcel pública de la Tierra de Ayala, que estaba en la torre de Unza en Okondo, para ser interrogado.

La defensa de Domingo se centró en demostrar que todo había sido un engaño orquestado por Maria, y sus argumentos fueron consistentes. En primer lugar, Domingo afirmó que aquella mañana estaba en la cantera situada detrás del molino cuando vio pasar a Maria y a Christobal en dirección al molino, y que solo posteriormente volvieron a pasar por segunda vez, como si hubiera llegado allí premeditadamente. Domingo apuntaba que fue ella la que entró en el molino y la que llevó la iniciativa en todo momento. Según su versión, atrancó la puerta simplemente porque no tenía cerradura por dentro y que solo le había ofrecido matrimonio en el caso de que ella obtuviera 200 ducados de una obra pía, tal y como exigía su madre Marina de Elgueta. Y aunque admitió que pasaron unas 3 horas en el interior del molino, afirmaba no haberla forzado ni haber tenido contacto alguno con ella.

Su defensa no fue del todo efectiva en lo que respecta a los hechos ocurridos posteriormente. Según su versión, la única razón por la que citaba a Maria por mediación de Diego era para decirle que tenía que asegurarle los 200 ducados de una obra pía fundada por el Capitán Juan de Ugarte Berganza, que entonces administraba Joseph de Mariaca Muxica. Consideramos que no era una cuestión que necesitase tanto secretismo.

 

A pesar de que el estupro habría ocurrido en el interior del molino de Zubiluze, y por lo tanto nadie pudo ser testigo directo, hubo gente que testificó contra Domingo. La principal testigo fue Josepha de Amezpilaga, una vecina de Berganzabeitia que afirmaba haber presenciado desde el camino cómo Domingo agarraba a Maria y atrancaba la puerta del molino, cuando regresaba a su domicilio desde la casa de Miguel de Antoñano en Lezama. Sin embargo, la defensa de Amirola fue especialmente intensa en relación a la testigo, llegando incluso a la descalificación personal, afirmando que tenía en la zona fama de desvergonzada, y llamándola pobre, mendiga y miserable. Más fiable sería el hecho de que nadie la viera aquel día en el camino inmediato al molino, ya que por el “transitan muchos viandantes para las partes de orozco vilbao orduña” y que necesariamente pasaron muchos vecinos aquel día de San Isidro con el fin de ir a misa.

En todo caso, quizá el punto más importante de la defensa fue la imposibilidad de que Josepha hubiera visto atrancar la puerta si ello solo podía hacerse desde dentro. Quizá por eso el acompañante nombrado por Maria para acudir a Berganza al examen de los testigos, que era el escribano laudioarra Domingo de Abendaño, tras parar en Zubiluze para inspeccionar el molino, dijo públicamente que Josepha era falsa, lo cual repitió llegando a la casa de Domingo Iñiguez de Onsoño en Berganzabeitia. Es por ello que Maria se querelló también contra el.

Otro personaje que tendría cosas que decir era Christobal de Olamendi. Es por eso que Amirola denunció que Maria había persuadido al joven para que le diera la razón, lo que no parece que llegara a conseguir por completo. Christobal falleció apenas dos años más tarde.

En definitiva, Domingo afirmaba que Maria quería casarse cuanto antes porque no podía hacer vida común con su cuñada, y llegó incluso a pedirle dinero por adelantado. Como la obra pía de 200 ducados nunca le fue asegurada, Maria habría urdido esta trama para simular el estupro y obligarle a casarse con el. Esa es, en resumen, la versión de Amirola.

 

La prueba final que ordenó el alcalde y juez ordinario consistió en el reconocimiento de Maria “por lo que vulgarmente se conoce como parteras”, una nombrada por cada parte litigante, para observar si Maria era doncella o no. Maria de Larrazabal y Maria Dominga de Villacián fueron las “matronas comadres” que reconocieron a Maria en la casa de “Vengoeche” en Lezama, y hallaron que estaba “corrupta”, no de presente sino a tiempo pasado y por varón “por estar la segunda y primera telas rompidas”. De hecho, se explica en detalle cómo fue reconocida con las manos y con un molde de cera. Este hecho fue definitivo para condenar a Domingo a que pagase a Maria 250 ducados de vellón, más los costes procesales, si no se casaba con ella en un plazo de seis días.

Ya antes de esta prueba, Amirola señaló que Maria no había actuado “con el recogimiento correspondiente a las doncellas”, ya que desde algunos años antes habría hecho diferentes viajes a Vitoria y otras partes, habiendo salido y vuelto a casa a horas intempestivas de la noche, a veces sola y a veces en compañía de algún mozo o mozos solteros. En caso de ser esto cierto, ello podría explicar que Maria necesitase buscar un “cabeza de turco” para su condición de no doncella ante la eventualidad de un matrimonio. Pero también pudo ser una acusación a modo de coartada que Domingo lanzó en previsión de que Maria fuera examinada, como efectivamente ocurrió.

 La cuestión es que el matrimonio no se produjo y Domingo apeló a la Real Chancillería de Valladolid, que sin embargo confirmó la sentencia en 1746. Unos años después se casó con Maria de Aldama Ugarte, natural del barrio Abiaga de Amurrio. Por el contrario, Maria se casó en 1747 con Antonio de Ulizar Echeguren, con quien vivió como arrendatarios en Lezama para afincarse posteriormente en Lekamaña.

 

Este texto nos muestra que, en la sociedad vasca del Antiguo Régimen, el matrimonio no era una cuestión que se dejara expuesta a los azares del amor. Al contrario, el matrimonio era el mecanismo principal para el mantenimiento y supervivencia del modelo social vigente. En un momento en que las familias trataban de mantener, y a ser posible mejorar, el patrimonio y las capacidades económicas de su casa y su linaje, era mediante las bodas que se renovaban alianzas y se establecían otras nuevas. Los cabezas de familia trataban de casar a sus herederos con personas “con posibles”, que aportasen la máxima cantidad de dinero y arreo a la casa; y de la misma manera trataban de colocar al resto de sus hijos con buenos matrimonios siempre y cuando fuera posible.

Es por ello que cada enlace iba precedido por la elaboración de unas capitulaciones matrimoniales ante notario en las que se formalizaban las condiciones bajo las cuales se llevaría a efecto. El momento crucial se producía cuando se casaba el heredero o heredera, cuando se formalizaba el “traspado de poderes” que suponía la cesión de la hacienda familiar y todas las responsabilidades a ella anejas.

En definitiva, un elemento de tanta trascendencia para el futuro de la casa, la familia y todos sus individuos no se dejaba al azar. Es por ello que “ningún casamiento se hace sin hablarse primero y especial los parientes de los que se casan”, como bien queda de manifiesta en el caso que nos ocupa.

Finalmente, las versiones de la historia aportadas por las dos partes implicadas tienen puntos fuertes y débiles. Domingo aportó una mayor cantidad de datos en sus declaraciones, mientras que la prueba empírica fue favorable a Maria. Desde luego, consideramos que lo más importante no es tanto que el estupro ocurriera o no, sino la cantidad de datos acerca del funcionamiento de la sociedad que este tipo de textos nos proporciona.

 

Extraído de:  Ejecutoria del pleito litigado por María Padura, vecina de Lezama (Álava) (Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, Caja 3199, 75)

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